(Carta de San Petersburgo)

A diferencia de las de 1907, las elecciones de 1912 han coincidido con una reanimación revolucionaria entre los obreros. Mientras que entonces el oleaje de la revolución cedía y la contrarrevolución triunfaba, en 1912 alzóse la primera oleada de la nueva revolución. Precisamente por eso, entonces los obreros manifestaron apatía ante las elecciones y en algunos sitios hasta las boicotearon; las boicotearon, naturalmente, de un modo pasivo, demostrando así que el boicot pasivo es un síntoma indudable de apatía y de debilidad. Precisamente por eso, ahora, en una atmósfera de revolución ascendente, los obreros han ido a las elecciones con gran interés, desechando la enervante indiferencia política. Es más: los obreros han luchado por participar en las elecciones; han tratado de conseguir y han conseguido ese derecho, a pesar de todos los subterfugios y obstáculos policíacos, mediante grandiosas huelgas contra las “aclaraciones”. Este es un síntoma indudable de que el estado de catalepsia política ha pasado y la revolución ha salido del punto muerto en que se hallába. Verdad es que el oleaje de la nueva revolución aún no es tan fuerte como para que se pueda plantear, digamos, la cuestión de la huelga Política general. Pero es ya tan fuerte, que en algunos sitios se puede romper la telaraña de las “aclaraciones” para reanimar las elecciones, para organizar mejor las fuerzas del proletariado y para la educación política de las masas.

I. La curia obrera 1. La lucha por la participación en las elecciones. No estará de más señalar que la iniciativa de la campaña huelguística correspondió al representante del Comité Central y al Comité de Petersburgo de nuestro Partido. A últimas horas de la tarde del 4 de octubre, en vísperas de las elecciones de compromisarios, supimos que la comisión de distrito había aplicado las “aclaraciones” a los apoderados de las fábricas más importantes (Putílov y otras). Una hora más tarde se reúne la Comisión Ejecutiva del Comité de Petersburgo con el representante del C.C.122 y, después de confeccionar una nueva lista de compromisarios, acuerda que se declare la huelga de protesta de veinticuatro horas. En la noche de ese mismo día, se reúne el grupo socialdemócrata de la fábrica Putílov y aprueba el acuerdo del Comité de Petersburgo. El día 5 comienza la huelga en la fábrica Putílov. Toda la fábrica para. El día 7 (domingo) se reúne el grupo socialdemócrata de los astilleros del Neva y se adhiere al acuerdo del Comité de Petersburgo. El día 8 se declaran en huelga todos los obreros de los astilleros. Las demás fábricas les siguen. No sólo paran aquellas empresas a las que han sido aplicadas las “aclaraciones”, sino también las no “aclaradas” (Pall), así como las que, según el “reglamento electoral”, no tenían derecho a elegir en la curia obrera. Van a la huelga en señal de solidaridad. Abundancia de canciones revolucionarias y de manifestaciones... El 8 de octubre, entrada la noche, se sabe que la comisión electoral de la provincia anula las elecciones de compromisarios y las “aclaraciones” de la comisión de distrito, “restablece en sus derechos” a los obreros de la fábrica Putílov e incluye en las elecciones un número mayor de empresas.

Los obreros celebran su victoria. Los obreros han vencido. Es interesante la resolución adoptada por los obreros en los astilleros del Neva y en la fábrica Putílov al declarar la huelga: “Al protestar contra la violación de nuestros derechos electorales, declaramos que sólo el derrocamiento del zarismo y la conquista de la república democrática puede garantizar a los obreros el derecho electoral y una libertad de elecciones efectiva”. La resolución de los liquidadores diciendo que “...Sólo el sufragio universal en las elecciones a la Duma de Estado podría garantizar el derecho electoral”, fue rechazada. Estas resoluciones se discutieron previamente en los grupos socialdemócratas de las fábricas; y cuando se vio, por ejemplo, en el grupo de los astilleros del Neva, que la resolución de los liquidadores no era acogida con simpatía, los partidarios de la misma se comprometieron a no presentarla en el mitin ante la masa de los obreros sin partido y a apoyar la resolución adoptada por el grupo. En su honor, es necesario señalar que cumplieron su palabra. Por su parte, los antiliquidadores respondieron con idéntica lealtad, eligiendo como apoderado a Gudkov, al que, teniendo como tenían mayoría en la fábrica, podían haber “echado abajo”. No estaría mal si “Luch”, que tan bien sabe escribir de lo que no ha ocurrido en las fábricas, que ha silenciado en cambio la mencionada resolución de los astilleros del Neva y, por añadidura, ha falseado la adoptada en Putílov, tuviera aunque no fuese más que una pizca de ese sentido de la

responsabilidad. Así, pues, los obreros lucharon por la participación en las elecciones y consiguieron participar en ellas. Que saquen de eso la correspondiente enseñanza los eseristas de Petersburgo, que con tan mala fortuna intervinieron en los astilleros del Neva contra las elecciones. Los obreros lucharon por participar en las elecciones bajo la consigna de la república democrática. Que saquen de eso la correspondiente enseñanza los fetichistas de las “reformas parciales”, los liquidadores de “Luch”.

2. El mandato al diputado Aun no habían terminado las huelgas contra las “aclaraciones”, cuando se reunía ya el Congreso de apoderados. Se podía asegurar de antemano que el mandato elaborado por el Comité de Petersburgo y aprobado por las grandes fábricas de la capital (Putílov, astilleros del Neva, Pall) sería aceptado por los apoderados. Y, en efecto, el mandato fue aprobado por una mayoría aplastante; un grupo minúsculo de liquidadores se abstuvo de votar. Los intentos de esos liquidadores para impedir la votación fueron acogidos con voces de: “¡No estorbéis!”. En su mandato al diputado, los apoderados hablan de “las tareas de 1905” y señalan que estas tareas “no han sido realizadas”, que el desarrollo económico y político de Rusia “hace inevitable la realización de las mismas”. La lucha de los obreros y de los campesinos revolucionarios por el derrocamiento del zarismo, a pesar de la política conciliadora de la burguesía demócrata constitucionalista, esa lucha, cuyo jefe sólo puede ser el proletariado, es, según el mandato, lo que permitirá realizar las tareas de 1905 (v. el “Mandato” en el “Sotsial-Demokrat”, núm. 28- 29).

Como veis, esto dista mucho de ser la liberal y liquidadora “revisión de las disposiciones agrarias de la III Duma”o las “elecciones generales a la Duma de Estado” (v. la plataforma de los liquidadores). Los obreros de Petersburgo han permanecido fieles a las tradiciones revolucionarias de nuestro Partido. Las consignas de la socialdemocracia revolucionaria, y sólo ellas, obtuvieron la aprobación del Congreso de apoderados. En el Congreso decidían los sin-partido (de 82 apoderados, 41 eran “simplemente socialdemócratas” y hombres sin partido), y si hasta en una asamblea así es aceptado el mandato del Comité de Petersburgo, eso quiere decir que las consignas del Comité de Petersburgo tienen raíces firmes en el sentir y el pensar de la clase obrera. ¿Cuál fue la actitud de los liquidadores ante todo esto? Si hubiesen tenido fe en sus puntos de vista y no cojeasen en cuanto a honestidad política se refiere, habrían sostenido una lucha abierta contra el mandato, oponiendo a éste el suyo propio, o, al verse derrotados, habrían retirado de las listas a sus candidatos. Pero si presentaron su propia lista de candidatos a compromisarios, en oposición a la lista de los antiliquidadores, ¿por qué no expusieron también abiertamente sus puntos de vista, su mandato?

Y cuando fue aprobado el mandato de los antiliquidadores, ¿por qué no declararon públicamente y con toda honradez que ellos, como adversarios del mandato, no podían ser elegidos como sus futuros defensores y que retiraban sus candidaturas, dejando libre el campo a los partidarios del mandato? Esta es una norma elemental de honestidad política. ¿Q tal vez los liquidadores no hablaron del mandato porque la cuestión no se había debatido lo suficiente y en el Congreso fue decidida por los votos de los sin-partido? Pero ¿porqué, en tal caso, no se sometieron a la decisión de los 26 apoderados socialdemócratas, que se habían reunido clandestinamente unos cuantos días antes del Congreso de apoderados y que aprobaron, después de discutirla, la plataforma de los antiliquidadores (por una mayoría de 16 votos contra 9 y una abstención)? ¿Y no asistieron acaso a esa reunión tanto los líderes como los apoderados de los liquidadores? ¿Qué altas consideraciones guiaron a los liquidadores al pisotear, al mismo tiempo, tanto el mandato del Congreso en pleno como la voluntad de los 26 apoderados socialdemócratas? Evidentemente, aquí sólo pudo haber una consideración: fastidiar a los antiliquidadores y hacer que “como fuese” saliesen elegidos los suyos.

Pero el caso es que, si los liquidadores hubiesen recurrido a una lucha abierta, no habrían logrado que saliese elegido ni un solo de sus partidarios, pues para todo el mundo estaba claro que la liquidadora “revisión de las disposiciones agrarias de la III Duma” no contaría con simpatías entre los apoderados. Quedaba un solo recurso: esconder la bandera, fingirse partidarios del mandato, declarando que, “en rigor, también nosotros estamos a favor de un mandato casi igual”, y lograr, “como fuese”, la elección de los suyos. Y así procedieron. Pero, al proceder de ese modo, los liquidadores reconocieron su derrota, quedando así en bancarrota política. Pero obligar al adversario a arriar su bandera, es decir, obligarle a reconocer que su bandera no sirve, es decir, obligarle a reconocer la superioridad ideológica de su enemigo, significa, precisamente, obtener una victoria moral. Cosa “extraña”: ¡los liquidadores cuentan con un “amplio partido obrero”; los antiliquidadores, por el contrario, son un “círculo fosilizado”, y, sin embargo, ese “círculo estrecho” ha vencido al “amplio partido”! ¡Qué milagros ocurren en el mundo!...

3. La unidad como mascara y la elección del

diputado Cuando los diplomáticos burgueses preparan una guerra, empiezan a alborotar ruidosamente, hablando de “paz” y de “relaciones amistosas”. Si cualquier ministro de Negocios Extranjeros comienza a propugnar con todo calor una “Conferencia de paz”, debéis saber que “su gobierno” ya ha ordenado una construcción de nuevos acorazados y monoplanos. Las palabras de un diplomático deben estar en discordancia con los hechos: si no, ¿qué diplomático sería? Las palabras son una cosa, y los hechos otra completamente distinta. Las buenas palabras son una máscara para encubrir los malos hechos. Un diplomático sincero es tan inconcebible como el agua seca o el hierro de madera. Lo mismo cabe decir de los liquidadores, con sus falsos clamores de unidad. Hace poco, el camarada Plejánov, partidario de la unidad en el seno del Partido, escribía con motivo de las resoluciones de la Conferencia de los liquidadores que “esas resoluciones atufan a diplomacia a diez leguas”. Además, el mismo camarada Plejánov calificaba de “escisionista” la Conferencia de los liquidadores. Hablando más claramente, cabe decir que los liquidadores engañan a los obreros con sus diplomáticos clamores de unidad, pues, al hablar de unidad, lo que hacen es practicar la escisión.

Y, en efecto, los liquidadores son unos diplomáticos dentro de la socialdemocracia, que encubren con buenas palabras acerca de la unidad la mala causa de la escisión que ellos provocan. Cuando un liquidador se desgañita propugnando la unidad, debéis saber que ya la ha pisoteado en nombre de la escisión. Las elecciones de Petersburgo son una prueba palmaria de ello. La unidad es, ante todo, la unidad de acción de los obreros organizados por la socialdemocracia en el seno de la clase obrera, que aun no está organizada, que aun no está iluminada por la luz del socialismo. Los obreros socialdemócratas organizados plantean en sus asambleas, diversas cuestiones, las discuten, toman acuerdos y después, como un todo único, dan a conocer a los sin-partido dichos acuerdos, absolutamente obligatorios para la minoría. ¡Sin eso no hay ni puede haber unidad de la socialdemocracia! ¿Hubo un acuerdo tal en Petersburgo? Sí, lo hubo. Es el acuerdo de los 26 apoderados socialdemócratas (de las dos tendencias), que aceptaron la plataforma de los antiliquidadores. ¿Por qué los liquidadores no se sometieron a este acuerdo? ¿Por qué no cumplieron la voluntad de la mayoría de los apoderados socialdemócratas? ¿Por qué pisotearon la unidad de la socialdemocracia en Petersburgo? Porque los liquidadores son unos diplomáticos en el seno de la socialdemocracia, que fraguan la escisión bajo la máscara de la unidad.

Además, la unidad es la unidad de acción del proletariado frente a todo el mundo burgués. Los representantes del proletariado toman acuerdos y los cumplen actuando como un todo único, con la condición de que la minoría se someta a la mayoría. ¡Sin eso no hay ni puede haber unidad del proletariado! ¿Hubo un acuerdo tal del proletariado de Petersburgo? Sí, lo hubo. Es el mandato antiliquidador, aceptado por la mayoría del Congreso de apoderados. ¿Por qué los liquidadores no acataron el mandato de los apoderados? ¿Por qué burlaron la voluntad de la mayoría de los apoderados? ¿Por qué pisotearon la unidad de la clase obrera en Petersburgo? Porque la unidad propugnada por los liquidadores es fraseología diplomática que encubre una política de ruptura de la unidad... Cuando los liquidadores consiguieron al fin - burlando la voluntad de la mayoría, maniobrando para que fuesen votados elementos vacilantes (Sudakov) y prodigando promesas del más puro estilo diplomático- que fuesen elegidos tres compromisarios suyos, surgió la pregunta de cómo proceder. La única salida honesta era echar a suertes. Y los antiliquidadores así lo propusieron a los liquidadores, ¡pero éstos no aceptaron!

El liquidador Y, que sostuvo conversaciones acerca de esa propuesta con el bolchevique X (los nombres de los negociadores de ambas partes podemos darlos en caso necesario y siempre que se guarde el secreto), después de consultar con sus correligionarios, contestó:”“No podemos aceptar la propuesta de echar a suertes, porque nuestros compromisarios se deben al acuerdo de nuestro organismo dirigente”. ¡Que prueben los señores liquidadores desmentir esta afirmación nuestra! Se burla la voluntad de la mayoría de los apoderados socialdemócratas, se burla la voluntad de la mayoría del Congreso de apoderados, se rechaza la propuesta de echar a suertes, se declina la propuesta de una candidatura única a la Duma, y todo ello en interés de la unidad; ¡muy original es vuestra “unidad”, señores liquidadores! Por cierto, la política escisionista de los liquidadores no es nueva. A partir de 1908 vienen haciendo agitación contra el Partido clandestino. Los chanchullos de los liquidadores en las elecciones de Petersburgo son continuación de su vieja política escisionista. Se dice que Trotski, con su campaña “unificadora”, ha llevado “aires nuevos” a los viejos “asuntos” de los liquidadores. Pero eso no es cierto. A pesar de los “heroicos” esfuerzos de Trotski y de sus “terribles amenazas”, no ha resultado ser, al fin y al cabo, más que un ruidoso campeón de falsa musculatura, pues en cinco años de “actuación” no ha sido capaz de unir a nadie más que a los liquidadores. ¡Nueva algarabía y viejos asuntos! Pero volvamos a las elecciones. Al rechazar la

propuesta de echar a suertes, los liquidadores podían contar con una sola cosa: ¡con que la burguesía (los demócratas constitucionalistas y los octubristas) preferiría a un liquidador! A fin de hacer fallar ese apañado calculejo, el Comité de Petersburgo no podía proceder de otra manera que dando la directiva de que todos los compromisarios se presentaran cómo candidatos, pues entre los liquidadores había también un “vacilante” (Sudakov) y, en general, no eran un grupo unido. Cumpliendo la directiva del Comité de Petersburgo, se presentaron como candidatos a las elecciones todos los compromisarios antiliquidadores. ¡Y el apañado calculejo de los liquidadores falló! Y no hubo desmoralización entre los antiliquidadores, sino entre los compromisarios liquidadores, que contra el acuerdo de su “organismo” se presentaron como candidatos uno tras otro. No era de extrañar que Gudkov se hubiese mostrado de acuerdo con la candidatura de Badáiev (¡pesaba sobre Gudkov el mandato antiliquidador, que había sido aprobado en su fábrica!), sino que el liquidador Petrov, y tras éste el propio Gudkov, se presentasen como candidatos después de la elección de Badáiev. De lo dicho se desprende una sola conclusión: la unidad es para los liquidadores una máscara que encubre su política escisionista, un caballejo sobre el cual querían entrar en la Duma, pese a la voluntan de la socialdemocracia y del proletariado de Petersburgo.

II. La curia urbana Los acontecimientos del Lena y, en general, la reanimación entre los obreros ejercieron su influencia en el elector de la segunda curia. Las capas democráticas de la población urbana han virado hacia la izquierda en grado considerable. Si hace cinco años, después de la derrota de la revolución, “sepultaban” los ideales de 1905, ahora, después de las huelgas de masas, los viejos ideales han comenzado a renacer. La política ambigua de los demócratas constitucionalistas ha creado un descontento que ellos no podían menos de notar. Por otra parte, los octubristas “no justificaron” las esperanzas de los grandes comerciantes y industriales. Iban a quedar plazas vacantes, cosa que los demócratas constitucionalistas tampoco podían menos de observar. Y los demócratas constitucionalistas resolvieron ya en mayo de este año jugar en dos frentes. No luchar, sino jugar. A ello precisamente se debe la dualidad de la campaña electoral de los demócratas constitucionalistas en dos diferentes curias, lo cual no ha podido menos de extrañar a los electores. La lucha contra los demócratas constitucionalistas, por la influencia en las capas democráticas, pasó a ser el eje de la campaña electoral de los socialdemócratas. Hegemonía de la burguesía contrarrevolucionaria o hegemonía del proletariado revolucionario: éste es el “esquema” de los bolcheviques, contra el que durante muchos años los liquidadores vienen librando una lucha sin perspectivas y al que ahora se han visto obligados a someterse, como ante una necesidad vital evidente e inevitable. La victoria en la segunda curia dependía de cómo procedieran las capas democráticas, democráticas por su situación, pero que todavía no tenían conciencia de sus propios intereses. ¿A quién seguirían esas capas: a la socialdemocracia o a los demócratas constitucionalistas? Existía además, otro campo, los derechistas, con los octubristas, pero no había motivo para habla en serio del “peligro cien-negrista”, pues era claro que los derechistas sólo podían reunir un número insignificante de votos.

Ahora bien, aunque no faltaron las habladurías acerca de la necesidad de “no asustar a la burguesía” (v. el artículo de F. D. en “Nevski Golos”126), únicamente hacían sonreír, pues era claro que la socialdemocracia no sólo tenía que “asustar” a esa misma burguesía; debía arrojarla de sus posiciones en la persona de sus abogados, los demócratas constitucionalistas. Hegemonía de la socialdemocracia o hegemonía de los demócratas constitucionalistas: así planteaba la cuestión la propia vida. Eso hacía evidente la necesidad de una extraordinaria cohesión de la socialdemocracia en todo el curso de la campaña. Precisamente por ello la comisión electoral del Comité de Petersburgo llegó a un acuerdo con otra comisión, compuesta de mencheviques y de liquidadores aislados. Fue un acuerdo respecto a las personas, con una libertad completa de agitación electoral y con la condición inexcusable de que en la lista de candidatos a la Duma “no podía figurar ninguna persona cuyo nombre o cuya actividad estuviesen ligados a la lucha contra la existencia del Partido” (tomado del “acta” de las negociaciones). La conocida lista socialdemócrata de la segunda curia no fue confeccionada hasta que los antiliquidadores no consiguieron que fuesen rechazadas las candidaturas de Ab... y L…, conocidos liquidadores de Petersburgo “cuyo nombré y cuya actividad estaban ligados”, etc. No estará de más señalar aquí, para caracterizar a los “partidarios de la unidad”, que éstos, después de la elección de Chjeídze en Tiflis, se negaron resueltamente a reemplazarlo por la candidatura del socialdemócrata Pokrovski, ex diputado a la III Duma, y amenazaron con presentar una lista paralela y desbaratar la campaña. Pero la reserva hecha acerca de la “libertad de agitación electoral” resultó, si se quiere, superflua, pues el curso de la campaña evidenció que, en la lucha contra los demócratas constitucionalistas, la única campaña posible es una campaña

socialdemócrata revolucionaria, es decir, bolchevique. ¿Quién no recuerda los discursos de los oradores y de los candidatos de la organización socialdemócrata de Petersburgo acerca de la “hegemonía del proletariado” y de los “viejos métodos de lucha” en oposición a los “nuevos métodos parlamentarios”, acerca del “segundo movimiento” y de la “impropiedad de la consigna de un ministerio responsable demócrata constitucionalista”? ¿A dónde han ido a parar las letanías de los liquidadores en cuanto a la “necesidad de no dividir a la oposición”, en cuanto al “viraje de la burguesía demócrata constitucionalista hacia la izquierda”, en cuanto a la “presión” sobre dicha burguesía? Y la agitación desplegada contra los demócratas constitucionalistas por los liquidadores de “Luch”, que “se tragaban” a los demócratas constitucionalistas y los “asustaban” a veces en exceso, ¿acaso todo ello no testimonia que la propia vida decía la verdad hasta “por boca de los niños”? ¿A dónde fue a parar el espíritu de principio de Dan, Mártov y los demás adversarios de la política de “tragarse a los demócratas constitucionalistas”? El “amplio partido obrero” de los liquidadores ha sufrido una derrota más en la lucha contra el “círculo clandestino”. Pensad por un momento: ¡el “amplio partido obrero (?)” prisionero de un “círculo” pequeño, muy pequeño! ¡Qué milagro!...

III. Conclusiones Lo dicho evidencia ante todo que los discursos acerca de los dos campos -el campo de los partidarios del régimen del 3 de junio y el campo de sus adversarios- carecen de base. De hecho, en las elecciones no intervinieron dos campos, sino tres: el campo de la revolución (los socialdemócratas), el campo de la contrarrevolución (los derechistas) y el campo de los conciliadores, que minan la revolución y llevan el agua al molino de la contrarrevolución (los demócratas constitucionalistas). No había ni sombra de una “oposición única” contra la reacción. Además, las elecciones indican que el deslinde entre los dos campos extremos ha de ser más acusado aún y que, debido a ello, el campo intermedio se ha de disgregar: las gentes de espíritu democrático saldrán de él para acercarse a la socialdemocracia, y el propio campo intermedio se irá desplazando, poco a poco, hacia la contrarrevolución. Debido a ello, los discursos acerca de las “reformas” desde arriba, acerca de la imposibilidad de “explosiones” y acerca de un “desarrollo orgánico” de Rusia bajo la égida de la “Constitución”, pierden todo fundamento.

El curso de los acontecimientos conduce de modo inevitable a una nueva revolución, y tendremos que atravesar un “nuevo año 1905”, digan lo que digan los Larin y demás liquidadores. Por último, las elecciones indican que el proletariado, y sólo él, está llamado a ponerse a la cabeza de la próxima revolución, reuniendo, paso a paso, en torno suyo a todo lo que en Rusia hay de honesto y de democrático, a cuantos anhelan que la patria sea liberada de la esclavitud. Es suficiente conocer la marcha de las elecciones en la curia obrera, es suficiente saber con quién están las simpatías de los obreros de Petersburgo, claramente expresadas en el mandato de los apoderados, basta conocer su lucha revolucionaria por el derecho a participar en las elecciones, para persuadirse de ello. Todo eso permite asegurar que las elecciones en Petersburgo han confirmado por entero que las consignas de la socialdemocracia revolucionaria son acertadas. Vitalidad y potencia de la socialdemocracia revolucionaria: tal es la primera deducción. Bancarrota política de los liquidadores: tal es la segunda deducción.

Publicado con la firma de K. Stalin el 12 (25) de enero de 1913 en el núm. 30 del periódico “Sotcial- Demokrat”. Se publica de acuerdo con el texto del periódico.