La revolución sigue desarrollándose. Tiroteada en las jornadas de julio y “enterrada” en la Conferencia de Moscú, de nuevo levanta cabeza, barriendo los viejos obstáculos y creando un nuevo Poder. La primera línea de trincheras de la contrarrevolución ha sido tomada. Después de Kornílov, retrocede Kaledin. En el fuego de la lucha resucitan los Soviets, casi difuntos. Y de nuevo empuñan el timón guiando a las masas revolucionarias. ¡Todo el Poder a los Soviets! Esa es la consigna del nuevo movimiento. El gobierno Kerenski se lanza a la lucha contra el nuevo movimiento. Ya en los primeros días de la sublevación de Kornílov, amenazó con disolver los Comités revolucionarios y tildó de “usurpación” la lucha contra la korniloviada. Desde entonces, la lucha contra los Comités ha venido intensificándose, y en los últimos tiempos se ha convertido en guerra franca. El Soviet de Simferópol detiene al célebre Riabushinski, cómplice de la conjura de Kornílov. En respuesta, el gobierno Kerenski dicta una disposición “tomando medidas”, para poner en libertad a Riabushinski y exigiendo responsabilidades a quienes le han detenido arbitrariamente” (“Riech”). En Tashkent, todo el Poder pasa al Soviet, y las viejas autoridades son destituidas. En respuesta, el gobierno Kerenski “toma medidas que por ahora quedan en secreto, pero que harán entrar en razón a los desmandados dirigentes del Soviet de Diputados Obreros y Soldados de Tashkent” (“Russkie Viédomosti”). Los Soviets exigen una investigación rigurosa y completa del asunto de Kornílov y sus secuaces. En respuesta, el gobierno Kerenski “reduce la instrucción judicial a un grupo minúsculo y no utiliza fuentes muy importantes, que permitirían calificar el crimen de Kornílov como un crimen de lesa patria, y no sólo como un motín” (informe de Shúbnikov, “Nóvaia Zhizn”).

Los Soviets exigen que se rompa con la burguesía y, en primer lugar, con los demócratas constitucionalistas. En respuesta, el gobierno Kerenski negocia con los Kishkin y con los Konoválov, invitándoles a participar en el gobierno y proclamando la “independencia” del gobierno respecto a los Soviets. ¡Todo el Poder a la burguesía imperialista! Esa es la consigna del gobierno Kerenski. No queda lugar a dudas. Nos encontramos ante dos poderes: el Poder de Kerenski y de su gobierno, y el Poder de los Soviets y de los Comités. La lucha entre estos dos poderes constituye el rasgo característico del momento que estamos viviendo. O el Poder del gobierno Kerenski, en cuyo caso tendremos la dominación de los terratenientes y de los capitalistas, la guerra y la ruina. O el Poder de los Soviets, en cuyo caso tendremos la dominación de los obreros y de los campesinos, la paz y la liquidación de la ruina. Así, y sólo así, plantea el problema la vida misma. La revolución ha planteado este problema en cada crisis de Poder, y cada vez los señores de la conciliación han eludido una respuesta concreta y, al obrar así, han entregado el Poder a los enemigos. Al convocar la Conferencia en lugar de un Congreso de los Soviets, los conciliadores querían escurrir el bulto una vez más, cediendo el Poder a la burguesía. Pero sus cálculos han fallado. Ha llegado un momento en que es imposible escurrir el bulto. A la pregunta planteada tajantemente por la vida hay que dar una respuesta clara y concreta. ¡Por los Soviets o contra ellos! Que elijan los señores de la conciliación.

Editorial publicado el 17 de septiembre de 1917 en el núm. 13 de “Rabochi Put”.