I Se ha cumplido lo que con tanta impaciencia esperábamos: el Congreso de Unificación ha terminado en paz, el Partido ha evitado la escisión, se ha consolidado de modo formal la fusión de las fracciones y con ello han sido echados los cimientos de la potencia política del Partido. Ahora tenemos que comprender, conocer más de cerca la fisonomía del Congreso y sopesar serenamente sus aspectos buenos y malos. ¿Qué ha hecho el Congreso? ¿Qué debía haber hecho el Congreso? A la primera pregunta contestan las resoluciones del Congreso. Por lo que se refiere a la segunda pregunta, hay que saber, para contestarla, en qué situación se inauguró el Congreso y qué tareas le planteaba el momento actual. Comencemos por la segunda pregunta. Ahora está ya claro que la revolución popular no ha sucumbido, que, a pesar de la “derrota de diciembre”, sigue desarrollándose y marcha con ímpetu hacia el punto culminante. Nosotros decimos que así debe ser precisamente: las fuerzas motrices de la revolución continúan viviendo y actuando; la crisis industrial desencadenada arrecia más y más; el hambre, que arruina por entero al campo, se recrudece de día en día, y esto significa que se halla cercana la hora en que la indignación revolucionaria del pueblo ha de precipitarse como torrente amenazador.

Los hechos dicen que en la vida social de Rusia está gestándose un nuevo alzamiento, mucho más decidido y poderoso que la ofensiva de diciembre. Vivimos las vísperas de la insurrección. De otro lado, la contrarrevolución, odiada por el pueblo, acumula fuerzas y se afianza gradualmente. Ya ha logrado organizar una camarilla, llama bajo su bandera a todas las fuerzas oscuras, se pone al frente del “movimiento” de los cien-negristas, prepara un nuevo ataque a la revolución popular, agrupa en torno suyo a los sanguinarios terratenientes y fabricantes, es decir, se dispone a aplastar la revolución popular. Y cuanto más tiempo pasa, tanto más acusadamente se divide el país en dos campos hostiles -el campo de la revolución y el campo de la contrarrevolución-, tanto más amenazadoramente se enfrentan las dos fuerzas rectoras de los dos campos - el proletariado y el gobierno zarista-, y tanto más claro se ve que entre ellas están quemados todos los puentes. Una de dos: o la victoria de la revolución y el Poder soberano del pueblo, o la victoria de la contrarrevolución y la autocracia zarista.

El que nada entre dos aguas, traiciona a la revolución. ¡El que no está con nosotros, está contra nosotros! La mísera Duma con sus míseros demócratas constitucionalistas se ha atascado precisamente entre estas dos aguas. Quiere conciliar la revolución con la contrarrevolución para que pasten juntos los lobos y las ovejas y sofocar así “de un solo golpe” la revolución. Por eso mismo la Duma se ocupa hasta ahora sólo de dar palos al agua; por eso mismo no ha podido reunir en torno suyo a ninguna fuerza popular y, carente de base, manotea en el aire. La palestra principal de la lucha sigue siendo la calle. Así lo dicen los hechos. Los hechos dicen que en la lucha de hoy, en la lucha que se dirime en las calles, y no en la locuaz Duma, las fuerzas contrarrevolucionarias se debilitan y desmoronan de día en día, al mismo tiempo que las fuerzas revolucionarias aumentan y se movilizan, que estas fuerzas se unen y organizan bajo la dirección de los obreros avanzados; y no de la burguesía. Esto significa que es plenamente posible lograr la victoria de la revolución actual y llevarla a su término.

Sin embargo, sólo es posible si también en lo sucesivo la encabezan los obreros avanzados, si el proletariado consciente cumple dignamente la misión de dirigir la revolución. De aquí resulta evidente qué tareas planteaba ante el Congreso el momento actual y qué debía haber hecho el Congreso. Engels decía que el Partido obrero “es el intérprete consciente de un proceso inconsciente”, es decir, el Partido debe ir conscientemente por el camino que en forma inconsciente sigue la propia vida, debe expresar conscientemente las ideas que en forma inconsciente destaca la vida en ebullición. Los hechos dicen que el zarismo no ha conseguido aplastar la revolución popular, que, por el contrario, la revolución crece de día en día, asciende a mayor altura y va hacia un nuevo levantamiento; por consiguiente, la tarea del Partido consiste en prepararse de un modo consciente para este levantamiento y llevar la revolución popular hasta el fin. Está claro que el Congreso debía haber señalado esta tarea e impuesto a los miembros del Partido la obligación de cumplirla con honradez. Los hechos dicen que es imposible conciliar la revolución y la contrarrevolución, que la Duma, situada desde el comienzo mismo en la vía de esta conciliación, nada podrá hacer, que tal Duma no se

convertirá nunca en el centro político del país, no agrupara en torno suyo al pueblo y habrá de convertirse en un apéndice de la reacción; por consiguiente, la tarea del Partido es disipar las falsas esperanzas cifradas en la Duma, combatir las ilusiones políticas del pueblo y proclamar que la palestra principal de la revolución es la calle, y no la Duma, que la victoria del pueblo será aportada principalmente por la calle, por la lucha en la calle, y no por la Duma, no por la charlatanería en la Duma. Está claro que el Congreso de Unificación debía haber señalado también en sus resoluciones esta tarea, para determinar así, concretamente, el rumbo de la actividad del Partido. Los hechos dicen que la victoria de la revolución, la obra de llevarla hasta el fin y la instauración del Poder soberano del pueblo son posibles sólo en el caso de que al frente de la revolución actúen los obreros conscientes, en el caso de que sea la socialdemocracia y no la burguesía quien dirija la revolución; por consiguiente, la tarea del Partido consiste en cavar la tumba a la hegemonía de la burguesía, agrupar en torno suyo a los elementos revolucionarios de la ciudad y del campo, encabezar la lucha revolucionaria de éstos, dirigir desde ahora las acciones de tal lucha y, de este modo, afianzar el terreno para la hegemonía del proletariado. Está claro que el Congreso de Unificación tenía que haber prestado especial atención a esta tercera y fundamental tarea para mostrar así al Partido su inmensa importancia. He aquí lo que el momento actual exigía del Congreso de Unificación, he aquí lo que debía haber hecho el Congreso. ¿Ha cumplido el Congreso estas tareas?

II Para el esclarecimiento de esta cuestión es necesario conocer la fisonomía del propio Congreso. Muchos problemas ha tratado el Congreso en sus sesiones, pero el principal, en torno al que han girado todos los demás, ha sido el problema del momento actual. El momento actual de la revolución democrática y las tareas de clase del proletariado: éste es el problema en el que, como en un nudo, se han entrelazado todas nuestras discrepancias tácticas. En la ciudad se agudiza la crisis, decían los bolcheviques, en el campo se recrudece el hambre, el gobierno va descomponiéndose hasta la raíz, y la indignación del pueblo aumenta cada día; luego, no sólo no decae la revolución, sino que, por el contrario, cada día va en ascenso y se apresta a una nueva ofensiva. De aquí deriva la tarea de cooperar a la revolución en ascenso, llevarla hasta el fin y coronarla con el Poder soberano del pueblo (v. la resolución de los bolcheviques “El momento actual...”). Casi lo mismo decían los mencheviques. Pero ¿cómo se debe llevar hasta el fin la revolución actual, qué condiciones son necesarias para ello? A juicio de los bolcheviques, se puede llevar hasta el fin la revolución actual y coronarla con el Poder soberano del pueblo tan sólo en el caso de que al frente de la revolución se coloquen los obreros conscientes, de que la dirección de la revolución se concentre en manos del proletariado socialista, y no de los demócratas burgueses. “Sólo el proletariado está en condiciones de llevar hasta el fin la revolución democrática -decían los bolcheviques-, a condición de que el proletariado... lleve tras de sí a la masa de los campesinos, infundiendo conciencia política a la lucha espontánea de éstos...” En caso contrario, el proletariado habrá de renunciar al papel de “jefe de la revolución popular” e irá “a remolque de la burguesía monárquica liberal”, que nunca tratará de llevar la revolución hasta el fin (v. la resolución “Las tareas de clase del proletariado...”).

Naturalmente, nuestra revolución es una revolución burguesa, y en este sentido recuerda la gran revolución francesa, de cuyos frutos se aprovechó la burguesía. Pero está claro, además, que entre estas dos revoluciones media una gran diferencia. En la época de la revolución francesa no existía la gran producción mecánica que vemos hoy en Rusia, y las contradicciones de clase no se acusaban tan marcadamente como en nuestro país, razón por la cual allí el proletariado era débil, mientras que aquí es más fuerte y está más unido. Debe considerarse también que allí el proletariado no tenía su propio partido; en cambio aquí tiene su propio partido, con un programa y una táctica propios. No es de extrañar que los demócratas burgueses encabezaran la revolución francesa y que los obreros fuesen a remolque de estos señores, que “los obreros lucharan y los burgueses se hicieran con el Poder”. Por otra parte, se comprende plenamente asimismo que el proletariado de Rusia no se conforme con ir a remolque de los liberales, que actúe en calidad de fuerza hegemónica de la revolución y llame bajo su bandera a todos los “oprimidos y desheredados”. En ello consiste la ventaja de nuestra revolución frente a la gran revolución francesa, y por eso pensamos que nuestra revolución puede ser llevada hasta el fin y puede culminar con el Poder soberano del pueblo. Sólo es necesario contribuir conscientemente a la hegemonía del proletariado y agrupar a su alrededor al pueblo en lucha, para de este modo poder llevar hasta el fin la revolución actual. Y es necesario llevar la revolución hasta el fin para que de sus frutos no se aproveche la burguesía sola, para que la clase obrera, además de la libertad política, consiga la jornada de ocho horas y una mejora de las condiciones de trabajo, aplique totalmente su programa mínimo y abra así el camino que conduce al socialismo. Por eso, quien defiende los intereses del proletariado,

quien no desea que el proletariado se convierta en apéndice de la burguesía y le saque las castañas del fuego, quien lucha por que el proletariado se convierta en una fuerza independiente y utilice para sus propios fines la actual revolución, debe condenar explícitamente la hegemonía de los demócratas burgueses, debe consolidar el terreno para la hegemonía del proletariado socialista en la revolución actual. Así razonaban los bolcheviques. Otra cosa completamente distinta decían los mencheviques. Sin duda, la revolución se intensifica y hay que llevarla hasta el fin -decían-, más para ello no hace ninguna falta la hegemonía del proletariado socialista: que sean esos mismos demócratas burgueses los que actúen como dirigentes de la revolución. ¿Por que, cual es el motivo?, preguntaban los bolcheviques. Porque la revolución actual es una revolución burguesa y el papel de jefe corresponde a la burguesía, respondían los mencheviques. ¿Qué debe hacer entonces el proletariado? Debe ir tras los demócratas burgueses, “empujarlos” y, de tal modo, “impulsar la revolución burguesa”. Así hablaba Martínov, líder de los mencheviques e “informante” designado por ellos. La misma idea se halla expresada, aunque no de una manera tan precisa, en la resolución de los mencheviques “Sobre el momento actual”.

Martínov decía ya en sus “Dos dictaduras” que “la hegemonía del proletariado es una utopía peligrosa”, una fantasía, que la revolución burguesa “debe ser dirigida por la extrema oposición democrática” y no por el proletariado socialista, que el proletariado en lucha “debe ir tras la democracia burguesa” e impulsarla por el camino de la libertad (v. El conocido folleto de Martínov “Dos dictaduras”). La misma idea repitió en el Congreso de Unificación. La gran revolución francesa es, a su entender, el original y nuestra revolución una pálida copia de este original, y como en Francia a la cabeza de la revolución estuvo al principio la “Asamblea Nacional” y después la “Convención Nacional”, en las que dominaba la burguesía, también en nuestro país el dirigente de la revolución, que agrupe a su alrededor al pueblo, debe ser, al principio, la Duma del Estado y, después, cualquier otro organismo representativo, más revolucionario que la Duma. Lo mismo que en la Duma, en este futuro organismo representativo han de dominar los demócratas burgueses; por consiguiente, necesitamos la hegemonía de la democracia burguesa, y no la del proletariado socialista. Es preciso, únicamente, seguir paso a paso a la burguesía e impulsarla aún más hacia adelante, hacia la auténtica libertad. Es significativo que los mencheviques acogieran con ruidosos aplausos el discurso de Martínov.

Es significativo también que en ninguna de sus resoluciones mencionen la necesidad de la hegemonía del proletariado; la expresión “hegemonía del proletariado” ha sido desterrada por completo de sus resoluciones, lo mismo que de las resoluciones del Congreso (v. las resoluciones del Congreso). Tal ha sido la actitud de los mencheviques en el Congreso. Como veis, tenemos aquí dos actitudes que se excluyen entre sí, y precisamente de ahí parten todas las demás discrepancias. Si el proletariado consciente es el jefe de la actual revolución y en la Duma actual dominan los burgueses demócratas constitucionalistas, está claro de por sí que la Duma actual no podrá convenirse en “el centro político del país”, no podrá agrupar a su alrededor al pueblo revolucionario, ni podrá, por mucho que se esfuerce, pasar a ser el dirigente de la revolución en ascenso. Además, si el jefe de la revolución es el proletariado consciente y no se puede dirigir la revolución desde la Duma, está claro de por sí que la palestra principal de nuestra actividad en el momento presente debe ser la calle, y no la sala de la Duma. Por otra parte, si el jefe de la revolución es el proletariado consciente y la palestra principal de la lucha es la calle, está claro de por sí que nuestra tarea consiste en participar activamente en la organización de la lucha de calle, en prestar una atención redoblada al problema del armamento, en multiplicar los destacamentos rojos y difundir los conocimientos militares entre los elementos avanzados.

Por último, si el jefe de la revolución es el proletariado avanzado y si éste debe participar activamente en la organización de la insurrección, está claro de por sí que no podemos lavarnos las manos y quedar al margen del gobierno provisional revolucionario; deberemos conquistar, del brazo de los campesinos, el Poder político y participar en el gobierno provisional*: el jefe de la calle revolucionaria debe ser también el jefe del gobierno de la revolución. Tal ha sido la actitud de los bolcheviques. Y por el contrario, si, como piensan los mencheviques, la dirección de la revolución ha de pertenecer a los demócratas burgueses, y los demócratas constitucionalistas de la Duma “se aproximan a semejante especie de demócratas”, está claro de por sí que la Duma actual puede convertirse en “el centro político del país”, que la Duma actual puede agrupar a su alrededor al pueblo revolucionario, ser su dirigente y convertirse en la palestra principal de la lucha. Además: si la Duma puede convertirse en la palestra principal de la lucha, está de más prestar una atención redoblada al problema del armamento y a la organización de destacamentos rojos; no es cosa nuestra prestar una atención especial a la organización de la lucha de calle, y con tanto mayor motivo no es cosa nuestra conquistar, del brazo de los campesinos, el Poder

* Aquí no nos referimos a los principios que informan esta cuestión.

político y participar en el gobierno provisional: que se preocupen de ello los demócratas burgueses, que serán los dirigentes de la revolución. Naturalmente, no estaría mal disponer de armas y de destacamentos rojos; más aún es hasta indispensable, pero no tiene tanta importancia como le atribuyen los bolcheviques. Tal ha sido la actitud de los mencheviques. El Congreso ha seguido el segundo camino, es ha rechazado la hegemonía del proletariado socialista y ha aprobado la actitud de los mencheviques. El Congreso ha demostrado así con toda claridad que no ha comprendido las exigencias urgentes del momento actual. En ello estriba el error fundamental del Congreso, al que debían seguir lógicamente todos los restantes errores.

III Después de haber rechazo de el Congreso la idea de la hegemonía del proletariado, era evidente cómo habría de resolver las demás cuestiones. “la actitud ante la Duma de Estado”, “la insurrección armada”, etc. Pasemos a ellas. Comencemos por la cuestión de la Duma de Estado. No vamos a entretenemos en examinar qué táctica era más acertada: el boicot o la participación en las elecciones. Sólo haremos notar lo siguiente: si hoy la Duma no se ocupa más que de hablar, si ha quedado atascada entre la revolución y la contrarrevolución, esto significa que los defensores de la participación en las elecciones se equivocaban al exhortar al pueblo a participar en las elecciones, despertando en él falsas esperanzas. Pero dejemos esto a un lado. La cosa es que cuando se celebraba el Congreso las elecciones habían terminado ya (menos en el Cáucaso y en Siberia), conocíamos ya el resultado de las elecciones, y, por consiguiente, sólo podía tratarse de la propia Duma, que debía reunirse unos días más tarde. Está claro que el Congreso no podía mirar hacia el pasado y debía dirigir la atención principal a lo que en si representa la propia Duma y fijar nuestra actitud ante ella. Así, pues, ¿qué es la actual Duma y cuál debe ser nuestra actitud ante ella? Por el mensaje del 17 de octubre se sabía que la Duma no poseía derechos muy grandes: es una asamblea de diputados que “tiene derecho” a deliberar, pero “no tiene derecho” a rebasar los límites de las “leyes fundamentales” vigentes. Está sometida a la vigilancia del Consejo de Estad o, que “tiene derecho” a revocar cualquier acuerdo de la Duma. Y monta la guardia el gobierno zarista, armado de pies a cabeza, que “tiene derecho” a disolver la Duma, si ésta no se conforma con el papel de órgano consultivo. En cuanto a la fisonomía de la Duma, ya antes de la apertura del Congreso sabíamos de quiénes se iba a componer, sabíamos ya entonces que la Duma, en su mayor parte, había de componerse de demócratas constitucionalistas.

Con esto no queremos decir en manera alguna que los demócratas constitucionalistas habían de formar por sí solos la mayoría en la Duma; lo unido que decimos es que alrededor de una tercera parte de los quinientos miembros de la Duma estaría compuesta de demócratas constitucionalistas, otra tercera parte seria formada por los grupos intermedios y las derechas (“partido de las reformas democráticas”, elementos moderados de los diputados sin partido, octubristas, etc.), que en los momentos de lucha contra la extrema izquierda (contra el grupo obrero y el grupo de campesinos revolucionarios) se unirían en torno a los demócratas constitucionalistas y votarían a su favor, y, de tal modo, los dueños de la situación en la Duma serían los demócratas constitucionalistas. ¿Y quiénes son los demócratas constitucionalistas? ¿Se les puede llamar revolucionarios? ¡Naturalmente que no! Entonces, ¿quiénes son? Los demócratas constitucionalistas forman el partido de los conciliadores: quieren restringir los derechos del zar, pero no porque sean partidarios de la victoria del pueblo -los demócratas constitucionalistas quieren sustituir la autocracia del zar por el Poder absoluto de la burguesía y no por el Poder soberano del pueblo (v. su programa)-, sino para que el pueblo modere su revolucionarismo, desista de sus reivindicaciones revolucionarias y llegue de algún modo a entenderse con el zar; los demócratas constitucionalistas quieren un acuerdo del zar con el pueblo.

Como veis, la mayoría de la Duma debía formarse de conciliadores, y no de revolucionarios. Esto era claro de por sí ya en la primera mitad de abril. Así, pues, una Cámara boicoteada e impotente, dotada de ínfimos derechos, por una parte; no revolucionaria y conciliadora en su mayoría, por otra parte: he ahí lo que en sí representaba la Duma. En general, los impotentes se colocan ya de por sí en la senda de la conciliación, y si, además, sus aspiraciones no son revolucionarias, con tanta mayor rapidez ruedan hacia el terreno de la conciliación. Es lo que debía ocurrir también con la Duma de Estado, que no podía colocarse enteramente al lado del zar, ya que quiere limitar los derechos del zar, pero tampoco podía pasarse al lado del pueblo, ya que el pueblo presenta reivindicaciones revolucionarias. Por eso debía colocarse entre el zar y el pueblo y tratar de conciliarlos, es decir, entretenerse en dar palos al agua. Por una parte, debía persuadir al pueblo de que desistiese de las “reivindicaciones desmesuradas” y llegara de algún modo a entenderse con el zar, y por otra parte, debía ser un intermediario ante el zar, para que éste cediese un poco frente al pueblo y pusiera

así punto a la “efervescencia revolucionaria”. Esa es la Duma de la que se ha ocupado el Congreso de Unificación del Partido. ¿Cuál debía haber sido la actitud del Partido ante tal Duma? Ni que decir tiene que el Partido no podía comprometerse a apoyar tal Duma, ya que respaldar la Duma es respaldar la política conciliadora, y la política conciliadora se halla en contradicción radical con la tarea de ahondar la revolución: el Partido obrero no debe asumir el papel de apaciguador de la revolución. Naturalmente, el Partido debía aprovechar tanto la propia Duma como los conflictos de la Duma con el gobierno, pero esto no significa aún que debía apoyar la táctica no revolucionaria de la Duma. Por el contrario, el desenmascaramiento de la doblez de la Duma, la crítica despiadada de su actividad, la denuncia pública de su táctica traicionera: tal debe ser la actitud del Partido ante la Duma de Estado. Y si es así, está claro que la Duma de los demócratas constitucionalistas no es el exponente de la voluntad del pueblo, que la Duma no puede desempeñar el papel de órgano representativo del pueblo, no puede ser el centro político del país ni agrupar en torno suyo al pueblo.

Ante esto, era obligación del Partido disipar las falsas esperanzas depositadas en la Duma y proclamar que la Duma no es el exponente de la voluntad del pueblo, que, por consiguiente, no puede ser un instrumento de la revolución, que ahora la palestra principal de la lucha es la calle, y no la Duma. Al mismo tiempo estaba claro que el grupo campesino “del trabajo” existente en la Duma, poco numeroso en comparación con los demócratas constitucionalistas, no podía seguir hasta el fin la táctica conciliadora de los demócratas constitucionalistas y un día u otro tenía que comenzar la lucha contra ellos, como traidores al pueblo, y emprender la senda de la revolución. Era obligación del Partido apoyar al “grupo del trabajo” en su lucha contra los demócratas constitucionalistas, desarrollar hasta el fin sus tendencias revolucionarias, contraponer su táctica revolucionaria a la táctica no revolucionaría de los demócratas constitucionalistas y poner así aún más claramente al descubierto las tendencias traicioneras de éstos. Ahora bien, ¿cómo ha procedido al Congreso, qué ha dicho el Congreso en su resolución sobre la Duma de Estado? La resolución del Congreso dice que la Duma es una institución salida “de las entrañas de la nación”. O sea, la Duma, a pesar de sus defectos, es -según esto-, el exponente de la voluntad del pueblo.

Está claro que el Congreso no ha sabido valorar debidamente la Duma de los demócratas constitucionalistas, el Congreso ha olvidado que la mayoría de la Duma se compone de conciliadores, que los conciliadoras, como gentes que rechazan la revolución, no pueden expresar la voluntad del pueblo, y, en consecuencia, no tenemos derecho a decir que la Duma ha salido “de las entrañas de la nación”. ¿Qué decían a este propósito en el Congreso los bolcheviques? Decían que “la Duma de Estado, con la composición demócrata constitucionalistas (predominante) que ya ahora se advierte, no puede en ningún caso cumplir el papel de verdadero órgano representativo del pueblo”. Es decir, la Duma actual no ha salido de las entrañas del pueblo va contra el pueblo y, por lo mismo, no expresa la voluntad del pueblo (v. la resolución de los bolcheviques). El Congreso, en este problema, ha rechazado la actitud de los bolcheviques. La resolución del Congreso dice que la “Duma”, a pesar de su carácter “seudo constitucional”, “se convertirá en instrumento de la revolución”..., sus conflictos con el gobierno pueden enconarse hasta llegar a límites “que permitan la posibilidad de hacer de ellos el punto de partida de amplios movimientos de masas dirigidos al derrocamiento del presente régimen político”. Es decir, la Duma, según esto, puede convertirse en el centro político, agrupar a su alrededor al pueblo revolucionario y alzar la bandera de la revolución.

Ya lo habéis oído, obreros: resulta que la Duma demócrata constitucionalistas conciliadora puede convertirse en el centro de la revolución y encontrarse al frente de ella; ¡resulta que de una perra puede nacer un corderito! No os preocupéis: desde ahora no hay necesidad de hegemonía del proletariado ni de que el pueblo se agrupe precisamente en torno al proletariado: ¡la propia Duma no revolucionaria agrupará a su alrededor al pueblo revolucionario y todo saldrá a pedir de boca! ¡He ahí, pues, qué sencillamente se hace la revolución; he ahí, pues, cómo hay que llevar hasta el fin la revolución actual! Evidentemente, el Congreso no ha comprendido que la hipócrita Duma, con sus hipócritas demócratas constitucionalistas, nadará inevitablemente entre dos aguas, tratará de reconciliar entre sí al zar y al pueblo, y después, como todos los hipócritas, ¡se verá obligada a inclinarse al lado de quien prometa más! ¿Qué han dicho a este propósito en el Congreso los bolcheviques? Han dicho que “todavía no hay condiciones para que nuestro Partido emprenda la vía parlamentaria”, es decir, que todavía no podemos comenzar una vida parlamentaria tranquila, la palestra principal de la lucha sigue siendo aún la calle, y no la Duma (v. la resolución de los bolcheviques). El Congreso rechazó también en esta parte la resolución de los bolcheviques.

La resolución del Congreso no dice nada concreto acerca de que en la Duma existan representantes del campesinado revolucionario (“grupo del trabajo”), que quedan en minoría, que se verán obligados a rechazar la política de conciliación de los demócratas constitucionalistas y a emprender el camino de la revolución, que es necesario animarles, apoyarles en la lucha contra los demócratas constitucionalistas y ayudarles a afianzarse más aún en la senda revolucionaría. Evidentemente, el Congreso no ha comprendido que proletariado y el campesinado son las dos fuerzas principales de la revolución actual, que en el momento presente el proletariado, como jefe de la revolución, debe respaldar a los campesinos revolucionarios tanto en la calle como en la Duma, si inician la lucha contra los enemigos de la revolución. ¿Qué han dicho a este propósito en el Congreso los bolcheviques? Han dicho que la socialdemocracia debe denunciar implacablemente “la inconsecuencia y la fluctuación de los demócratas constitucionalistas, fijando particular atención en los elementos de la democracia campesina revolucionaria, agrupándolos, oponiéndolos a los demócratas constitucionalistas, apoyando aquellas de sus acciones que respondan a los intereses del proletariado” (v. la resolución). El Congreso tampoco ha aceptado esta propuesta de los bolcheviques. Probablemente, porque en ella se expresa con demasiada diafanidad el papel de vanguardia del proletariado en la lucha actual, mientras que el Congreso, como hemos visto antes, ha mantenido una actitud de desconfianza hacia la hegemonía del proletariado: ¡los campesinos -a juicio del Congreso- deben agruparse en torno a la Duma, y no en torno al proletariado! Por eso el periódico burgués “Nasha Zhizn” ensalza la resolución del Congreso, por eso los demócratas constitucionalistas de “Nasha Zhizn” han empezado a clamar al unísono: al fin, los socialdemócratas lo han pensado mejor y se han apartado del blanquismo (v. “Nasha Zhizn”, núm. 432). ¡Evidentemente, por algo los enemigos del pueblo -los demócratas constitucionalistas- ensalzan la resolución del Congreso! ¡Por algo Bebel decía: lo que es grato a nuestros enemigos, es pernicioso para nosotros!

IV Pasemos al problema de la insurrección armada. Hoy para nadie constituye ya un secreto que una acción del pueblo es inevitable. Si la crisis y el hambre se recrudecen en las ciudades y en el campo, si la efervescencia entre el proletariado y campesinado aumenta cada día, si el gobierno zarista se descompone, si, por consiguiente, la revolución va en ascenso, está claro de por sí que la vida prepara una nueva acción del pueblo, más amplia y poderosa que las acciones de octubre y de diciembre. Sea o no deseable esta nueva acción, sea esto bueno o malo, hoy es superfluo hablar de ello; no se trata de nuestros deseos, sino de que la acción del pueblo madura por sí sola, que es inevitable. Ahora bien, hay acciones y acciones. Ni que decir tiene que la huelga general de enero en Petersburgo (1905) fue una acción del pueblo. Una acción del pueblo fue también la huelga general política de octubre. Una acción del pueblo fue asimismo la “batalla de diciembre” en Moscú y en Letonia. Está claro que entre ellas había también diferencias. Mientras que en enero (1905) el papel principal fue desempeñado por la huelga, en diciembre la huelga sirvió sólo de comienzo y después se transformó en insurrección armada, cediendo a ésta el papel principal. Las acciones de enero, de octubre y de diciembre demostraron que por “pacíficamente” que comience una huelga general, por “delicadamente” que se proceda al presentar las reivindicaciones, por desarmado que se intervenga en el campo de batalla, las cosas, no obstante, deben terminar en una batalla (recordad el 9 de enero en Petersburgo, cuando el pueblo salió con crucifijos y con el retrato del zar); el gobierno, no obstante, recurrirá a los cañones y a los fusiles; el pueblo, no obstante, empuñará las armas, y, de tal modo, la huelga general se transformará, no obstante, en insurrección armada.

¿Qué significa esto? Sólo que la futura acción del pueblo no será una simple acción, que tendrá obligatoriamente un carácter de acción armada, y, de tal modo, el papel decisivo ha de pertenecer a la insurrección armada. Sea deseable o no el derramamiento de sangre, sea bueno o malo, es superfluo habla de ello: repetimos, no se trata de nuestros deseos, sino de que la insurrección armada sobrevendrá sin ningún género de dudas y de que es imposible evitarla. Nuestra tarea de hoy consiste en instaurar el Poder soberano del pueblo. Queremos que las riendas del gobierno sean transmitidas al proletariado y al campesinado. ¿Se puede conseguir este objetivo mediante la huelga general? Los hechos demuestran que no se puede (recordad lo antes dicho). ¿O tal vez nos ayudará la Duma con sus grandilocuentes demócratas constitucionalistas, y a través de ella se implantará el Poder soberano del pueblo? Los hechos demuestran que esto también es imposible, ya que la Duma de los demócratas constitucionalistas quiere el Poder absoluto de la gran burguesía y no el Poder soberano del pueblo (recordad lo antes dicho). Está claro que el único camino seguro es la insurrección armada del proletariado y el campesinado. Sólo mediante la insurrección armada puede ser derrocado el dominio del zar y establecido el dominio del pueblo, naturalmente si esta insurrección culmina con la victoria. Y si es así, si hoy la victoria del pueblo es imposible sin la victoria

de la insurrección y si, por otra parte, la vida misma prepara la acción armada del pueblo, si esta acción es inevitable, cae por su peso que la tarea de la socialdemocracia consiste en prepararse conscientemente para ella, preparar conscientemente su victoria. Una de dos: o debemos repudiar el Poder soberano del pueblo (la república democrática) y conformarnos con una monarquía constitucional, y entonces tendremos derecho a decir que no es cosa nuestra organizar la insurrección armada, o debemos seguir proponiéndonos como nuestro objetivo de hoy el Poder soberano del pueblo (la república democrática) y repudiar de plano la monarquía constitucional, y entonces no tendremos derecho a decir que no es cosa nuestra organizar conscientemente la acción que va madurando de un modo espontáneo. Mas ¿cómo prepararse para la insurrección armada, como contribuir a su victoria? La acción de diciembre ha demostrado que nosotros, los socialdemócratas, cometimos, entre otras, una grave falta ante el proletariado. Esta falta consiste en que no nos hemos preocupado, o nos hemos preocupado excesivamente poco, de armar a los obreros y de organizar destacamentos rojos. Recordad el mes de diciembre. ¿Quién no se acuerda del pueblo enardecido, alzado a la lucha en Tiflis, en el Cáucaso Occidental, en el Sur de Rusia, en Siberia, en Moscú, en Petersburgo, en Bakú?

¿Por qué la autocracia consiguió dispersar tan fácilmente al pueblo encolerizado? ¿Sería porque el pueblo no estaba aún seguro de la ineptitud del gobierno zarista? ¡Naturalmente que no! Entonces ¿por qué? Ante todo, porque el pueblo carecía de armas o las tenía en cantidad demasiado pequeña, ¡y por conscientes que seáis, no podréis resistir a las balas con las manos vacías! Sí, con justicia se nos echaba en cara: recaudáis dinero, pero no se ven las armas. En segundo lugar, porque no disponíamos de destacamentos rojos instruidos, que pudieran conducir tras de sí a los demás, que se apoderaran de las armas por medio de las armas y armasen al pueblo: en los combates de calle el pueblo es heroico, pero si sus hermanos armados no lo conducen y no dan el ejemplo, puede convertirse en una simple muchedumbre. En tercer lugar, porque la insurrección estaba desunida y carecía de organización. Cuando Moscú combatía en las barricadas, Petersburgo guardaba silencio. Tiflis y Kutais se preparaban para el asalto cuando Moscú había sido ya “sometido”. Siberia acudió a las armas cuando el Sur y los letones habían sido ya “vencidos”. Es decir, al comenzar la insurrección el proletariado en lucha se hallaba fraccionado, gracias a lo cual el gobierno pudo con relativa facilidad infligirle una “derrota”. En cuarto lugar, porque nuestra insurrección se atuvo a la política de defensiva, y no de ofensiva.

El propio gobierno provocó la insurrección de diciembre, el propio gobierno nos atacó; tenía su plan, mientras que nosotros hicimos frente a su ataque sin estar preparados, no teníamos un plan meditado, hubimos de adoptar la política de autodefensa y marchar así a remolque de los acontecimientos. Si los moscovitas hubieran optado desde el comienzo por la política de ofensiva, se habrían apoderado en seguida de la estación de Nicolás, el gobierno no habría podido trasladar tropas de Petersburgo a Moscú y, así, la insurrección de Moscú hubiera sido más prolongada, lo que habría ejercido la correspondiente influencia sobre las demás ciudades. Lo mismo cabe decir de los letones: si desde el comienzo hubieran seguido el camino de la ofensiva, se habrían apoderado en primer término de los cañones y habrían minado las fuerzas del gobierno. No en vano dijo Marx: “Una vez comenzada la insurrección, hay que obrar con la mayor decisión y pasar a la ofensiva. La defensiva es la muerte de toda insurrección armada... Hay que sorprender al adversario mientras sus fuerzas estén aún dispersas; hay que conseguir nuevos éxitos, aunque sean pequeños, pero a diario; hay que mantener la superioridad moral que brinda el primer movimiento eficaz de los insurrectos; hay que atraerse a los elementos vacilantes que siguen siempre a la parte más fuerte y que siempre buscan el lado más seguro; hay que obligar al enemigo a retroceder, antes de que pueda reunir sus fuerzas; en suma, para decirlo con las palabras de Dantón, el más grande maestro de táctica revolucionaria que conoce la historia: ¡Audacia, audacia y siempre audacia!” (v.

C. Marx, “Ensayos históricos”, pág. 95). A la insurrección de diciembre le faltó precisamente esa “audacia” y esta política de ofensiva. Se nos dirá: ésas no son todas las causas de la “derrota” de diciembre, os habéis olvidado de que en diciembre el campesinado no supo unirse al proletariado, y ésta es también una de las causas principales del repliegue de diciembre. Es la pura verdad, y no nos proponemos olvidarlo. Mas ¿por qué no supo el campesinado unirse al proletariado, cuál fue el motivo de ello? Se nos dirá: la falta de conciencia. Bien, pero ¿qué debemos hacer para que los campesinos sean conscientes? ¿Difundir folletos? ¡Esto, naturalmente, no basta! ¿Cómo proceder, pues? Por medio de la lucha, incorporándolos a la lucha y dirigiéndolos durante la lucha. Hoy la ciudad está llamada a dirigir al campo, el obrero al campesino, y si en las ciudades no se organiza la insurrección, los campesinos nunca marcharán en esta empresa con el proletariado avanzado. Tales son los hechos. De aquí resulta evidente la actitud que el Congreso debía haber adoptado ante la insurrección

armada y qué consignas debía haber dado a los camaradas del Partido. El Partido cojeó en la cuestión del armamento, hasta ahora el Partido ha tenido abandonado el problema del armamento; por consiguiente, el Congreso debía haber dicho al Partido: armaos, prestad una atención redoblada a esta tarea para que la próxima acción os encuentre siquiera algo preparados. Además, el Partido cojeó en la organización de destacamentos armados, no atendió como es debido a la multiplicación del número de destacamentos rojos; por consiguiente, el Congreso debía haber dicho al Partido: cread destacamentos rojos, difundid entre el pueblo los conocimientos militares, prestad una atención redoblada a la organización de destacamentos rojos para después conseguir las armas por medio de las armas y propagar la insurrección. Además, el proletariado llegó dividido a la insurrección de diciembre, nadie pensaba seriamente en organizar la insurrección; por consiguiente, el Congreso estaba obligado a dar al Partido la consigna de que procediese con toda energía a la unión de los elementos de combate, a ponerlos en acción con arreglo a un solo plan, a la organización activa de la insurrección armada.

Además, hasta ahora el proletariado se atenía en la insurrección armada a la política defensiva, nunca siguió el camino de la ofensiva, y esta circunstancia fue un obstáculo para la victoria de la insurrección; por consiguiente, el Congreso estaba obligado a indicar a los camaradas del Partido que se acerca el momento de la victoria de la insurrección y es necesario pasar a la política de ofensiva. Ahora bien, ¿cómo ha procedido el Congreso y qué consignas ha dado al Partido? El Congreso dice que “... la tarea fundamental del Partido en el momento actual es el desarrollo de la revolución a través de la ampliación y del reforzamiento de la labor de agitación entre las amplias capas del proletariado, del campesinado, de la pequeña burguesía urbana y entre las tropas, atrayéndolos a la lucha activa contra el gobierno mediante la intervención permanente de la socialdemocracia y del proletariado, dirigido por ella, en todas las manifestaciones de la vida Política del país...”. El Partido “no puede contraer la obligación - que despierta infundadas esperanzas- de armar al pueblo y debe limitar sus tareas a contribuir a que la población se arme y a organizar y armar a los destacamentos de combate...”. “Es obligación del Partido oponerse a todos los intentos de arrastrar al proletariado a una colisión armada en condiciones desfavorables...”, etc., etc. (v. la resolución del Congreso).

Resulta que hoy, en este momento, cuando nos hallamos en el umbral de un nuevo levantamiento del pueblo, la agitación es lo más importante para la victoria de la insurrección, y el armamento y la organización de destacamentos rojos son algo sin importancia por lo que no debemos entusiasmarnos y en relación con lo cual debemos “limitar” nuestra actividad a la simple “contribución”. En cuanto a que sea preciso organizar la insurrección y no hacerla de una manera dispersa, en cuanto a que necesitamos una política de ofensiva (recordad las palabras de Marx), el Congreso no dice ni una palabra. Está claro que para él tales cuestiones no tienen importancia. Los hechos dicen: armaos y fortaleced en todos los terrenos a los destacamentos rojos, pero el Congreso replica: no os dejéis entusiasmar mucho por el armamento y la organización de destacamentos rojos, “limitad” vuestra actividad en este sentido, ya que lo más importante es la agitación. Podría pensarse que hasta ahora nos hemos preocupado mucho del armamento, hemos armado a gran número de camaradas, hemos organizado muchísimos destacamentos, pero hemos abandonado la agitación, y en vista de ello el Congreso nos dice en tono aleccionador: ¡basta de armarse, no hay que preocuparse más de ello, la tarea principal es la agitación! Naturalmente, uno de los principales instrumentos del Partido siempre y en todas partes es la agitación, pero ¿acaso la agitación decidirá la victoria de la insurrección futura?

Si el Congreso hubiera dicho esto cuatro años atrás, cuando la insurrección no figuraba en el orden del día, entonces aún se podría haber comprendido, pero hoy, cuando nos hallamos en los umbrales de la insurrección armada, cuando la insurrección figura en el orden del día, cuando puede comenzar al margen y a pesar de nuestra voluntad, ¿qué es capaz de hacer “principalmente” la agitación, qué se puede conseguir mediante la “agitación”? O también: supongamos que hemos extendido la agitación, supongamos que el pueblo se ha levantado; ¿y después? ¿Cómo va a luchar sin armas? ¿Acaso no se ha derramado suficiente sangre del pueblo inerme? ¿Y de qué le servirán al pueblo las armas si no sabe manejarlas, si no cuenta con el número suficiente de destacamentos rojos? Se nos dirá: nosotros no negamos la necesidad de las armas y de los destacamentos rojos. Admitámoslo, pero si no prestáis la debida atención al armamento, si dejáis a un lado dicha cuestión, esto significa que de hecho renunciáis a ella. No hablamos ya de que el Congreso ni siquiera ha mencionado la organización de la insurrección y la política de ofensiva. Por lo demás, así debía ser, ya que la resolución del Congreso tiene un retraso de cuatro o cinco años respecto a la realidad y para el Congreso la insurrección ha seguido siendo un problema teórico. ¿Qué decían en el Congreso a este propósito los bolcheviques?

Decían que “... en el trabajo de propaganda y agitación del Partido debe prestarse una atención redoblada al estudio de la experiencia práctica de la insurrección de diciembre, a su crítica militar y a la deducción de las enseñanzas que se desprenden directamente de ella para el futuro”, que “se debe desarrollar una actividad aún más enérgica para aumentar el número de destacamentos de combate, mejorar su organización y dotarlos de armas de toda clase; además, de acuerdo con los dictados de la experiencia, se debe organizar no sólo destacamentos de combate del Partido, sino también otros afectos al Partido o completamente sin partido...”; que “en vista del movimiento campesino ascendente, capaz de transformarse en el futuro más próximo en toda una insurrección, es deseable dirigir los esfuerzos a la unificación de las actividades de los obreros y de los campesinos para organizar, en lo posible, acciones de combate conjuntas y simultáneas...”; que, por lo tanto, “... en virtud del ascenso y de la agudización de la nueva crisis política comienza el paso de las formas defensivas a las formas ofensivas de la lucha armada...”, que es preciso llevar a cabo, con los soldados, “... las acciones ofensivas más enérgicas contra el gobierno...”, etc. (v. la resolución de los bolcheviques). Así han hablado los bolcheviques. Pero la posición de los bolcheviques fue rechazada por el Congreso.

Después de esto no cuesta trabajo comprender la razón de que las resoluciones del Congreso hayan sido acogidas con tal entusiasmo por los demócratas constitucionalistas liberales (v. “Nasha Zhizn”, núm. 432): ellos comprendían que estas resoluciones tienen un retraso de unos cuantos años respecto a la revolución actual, que estas resoluciones no expresan en absoluto las tareas de clase del proletariado, que en virtud de estas resoluciones el proletariado más bien puede convertirse en un apéndice de los liberales que en una fuerza independiente: han comprendido todo esto y por eso mismo las ensalzan. La tarea de los camaradas del Partido estriba en mantener una actitud crítica ante las resoluciones del Congreso e introducir en ellas a su debido tiempo las correspondientes enmiendas. Precisamente esta tarea es la que hemos tenido en cuenta al escribir el presente folleto. Cierto, nos hemos ocupado sólo de dos resoluciones. “La actitud ante la Duma de Estado” y “La insurrección armada”, pero es indudable que estas dos resoluciones son las fundamentales, las que expresan con mayor nitidez la posición táctica del Congreso. De esta manera, hemos llegado a la conclusión principal de que el problema está planteado así en el Partido: ¿debe el proletariado consciente ser la fuerza hegemónica en la revolución actual o debe ir a remolque de los demócratas burgueses? Hemos visto que de dar una u otra solución a este problema, depende a su vez la solución de todos los restantes. Por ello tanto más cuidadosamente deben sopesar los camaradas la esencia de estas dos posiciones.

Publicado con la firma Camarada K. en folleto dado a la luz en 1906 por la editorial “Proletariat”. Traducido al georgiano.