Los batallones zaristas están siendo diezmados; perece la flota zarista; Puerto Arturo se ha rendido, por fin, vergonzosamente. Todo ello pone una vez más de manifiesto la decrepitud senil de la autocracia zarista... La mala alimentación y la falta de toda medida sanitaria hacen que las enfermedades contagiosas se propaguen entre los soldados. Estas insoportables condiciones se agravan aún más por la carencia de alojamientos siquiera sea un poco tolerables y por la falta de equipos. Los combatientes, debilitados, exhaustos, mueren como moscas. ¡Y eso sin contar los millares y millares muertos por las balas!... Todo ello origina entre los soldados efervescencia y descontento. Los soldados despiertan de su letargo, comienzan a sentirse hombres, ya no se someten ciegamente a las órdenes de sus jefes y a menudo reciben con silbidos y amenazas a los oficiales demasiado celosos. He aquí lo que nos escribe un oficial desde el Extremo Oriente: “¡He hecho el tonto! Por imposición de mi jefe pronuncié hace poco un discurso ante los soldados. Apenas empecé a hablar de la necesidad de combatir en defensa del zar y de la patria, llovieron sobre mí silbidos, insultos, amenazas...

Tuve que ponerme a prudente distancia de la multitud enfurecida...”. ¡Así están las cosas en el Extremo Oriente! Agreguemos a ello el estado de agitación de los reservistas en Rusia, sus manifestaciones revolucionarias en Odessa, en Ekaterinoslav, en Kursk, en Penza y otras ciudades; las protestas de los reclutas en Guria, en Imeretía, en Kartalinia, en el Sur y en el Norte de Rusia; advirtamos que ni la cárcel ni las balas detienen a los que protestan (hace poco fueron fusilados en Penza varios reservistas por haber participado en una manifestación), y comprenderemos fácilmente lo que piensa el soldado ruso... ¡La autocracia zarista está perdiendo uno de sus pilares principales: su “fiel ejército”! Por otra parte, el Tesoro zarista se consume día a día. Las derrotas se suceden. El gobierno zarista pierde paulatinamente la confianza de los Estados extranjeros. ¡Con gran trabajo consigue el dinero que necesita, y no está lejos el día en que se verá privado de todo crédito! “¿Quién nos va a pagar cuando te derriben? Y no hay duda de que tu caída no está muy lejana”, ¡Esta es la respuesta que recibe el gobierno zarista, que ya no goza de ninguna confianza!

Y el pueblo, un pueblo desheredado y hambriento, ¿qué puede darle al gobierno zarista, cuando él mismo no tiene con qué alimentarse? ¡Así, pues, la autocracia zarista está perdiendo también otro de sus pilares principales: el rico Tesoro, con los créditos que lo nutren! Al mismo tiempo, acentúase de día en día la crisis industrial, se cierran las fábricas, millones de obreros exigen pan y trabajo. El hambre agarrota con nueva fuerza a los campesinos pobres, ya de por sí extenuados. Se alzan más y más altas las olas de la indignación popular, azotando con redoblado vigor el trono del zar. Y la decrépita autocracia zarista se tambalea de arriba abajo... Asediada por todas partes, la autocracia zarista se despoja de su vieja piel, como una serpiente, y cuando la Rusia descontenta se prepara para el asalto decisivo, abandona (¡simula abandonar!) su látigo y, vistiéndose con una piel de cordero, ¡proclama una política de conciliación! ¿Habéis oído, camaradas? La autocracia zarista nos pide que olvidemos el chasquido de los látigos y el silbido de las balas, los centenares de heroicos camaradas asesinados y sus gloriosas sombras, que rondan en torno nuestro, susurrándonos: “¡Venganza!”.

¡La autocracia nos tiende desvergonzadamente sus manos ensangrentadas y nos aconseja la conciliación! Ha publicado un “ukás imperial”, donde nos promete no sabemos qué “libertad”... ¡Viejos bandidos! ¡Piensan alimentar con palabras a los millones de proletarios hambrientos de Rusia! ¡Esperan satisfacer con palabras a los millones y millones de campesinos empobrecidos y extenuados! ¡Quieren acallar con promesas el llanto de las familias de los muertos en la guerra! ¡Miserables! ¡Se ven perdidos y tratan de agarrarse a un clavo ardiendo!... ¡Sí, camaradas, el trono del gobierno zarista se tambalea hasta los cimientos! El gobierno, que reparte en sueldos entre nuestros verdugos - ministros, gobernadores, jefes de distrito, directores de cárceles, comisarios de policía, gendarmes y confidentes- lo que nos ha robado en impuestos; el gobierno, que obliga a los soldados que nos ha arrebatado -a nuestros hermanos y a nuestros hijos- a derramar nuestra propia sangre; que apoya por todos los medios a los terratenientes y a los patronos en su lucha diaria contra nosotros; que nos ha aherrojado de pies y manos, nos ha privado de nuestros derechos y nos ha reducido a la condición de simples esclavos; que ha pisoteado y escarnecido brutalmente nuestra

dignidad humana, nuestro patrimonio más sagrado, ¡precisamente ese gobierno se tambalea ahora y pierde terreno bajo los pies! ¡Ha llegado la hora de la venganza! ¡Ha llegado la hora de vengar a los gloriosos camaradas ferozmente asesinados por los jenízaros zaristas en Yaroslavl, Dombrova, Riga, Petersburgo, Moscú, Batum, Tiflís, Zlatoúst, Tijorétskaia, Mijailov, Kishiniov, Gómel, Yakutsk, Guria, Bakú y otros lugares! ¡Ha llegado la hora de exigirle cuentas al gobierno por los infelices que a decenas de millares han muerto sin culpa alguna en los campos del Extremo Oriente! ¡Ha llegado la hora de enjugar las lágrimas de sus viudas y de sus huérfanos! ¡Ha llegado la hora de exigirle responsabilidad por los sufrimientos y las humillaciones, por las cadenas infamantes con que nos ha aherrojado desde tiempos inmemoriales! ¡Ha llegado la hora de acabar con el gobierno zarista y de desbrozar el camino que nos ha de conducir al régimen socialista! ¡Ha llegado la hora de destrozar al gobierno zarista! Y nosotros lo destrozaremos. ¡En vano tratan los señores liberales de salvar el trono del zar, que se viene abajo! ¡En vano tienden su mano en ayuda del zar!

¡Se esfuerzan por conseguir de él, mediante súplicas, una limosna e inclinarle en favor de su “proyecto de Constitución”, para abrirse camino hacia el dominio político mediante pequeñas reformas, convertir al zar en un instrumento suyo, reemplazar la autocracia del zar por la autocracia de la burguesía y poder después oprimir sistemáticamente al proletariado y a los campesinos! ¡Vanos intentos! ¡Es tarde ya, señores liberales! ¡Miren en torno suyo y vean lo que les ha dado el gobierno zarista, examinen su “ukás imperial”: una pequeña “libertad” “para los zemstvos y para las instituciones de las ciudades”, una pequeña “garantía” contra “la coerción de los derechos individuales”, una pequeña “libertad” “de imprenta” y una gran admonición acerca de la “necesidad absoluta de mantener inconmovibles las leyes fundamentales del imperio”, acerca de la “adopción de medidas efectivas para proteger toda la fuerza de la ley, que en un Estado autocrático es la base fundamental del trono”!... ¿Y qué? ¡Aun no habían tenido tiempo de digerir el ridículo “decreto” del ridículo zar, cuando empezaron a llover “advertencias” a los periódicos, comenzaron los asaltos de los gendarmes y policías y fueron prohibidos hasta los banquetes pacíficos! El propio gobierno zarista se ha encargado de demostrar que sus raquíticas promesas no pasarán de ser míseras palabras. Por otra parte, las masas populares, indignadas, se aprestan a la revolución y no a la conciliación con el zar.

Las masas se atienen firmemente al refrán que dice: “A quien jorobado nace, sólo la tumba lo endereza”. ¡No, señores liberales, de nada servirán sus esfuerzos! La revolución rusa es inevitable. ¡Es tan inevitable como la salida del sol! ¿Pueden ustedes acaso detener la salida del sol? ¡La fuerza principal de esta revolución es el proletariado de la ciudad y del campo, y su abanderado es el Partido Obrero Socialdemócrata, y no ustedes, señores liberales! ¿Por qué olvidan esta “pequeñez” evidente? Ya se levanta la tempestad anunciadora del alba. Apenas ayer el proletariado del Cáucaso expresó unánime, desde Bakú hasta Batum, su desprecio por la autocracia zarista. No cabe duda de que esta gloriosa tentativa de los proletarios del Cáucaso ha de repercutir entre los proletarios de otras partes de Rusia. Examinad, asimismo, las innumerables resoluciones de los obreros, que expresan su profundo desprecio por el gobierno zarista; prestad oído a las sordas pero vigorosas protestas del campo, y os convenceréis de que Rusia es un fusil con bala en la recámara, que puede disparar a la menor conmoción. ¡Sí, camaradas, no está lejos el día en que la revolución rusa despliegue velas y “barra de la faz de la tierra” el vil trono del despreciable zar! Nuestro sagrado deber consiste en estar preparados para ese momento. ¡Preparémonos, pues, camaradas!

¡Sembremos la buena semilla en las extensas masas del proletariado! ¡Tendámonos la mano y agrupémonos estrechamente en torno a los Comités del Partido! ¡No debemos olvidar ni un momento que sólo los Comités del Partido pueden dirigimos dignamente, que sólo ellos nos alumbrarán el camino hacia esa “tierra de promisión” que se llama mundo socialista! ¡El partido que nos ha abierto los ojos y nos ha señalado cuáles son nuestros enemigos, que nos ha organizado en un ejército temible y nos ha conducido a la lucha contra los enemigos, que no nos ha abandonado en las alegrías ni en las penas y ha marchado siempre delante de nosotros, ese partido es el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia! ¡Ese Partido, y sólo él, nos dirigirá también en adelante! ¡Una Asamblea Constituyente, elegida sobre la base del sufragio universal, igual, directo y secreto: por esto es por lo que debemos luchar ahora! Sólo tal Asamblea nos dará la república democrática, necesaria en extremo para nuestra lucha por el socialismo. ¡Adelante, pues, camaradas! ¡Cuando la autocracia zarista se tambalea, nuestro deber es prepararnos para la acometida decisiva! ¡Ha llegado la hora de la venganza! ¡Abajo la autocracia zarista! ¡Viva la Asamblea Constituyente de todo el Pueblo! ¡Viva la república democrática! ¡Viva el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia! Enero de 1905.

Se publica de acuerdo con el texto de la proclama editada, el 8 de enero de 1905 en la imprenta clandestina de Avlabar de la Unión del Cáucaso del P.O.S.D.R. Firma: El Comité de la Unión.