No se puede considerar la cuestión nacional como algo que exista por sí mismo y fijo de una vez para siempre. Como simple parte del problema general de la transformación del régimen existente, la cuestión nacional se halla íntegramente determinada por las condiciones del medio social, por el carácter del Poder vigente en el país y, en general, por toda la marcha del desarrollo social. Esto se manifiesta con particular nitidez en el período de la revolución en Rusia, donde el contenido de la cuestión nacional y del movimiento nacional en las regiones de la periferia cambia rápidamente y a la vista de todos con arreglo a la marcha y al resultado de la revolución.

I. La revolución de febrero y la cuestión nacional. En la época de la revolución burguesa en Rusia (febrero de 1917), el movimiento nacional en las regiones de la periferia presentaba el carácter de un movimiento burgués de liberación. Las nacionalidades de Rusia, oprimidas y explotadas durante siglos, por el "viejo régimen", se sintieron fuertes por primera vez y se lanzaron al combate contra los opresores. "Acabar con el yugo nacional": he aquí la consigna del movimiento. En un abrir y cerrar de ojos, las regiones de la periferia de Rusia cubriéronse de instituciones "comunes a toda la nación". A la cabeza del movimiento marchaba la intelectualidad nacional democrático-burguesa. Los "consejos nacionales" en Letonia, en el territorio de Estonia, en Lituania, en Georgia, en Armenia, en el Azerbaidzhán, en el Cáucaso del Norte, en Kirguizia y en la Región Central del Volga; la "Rada" en Ucrania y en Bielorrusia; el "Sfatul-Tserí" en Besarabia; el "Kurultáí" en Crimea y en Bashkiria; el "gobierno autónomo" en el Turkestán: he aquí las instituciones "comunes a toda la nación" en torno a las cuales agrupaba las fuerzas la burguesía nacional. Se trataba de liberarse del zarismo, como "causa fundamental" de la opresión nacional, y de formar Estados nacionales burgueses. El derecho de las naciones a la autodeterminación se interpretaba como el derecho de la burguesía nacional de las regiones de la periferia a tomar en sus manos el Poder y a aprovecharse de la revolución de febrero para crear "sus" Estados nacionales. En los cálculos de estas instituciones burguesas no entraba ni podía entrar el desarrollo de la revolución. Además, se perdía de vista que en sustitución del zarismo venía un imperialismo desnudo y descarado, que este imperialismo es un enemigo de las nacionalidades más fuerte y más peligroso, la base de una nueva opresión nacional. La destrucción del zarismo y la subida de la burguesía al Poder no condujeron, sin embargo, a la destrucción de la opresión nacional. La vieja y burda forma de opresión nacional fue sustituida por una forma nueva y refinada, pero más peligrosa.

El gobierno Lvov-Miliukov-Kerenski, lejos de romper con la política de opresión nacional, organizó incluso una nueva campaña contra Finlandia (disolución de la Dieta finlandesa en el verano de 1917) y Ucrania (supresión total de las instituciones culturales ucranianas). Más aún: este gobierno, imperialista por naturaleza, llamó a la población a proseguir la guerra para someter nuevos territorios, nuevas colonias y nacionalidades. A esto lo empujaba no sólo la esencia del imperialismo, sino también la existencia, en Occidente, de viejos Estados imperialistas, que tendían irresistiblemente a sojuzgar nuevos territorios y nacionalidades y que le amenazaban con restringir su esfera de influencia. La lucha de los Estados imperialistas por el sometimiento de las pequeñas nacionalidades, como condición de la existencia de esos Estados: tal fue el panorama que se reveló en el transcurso de la guerra imperialista. La destrucción del zarismo y la aparición en escena del gobierno Miliukov-Kerenski no hicieron mejorar en nada este triste panorama. Era natural que, por cuanto las instituciones "comunes a toda la nación" en las regiones de la periferia tendían a la independencia estatal, encontrasen una resistencia insuperable por parte del gobierno imperialista de Rusia. Y, por cuanto al consolidar el Poder de la burguesía nacional permanecían sordas a los intereses cardinales de "sus" obreros y campesinos, provocaban en éstos murmuración y descontento. Los llamados "regimientos nacionales" no hacían sino echar leña al fuego: contra el peligro de arriba eran impotentes, y en cuanto al peligro de abajo no hacían más que acentuarlo y ahondarlo. Las instituciones "comunes a toda la nación" quedaban indefensas contra los golpes de fuera, lo mismo que contra las explosiones de dentro. Los Estados nacionales burgueses nacientes comenzaron a agostarse, antes de haber tenido tiempo de florecer. De este modo, la vieja interpretación democrático-burguesa del principio de la autodeterminación convertiase en una ficción, perdía su sentido revolucionario. Era evidente que, en tales condiciones, no podía hablarse de la destrucción de la opresión nacional ni de la independencia de los pequeños Estados nacionales. Se vio palpablemente

que la liberación de las masas trabajadoras de las nacionalidades oprimidas y la destrucción de la opresión nacional eran inconcebibles, sin la ruptura con el imperialismo, sin el derrocamiento de la burguesía nacional "propia" y la toma del Poder por las mismas masas trabajadoras. Esto se manifestó con especial nitidez después de la Revolución de Octubre.

II. La revolución de octubre y la cuestión nacional. La revolución de febrero albergaba en su seno contradicciones internas irreconciliables. Había sido realizada por los esfuerzos de los obreros y campesinos (soldados), en tanto que, como resultado de la revolución, el Poder no había pasado a los obreros y campesinos, sino a la burguesía. Los obreros y los campesinos, al realizar la revolución habían querido poner término a la guerra y conseguir la paz, mientras que la burguesía, instaurada en el Poder, trataba de explotar el entusiasmo revolucionario de las masas para proseguir la guerra, en contra de la paz. La ruina económica del país y la crisis de subsistencias exigían la expropiación de los capitales y de las empresas industriales en provecho de los obreros, la confiscación de las tierras de los terratenientes en provecho de los campesinos, en tanto que el gobierno burgués de Miliukov-Kerenski era el guardián de los intereses de los terratenientes y capitalistas, protegiéndolos resueltamente contra las tentativas de los obreros y campesinos. Era una revolución burguesa realizada por los obreros y campesinos en provecho de los explotadores. Entretanto, el país seguía padeciendo bajo el peso de la guerra imperialista, el caos económico y el desbarajuste en los abastos. El frente se iba desmoronando y disolviendo. Las fábricas se paralizaban.

El hambre se extendía por el país. La revolución de febrero, con sus contradicciones internas, resultaba a todas luces insuficiente para "salvar al país". El gobierno Miliukov-Kerenski resultaba a todas luces incapaz para resolver los problemas cardinales de la revolución. Para sacar al país del atolladero de la guerra imperialista y del caos económico, era necesaria una nueva revolución, una revolución socialista. Y esta revolución se produjo como resultado de la insurrección de Octubre. Al derribar el Poder de los terratenientes y de la burguesía e instaurar en su lugar el gobierno de los obreros y campesinos, la Revolución de Octubre resolvió de un golpe las contradicciones de la revolución de febrero. La abolición de la omnipotencia del terrateniente y del kulak y la entrega de las tierras en usufructo a las masas trabajadoras del campo; la expropiación de las fábricas y su entrega a la gestión de los obreros; la ruptura con el imperialismo y la liquidación de la guerra de rapiña; la publicación de los tratados secretos y el desenmascaramiento de la política de anexión de territorios ajenos; en fin, la proclamación del derecho de autodeterminación de las masas trabajadoras de los pueblos oprimidos y el reconocimiento de la independencia de Finlandia constituyeron las medidas fundamentales que llevó a cabo el Poder Soviético al principio de la revolución soviética.

Esta revolución fue una revolución verdaderamente socialista. La revolución, iniciada en el centro, no podía mantenerse mucho tiempo en el marco de su reducido territorio. Después de vencer en el centro, tenía que extenderse inevitablemente a las regiones de la periferia. Y, en efecto, partiendo del Norte, la ola revolucionaria avanzó por toda Rusia desde los primeros días de la revolución, ganando una región de la periferia tras otra. Pero aquí chocó con un dique: los "consejos nacionales" y los "gobiernos" regionales (el Don, el Kubán, Siberia) constituidos ya antes de Octubre. Lo que ocurría era que estos "gobiernos nacionales" no querían ni oír hablar de revolución socialista. Burgueses por naturaleza, no querían en modo alguno destruir el viejo régimen burgués; por el contrario, consideraban que su deber era conservarlo y fortalecerlo con todas sus fuerzas. Imperialista por esencia, no querían en modo alguno romper con el imperialismo; por el contrario, nunca hablan estado en contra de anexionarse y someter partes, grandes o pequeñas, de los territorios de nacionalidades "ajenas", si se presentaba la ocasión de hacerlo. No es de extrañar que los "gobiernos nacionales" de las regiones de la periferia declarasen la guerra al gobierno socialista del centro.

Y, naturalmente, al declararle la guerra, se convirtieron en focos de reacción, que concentraron a su alrededor todo cuanto de contrarrevolucionario había en Rusia. Para nadie es un secreto que todos los contrarrevolucionarios arrojados de Rusia afluían hacia allí, hacia esos focos, y allí, en torno a esos focos, se organizaban en regimientos "nacionales" de guardias blancos. Pero en las regiones de la periferia no existen sólo "gobiernos nacionales"; existen, además, obreros y campesinos nacionales. Organizados ya antes de la Revolución de Octubre en sus Soviets de Diputados según el modelo de los del centro de Rusia, jamás habían roto los lazos con sus hermanos del Norte. También ellos pugnaban por conseguir la victoria sobre la burguesía, también ellos luchaban por el triunfo del socialismo. No es de extrañar que su conflicto con "sus" gobiernos nacionales fuese creciendo de día en día. La Revolución de Octubre no hizo sino consolidar la alianza de los obreros y campesinos de las regiones de la periferia con los obreros y campesinos de Rusia, infundiéndoles fe en el triunfo del socialismo. Y la guerra de los "gobiernos nacionales" contra el Poder Soviético llevó el conflicto de las masas nacionales con estos

"gobiernos" hasta la completa ruptura con ellos, hasta la insurrección abierta contra ellos. Así fue como se formó la alianza socialista de los obreros y campesinos de toda Rusia contra la alianza contrarrevolucionaria de los "gobiernos" nacionales burgueses de las regiones de la periferia de Rusia. Algunos presentan la lucha de los "gobiernos" de las regiones de la periferia como una lucha por la liberación nacional contra el "desalmado centralismo" del Poder Soviético. Pero eso es completamente falso. No hay en el mundo ningún Poder que haya permitido una descentralización tan amplia; no hay en el mundo ningún gobierno que haya dado a los pueblos una libertad nacional tan completa como el Poder Soviético en Rusia. La lucha de los "gobiernos" de las regiones periféricas era y sigue siendo la lucha de la contrarrevolución burguesa contra el socialismo. Se adosa el pabellón nacional simplemente para engañar a las masas, como un pabellón popular, bueno para encubrir los designios contrarrevolucionarios de la burguesía nacional. Ahora bien, la lucha de los "gobiernos nacionales" y regionales resultó ser una lucha desigual. Atacados por dos lados -desde fuera, por el Poder Soviético de Rusia, y desde dentro, por "sus propios" obreros y campesinos-, los "gobiernos nacionales" no tuvieron más remedio que batirse en retirada después de los primeros combates. La insurrección de los obreros y los torppari finlandeses y la huida del "Senado" burgués; la insurrección de los obreros y los campesinos ucranianos y la huida de la "Rada" burguesa; la insurrección de los obreros y los campesinos en el Don, en el Kubán, en Siberia y la bancarrota de Kaledin, de Kornílov y del "gobierno" siberiano; la insurrección de las capas pobres del Turkestán y la huida del "gobierno autónomo"; la revolución agraria del Cáucaso y la completa impotencia de los "consejos nacionales" de Georgia, Armenia y el Azerbaidzhán, son hechos conocidos de todos y han demostrado el completo aislamiento de los "gobiernos" de las regiones, periféricas respecto a "sus" masas trabajadoras.

Derrotados en toda la línea, los "gobiernos nacionales" vieronse "obligados" a recurrir en demanda de ayuda contra "sus" obreros y campesinos a los imperialistas de Occidente, a los opresores y explotadores seculares de las nacionalidades del mundo entero. Así comenzó la etapa de la injerencia y de la ocupación extranjera en las regiones periféricas, etapa que desenmascara una vez más el carácter contrarrevolucionario de los "gobiernos nacionales" y regionales. Sólo ahora es evidente para todos que la burguesía nacional no aspira a liberar a "su pueblo" del yugo nacional, sino a la libertad de extraer de él ganancias, a la libertad de conservar sus propios privilegios y capitales. Sólo ahora está claro que la liberación de las nacionalidades oprimidas es inconcebible sin romper con el imperialismo, sin derrocar a la burguesía de las nacionalidades oprimidas, sin que el Poder pase a las masas trabajadoras de estas nacionalidades. Y así, la misma marcha de la revolución se encargó de desenmascarar y descartar la vieja interpretación burguesa del principio de la autodeterminación, con su consigna de "Todo el Poder a la burguesía nacional". Y la interpretación socialista del principio de la autodeterminación, con su consigna de "Todo el Poder a las masas trabajadoras de las nacionalidades oprimidas" obtuvo todos los derechos y todas las posibilidades para ser aplicada. De este modo, la Revolución de Octubre, al acabar con el viejo movimiento burgués de liberación nacional inauguró la era de un nuevo movimiento, del movimiento socialista de los obreros y de los campesinos de las nacionalidades oprimidas, dirigido contra toda opresión -y, por consiguiente, también contra la opresión nacional-, contra el Poder de la burguesía, de la "propia" y de la extraña, contra todo imperialismo en general.

III. Significación mundial de la Revolución de Octubre. Después de vencer en el centro de Rusia y de ganar para sí diversas regiones de la periferia, la Revolución de octubre no podía circunscribirse al marco territorial de Rusia. En la atmósfera de la guerra imperialista mundial y del descontento general de los de abajo, no podía por menos de saltar a los países vecinos. La ruptura con el imperialismo y la liberación de Rusia de la guerra de rapiña; la publicación de los tratados secretos y el abandono solemne de la política de anexión de territorios ajenos; la proclamación de la libertad nacional y el reconocimiento de la independencia de Finlandia; la proclamación de Rusia como "Federación de Repúblicas Nacionales Soviéticas" y el grito combativo de la lucha resuelta contra el imperialismo, lanzado al mundo por el Poder Soviético, son hechos que necesariamente habían de ejercer seria influencia en el esclavizado Oriente y en el desangrado Occidente. En efecto, la Revolución de Octubre es la primera revolución del mundo que sacude el letargo secular de las masas trabajadoras de los pueblos oprimidos del Oriente y las incorpora a la lucha contra el imperialismo mundial. La creación de Soviets Obreros y Campesinos en Persia, en China y en la India, según el modelo de los Soviets de Rusia, es un testimonio bien persuasivo. La Revolución de Octubre es la primera revolución del mundo que ha servido de vivo ejemplo salvador para los obreros y soldados del Occidente y los ha llevado a la senda que conduce a

la liberación efectivo frente a la opresión de la guerra y del imperialismo. La insurrección de los obreros y soldados en Austria-Hungría y Alemania, la creación de Soviets de Diputados Obreros y Soldados, la lucha revolucionaria que los pueblos de Austria-Hungría que no gozan de la plenitud de derechos sostienen contra la opresión nacional, son testimonios harto elocuentes. Lo importante no es que la lucha en el Oriente, o incluso en el Occidente, no haya logrado todavía liberarse de las sedimentaciones nacionalistas burguesas; lo importante es que la lucha contra el imperialismo ha comenzado, continúa y tiene necesariamente que llegar a su desenlace lógico. La intervención extranjera y la política de ocupación de los imperialistas "de fuera" no hacen más que agudizar la crisis revolucionaría, atrayendo a la lucha a nuevos pueblos y extendiendo el radio de los choques revolucionarios con el imperialismo. Y así, la Revolución de Octubre, estableciendo lazos entre los pueblos del Oriente atrasado y los del Occidente adelantado, los agrupa en un campo común de la lucha contra el imperialismo. Y así, la cuestión nacional se convierte, de problema particular de la lucha contra la opresión nacional, en el problema general de liberar del imperialismo a las naciones, a las colonias y a las semicolonias. El pecado mortal de la II Internacional y de su jefe, Kautsky, consiste, entre otras cosas, en haberse desviado constantemente hacia la interpretación burguesa de la autodeterminación nacional, en no haber comprendido su sentido revolucionario, en no haber sabido o no haber querido plantear la cuestión nacional sobre la base revolucionaria de la lucha abierta contra el imperialismo, en no haber sabido o no haber querido enlazar la cuestión nacional con el problema de la liberación de las colonias., La torpeza de los socialdemócratas de Austria tipo Bauer y Renner consiste, precisamente, en no haber comprendido la conexión indisoluble que existe entre la cuestión nacional y el problema del Poder, esforzándose por separar de la política la cuestión nacional y por encajarla en el marco de los problemas de la cultura y la educación, olvidándose de

"pequeñeces" como la existencia del imperialismo y de las colonias por él esclavizadas. Se dice que los principios de la autodeterminación y de la "defensa de la patria" han sido abolidos por la marcha de los acontecimientos en la revolución socialista ascendente. En realidad, lo que se ha abolido no son los principios de la autodeterminación y de la "defensa de la patria", sino su interpretación burguesa. Basta mirar a los territorios ocupados, que padecen bajo el yugo del imperialismo y pugnan por liberarse; basta mirar a Rusia, que sostiene una guerra revolucionaria para defender a la patria socialista contra las aves de rapiña del imperialismo; basta reflexionar en los acontecimientos que se están desarrollando actualmente en Austria-Hungría; basta mirar a las colonias y semicolonias esclavizadas, que han organizado ya sus Soviets (India, Persia, China); basta mirar a todo eso para comprender toda la significación revolucionaria del principio de la autodeterminación, en su interpretación socialista. La grandiosa significación mundial de la Revolución de Octubre consiste principalmente: 1) en que ha ensanchado el marco de la cuestión nacional, convirtiéndola, de problema particular de la lucha contra la opresión nacional en Europa, en el problema general de liberar del imperialismo a los pueblos oprimidos, a las colonias y semicolonias; 2) en que ha abierto amplias posibilidades y caminos efectivos para esta liberación, facilitando así considerablemente a los pueblos oprimidos del Occidente y del Oriente su liberación y llevándoles al cauce común de la lucha victoriosa contra el imperialismo; 3) en que de este modo ha tendido un puente entre el Occidente socialista y el Oriente esclavizado, formando un nuevo frente de revoluciones contra el imperialismo mundial, que va desde los proletarios del Occidente, pasando por la revolución rusa, hasta los pueblos oprimidos de Oriente. Esto explica, en rigor, el indescriptible entusiasmo con que se sitúan hoy ante el proletariado de Rusia las masas trabajadoras y explotadas del Oriente y del Occidente. Esto explica, principalmente, la furia bestial con que se abalanzan ahora contra la Rusia Soviética los rapaces imperialistas de todo el mundo.

Publicado con la firma de J. Stalin el 6 y el 19 de noviembre de 1918 en los núms. 241 y 250 de “Pravda”.