La guerra continúa. Su carro sangriento avanza, terrible e inexorable. De guerra europea se va transformando, paso a paso, en guerra mundial, arrastrando a su obra siniestra a más y más países. Al mismo tiempo, la importancia de la Conferencia de Estocolmo disminuye y va quedando reducida a la nada. La “lucha por la paz” y la táctica de “presión” sobre los gobiernos imperialistas, proclamadas por los conciliadores, son hoy “palabras vacías”. Los intentos de los conciliadores para acelerar el fin de la guerra y restablecer la Internacional obrera mediante un acuerdo entre las “mayorías defensistas” de los diferentes países, han sufrido un rotundo fracaso. La Conferencia de Estocolmo, esa vana empresa de los mencheviques y de los eseristas en torno a la cual se está tejiendo una tupida red de intrigas imperialistas, ha de verse convertida inevitablemente en un desfile baladí o en un juguete en manos de los gobiernos imperialistas. Ahora está claro para todos que el viaje por Europa de los delegados del Congreso de los Soviets de toda Rusia y la diplomacia “socialista” de los defensistas, con los lunchs solemnes en compañía de los representantes del social-imperialismo anglo- francés, no son el camino para restablecer la fraternidad internacional de los obreros.

Nuestro Partido tenía razón cuando ya en la Conferencia de Abril se desolidarizó de la Conferencia de Estocolmo. El desarrollo de la guerra y toda la situación internacional exacerban inevitablemente las contradicciones de clase y llevan a una era de grandes batallas sociales. Ahí, y sólo ahí, deben buscarse las vías democráticas para poner fin a la guerra. Se habla de una “revolución” en los puntos de vista de los social-patriotas anglo-franceses, de su acuerdo de acudir a Estocolmo, etc. Pero ¿acaso ello cambia las cosas? ¿Acaso los social-patriotas rusos y germano-austriacos no habían resuelto también (¡antes que los anglo-franceses!) participar en la Conferencia de Estocolmo? Sin embargo, ¿quién puede afirmar que ese acuerdo suyo haya acercado el fin de la guerra? ¿Acaso el partido de Scheidemann, que participa en la Conferencia de Estocolmo, ha dejado de apoyar a su gobierno, que está desplegando una ofensiva y se está apoderando de Galitzia y de Rumania? ¿Acaso los partidos de Renaudel y de Henderson, que hablan de la “lucha por la paz” y de Estocolmo, no apoyan al mismo tiempo a sus gobiernos, que se están apoderando de Mesopotamia y de Grecia?

A la luz de estos hechos, ¿qué valor puede tener para acabar la guerra su palabrería en Estocolmo? Piadosas frases acerca de la paz como pantalla para encubrir el apoyo decidido a la política de guerra y de anexiones; ¿quién no conoce esos viejos, esos viejísimos métodos imperialistas de engaño de las masas? Se dice que hoy las circunstancias son otras que en el pasado y que, por ello, se debería observar una actitud diferente hacia la Conferencia de Estocolmo. Sí, las circunstancias han cambiado, pero no han cambiado en favor, sino exclusivamente en contra de la Conferencia de Estocolmo. El primer cambio consiste en que la guerra, de europea, se ha convertido en mundial, extendiendo y profundizando hasta el extremo la crisis general. Por eso las probabilidades de una paz imperialista y de la política de “opresión” sobre los gobiernos han quedado reducidas al mínimo. El segundo cambio es que Rusia ha emprendido una política de ofensiva en el frente, después de haber ajustado la vida interior del país a las exigencias de esa política, coartando las libertades.

Hay que comprender, por fin, que la política de ofensiva es incompatible con la “libertad máxima”, que el viraje en el desarrollo de nuestra revolución se inició ya en junio. Y los bolcheviques “se ven” en las cárceles, mientras que los defensistas, convertidos en ofensistas, desempeñan el papel de carceleros. Por eso la posición de los partidarios de la “lucha por la paz” es ahora insostenible, pues si antes se podía hablar de la paz sin miedo a quedar como un embustero, hoy, después de que se ha empezado a aplicar la política de ofensiva, apoyada por los “defensistas”, las palabras acerca de la paz en boca de los “defensistas” suenan como una burla. ¿Qué prueba todo esto? Prueba que las “camaraderiles” palabras acerca de la paz en Estocolmo y los hechos sangrientos en los frentes han resultado ser en absoluto incompatibles; que la contradicción entre ellos es hoy clamorosa y evidente. De ahí que el fracaso de la Conferencia de Estocolmo sea inevitable. Por ello ha cambiado un tanto nuestra actitud hacia la Conferencia de Estocolmo. Antes denunciábamos esa vana empresa de Estocolmo. Ahora no creo que valga la pena desenmascararla, pues se está desenmascarando ella misma.

Antes había que condenarla como un juego a la paz que engañaba a las masas. No creo que ahora valga la pena condenarla, por aquello de que al caído no se le pega. Ahora bien, de aquí se desprende que el camino de Estocolmo no es el camino de la paz. El camino de la paz no pasa a través de Estocolmo; pasa a través de la lucha revolucionaria de los obreros contra el imperialismo.

Editorial publicado el 9 de agosto de 1917 en el núm. 15 de “Robochi i Soldat”.