La máquina conciliadora ha empezado a funcionar. El Palacio de Invierno -casa de citas política- rebosa de clientes. ¡Quién no acudirá a él! Los kornilovistas de Moscú y los savinkovistas de Petrogrado, el “ministro” korniloviano Nabókov y el héroe del desarme Tsereteli, el enemigo acérrimo de los Soviets, Kishkiri y el famoso lockoutista Ronoválov, representantes del partido de los desertores políticos (¡demócratas constitucionalistas!), las rutinarias fieras cooperadoras de la raza de Berkenheim, representantes del partido de las expediciones de castiga (¡eseristas!), derechistas de los zemstvos como Dúshechkin, alcahuetes políticos del directorio y conocidos ricachones de las denominadas “personalidades públicas”: he ahí los honorables clientes. De un lado, los demócratas constitucionalistas y los industriales. De otro lado, los defensistas y los cooperadores. Allí, los industriales como soporte, y el ejército de los demócratas constitucionalistas.

Aquí los cooperadores como soporte, y el ejército de los defensistas, ya que después de haber perdido los Soviets, los defensistas habían de pasar a las viejas posiciones, al lado de los cooperadores. - “Aparten de ustedes a los bolcheviques”, y entonces “la burguesía y la democracia formarán un frente común” -dice Kishkin a los defensistas. - ¡A la orden! -responde Avxéntiev- Pero déjenos primero por establecer el “punto de vista estatal”. - “La burguesía debe tener en cuenta el ascenso del bolchevismo y preocuparse, no menos que la democracia, de crear un Poder de coalición” -sugiere Berkenheim a Avxéntiev. - ¡A la orden! -responde Avxéntiev. Ya lo oís: resulta que el Poder de coalición es necesario para luchar contra el bolchevismo, es decir, contra los Soviets, es decir, contra los obreros y los soldados. - El anteparlamento debe ser un “órgano consultivo”, y el Poder una fuerza, “independiente” de él -dice Nabókov. - ¡A la orden! -resposde Tsereteli, ya que está de acuerdo con que “el Gobierno Provisional no sea formalmente... responsable ante el anteparlamento” (“Riech”). - No es el anteparlamento el que crea el Poder, sino viceversa: el Poder crea el anteparlamento, “estableciendo su composición, sus prerrogativas y su reglamento” -dice la declaración de los demócratas constitucionalistas. - De acuerdo -responde Tsereteli-, “el Poder debe sancionar esta institución” (“Nóvaia Zhizn”) y determinar las “formas de su estructura” (“Riech”).

Y el señor Kerenski, el probo intermediario del Palacio de Invierno, sentencia con voz campanuda: 1) “Hoy corresponde exclusivamente al Gobierno Provisional organizar el Poder y determinar su composición”. 2) “Esta Conferencia (el anteparlamento) no puede tener funciones ni facultades de parlamento”. 3) “El Gobierno Provisional no puede ser responsable ante esta Conferencia” (“Riech”). En una palabra, Kerenski está “plenamente de acuerdo” con los demócratas constitucionalistas, y los defensistas siempre dispuestos a complacerles. ¿Qué más se quiere? Por algo Prokopóvich, al abandonar el Palacio de Invierno, ha dicho: “puede considerarse alcanzado el entendimiento”. Cierto, la Conferencia se pronunciaba todavía ayer contra la coalición con los demócratas constitucionalistas, pero ¿qué les importa eso a los contumaces de la conciliación? Si se han decidido a falsear la voluntad de la democracia revolucionaria convocando una Conferencia en lugar del Congreso de los Soviets, ¿por qué no van a falsear la voluntad de la propia Conferencia? Sólo es difícil el primer paso. Cierto, la Conferencia acordaba todavía ayer que el Poder “es creado” por el anteparlamento, ante el que “debe responder”, pero ¿qué les importa eso a los contumaces de la conciliación? Que siga adelante la coalición, y allá las decisiones de la Conferencia… ¿Qué pueden valer éstas si minan la coalición? ¡Pobre “Conferencia Democrática”! ¡Pobres delegados, tan ingenuos y crédulos! ¿Podían esperar de sus jefes semejante traición? Nuestro Partido llevaba razón al afirmar que los eseristas y mencheviques, esos pequeñoburgueses que no extraen sus fuerzas del movimiento revolucionario de las masas, sino de las combinaciones conciliadoras de los politicastros burgueses, son incapaces de seguir una política propia. Nuestro Partido llevaba razón al decir que la política de componendas desemboca en la traición a los intereses de la revolución. Ahora todo el mundo ve que los fracasados políticos del defensismo forjan con sus propias manos cadenas a los pueblos de Rusia, para regocijo de los enemigos de la revolución.

Por algo los demócratas constitucionalistas están satisfechos, se frotan las manos y auguran la victoria. Por algo los señores de la conciliación corretean con aire culpable, “como perros apaleados”. Por algo se perciben notas triunfales en las declaraciones de Kerenski. Sí, cantan victoria. Pero su “victoria” es insegura y efímero su triunfo, porque hacen planes sin contar con el dueño, con el pueblo. Porque está próxima la hora en que los obreros y los soldados engañados pronunciarán, al fin, su palabra autorizada, haciendo saltar el castillo de naipes de esa “victoria” de oropel. Y entonces, que los señores de la conciliación se reprochen a sí mismos si con todos los trastos viejos de la coalición vuela también su propia chatarra defensista.

Editorial publicado el 24 de septiembre de 1917 en el núm. 19 de “Rabochi Put”.