Un rasgo característico del momento que vivimos es el insalvable abismo abierto entre el gobierno y las masas populares, abismo que no existía en los primeros meses de la revolución y que ha aparecido a consecuencia de la insurrección de Kornílov. Después de la victoria sobre el zarismo, el Poder fue a parar, desde los primeros días de la revolución, a manos de la burguesía imperialista. No subieron al Poder los obreros y los soldados, sino un puñado de imperialistas demócratas constitucionalistas ¿Cómo pudo ocurrir, y sobre qué se basaba entonces, en realidad, el dominio de ese grupo de la burguesía? El hecho es que los obreros y, sobre todo, los soldados dieron crédito a la burguesía, esperando conseguir, en alianza con ella, el pan y la tierra, la paz y la libertad. La actitud “confiada e inconsciente” de las masas respecto a la burguesía: he ahí en qué se basaba entonces el dominio de la burguesía. La coalición con la burguesía no era otra cosa que la expresión de esa confianza y de ese dominio. Ahora bien, los seis meses de revolución no han pasado en balde.

En lugar del pan tenemos el hambre; en lugar del aumento de los salarios, el desempleo; en lugar de la tierra, vacuas promesas; en lugar de la libertad, la lucha contra los Soviets; en lugar de la paz, la guerra hasta la extenuación de Rusia y la traición de los kornilovistas en Tarnópol y en Riga. Eso es lo que ha dado a las masas la coalición con la burguesía. La insurrección de Kornílov no ha hecho más que resumir la experiencia de seis meses de coalición, descubriendo la traición de los demócratas constitucionalistas y lo funesto de la política de componendas con ellos. Por supuesto, nada de ello ha pasado en balde. La actitud “confiada e inconsciente” de las masas respecto a la burguesía ha desaparecido. A la coalición con los demócratas constitucionalistas ha sucedido la ruptura con ellos. La confianza en la burguesía ha dejado paso al odio a ella. El dominio de la burguesía se ha visto privado de su seguro puntal. Bien es verdad que, recurriendo a los ardiles conciliadores de los defensistas, recurriendo a la adulteración y al falseamiento, con el concurso de Buchanan y de los kornilovistas demócratas constitucionalistas y con la evidente desconfianza de los obreros y de los soldados, los conciliadores han amalgamado, pese a todo, un “nuevo” gobierno de la vieja dictadura burguesa, sacando a flote, mediante el engaño, a la caduca y maltrecha coalición.

Ahora bien, en primer lugar, ésa es una coalición raquítica, porque, concertada en el Palacio de Invierno, encuentra en el país sólo resistencia e indignación. En segundo lugar, ese gobierno no es estable, porque no pisa el terreno firme de la confianza y de la simpatía de las masas, que sólo sienten por él aversión. De ahí el abismo insalvable entre el gobierno y el país. Y si, pese a todo, ese gobierno permanece en el Poder, si cumpliendo la voluntad de la minoría se dispone a dominar sobre una mayoría hostil a todas luces, está claro que puede contar exclusivamente con un procedimiento: imponerse a las masas por la violencia. Un gobierno de tal género no tiene ni puede tener ningún otro puntal. Por eso no es una casualidad que el primer paso del gobierno Kerenski-Konoválov haya sido destrozar el Soviet de Tashkent. Tampoco es una casualidad que este gobierno se haya lanzado ya a aplastar el movimiento obrero de la cuenca del Donenz, enviando allí a un “dictador” misterioso. Tampoco es una casualidad que en su reunión de ayer haya declarado la guerra a los “disturbios” campesinos, acordando: “Organizar comités locales del Gobierno Provisional, cuya misión directa será combatir la anarquía y reprimir los desórdenes” (“Birzhovka”).

Nada de esto es casual. Un gobierno de la dictadura burguesa, carente de la confianza de las masas y que, pese a ello, desea mantenerse en el Poder, no puede subsistir sin la “anarquía” y los “desórdenes”, en la lucha contra los cuales intenta justificar su existencia. Hasta en sueños ve a los bolcheviques “organizar una insurrección”, o a los campesinos “asaltar” a los terratenientes, o a los ferroviarios “imponer una huelga funesta” que priva de trigo al frente... Todo esto lo “necesita” para levantar a los campesinos contra los obreros, el frente contra la retaguardia y, creando de este modo la necesidad de la ingerencia armada, afianzar momentáneamente su inestable situación. Porque debe comprenderse, al fin, que un gobierno, sin la confianza del país y asediado por el odio de las masas, no puede ser otra cosa que un gobierno provocador de la “guerra civil”. Por algo “Riech”, el órgano oficioso del Gobierno Provisional, advierte al gobierno lo peligroso que es “dar a los bolcheviques la posibilidad de elegir el momento para declarar la guerra civil”, y no le aconseja “tener paciencia y esperar a que, ellos (los

bolcheviques) elijan el momento oportuno para el alzamiento general” (“Riech” del miércoles). Sí, están sedientos de sangre del pueblo... Mas son vanas sus esperanzas y risibles sus esfuerzos. El proletariado revolucionario marcha consciente y organizadamente hacia la victoria. En torno a él se agrupan unánimes y firmes los campesinos y los soldados. Arrecia el clamor: ¡todo el Poder a los Soviets! La coalición sobre el papel fraguada en el Palacio de Invierno... ¿resistirá el embate? ¿Desean ustedes acciones dispersas y prematuras de los bolcheviques? Pueden esperar sentados, señores kornilovistas.

Editorial publicado el 29 de septiembre de 1917 en el núm. 23 de “Rabochi Put”.