Ha terminado el Congreso de Londres. En contra de lo que esperaban los plumíferos liberales, todos esos Verguezhski y Kuskova, el Congreso no nos ha traído la escisión, sino una mayor cohesión del Partido, una mayor unificación de los obreros avanzados de toda Rusia en un solo partido indivisible. Ha sido éste un verdadero Congreso de unificación de los socialdemócratas de toda Rusia, pues en él se han visto representados por primera vez, de la manera más amplia y completa, nuestros camaradas polacos, bundistas y letones, que, por primera vez, han tomado parte activa en los trabajos de un Congreso del Partido y, consiguientemente, por vez primera han ligado de la forma más directa la suerte de sus organizaciones a la suerte de todo el Partido. En este sentido, el Congreso de Londres ha hecho progresar considerablemente la cohesión y el fortalecimiento del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. Este es el primer resultado importante del Congreso de Londres. Pero la significación del Congreso de Londres no se limita a esto. A despecho de esos mismos plumíferos liberales, el Congreso ha terminado con una victoria del “bolchevismo”, con una victoria de la socialdemocracia revolucionaria sobre el ala oportunista de nuestro Partido, sobre el “menchevismo”. Todo el mundo conoce, naturalmente, nuestras discrepancias en cuanto al papel de las diferentes clases y los distintos partidos en nuestra revolución y a nuestra posición frente a dichas clases y dichos partidos. Es también notorio que el centro oficial del Partido, menchevique por su composición, mantuvo en varias ocasiones una posición contraria a la de todo el Partido.

Recordad aunque no sea más que lo ocurrido con la consigna del Comité Central relativa a un ministerio demócrata constitucionalista responsable, rechazada por el Partido en los tiempos de la primera Duma; con la consigna del mismo C. C. respecto a la “reanudación de las sesiones de la Duma” después de la disolución de la primera Duma, consigna rechazada también por el Partido; con el conocido llamamiento del C. C. a la huelga general con motivo de la disolución de la primera Duma, consigna igualmente rechazada por el Partido... Era necesario poner fin a esta situación anómala. Y para ello se imponía, a su vez, hacer el balance de las victorias reales obtenidas por el Partido sobre el C. C. oportunista, victorias que jalonan la historia del desarrollo interno de nuestro Partido durante todo el año transcurrido. Pues bien, el Congreso de Londres ha hecho el balance de todas estas victorias de la socialdemocracia revolucionaria y, después de haber refrendado su triunfo, ha adoptado la táctica que ella propugnaba. Por consiguiente, a partir de hoy el Partido realizará la política, rigurosamente de clase, del proletariado socialista. La bandera roja del proletariado no volverá a inclinarse ante los grandilocuentes charlatanes del liberalismo. Las vacilaciones de los intelectuales, impropias del proletariado, han recibido un golpe de muerte. Este es el segundo resultado, no menos importante, del Congreso de Londres de nuestro Partido. La unificación efectiva de los obreros avanzados de todo el país en un partido único para toda Rusia, bajo la bandera de la socialdemocracia revolucionaria; tal es el sentido del Congreso de Londres, tal ha sido su tónica general. Pasemos ahora a trazar una semblanza más detallada del Congreso.

I. La composición del Congreso. Al Congreso han asistido en total unos 330 delegados. 302 tenían voz y voto y representaban a más de 150.000 miembros del Partido; los restantes tenían sólo voz. Por fracciones, los delegados (con voz y voto) estaban distribuidos, aproximadamente, de la siguiente manera: 92 bolcheviques, 85 mencheviques, 54 bundistas, 45 polacos y 26 letones. Desde el punto de vista de la condición social de los delegados (obreros y no obreros), el Congreso ofrecía el siguiente cuadro: obreros manuales había en total 116; oficinistas y dependientes, 24; los demás no eran obreros. Los obreros manuales estaban distribuidos de la manera siguiente entre las fracciones: en la fracción bolchevique, 38 (36%); en la menchevique, 30 (31%); entre los polacos, 27 (61 %); entre los letones, 12 (40%); entre los bundistas, 9 (15%), Y los revolucionarios profesionales se hallaban distribuidos entre las fracciones del modo siguiente: en la fracción bolchevique, 18 (17%); en la menchevique, 22 (22%); entre los polacos, 5 (11 %); entre los letones, 2 (6%); entre los bundistas, 9 (15%), Todos quedamos “asombrados” ante esa estadística. ¿Cómo? Los mencheviques habían alborotado tanto diciendo que nuestro Partido era, por su composición, un partido de intelectuales; día y noche motejaban a los bolcheviques de intelectuales,

amenazaban con expulsar a todos los intelectuales del Partido, trataban siempre con desprecio a los revolucionarios profesionales, ¡y de pronto resultaba que en su fracción había muchos menos obreros que en la de los “intelectuales” bolcheviques! ¡Resultaba que en su fracción había muchos más revolucionarios profesionales que en la de los bolcheviques! Pero nosotros habíamos explicado el griterío menchevique recordando aquello de que “cada uno grita por lo que le duele”… Todavía son más interesantes las cifras relativas a la composición del Congreso desde el punto de vista de la “distribución territorial” de los delegados. Resultó que los grupos numerosos de delegados mencheviques habían sido enviados principalmente por las zonas campesinas y artesanas: Guria (9 delegados), Tiflis (10 delegados), la organización campesina ucraniana “Spilka” (12 delegados, si no me equivoco), el Bund (una enorme mayoría menchevique) y, como excepción, la cuenca del Donetz (7 delegados). En cambio, los grupos numerosos de delegados bolcheviques habían sido enviados exclusivamente por las grandes zonas industriales: Petersburgo (12 delegados), Moscú (13 o 14 delegados), los Urales (21 delegados), Ivánovo- Vosnesensk (11 delegados), Polonia (45 delegado). Es evidente que la táctica de los bolcheviques es la táctica de los proletarios de la gran industria, la táctica de las regiones donde las contradicciones de clase se manifiestan más nítidamente y la lucha de clases es más violenta.

El bolchevismo es la táctica de los auténticos proletarios. De otra parte, puede apreciarse con la misma evidencia que la táctica de los mencheviques es, predominantemente, la táctica de los obreros artesanos y de los semiproletarios del campo, la táctica de las regiones en que los antagonismos de clase no se manifiestan tan nítidamente y la lucha de clases aparece velada. El menchevismo es la táctica de los elementos semiburgueses del proletariado. Así lo indican los números. Y esto no es difícil de comprender: no se puede hablar en serio entre los obreros de Lodz, de Moscú o de Ivánovo-Vosnesensk de bloques con esa misma burguesía liberal cuyos miembros sostienen contra ellos una lucha encarnizada, “castigándolos” frecuentemente con despidos parciales y lockouts en masa; allí el menchevismo no encontrará simpatías, allí se siente necesidad del bolchevismo, de una táctica de intransigente lucha proletaria de clase. Y, por el contrario, es extraordinariamente difícil inculcar la idea de la lucha de clases a los campesinos de Guria o a los artesanos de Shklov, por ejemplo, que no sienten los duros y sistemáticos golpes de la lucha de clases y, por ello, aceptan de buen grado todo género de acuerdos contra el “enemigo común”: allí no se siente por ahora necesidad del bolchevismo, allí se siente necesidad del menchevismo, pues allí todo está penetrado de una atmósfera de acuerdos y compromisos.

No es menos interesante la composición del Congreso desde el punto de vista de las nacionalidades. La estadística ha demostrado que la mayoría de la fracción menchevique la componen judíos (sin contar, naturalmente a los bundistas); después siguen los georgianos; y luego los rusos. En cambio, la inmensa mayoría de la fracción bolchevique está compuesta por rusos; después siguen los judíos (sin contar, naturalmente, a los polacos y a los letones), luego los georgianos, etc. A este propósito, un bolchevique (creo recordar que fue el camarada Aléxinski35) observó, en broma, que los mencheviques son una fracción judía y los bolcheviques una fracción genuinamente rusa, por lo que no estaría mal que nosotros, los bolcheviques, organizásemos en el Partido un pogromo. No es difícil explicar esa composición de las fracciones: los focos del bolchevismo son principalmente las zonas de la gran industria, zonas puramente rusas, a excepción de Polonia, mientras que las zonas mencheviques, las zonas de la pequeña producción, son, al mismo tiempo, zonas de población judía, georgiana, etc. En cuanto a las corrientes que se han manifestado en el Congreso, debemos señalar que la división formal del Congreso en 5 fracciones (bolcheviques, mencheviques, polacos, etc.) sólo se mantuvo, y eso muy relativamente, hasta que se inició la discusión de las cuestiones de principio (la de los partidos no proletarios, la del Congreso obrero, etc.).

Al discutirse las cuestiones de principio, la división formal en grupos era, de hecho, dejada de lado y, a la hora de votar, el Congreso se dividía de ordinario en dos partes: bolcheviques y mencheviques. El llamado centro, o charca, no existía en el Congreso. Trotski resultó ser una “bella superfluidad”. Además, todos los polacos estaban manifiestamente al lado de los bolcheviques. La inmensa mayoría de los letones también apoyaba manifiestamente a los bolcheviques. Los delegados del Bund, que en su inmensa mayoría siempre apoyaban de hecho a los mencheviques, formalmente sostuvieron una política ambigua en sumo grado, que despertaba sonrisas por una parte y suscitaba irritación por otra. La camarada Rosa Luxemburgo caracterizó con arte sutil esta política del Bund, diciendo que no era la de una organización política madura, con influencia en las masas, sino una política de mercachifles, que eternamente viven al acecho y esperan eternamente ilusionados que quizá mañana el azúcar baje de precio. De los delegados bundistas, sólo 8 ó 10 apoyaban a los bolcheviques, y no siempre. En general, el predominio, un predominio bastante considerable, correspondía a los bolcheviques. Así, pues, el Congreso tenía un carácter

bolchevique, aunque no muy marcado. De las mociones mencheviques sólo prosperó la resolución sobre las acciones guerrilleras, y eso de una manera completamente casual: los bolcheviques no aceptaron combate esta vez; mejor dicho, no quisieron llevar el combate hasta el fin, movidos simplemente por el deseo de que “los camaradas mencheviques pudieran alegrarse aunque no fuese más que una vez”...

II. Orden del día. Informe del C.C. Informe de la minoría de la Duma. Desde el punto de vista de las corrientes políticas reveladas en el Congreso, las labores del mismo podrían dividirse en dos partes. Primera parte: los debates sobre cuestiones de carácter formal, como el orden del día del Congreso, los informes del C.C. y el informe de la minoría de la Duma, cuestiones que tenían un profundo sentido político, pero que estaban ligadas, o que se trataba de ligar, con el “honor” de esta o la otra fracción, con la idea de “no agraviar” a esta o la otra fracción, con la idea de “no provocar la escisión”, razón por la cual se les da el nombre de cuestiones de carácter formal. Esta parte del Congreso fue la más tempestuosa y absorbió la mayor cantidad de tiempo. Y ocurrió así porque las consideraciones de principio eran dejadas a un lado por consideraciones de tipo “moral” (“no agravian”); por tanto, no se formaban grupos rigurosamente delimitados, no era posible adivinar de buenas a primeras “quién se impondría”, y las fracciones, en la esperanza de atraerse a los delegados “neutrales y correctos”, se entregaban a una furiosa lucha por la primacía. Segunda parte: los debates sobre cuestiones de principio, como la de los partidos no proletarios, la del Congreso obrero, etc.

Aquí ya no había consideraciones de tipo “moral”; se formaban grupos bien delimitados, según corrientes de principio rigurosamente determinadas, la correlación de fuerzas entre las fracciones se ponía en seguida de manifiesto; razón por la cual esta parte del Congreso fue la más tranquila y fecunda, demostración evidente de que el atenerse a los principios en las discusiones es la mejor garantía de fruto y de calma en las labores de un Congreso. Pasemos a caracterizar brevemente la primera parte de los trabajos del Congreso. Después del discurso del camarada Plejánov, que inauguró las labores del Congreso y señaló la necesidad de llegar “de vez en cuando” a acuerdos con los “elementos progresivos” de la sociedad burguesa, el Congreso eligió una presidencia de cinco (uno por cada fracción), eligió la comisión de credenciales y pasó a fijar el orden del día. Es característico que también en este Congreso, al igual que en el Congreso de Unificación celebrado el año pasado, los mencheviques arremetieran con toda furia contra la propuesta de los bolcheviques de incluir en “el orden del día los puntos sobre la apreciación del momento y sobre las tareas de clase del proletariado en muestra revolución. ¿Va la revolución en ascenso o va en descenso? y, de acuerdo con esto, ¿hay que llevarla hasta el fin o hay que “liquidarla”?

¿Qué tareas de clase, que marquen una acusada línea divisoria entre él y las demás clases de la sociedad rusa, debe cumplir el proletariado con nuestra revolución? He ahí las cuestiones que asustan a los camaradas mencheviques. Huyen de ellas como las tinieblas del sol, no quieren poner al descubierto las raíces de nuestras discrepancias. ¿Por qué? Porque en la propia fracción de los mencheviques existen profundas divergencias en estas cuestiones; porque el menchevismo no es una corriente homogénea, porque el menchevismo es un amasijo de tendencias que no se manifiestan en la lucha fraccional contra el bolchevismo, pero que salen a flote en cuanto se plantea en el terreno de los principios las cuestiones relacionadas con el momento y con nuestra táctica. Los mencheviques no quieren sacar a la luz del día esta debilidad, interna de su fracción. Los bolcheviques sabían esto y, en atención a que los debates tuvieran un mayor contenido de principio, insistían en la inclusión de los citados puntos en el orden del día. Los mencheviques, viendo que las cuestiones de principios son mortales para ellos, se obstinaron, dieron a entender a los “camaradas correctos” que ellos “se sentirían agraviados”, y el Congreso no incluyó en el orden del día la cuestión del momento actual, etc.

Al final se aprobó el siguiente orden del día: informe del Comité Central, informe de la minoría de la Duma, actitud ante los partidos no proletarios, la Duma, el Congreso obrero, los sindicatos, acciones guerrilleras, las crisis, los lockouts y el paro forzoso, el Congreso Internacional de Stuttgart, cuestiones de organización. --- En cuanto a la gestión del C. C., los principales informantes fueron el camarada Mártov (por los mencheviques) y el camarada Riadovói (por los bolcheviques). El informe de Mártov no fue, propiamente dicho, un informe que contuviese una exposición seria de los fenómenos, sino un relato sentimental de cómo el inocente C.C. se puso a dirigir el Partido y, después, la minoría de la Duma y de cómo los “terribles” bolcheviques obstaculizaron su actuación, importunándole con su fidelidad a los principios. Las consignas del C.C. propugnando la formación de un ministerio demócrata constitucionalista responsable, la “reanudación de las sesiones de la Duma”, etc., etc. -consignas rechazadas después por el Partido-, Mártov las quiso justificar diciendo que la situación era imprecisa y que en un período de calma no se podía lanzar otras consignas. El desafortunado llamamiento del C.C. a la huelga general y luego a acciones parciales

inmediatamente después de la disolución de la primera Duma, lo quiso justificar refiriéndose otra vez a lo impreciso de la situación y a la imposibilidad de determinar con exactitud el estado de ánimo de las masas. Muy poco habló del papel del C.C. en la escisión de la organización de Petersburgo. En cambio, habló demasiado de la Conferencia de las organizaciones socialdemócratas en el ejército y de los grupos de choque, convocada a iniciativa de cierto grupo de bolcheviques. En opinión de Mártov, esta Conferencia introdujo la desorganización y la anarquía en las organizaciones del Partido. Al final, del informe, Mártov exhortó al Congreso a tener en cuenta en qué difíciles condiciones había que dirigir el Partido, dadas la singular complejidad y la confusión del momento, y a no ser severos con el C.C. Por lo visto, el propio Mártov reconocía en su fuero interno que el C.C. había cometido graves pecados. El informe del camarada Riadovói tuvo un carácter completamente distinto. En su opinión, el C.C. del Partido estaba obligado: 1) a defender y aplicar el programa del Partido, 2) a realizar las directivas tácticas que le habían sido dadas por el Congreso del Partido, 3) a salvaguardar la integridad del Partido, 4) a unificar el trabajo práctico del Partido. Sin embargo, el C.C. no había cumplido ni una sola de estas obligaciones.

En lugar de defender y aplicar el programa del Partido, el C.C., con motivo del conocido mensaje agrario de la primera Duma, había indicado a la minoría socialdemócrata de la Duma, en interés de la unidad de la oposición y para atraer a los demócratas constitucionalistas, que no propusiera incluir en el mensaje de la Duma el conocido punto de nuestro programa agrario referente a la confiscación de toda la tierra (de los terratenientes), sino que se limitase simplemente a una declaración exigiendo la enajenación de la tierra, sin hacer constar si había de ser con indemnización o sin ella. Pensad por un momento: el C.C. del Partido propone desechar el importantísimo punto del programa del Partido sobro la confiscación de la tierra. ¡El C.C. vulnera el programa del Partido! El C.C. vulnerador del programa: ¿puede imaginarse esta vergüenza inaudita? Prosigamos. En lugar de llevar a la práctica por lo menos las directivas del Congreso de Unificación; en lugar de ahondar sistemáticamente la lucha de los partidos en la Duma, a fin de imprimir un carácter más consciente a la lucha de clases fuera de ella; en lugar de realizar una política proletaria independiente y rigurosamente clasista, el C.C. había lanzado las consignas por la formación de un ministerio demócrata constitucionalista responsable, la “reanudación de las sesiones de la Duma”, “por la Duma contra la camarilla”, etc., etc., consignas que difuminaban la lucha del Partido en la Duma, embotaban las contradicciones de clase fuera de la Duma, borraban toda línea divisoria entre la política combativa del proletariado y la política conciliadora de la burguesía liberal y adaptaban la primera a la segunda.

Y cuando uno de los miembros de la redacción del Órgano Central -y, por tanto, también del Comité Central-, el camarada Plejánov, fue aún más allá por la senda del acuerdo con los demócratas constitucionalistas y propuso al Partido formar un bloque con la burguesía liberal, abandonando la consigna de la Asamblea Constituyente y proclamando la consigna, aceptable para la burguesía liberal, de “una Duma soberana”), el C.C. no sólo no protestó contra la descabellada propuesta del camarada Plejánov, que cubría de oprobio al Partido, sino que se mostró de acuerdo con ella, aunque sin atreverse a expresar oficialmente su conformidad. ¡Así vulneró el C.C. del Partido las exigencias elementales de una política independiente y clasista del proletariado, y los acuerdos del Congreso de Unificación! El C.C., oscureciendo la conciencia de clase del proletariado; el C.C., subordinando la política del proletariado a la política de la burguesía liberal; el C.C., humillando la bandera del proletariado ante los charlatanes del liberalismo demócrata- constitucionalista: ¡hasta allí nos han llevado los oportunistas del campo menchevique!

No vamos a hablar ya de cómo el C.C., en vez de salvaguardar la unidad y la disciplina del Partido, las ha vulnerado de un modo sistemático, tomando la iniciativa de la escisión en la organización de Petersburgo. Tampoco vamos a extendernos para demostrar que el C.C. no ha unificado el trabajo del Partido: eso es claro de por sí. ¿A qué se debe todo ello, a qué obedecen todos esos errores del C.C.? Naturalmente, no a que fuesen personas “terribles” las que formaban el C.C., sino porque el menchevismo, entonces imperante en el C.C.., no es capaz de dirigir al partido y ha quebrado por completo como corriente política. Desde este punto de vista, toda la historia del C.C. es la historia del fracaso del menchevismo. Y cuando los camaradas, mencheviques nos lanzan reproches, diciendo que hemos “estorbado” en su actuación al C.C., que le hemos “importunado”, etc., etc., no podemos por menos de responder a estos moralizadores camaradas: sí, camaradas, nosotros hemos “estorbado” al C.C. en su emporio de vulnerar nuestro programa, le hemos “estorbado” en su empeño de adaptar la táctica del proletariado a los gustos de la burguesía liberal y seguiremos estorbándole, pues ello es nuestra sagrada obligación… Esto es, aproximadamente, lo que dijo el camarada Riadovói. Las discusiones evidenciaron que la mayor parte

de los camaradas, incluso algunos bundistas, apoyaban el punto de vista del camarada Riadovól y si, no obstante, no prosperó la resolución de los bolcheviques señalando los errores del C.C., fue porque en los camaradas influyó mucho la idea de “no provocar la escisión”. Naturalmente, tampoco prosperó la resolución menchevique dando un voto de confianza al C.C. Se pasó simplemente a los siguientes puntos del orden del día, sin dar una apreciación de la labor del C.C.... --- Los debates en torno al informe de la minoría de la Duma fueron, en líneas generales, una repetición de los debates relativos a la cuestión anterior. Y se comprende: la minoría de la Duma actuó bajo la dirección inmediata del C.C., y, naturalmente, la crítica o la defensa del C.C. era, al mismo tiempo, la crítica o la defensa de la minoría de la Duma. Tiene interés la observación del segundo informante, el camarada Aléxinski (el primer informante fue el camarada Tsereteli), respecto a la consigna sostenida por la minoría de la Duma, menchevique en su mayoría, propugnando la unidad de la oposición en la Duma, propugnando la necesidad de no escindir la oposición y de marchar de acuerdo con los demócratas constitucionalistas, Según la expresión del camarada Aléxinski, esta consigna menchevique sufrió en la Duma un fracaso rotundo, pues en las cuestiones más importantes - presupuesto, ejército, etc.- los demócratas constitucionalistas se fueron con Stolypin, y los socialdemócratas mencheviques tuvieron que luchar, al lado de los diputados de los campesinos, contra el gobierno y los demócratas constitucionalistas.

Los mencheviques tuvieron que comprobar en la práctica el fracaso de su posición, tuvieron que aplicad en la Duma la consigna lanzada por los bolcheviques, sobre la necesidad de llevar tras de sí a los diputados de los campesinos en la lucha contra las derechas y los demócratas constitucionalistas. No menos interés tiene la observación, hecha por los camaradas polacos, de que es inadmisible para la minoría de la Duma reunirse en común con los nacional-demócratas, estos cien-negristas de Polonia, que más de una vez han organizado y continúan organizando matanzas de socialistas polacos. A esto respondieron, uno tras otro, dos líderes de los mencheviques caucasianos, diciendo que a la minoría de la Duma no debe importarle lo que hagan los partidos fuera de la Duma, sino su comportamiento en ella, y que los nacional- demócratas mantienen en la Duma una actitud más o menos liberal. Resulta que a los partidos no hay que caracterizarlos por lo que hagan fuera de la Duma, sino por lo que digan en la Duma. El oportunismo no puede ir más lejos... La mayoría de los oradores se mostró de acuerdo con el punto de vista del camarada Aléxinski, pero, no obstante, tampoco fue adoptada ninguna resolución a este respecto, por las mismas consideraciones de “no agraviar”. Sin tomar ninguna resolución, el Congreso pasó a la cuestión siguiente.

III. Sobre los partidos no proletarios. De las cuestiones formales pasamos a las cuestiones de principio, a las cuestiones que motivan nuestras discrepancias. Las cuestiones que motivan nuestras discrepancias tácticas son las relacionadas con los destinos probables de nuestra revolución y con el papel de las diferentes clases y partidos de la sociedad rusa en esta revolución. Que nuestra revolución es burguesa, que debe terminar con la derrota del régimen feudal, y no del régimen capitalista, y que sólo puede culminar en la república democrática, son cosas en las que, al parecer, todos estamos de acuerdo en el Partido. También estamos todos de acuerdo, por lo menos formalmente -los mencheviques, como fracción, en ninguna parte han hecho aún declaraciones en sentido contrario-, en que nuestra revolución, en términos generales, va en ascenso, y no en descenso, y en que nuestra tarea no es “liquidar” la revolución, sino llevarla hasta el fin. ¿Pero de qué modo podemos llevar hasta el fin nuestra revolución? ¿Cuál es el papel del proletariado, del campesinado, de la burguesía liberal en esta revolución? ¿Con qué combinación de las fuerzas en lucha se podría llevar hasta el fin la revolución en curso? ¿Con quién debemos ir, contra quién tenemos que descargar los golpes?, etc., etc.

Ahí es donde comienzan nuestras discrepancias. Opinión de los mencheviques. Como nuestra revolución es burguesa, sólo la burguesía puede ser el jefe de la revolución. La burguesía fue el jefe de la gran revolución francesa y de las revoluciones en otros Estados de Europa; por tanto, debe serlo también de nuestra revolución rusa. El proletariado es el luchador principal de la revolución, pero debe ir tras la burguesía y empujarla adelante. El campesinado también constituye una fuerza revolucionaria, pero tiene mucho de reaccionario, por lo que el proletariado tendrá que actuar junto con él mucho menos frecuentemente que con la burguesía democrático liberal. La burguesía es un aliado más seguro del proletariado que los campesinos. Todas las fuerzas combatientes deben agruparse en torno a la burguesía democrático liberal como jefe. Por eso, nuestra actitud ante los partidos burgueses no debe estar determinada por la tesis revolucionaria: “con el campesinado, bajo la dirección del proletariado, contra el gobierno y la burguesía liberal”, sino por la tesis oportunista: “con toda la oposición, bajo la dirección de la burguesía liberal, contra el gobierno”. De ahí la táctica de acuerdos con los liberales. Tal es la opinión de los mencheviques.. Opinión de los bolcheviques. Nuestra revolución

es, en efecto, burguesa, pero eso no significa aún que el jefe de ella haya de ser nuestra burguesía liberal. En el siglo XVIII la burguesía francesa fue el jefe de la revolución francesa, pero ¿por qué? Porque el proletariado francés era débil, no actuaba independientemente, no presentaba sus reivindicaciones de clase, no tenía ni conciencia de clase ni organización, iba entonces a la zaga de la burguesía y ésta lo utilizaba como arma para sus fines burgueses. Como veis, la burguesía no necesitaba entonces aliarse con el Poder real contra el proletariado -el propio proletariado era su aliado y servidor-, razón por la cual podía ser entonces revolucionaria y hasta ir a la cabeza de la revolución. Otra cosa completamente distinta se observa en nuestro país, en Rusia. Al proletariado ruso no se le puede calificar, ni mucho menos, de débil: hace ya unos cuantos años que actúa con plena independencia, presentando sus reivindicaciones de clase; tiene la suficiente conciencia de clase para comprender sus intereses; está unido en su partido; posee el partido más fuerte de Rusia, con su programa y sus principios tácticos y de organización; dirigido por este partido, ha obtenido ya varias victorias brillantes sobre la burguesía... ¿Puede nuestro proletariado, en estas condiciones, conformarse con el papel de apéndice deja burguesía liberal, con el papel de mísero instrumento en manos de esa burguesía ?

¿Puede ir tras esa burguesía, debe seguirla, haciendo de ella su jefe? ¿Puede no ser el jefe de la revolución? Fijaos en lo que sucede en el campo de nuestra burguesía liberal: nuestra burguesía, asustada por el espíritu revolucionario del proletariado, en lugar de ir a la cabeza de la revolución, se echa en brazos de la contrarrevolución, entra en alianza con ella contra el proletariado. Y su partido, el partido de los demócratas constitucionalistas, concierta públicamente, a la vista de todo el mundo, un acuerdo con Stolypin, vota a favor del presupuesto y del ejército en beneficio del zarismo y contra la revolución popular. ¿No está claro, acaso, que la burguesía liberal rusa es una fuerza antirrevolucionaria, contra la que se debe librar la guerra más implacable? ¿Y no tenía razón el camarada Kautsky al decir que la burguesía deja de ser revolucionaria en donde el proletariado actúa independientemente?... Así, pues, la burguesía liberal rusa es antirrevolucionaria; no puede ser ni el motor ni mucho menos el jefe de la revolución; es un enemigo jurado de la revolución, y contra ella hay que sostener una lucha tenaz. El proletariado es el único jefe de nuestra revolución; sólo él está interesado en llevar tras de sí las fuerzas revolucionarias de Rusia al asalto de la autocracia zarista, y sólo él puede hacerlo.

Sólo el proletariado agrupará en torno suyo a los elementos revolucionarios del país, sólo él llevará hasta el fin nuestra revolución. La misión de la socialdemocracia consiste en preparar lo mejor posible al proletariado para que desempeñe el papel de jefe de la revolución. Este es el quid del punto de vista bolchevique. A la pregunta de con qué aliados seguros puede contar el proletariado para llevar hasta el fin nuestra revolución, los bolcheviques contestan: el único aliado seguro y fuerte del proletariado es el campesinado revolucionario. No será la traidora burguesía liberal, sino los campesinos revolucionarios quienes lucharán al lado del proletariado contra todos los pilares del orden feudal. De acuerdo con esto, nuestra actitud ante los partidos burgueses debe estar determinada por la siguiente tesis: con el campesinado revolucionario, bajo la dirección del proletariado, contra el zarismo y la burguesía liberal. De ahí la necesidad de la lucha contra la hegemonía (dirección) de la burguesía demócrata constitucionalista y, por tanto, la inadmisibilidad de los acuerdos con ella. Tal es la opinión de los bolcheviques. En torno a estas dos posiciones giraron los discursos de los informantes, Lenin y Martinov, y de todos los demás oradores. El camarada Martinov “ahondó” definitivamente el punto de vista de los mencheviques, negando de una manera categórica la admisibilidad de la hegemonía del proletariado y defendiendo no menos categóricamente la idea del bloque con los demócratas constitucionalistas.

Los restantes oradores, su inmensa mayoría, se manifestaron en el sentido de la posición bolchevique. Tienen particular interés los discursos de la camarada Rosa Luxemburgo, que dirigió al Congreso un saludo en nombre de los socialdemócratas alemanes y expuso el punto de vista de los camaradas alemanes acerca de nuestras discrepancias. (Aquí resumimos los dos discursos de R. L., pronunciados en distintos momentos.) Mostrándose de completo acuerdo con los bolcheviques en las cuestiones relativas al papel del proletariado como jefe de la revolución, al papel de la burguesía liberal como fuerza antirrevolucionaria, etc., etc., R. Luxemburgo criticó a los líderes del menchevismo, Plejánov y Axelrod, calificándolos de oportunistas y comparando su posición con la posición de los jauresistas en Francia. Yo sé, dijo Rosa Luxemburgo, que también los bolcheviques tienen algunos yerros, sus rarezas, excesiva intransigencia, pero yo los comprendo plenamente y los justifico: no se puede por menos de ser firme como la roca a la vista de esa masa informe y gelatinosa que es el oportunismo menchevique. Esa misma excesiva intransigencia se observaba entre los guesdistas en Francia, cuyo líder, el camarada Guesde, declaraba en un conocido cartel electoral “Que ni un solo burgués ose votar por

mí, pues no he de defender en el Parlamento más que los intereses de los proletarios contra todos los burgueses”. Y a pesar de eso, a pesar de esas brusquedades, nosotros, los socialdemócratas alemanes, siempre hemos estado al lado de los guesdistas en su lucha contra los traidores al marxismo, contra las jauresistas. La mismo cabe decir a propósito de las bolcheviques, a los que nosotros, los socialdemócratas alemanes, hemos de apoyar en su lucha contra los oportunistas mencheviques... Esta es, aproximadamente, lo que dijo la camarada R. Luxemburgo. Aún más interesante es la tan conocida carta enviada al Congreso por el Comité Central del Partido Socialdemócrata Alemán y leída por Rosa Luxemburgo. Es interesante porque al aconsejar al Partido que luche contra el liberalismo y al reconocer el papel especial del proletariado ruso como jefe de la revolución rusa, reconoce todas las tesis fundamentales del bolchevismo. Así pues, ha quedado en claro que la socialdemocracia alemana, la más probada y la más revolucionaria de Europa, apoya abierta y francamente a los bolcheviques, como verdaderos marxistas en su lucha contra los traidores al marxismo contra los mencheviques. Ofrecen también interés algunos pasajes del discurso del camarada Tyszka, representante de la delegación polaca en la presidencia.

Ambas fracciones nos aseguran; decía el camarada Tyszka, que se mantienen con firmeza en el punto de vista del marxismo. Y no para todos es fácil comprender quiénes se mantienen, en definitiva, en este punto de vista: los bolcheviques o los mencheviques... “Nosotros somos los que nos mantenemos en el punto de vista del marxismo”, le interrumpieron desde la “izquierda” algunos mencheviques. “No, camaradas -les contestó Tyszka-, vosotros no os mantenéis en él, vosotros yacéis sobre él: pues toda vuestra impotencia para dirigir la lucha de clase del proletariado, el hecho de que sepáis aprender de memoria las grandes palabras del gran Marx, pero que no sepáis aplicarlas, todo eso indica que no os mantenéis en el punto de vista del marxismo, sino que yacéis sobre él”. Atinada y expresiva definición. En efecto, tomad aunque sólo sea el hecho siguiente. Los mencheviques dicen a menudo que la tarea de la socialdemocracia siempre y en todas partes es la transformación del proletariado en una fuerza política independiente. ¿Es cierto esto? ¡Indudablemente, es cierto! Son grandes palabras de Marx, que siempre debe tener presentes todo marxista. ¿Pero cómo las aplican los camaradas mencheviques? ¿Contribuyen ellos a que el proletariado se destaque efectivamente de la masa de elementos burgueses que la rodean, convirtiéndose en una clase independiente?

¿Agrupan ellos a los elementos revolucionarios en torno al proletariado y preparan a éste para desempeñar el papel de jefe de la revolución? Los hechos demuestran que los mencheviques no hacen nada de eso. Por el contrario: los mencheviques aconsejan al proletariado que concierte más a menudo acuerdos con la burguesía liberal, y, de esta manera, no contribuyen a que el proletariado se destaque como clase independiente, sino a que se confunda con la burguesía; las mencheviques aconsejan al proletariado que renuncie al papel de jefe de la revolución, que ceda este papel a la burguesía, que siga a la burguesía, y, de esta manera, no contribuyen a la conversión del proletariado en una fuerza política independiente, sino a su conversión en un apéndice de la burguesía... Es decir, los mencheviques hacen precisamente lo contrario de lo que deberían hacer partiendo de una tesis marxista justa. Sí, tenía razón el camarada Tyszka cuando decía que los mencheviques no se mantienen en el punto de vista del marxismo, sino que yacen sobre él... Al terminar los debates, fueron propuestos dos proyectos de resolución: uno menchevique y otro bolchevique. Por una enorme mayoría fue aprobado, como base, el que habían presentado los bolcheviques. Después vinieron las enmiendas al proyecto. Fueron presentadas cerca de 80 enmiendas.

Estas se referían, principalmente, a dos puntos del proyecto: al punto acerca del proletariado como jefe de la revolución y al punto acerca de los demócratas constitucionalistas como fuerza antirrevolucionaria. Esta fue la parte más interesante de los debates, pues aquí se puso en claro con singular relieve la fisonomía de cada fracción. La primera enmienda importante fue presentada por el camarada Mártov. Exigía éste que fuesen sustituidas las palabras “el proletariado, como jefe de la revolución” por las palabras “el proletariado, como vanguardia”. Explicó la enmienda diciendo que la palabra “vanguardia” expresaba con mayor exactitud la idea. El camarada Aléxinski objetó, diciendo que no se trataba de exactitud, sino de dos opiniones contrarias reflejadas en este punto, pues “vanguardia” y “jefe” son dos conceptos totalmente distintos. Ser vanguardia (destacamento avanzado) significa batirse en las primeras filas, ocupar los lugares más expuestos, derramar la sangre, pero, al mismo tiempo, significa ser dirigido por otros, en el caso presente por los demócratas burgueses: la vanguardia nunca dirige la lucha general, sino que es siempre dirigida. Por el contrario, ser el jefe no significa sólo batirse en las filas avanzadas, sino también dirigir la lucha general, orientarla hacia un objetivo propio. Nosotros, los bolcheviques, no queremos que dirijan al proletariado los demócratas burgueses; nosotros queremos que el proletariado mismo dirija toda la

lucha del pueblo y la oriente hacia la república democrática. Como resultado, la enmienda de Mártov fue rechazada. También lo fueron todas las demás enmiendas del mismo carácter. Otro grupo de enmiendas estuvo dirigido contra el punto relativo a los demócratas constitucionalistas. Los mencheviques proponían reconocer que los demócratas constitucionalistas todavía no marchaban por el camino de la contrarrevolución. Pero el Congreso no aceptó esta propuesta, y todas las enmiendas de este carácter fueron rechazadas. Además, los mencheviques proponían permitir en ciertos casos aunque no fuese más que acuerdos de carácter técnico con los demócratas constitucionalistas. El Congreso tampoco aceptó esta propuesta rechazando las correspondientes enmiendas. Por fin, se puso a votación la resolución en su conjunto, y resultó que la resolución bolchevique obtuvo 159 votos a favor y 104 en contra; los restantes delegados se abstuvieron. Por una enorme mayoría de votos el Congreso aprobó la resolución de los bolcheviques. Desde ese momento el punto de vista de los bolcheviques pasó a ser el punto de vista del Partido. Además, esa votación tuvo dos consecuencias importantes: En primer lugar, puso fin a la división formal y artificial del Congreso en 5 fracciones (los bolcheviques, los mencheviques, los polacos, los letones y los bundistas) y dio comienzo a una nueva división, basada en los principios: bolcheviques (incluyendo aquí a todos los polacos y a la mayoría de los letones) y mencheviques (incluyendo a casi todos los bundistas). En segundo lugar, esa votación dio una estadística más exacta de la distribución de los delegados obreros por fracciones: se vio que en la fracción bolchevique no había 38 obreros, sino 77 (38, más 27 polacos, más 12 letones), y que en la fracción menchevique, no había 30 obreros, sino 39 (30, más 9 bundistas). La fracción menchevique resulto ser una fracción de intelectuales.

IV. Sobre el congreso obrero. Antes de caracterizar las discusiones en torno a la cuestión del Congreso obrero, es necesario conocer la historia del asunto*. Este es en extremo embrollado y no ha sido puesto en claro. Mientras que en otros puntos de nuestras discrepancias hay ya en el Partido

* Es tanto más necesario por cuanto los camaradas mencheviques, que se han mudado a las redacciones de periódicos burgueses, propalan infundíos sobre el pasado y el presente de esta cuestión (v. el artículo “El Congreso obrero” en “Toyárisch”, debido a la pluma de un destacado menchevique y reproducido en “Bakinski Dien”43). dos corrientes netamente definidas -la bolchevique y la menchevique-, en la cuestión del Congreso obrero no tenemos dos, sino todo un montón de corrientes, en extremo confusas y contradictorias. Es verdad que los bolcheviques intervienen unánimemente y de un modo bien definido: están en principio contra el Congreso obrero. En cambio, entre los mencheviques reinan el caos y la confusión más completos: se han dividido en multitud de grupos, y cada uno entona su canción, sin escuchar a los demás. Mientras que los mencheviques de Petersburgo, con Axelrod a la cabeza, proponen el Congreso obrero para la formación de un partido, los mencheviques de Moscú, con Ell al frente, lo proponen no para constituir un partido, sino con el fin de organizar una “unión obrera de toda Rusia” sin carácter de partido. Los mencheviques del Sur van todavía más lejos y, con Larin a la cabeza, exhortan a que se convoque el Congreso obrero con el fin de fundar, no un partido ni una “unión obrera”, sino una “unión del trabajo” más amplia, que pueda agrupar, además de a todos los elementos proletarios, a los elementos eseristas, semiburgueses y “del trabajo”.

No hablo ya de otros grupos y personas, menos influyentes, como el grupo de Odessa y el transcaspiano, y como esos desquiciados “autores” de un ridículo folleto los llamados “Brodiaga” y “Shura”. Tal es la confusión que reina en las filas de los mencheviques. Pero, ¿cómo convocar el Congreso obrero, cómo organizarlo, con qué acontecimiento se debe hacer coincidir su convocatoria, a quién invitar al Congreso, quién debe tomar la iniciativa de su convocatoria? En todas estas cuestiones existe entre los mencheviques la misma confusión que en cuanto a la finalidad del Congreso. Mientras unos mencheviques proponen que se haga coincidir las elecciones al Congreso obrero con las elecciones a la Duma y que, de este modo, se organice el Congreso obrero por sorpresa, aprovechando las circunstancias, otros proponen que se confíe en la “tolerancia” del gobierno y, en caso extremo, se pida a éste “autorización”; otros aconsejan que se envíe a los delegados al extranjero, aunque su número sea de 3.000 ó 4.000, y que se celebre allí, ilegalmente, el Congreso obrero. Mientras unos mencheviques proponen que sólo se conceda representación en el Congreso a las organizaciones obreras constituidas, otros aconsejan que se invite al Congreso a los representantes de todo el proletariado en general -el organizado y el no organizado-, que cuenta en sus filas con no menos de 10.000.000 de personas. Mientras unos mencheviques proponen que se convoque el Congreso obrero a iniciativa del Partido Socialdemócrata, con la participación de los intelectuales, otros aconsejan que se deje a un lado al

Partido y a los intelectuales y se convoque el Congreso a iniciativa de los obreros mismos, sin participación alguna de los intelectuales. Mientras unos mencheviques insisten en la convocatoria inmediata del Congreso obrero, otros proponen que se aplace por tiempo indefinido, limitándose por el momento a una campaña de agitación en favor de la idea del Congreso obrero. Bien, ¿y qué hacer con el Partido Obrero Socialdemócrata, que existe ya y que viene dirigiendo desde hace unos cuantos años la lucha del proletariado, que agrupa en sus filas a 150.000 miembros, que ha celebrado ya 5 Congresos, etc., etc.? ¿”Mandarlo al diablo”, o qué hacer? A esto, todos los mencheviques, desde Axelrod hasta Larin, responden unánimes que no tenemos un partido proletario. “Lo que ocurre es que no tenemos partido -nos decían en el Congreso los mencheviques-; únicamente tenemos una organización de la intelectualidad pequeñoburguesa”, que debe ser sustituida por un partido mediante el Congreso obrero. Así se expresó en el Congreso del Partido el camarada Axelrod, informante menchevique. Pero, ¿cómo es eso? Entonces, ¡¿todos los Congresos de nuestro Partido, desde el primero (1898) hasta el último (1907), en cuya organización han tomado parte muy activa los camaradas mencheviques; todo ese gasto colosal de dinero proletario y de energías proletarias, necesario para la organización de los Congresos, ese gasto del que los mencheviques son tan responsables como los bolcheviques, todo eso no ha sido más que engaño y fariseísmo?!

Entonces, ¿todos los combativos llamamientos del Partido al proletariado, llamamientos suscritos también por los mencheviques; todas las huelgas e insurrecciones de los años 1905-1906-1907, que se desarrollaron yendo a la cabeza el Partido, frecuentemente a iniciativa del Partido; todas las victorias del proletariado con nuestro Partido a la cabeza; todos los miles de proletarios caídos en las calles de Petersburgo, Moscú, etc., emparedados en Siberia, consumidos en las cárceles en aras del Partido, bajo la bandera del Partido, todo eso no es más que comedia y engaño? Entonces, ¿no tenemos partido? ¿Solo tenemos una “organización de la intelectualidad pequeñoburguesa”? Eso, claro está, es una mentira desvergonzada, una mentira vil, indignante. A ello se debe, por lo visto, la desbordante indignación que provocó la citada declaración de Axelrod entre los delegados obreros de Petersburgo y Moscú. Saltando de sus asientos, replicaron enérgicamente a Axelrod: “'Tú, que estás en el extranjero, eres un burgués, y no nosotros; nosotros somos obreros, tenemos nuestro propio Partido Socialdemócrata y no permitiremos que sea humillado”...

Pero supongamos que el Congreso obrero se va a celebrar; figurémonos que ya se ha convocado. El Partido Socialdemócrata hoy existente ha sido, por tanto, entregado al archivo; se ha convocado de una u otra manera el Congreso obrero y queremos organizar en él bien una unión “obrera” o bien una unión “del trabajo”. Y después ¿qué? ¿Qué programa aprobará este Congreso? ¿Cuál será la fisonomía del Congreso obrero? Unos mencheviques dicen que el Congreso obrero podría adoptar el programa de la socialdemocracia con algunos cortes, naturalmente; pero a renglón seguido añaden que podría, asimismo, no adoptar ese programa, cosa que, según ellos, no sería para el proletariado un mal muy grave. Otros contestan más categóricamente: como nuestro proletariado está muy imbuido de aspiraciones pequeño burguesas, lo más probable sería que el Congreso obrero adoptase, no el programa socialdemócrata, sino un programa democrático pequeñoburgués. En el Congreso obrero el proletariado perdería el programa socialdemócrata, pero, en cambio, adquiriría una organización obrera que agruparía a todos los obreros en una sola unión. Así habla, por ejemplo, N. Cherevanin, el jefe de los mencheviques de Moscú (v. “Problemas de táctica”).

Por tanto: “unión de los obreros sin programa socialdemócrata”; tal sería el resultado probable del Congreso obrero. Así, cuando menos, piensan los propios mencheviques. Por lo visto, los mencheviques, que no coinciden en algunas cuestiones relativas a los fines del Congreso obrero y a los procedimientos para su convocatoria, sí están de acuerdo en que “no tenemos partido sino únicamente una organización de la intelectualidad pequeñoburguesa a la cual hay que entregar al archivo”... El informe de Axelrod giró precisamente en torno a eso. Este informe evidenció que la agitación en favor del Congreso obrero se convertiría inevitablemente, en la práctica, en agitación contra el Partido, en guerra contra él. Y el trabajo práctico para la convocatoria del Congreso obrero sería, también inevitablemente, trabajo práctico para desorganizar y descomponer nuestro actual Partido. Por otra parte, los mencheviques -por boca de su informante, así como también en su proyecto de resolución- pidieron al Congreso que prohibiese la agitación contra los intentos dirigidos a la organización del Congreso obrero, es decir, contra los intentos que conducen a la desorganización del Partido. Y cosa interesante: en todos los discursos de los

oradores mencheviques (a excepción de Plejánov, que sobre el Congreso obrero no dijo nada concreto) se traslucían las consignas: ¡Abajo el Partido, abajo la socialdemocracia!, ¡Viva el sin-partidismo, viva la “unión obrera” no socialdemócrata! Estas consignas no eran proclamadas abiertamente por los oradores, pero se desprendían de sus discursos. Por algo todos los escritores burgueses, desde los sindicalistas y los eseristas hasta los demócratas constitucionalistas y los octubristas, por algo todos ellos se pronuncian con tanto ardor en pro del Congreso obrero, pues todos ellos son enemigos de nuestro Partido; y el trabajo práctico para convocar el Congreso obrero podría debilitar y desorganizar considerablemente al Partido. ¿Cómo no va a aplaudir esa gente “la idea del Congreso obrero”? Otra cosa por completo distinta dijeron los oradores bolcheviques. El informante bolchevique, camarada Líndov, tras de caracterizar brevemente las principales corrientes entre los propios mencheviques, pasó a esclarecer las condiciones que engendraron la idea del Congreso obrero. La agitación a favor del Congreso obrero se inició en 1905, antes de las jornadas de octubre, en un período de represión. Cesó en las jornadas de octubre y noviembre. En los meses siguientes, al desencadenarse de nuevo las represiones, la agitación en favor del Congreso obrero se reanudó. En el período de la primera Duma, días de relativa libertad, la agitación enmudeció.

Más tarde, después de la disolución de la Duma, de nuevo cobró fuerza, etc. La conclusión es clara: en los períodos de relativa libertad, cuando el Partido puede engrosar sus filas sin obstáculos, la agitación, en pro del Congreso obrero con vistas a formar “Un amplio partido sin carácter de partido”, pierde naturalmente base; y, por el contrario, en los períodos de represión, cuando en lugar de la afluencia de nuevos miembros al Partido se observa un reflujo, la agitación en pro del Congreso obrero, como medida artificial para engrosar o para sustituir un partido estrecho por “un amplio partido sin carácter de partido”, encuentra cierta base. Pero de suyo se comprende que ninguna medida artificial puede dar buenos resultados, pues para que el Partido pueda ampliarse efectivamente se precisa la libertad política, y no el Congreso obrero, que también necesitaría de dicha libertad. Prosigamos. La idea del Congreso obrero, tomada en su aspecto concreto, es falsa de raíz, pues no se apoya en los hechos, sino en la errónea tesis de que “no tenemos partido”. Y la verdad es que tenemos un partido proletario; este partido habla en voz alta de su existencia, la hace sentir de una manera harto seria a los enemigos del proletariado -eso lo saben muy bien los propios mencheviques-, y precisamente porque tenemos ya ese partido, precisamente por eso, la idea del Congreso obrero es falsa de raíz.

Está claro que si no tuviésemos un partido con más de 150.000 proletarios de vanguardia y que lleva tras de sí a centenares de miles de luchadores; si fuésemos un puñado de gente con poca influencia, como los socialdemócratas alemanes de los años del 60 o los socialistas franceses de los años del 70 del siglo pasado, nosotros mismos procuraríamos convocar un Congreso obrero con el fin de sacar de él un partido socialdemócrata. Pero el caso es que ya tenemos un partido, un verdadero partido proletario, con enorme influencia entre las masas, y para convocar un Congreso obrero, para crear un fantástico “partido sin carácter de partido”, ante todo tendríamos que “terminar” de un modo inevitable con el partido existente, ante todo tendríamos que destruirlo. Por esa razón, el trabajo para convocar el Congreso obrero se reduciría inevitablemente, en la práctica a una labor de desorganización del Partido. Pero aun está por ver si se logra alguna vez -y si ello es necesario- formar en sustitución del Partido “un amplio partido sin carácter de partido”. Por esa razón, los enemigos de nuestro Partido, los demócratas constitucionalistas y los octubristas de todo jaez, ensalzan con tanto fervor a los mencheviques por su agitación en pro del Congreso obrero.

Por esa razón, los bolcheviques creen que el trabajo para convocar el Congreso obrero es peligroso y perjudicial, pues desacredita al Partido entre las masas y somete a éstas a la influencia de la democracia burguesa. Esto es, más o menos, lo que dijo el camarada Líndov. ¿Por el Congreso obrero contra el Partido Socialdemócrata, o por el Partido contra el Congreso obrero? Así se planteó la cuestión en el Congreso. Los delegados obreros bolcheviques comprendieron en seguida la cuestión y se manifestaron enérgicamente “en defensa del Partido”: “Nosotros somos hijos fieles del Partido - decían-, queremos a nuestro Partido, y no permitiremos que sea desacreditado por intelectuales hastiados”. Tiene interés señalar que la camarada Rosa Luxemburgo, representante de la socialdemocracia alemana, se mostró de completo acuerdo con los bolcheviques. “Nosotros, los socialdemócratas alemanes -dijo-, no podemos comprender el ridículo desconcierto de los camaradas mencheviques, que buscan a tientas a la masa mientras la propia masa busca al Partido y se abraza a él con fuerza incontenible”... Los debates pusieron en claro que la inmensa mayoría de los oradores apoyaba a los bolcheviques. Al terminar los debates fueron puestos a votación dos proyectos de resolución: el de los bolcheviques y el de los mencheviques. Se tomó como base el

proyecto de los bolcheviques. Casi todas las enmiendas de principio fueron rechazadas. Sólo se aceptó una enmienda, más o menos seria, contra la limitación de la libertad de discusión en torno al Congreso obrero. La resolución en su conjunto decía que “la idea del Congreso obrero conduce a la desorganización del Partido”, “al sometimiento de las grandes masas obreras a la influencia de la democracia burguesa”, por lo que es nociva para el proletariado. Además la resolución estableció una rigurosa diferencia entre el Congreso obrero y los Soviets de Diputados Obreros y sus Congresos, que, lejos de desorganizar el partido, lejos de competir con él, lo fortalecía, pues le siguen y le ayudan a resolver las cuestiones prácticas en los momentos de ascenso revolucionario. Por fin, la resolución fue aprobada por una mayoría de 165 contra 94. Los restantes delegados se abstuvieron. Así, pues, el Congreso rechazo la idea del Congreso obrero como nociva, como contraria al Partido. La votación has descubrió aquí el siguiente y significativo fenómeno. De los 114 delegados obreros que participaron en la votación, sólo 25 votaron a favor del Congreso obrero. Los restantes votaron en contra. En cuanto a la proporción, el 22% de los delegados obreros votó a favor del Congreso obrero, y el 78% en contra. Pero lo más importante es que de los 94 delegados que votaron en pro del Congreso obrero, sólo un 26% eran obreros, y el 74%, intelectuales. Y eso que los mencheviques no hacían más que alborotar diciendo que la idea del Congreso obrero era una idea obrera, que sólo los “intelectuales” bolcheviques se oponían a la convocatoria del Congreso, etc. A juzgar por esta votación, habría que reconocer más bien que la idea del Congreso obrero es, por el contrario, una idea de intelectuales fantaseadores... Por lo visto, incluso mencheviques obreros no votaron a favor del Congreso obrero: de 39 delegados obreros (30 mencheviques más 9 bundistas) sólo 24 votaron por el Congreso obrero. Bakú, 1907.

Publicado por primera vez con la firma de Koba Ivanóvich el 20 de junio y el 10 de julio de 1907 en los núms. 1 y 2 del periódico “Bakinshi Proletari”.