I El pensamiento humano ha tenido que sufrir muchas pruebas, ha tenido que pasar por muchas penalidades y muchos cambios antes de llegar al socialismo asentado y desarrollado sobre bases científicas. Los socialistas de la Europa Occidental tuvieron que errar largo tiempo a ciegas en el desierto del socialismo utópico (imposible, irrealizable), antes de abrirse camino, antes de investigar y demostrar las leyes de la vida social y deducir de aquí la necesidad del socialismo para la humanidad. Desde comienzos del siglo pasado, Europa ha dado numerosos hombres de ciencia, valerosos, abnegados y honestos, que trataron de esclarecer y resolver la cuestión de qué es lo que puede salvar a la humanidad de los males que la aquejan y que aumentan y se agravan más y más con el desarrollo del comercio y de la industria. Muchas tempestades, muchos torrentes de sangre pasaron por la Europa Occidental para acabar con la opresión de la mayoría por la minoría. Pero el mal continuaba, las heridas seguían siendo tan lacerantes y los sufrimientos se hacían más insoportables cada día. Una de las causas principales de este fenómeno debe buscarse en el hecho de que el socialismo utópico no investigaba las leyes de la vida social, sino que flotaba por encima de la vida y se perdía en las nubes, cuando lo que se precisaba era mantener firmes vínculos con la realidad.

Los utopistas se planteaban como objetivo inmediato la realización del socialismo en una época en que la vida no ofrecía ninguna base para ello, y esperaban -lo que es aún más lamentable por sus consecuencias- la realización del socialismo por los poderosos del mundo, que, en opinión de los utopistas, podían persuadirse fácilmente de la justeza del ideal socialista (Roberto Owen, Luis Blanc, Fourier y otros). Esta concepción anulaba por completo al movimiento obrero real y a la masa obrera, que es la única portadora natural del ideal socialista. Los utopistas no podían comprenderlo. Querían crear la felicidad en la tierra mediante leyes y declaraciones, sin el concurso del pueblo (de los obreros). En cuanto al movimiento obrero, no le prestaban una atención especial y hasta negaban frecuentemente su importancia. Sus teorías seguían siendo, en consecuencia, sólo teorías, que no afectaban a la masa obrera, en cuyo seno iba madurando, sin ninguna relación con esas teorías, el gran pensamiento proclamado a mediados del siglo pasado por el genial Carlos Marx: "La emancipación de la clase obrera debe ser obra de la clase obrera misma...

¡Proletarios de todos los países, uníos!" De estas palabras se desprendía claramente la verdad, hoy evidente hasta para los "ciegos”, de que la realización del ideal socialista exige la acción de los propios obreros y su unión en una fuerza organizada, sin distinción de nacionalidad ni de país. Había que demostrar esta verdad -cosa que hicieron maravillosamente Marx y su amigo Engels- para colocar los sólidos cimientos del poderoso Partido Socialdemócrata, que hoy se levanta, como una fatalidad inexorable, ante el régimen burgués de Europa, amenazándole con la destrucción y con edificar sobre sus escombros el régimen socialista. El desarrollo de la idea del socialismo siguió en Rusia casi el mismo camino que en la Europa Occidental. También en Rusia los socialistas tuvieron que errar durante largo tiempo a ciegas, antes de adquirir una conciencia socialdemócrata, antes de llegar al socialismo científico. También aquí había socialistas y había un movimiento obrero, pero marchaban separados, cada cual por su camino: los socialistas hacia el sueño utópico ("Zemliá i Volia", "Naródnaia Volia") y el movimiento obrero hacia las revueltas espontáneas. Ambos actuaban en los mismos años (entre 1870 y 1890), sin saber nada el uno del otro.

Los socialistas no tenían arraigo entre la población trabajadora, debido a lo cual su actividad era abstracta y carecía de base. Los obreros no tenían dirigentes, no tenían organizadores, debido a lo cual su movimiento revestía forma de revueltas desordenadas. Esa fue la causa principal de que la lucha heroica de los socialistas por el socialismo resultara estéril y de que su valor legendario se estrellase contra las duras murallas de la autocracia. Los socialistas rusos no se acercaron a la masa obrera hasta comienzos de los años del 90. Comprendieron que la salvación estaba únicamente en la clase obrera y que sólo esta clase podría convertir en realidad el ideal socialista. La socialdemocracia rusa concentró entonces todos sus esfuerzos y toda su atención en el movimiento que a la sazón se desarrollaba entre los obreros rusos. Estos, todavía poco conscientes y no preparados para la lucha, se esforzaban paulatinamente por salir de su desesperada situación y por mejorar de alguna manera su suerte. En este movimiento, como es natural, no había entonces un trabajo sistemático de organización; era un movimiento espontáneo. Pues bien, la socialdemocracia concentró su atención en este movimiento inconsciente, espontáneo y sin organización. Los socialdemócratas
trataban de desarrollar la conciencia de los obreros, trataban de unificar la lucha dispersa y atomizada de grupos aislados de obreros contra patronos aislados, a fin de fundir esos grupos en una lucha común de clase, en la lucha de la clase obrera rusa contra la clase de los opresores de Rusia, procurando dar a esta lucha un carácter organizado. Al principio, la socialdemocracia no podía extender su actividad entre las masas obreras, por lo cual se contentaba con el trabajo en los círculos de propaganda y de agitación. Su única forma de trabajo eran entonces los estudios en los círculos. La finalidad de éstos era crear entre los obreros mismos un grupo que más adelante dirigiese el movimiento. Por eso, los círculos se formaban con obreros avanzados. Sólo unos cuantos obreros escogidos podían estudiar en los círculos. Pero el período de los círculos pasó pronto. La socialdemocracia no tardó en sentir la necesidad de rebasar los estrechos límites de los círculos y de extender su influencia a las grandes masas obreras. Contribuyeron a ello las condiciones exteriores. En aquella época, el movimiento espontáneo adquirió gran amplitud entre los obreros. ¿Quién de vosotros no recuerda el año en que este movimiento espontáneo se extendió a casi todo Tiflis? Las huelgas que estallaban sin organización en las fábricas de tabacos y en los talleres ferroviarios se sucedían una tras otra. Esto ocurrió aquí en 1897 y 1898; en Rusia había ocurrido algo antes. Había que prestar ayuda sin demora, y la socialdemocracia se apresuró a hacerlo. Comenzó la lucha por la reducción de la jornada de trabajo, por la abolición de las multas, por el aumento del salario, etc.

La socialdemocracia sabía perfectamente que el desarrollo del movimiento obrero no se circunscribía a estas pequeñas reivindicaciones, que el objetivo del movimiento no eran estas reivindicaciones, que eso era tan sólo un medio para alcanzar el objetivo. No importa que esas reivindicaciones sean pequeñas, no importa que los obreros de diferentes ciudades y regiones luchen hoy cada cual por su lado. La lucha misma les enseñará que la victoria completa sólo puede ser alcanzada cuando toda la clase obrera se lance contra su enemigo, como una fuerza unida, poderosa y organizada. Y esta misma lucha mostrará a los obreros que, además de su enemigo directo, el capitalista, tienen otro enemigo, aún más vigilante: la fuerza organizada de toda la clase burguesa, el Estado capitalista actual, con su ejército, sus tribunales, su policía, sus cárceles y sus gendarmes. Y si hasta en la Europa Occidental el menor intento de los obreros de mejorar su situación choca con el Poder burgués, si en la Europa Occidental, donde ya han sido conquistados unos derechos humanos, el obrero tiene que sostener una lucha directa contra el Poder, con tanto mayor motivo los obreros de Rusia habrán de tropezar en su movimiento con el Poder autocrático, que es un vigilante enemigo de todo movimiento obrero, no sólo porque este Poder defiende a los capitalistas, sino, además, porque, como Poder autocrático, no puede admitir la actividad independiente de las clases sociales, y sobre todo la actividad independiente de una clase como la clase obrera, más oprimida y subyugada que las otras clases.

Así entendía la socialdemocracia de Rusia el curso del movimiento, y dedicaba todos sus esfuerzos a la difusión de estas ideas entre los obreros. En esto residía su fuerza y ésta era la razón de su incontenible y triunfal desarrollo desde el primer momento, como lo demostró la grandiosa huelga declarada en 1896 por los obreros de las fábricas textiles de Petersburgo. Pero las primeras victorias desorientaron a algunos elementos poco firmes y se les subieron a la cabeza. Y así como en otros tiempos los socialistas utópicos se fijaban únicamente en el objetivo final y, cegados por él, no advertían en absoluto o negaban el movimiento obrero real que se desarrollaba ante ellos, algunos socialdemócratas rusos dedicaban toda su atención, por el contrario, tan sólo al movimiento obrero espontáneo, a sus necesidades de cada día. En aquel entonces (hace cinco años), la conciencia de clase de los obreros rusos era muy baja. Los obreros rusos comenzaban a despertar apenas de su letargo secular, y sus ojos, acostumbrados a las tinieblas, no advertían, naturalmente, todo cuanto ocurría en el mundo que se abría ante ellos por primera vez. No tenían grandes exigencias, y sus reivindicaciones no eran elevadas. Todavía no pasaban en sus reclamaciones de un aumento insignificante del salario o de una reducción minúscula de la jornada de trabajo.

De que era necesario cambiar el régimen existente, de que era preciso abolir la propiedad privada, de que era necesario organizar el régimen socialista, de todo esto la masa obrera rusa no tenía ni idea. Difícilmente se atrevía a pensar en la destrucción de la esclavitud en que vegeta todo el pueblo ruso bajo el Poder de la autocracia, a pensar en la libertad del pueblo, en la participación del pueblo en la gobernación del Estado. Y mientras una parte de la socialdemocracia de Rusia consideraba que su deber era llevar al movimiento obrera sus ideas socialistas, otra parte, obsesionada por la lucha económica, por la lucha en favor de una mejoría parcial de la situación de los obreros (como, por ejemplo, la reducción de la jornada de trabajo y el aumento de los salarios), estaba dispuesta a olvidar completamente su alto deber y sus altos ideales. Lo mismo que sus correligionarios de la Europa Occidental (los llamados bernsteinianos), ellos también decían: "Para nosotros, el movimiento lo es todo; el objetivo final, nada". No les interesaba en absoluto para qué lucha la clase obrera; lo esencial era la lucha en sí. Se desarrolló la llamada política del Kopek. Las cosas llegaron hasta el punto de que,
un buen día, en el periódico de Petersburgo "Rabóchaia Misl" apareció la siguiente declaración: "Nuestro programa político es la jornada de diez horas y el restablecimiento de las fiestas abolidas por ley del 2 de junio" (!!!).* En lugar de dirigir el movimiento espontáneo, de inculcar a las masas los ideales socialdemócratas y orientarlas hacia nuestro objetivo final, esta parte de los socialdemócratas rusos se había convertido en un instrumento ciego del propio movimiento; y seguía ciegamente al sector de los obreros poco desarrollados, limitándose a exponer las necesidades y las exigencias de que tenían conciencia en aquel momento las masas obreras. En una palabra, permanecía inmóvil, llamando a una puerta abierta, sin atreverse a entrar en la casa. Esta parte de la socialdemocracia rusa se mostró incapaz de explicar a las masas obreras el objetivo final, el socialismo, o por lo menos, el objetivo inmediato, el derrocamiento de la autocracia; y lo que todavía es más lamentable, consideraba todo esto como algo inútil y hasta perjudicial. Para ella el obrero ruso era un niño pequeño, al que temía asustar con ideas tan audaces. Además, cierta parte de la socialdemocracia mantenía incluso la opinión de que, para llegar al socialismo, no hace falta ninguna lucha revolucionaria: basta la lucha económica -las huelgas, los sindicatos y las cooperativas de consumo y de producción- y ya tenemos listo el socialismo.

Para ella era un error la doctrina, sustentada por la vieja socialdemocracia internacional, de que mientras el Poder político no pase a manos del proletariado (dictadura del proletariado) es imposible el cambio del régimen vigente, es imposible la liberación completa de los obreros. En su opinión, el socialismo no representa de por sí nada nuevo y, en realidad, no se diferencia del actual régimen capitalista: el socialismo -decían- puede caber muy bien dentro del régimen vigente, y cada sindicato e incluso cada pequeña cooperativa de consumo o de producción es ya "parte del socialismo". ¡Y con tan disparatados remiendos al viejo ropaje pensaban confeccionar un traje nuevo para la humanidad doliente! Pero lo más lamentable de todo ello, lo incomprensible para un revolucionario, es que esta parte de los socialdemócratas rusos ha ampliado hasta tal punto la doctrina de sus maestros de la Europa Occidental (Bernstein y Cía.), que llega a declarar, con toda desvergüenza, que la libertad política (libertad de huelga, de asociación, de palabra, etc.) es compatible con el zarismo, razón por la cual sobra en absoluto la lucha política especial, la lucha por el derrocamiento de la autocracia, pues para alcanzar el objetivo es

* Debemos hacer constar que últimamente la “Unión de Lucha” de Petersburgo y la redacción de su periódico han renunciado a su anterior orientación, exclusivamente económica, y trata de introducir en su actividad las ideas de la lucha política. suficiente la sola lucha económica; basta con que las huelgas se produzcan con mayor frecuencia, a despecho de la prohibición de las autoridades. Entonces éstas se cansarán de castigar a los huelguistas, y la libertad de huelga y de reunión llegarán por sí solas. Así, pues, estos seudo socialdemócratas trataban de demostrar que los obreros rusos deben sacrificar todas sus fuerzas y toda su energía en aras únicamente de la lucha económica y no seguir tras diferentes "vastos ideales". En la práctica, su actividad se manifestaba en que ellos consideraban su deber solamente el trabajo local en esta o la otra ciudad. Para ellos no ofrecía ningún interés la labor de organizar el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia; antes al contrario, la organización del Partido era para ellos una distracción ridícula, un obstáculo para el cumplimiento de su verdadero "deber": la lucha económica. Huelgas y más huelgas, y colectas de kopeks para las cajas de ayuda a la lucha: he ahí el alfa y omega de su actividad. Seguramente pensaréis que esos adoradores del "movimiento" espontáneo, ya que han reducido a tal punto sus tareas y renunciado al socialdemocratismo, han de prestar, por lo menos, una gran ayuda a este movimiento. Pero también aquí resultamos engañados. De ello nos persuade la historia del movimiento de Petersburgo.

Su brillante desarrollo y su avance audaz de los primeros tiempos (entre 1895 y 1897) se tornaron más tarde en un errar a ciegas, hasta que, por último, el movimiento se detuvo en un punto. Esto no es de extrañar: todos los esfuerzos de los "economistas" por crear una firme organización para la lucha económica chocaban invariablemente con la sólida muralla del Poder y siempre se estrellaban contra ella. Las terribles condiciones creadas por el régimen policiaco hacían completamente imposible la existencia de cualquier organización de lucha económica. Tampoco daban resultado las huelgas, porque de cada cien huelgas noventa y nueve morían asfixiadas entre las garras de la policía; los obreros eran implacablemente expulsados de Petersburgo y su energía revolucionaria absorbida sin compasión por los muros carcelarios y los fríos de Siberia. Nosotros estamos profundamente convencidos de que la culpa de esta paralización (relativa, naturalmente) del movimiento no es sólo de las condiciones exteriores creadas por el régimen policiaco, sino también, y en no menor grado, de la paralización en el desarrollo de las propias ideas, de la conciencia de clase; de ahí el descenso de la energía revolucionaria de los obreros. En vista de que, a pesar del desarrollo del movimiento, los obreros rusos no podían comprender en toda su amplitud los elevados objetivos y el contenido de la lucha -pues la bandera bajo la cual debían combatir seguía siendo el trapo viejo y desteñido que llevaba inscrito el mezquino lema de la
lucha económica-, debían aportar a esta lucha menos energía, menos entusiasmo y menos afán revolucionario, puesto que sólo un gran objetivo puede engendrar una gran energía. Pero el peligro que esto supuso para el movimiento habría sido mayor sí las condiciones de nuestra vida no hubieran impulsado cada día con más insistencia a los obreros rusos a la lucha política directa. Cualquier huelga, por poco importante que fuese, planteaba de plano ante los obreros nuestra falta de derechos políticos, los hacía chocar con el Poder y con la fuerza armada y les mostraba de manera clara la insuficiencia de una lucha exclusivamente económica. Por esta razón, y a despecho de esos "socialdemócratas", la lucha adquiría cada día un carácter más acentuadamente político. Cada intento hecho por los obreros que habían despertado para expresar de una manera abierta su descontento ante la situación económica y política bajo cuyo yugo gime hoy el obrero ruso, cada intento de liberarse del yugo impulsaba a los obreros a un género de manifestaciones en las que el matiz de lucha económica se esfumaba más y más. Las fiestas del Primero de Mayo en Rusia abrieron el camino a la lucha política y a las manifestaciones políticas. Y el obrero ruso añadió a su único y viejo medio de lucha -la huelga- un nuevo y poderoso medio: la manifestación política, probada por primera vez en 1900, durante la grandiosa celebración del Primero de Mayo en Járkov. Así, pues, el movimiento obrero de Rusia, gracias a su desarrollo interior, iba pasando de la propaganda en círculos y de la lucha económica por medio de huelgas a la lucha política y a la agitación. Este tránsito se aceleró notablemente cuando la clase obrera vio que algunos elementos de otras clases sociales de Rusia hacían su aparición en el campo de lucha, firmemente decididos a conquistar la libertad política.

II No es sólo la clase obrera la que gime bajo el yugo del régimen zarista. La pesada zarpa de la autocracia ahoga también a otras clases sociales. Gimen, hinchados a causa del hambre crónica, los campesinos rusos, reducidos a la miseria por las insoportables cargas fiscales y entregados a la voracidad de los mercaderes burgueses y de los "nobles" terratenientes. Gime la gente humilde de las ciudades, los modestos empleados de las instituciones del Estado y de las empresas privadas, los pequeños funcionarios, en suma, la numerosa población modesta de las ciudades, cuya existencia, lo mismo que la de la clase obrera, no está asegurada y que tiene motivos para estar descontenta de su situación social. Gime, incapaz de aceptar el knut y la fusta zaristas, parte de la pequeña e incluso de la mediana burguesía, sobre todo la parte instruida de la burguesía, los llamados representantes de las profesiones liberales (maestros, médicos, abogados, estudiantes). Gimen las naciones y las religiones oprimidas en Rusia, entre ellas los polacos, arrojados de su patria y heridos en sus sagrados sentimientos, y los finlandeses, cuyos derechos y cuya libertad, otorgados por la historia, han sido insolentemente pisoteados por la autocracia. Gimen los judíos, constantemente perseguidos y vejados, privados hasta de los míseros derechos que tienen los restantes súbditos de Rusia: el derecho a vivir en cualquier parte, el derecho a estudiar en las escuelas, el derecho a ser funcionarios públicos, etc. Gimen los georgianos, los armenios y otras naciones, privadas del derecho a tener sus escuelas y a trabajar en las instituciones del Estado y obligados a someterse a la bochornosa y opresiva política de rusificación, que con tanto celo aplica la autocracia. Gimen muchos millones de miembros de las sectas religiosas rusas, que profesar su fe y practicar sus ritos como les dicta su conciencia y no como quieren los popes de la iglesia ortodoxa.

Gimen... pero no es posible enumerar a todos los oprimidos, a todos los perseguidos por la autocracia de Rusia. Son tantos, que si todos ellos lo comprendiesen y comprendiesen quién es su enemigo común, el Poder despótico de Rusia no subsistiría ni un día más. Desgraciadamente, los campesinos rusos todavía están subyugados por la esclavitud secular, por la miseria y la ignorancia; sólo ahora comienzan a despertar y aun no han comprendido quién es su enemigo. Las naciones oprimidas de Rusia no pueden pensar siquiera en liberarse con sus propias fuerzas mientras tengan en contra no sólo al gobierno ruso, sino también al pueblo ruso, que todavía no ha adquirido conciencia de que su enemigo común es la autocracia. Quedan la clase obrera, la población modesta de las ciudades y la parte instruida de la burguesía. Pero la burguesía de todos los países y naciones sabe apropiarse muy bien los frutos obtenidos en victorias que no son suyas, sabe muy bien sacar las castañas del fuego con manos ajenas. Jamás ha sentido deseos de arriesgar su situación relativamente privilegiada en una lucha contra un enemigo fuerte, en una lucha que todavía no es tan fácil de ganar. A pesar de que está descontenta, no vive mal, y por eso cede gustosa a la clase obrera y, en general, al pueblo sencillo el derecho a exponerse a los latigazos de los cosacos y a los tiros de los soldados, el derecho a luchar en las barricadas, etc. Por su parte, "simpatiza" con la lucha y, en el mejor de los casos, "se indigna" (para sus adentros) ante la crueldad con que el enemigo, convertido en una fiera, reprime el movimiento popular. La burguesía teme las acciones revolucionarias, y sólo en los últimos momentos de la lucha, cuando ve claramente la impotencia del enemigo, pasa ella misma a adoptar medidas
revolucionarias. Esto es lo que nos enseña la experiencia de la historia... Sólo la clase obrera y, en general, el pueblo, que en la lucha no tiene nada que perder más que sus cadenas, sólo ellos representan una fuerza realmente revolucionaria. Y la experiencia de Rusia, aunque todavía sea una experiencia pobre, confirma esta vieja verdad que nos enseña la historia de todos los movimientos revolucionarios. De los representantes del sector privilegiado, sólo una parte de los estudiantes ha demostrado su decisión de luchar hasta el fin por sus reivindicaciones. Pero no debemos olvidar que esta parte de los estudiantes se compone de hijos de esos mismos ciudadanos oprimidos y que, además, como tal juventud estudiantil, que no se ha lanzado aún al océano de la vida y no ha ocupado aún en ésta una posición social determinada, tiende más que nadie a las aspiraciones ideales que la impulsan a la lucha por la libertad. Sea como sea, en el momento actual el estudiantado interviene en el movimiento de la "sociedad" casi como dirigente, como destacamento de vanguardia. En torno a él se agrupa hoy la parte descontenta de las diferentes clases sociales. Al principio, los estudiantes intentaron luchar con ayuda de un medio copiado de los obreros: la huelga.

Pero cuando el gobierno respondió a sus huelgas con una ley feroz (el "Reglamento provisional"4), por la cual los estudiantes huelguistas eran reclutados a la fuerza como soldados, a los estudiantes no les quedó más que un medio de lucha: reclamar ayuda a la sociedad rusa y pasar de las huelgas a las manifestaciones en la calle. Y eso fue lo que hicieron. No depusieron las armas, sino que, por el contrario, se entregaron a la lucha con más valor y decisión. En torno a ellos se agruparon los ciudadanos oprimidos; la clase obrera les tendió, en ayuda, la mano; el movimiento se hizo poderoso y se convirtió en una amenaza para el Poder. Hace ya dos años que el gobierno de Rusia, con sus numerosas tropas, su policía y sus gendarmes, sostiene una lucha encarnizada, pero infructuosa, contra los ciudadanos insumisos. Los acontecimientos de estos últimos días demuestran que es imposible la derrota de las manifestaciones políticas. Los hechos ocurridos a principios de diciembre en Járkov, en Moscú, en Nizhni-Nóvgorod, en Riga, etc. indican que el descontento social se manifiesta ya de una manera consciente y que esta sociedad descontenta se halla dispuesta a pasar de la protesta tácita a las acciones revolucionarias. Pero las reivindicaciones formuladas por los estudiantes -libertad de estudios, libertad en la vida interna de la universidad- son demasiado restringidas para un amplio movimiento social.

Para unir a todos los que participan en este movimiento hace falta una bandera, una bandera que sea comprendida por todos, que llegue al corazón de todos y que recoja todas las reivindicaciones. Esa bandera es el derrocamiento de la autocracia. Solamente sobre los escombros de la autocracia puede erigirse un régimen social que se base en la participación del pueblo en la gobernación del Estado, un régimen que garantice la libertad de estudios, de huelga, de palabra, de cultos, de las nacionalidades, etc., etc. Sólo un régimen así dará al pueblo los medios que le permitan defenderse contra los opresores de toda índole: los mercaderes y los capitalistas, el clero y la nobleza; sólo un régimen así dejará expedito el camino para un futuro mejor, para la lucha libre por la implantación del régimen socialista. Naturalmente, los estudiantes no se hallan en condiciones de librar esta grandiosa lucha con sus solas fuerzas; sus manos débiles no podrán con esa pesada bandera. Para sostenerla son necesarias manos más robustas, y en las condiciones actuales la única fuerza capaz de hacerlo es la fuerza unida de los obreros. Por consiguiente, la clase obrera debe tomar de las débiles manos de los estudiantes la bandera de toda Rusia y, después de escribir en ella: "¡Abajo la autocracia! ¡Viva la Constitución democrática!", conducir al pueblo ruso hacia la libertad.

Ahora bien, debemos agradecer a los estudiantes la lección que nos han dado al demostrar la gran importancia de la manifestación política en la lucha revolucionaria. La manifestación en la calle es interesante porque atrae rápidamente al movimiento a una gran masa de la población, le hace conocer de golpe nuestras reivindicaciones y crea ese amplio terreno favorable en el que nosotros podemos audazmente sembrar las semillas de las ideas socialistas y de la libertad política. De la manifestación en la calle surge la agitación en la calle, a cuya influencia no puede por menos de someterse la parte atrasada y tímida de la sociedad*. Es suficiente que una persona salga a la calle durante una manifestación para que vea a los valerosos luchadores, comprenda por qué luchan, escuche la palabra libre que llama a todos a la lucha, la canción combativa que desenmascara el régimen existente y pone al desnudo nuestras lacras sociales. Por eso mismo las autoridades temen más que nada las manifestaciones en la calle. Por eso amenazan con castigar severamente no sólo a los manifestantes, sino también a los "curiosos". Esta curiosidad del pueblo encierra el peligro principal para las autoridades: mañana, como manifestante, el "curioso" de hoy reunirá en torno suyo a nuevos grupos de “curiosos”. Y estos "curiosos" se cuentan hoy en cada ciudad importante por decenas de

* Dadas las actuales condiciones en Rusia, el libro clandestino y la octavilla de agitación llegan con enorme dificultad a cada ciudadano. Aunque los frutos de la difusión de las publicaciones clandestinas son grandes, en la mayoría de los casos esta difusión se extiende únicamente a una pequeña parte de la población.

millares. El ciudadano de Rusia ya no se esconde como antes al oír que en tal a cual sitio ocurren desórdenes ("lo mejor será quedarse en casa, no sea que vayan a meterme en líos", decía antes); hoy acude al lugar de los desórdenes y “curiosea”: quiere saber por qué ocurren estos desórdenes, para qué se expone tanta gente a los latigazos de los cosacos. En estas condiciones, los "curiosos" no permanecen ya indiferentes cuando oyen el chasquido de las fustas y de los sables. Los "curiosos" ven que los manifestantes se han reunido en la calle para expresar sus anhelos y sus reivindicaciones y que el Poder público les responde con golpes y con una represión feroz. El "curioso" ya no huye al oír el chasquido de las fustas, sino que, por el contrario, se acerca más, y la fusta no puede ya distinguir dónde termina el simple “curioso” y dónde comienza el "revoltoso". Ahora, la fusta observa una "igualdad plenamente democrática" y, sin hacer distinción de sexos, edades e incluso de condición social, azota las espaldas de unos y otros. Así, la fusta nos presta un gran servicio, al acelerar la revolucionarización del "curioso". De instrumento para apaciguar se convierte en un instrumento que contribuye al despertar. Por eso, no importa que las manifestaciones en la calle no nos proporcionen resultados directos, no importa que la fuerza de los manifestantes sea hoy demasiado débil aún para obligar al Poder a hacer concesiones inmediatas a las reivindicaciones populares; los sacrificios hechos hoy por nosotros en las manifestaciones de calle nos serán recompensados con creces.

Cada combatiente caído en la lucha o arrancado de nuestras filas levanta a centenares de nuevos combatientes. Todavía habremos de ser derrotados más de una vez en la calle; el gobierno todavía habrá de salir triunfante más de una vez en los combates callejeros, pero sus victorias serán "victorias pírricas". Unas cuantas victorias más como éstas, y la derrota del absolutismo será inevitable. Con la victoria de hoy prepara su propia derrota. Y nosotros, firmemente convencidos de que ese día ha de llegan, de que ese día no está lejano, nos exponemos a los latigazos para dejar caer las semillas de la agitación política y del socialismo. El Poder público no está menos convencido que nosotros de que la agitación en la calle es su sentencia de muerte, de que bastarán dos o tres años para que ante él se alce el espectro de la revolución popular. El gobierno ha declarado días pasados, por boca del gobernador de Ekaterinoslav, que "para aplastar el menor intento de manifestación en la calle no se detendrá ni ante las medidas extremas". Como puede verse, esta declaración huele a balas y, posiblemente, hasta a cañonazos, pero nosotros consideramos que las balas no contribuyen menos que las fustas a atizar el descontento.

Creemos que ni siquiera con estas "medidas extremas" podrá el gobierno detener largo tiempo la agitación política e impedir así su desarrollo. Nosotros confiamos en que la socialdemocracia revolucionaria también sabrá adaptar su agitación a las nuevas condiciones que el gobierno ha de crear con la aplicación de estas "medidas extremas". En todo caso, la socialdemocracia debe seguir atentamente los acontecimientos, aprovechar rápidamente las enseñanzas que de ellos se desprenden y saber adaptar su actuación a las nuevas condiciones. Mas, para esto, la socialdemocracia necesita una organización fuerte y estrechamente unida, es decir, una organización de partido, unida no sólo por el nombre, sino también por sus principios fundamentales y sus concepciones tácticas. Nuestra tarea consiste en trabajar en la creación de ese partido fuerte, que ha de estar armado de firmes principios y de una invencible organización conspirativa. ¡El Partido Socialdemócrata debe utilizar el nuevo movimiento en la calle ya iniciado, debe tomar en sus manos la bandera de la democracia de Rusia y llevarla a la victoria por todos ansiada! Ante nosotros se abre, pues, un período de lucha preeminentemente política. Esta lucha es para nosotros inevitable, ya que en las actuales condiciones políticas la lucha económica (las huelgas) no puede dar ningún resultado sustancial.

También en los Estados libres las huelgas son un arma de dos filos; hasta en esos Estados, a pesar de que en ellos los obreros disponen de medios de lucha -libertad política, fuertes organizaciones sindicales, ricas cajas de ayuda-, las huelgas terminan frecuentemente con la derrota de los obreros. Y en nuestro país, donde la huelga constituye un delito que se castiga con la cárcel y se reprime por la fuerza armada y donde está prohibido cualquier sindicato, las huelgas adquieren únicamente la significación de una protesta. Sin embargo, para la protesta, la manifestación es un arma más fuerte. En las huelgas la fuerza de los obreros está dispersa; en ellas participan tan sólo los obreros de una o de varias fábricas y, en el mejor de los casos, los obreros de una profesión; la organización de la huelga general, muy difícil hasta en la Europa Occidental, es en nuestro país de todo punto imposible; en cambio, en las manifestaciones callejeras los obreros unen en el acto sus fuerzas. De aquí se deduce con qué visión tan estrecha enfocan el problema los "socialdemócratas" que quieren reducir el movimiento obrero al marco de la lucha económica y de las organizaciones económicas, cediendo la lucha política "a los intelectuales", a los estudiantes, a la sociedad, y dejando a los obreros solamente el papel de fuerza auxiliar. La historia nos enseña que en tales condiciones los obreros se verían obligados a sacar
las castañas del fuego sólo para la burguesía. La burguesía frecuentemente y con placer se sirve de los brazos musculosos de los obreros en la lucha contra el Poder autocrático, y, cuando la victoria está ya conquistada, se apropia sus frutos, dejando a los obreros con las manos vacías. Si en nuestro país las cosas siguen también ese camino, los obreros no obtendrán nada de esta lucha. Por lo que se refiere a los estudiantes y a los otros elementos de la sociedad que protestan, no debemos olvidar que pertenecen también a esa misma burguesía. Basta darles una "Constitución amputada", completamente inofensiva, que otorgue al pueblo unos derechos insignificantes, para que todos estos elementos que protestan cambian de tono y se pongan a ensalzar el "nuevo" régimen. La burguesía se halla constantemente atemorizada por el "fantasma rojo" del comunismo, y en todas las revoluciones trata de convertir en punto final lo que, en realidad, es sólo punto de partida. Después de obtener en beneficio propio una concesión insignificante, la burguesía, asustada ante los obreros, tiende al Poder la mano de la reconciliación y vende impúdicamente la causa de la libertad.* La clase obrera es el único apoyo seguro de la verdadera democracia.

Es la única clase que no puede aceptar un acuerdo con la autocracia a cambio de una concesión cualquiera, la única que no se dejará adormecer cuando empiecen a cantarle dulces melodías a los acordes del laúd constitucional. Por eso tiene una extraordinaria importancia para la causa democrática en Rusia el papel que haya de desempeñar la clase obrera: si ésta será capaz de ponerse al frente del movimiento democrático general o si marchará a la zaga del movimiento, como fuerza auxiliar de los "intelectuales", es decir, de la burguesía. En el primer caso, el resultado del derrocamiento de la autocracia será una amplia Constitución democrática, que concederá derechos iguales lo mismo al obrero, que al campesino oprimido y sumido en la ignorancia, que al capitalista. En el segundo caso, tendremos como resultado esa "Constitución amputada", que sabrá pisotear las reivindicaciones de los obreros en no menor grado que el absolutismo y otorgará al pueblo apenas una sombra de libertad. Mas, para cumplir ese papel de dirección, la clase obrera debe organizar su partido político independiente. Entonces, en su lucha contra el absolutismo, ya no le asustará ninguna traición, ninguna felonía por parte de su aliado temporal: la "sociedad". En el momento en que esta "sociedad" traicione la causa de la democracia, la clase obrera, con sus propias fuerzas, llevará esta causa hacia

* No nos referimos aquí, como es natural, a los intelectuales que reniegan ya de su clase y luchan en las filas socialdemócratas. Pero estos intelectuales no son más que una excepción, verdaderos “mirlos blancos”. adelante, pues el partido político independiente le dará la fuerza necesaria para ello.

Publicado sin firma en el núm. 2-3 de noviembre- diciembre de 1901, del periódico “Brdzola”. Traducido del georgiano.