En la última reunión del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Petrogrado, los eseristas han votado por la abolición de la pena de muerte y se han adherido a la protesta contra la detención de bolcheviques. La cosa es, por supuesto, excelente y laudable. A este propósito nos permitiremos hacer sólo una pequeña pregunta. ¿Quién implantó la pena de muerte en el frente?, ¿quién detenía a los bolcheviques? Ni más ni menos que los eseristas (¡con la benévola cooperación de los demócratas constitucionalistas y de los mencheviques!). Por lo que sabemos, el ciudadano primer ministro A. F. Kerenski es miembro del partido socialrevolucionario. Su nombre exorna la lista de los candidatos del partido socialrevolucionario en las elecciones a la Duma municipal de Petrogrado. Por lo que se sabe, el ciudadano B. V. Sávinkov, subsecretario de Guerra, es también miembro del partido socialrevolucionario. Y precisamente estos dos destacados “socialrevolucionarios” son los autores principales del restablecimiento de la pena de muerte en el frente. (A ellos se debe agregar, además, al general Kornílov, pero este último aun no ha ingresado en el partido socialrevolucionario.) Además, sabemos que el ciudadano Chernov, ministro de Agricultura, es también, por lo que parece, miembro del partido socialrevolucionario. Y, en fin, el ciudadano N. D. Avxéntiev, ministro del Interior, o sea, el hombre que con Kerenski ocupa el lugar más destacado en el ministerio, es también miembro del partido socialrevolucionario. Y fueron precisamente todos estos honorabilísimos “socialrevolucionarios” los que implantaron la pena de muerte en el frente y los que detenían a los bolcheviques. Cabe preguntar: ¿qué singular división del trabajo en el partido socialrevolucionario es ésa, en que unos miembros protestan airadamente contra la implantación de la pena de muerte y otros la implantan con sus propias manos?... ¡Pasmoso asunto! Hace tan poco qué derribamos el régimen autocrático, hace tan poco que comenzamos a vivir “a la europea” y, sin embargo, hemos asimilado de golpe todos los malos aspectos del “europeísmo”. Tomemos cualquier partido radical burgués, pongamos por caso, en Francia.

Este partido se llamará, indefectiblemente socialista: partido “radical socialista”, partido “socialista independiente”, etc., etc. Estos partidos siempre prodigan las frases “izquierdistas” ante los electores, ante las masas, ante “los de abajo”, sobre todo en vísperas de elecciones y, más aún, cuando la competencia de un partido auténticamente socialista les hace perder terreno. Y, al mismo tiempo, los ministros de ese mismo partido “radical socialista” y “socialista independiente” efectúan con toda tranquilidad “arriba” su labor burguesa, sin tomar en consideración ni remotamente las aspiraciones socialistas de sus electores. Así proceden también ahora los socialrevolucionarios. ¡Venturoso partido! ¿Quién implantó la pena de muerte? ¡Los socialrevolucionarios! ¿Quién ha protestado contra la pena de muerte? ¡Los socialrevolucionarios! Pide, que hay para todos los gustos... Con tal conducta, los socialrevolucionarios esperan guardar las apariencias (no perder popularidad ante las masas) y sacar tajada (conservar las carteras ministeriales); Podrá decirse que en todos los partidos hay divergencias, que unos militantes piensan de un modo y otros de otro.

Sí, pero hay divergencias y divergencias. Si unos están en favor de los verdugos y otros en contra de los verdugos, será bastante difícil conciliar tales “divergencias” en el seno de un partido. Y si, además, los que están en favor de los verdugos son los jefes de mayor responsabilidad del partido - ministros que en el acto convierten en realidad su opinión-, todo hombre con criterio político juzgará de la política de tal partido precisamente por la gestión de esos ministros, y no por una u otra resolución de protesta, a la que se hayan adherido los militantes de base del partido. El baldón sigue sin lavar. El partido socialrevolucionario continúa siendo el partido de la pena de muerte, el partido de los carceleros, el partido que detiene a los jefes de la clase obrera. Jamás los eseristas podrán lavarse el baldón de que la pena de muerte la hayan restablecido los miembros más destacados de su partido. Jamás los eseristas podrán lavarse la mancha de que su gobierno haya estimulado abominables calumnias contra los jefes del Partido obrero, de que su gobierno haya intentado montar un nuevo asunto Dreyfus contra Lenin...

Publicado sin firma el 23 de agosto de 1917 en el núm. 9 de “Proletari”.