Renace en el país el interés por la vida política, y con ello toca a su fin la crisis de nuestro Partido. Comenzamos a salir del punto muerto de la paralización. La Conferencia general del Partido recientemente celebrada es claro indicio del renacimiento del Partido. Robustecido cuando se desarrollaba la revolución rusa y batido al decaer ésta, nuestro Partido debía indefectiblemente ponerse en pie al producirse el despertar político del país. La animación en las ramas fundamentales de la industria y el aumento de los beneficios de los capitalistas, a la vez que el descenso del salario real de los obreros; el libre desarrollo de las organizaciones económicas y políticas de la burguesía, a la vez que la destrucción violenta de las organizaciones legales y clandestinas del proletariado; el encarecimiento de los artículos de primera necesidad y el aumento de las ganancias de los terratenientes, a la vez que la ruina de la hacienda campesina; el hambre, que atenaza a más de 25.000.000 de habitantes y que constituye una demostración de la impotencia del régimen contrarrevolucionario “renovado”; todo ello no podía por menos de influir en las capas trabajadoras -y, sobre todo, en el proletariado-, despertando en ellas el interés por la vida política.

Una de las brillantes manifestaciones de ese despertar es la Conferencia del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia celebrada en enero de este año. Pero la reanimación en los cerebros y en los corazones no puede quedar encerrada en sí misma: dadas las actuales condiciones políticas, dicha reanimación debe traducirse, indefectiblemente, en acciones abiertas de masas. Es necesario mejorar la vida de los obreros; es preciso elevar el salario y reducir la jornada de trabajo; hay que cambiar de raíz la situación de los obreros en las fábricas y las minas. Pero ¿cómo se puede lograr todo eso sino mediante acciones económicas parciales y generales, todavía prohibidas? Es preciso conquistar el derecho de libre lucha contra los patronos, el derecho de huelga, de asociación, de reunión, la libertad de palabra, de imprenta, etc.; sin ello, la lucha de los obreros por mejorar su vida se verá dificultada en grado extremo. Pero ¿cómo se puede lograr todo eso sino mediante acciones políticas abiertas, mediante manifestaciones, huelgas políticas, etc.?

¡Es preciso sanear el país, que padece hambre crónica; es preciso poner fin al actual estado de cosas, en que decenas de millones de trabajadores de la tierra se ven condenados periódicamente al hambre, con todos sus horrores; es imposible contemplar de brazos cruzados cómo los padres y las madres, hambrientos, con lágrimas en los ojos, se ven obligados a “vender por una miseria” a sus hijos y a sus hijas! ¡Es preciso destruir de raíz la rapaz política financiera de nuestros días, que lleva a la ruina a la pobre hacienda campesina y que cada año de mala cosecha condena fatalmente a millones de campesinos a un hambre devastadora! ¡Es preciso salvar al país de la miseria y de la desmoralización! Pero ¿se puede hacer todo eso sin demoler, desde los cimientos hasta el remate, todo el edificio del zarismo? ¿Y cómo se puede derrocar al gobierno zarista, con todos los vestigios feudales, si no es mediante un amplio movimiento revolucionario popular bajo la dirección del proletariado socialista, su jefe reconocido por la historia?...

Mas, para que las acciones inminentes no sean acciones dispersas ni desordenadas, para que el proletariado pueda cumplir con honor el alto papel de unificador y dirigente de las futuras acciones, para todo ello se precisa, además de la conciencia revolucionaria de las amplias capas del pueblo y de la conciencia de clase del proletariado, la existencia de un partido proletario fuerte y flexible, capaz de unificar los esfuerzos de las organizaciones locales en un solo esfuerzo común y de encauzar así contra los bastiones principales de los enemigos el movimiento revolucionario de las masas. Poner en orden el Partido del proletariado, el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia: eso es lo más necesario a fin de que el proletariado se halle dignamente preparado para las acciones revolucionarias inminentes. La imperiosa necesidad de unir estrechamente el Partido resalta aún más ante la proximidad de las elecciones a la IV Duma de Estado. Pero ¿cómo se puede poner en orden el Partido? Hay que fortalecer, en primer término, las organizaciones locales del Partido. Fraccionadas en pequeños y minúsculos grupos, rodeadas por un mar de desesperación y de falta de fe en la causa, carentes de fuerzas intelectuales y minadas con frecuencia por los provocadores: ¿quién no conoce este lamentable cuadro de la vida de las organizaciones locales? ¡Se debe y se puede poner fin a esta dispersión de fuerzas! El despertar que se ha iniciado en las masas obreras, de una parte, y la Conferencia celebrada hace poco, como expresión de este despertar, de otra, contribuyen poderosamente a que pueda liquidarse

¡Por el partido!

esa dispersión. ¡Hagamos, pues, todo lo que de nosotros dependa para acabar con ella en el terreno de la organización! ¡Que en cada ciudad y en cada centro industrial se agrupen todos los obreros socialdemócratas sin diferencia de fracciones, todos los que comprenden la necesidad de que el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia subsista en la clandestinidad! ¡Que todos ellos se agrupen en organizaciones locales del Partido! ¡Que las máquinas, que unen a los obreros en un solo ejército de explotados, que esas mismas máquinas los fusionen en un partido único de luchadores contra la explotación y la violencia!... Al unirse, no hay por qué afanarse demasiado en reclutar gran número de militantes: dadas las actuales condiciones en que se desenvuelve nuestro trabajo, eso puede resultar hasta peligroso. Lo principal es la calidad de los camaradas; lo principal es que los camaradas influyentes agrupados en organizaciones locales tengan conciencia de la importancia de la causa a la que sirven y desarrollen con firmeza su labor siguiendo la línea marcada por la Socialdemocracia revolucionaria.

Y que las organizaciones locales así formadas no se encierren en su concha, que participen constantemente en todos los aspectos de la lucha del proletariado, desde los más “menudos” y corrientes hasta los más importantes y “extraordinarios”; que no escape a su influencia ni un solo conflicto entre el trabajo y el capital, ni una sola protesta de las masas obreras contra las ferocidades del gobierno zarista: hay que recordar siempre que sólo así se podrá fortalecer y sanear las organizaciones locales. Por esta razón, entre otras, es necesario que las organizaciones locales del Partido mantengan las relaciones más vivas con las organizaciones obreras legales de masas, con los sindicatos y los clubs, contribuyendo por todos los medios al desarrollo de los mismos. Que no intimiden a los camaradas obreros la dificultad ni la complejidad de las tareas que recaen exclusivamente sobre ellos debido a la falta de militantes intelectuales: ¡hay que desechar de una vez para siempre esa modestia superflua y ese temor al trabajo “desacostumbrado”!, ¡hay que tener audacia para realizar trabajos difíciles de partido!

No importa si se cometen ciertos errores: tropezaremos una o dos veces y después nos acostumbraremos a marchar con soltura. Los Bebel no caen del cielo; salen de la base y se desarrollan en el trabajo del Partido en todos los terrenos... Pero las organizaciones locales, aunque sean fuertes e influyentes, no constituyen aún, tomadas por separado, el Partido. Para ello hay, además, que reunirlas en un todo, enlazarlas en un todo único, que viva una misma vida, una vida común. Organizaciones locales dispersas, que además de no estar vinculadas entre sí, no saben nada unas de otras, organizaciones abandonadas por entero a su suerte, que obran por su cuenta y riesgo y, a menudo, siguen en su trabajo líneas contradictorias: ése es el conocido cuadro de los métodos artesanos de trabajo en el Partido. Vincular las organizaciones locales entre sí y reunirlas en torno al Comité Central del Partido: eso, precisamente, es romper con los métodos artesanos de trabajo y abrir el camino que permita organizar debidamente el Partido proletario.

Un Comité Central influyente, vinculado con raíces vivas a las organizaciones locales, que las informe sistemáticamente y las enlace entre sí; un Comité Central que intervenga constantemente en todas las acciones proletarias generales; un Comité Central que disponga, a los fines de una amplia agitación política, de un periódico clandestino editado en Rusia: ésa es la dirección que debemos seguir para renovar y consolidar el Partido. Huelga decir que el Comité Central, por sí solo, no está en condiciones de dar cumplimiento a esta difícil tarea: los camaradas de las organizaciones locales deben recordar que, sin su ayuda sistemática desde la base, el Comité Central se convertiría inevitablemente en un cero a la izquierda, y el Partido, en una ficción. Por eso se impone un trabajo acorde del organismo central y de las organizaciones locales. Esa es la condición necesaria de la renovación del Partido, y a cumplirla exhortamos a los camaradas. Así, pues, ¡por el Partido, camaradas, por el renacimiento de nuestro Partido clandestino, por el renacimiento del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia! ¡Viva el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia unificado! El Comité Central del P.O.S.D.R.

Publicado como proclama en marzo de 1912. Se publica de acuerdo con el manuscrito.