La lucha de los obreros no siempre ni en todas partes reviste la misma forma. Hubo un tiempo en que los obreros luchaban contra los patronos rompiendo las máquinas e incendiando las fábricas. ¡La máquina: he ahí el origen de la miseria! ¡La fábrica: he ahí el lugar de la opresión! ¡Rompámoslas, incendiémoslas! decían entonces los obreros. Era aquélla la época de los choques espontáneos, como manifestaciones de una rebeldía anárquica. Conocemos también casos en que los obreros, desilusionados en cuanto a la eficacia de los incendios y las destrucciones, pasaban a “formas más tajantes”: a los atentados contra la vida de los directores, los gerentes, los administradores, etc. No es posible destruir todas las máquinas ni todas las fábricas, decían entonces los obreros, y, además, no es ventajoso para los obreros; pero siempre se puede amedrentar a los gerentes y meterlos en un puño con el terror: ¡duro con ellos, infundámosles espanto! Era la época de los choques terroristas individuales sobre la base de la lucha económica. El movimiento obrero condenó tajantemente esas dos formas de lucha, relegándolas al olvido. Y se comprende por qué.

No hay duda de que la fábrica es en efecto, un lugar donde los obreros son explotados ni de que la máquina ayuda hasta ahora a la burguesía a acrecentar dicha explotación, pero eso no quiere decir que la máquina y la fábrica sean en sí el origen de la miseria. Por el contrario, precisamente la fábrica y precisamente la máquina permitirán al proletariado romper las cadenas de la esclavitud, acabar con la miseria, abatir toda opresión; para ello se requiere únicamente que, en vez de ser propiedad privada de este o aquel capitalista, se conviertan en propiedad colectiva de todo el pueblo. Por otra parte, ¿en qué se transformaría la vida, si, en efecto, nos dedicásemos a destruir e incendiar máquinas, fábricas, ferrocarriles? ¡La vida parecería entonces un triste desierto, y los obreros serían los primeros en verse privados de su pedazo de pan!... Es claro que no debemos destruir las máquinas ni las fábricas, sino apoderamos de ellas, cuando esto sea posible, si es que efectivamente aspiramos a eliminar la miseria. Por este motivo el movimiento obrero rechaza los choques que son expresión de una rebeldía anárquica. No cabe duda de que también el terror económico tiene cierta “justificación” aparente, por cuanto es empleado para atemorizar a la burguesía.

Pero ¿qué significa este temor, si es pasajero y fugaz? Y que sólo puede ser pasajero, lo evidencia el mero hecho de que es imposible practicar el terror económico siempre y en todas partes. Eso en primer lugar. En segundo lugar, ¿qué pueden reportarnos el temor pasajero de la burguesía y las concesiones obtenidas merced a él, si no estamos respaldados por una fuerte organización obrera de masas, dispuesta siempre a luchar por las reivindicaciones de los obreros y capaz de defender con buen éxito las concesiones conquistadas? Y los hechos evidencian que el terror económico mata la necesidad de tal organización, quita a los obreros el deseo de unirse, de luchar por iniciativa propia, pues, afortunadamente, cuentan con héroes terroristas capaces de actuar por ellos. ¿Debemos desarrollar en los obreros el espíritu de iniciativa? ¿Debemos desarrollar en los obreros el deseo de una estrecha unidad? ¡Naturalmente que sí! Pero ¿podemos acaso practicar el terror económico, si mata en los obreros lo uno y lo otro? ¡No, camaradas! No es propio de nosotros asustar a la burguesía con unos cuantos atentados desde las encrucijadas: dejemos que se ocupen de tales “asuntos” ciertos terroristas.

¡Nosotros debemos actuar abiertamente contra la burguesía, debemos tenerla amedrentada constantemente, hasta la victoria definitiva! Y para ello lo que hace falta no es el terror económico, sino una fuerte organización de masas, capaz de llevar a los obreros a la lucha. Por esa razón el movimiento obrero rechaza el terror económico. A la luz de lo dicho, la última resolución de los huelguistas de la empresa Mirzóev, dirigida contra los incendios y los homicidios “por cuestiones económicas”, adquiere un interés particular. En esta resolución, la comisión unificada que representa a los 1.500 obreros de Mirzóev, con motivo del incendio de la sección de calderas (en Balajani) y de la muerte violenta de un administrador, por razones de índole económica (en Surajani), declara que “protesta contra métodos de lucha como el homicidio y el incendio” (v. “Gudok”, núm. 24). Los de Mirzóev rompen así definitivamente con las viejas tendencias de la rebeldía terrorista. Así se sitúan resueltamente en la senda del verdadero movimiento obrero. Aplaudimos a los camaradas de la Mirzóev y llamamos a todos los obreros a seguir con la misma decisión el camino del movimiento proletario de masas.

Publicado sin firma el 30 de marzo de 1908 en el

núm. 25 del periódico “Gudok”. Se publica de acuerdo con el texto del periódico.