El avance del Ejército Rojo hacia el Oriente y la apertura del camino al Turkestán nos plantean nuevas tareas. La población del Oriente de Rusia no ofrece la uniformidad de las provincias centrales, que facilita la edificación del socialismo, ni la madurez cultural de las regiones periféricas occidentales y meridionales, que ha permitido al Poder Soviético revestir rápidamente y sin dolor las formas nacionales correspondientes. En contraste con estas regiones y el centro de Rusia, las regiones periféricas orientales -los tártaros y los bashkires, los kirguises y los uzbekos, los turcomanos y los tadzhikos, y, por último, toda una serie de grupos étnicos (unos 30.000.000 de personas)- presentan una enorme variedad de pueblos atrasados en el sentido cultural, que no han pasado todavía del medievo o que acaban de emprender el desarrollo capitalista. Esta circunstancia, sin duda, complica y dificulta en cierto modo las tareas del Poder Soviético en el Oriente. A las complicaciones de carácter puramente interno y motivadas por el modo de vida, se agregan otras de carácter “histórico”, aportadas, por así decirlo, de fuera.

Nos referimos a la política imperialista del zarismo, cuyo fin era oprimir a los pueblos del Oriente, a la codicia insaciable de los comerciantes rusos, que se sentían dueños de las regiones periféricas orientales, y, por último, a la política jesuítica de los popes rusos que, sin reparar en medios, trataban de arrastrar a las nacionalidades musulmanas al seno de la Iglesia ortodoxa. Todas estas circunstancias crearon en los pueblos del Oriente un sentimiento de desconfianza y de rencor hacia todo lo ruso. Es cierto que el triunfo de la revolución proletaria en Rusia y la política de liberación de los pueblos oprimidos, seguida por el Poder Soviético, despejaron, sin duda alguna, la atmósfera de hostilidad nacional, haciendo que el proletariado ruso se granjease la confianza y el aprecio de los pueblos del Oriente. Es más. Hay razones muy fundadas para afirmar que los pueblos del Oriente, que sus representantes conscientes empiezan a ver en Rusia el baluarte y la bandera de su liberación de las cadenas del imperialismo. Pero la estrechez cultural y el atraso en el modo de vida, que no pueden ser liquidados de un plumazo, se hacen (y se harán) sentir todavía en la edificación del Poder Soviético en el Oriente.

La Comisión encargada de elaborar el proyecto de programa del Partido Comunista de Rusia tiene en cuenta, precisamente, esas dificultades al declarar en este proyecto qué, en el problema de la libertad nacional, “el P. C. R. mantiene un punto de vista histórico y de clase, tomando en consideración la etapa del desarrollo histórico en que se encuentra la nación dada: si en el camino del medievo a la democracia burguesa o en el de la democracia burguesa a la democracia soviética”; y que “el proletariado de aquellas naciones que han sido naciones opresoras debe prestar un cuidado y una atención especiales a las supervivencias de los sentimientos nacionales en las masas trabajadoras de las naciones oprimidas o privadas de la plenitud de sus derechos”. Nuestra tarea consiste en: 1) Elevar por todos los medios el nivel cultural de los pueblos atrasados, organizar una extensa red de escuelas e instituciones educativas, fomentar la propaganda soviética oral y escrita en el idioma materno, en el idioma que comprenden las masas trabajadoras de estos pueblos. 2) Incorporar las masas trabajadoras del Oriente a la edificación del Estado Soviético, ayudándoles por todos los medios a crear sus Soviets de Diputados de subdistrito, de distrito, etc. con personas que se hayan puesto al lado del Poder Soviético y estén estrechamente ligadas a la población local. 3) Suprimir todas y cada una de las restricciones, formales y reales, heredadas del viejo régimen o aparecidas en la atmósfera de la guerra civil, que impiden el desarrollo de la máxima iniciativa de los pueblos del Oriente en su liberación de los resabios medievales y de las supervivencias de la ya destruida opresión nacional.

Sólo así se podrá hacer que el Poder Soviético sea querido por los pueblos esclavizados del inmenso Oriente, que se haga entrañable a éstos. Sólo así se podrá tender un puente entre la revolución proletaria del Occidente y el movimiento antiimperialista del Oriente, estableciendo de este modo un anillo cerrado alrededor del imperialismo agonizante. Levantar una ciudadela del Poder Soviético en el Oriente, erigir en Kazán y Ufá, en Samarcanda y Tashkent, el faro del socialismo, que ilumine a los atormentados pueblos del Oriente el camino de su liberación: ésa es la tarea. No dudamos de que nuestros abnegados funcionarios del Partido y de los Soviets, que han llevado sobre sus hombros todo el peso de la revolución proletaria y de la guerra contra el imperialismo, también sabrán cumplir dignamente

esta tarea que la historia les ha encomendado.

Publicado con la firma de J. Stalin el 2 de marzo de 1919 en el núm. 48 de “Pravda”.