(Con motivo de las dos leyes del 15 de noviembre) Hubo un tiempo en que nuestro movimiento obrero se encontraba en las fases iniciales. Entonces el proletariado estaba fraccionado en grupos aislados y no pensaba en una lucha común. Obreros ferroviarios, mineros, obreros fabriles, artesanos, dependientes de comercio, empleados de oficina: tales eran los grupos en que hallábase dividido el proletariado de Rusia. Además, cada grupo se subdividía, a su vez, en obreros de las diferentes ciudades y localidades, entre los cuales no había ningún contacto, ni de partido ni sindical. Así, pues, no aparecía el proletariado como una clase única e indivisa. Por consiguiente, tampoco aparecía la lucha proletaria como una ofensiva de toda la clase. De ahí que el gobierno zarista pudiera con toda tranquilidad proseguir su política, “ancestral”. De ahí que cuando, en 1893, fue presentado en el Consejo de Estado el “proyecto de seguro obrero”, Pobedonóstsev, inspirador de la reacción, se burlara de los autores del proyecto y declarase con aplomo: “Señores, en vano se han molestado ustedes; pueden estar tranquilos: en nuestro país no existe la cuestión obrera”...

Mas el tiempo seguía su marcha, la crisis económica se acercaba, las huelgas menudeaban, y el proletariado disperso organizábase paulatinamente en una clase única. Las huelgas de 1903 mostraron ya que “en nuestro país” hace mucho tiempo que “existe la cuestión obrera”. Las huelgas de enero y febrero de 1905 hicieron saber por primera vez al mundo que en Rusia madura y se vigoriza el proletariado como una clase única. Por último, las huelgas generales de octubre a diciembre de 1905 y las huelgas “de turno” de junio y julio de 1906 han acercado prácticamente a los proletarios de las diversas ciudades, han fundido prácticamente en una clase única a los dependientes de comercio, a los empleados de oficina, a los artesanos, a los obreros industriales y, con ello, han proclamado ante el mundo que las fuerzas del proletariado, antes disperso, han emprendido ahora ya el camino de la unificación y se organizan en una clase única. Aquí se ha reflejado también la fuerza de la huelga general política como método de lucha de todo el proletariado contra el régimen actual... Ahora no se podía ya negar la existencia de la “cuestión obrera”, el gobierno zarista se veía ya precisado a tener en cuenta el movimiento.

Y entonces, en los despachos de los reaccionarios se da comienzo a la formación de diferentes comisiones, a la confección de proyectos de “leyes fabriles”: la comisión Shidlovski, la comisión Kokóvtsev, la ley de asociaciones (v. el “Mensaje” del 17 de octubre), las circulares de Witte-Durnovo, diversos proyectos y planes y, por último, las dos leyes del 15 de noviembre relativas a los artesanos y empleados de comercio. Mientras el movimiento era impotente, mientras no revestía un carácter de masas, la reacción conocía sólo un medio contra el proletariado: este medio era la cárcel, Siberia, la fusta y la horca. La reacción persigue siempre y en todas partes un mismo fin: escindir al proletariado en pequeños grupos, quebrantar a su destacamento de vanguardia, amedrentar y atraer a su lado a la masa neutra y, de este modo, producir la dispersión en el campo del proletariado. Hemos visto que la reacción conseguía muy bien este objetivo con ayuda de fustas y de cárceles. Pero las cosas tomaron un giro completamente distinto cuando el movimiento revistió un carácter de masas. Ahora la reacción no tenía ya que vérselas sólo con “promotores”; ante ella se alzaba una masa incontable con toda su grandeza revolucionaria. Y la reacción hubo de tener en cuenta precisamente esta masa.

Pero a la masa no se la puede colgar en la horca, ni desterrar a Siberia, ni meterla en la cárcel. Y a la reacción, cuyo terreno hace ya mucho que vacila, no siempre le conviene recurrir a las fustas contra la masa. Está claro que a la par de los viejos procedimientos se hacía necesario un procedimiento nuevo, “más culto”, que, al modo de ver de la reacción, pudiera ahondar las divergencias en el campo del proletariado, despertar infundadas esperanzas entre los obreros atrasados, obligarlos a renunciar a la lucha y agruparlos alrededor del gobierno. Este nuevo procedimiento es precisamente la “legislación fabril”. Así, pues, el gobierno zarista, sin dejar el viejo procedimiento, quiere utilizar simultáneamente la “legislación fabril” y, por lo tanto, resolver con ayuda de la fusta y de la ley la “candente cuestión obrera”. Por medio de diferentes promesas a propósito de la reducción de la jornada de trabajo, de la protección del trabajo del niño y de la mujer, de la mejora de las condiciones higiénicas, del seguro obrero, de la abolición de las multas y otras mejoras semejantes, quiere ganarse la confianza de los obreros atrasados y cavar así la fosa a la unidad de clase del proletariado. El gobierno zarista sabe bien que tal “actividad” nunca ha sido para él tan necesaria como ahora, en el momento presente,

cuando la huelga general de octubre ha unido a los proletarios de las diferentes ramas y ha socavado las raíces de la reacción, cuando una futura huelga general puede convertirse en lucha armada y derrocar el viejo régimen, cuando consiguientemente, la reacción necesita como el aire la dispersión en el campo obrero, necesita ganarse la confianza de los obreros atrasados y atraerlos a su lado. En este sentido es muy interesante el hecho de que con las leyes del 15 de noviembre la reacción haya dirigido su benevolente mirada sólo a los dependientes de comercio y a los artesanos, y eso al mismo tiempo que envía a las cárceles y al patíbulo a los mejores hijos del proletariado industrial. Si se reflexiona en ello, no es de extrañar. En primer término, los dependientes de comercio, los artesanos y los empleados de establecimientos comerciales no están concentrados, como los obreros industriales, en grandes fábricas, se hallan desperdigados en pequeñas empresas, son relativamente más atrasados en el sentido del grado de conciencia y, por lo tanto, es más fácil engañarlos que a los otros. En segundo término, los dependientes de comercio, los empleados de oficina y los artesanos constituyen una parte considerable del proletariado de la Rusia contemporánea y, por lo tanto, su apartamiento de los proletarios en lucha debilitaría sensiblemente la fuerza del proletariado, tanto en las elecciones actuales, como durante una futura acción revolucionaria.

Por último, de todos es sabido que en la revolución actual la pequeña burguesía urbana tiene gran importancia, de todos es sabido que para la socialdemocracia es necesaria la revolucionarización de la pequeña burguesía bajo la hegemonía del proletariado; también es sabido que nadie podrá atraer a la pequeña burguesía a su lado como los artesanos, los dependientes de comercio y los empleados de oficina, que se hallan más cerca de ella que el resto de los proletarios. Está claro que si los dependientes de comercio y los artesanos se apartan del proletariado, ello alejará de él también a la pequeña burguesía y lo condenará al aislamiento en la ciudad, cosa que tanto desea el gobierno zarista. Después de ello, es comprensible por sí mismo para qué fin ha ideado la reacción las leyes del 15 de noviembre, que afectan solamente a los artesanos, a los dependientes de comercio y a los empleados de oficina. Por lo que atañe al proletariado industrial, éste, de todas formas, no confía en el gobierno, la “legislación fabril” no surtirá efecto en él, y tal vez sólo las balas puedan hacerle entrar en razón. ¡Lo que no haga la ley, deben completarlo las balas!... Así piensa el gobierno zarista. Y de este modo piensa no sólo nuestro gobierno, sino también todo otro gobierno antiproletario, fuere un gobierno autocrático-feudal, monárquico-burgués o republicano-burgués.

En todas partes se lucha contra el proletariado con ayuda de las balas y de la ley, y así será mientras, no estalle la revolución socialista, mientras no sea implantado el socialismo. Recordad los años de 1824-1825 en la constitucional Inglaterra, cuando se confeccionaba la ley de la libertad de huelgas y, al mismo tiempo, las cárceles se llenaban de obreros huelguistas. Recordad la republicana Francia de los años del 40 del siglo pasado, cuando se hablaba de la “legislación fabril” y, al mismo tiempo, las calles de París se anegaban en sangre obrera. Recordad todo esto y multitud de otros hechos semejantes, y veréis que así es precisamente. Esto, sin embargo, no quiere decir en manera alguna que el proletariado no pueda aprovechar tales leyes. Es cierto que la reacción, al promulgar las “leyes fabriles”, tiene sus planes: quiere poner freno al proletariado pero la realidad de la vida destruye paso a paso los planes de la reacción, y en tales casos siempre se infiltran en la ley artículos útiles para el proletariado. Y esto sucede porque ni una sola “ley fabril” aparece a la luz sin causa, sin lucha, ni una sola “ley fabril” es promulgada por el gobierno mientras los obreros no se lanzan a la lucha, mientras el gobierno no se ve ante la necesidad de satisfacer las reivindicaciones obreras. La historia muestra que a cada “ley fabril” precede una huelga parcial o general.

A la ley de junio de 1882 (sobre el trabajo asalariado de los niños, su jornada de trabajo y el establecimiento de la inspección fabril) precedieron las huelgas en Narva, en Perm, en Petersburgo y en Zhirárdov de aquel mismo año. Las leyes de junio a octubre de 1886 (sobre las multas, libretas de pago, etc.) fueron el resultado directo de las huelgas de 1885-1886 en la región central. A la ley de junio de 1897 (sobre la reducción de la jornada de trabajo) precedieron las huelgas de 1895-1896 en Petersburgo. Las leyes de 1903 (sobre la “responsabilidad de los patronos” y sobre los “síndicos fabriles”) fueron resultado directo de las “huelgas del Sur” de aquel mismo año. Por último, las leyes del 15 de noviembre de 1906 (sobre la reducción de la jornada de trabajo y el descanso dominical de los dependientes de comercio, empleados de oficina y artesanos) son el resultado directo de las huelgas de junio y julio de este año en toda Rusia. Como veis, a cada “ley fabril” precedió un movimiento de las masas, que de una u otra manera iban consiguiendo la satisfacción de sus reivindicaciones, si no totalmente, por lo menos en parte. De aquí está claro de por sí que en una “ley fabril”, por mala que sea, hay, a pesar de todo, algunos artículos que el proletariado utilizará para intensificar su lucha. Huelga demostrar que éste debe asirse a tales artículos y utilizarlos como instrumento para fortalecer aún más sus organizaciones y avivar más que antes la lucha proletaria, la lucha por la revolución socialista. No en balde Bebel decía: “Al

diablo hay que cortarle la cabeza con su propia espada”... En este sentido son muy interesantes las dos leyes del 15 de noviembre. En ellas, por supuesto, hay muchos artículos malos, pero hay también artículos que la reacción ha introducido inconscientemente y que el proletariado debe utilizar conscientemente. Por ejemplo, a pesar de que ambas leyes se denominan leyes “de protección del trabajo”, en ellas han sido introducidos artículos tan escandalosos, que niegan de plano toda “protección del trabajo” y que en algunos sitios hasta los patronos tendrán reparo en utilizar. Ambas leyes fijan en los establecimientos comerciales y artesanos la jornada de trabajo de doce horas, a pesar de que en muchos lugares la jornada de trabajo de doce horas está ya abolida y ha sido implantada la de diez o la de ocho. Ambas leyes reconocen como permisible el trabajo extraordinario de dos horas por día (jornada de trabajo de catorce horas), durante cuarenta días en las empresas comerciales y durante sesenta en los talleres artesanos a pesar de que en casi todas partes está abolido todo trabajo extraordinario. Además, los patronos tienen derecho “de acuerdo con los obreros”, es decir, mediante la coacción ejercida sobre los obreros, a prolongar el trabajo extraordinario, extendiendo la jornada de trabajo hasta diecisiete horas, etc., etc.

Naturalmente, el proletariado no cederá a los patronos ni un ápice de los derechos ya conquistados, y las fábulas de las mencionadas leyes no pasarán de ser ridículas fábulas. Por otra parte, hay también artículos que el proletariado utilizará perfectamente para afianzar sus posiciones. Ambas leyes dicen que donde el trabajo no dura menos de ocho horas al día, al trabajador se le conceden dos horas para la comida, y, como es sabido, actualmente los artesanos, los dependientes de comercio y los empleados de oficina no disfrutan en todas partes de un descanso de dos horas. Ambas leyes dicen asimismo que a los menores de diecisiete años se les concede, además de estas dos horas, el derecho a ausentarse de la tienda o del taller durante tres horas más por día para asistir a la escuela, lo que, naturalmente, será un gran alivio para nuestros jóvenes camaradas... No puede caber duda de que el proletariado utilizará debidamente tales artículos de las leyes del 15 de noviembre, intensificará debidamente su lucha proletaria y demostrará una vez más al mundo que al diablo hay que cortarle la cabeza con su propia espada.

Publicado con la firma de Ko... el 4 de diciembre de 1906 en el núm. 4 del periódico “Ajali Droeba”. Traducido del georgiano.