14 de noviembre de 1917 Camaradas: He sido delegado para saludaros en nombre de la revolución obrera de Rusia, que resquebraja los cimientos del régimen capitalista. He venido para saludar vuestro Congreso en nombre del Gobierno obrero y campesino de Rusia, en nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo, nacido en el fuego de esta revolución. Mas no sólo he venido a saludaros. Quisiera, ante todo, transmitiros las gratas nuevas de las victorias de la revolución rusa, de la desorganización de sus enemigos y deciros que, en la atmósfera de la guerra imperialista que agoniza, las probabilidades de éxito de la revolución aumentan día tras día. Ha sido roto el yugo terrateniente, ya que el Poder en la aldea, ha pasado a manos de los campesinos. Ha sido roto el Poder de los generales, ya que el Poder en el ejército se ha concentrado en manos de los soldados. Se ha sujetado a los capitalistas, ya que se implanta a toda prisa el control obrero de las fábricas, de los bancos. Todo el país, las ciudades y los pueblos, la retaguardia y el frente, está sembrado de comités revolucionarios de obreros, soldados y campesinos que toman en sus manos las riendas de la administración.

Trataban de intimidarnos con Kerenski y con los generales contrarrevolucionarios, pero Kerenski ha sido expulsado y los generales son mantenidos a raya por los soldados y los cosacos, solidarizados también con las reivindicaciones de los obreros y de los campesinos. Trataban de intimidarnos con el hambre, auguraban que el Poder Soviético perecería entre las garras del desbarajuste del abastecimiento. Pero nos ha bastado sujetar a los especuladores, nos ha bastado dirigirnos a los campesinos, para que el trigo haya comenzado a fluir a la ciudad por centenares de miles de puds. Trataban de intimidarnos con la desorganización del aparato del Estado, con el sabotaje de los funcionarios, etc. Nosotros ya sabíamos que el nuevo gobierno, el gobierno socialista, no conseguiría tomar sencillamente y hacer suyo el viejo aparato del Estado, el aparato burgués. Pero nos ha bastado acometer la renovación del viejo aparato, su depuración de elementos antisociales, para que el sabotaje haya comenzado a remitir. Trataban de intimidarnos con las “sorpresas” de la guerra, con posibles complicaciones por parte de las camarillas imperialistas con motivo de nuestra propuesta de una paz democrática. Y, en efecto, se peligro -un peligro mortal- ha existido.

Pero ha existido después de la toma de Ösel, cuando el gobierno Kerenski se disponía a huir a Moscú y a entregar Petrogrado, y los imperialistas anglo- alemanes se confabulaban para concertar una paz a expensas de Rusia. Sobre la base de tal paz, los imperialistas habrían podido, en efecto, malograr la revolución rusa y, quizá, la revolución internacional. Pero la Revolución de Octubre llegó oportunamente. Tomó en sus propias manos la causa de la paz, arrancó de manos del imperialismo internacional el arma más peligrosa y, de tal modo, preservó a la revolución de un peligro de muerte. Los viejos lobos del imperialismo se han encontrado ante la disyuntiva de rendirse al movimiento revolucionario que arrecia en todos los países y aceptar la paz o proseguir la lucha mediante la continuación de la guerra. Pero continuar la guerra al cuarto año de empezada, cuando el mundo entero se asfixia en sus garras, cuando la campaña invernal “en puertas” provoca una tempestuosa indignación entre los soldados de todos los países, cuando han sido publicados ya los inmundos tratados secretos, continuar la guerra en tales condiciones significa condenarse a un fracaso evidente. En esta ocasión, los viejos lobos del imperialismo han cometido un error de cálculo.

Y precisamente por eso no nos asustan las “sorpresas” de los imperialistas. Trataban de intimidarnos, en fin, con la disgregación de Rusia, con su fraccionamiento en múltiples Estados independientes, y aludían, tildándolo de “funesto error”, al derecho de las naciones a la autodeterminación proclamado por el Consejo de Comisarios del Pueblo. Pero debo declarar del modo más terminante que no seríamos demócratas (¡no hablo ya del socialismo!) si no hubiésemos reconocido a los pueblos de Rusia el derecho a la libre determinación. Declaro que habríamos traicionado el socialismo si no hubiésemos adoptado todas las medidas para el restablecimiento de la confianza fraterna entre los obreros de Finlandia y de Rusia. Pero todo el mundo sabe que el restablecimiento de tal confianza es inconcebible sin el firme reconocimiento del derecho de libre determinación al pueblo finlandés. Y lo importante aquí no es sólo su reconocimiento de palabra, aunque sea oficialmente. Lo importante es que el Consejo de Comisarios del Pueblo confirmará en la práctica este reconocimiento verbal, que lo cumplirá sin vacilaciones, ya que el tiempo de las palabras ha pasado, ya que ha llegado la época en que la vieja consigna de “¡Proletarios de todos los

países, uníos!” debe ser llevada a la práctica. ¡Plena libertad, de estructurar su vida al pueblo finlandés, como a los demás pueblos de Rusia! ¡Unión voluntaria y honrada del pueblo finlandés con el pueblo ruso! ¡Ninguna tutela, ningún control desde arriba sobre el pueblo finlandés! Tales son los principios rectores de la política del Consejo de Comisarios del Pueblo. Sólo esta política puede dar por fruto la confianza mutua entre los pueblos de Rusia. Sólo sobre la base de tal confianza puede lograrse la agrupación de los pueblos de Rusia en un ejército. Sólo con tal agrupación pueden ser consolidadas las conquistas de la Revolución de Octubre e impulsada la causa de la revolución socialista internacional. Por eso nos sonreímos siempre que nos hablan de la inevitable disgregación de Rusia con motivo de llevar a la práctica la idea del derecho de las naciones a la autodeterminación. Tales son las dificultades con que trataban y siguen tratando de intimidarnos nuestros enemigos, pero que vamos venciendo conforme crece la revolución. Camaradas: Hasta nosotros han llegado noticias de que vuestro país atraviesa una crisis de Poder semejante a la de Rusia en vísperas de la Revolución de Octubre. Hasta nosotros han llegado noticias de que también tratan de intimidaros con el hambre, con el sabotaje, etc. Permitidme que os diga, basándome en la experiencia adquirida en la práctica del movimiento revolucionario de Rusia, que esos peligros, aun cuando sean reales, no son, ni mucho menos invencibles. Se les puede vencer, si se actúa con decisión y sin vacilaciones. En la atmósfera de la guerra y del desbarajuste económico, en la atmósfera del movimiento revolucionario que arrecia en Occidente y de las crecientes victorias de la revolución obrera en Rusia, no hay peligros ni dificultades que puedan resistir a vuestro empuje. En tal atmósfera sólo puede mantenerse y vencer un Poder, el Poder socialista. En tal atmósfera sólo sirve una táctica, la táctica de Dantón: ¡audacia, audacia y siempre audacia! Y si necesitáis nuestra ayuda, os la daremos, tendiéndoos fraternalmente la mano. Podéis estar, seguros de ello.

Publicado el 16 de noviembre de 1917 en el núm. 191 de “Pravda”.