Una de las llagas de la vieja Rusia, que arrojaban sobre ella una sombra ignominiosa, era la de la opresión nacional. La persecución religiosa y nacional, la rusificación forzada de los pueblos “alógenos”, las persecuciones contra las instituciones culturales nacionales, la privación de derechos electorales, la privación de la libertad de traslado, el azuzamiento de una nacionalidades contra otras, los pogromos y las matanzas: tal era la opresión nacional, de vergonzosa memoria. ¿Cómo puede ser eliminada la opresión nacional? La base social de esta opresión, la fuerza que la anima, es la caduca aristocracia agraria. Y cuanto mayor es su participación en el Poder, cuanto más firmemente lo detenta, mayor es la opresión nacional y más monstruosas son las formas que toma. En la vieja Rusia, cuando estaba en el Poder la vieja aristocracia agraria feudal, la opresión nacional actuaba sin freno y tomaba con frecuencia la forma de pogromos (contra los judíos) y de matanzas (entre armenios y tártaros).

En Inglaterra, donde la aristocracia agraria (los landlords) comparte el Poder con la burguesía, donde hace ya mucho que esa aristocracia no es la única detentadora del Poder, la opresión nacional es más suave, menos inhumana; si prescindimos, claro está, de la circunstancia de que en el transcurso de la guerra, cuando el Poder ha pasado a manos de los landlords, la opresión nacional se ha acentuado sensiblemente (persecuciones contra los irlandeses y los hindúes). Y en Suiza y en Norteamérica, donde no existe ni ha existido el landlordismo, donde la burguesía no comparte el Poder con nadie, las nacionalidades se desarrollan más o menos libremente, y la opresión nacional, hablando en términos generales, apenas existe. Esto se explica, principalmente, porque la aristocracia agraria, por su propia posición, es (¡no puede dejar de serlo!) el enemigo más acérrimo e implacable de toda libertad, incluida la libertad de las nacionalidades; porque la libertad, en general, y la libertad de las nacionalidades, en particular, mina (¡no puede dejar de hacerlo!) los propios cimientos de la dominación política de la aristocracia agraria. Barrer de la escena política a la aristocracia feudal, arrancarle el Poder, es, precisamente, poner fin a la opresión nacional, crear las condiciones reales necesarias para la libertad de las nacionalidades.

Por cuanto ha vencido, la revolución rusa ha creado ya estas condiciones reales, derrocando el Poder de los feudales y estableciendo las libertades. Ahora es preciso: 1) formular los derechos de las nacionalidades liberadas de la opresión y 2) consolidar esos derechos por vía legislativa. Sobre esta base nació el decreto del Gobierno Provisional aboliendo las restricciones religiosas y nacionales. Espoleado por el desarrollo de la revolución, el Gobierno Provisional tuvo que dar este primer paso hacia la emancipación de los pueblos de Rusia, y lo dió. El contenido del decreto se reduce, en términos generales, a la abolición de las limitaciones de los derechos de los ciudadanos que no son de nacionalidad rusa y que no profesan la religión ortodoxa, en cuanto a: 1) residencia, domicilio y traslado; 2) adquisición de derechos de propiedad, etc.; 3) ocupación en cualquier oficio, comercio, etc.; 4) participación en sociedades anónimas y otras; 5) ingreso en las oficinas del Estado, etc.; 6) ingreso en los centros de enseñanza; 7) uso de otros idiomas – además del ruso- o dialectos en la tramitación de los asuntos de las asociaciones privadas, en la enseñanza, en las escuelas particulares de todo género y en los libros de comercio.

Así es el decreto del Gobierno Provisional. Los pueblos de Rusia que hasta ahora eran considerados sospechosos pueden ahora respirar libremente y sentirse ciudadanos de Rusia. Todo eso está muy bien. Pero sería una equivocación imperdonable suponer que basta con ese decreto para garantizar la libertad de las nacionalidades y que la liberación de la opresión nacional ya ha sido llevada hasta el fin. En primer lugar, el decreto no establece la igualdad nacional en cuanto al idioma. El último punto del decreto habla del derecho a usar otros idiomas, además del ruso, en la tramitación de los asuntos de las asociaciones privadas y en la enseñanza en las escuelas particulares. Pero ¿y las regiones con una mayoría compacta de ciudadanos no rusos, cuya lengua no es el ruso (la Transcaucasia, Turkestán, Ucrania, Lituania, etc.)? No hay duda de que allí tendrán (¡deben tener!) sus dietas, y, por tanto, “asuntos” (¡en modo alguno “privados”!), y “enseñanza” en escuelas (¡no sólo “particulares”!), y todo eso, naturalmente, no sólo en ruso, sino también en las lenguas de esos pueblos. ¿Piensa el Gobierno Provisional declarar idioma oficial el ruso y privar a las regiones citadas del derecho a tramitar sus

Sobre la abolicion de las restricciones nacionales

“asuntos” y a ejercer la “enseñanza” en la lengua materna en instituciones que no son, ni mucho menos, instituciones “privadas”? Por lo visto, sí lo piensa. Pero ¿quién, como no sea un simple, puede creer que eso es la completa nivelación de los derechos de las nacionalidades, cosa que gritan y proclaman a los cuatro vientos las comadres burguesas de “Riech” y “Dien”? ¿Quién no va a comprender que eso significa legitimar la desigualdad de derechos de las naciones en cuanto al idioma? Prosigamos. Quien quiera establecer una verdadera igualdad de derechos entre las nacionalidades, no puede limitarse a la medida negativa de abolir las limitaciones; debe pasar de esta abolición a un programa positivo, que garantice la eliminación de la opresión nacional. Por ello es necesario proclamar: 1) la autonomía política (¡no la federación!) de las regiones que constituyen territorios económicos integrales y poseen un modo de vida específico y una composición nacional específica, con el derecho de tramitar los “asuntos” y de ejercer la “enseñanza” en su propio idioma; 2) el derecho a la autodeterminación para las naciones que por una u otra causa no puedan permanecer en el marco de la unidad estatal. Tal es el camino que lleva a la destrucción efectiva de la opresión nacional y que puede garantizar a las nacionalidades el máximo de libertad posible bajo el capitalismo.

Publicado con la firma de K. Stalin el 25 de marzo de 1917 en el núm. 17 de “Pravda”.