Todo el mundo recuerda las malvadas calumnias lanzadas contra el bolchevismo, imputándole sin fundamento alguno la culpa de la derrota en el frente. La prensa burguesa y “Dielo Naroda”, los provocadores de “Birzhovka” y “Rabóchaia Gazieta”, los ex lacayos zaristas de “Nóvoe Vremia” e “Izvestia”; todos al unísono invocaban rayos y centellas sobre la cabeza de los bolcheviques, acusados de ser los culpables de la derrota. Ahora se pone en claro que a los culpables no hay que buscados entre los bolcheviques, sino entre los que pusieron en juego los “automóviles misteriosos”, cuyos ocupantes llamaban a la retirada y sembraban el pánico entre los soldados (v. “Dielo Naroda” del 16 de agosto). Qué “automóviles” eran ésos y dónde estaban los mandos que permitieron a esos misteriosos automóviles ir y venir por el frente, son cosas que, desgraciadamente, silencia el corresponsal de “Dielo Naroda”. Ahora se pone en claro que la causa de la derrota no hay que buscada en el bolchevismo, sino en “causas más profundas”, en el hecho de que la táctica de ofensiva no vale para nosotros, en nuestra insuficiente preparación para la ofensiva, en la “poca madurez de nuestros generales”, etc. (v. “Nóvoe Vremia” del 15 de agosto).

Lean y relean los obreros y los soldados esos números de “Dielo Naroda” y de “Nóvoe Vremia”. Que los lean y se convencerán de: 1) qué razón tenían los bolcheviques al prevenir ya a fines de mayo contra la ofensiva en el frente (v. los números de “Pravda”); 2) qué criminal fue la conducta de los jefes mencheviques y eseristas, que hacían agitación en favor de la ofensiva y que en el Congreso de los Soviets, a comienzos de junio, impidieron que se aprobase la propuesta de los bolcheviques contra la ofensiva; 3) que la responsabilidad por la derrota de julio incumbe, ante todo, a los Miliukov y los Maklakov, a los Shulguín y a los Rodzianko, que en nombre de la Duma de Estado “exigían” una “ofensiva inmediata” ya a comienzos de junio. He aquí unos extractos de los artículos mencionados. 1) Extractos del artículo de Arseni Mérich (“Dielo Naroda”, 16 de agosto): “¿Por qué, por qué ha ocurrido esta catástrofe casi simultáneamente en dos lugares: en Tarnópol y en Chernovitsi? ¿Por qué de pronto se desmoralizaron allí los regimientos? ¿Qué ha ocurrido?

¿Cuál ha sido la causa de tan súbito cambio de moral? Los oficiales y los soldados contestan de buen grado. Sus respuestas coinciden casi palabra por palabra, y cada una de ellas es un detalle nítido que completa el tétrico cuadro... Los hombres del frente estiman que los principales iniciadores del pánico, de la desbandada en las avanzadillas, son los ex policías y los ex gendarmes. ¿Actuó esa gente de manera organizada? - Es difícil decirlo -responde un alférez, intelectual de origen campesino, miembro del partido social revolucionario y del Comité Ejecutivo del Soviet local de Diputados Soldados y Obreros-. Pero en todos los casos se ha podido establecer que eran sólo los viejos “faraones” quienes sembraban el pánico y propalaban absurdos rumores de que el enemigo estaba cerca y era muy numeroso, de que dentro de una o dos horas lanzarían contra nosotros gases asfixiantes... Muchos de nosotros suponemos que esos ex policías y ex gendarmes no son siquiera traidores conscientes, sino tan sólo gente que tiembla por su pellejo, cobardes. Pero espías y provocadores inapresables saben, con su olfato particular, encontrar entre esa gente elementos seguros...

He aquí cómo explican hombres inteligentes y observadores las circunstancias de la vergonzosa retirada de nuestro ejército... Los soldados marchan formados por compañías a lo largo de una ancha carretera... con pequeños intervalos entre ellas... De pronto se ven unas nubes de polvo... La cabeza de la columna se detiene, pero nadie sabe por qué... Las compañías hacen alto, los hombres se agolpan, entablan conversación... Estiran el cuello para ver lo que está pasando delante y qué significan las nubes de polvo que se acercan... Se aproximan a gran velocidad unos automóviles, dejando oír sus bocinas; están ya muy cerca, y, de pronto, unas voces gritan: “¡Atrás!... ¡Atrás!... ¡Los austriacos!”. Los automóviles pasan a tal velocidad que es imposible precisar quién grita desde ellos ni quiénes son sus ocupantes. A veces se percibe con dificultad un uniforme, unas charreteras, pero otras veces no se distingue nada... Y empieza la historia. Nadie tiene una idea de dónde están los austriacos, nadie sabe quién da esos gritos, pero la gente ya comienza a retroceder... Antes de que la gente haya podido recobrarse, aparece otro automóvil, y de nuevo se

oyen los gritos: “¡Los austriacos! ¡Los austriacos! ¡Las posiciones... entregadas!... ¡Gases! ¡Rápido, rápido!... ¡Atrás... atrás!”. Fue un pánico que se apoderó de todos, como una epidemia fulminante... Una traición perpetrada, punto por punto, con asombrosa astucia, evidentemente de acuerdo con un plan deliberado y preconcebido... Contamos más de veinte de esos automóviles sin matrícula... Siete fueron detenidos y, como era de esperar, sus ocupantes eran gente extraña, que nada tenía que ver con nuestros regimientos... Unos dieciocho automóviles escaparon. Las compañías, enloquecidas por los gritos y porque las filas delanteras retrocedían, daban la vuelta y echaban a correr... Los austriacos entraron en la ciudad desierta, en los desiertos suburbios, y siguieron adentrándose en nuestro terreno como si estuvieran dando un paseo dominical: nadie se lo impedía... A otro grupo se acercan, uno tras otro, soldados que han estado en Tarnópol; dos o tres de ellos llevan insignias universitarias. Y cada uno completa con algún nuevo detalle el cuadro de la retirada provocada. Los héroes de la retirada han resultado ser granujas, espías, traidores... ¿Quiénes son? El futuro próximo responderá a esta pregunta. Pero ¿dónde se han metido los otros, a los que no se ha logrado atrapar y cuya pista no ha sido descubierta hasta ahora?

¿Bajo qué bandera actúan? ¿Con qué consignas encubren ahora su criminal labor? Los hombres que han presenciado los horrores de la retirada de Tarnópol, los hombres del frente, creen que todo lo que hasta ahora es un secreto pronto será descubierto y que la revelación de este vergonzoso secreto borrará también la vergonzosa mancha del ejército que actuaba en Tarnópol, víctima de la más infame traición y del más infame engaño”. 2) Extractos del artículo de Borísov “El bolchevismo y nuestra derrota” (“Nóvoe Vremia”, 15 de agosto): “Queremos descargar al bolchevismo de la infundada acusación de que es el culpable de nuestra derrota. Queremos poner en claro las verdaderas causas de nuestra derrota, pues sólo entonces podremos evitar la repetición de nuestro desastre. Nada más funesto para el arte militar que buscar la causa de un desastre militar allí donde esta causa no se encuentra. La derrota de julio no ha sido debida al bolchevismo solamente; ha sido el resultado de causas más complejas, pues, de lo contrario, la inmensidad de la derrota sería prueba de una enorme y extraordinaria influencia de las ideas bolcheviques en nuestro ejército, cosa que, naturalmente, no ocurre ni puede ocurrir. Con toda seguridad, los mismos bolcheviques se han asombrado de las ingentes consecuencias de su propaganda.

Pero los reveses del ejército ruso podrían darse ya por terminados si la cosa residiera en los bolcheviques. Desgraciadamente, el fondo de la derrota es mucho más complejo: los expertos en cuestiones militares la previeron antes de que comenzase la ofensiva del 18 de junio; en las “exaltadas” declaraciones del 18 de junio acerca de los regimientos “revolucionarios”, en las banderas “rojas”, etc., etc., se traslucía un peligro mortal. Cuando llegaron al Cuartel General por telégrafo los partes de operaciones anunciando los “brillantes” progresos del 18 de junio, nosotros, comprendiendo que en realidad no había ocurrido nada brillante, pues sólo habíamos ocupado unas fortificaciones que el enemigo, en las condiciones actuales en que se desarrolla la guerra, tenía que sacrificar para asegurarse la victoria, dijimos: “nos consideraremos muy afortunados si los alemanes no nos responden con un contragolpe”. Pero el contragolpe se produjo, y el ejército ruso, como el francés en 1815, se convirtió de pronto en una muchedumbre despavorida. Está claro que la catástrofe no se ha debido sólo al bolchevismo, sino a algo profundamente arraigado en el organismo del ejército y que el Alto Mando ha sido incapaz de adivinar y de comprender. Y es esta causa de nuestra derrota, más grave que el bolchevismo, la que queremos señalar -en la medida en que lo permite un artículo periodístico- , porque el tiempo apremia.

El “militarismo” alemán ha establecido un postulado de la ciencia militar: “La ofensiva es la forma de acción más eficaz”. Esta fórmula alemana ha resultado inadecuada para nosotros desde el comienzo mismo de la guerra (las tremendas derrotas de Samsónov y Rennenkampf): para los generales poco maduros y para los soldados mal instruidos lo único posible es la defensa con los flancos protegidos. Debido a las bajas, inevitables en toda guerra, el contingente de generales, oficiales y hombres de filas fue empeorando, por lo cual la defensa llegó a ser para nosotros la más ventajosa forma de acción. Si añadimos a esto el desarrollo de la guerra de posiciones y la escandalosa insuficiencia de pertrechos, ¡uno no tiene que ser un bolchevique, sino simplemente comprender la naturaleza de las cosas, para temer la “ofensiva”! El periódico “Naródnoe Slovo” afirma que, según B. V. Sávinkov, la masa de los soldados ha comenzado a creer, influida por la agitación bolchevique, que los desertores no son traidores a la patria, sino adeptos del “socialismo internacional”. Todo viejo oficial, que conoce a nuestros soldados mejor que los conocen los “comités”, dirá que pensar así es tener demasiado en poco a nuestros excelentes y sensatos hombres de filas. Estos tienen mucho sentido común;

tienen una idea completa y definida de lo que es el Estado; tienen plena conciencia de que los generales y los oficiales son también soldados; se ríen de la innovación (absurda) que consiste en sustituir el denominativo “hombres de filas” por el término general de soldado, que ha degradado tan honorable título, pues ahora hasta los equipos de sastres militares, que se encuentran en la retaguardia profunda, son llamados también “soldados”; y comprenden a la perfección que el “desertor” es desertor, es decir, un despreciable fugitivo. Y si la idea de “desistir de la ofensiva”, propagada por los bolcheviques empezó a ser realizada por estos sensatos hombres de nuestro ejército, ello sólo se debió a que dimanaba lógicamente de la naturaleza de las cosas, de toda nuestra experiencia de la guerra. Ofensiva o ataque quiere decir una cosa para el inglés o el francés y otra cosa para el ruso. Los primeros están instalados en excelentes refugios, con todo confort, y esperan a que su poderosa artillería lo barra todo, y sólo entonces ataca su infantería. Nosotros, por el contrario, siempre y en todas partes hemos luchado a base de masas humanas, llevando al exterminio completo a nuestros mejores regimientos. ¿Dónde está nuestra Guardia, dónde están nuestros cazadores? Un regimiento que ha sido exterminado dos o tres veces y otras tantas completado, aunque haya sido con mejores elementos de lo que en realidad ocurre, difícilmente estimará que “la ofensiva es la forma de acción más eficaz”, sobre todo si añadimos que esas enormes pérdidas no se han visto justificadas por los resultados obtenidos. Sobre la base de esta experiencia, el Alto Mando anterior sólo accedía a atacar cuando era absolutamente necesario. En una situación tal se permitió a Brusílov asestar su golpe en Galitzia en mayo de 1916. Los débiles resultados de este golpe no hicieron más que confirmar las deducciones sacadas de la experiencia.

Es muy posible que, si el anterior Alto Mando existiera aún, la “ofensiva” sólo figuraría en las directivas como una idea que eleva la moral de las tropas, pero jamás habría sido puesta en práctica. Pero de pronto sucedió algo extraño al arte militar; el “diletantismo” tomó las riendas, y todo el mundo empezó a gritar acerca de la “ofensiva”, proclamándola como algo absolutamente necesario y creyendo en lo que la teoría militar sensata rechaza: en los batallones “revolucionarios” especiales, en los batallones “de la muerte”, en los batallones “de choque”, sin comprender que todo eso es un material muy en bruto y que, además, priva a los otros regimientos de los hombres quizá con más moral, convirtiendo definitivamente a dichos regimientos en “muchedumbres que sólo sirven para completar otras unidades”. Nos dirán que los aliados exigían una “ofensiva”, que nos llamaban “traidores”. Nosotros tenemos una idea demasiado elevada del competente y laborioso Estado Mayor General francés para creer que su opinión coincida con la llamada opinión pública de los diletantes en el arte militar. Desde luego, en las condiciones de la guerra actual, cuando el enemigo se encuentra en el centro y nosotros y nuestros aliados en la circunferencia, todo golpe que le asestemos, incluso a costa de pérdidas humanas enormes, y en desproporción con los resultados obtenidos, siempre será ventajoso para nuestros aliados, pues apartará de ellos fuerzas enemigas. Eso está en la naturaleza de las cosas, y no en la dureza de corazón de nuestros aliados. Pero nosotros debemos considerar esta circunstancia sobriamente, con sentido de la medida, y no lanzarnos al exterminio de nuestro pueblo simplemente porque un aliado lo exija. El arte militar no tolera fantasías y castiga sin tardanza a quien se entrega a ellas. El enemigo, que tiene un Estado Mayor General bien preparado, observa atentamente esas cosas”.

Publicado sin firma el 18 de agosto de 1917 en el núm. 5 de “Proletari”.