¿Quién no conoce a Bebel, el venerable jefe de los obreros alemanes, en otro tiempo “simple” tornero y hoy famoso político, ante cuya crítica han retrocedido más de una vez, como ante los golpes de un martillo, las “testas coronadas” y los sabios patentados y tuyas palabras escuchan, como si fueran las de un profeta, millones de proletarios en Alemania? El 22 de febrero de este año se cumplieron los setenta años de su nacimiento. En este día el proletariado en lucha de toda Alemania, el Buró Socialista Internacional, los obreros organizados del todos los países del globo terrestre celebraron solemnemente el 70° aniversario del nacimiento del viejo Bebel. ¿Por qué merece Bebel tales honores?, ¿qué ha hecho para el proletariado? ¿Cómo se destacó Bebel de la masa obrera y cómo se convirtió, de “simple” tornero, en un gran luchador del proletariado mundial? ¿Cuál es la historia de su vida? La infancia de Bebel transcurrió en medio de la miseria y las privaciones. A los tres años pierde a su padre, el sostén de la familia, que era un suboficial pobre y tuberculoso. Para que sus hijos pudieran tener un nuevo apoyo, la madre de Bebel contrae matrimonio por segunda vez, ahora con un celador de prisiones.

Del cuartel, donde hasta entonces ha vivido, la madre se traslada con los hijos al edificio de la cárcel. Pero a los tres años muere el segundo marido. La familia, que ha quedado otra vez sin su sostén, regresa a su tierra natal, apartado rincón de provincias, donde vive en la indigencia. A Bebel, como hijo de familia necesitada, lo admiten en la “escuela para pobres”, en la que termina con buenas notas los estudios a los trece años. Pero, un año antes de salir de la escuela, le sobreviene una nueva desgracia: queda sin madre, su último apoyo. Huérfano de padre y madre, abandonado a su suerte, sin posibilidad alguna de seguir estudiando, Bebel entra de aprendiz en el taller de un tornero conocido. Comienza una vida monótona y terriblemente penosa. Desde las cinco de la mañana hasta las siete de la tarde Bebel está en el taller. Aportan cierta variedad a su vida los libros, a cuya lectura consagra todo el tiempo libre. Para ello se abona a la biblioteca, por los cinco ó seis kopeks semanales que gana acarreando agua para su patrona cada mañana, antes de comenzar el trabajo.

Como se ve, la miseria y las privaciones, lejos de amilanar al joven Bebel, lejos de matar en él el deseo de instruirse, templaron aún más su voluntad, avivaron su afán de saber, hicieron surgir en él preguntas cuya respuesta buscaba con avidez en los libros. Así se forjó, en lucha contra la necesidad, el futuro e infatigable luchador por la emancipación del proletariado. A los 17 años Bebel termina el aprendizaje y empieza su vida como oficial tornero. A los 19 años ya asiste a una asamblea de obreros en Leipzig y escucha los discursos de obreros socialistas. Fue la primera asamblea en la que Bebel vio intervenir a oradores obreros. Bebel no era todavía socialista, simpatizaba con los liberales, pero se alegró sinceramente al ver intervenir con sus propias ideas de clase a los obreros, y sintió envidia de ellos: en él prendió el deseo de llegar a ser, también, un orador obrero. A partir de entonces Bebel comienza una nueva vida: ya ha elegido un camino determinado. Bebel ingresa en las organizaciones obreras y despliega en ellas una actividad intensa. Pronto cobra influencia y es elegido para el Comité de los sindicatos obreros.

En los sindicatos lucha contra los socialistas, actúa de común acuerdo con los liberales, pero, luchando contra los socialistas, se convence poco a poco de la razón que les asiste. A los 25 años es ya socialdemócrata. La fama de Bebel crece con tal rapidez, que un año después (1867) es elegido presidente del Comité de los sindicatos y primer diputado de los obreros al Parlamento. Así, Bebel, luchando y venciendo, superando paso a paso los obstáculos que le rodean, se destaca, por fin, de la masa obrera y se convierte en jefe de los luchadores obreros de Alemania. A partir de entonces Bebel se manifiesta ya abiertamente en pro de la socialdemocracia. Su objetivo inmediato es hacer la guerra a los liberales, lograr que los obreros se desembaracen de la influencia de aquéllos, unir a los obreros en su Partido Obrero Socialdemócrata. Bebel consigue su objetivo al año siguiente, en 1868, en el Congreso de Núremberg. Gracias a los inteligentes y despiadados ataques de Bebel en este Congreso, los liberales sufrieron una completa derrota, y sobre los escombros del liberalismo nació la socialdemocracia alemana. La emancipación de los obreros sólo puede ser obra de los obreros mismos -decía Bebel en el

Congreso-; y, por esa razón, los obreros deben romper con los liberales burgueses y unirse en su propio partido obrero. Y la inmensa mayoría del Congreso, a despecho de un puñado de liberales, repitió con él las grandes palabras de Carlos Marx. Para la plena emancipación de los obreros es necesario que los obreros de todos los países se unan -decía Bebel-; por eso, hay que incorporarse a la Asociación Internacional de los Trabajadores. Y la mayoría del Congreso repitió unánime, con él, las palabras del gran maestro. Así surgió el Partido Obrero Socialdemócrata de Alemania, al que Bebel ayudó a nacer. Desde entonces, la vida de Bebel se funde con la vida del partido, sus penas y alegrías con las penas y las alegrías del partido. Y el propio Bebel se convierte en el jefe amado y en el inspirador de los obreros alemanes, pues, camaradas, no es posible no amar al hombre que tanto ha hecho para independizar a los obreros, para emanciparlos de la tutela de los liberales burgueses y darles su propio partido obrero. El año 1870 sometió al joven partido a la primera prueba. Había comenzado la guerra con Francia; el gobierno alemán exigía créditos de guerra del Parlamento, del que era diputado Bebel; había que pronunciarse de un modo concreto en favor o en contra de la guerra. Bebel comprendía, naturalmente, que la guerra era sólo ventajosa para los enemigos del proletariado.

Por entonces, una fiebre de falso patriotismo se había adueñado de todas las capas de la sociedad alemana, desde los burgueses hasta los obreros, y la negativa a conceder los créditos al gobierno era calificada de traición a la patria. Pero Bebel, sin hacer caso de los prejuicios “patrióticos”, sin temor a ir contra la corriente, declaró bien alto, desde la tribuna parlamentaria: yo, como socialista y republicano, no soy partidario de la guerra, sino de la fraternidad de los pueblos; no soy partidario de la hostilidad hacia los obreros franceses, sino de la unión de nuestros obreros alemanes con ellos. Reproches, burlas, desprecio: tal fue la respuesta que -hasta en los obreros- encontró el audaz discurso de Bebel. Pero éste, fiel a los principios del socialismo científico, no humilló ni un instante la bandera ante los prejuicios de sus hermanos de clase; por el contrario, hizo todo lo posible para elevar a sus hermanos de clase hasta la clara comprensión del carácter funesto de la guerra. Más tarde los obreros comprendieron su error y eso redobló en ellos el cariño a su firme y valiente Bebé. En cambio, el gobierno lo recompensó con dos años de prisión, donde, sin embargo, no perdió el tiempo: en la cárcel escribió su famoso libro “La mujer y el socialismo”. El final de los años del 70 y la década del 80 someten al partido a nuevas pruebas.

Alarmado por el crecimiento de la socialdemocracia, el gobierno alemán promulga las “leyes de excepción contra los socialistas”, disuelve violentamente las organizaciones del partido y los sindicatos, suspende todos los periódicos socialdemócratas sin excepción, anula la libertad de reunión y de asociación y arroja a la clandestinidad al Partido Socialdemócrata, ayer aún legal. Con todo ello el gobierno quería provocar a la socialdemocracia para que se lanzara a acciones desafortunadas y funestas, quería desmoralizada y destruirla. Era precisa una firmeza singular y una extraordinaria perspicacia para no perder la cabeza, modificar a tiempo la táctica y adaptarse, inteligentemente a las nuevas condiciones. Muchos socialdemócratas se dejaron llevar de la provocación y cayeron en el anarquismo. Otros se adocenaron por completo y degeneraron en liberales. Pero Bebel permaneció firme en su puesto, animando a unos y moderando el arrebato imprudente o desenmascarando la charlatanería de los otros y orientando de un modo hábil al partido por el verdadero camino, siempre hacia adelante y nada más que hacia adelante. Diez años después el gobierno se veía obligado a ceder ante la fuerza creciente del movimiento obrero y revocó las “leyes de excepción”. La línea de Bebel resultó ser la táctica acertada. El final de los años del 90 y la primera década de nuestro siglo sometieron al partido a una prueba más.

Alentados por el auge industrial y por la relativa facilidad de las victorias económicas, los elementos moderados de la socialdemocracia comenzaron a negar la necesidad de la lucha intransigente de clases y de la revolución socialista. No es necesaria la intransigencia, no es necesaria la revolución -decían-; necesitamos la colaboración de clases, necesitamos pactar acuerdos con la burguesía y con el gobierno, a fin de reparar, junto con ellas, el orden actual; por eso, debemos votar por el presupuesto del gobierno burgués, participar en el actual gobierno burgués. Así, los moderados minaban las bases del socialismo científico, la táctica revolucionaria de la socialdemocracia. Bebel comprendió todo el peligro de la situación y, con otros jefes del partido, declaró a los moderados una guerra sin cuartel. En el Congreso de Dresde (1903) aplastó a los jefes moderados alemanes, Bernstein y Vollmar, proclamando la necesidad de los métodos revolucionarios de lucha. Al año siguiente, en Ámsterdam, ante los socialistas de todos los países, aplastó ya al jefe internacional de los moderados, a Juan Jaurés, proclamando una vez más la necesidad de una lucha irreconciliable. Desde entonces no dio tregua a los “enemigos moderados del partido”, infligiéndoles derrota tras derrota en Jena (1905) y en Núremberg (1908). Como resultado de todo ello, el partido salió de la lucha interna unido y fuerte, asombrosamente afianzado y gigantescamente desarrollado. Y todo eso lo debía, en primer lugar, también a Augusto Bebel... Pero Bebel no se limita a actuar en el seno del

partido. Sus vibrantes discursos en el Parlamento alemán -que flagelaban a la putrefacta nobleza, arrancaban la careta a los liberales y ponían en la picota al “gobierno imperial”-, así como su actividad de muchos años en los sindicatos, demuestran que Bebel, como fiel defensor del proletariado, hallábase en todas partes donde hervía la lucha, donde era precisa su impetuosa energía proletaria. Por eso estiman tanto a Bebel los socialistas alemanes y los de todos los países. Naturalmente, Bebel tuvo también errores -¿quién no los tiene? (sólo los muertos no se equivocan)-, pero todos sus pequeños errores nada son comparados con sus grandes méritos ante el partido, que ahora, cuando lleva ya 42 años dirigido por Bebel, tiene más de 600.000 militantes, controla a unos dos millones de obreros organizados en los sindicatos, goza de la confianza de tres o cuatro millones de electores, y basta una señal suya para que en Prusia se organicen manifestaciones de cientos de miles de personas. Y es significativo que los festejos en honor de Bebel hayan coincidido con los días en que la socialdemocracia alemana pone tan brillantemente de manifiesto su potencia, con las jornadas en que se celebran grandiosas manifestaciones, ejemplarmente organizadas, exigiendo el sufragio universal en Prusia.

Bebel tiene pleno derecho a decir que no ha trabajado en vano. Tal es la vida y la obra de Bebel, viejo, muy viejo, pero muy joven de espíritu, en su puesto como siempre, en espera de nuevas batallas, de nuevas victorias. Sólo del proletariado militante ha podido nacer un Bebel, un hombre de tanta vitalidad, eternamente joven y con su mirada puesta siempre en el futuro, como el propio proletariado. Sólo la teoría del socialismo científico ha podido ofrecer amplio campo a la ardiente naturaleza de Bebel, que se esfuerza sin descanso por demoler el viejo y podrido mundo capitalista. Con su vida y su labor, Bebel testimonia la fuerza y la invencibilidad del proletariado, la inevitabilidad del triunfo del socialismo... ¡Enviemos, pues, camaradas, nuestro saludo al querido maestro, al tornero Augusto Bebel! Que sirva de ejemplo para nosotros, los obreros rusos, cuyo movimiento tan necesitado está de hombres como Bebel. ¡Viva Bebel! ¡Viva la Socialdemocracia Internacional! El Comité de Bakú del P.O.S.D.R.

Publicado como proclama el 23 de marzo de 1910. Se publica de acuerdo con el texto de la proclama.