La primera oleada de la revolución rusa comenzó bajo la bandera de la lucha contra el zarismo. Como fuerzas principales de la revolución actuaban entonces los obreros y los soldados. Pero no eran las únicas fuerzas. Con ellas “actuaban”, además, los burgueses liberales (demócratas constitucionalistas) y los capitalistas anglo-franceses. Los primeros habían abandonado al zarismo porque resultó incapaz de abrir el camino hacia Constantinopla, y los segundos lo traicionaron porque deseaba firmar una paz por separado con Alemania. De esta suerte se formó cierta coalición oculta, bajo cuya presión el zarismo hubo de abandonar la escena. Al día siguiente de la caída del zarismo, esta coalición oculta pasó a ser manifiesta, adquiriendo la forma de un acuerdo concreto entre el Gobierno Provisional y el Soviet de Petrogrado, entre los demócratas constitucionalistas y la “democracia revolucionaria”. Ahora bien, estas fuerzas perseguían fines completamente distintos. Mientras que los demócratas constitucionalistas y los capitalistas anglo-franceses sólo querían hacer una pequeña revolución para utilizar el entusiasmo revolucionario de las masas en provecho de una gran guerra imperialista, los obreros y los soldados buscaban, por el contrario, la demolición radical del viejo régimen y la victoria completa de una gran revolución, para - una vez derrocados los terratenientes y dominada la burguesía imperialista- conseguir la terminación de la guerra y asegurar una paz justa.

Esta contradicción cardinal ha sido la base del desarrollo sucesivo de la revolución y ha predeterminado la inconsistencia de la coalición con los demócratas constitucionalistas. Todas las llamadas crisis de Poder, incluida la última, la de agosto, han sido expresiones de esta contradicción. Y si la burguesía imperialista ha podido apuntarse el éxito en todas estas crisis, si después de cada “solución” de la crisis los obreros y los soldados se han visto engañados, y la coalición se ha mantenido, pese a todo, en una u otra forma, se debe no sólo a la elevada organización y al poderío financiero de la burguesía imperialista, sino también a que las cumbres titubeantes de la pequeña burguesía y sus partidos eserista y menchevique, que continúan por ahora arrastrando a amplias masas de la pequeña burguesía de nuestro país, pequeñoburgués en general, se han colocado siempre “al otro lado de la barricada”, resolviendo a favor de los demócratas constitucionalistas la lucha por el Poder.

La coalición con los demócratas constitucionalistas alcanzó su mayor fuerza en los días de julio, cuando sus miembros actuaron en un frente único de combate, dirigiendo sus armas contra los obreros y los soldados “bolcheviques”. La Conferencia de Moscú ha sido, en este aspecto, sólo un eco de los días de julio, y la negativa a admitir a los bolcheviques en la Conferencia estaba llamada a servir de prenda necesaria para sellar la “coalición honrada” con las “fuerzas vivas” del país, ya que el aislamiento de los bolcheviques estimábase condición inexcusable de la solidez de la coalición con los demócratas constitucionalistas. Tal era la situación antes de la insurrección korniloviana. El panorama cambia con la intentona de Kornílov. Ya en la Conferencia de Moscú se puso en claro que la alianza con los demócratas constitucionalistas amenazaba convertirse en alianza con los Kornílov y los Kaledin contra... no sólo los bolcheviques, sino contra toda la revolución rusa, contra la existencia misma de las conquistas de la revolución. El boicot a la Conferencia de Moscú y la huelga de protesta de los obreros moscovitas, que arrancaron la careta al conciliábulo contrarrevolucionario y desbarataron los planes de los conspiradores, sirvieron entonces tanto de advertencia en este sentido como de llamamiento a estar preparados.

Sabido es que el llamamiento no fue voz que clamara en el desierto: muchas ciudades contestaron en el acto con huelgas de protesta... Era un presagio amenazador. La insurrección de Kornílov no hizo más que abrir la válvula a la indignación revolucionaria acumulada, no hizo sino desatar la revolución encadenada, espoleándola e impulsándola. Y aquí, en el fuego de los combates con las fuerzas de la contrarrevolución, donde en la realidad viva de la lucha directa se contrastan las palabras y las promesas, reveláronse los verdaderos amigos y enemigos de la revolución, los verdaderos aliados de los obreros, de los campesinos y de los soldados y los que realmente les traicionaban. El Gobierno Provisional, cosido con tanto celo de retazos heterogéneos, se deshace por las costuras al primer soplo de la insurrección korniloviana. Es “lamentable”, pero es un hecho: la coalición parece una fuerza cuando hay que hablar sin tasa de “salvar la revolución”; y es una bagatela cuando de verdad hay que salvar la revolución del peligro de muerte. Los demócratas constitucionalistas se van del gobierno, solidarizándose públicamente con los

kornilovistas. Todos los imperialistas de todos los colores y categorías -los banqueros y los fabricantes, los industriales y los especuladores, los terratenientes y los generales, los bandidos de la pluma de “Nóvoe Vremia” y los cobardes provocadores de “Birzbovka”-, todos ellos, acaudillados por el partido demócrata constitucionalista y en alianza con las camarillas imperialistas anglo-francesas, forman en el mismo bando al lado de los contrarrevolucionarios, contra la revolución y sus conquistas. Resulta evidente que la alianza con los demócratas constitucionalistas es la alianza con los terratenientes contra los campesinos, con los capitalistas contra los obreros, con los generales contra los soldados. Resulta evidente que quien pacta con Miliukov, pacta en consecuencia con Kornílov y debe actuar contra la revolución, puesto que Miliukov y Kornílov son “uno y el mismo”. La vaga conciencia de esta verdad constituye la base del nuevo movimiento revolucionario de masas, la base de la segunda oleada de la revolución rusa. Y si el final de la primera oleada es el triunfo de la coalición con los demócratas constitucionalistas (¡la Conferencia de Moscú!), el principio de la segunda es el hundimiento de esa coalición, la guerra abierta contra los demócratas constitucionalistas.

En la lucha frente a la contrarrevolución de los generales y de los demócratas constitucionalistas, reviven y se fortalecen los casi difuntos Soviets y Comités en la retaguardia y en el frente. En la lucha frente a la contrarrevolución de los generales y de los demócratas constitucionalistas, surgen nuevos Comités revolucionarios de obreros y soldados, de marinos y campesinos, de ferroviarios y de empleados de correos y telégrafos. En el fuego de esta lucha se forman nuevos órganos locales de Poder en Moscú y en el Cáucaso, en Petrogrado y en los Urales, en Odesa y en Járkov. No se trata de las nuevas resoluciones de los eseristas y los mencheviques, indudablemente desplazados estos días hacia la izquierda, lo que de por sí ya tiene, claro está, no poca importancia. No se trata tampoco de la “victoria del bolchevismo”, con cuyo fantasma chantajea la prensa burguesa a los atemorizados filisteos de “Dien” y “Volia Naroda”. Se trata de que en la lucha contra los demócratas constitucionalistas, y a despecho de ellos, crece un nuevo Poder, que en combate abierto ha vencido a los destacamentos de la contrarrevolución. Se trata de que este Poder, al pasar de la defensa al ataque, afecta inevitablemente a los intereses vitales de los terratenientes y de los capitalistas, uniendo de tal modo a su alrededor a las amplias masas de obreros y campesinos.

Se trata de que, al actuar de tal suerte, este Poder “no reconocido” ha de plantear por la fuerza de las cosas el problema de su “legalización”, en tanto que el poder “oficial”, al revelar su indudable parentesco con los conspiradores contrarrevolucionarios, se ve privado de un terreno firme en que apoyarse. Se trata, en fin, de que ante la nueva oleada de la revolución, que gana a toda velocidad nuevas ciudades y regiones, el gobierno Kerenski, que todavía ayer temía combatir resueltamente a la contrarrevolución korniloviana, hoy se une ya a Kornílov y sus adeptos en la retaguardia y en el frente, “ordenando” al mismo tiempo disolver los Comités “arbitrarios” de obreros, soldados y campesinos, focos de la revolución. Y cuanto mejor se entiende Kerenski con los Kornílov y los Kaledin, más se ensancha la grieta entre el pueblo y el gobierno, más probable es la ruptura entre los Soviets y el Gobierno Provisional. En estos hechos -y no en las resoluciones de unos u otros partidos- está la sentencia de muerte de las viejas consignas conciliadoras. Distamos mucho de exagerar el grado de ruptura con los demócratas constitucionalistas. Sabemos que, por ahora, esa ruptura es sólo de forma. Mas, para empezar, incluso tal ruptura es un enorme paso adelante. Cabe esperar que los propios demócratas constitucionalistas recorran el resto. Ya boicotean la Conferencia Democrática.

Los representantes del comercio y de la industria, a quienes los astutos estrategas del Comité Ejecutivo Central deseaban “cazar en sus redes”, han seguido las huellas de los demócratas constitucionalistas. Cabe pensar que seguirán adelante y continuarán cerrando fábricas, negando créditos a los órganos de la “democracia”, agravando de intento la ruina y el hambre. Y la “democracia”, al combatir la ruina y el hambre, por fuerza habrá de ir adentrándose en la lucha resuelta contra la burguesía, ahondando su ruptura con los demócratas constitucionalistas... Ante esta perspectiva y tal orden de cosas, la Conferencia Democrática convocada para el 12 de septiembre adquiere una importancia muy sintomática. ¿Cómo terminará la Conferencia?, ¿”tomará” el Poder?, ¿”cederá” Kerenski? De momento, es imposible responder a estas preguntas. Quizá los iniciadores de la Conferencia traten de encontrar una habilidosa fórmula de “acuerdo”. Pero, naturalmente, no se trata de eso. Los problemas cardinales de la revolución, sobre todo el concerniente al Poder, no se resuelven en conferencias. Sin embargo, un hecho es indudable: la Conferencia hará el balance de los acontecimientos de los últimos días, será un recuento de fuerzas, revelará la diferencia entre la primera oleada, refluente, de la revolución rusa y la segunda, que sobreviene. Y nosotros sabremos qué: Allí, en la primera oleada, era la lucha contra el zarismo y sus restos. Aquí, en la segunda oleada, es la lucha contra los terratenientes y los capitalistas. Allí, la alianza con los demócratas

constitucionalistas. Aquí, la ruptura con ellos. Allí, el aislamiento de los bolcheviques. Aquí, el aislamiento de los demócratas constitucionalistas. Allí, la alianza con el capital anglo-francés y la guerra. Aquí, la ruptura en gestación con él, y la paz, una paz justa y general. Por este camino, y sólo por este camino, irá la segunda oleada de la revolución, acuerde lo que acuerde la Conferencia Democrática.

Publicado con la firma de K. Stalin el 9 de septiembre de 1917 en el núm. 6 de “Rabochi Put”.