De todas las regiones periféricas de la Federación Rusa, la Transcaucasia es, al parecer, el lugar más característico por la riqueza y la diversidad de la composición nacional. Georgianos y rusos, armenios y tártaros azerbaidzhanos, turcos y lesgos, osetinos y abjasianos: tal es el cuadro -muy incompleto- de la diversidad nacional da los siete millones de habitantes de la Transcaucasia. Ninguno de estos grupos nacionales tiene un territorio nacional con fronteras netamente delimitadas; todos ellos viven entreverados, mezclados unos con otros, y no sólo en las ciudades, sino también en el campo. Esto explica, en rigor, que la lucha común de los grupos nacionales de la Transcaucasia contra el centro, en Rusia, sea velada frecuentemente por su enconada lucha entre sí. Y esto crea una situación muy “cómoda” para encubrir la lucha de clases con banderas y cascabeles nacionales. Otra peculiaridad de la Transcaucasia -y no menos característica- es su atraso económico. Si se prescinde de Bakú -oasis industrial del territorio movido principalmente por el capital extranjero-, la Transcaucasia es un país agrario con una vida comercial más o menos desarrollada en las zonas periféricas, junto al mar, y con restos todavía muy fuertes de un régimen puramente feudal en el Centro.

Las provincias de Tiflis, de Elizavétpol y de Bakú abundan hasta hoy día en beys tártaros y príncipes georgianos feudales, que poseen inmensos latifundios, cuentan con bandas armadas especiales y tienen en sus manos el destino de los campesinos tártaros, armenios y georgianos. Esto explica, en rigor, las violentas formas de los “disturbios” agrarios, en los que con frecuencia desemboca allí el descontento de los campesinos. En esto hay que buscar también la causa de la debilidad y de la ausencia de cristalización del movimiento obrero de la Transcaucasia (si exceptuamos Bakú), empañado frecuentemente por los “disturbios” agrarios. Todo esto crea un terreno abonado para la coalición política de las clases poseedoras y la llamada intelectualidad “socialista” -perteneciente, en su mayoría, a la nobleza- contra la revolución obrera y campesina que se desarrolla ahora en el país. La revolución de febrero no ha introducido modificaciones esenciales en la situación de las clases trabajadoras del territorio. Los soldados -los elementos más revolucionarios del campo- encontrábanse aún en el frente.

Y los obreros, débiles, en general, como clase, por efecto del atraso económico del territorio, y poco fuertes todavía como unidad organizada, hallábanse embriagados por las libertades políticas conseguidas y, según las trazas, no se disponían a seguir adelante. Todo el Poder permanecía en manos de las clases poseedoras. Estas se aferraban a él y manteníanse a la expectativa, cediendo de buen grado a los estrategas eseristas y mencheviques la tarea de adormecer a los obreros y campesinos con sabios discursos acerca del carácter burgués de la revolución rusa, acerca de la imposibilidad de llevar a cabo la revolución socialista y otras cosas por el estilo. La Revolución de Octubre ha modificado radicalmente la situación. De un aletazo ha trastrocado todas las relaciones, planteando la cuestión del paso del Poder a manos de las clases trabajadoras. La consigna de “¡Todo el Poder a los obreros y campesinos!” ha cruzado como un trueno todo el país, poniendo en pie a las masas oprimidas. Y cuando esta consigna, lanzada en el Norte de Rusia, ha comenzado a aplicarse allí, las clases poseedoras de la Transcaucasia han visto con sus propios ojos que la Revolución de Octubre y el Poder Soviético suponen para ellos una muerte ineluctable.

Por eso, la lucha contra el Poder Soviético se ha convertido para ellos en una cuestión de vida o muerte. Y la intelectualidad “socialista” eserista y menchevique, que ha probado ya el fruto del Poder, puesta ahora ante la perspectiva de perderlo, ha pasado automáticamente a formar una alianza con las clases poseedoras. Así ha surgido la coalición antisoviética en la Transcaucasia. El Comisariado de la Transcaucasia -con sus beys tártaros, tipo Jan-Joiski y Jasmamédov, de un lado, y sus intelectuales georgianos de la nobleza, tipo Zhordania y Gueguechkori, de otro- es la encarnación viva de esta coalición antisoviética. Para la coalición de clases en el seno de los grupos nacionales, se organizan “consejos nacionales”: el georgiano, el tártaro, el armenio. Su inspirador es el menchevique Zhordania. Para la coalición de las capas poseedoras de las nacionalidades más importantes de la Transcaucasia, se crea el Comisariado de la Transcaucasia. Su jefe es el menchevique Gueguechkori. Para la agrupación de “toda la población” del territorio en la lucha contra el Poder Soviético, se organiza la llamada “Dieta de la Transcaucasia”, formada por los eseristas y mencheviques, dashnakes y kanes diputados a la Asamblea Constituyente por la

Transcaucasia. Su decoración -quiero decir, su presidente- es el menchevique Chjeídze. Aquí hay de todo, “socialismo”, “autodeterminación nacional”, y también algo más real que esos viejos cascabeles, a saber; la alianza real de las capas poseedoras contra el Poder obrero y campesino. Pero con cascabeles no se sostiene uno mucho tiempo. La alianza exige “acción”. Y la “acción” no ha tardado en presentarse, en cuanto ha aparecido el primer peligro real. Nos referimos a los soldados revolucionarios que regresaban del frente turco después de iniciadas las negociaciones de paz. Estos soldados debían pasar por Tiflis, la capital de la coalición antisoviética. En manos de los bolcheviques podían ser una seria amenaza para la existencia del Comisariado de la Transcaucasia. El peligro era de lo más real. Y en este momento, ante tal peligro, desaparecieron los cascabeles “socialistas” de toda índole. Se exterioriza el carácter contrarrevolucionario de la coalición. El Comisariado y los “consejos nacionales” desarman a las unidades que regresan del frente, las ametrallan a traición, y arman a las salvajes hordas “nacionales”. Para dar mayor firmeza a la “acción” y cubrirse por el Norte, el Comisariado de la Transcaucasia se pone de acuerdo con Karaúlov y Kaledin, envía a este último vagones enteros de cartuchos, le ayuda a desarmar a las unidades que él mismo no ha conseguido desarmar y, en general, le apoya por todos los medios en la lucha contra el Poder Soviético.

La esencia de esta “política” infame es preservar a las clases poseedoras de la Transcaucasia contra los atentados de los soldados revolucionarios, sin reparar para ello en medios. Y los medios de esa “política” consisten en instigar a los destacamentos armados de musulmanes inconscientes contra los soldados rusos, en atraer a estos últimos a emboscadas tendidas de antemano, en apalearles y ametrallarles. Nada mejor ilustra esa oprobiosa “política” de desarme que el ametrallamiento de que han sido víctimas, cerca de Shamjor, entre Elizavétpol y Tiflis, los soldados rusos que, procedentes del frente turco, se dirigían contra Kaledin. He aquí lo que a este propósito comunica “Bakinski Rabochi”. “En la primera quincena de enero de 1918, en el ferrocarril Tiflis-Elizavétpol, bandas de millares de musulmanes armados a las órdenes de los miembros del Comité Nacional Musulmán de Elizavétpol, y con el apoyo de un tren blindado expedido por el Comisariado de la Transcaucasia, han practicado varios desarmes forzosos de las unidades militares de paso hacia Rusia. Se cuentan por millares los soldados rusos muertos o mutilados. Sus cadáveres siembran la línea férrea. Se les ha incautado unos quince mil fusiles, alrededor de setenta ametralladoras y unos veinte cañones”.

Tales son los hechos. Y el sentido de estos hechos consiste en la alianza de los terratenientes y la burguesía contra los soldados revolucionarios de la Transcaucasia, alianza que opera con el pabellón del menchevismo oficial. Consideramos necesario citar aquí unos fragmentos de los artículos de “Bakinski Rabochi” que esclarecen los sucesos de Shamjor-Elizavétpol. “Los mencheviques procuran ocultar la verdad de los sucesos de Elizavétpol. Incluso “Znamia Trudá”, periódico de los eseristas de Tiflis, sus aliados de ayer, hace constar los intentos de los mencheviques de “echar tierra al asunto” y exige su examen público en el centro territorial. Aplaudimos esta demanda de los eseristas, pues de que se denuncie o no oficialmente a los culpables de la tragedia de Shamjor, de que se esclarezca o no por completo los sucesos ocurridos del 6 al 12 de enero depende en grado considerable la suerte de la revolución en la Transcaucasia. Declaramos que entre los culpables de los sucesos de Elizavétpol debe citarse, ante todo, a Noi Nikoláevich Zhordania, en otros tiempos jefe de la socialdemocracia del Cáucaso y hoy titulado “padre de la nación georgiana”. Bajo su dirección, la presidencia del centro territorial dispuso que fueran desarmados los convoyes en tránsito y armados a sus expensas los regimientos nacionales.

Con su firma se ha enviado un telegrama al Comité Nacional Musulmán de Elizavétpol ordenando el desarme de los convoyes detenidos cerca de Shamjor. El, Noi Zhordania, ha enviado delegaciones desde Tiflis con el mismo encargo de desarmar a los convoyes. Así lo ha declarado oficialmente el soldado Krupkó, miembro de una delegación, en una concurrida sesión del Comité Civil de Elizavétpol. Noi Zhordania y su ayudante, N. Ramishvili, que actúa siempre con más celo que inteligencia, han expedido un tren blindado al mando de Abjazava, que repartió armas entre los musulmanes y les ayudó a ametrallar a miles de soldados y a desarmar a los convoyes. Para justificarse, Noi Zhordania dice que no firmó el telegrama. Decenas de hombres, armenios y musulmanes, aseguran que el telegrama llevaba la firma de Zhordania y que el telegrama existe. Zhordania dice que, al enterarse de las complicaciones, habló por teléfono con Abjazava y le pidió que no desarmara por la fuerza a los convoyes y que les dejara pasar. Abjazava ha resultado muerto; no se puede comprobar la veracidad de estas palabras, pero admitimos que existiera la conversación... Si dejamos aparte al muerto, al que, como dice el proverbio, todo puede cargarse, hay testigos vivos que refutan las declaraciones de Zhordania y confirman tanto las señas a que iba dirigido el

telegrama como la firma de Zhordania, el envío de la delegación con el encargo de practicar el desarme, etc. ¿Por qué Zhordania no los entrega a los tribunales, si faltan a la verdad? ¿Por qué él y sus amigos quieren “echar tierra al asunto”? Sí, ciudadanos Zhordania, Ramisbvili y Cía., sobre vosotros recae una grave responsabilidad por la sangre de los millares de soldados muertos del 7 al 12 de enero. ¿Podéis encontrar la exculpación de este grave crimen? Ahora bien, no hablamos de una exculpación personal. En el caso presente, Zhordania no nos interesa como individuo, sino como jefe del partido que marca la pauta política en la Transcaucasia, como el representante más autorizado y responsable del Poder en la Transcaucasia. Zhordania ha cometido su obra criminal, primero, por disposición de la presidencia del centro territorial y del Consejo de Enlace de las Nacionalidades, y, en segundo lugar, con el conocimiento indudable del Comisariado de la Transcaucasia. La acusación que lanzamos al rostro de Zhordania se extiende a todo el partido menchevique, al centro territorial, al Comisariado de la Transcaucasia, donde los señores Chjenkeli y Gueguechkori, en estrecho y público bloque con los beys y los kanes musulmanes, hacen todo lo posible para hundir la revolución. Hablamos de Zhordania y de Ramishvili por cuanto sus nombres están asociados a los telegramas, a las órdenes, al envió del “bandidesco” tren blindado. Por ellos debe comenzar la investigación para descubrir la verdad. Pero hay otros nombres que deben ser citados, hay otra guarida de criminales que debe ser aniquilada.

Esa guarida es el Comité Nacional Musulmán de Elizavétpol, íntegramente constituido por beys y kanes reaccionarios, y que el 7 de enero por la noche, basándose en el telegrama de Zhordania, adoptó la decisión de desarmar a los convoyes “a todo trance”, poniéndola en práctica con descaro y vesania increíbles del 9 al 12 de enero. Al hablar de los sucesos de Elizavétpol, la prensa menchevique presenta las cosas como si se tratase de uno de tantos ataques de los “bandidos” al ferrocarril, habituales en la Transcaucasia. ¡Eso es una mentira de las más desvergonzadas! No fueron bandidos, sino miles de musulmanes de la población civil, dirigidos oficialmente por el Comité Nacional Musulmán, seducidos por un pingüe botín, y seguros de que se procedía por orden de los gobernantes de la Transcaucasia, los que cometieron el crimen cerca de Shamjor y de Dalliar. El Comité Nacional Musulmán concentró en Elizavétpol, a la luz del día, a millares de musulmanes, los armó, los embarcó en la estación de Elizavétpol y los envió a Shamjor. Y cuando se obtuvo la “victoria”, según cuentan testigos presenciales, el “eserista” Safikiurdski, acompañado de otros héroes del Comité Musulmán, entró triunfalmente en la ciudad cabalgando en un cañón arrebatado al “enemigo”. ¿De qué ataques de bandidos “se trata”, pues? (“Bakinski Rabochi”, núms. 30 y 31.) Tales son los héroes principales de esta criminal aventura. He aquí los documentos que denuncian a los autores de la aventura: Telegrama del presidente del centro territorial del Soviet de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos, N. Zhordania, a todos los Soviets, relativo al desarme de los convoyes.

“A todos los Soviets de la Transcaucasia. Desde Tiflis. Nº 505, a. Recibido 6.1.1918, exped. Nº 56363. Recibió Naúmov. Palabras 59. Remitido 5-28-24. Circular. En vista de que las unidades militares de paso para Rusia se llevan las armas y de que, en caso de fracasar el armisticio, las unidades nacionales pueden quedar sin armamento suficiente para defender el frente, el centro territorial del Soviet de Diputados Obreros, Soldados y Campesinos acuerda proponer a todos los Soviets la adopción de medidas para incautarse de las armas de las unidades que parten e informar de sito en cada caso al centro territorial. Zhordania, presidente del Centro territorial”.

Telegrama del capitán de caballería, Abjazava, al jefe del regimiento de caballería tártara Magálor. “Elizavétpol. Al jefe del regimiento de caballería tárt. Magálov, desde Dzegam. N1 42. Recibido 7.1.1918 de Zhu Nº 1857. Recibió Vata. palabras 30. Remitido el 7 a las 15 horas. Vienen cinco convoyes armados, con un cañón; capturados representantes del Soviet; voy tren blindado para rechazar. Ruego ayuda todo género armas. Capitán caballería Abjazava. Ds. Shatirashvili”. (“Bakinski Rabochi”, núm. 33.) Tales son los documentos. De este modo, en el transcurso de los sucesos han desaparecido los cascabeles “socialistas”, cediendo el lugar a la “acción” contrarrevolucionaria del Comisariado de la Transcaucasia. Chjeidze, Gueguechkori y Zhordania no hacen más que ocultar con la bandera de su partido las villanías del Comisariado de la Transcaucasia. La lógica de las

cosas es más fuerte que cualquier otra lógica. Al desarmar a los soldados rusos que llegaban del frente y al luchar, de tal modo, contra los revolucionarios “de fuera”, el Comisariado contrarrevolucionario de la Transcaucasia calculaba matar dos pájaros de un tiro: por un lado, aniquilaba a una importante fuerza revolucionaria, el ejército revolucionario ruso, en el que principalmente podía apoyarse el Comité bolchevique del territorio; de otro lado, obtenía de este modo las armas “necesarias” para pertrechar a los regimientos nacionales georgianos, armenios y musulmanes, que constituyen el apoyo principal del Comisariado menchevique contrarrevolucionario. De tal suerte, la guerra contra los revolucionarios “de fuera” estaba llamada a garantizar la “paz civil” dentro de la Transcaucasia. Y los señores Gueguechkori y Zbordania han ido aplicando esta artera política con tanta más decisión, cuanto más seguros se han sentido respecto a la “retaguardia”, es decir, por parte del Cáucaso del Norte, con sus Kaledin y sus Filimónov. Ahora bien, la marcha de los acontecimientos ha echado por tierra todos los cálculos de los contrarrevolucionarios de la Transcaucasia. La caída de Bostov y de Novocherkassk, refugio de Kaledin y Kornílov, ha resquebrajado los cimientos de la “retaguardia norte”.

La limpieza definitiva de toda la línea del Cáucaso del Norte, hasta Bakú, la ha reducido a la nada. La oleada de la revolución soviética, que viene del Norte, ha irrumpido sin contemplaciones en el reino de la coalición transcaucásica, poniendo en peligro su existencia. En la misma Transcaucasia, las circunstancias han tomado igual cariz “desfavorable”. Los soldados de la Transcaucasia, al regresar del frente, han propagado por el campo la revolución agraria. Han ardido las fincas de los terratenientes musulmanes y georgianos. Los puntales de los restos del feudalismo han sido atacados resueltamente por los soldados campesinos “bolchevizados”. Evidentemente, las vacuas promesas del Comisariado de la Transcaucasia de entregar la tierra a los campesinos no podían ya satisfacerles, impelidos, como estaban, por la oleada agraria. Exigíase del Comisariado hechos, pero no contrarrevolucionarios, sino revolucionarios. Los obreros no han quedado ni podían quedar a la zaga de los acontecimientos. En primer lugar, era natural que la revolución, que venía del Norte y que llevaba a los obreros nuevas conquistas, movilizase al proletariado de la Transcaucasia a una nueva lucha. Incluso los obreros del somnoliento Tiflis, pilar de la contrarrevolución menchevique, han comenzado a apartarse del Comisariado de la Transcaucasia, pronunciándose por el Poder Soviético.

En segundo lugar, después del triunfo de los Soviets en el Cáucaso del Norte -que abastecía de trigo a Tiflis en la época de Kaledin y Filimónov-, por fuerza había de agudizarse la penuria de subsistencias, suscitando, naturalmente, diversos “disturbios”, ya que el Cáucaso del Norte revolucionario se niega en redondo a alimentar al Tiflis contrarrevolucionario. En tercer lugar, la falta de papel moneda (¡los vales no pueden sustituirlo!) ha desorganizado la vida económica y, ante todo, el transporte ferroviario, lo que, sin duda, ha ahondado el descontento en los sectores humildes de la población urbana. En fin, el Bakú proletario y revolucionario, que ha reconocido el Poder Soviético desde los primeros días de la Revolución de Octubre y que sostiene una lucha sin tregua contra el Comisariado de la Transcaucasia, no ha dejado adormecerse al proletariado transcaucásico, siendo para él un ejemplo contagioso y un faro vivo que le ilumina el camino del socialismo. Todo esto, en su conjunto, no podía por menos de revolucionarizar toda la situación política de la Transcaucasia. En fin, la cosa ha llegado al extremo de que incluso los regimientos nacionales “más seguros” han comenzado a “descomponerse” y a pasarse a los bolcheviques. El Comisariado de la Transcaucasia hallábase ante el siguiente dilema: O situarse al lado de los obreros y los campesinos contra los terratenientes y los capitalistas, en cuyo caso se disgregaba la coalición.

O sostener una lucha resuelta contra los campesinos y el movimiento obrero, para mantener la coalición con los terratenientes y los capitalistas. Los señores Zhordania y Gueguechkori han optado por el segundo camino. Comencemos porque el Comisariado de la Transcaucasia ha calificado de actos de “bandidos” y “maleantes” el movimiento agrario de los campesinos georgianos y tártaros y detiene y fusila a los “promotores”. ¡Por los terratenientes contra los campesinos! Luego, el Comisariado ha suspendido todos los periódicos bolcheviques de Tiflis y ha comenzado a detener y a fusilar a los obreros que protestan contra esta iniquidad. ¡Por los capitalistas contra los obreros! En fin, la cosa ha llegado al extremo de que los señores Zhordania y Gueguechkori, por lo visto para “conjurar la tormenta”, recurren al procedimiento de las matanzas entre armenios y tártaros, vergüenza en la que no habían caído hasta ahora ni siquiera los demócratas constitucionalistas. El Comisariado de la Transcaucasia, la Dieta de la Transcaucasia y los “consejos nacionales” contra los obreros y los campesinos: tal es el sentido de este “nuevo” rumbo. Así han completado los contrarrevolucionarios de la Transcaucasia la lucha contra los revolucionarios “de fuera”, la lucha contra los soldados rusos, desarrollándola y convirtiéndola en una lucha contra los revolucionarios de dentro, en una lucha contra

“sus propios” obreros y campesinos. Para caracterizar este “viraje” en la política de los coalicionistas de la Transcaucasia, es de excepcional interés una carta recibida hace unos días por el Consejo de Comisarios del Pueblo de un camarada del Cáucaso, testigo presencial de las tropelías contrarrevolucionarias de los señores Gueguechkori y Zhordania. La reproduzco íntegra y sin modificaciones. Dice así: “Aquí se han producido nuevos sucesos en los últimos días, y la situación es ahora muy grave. El 9 de febrero, por la mañana, fueron detenidos cuatro camaradas nuestros, entre ellos F. Kalandadze, miembro del nuevo Comité bolchevique. Han sido firmadas las órdenes de detención de otros camaradas: Filipp Majaradze, Nazaretián, Shavérdov y otros miembros del Comité territorial. Sólo se ha librado Mijo Tsjakaia, por lo visto dada su enfermedad. Todos han pasado a la clandestinidad. Al mismo tiempo han sido suspendidos nuestros periódicos: “Kavkazski Rabochi”, “Brdzola” (georgiano) y “Banvori Kriv” (armenio), y clausurada nuestra imprenta. Esto ha indignado a los obreros. El mismo 9 de febrero se celebró un mitin en los talleres ferroviarios, al que asistieron unos 3.000 obreros. El mitin acordó por unanimidad, con sólo cuatro abstenciones, declarar una huelga para exigir la libertad de los camaradas y la reaparición de los periódicos.

Se decidió mantener la huelga hasta que las reivindicaciones fueran satisfechas. Pero la huelga no fue completa. La contumaz pandilla menchevique, que calló en el mitin y no votó en contra, acudió al trabajo. El mismo día, reunidos en asamblea, los cajistas e impresores acordaron por 226 votos contra 190 declarar una huelga de protesta de veinticuatro horas, presentando las mismas reivindicaciones. Con más unanimidad decidieron ir a la huelga los electricistas, los curtidores, los obreros de la confección, de los talleres del arsenal, de las fábricas Tolle, Zargariánts y otros. La indignación cundió también entre el vecindario de la ciudad. Pero al día siguiente, el 10 de febrero, un suceso hizo olvidar las detenciones y la suspensión de los periódicos. El comité de huelga de los ferroviarios y de otros obreros había convocado para la mañana del mismo día 10 un mitin de protesta en el jardín Alelándrovski. A pesar de las medidas adoptadas para impedir el acto, acudieron más de 3.000 obreros y soldados (los soldados eran pocos, porque los convoyes se encuentran a quince verstas de la ciudad). También se presentaron en el mitin Kavtaradze, Majaradze, Nazaretián y otros camaradas que se ocultaban.

A la mitad del acto entraron en el jardín unas dos compañías de milicianos y de “guardias rojos”, quienes, enarbolando banderas rojas y haciendo señas a la multitud de que se tranquilizara, se aproximaron a los reunidos. Parte de los presentes en el mitin, que se disponía ya a disolverse, pensó que los llegados eran de los suyos y comenzó incluso a saludarles con “¡hurras!”. Kavtaradze, que presidía, quiso interrumpir al orador y dirigirles unas palabras de saludo. En aquel momento, los recién llegados se desplegaron rápidamente, formaron una cadena en torno a los reunidos y abrieron contra ellos un nutrido fuego de fusilería y ametralladora. Apuntaban principalmente a la presidencia, que ocupaba un tablado. Resultaron ocho muertos y más de veinte heridos. Diez balas cortaron la vida de un camarada parecido a Kavtaradze y vestido como él. Los “guardias rojos” decían a voces que ya habían matado a Kavtaradze. Parte del público se dispersó y otra se echó al suelo. El fuego duró unos quince minutos. Precisamente en aquel instante acababa de inaugurarse la primera sesión de la Dieta ampliada de la Transcaucasia, y Chjeídze habló bajo el acompañamiento de los fusiles y de las ametralladoras, que tableteaban en las cercanías del palacio.

Este ametrallamiento sin previo aviso y por procedimiento tan traidor, provocó una nueva indignación entre los obreros, y creo que los ha apartado definitivamente ya de los mencheviques. Después del mitin dieron alcance a Nazaretián y a Tsintsadze y se los llevaron para fusilarlos. Los salvó el eserista Merjálev. Los eseristas “se indignan”, protestan, etc. También están indignados los dashnaktsakanes, y, en general, toda la ciudad. Pero no se puede hacer nada. Ellos han traído del campo a “guardias rojos” armados y a la División salvaje musulmana y siembran el terror. Amenazan públicamente con fusilar a todos los camaradas líderes. El día del ametrallamiento del mitin, se vio en la ciudad a muchos oficiales con brazaletes blancos: eran guardias blancos que recorrían las calles en busca de los bolcheviques. Bajaron de un tranvía a un ciudadano que les pareció ser Shaumián y dispararon contra él a boca de jarro. Decían a voces que era Shaumián, pero sufrieron un desengaño. Ayer, día 11, se celebró un mitin en los convoyes, con participación de camaradas nuestros. Allí, unos seis mil soldados, sin artillería, acordaron exigir la libertad de los camaradas detenidos, la reaparición de los periódicos y la investigación de los sucesos del día 10 (el ametrallamiento del mitin, en el que, por cierto, resultó muerto un soldado de estos convoyes). Ayer mismo enviaron una delegación

con un ultimátum y dieron veinticuatro horas de plazo para contestar. Hoy expira el plazo. Se dice que el Comisariado concentra fuerzas para hacerles frente. Por ahora desconozco los pormenores. Los camaradas responsables no regresan por ahora de los convoyes, temiendo ser detenidos en el camino: allí han sido elegidos miembros del Comité Militar Revolucionario de los convoyes. Espero noticias más exactas. Ha sido convocada para mañana una sesión de la Duma municipal. Los eseristas y los dashnakes harán constar su protesta. También habrá representantes nuestros. Los ánimos en la ciudad están muy excitados. Hoy, las mujeres se manifiestan ante la Duma en vista de que comienza el hambre. En toda la ciudad se celebran mítines relámpago. En toda Georgia comienza el movimiento campesino bajo la influencia de los soldados georgianos llegados de Rusia, todos ellos bolcheviques o simpatizantes. Los mencheviques dicen que es un movimiento de malhechores y de bandidos, y envían a “guardias rojos” para sofocarlo. En Gori se ha detenido a camaradas nuestros. Hoy comunican que allí han desarmado a nuestros soldados y que ya han comenzado los fusilamientos. De Kulais informan que la ciudad se encuentra en manos de los bolcheviques dirigidos por Buda Mdivani. Desde todas partes han mandado hacia allá a fuerzas de los mencheviques. No he recibido todavía contestación de los camaradas que hemos enviado allí. La espero de un momento a otro. Ayer, en Mujrani, fue detenido un bolchevique, el viejo Tsertsvadze, que había ido allí en vista de la acción, señalada para ayer, de los campesinos contra los príncipes de Mujrani y las posesiones de la familia imperial.

Han sido detenidas y se encuentran en la cárcel de Meteji nueve personas. La guardia roja eserista, que custodiaba hasta ahora la cárcel, se ha retirado en vista de las detenciones y nos ha ofrecido sus servicios. El comité de huelga, formado por representantes de las empresas que he citado al principio, lanzó ayer un llamamiento a la huelga general. Hoy, en todas partes se discute la cuestión. Ya veremos cómo se porta el proletariado de Tiflis. A la apertura de la Dieta, el 10 de febrero, asistieron sólo los mencheviques (son 37) y un musulmán. No ha ido nadie más. El diputado musulmán ha pedido un aplazamiento hasta el 13, lo que se ha acordado. Posiblemente, acudirán también los dashnakes y los eseristas”. Tal es el “panorama”. Es difícil decir si este Comisariado contrarrevolucionario, a quien la historia ha dictado ya su veredicto de muerte, va a subsistir aún mucho tiempo. En todo caso, se pondrá en claro en un futuro próximo. Pero hay algo indudable: los últimos sucesos han arrancado definitivamente la careta socialista a los social-contrarrevolucionarios mencheviques, y ahora todo el mundo revolucionario puede convencerse por sus propios ojos de que en el Comisariado de la Transcaucasia y en sus apéndices - la Dieta y los “consejos nacionales”- tenemos un furioso bloque contrarrevolucionario dirigido contra los obreros y los campesinos de la Transcaucasia. Tales son los hechos. ¿Y quién ignora que las palabras y los cascabeles desaparecen mientras que los hechos y las acciones quedan?...

Publicado con la firma de J. Stalin el 26 y el 27 de marzo de 1918 en los núms. 55 y 56 de “Pravda”.