Negros nubarrones se ciernen sobre nosotros. La caduca autocracia levanta la cabeza y se prepara a hacernos la guerra “a sangre y fuego”. ¡La reacción está a la ofensiva! Que no se nos hable de las “reformas” zaristas, llamadas a fortalecer la vil autocracia: las “reformas” son el enmascaramiento de las balas y de las fustas con que tan pródigamente nos obsequia el feroz gobierno zarista. Hubo un tiempo en que el gobierno se abstenía de la efusión de sangre en el interior del país. Entonces estaba en guerra con el “enemigo exterior” y necesitaba la “tranquilidad interior”. Por ello precisamente se permitía ciertas “tolerancias” respecto a los “enemigos interiores”, “cerrando los ojos” ante el movimiento que iba en ascenso. Ahora son otros los tiempos. El gobierno zarista, atemorizado por el fantasma de la revolución, se ha apresurado a concertar la paz con el “enemigo exterior”, con el Japón, a fin de reunir fuerzas y de apretar las clavijas “a fondo” al “enemigo interior”. Y ha comenzado la reacción. Ya anteriormente en “Moskovskie Viédomosti” había revelado sus “planes”. El gobierno... “ha tenido que sostener paralelamente dos guerras, -escribía este periódico reaccionario-, una guerra exterior y una guerra interior.

Si no ha hecho ni la una ni la otra con suficiente energía..., puede explicarse en parte porque una guerra estorbaba a la otra... Si ahora cesa la guerra en el Extremo Oriente...”, el gobierno “...tendrá, por fin, las manos libres para terminar también victoriosamente la guerra interior..., y aplastar sin ningún género de negociaciones”... “a los enemigos interiores”... “Con la terminación de la guerra, toda la atención de Rusia (léase: del gobierno) se concentra en su vida interior y, principalmente, en la represión de los disturbios” (v. “Moskovskie Viédomosti” del 18 de agosto). Tales eran los “planes” del gobierno zarista al concertar la paz con el Japón. Más tarde, después de haber concertado la paz, el gobierno se ha reiterado en los mismos “planes” por boca de un ministro: “Ahogaremos en sangre -ha dicho el ministro- a los partidos extremistas de Rusia”. Y a través de sus gobernadores y gobernadores generales el gobierno aplica ya los “planes” indicados: por algo ha convertido a Rusia en un campamento militar, por algo ha abarrotado de cosacos y de soldados los centros del movimiento y ha vuelto las ametralladoras contra el proletariado: ¡podría pensarse que el gobierno se propone conquistar por segunda vez a la inmensa Rusia!

Como veis, el gobierno declara la guerra a la revolución y dirige los primeros golpes contra su destacamento de vanguardia: el proletariado. Así hay que entender sus amenazas a los “partidos extremistas”. Por supuesto, tampoco “dejará sin lo suyo” a los campesinos y los obsequiará pródigamente con fustazos y balas -si se muestran “poco sensatos” y exigen una vida digna del ser humano-; pero, de momento, el gobierno trata de engañarlos: les promete tierra y les invita a acudir a la Duma, ofreciendo para el futuro “libertades de toda suerte”. En cuanto al “público correcto”, el gobierno procederá naturalmente, “con más delicadeza” y tratará de sellar con él una alianza: para eso, propiamente, existe la Duma de Estado. Ni que decir tiene que los señores burgueses liberales no rechazarán los “acuerdos”. Ya el 5 de agosto declararon por boca de su jefe que las reformas del zar les llenan de entusiasmo: “...Hay que hacer todos los esfuerzos para que Rusia... no siga la vía revolucionaria de Francia” (v. “Russkie Viédomosti”, del 5 de agosto, artículo de Vinográdov). Ni que decir tiene que los taimados liberales traicionarán antes a la revolución que a Nicolás II.

Lo ha demostrado suficientemente su último Congreso... En una palabra, el gobierno zarista empeña todos los esfuerzos para aplastar la revolución popular. Balas para el proletariado, promesas mendaces para los campesinos y “derechos” para la gran burguesía: con tales medios se arma la reacción. La muerte o la derrota de la revolución: tal es hoy la consigna de la autocracia. Por otra parte, las fuerzas de la revolución tampoco duermen y continúan realizando su gran obra. La crisis, exacerbada a consecuencia de la guerra, y las huelgas políticas, que se suceden con mayor frecuencia, han puesto en movimiento a todo el proletariado de Rusia, enfrentándolo con la autocracia zarista. El estado de guerra, lejos de asustar al proletariado, no ha conseguido sino echar más leña al fuego y agravar aún más la situación. Quien haya oído el repetido clamor de los proletarios: “¡Abajo el gobierno zarista, abajo la Duma zarista!”, quien haya pulsado atentamente a la clase obrera, no puede dudar de que el espíritu revolucionario del proletariado, como jefe de la revolución, irá en continuo ascenso. En cuanto a los campesinos, ya la movilización militar -la movilización que destruyó sus hogares,

arrancándoles los mejores trabajadores de la familia- los alzó contra el régimen actual. Si además tenemos en cuenta que a todo esto se añade el hambre, que afecta a veintiséis provincias, no costará trabajo comprender qué camino deben tomar los atormentados campesinos. Por último, comienzan a protestar sordamente también los soldados, y estas protestas toman cada día un carácter más amenazador para la autocracia. Los cosacos, el baluarte de la autocracia, comienzan a despertar el odio entre los soldados: hace poco, en Nóvaia Alexandría, los soldados dieron muerte a trescientos cosacos*. El número de hechos de esta naturaleza aumenta poco a poco... En una palabra, la vida prepara una nueva oleada revolucionaria, que se eleva gradualmente y avanza contra la reacción. Los últimos acontecimientos de Moscú y de Petersburgo son signos precursores de esta oleada. ¿Qué actitud debemos adoptar ante todos estos acontecimientos, qué debemos hacer nosotros, los socialdemócratas? De prestar oídos al menchevique Mártov, hoy mismo deberíamos elegir la Asamblea Constituyente, a fin de socavar para siempre los cimientos de la autocracia zarista. A su juicio, a la vez que las elecciones legales a la Duma deberían celebrarse elecciones ilegales.

Deberían formarse comités electorales que exhortaran “a la población a elegir sus representantes por sufragio universal”. Estos representantes, a su debido tiempo, deberían reunirse en una ciudad y proclamarse Asamblea Constituyente...” Así “se debe llevar a cabo la liquidación de la autocracia”**. En otras palabras, a pesar de que la autocracia vive aún, nosotros podemos ¡celebrar en toda Rusia elecciones mediante el sufragio universal! A pesar de que impera ferozmente la autocracia, ¡los representantes “ilegales” del pueblo podrían proclamarse Asamblea Constituyente e instaurar la república democrática! Resulta que no hace falta ni armamento, ni insurrección, ni gobierno provisional: la república democrática vendrá por sí sola, ¡lo único necesario es que los representantes “ilegales” se titulen Asamblea Constituyente! ¡El bonachón de Mártov ha olvidado tan sólo que esta fantástica “Asamblea Constituyente” se encontrará un buen día en la fortaleza de Pedro y Pablo! El Mártov de Ginebra no comprende que los militantes de Rusia consagrados al trabajo práctico no tienen tiempo para ocuparse de infantiles juegos burgueses. No, nosotros queremos hacer algo diferente. La negra reacción reúne las fuerzas tenebrosas y tiende con todo empeño a coligarlas; nuestra tarea consiste en agrupar las fuerzas socialdemócratas y

* Véase: “Proletari”, núm. 17. ** Véase: “Proletari”, núm. 15, donde se cita el “plan” de Mártov. unirlas más estrechamente. La negra reacción convoca la Duma, quiere ganarse nuevos aliados y engrosar el ejército de la contrarrevolución; nuestra tarea consiste en declarar un boicot activo a la Duma, mostrar a todo el mundo su fisonomía contrarrevolucionaria y multiplicar las filas de los partidarios de la revolución. La negra reacción emprende un ataque a muerte contra la revolución, quiere sembrar el desconcierto en nuestras filas y cavar la fosa a la revolución popular; nuestra tarea consiste en cerrar filas, pasar al ataque general y simultáneo contra la autocracia zarista y borrar para siempre su recuerdo. Lo que necesitamos no es el castillo de naipes de Mártov, sino la insurrección general. La salvación del pueblo está en la insurrección victoriosa del pueblo mismo. La muerte o la victoria de la revolución: tal debe ser hoy nuestra consigna revolucionaria.

Publicado sin firma el 15 de octubre de 1905 en el núm. 12 del periódico “Proletariatis Brdzola”. Traducido del georgiano.