La guerra entre el imperialismo y el socialismo continúa. El “liberalismo” nacional y la “protección” a los pueblos “pequeños”, el “pacifismo” de la Entente y la “renuncia” a la intervención, la exigencia de “desarme” y la “disposición” a entrar en negociaciones, la “solicitud” por el “pueblo ruso” y el “deseo” de “ayudarle” por todos los “medios asequibles”, todo eso y muchas otras cosas parecidas no son más que una pantalla para ocultar el intenso envío de tanques y municiones a los enemigos del socialismo, una habitual maniobra diplomática para ocultar al mundo la “búsqueda” de nuevas formas, “aceptables” para la “opinión pública”, de ahogar el socialismo, de ahogar a los pueblos “pequeños”, a las colonias y semicolonias. Hace unos cuatro meses, el imperialismo aliado, vencedor de sus rivales austro-alemanes, planteaba de modo tajante y concreto la cuestión de la ingerencia armada (¡la intervención!) en los “asuntos rusos”. ¡Nada de negociaciones con la Rusia “anárquica”! El plan de los imperialistas consistía en trasladar parte de las tropas “que habían quedado libres” al territorio de Rusia, incorporarlas a las unidades de guardias blancos de los Skoropadski y los Krasnov, de los Denikin y los Bicherájov, de los Kolchak y los Chaikovski y, apretar en un “anillo de hierro” el foco de la revolución, la Rusia Soviética.

Pero este plan se estrelló contra las olas de la revolución. Los obreros de Europa, impulsados por el movimiento revolucionario, emprendieron una violenta campaña contra la intervención armada. Las “tropas que habían quedado libres” resultaron manifiestamente inservibles para la lucha armada contra la revolución. Es más: al ponerse en contacto con los obreros insurrectos, ellas mismas se “contagiaron” de bolchevismo. Así lo atestigua de modo harto elocuente la toma, por unas tropas soviéticas, de Jersón y Nikoláev; donde las tropas de la Entente se negaron a hacer la guerra a los obreros. Por lo que se refiere al proyectado “anillo de hierro”, no sólo no ha resultado “mortífero”, sino que incluso se ha agrietado en varios lugares. Así, pues, el plan de intervención directa y descarada resultó manifiestamente “inadecuado”. A ello se deben, en rigor, las últimas declaraciones de Lloyd George y de Wilson sobre la “admisibilidad” de las negociaciones con los bolcheviques y la “no intervención” en los asuntos interiores de Rusia, el envío a Rusia de la Comisión de Berna y, por último, la proyectada invitación (¡por segunda vez!) a todos los gobiernos “de facto” de Rusia para asistir a la Conferencia “de la Paz”.

Pero la renuncia a la intervención descarada no sólo era impuesta por esta circunstancia. Obedecía, además, a que en el curso de la lucha se había perfilado una nueva combinación, una nueva forma de intervención armada, una forma encubierta, más complicada, es cierto, que la franca intervención, pero, en cambio, más “cómoda” para la “civilizada” y “humanitaria” Entente. Nos referimos a la alianza de los gobiernos burgueses de Rumania, Galitzia, Polonia, Alemania y Finlandia, amalgamada de prisa y corriendo por el imperialismo contra la Rusia Soviética. Es cierto que estos gobiernos todavía ayer se tiraban los trastos a la cabeza por los intereses “nacionales” y la “libertad” nacional. Es cierto que todavía ayer se gritaba en todas las esquinas acerca de la “guerra patria” de Rumania contra Galitzia, de Galitzia contra Polonia y de Polonia contra Alemania. Pero ¿qué significa la “patria” en comparación con la bolsa de oro de la Entente, que ha ordenado se ponga fin a la “guerra intestina”? La Entente ha ordenado que se forme un frente único contra la Rusia Soviética, ¡cómo podían esos mercenarios del imperialismo, dejar de “alinearse”!

¡Hasta el gobierno alemán, vilipendiado y hundido en el fango por la Entente, hasta él, perdido el sentimiento más elemental de la propia dignidad, ha obtenido a fuerza de súplicas el derecho a participar en la cruzada contra el socialismo, en interés... de esa misma Entente! ¿Acaso no está claro que la Entente tiene razones muy fundadas para frotarse las manos y perorar sobre la “no intervención” en los asuntos rusos y las negociaciones “de paz” con los bolcheviques? ¿Qué necesidad hay de recurrir a la intervención descarada, “peligrosa” para el imperialismo y que exige, además, grandes sacrificios, cuando se puede organizar una intervención “nada peligrosa”, a costa ajena, a costa de los pueblos “pequeños” y encubierta con la bandera nacional? ¿Una guerra de Rumania y Galitzia, Polonia y Alemania contra Rusia? ¡Pero si ésa es una guerra por la “existencia nacional”, por la “defensa de la frontera oriental”, una guerra contra el “imperialismo” bolchevique, una guerra de los “propios” rumanos y galitzianos, de los polacos y alemanes! ¿Qué tiene que ver con eso la Entente? Es cierto que la Entente les abastece de dinero y armamento, pero eso es una simple operación financiera consagrada por el derecho internacional del mundo “civilizado”. ¿Acaso no está claro que la Entente es pura como una paloma, que ella está “contra” la intervención? ... Así, pues, el imperialismo se ha visto forzado a

dejar de blandir las armas y pasar de la política de franca intervención a la política de intervención encubierta, a la política de arrastrar a las naciones dependientes, pequeñas y grandes, a la lucha contra el socialismo. La política de franca intervención ha fracasado debido al ascenso del movimiento revolucionario en Europa, debido a la simpatía que los obreros de todos los países sienten por la Rusia Soviética. Esa política ha sido aprovechada íntegramente por el socialismo revolucionario para desenmascarar al imperialismo. No cabe duda de que la política de apelar a las últimas reservas, a los llamados pueblos “pequeños”, la política de arrastrar a estos últimos a la guerra contra el socialismo terminará en fin de cuentas, con el mismo fracaso. No sólo porque el ascenso de la revolución en el Occidente socava, pese a todo, los cimientos del imperialismo, no sólo porque en las entrañas de esos mismos pueblos “pequeños” crece sin cesar el movimiento revolucionario, sino también porque el contacto de las “fuerzas armadas” de esos pueblos con los obreros revolucionarios de Rusia les “contagiará” inevitablemente el bacilo del bolchevismo. El socialismo utiliza todas las posibilidades para abrir los ojos a los obreros y a los campesinos de esos pueblos y hacerles ver el carácter expoliador de la “solicitud paternal” del imperialismo. Incorporación de los pueblos “pequeños” a la esfera de la revolución y ampliación de la base del socialismo: he ahí los resultados inevitables de la política imperialista de intervención encubierta.

Publicado con la firma de J. Stalin el 10 de marzo de 1919 en el núm. 58 de “Izvestia”.