Fue el 3 y el 4 de julio. Los obreros y los soldados desfilaban juntos por las calles de Petrogrado, proclamando: “¡Todo el Poder a los Soviets de Diputados Obreros y Soldados!”. ¿Qué querían entonces los obreros y los soldados?, ¿qué reclamaban? ¿Quizá el derrocamiento de los Soviets? ¡Naturalmente que no! Los obreros y los soldados reclamaban entonces que los Soviets tomaran todo el Poder en sus manos, para que aliviasen la dura vida de los obreros, de los campesinos, de los soldados y de los marinos. Querían que los Soviets se fortaleciesen, y no que se debilitaran y fuesen destruidos. Querían que los Soviets tomaran el Poder y rompiesen con los terratenientes, entregando la tierra a los campesinos sin demora alguna, sin aplazar el asunto indefinidamente. Querían que los Soviets tomaran el Poder y rompiesen con los capitalistas, creando mejores condiciones de trabajo y estableciendo el control obrero en las fábricas. Querían que los Soviets declararan unas condiciones justas de paz y acabaran, por fin, con la dura guerra, que siega millones de vidas jóvenes. Eso es lo que querían entonces los obreros y los soldados. Pero los dirigentes del Comité Ejecutivo, los mencheviques y los eseristas, no quisieron seguir el camino de la revolución. A la alianza con el campesinado revolucionario, prefirieron un acuerdo con los terratenientes. A la alianza con los obreros revolucionarios, prefirieron un acuerdo con los capitalistas. A la alianza con los soldados y los marinos revolucionarios, prefirieron una alianza con los cadetes y con los cosacos. Después de declarar pérfidamente que los obreros y los soldados bolcheviques eran enemigos de la revolución, volvieron sus armas contra ellos, para complacer a la contrarrevolución. ¡Ciegos! No advirtieron que, al disparar contra los bolcheviques, disparaban contra la revolución, preparando el triunfo de las fuerzas contrarrevolucionarias. Por ello, precisamente, salieron de sus escondrijos los contrarrevolucionarios, que hasta entonces se ocultaban en las sombras. Y la ruptura del frente, que se inició por aquellos días y que demostró lo funesto de la política de los defensistas, fomentó más aún las esperanzas de la contrarrevolución.

Y la contrarrevolución no dejó de aprovechar los “errores” de los mencheviques y los eseristas. Después de haberlos amedrentado y confundido, después de haberlos domesticado y reunido en torno suyo, los cabecillas de las fuerzas contrarrevolucionarias, los Miliukov, emprendieron su cruzada contra la revolución. Asalto y clausura de periódicos, desarme de obreros y soldados, detenciones y palizas, mentiras y calumnias, calumnias viles e inmundas de polizontes mercenarios contra los jefes de nuestro Partido: tales son los frutos de la política de componendas. Las cosas han llegado a tal extremo, que los demócratas constitucionalistas, insolentados, presentan ultimátum, amenazando y aterrorizando, vituperando e insultando a los Soviets, mientras los mencheviques y los eseristas, asustados, entregan posición tras posición, y los bravos ministros saltan como astillas bajo los golpes de los demócratas constitucionalistas, desbrozando el camino a los testaferros de Miliukov, para que... se “salve”... la revolución. ¿Puede alguien asombrarse, después de eso, de que la contrarrevolución cante victoria? Tal es ahora la situación. Mas las cosas no pueden continuar así mucho tiempo. La victoria de la contrarrevolución es la victoria de los terratenientes. Pero los campesinos no pueden seguir viviendo sin tierra. Por eso es inevitable una lucha resuelta contra los terratenientes. La victoria de la contrarrevolución es la victoria de los capitalistas. Pero los obreros no pueden quedar satisfechos mientras no obtengan una mejora radical en sus condiciones de vida. Por eso es inevitable una lucha resuelta contra los capitalistas. La victoria de la contrarrevolución significa la prolongación de la guerra; pero la guerra no puede continuar mucho tiempo, porque todo el país se asfixia bajo su peso. Por eso la victoria de la contrarrevolución es poco consistente y efímera. El futuro pertenece a una nueva revolución. Sólo el establecimiento del Poder soberano del pueblo puede dar la tierra a los campesinos, ordenar la vida económica del país y asegurar la paz, tan necesaria a los martirizados pueblos de Europa.

Publicado sin firma el 23 de julio de 1917 en el núm. 1 de “Rabochi i Soldat”.