Hay que “suprimir los Soviets y los Comités”, dijo el kornilovista Kaledin en la Conferencia de Moscú, entre los estruendosos aplausos de los demócratas constitucionalistas. Cierto, le respondió el conciliador Tsereteli, pero aún es pronto, porque “no se pueden desmontar estos andamios cuando el edificio de la revolución libre (¿es decir, de la contrarrevolución?) todavía no está terminado”. Así se hablaba a principios de agosto, en la Conferencia de Moscú, cuando comenzaba a llamarse el complot contarrevolucionario de Kornílov y Rodzianko, de Miliukov y Kerenski. Entonces el complot “no cuajó”: lo frustró la huelga política de los obreros de Moscú. Pero se formó la coalición de Tsereteli y Miliukov, de Kerenski y Kaledin. Una coalición contra los obreros y los soldados bolcheviques. Además, resultó que la coalición no era otra cosa que la pantalla tras la que se urdía un verdadero complot contra los Soviets y los Comités, contra la revolución y sus conquistas, y que estalló a últimos de agosto. ¿Podían saber los eseristas y los mencheviques que, al ensalzar la coalición con las “fuerzas vivas” de la Conferencia de Moscú, trabajaban para los conspiradores kornilovistas?

¿Podían saber las pequeños burgueses liberales de “Dielo Naroda” y los trompeteros de la burguesía de “Izvestia” que, al “aislar” a los bolcheviques y minar los Soviets y los Comités, trabajaban para la contrarrevolución, se enrolaban como esquiroles de la revolución? La insurrección de Kornílov puso boca arriba todas las cartas. Reveló la naturaleza contrarrevolucionaria de los demócratas constitucionalistas y de la coalición con ellos. Reveló todo el peligro que amenaza a la revolución por parte de la alianza entre los generales y los demócratas constitucionalistas. Hizo patente que, si no hubiera sido por los Soviets en la retaguardia y los Comités en el frente -contra los que se confabularon los defensistas con Kaledin-, la revolución habría sido aplastada. Es sabido que, en los graves momentos de la insurrección de Kornílov, los mencheviques y los eseristas hubieron de ponerse al amparo de los mismos hombres de Cronstadt y de los Soviets y Comités “bolcheviques” contra los cuales habían estado pactando la coalición con los Kaledin y demás “fuerzas vivas”. La lección fue valiosa y más que impresionante. Pero... es flaca la memoria humana.

Sobre todo, la memoria de los tránsfugas de “Izvestia” y del voluble “Dielo Naroda”. Ha transcurrido poco más de un mes desde la insurrección de Kornílov. Podría parecer que se había terminado para siempre con la korniloviada. Sin embargo, en este breve lapso de tiempo, por “voluntad del destino” y de Kerenski, hemos entrado ya en el período de una nueva korniloviada. Kornílov se encuentra “detenido”. Pero los jefes de la korniloviada ejercen el Poder. La vieja coalición con las “fuerzas vivas” fue desbaratada. En cambio, ha sido amalgamada una nueva coalición con los kornilovistas. La Conferencia de Moscú no se convirtió en un “Parlamento Largo”, como soñaba el atamán cosaco Karaúlov. En cambio, ha sido formado el anteparlamento korniloviano, destinado a “reemplazar la vieja organización de los Soviets”. La primera conferencia de los reaccionarios en Moscú desapareció de escena. En cambio, hace unos días se ha inaugurado en Moscú la segunda conferencia de los reaccionarios, cuyo líder, el terrateniente Rodzianko, declara abiertamente que “se congratularía de la muerte de los Soviets y de la flota y de que los alemanes tomaran Petrogrado”. El gobierno hace como que juzga a Kornílov.

En realidad, prepara la “venida” de Kornílov, a cuyo fin se entiende con él y con Kaledin, trata de sacar de Petrogrado las tropas revolucionarias, se dispone a huir a Moscú, prepara la entrega de Petrogrado, hace carantoñas a “nuestros heroicos aliados”, que esperan con impaciencia la derrota de la Flota del Báltico, que los alemanes tomen Petrogrado y... el entronizamiento de sir Kornílov... ¿Acaso no está claro que estamos en vísperas de una nueva korniloviada, más peligrosa aún que la anterior? ¿Acaso no está claro que ahora se requiere de nosotros una vigilancia rigurosa y plena preparación para la lucha? ¿Acaso no está claro que ahora son más necesarios que nunca los Soviets y los Comités revolucionarios? ¿Cómo podemos salvarnos de la korniloviada?, ¿cuál es el baluarte de la revolución capaz de aplastar, con toda la pujanza del movimiento de masas, la ofensiva en ciernes de la contrarrevolución? ¡Naturalmente, no es el lacayuno anteparlamento! ¿Acaso no está claro que la única salvación está en los Soviets y en las masas de obreros y de soldados que los respaldan? ¿Acaso no está claro que los Soviets, y sólo los Soviets, están llamados a salvar la revolución de la

contrarrevolución en ciernes? Cabría pensar que el deber de los revolucionarios es cuidar y fortalecer estas organizaciones, agrupar a su alrededor a las masas obreras y campesinas, vincular estas organizaciones en Congresos regionales y de toda Rusia. Sin embargo, los renegados de “Izvestia” y de “Dielo Naroda”, olvidando las “duras pruebas” de los días de la korniloviada, se vienen ocupando desde hace varios días de difamar a los Soviets, de atacar a los Soviets, de torpedear los Congresos regionales de los Soviets y el Congreso de toda Rusia, de desorganizar y destruir los Soviets. “Disminuye el papel de los Soviets locales - dice “Izvestia”-. Los Soviets han dejado de ser una organización común a toda la democracia... Queremos reemplazar la organización provisional de los Soviets por una organización permanente, cabal y completa del régimen de vida del Estado y local. Cuando cayó la autocracia, y con ella todo el sistema burocrático, construimos los Soviets de Diputados como barracas provisionales, donde pudiera hallar cobijo toda la democracia. Ahora, en lugar de las barracas, se construye el sólido edificio permanente del nuevo régimen y, naturalmente, a medida que se levanta piso tras piso, los hombres abandonan poco a poco las barracas por un alojamiento más cómodo”.

Así habla, perdida la vergüenza, “Izvestia”, órgano del Comité Ejecutivo Central de los Soviets, que arrastra su mísera vida gracias a la enorme paciencia de los Soviets. Y los Liapkin-Tiapkin* del voluble “Dielo Naroda”, renqueando detrás de “Izvestia”, sentencian con aire doctoral: hay que impedir el Congreso de los Soviets, puesto que así se “salvará” la revolución y la Asamblea Constituyente. ¿Lo oís? La “organización provisional” son los Soviets revolucionarios, que derrocaron el zarismo y su tiranía. La “organización permanente y cabal” es el lacayuno anteparlamento, al servicio de Alexéiev y de Kerenski. Las “barracas provisionales” son los Soviets revolucionarios, que pusieron en dispersión a los destacamentos de Kornílov. El “sólido edificio permanente” es el aborto korniloviano, el anteparlamento, destinado a encubrir con su charlatanería la contrarrevolución que se moviliza. Allí, el fragor de la animada vida revolucionaria. Aquí, el comedimiento y el “confort” del despacho contrarrevolucionario. ¿Cabe asombrarse de que los tránsfugas de “Izvestia” y de “Dielo Naroda” se hayan apresurado a trasladarse de las “barracas” del Instituto Smolny al “sólido edificio” del Palacio de Invierno, degradándose de “jefes de la revolución” a ordenanzas de sir Alexéiev?

* Personaje de la comedia de N. Gógol “El Revisor”. (;. del T.) Hay que suprimir los Soviets -dice sir Alexéiev. A las órdenes -responde “Izvestia”-; terminen de construir el último “piso” del “sólido edificio” del Palacio de Invierno, que “nosotros”, para entonces, habremos desmontado las “barracas” del Instituto Smolny. Hay que reemplazar los Soviets por el anteparlamento -dice míster Adzhémov. A las órdenes -le responden de “Dielo Naroda”-; pero déjenos primero frustrar el Congreso de los Soviets. Y es lo que hacen ahora, en vísperas de la nueva korniloviada, cuando la contrarrevolución ha convocado ya su Congreso en Moscú, cuando la korniloviada ha movilizado ya sus fuerzas, organizando pogromos en el campo, provocando el hambre y el desempleo en la ciudad, preparándose para frustrar la Asamblea Constituyente, reuniendo a la luz del día fuerzas en la retaguardia y en el frente para una nueva intentona contra la revolución. ¿Qué es esto sino una traición directa a la revolución y a sus conquistas? ¿Quiénes son esos hombres sino unos infames esquiroles de la revolución y de sus organizaciones? Después de esto, ¿cuál debe ser la actitud hacia ellos de los obreros y los soldados organizados en los Soviets, si ellos, los señores de “Izvestia” y de “Dielo Naroda”, en los “graves momentos” de una futura korniloviada les piden, “como en tiempos pasados”, “con la mano tendida de mendigo”, que les amparen de la contrarrevolución?.. Los obreros tienen la costumbre de sacar en carretillas a los esquiroles de las huelgas. Los campesinos tienen la costumbre de poner en la picota a los esquiroles de la causa común. No dudamos de que los Soviets encontrarán el medio de condenar como se merecen a los miserables esquiroles de la revolución y de sus organizaciones.

Publicado sin firma el 15 de octubre de 1917 en el núm. 37 de “Rabochi Put”.