El 9 de enero

¡Camaradas! De nuevo conmemoramos el 9 de enero, día marcado con la sangre de centenares de obrero, hermanos nuestros, a los que el zar Nicolás Románov asesinó el 9 de enero de 1905, por acudir a él, pacíficos e inermes, a pedirle una vida mejor. Ocho años han pasado desde entonces. ¡Ocho largos años, en el transcurso de los cuales, a excepción de un fugaz instante de luminosa libertad, el zar y los terratenientes no han dejado de torturar y martirizar a nuestro país! También ahora, lo mismo que antes, en Rusia se abre fuego contra los obreros por una huelga pacífica, como se hizo en el Lena. También ahora, lo mismo que antes, millones y millones de campesinos son condenados al hambre, como sucedió en el año 1911. También ahora, lo mismo que antes, se atormenta y escarnece en las cárceles zaristas a los mejores hijos del pueblo, llevándoles hasta el suicidio en masa, como aconteció no hace mucho en Kutomar, Algachi, etc. También ahora, lo mismo que antes, se fusila, por sentencia de los tribunales zaristas, a los marinos y los soldados que exigen tierra para los campesinos y libertad para todo el pueblo, como ocurrió no hace mucho con 17 marinos del Mar Negro.

Así es como Nicolás Románov, zar absoluto de todas las Rusias por la gracia de los terratenientes, ejerce su poder, otorgado “por Dios” y bendecido por los bandidos ensotanados del Sínodo y por los cien-negristas: los Purishkiévich y los Jvostov. Lo mismo que antes, sigue estrangulando entre sus garras a Rusia la monarquía de los Románov, que se dispone este año a celebrar el 300 aniversario de su sangriento dominio sobre nuestro país. Pero Rusia ya no es la Rusia abatida y sumisa que durante largos años gimiera en silencio bajo el yugo de los Románov. Y, sobre todo, no es la que era nuestra clase obrera rusa, que va a la cabeza de todos los luchadores de la libertad. Y el 9 de enero de 1913 no lo conmemoraremos como esclavos sumisos y humillados, sino con la cabeza bien alta, como ejército unido de combatientes que intuyen, que saben que de nuevo se despierta la Rusia popular, que el hielo de la contrarrevolución ha sido roto, que otra vez se ha puesto en marcha el río del movimiento popular, que “nos siguen columnas de nuevos luchadores”... ¡Ocho años! ¡Qué poco tiempo es, pero cuánto se ha sufrido!... En este período hemos visto tres Dumas de Estado.

Las dos primeras, en las que tenían mayoría los liberales, pero en las que resonaban con fuerza las voces de los obreros y los campesinos, el zar las disolvió, cumpliendo la voluntad de los terratenientes cien-negristas. La propia tercera Duma era cien-negrista y durante cinco años se esforzó, con la banda zarista, por acentuar la sujeción y el yugo que oprime a los campesinos, a los obreros, a toda la Rusia popular. Durante los años de la negra contrarrevolución, la clase obrera hubo de apurar el cáliz más amargo. Desde 1907, año en que las fuerzas del viejo régimen consiguieron aplastar temporalmente el movimiento revolucionario de las masas, los obreros gimen bajo un doble yugo. La banda zarista descarga su venganza sobre ellos más despiadadamente que sobre nadie. Y contra ellos descarga también la ofensiva del capital. Los fabricantes, aprovechándose de la reacción política, arrebatan paso a paso todas las conquistas logradas por los obreros con tanto esfuerzo y con tantos sacrificios. Por medio de lockouts, con la protección de los gendarmes y la policía, los patronos aumentan la jornada de trabajo, reducen el salario, implantan el viejo orden de cosas en las fábricas.

Apretados los dientes, callan los obreros. 1908 y 1909 fueron los años en que los cien-negristas estaban más embriagados por su triunfo y en que más decayó el movimiento obrero. Pero en el verano de 1910 comienzan ya a renacer las huelgas obreras. Y a fines de 1911 se produce la protesta activa de decenas de miles de obreros contra el hecho de que continúen en presidio los diputados socialdemócratas a la II Duma, condenados sobre la base de una provocación. El movimiento de masas de los obreros terminó con la huelga del 22 de noviembre de 1907 contra la condena a trabajos forzados impuesta a los diputados socialdemócratas a la II Duma. Y el movimiento de masas de los obreros renació de nuevo a fines de 1911, también en relación con la suerte de los diputados socialdemócratas a la II Duma, estos combatientes de vanguardia, estos héroes de la clase obrera, cuya obra prosiguen ahora los diputados obreros a la IV Duma. La animación de la lucha política lleva aparejada la animación de la lucha económica de los obreros. La huelga política alimenta a la huelga económica, y viceversa. Una ola sigue a otra, y el poderoso torrente del movimiento obrero se lanza contra los

baluartes de la monarquía del zar y de la autocracia del capital. Nuevas y nuevas capas obreras despiertan a la nueva vida. Masas cada vez más vastas son atraídas a la nueva lucha. En las huelgas con motivo de la matanza del Lena, en las huelgas del 1° de Mayo, en las huelgas de protesta contra la privación de derechos electorales a los obreros y en la huelga de protesta contra la ejecución de los marinos del Mar Negro participaron cerca de un millón de personas. Fueron huelgas revolucionarias, huelgas que llevaban inscritas en sus banderas estas consignas: “¡Abajo la monarquía de los Románov! ¡Abajo todo el viejo y podrido régimen de los terratenientes, que ahoga a Rusia!” Se amplía y crece el movimiento revolucionario de los obreros. La clase obrera empieza a despertar también a la nueva lucha a otras capas de la población. Todo lo que hay de honrado, todos cuantos ansían una vida mejor empiezan a protestar contra los desmanes de la jauría zarista. Hasta la burguesía gruñe, hasta ella está descontenta del dominio total e indivisible de los Purishkiévich. El régimen del 3 de junio no ha apaciguado nada ni a nadie. Todos los años de la contrarrevolución han demostrado que en Rusia no habrá una vida libre mientras permanezca incólume la monarquía de los Románov, mientras prosiga en pie el dominio de los terratenientes. Madura y se avecina la nueva revolución, en la que la clase obrera desempeñará otra vez el honroso papel de jefe de todo el ejército liberador. En las banderas de la clase obrera siguen inscritas las tres viejas reivindicaciones por las cuales tantos sacrificios se han hecho, por las cuales tanta sangre se ha vertido. ¡Jornada de ocho horas para los obreros!

¡Toda la tierra de los terratenientes, del zar y de los monasterios, sin indemnización, para los campesinos! ¡República democrática para todo el pueblo! En torno a estas reivindicaciones se ha sostenido y se sostiene la lucha en la Rusia contemporánea. Las han vuelto a proclamar los obreros en las jornadas recientes de las huelgas con motivo de la matanza del Lena. Y las proclamará la clase obrera el 9 de enero. Los obreros de Petersburgo, Riga y Nikoláev intentaron ya en 1912 conmemorar el 9 de enero con huelgas y manifestaciones. El 9 de enero de 1913 lo haremos así en todas partes, por toda Rusia. El 9 de enero de 1905, bañada en la sangre de los obreros, nació la primera revolución rusa. Que el comienzo de 1913 sirva de preludio de la segunda revolución en Rusia. La casa de los Románov, al prepararse a celebrar en 1913 su 300 aniversario, se dispone a mantenerse aún por largo tiempo sobre las espaldas de Rusia. Digamos, pues, a esta banda el 9 de enero de 1913: ¡Basta! ¡Abajo la monarquía de los Románov! ¡Viva la República democrática! ¡Camaradas! Que el 9 de enero de 1913 no pase sin ser conmemorado en todas partes donde vive y lucha el obrero ruso. Conmemoremos en todas partes este día con asambleas, resoluciones, mítines y, donde sea posible, con una huelga de veinticuatro horas y con manifestaciones. ¡Recordemos en este día a los héroes caídos en la lucha! Como mejor honraremos su memoria será haciendo resonar en este día por toda Rusia nuestras viejas reivindicaciones: ¡República democrática! ¡Confiscación de las tierras de los terratenientes! ¡Jornada de ocho horas! El Comité Central del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia. ¡Camaradas! Preparad la protesta del 9 de enero.

Editado como proclama a fines de diciembre de 1912 y comienzos de enero de 1913. Se publica de acuerdo con el texto de la proclama.