Hace un año, ya antes de la Revolución de Octubre, Rusia, como Estado, ofrecía un panorama de desintegración. El antiguo y “vasto Imperio Ruso” y, a la vez, toda una serie de pequeños “Estados” nuevos, cada uno de los cuales tiraba por su lado: tal era el panorama. La Revolución de Octubre y la paz de Brest- Litovsk no hicieron sino profundizar y desarrollar más aún el proceso de desintegración. Se empezó a hablar, no ya de Rusia, sino de la Gran Rusia, y los gobiernos burgueses formados en las regiones de la periferia, gobiernos rabiosamente hostiles al Gobierno Soviético socialista del centro, le declararon a éste la guerra. Es indudable que, al mismo tiempo, en las regiones de la periferia existía una poderosa tendencia de los Soviets Obreros y Campesinos a la unidad con el centro. Pero estas aspiraciones eran ahogadas, y después aplastadas, por las tendencias opuestas de los imperialistas extranjeros, inmiscuidos en los asuntos interiores. Aprovechándose hábilmente de la desintegración de la antigua Rusia, los imperialistas austro- alemanes, que llevaban entonces la voz cantante, abastecían en abundancia a los gobiernos de la periferia de todo lo necesario para la lucha con el centro, ocupaban en algunos sitios las regiones periféricas y, en general, contribuían a la desintegración definitiva de Rusia.

Los imperialistas de la Entente, que no querían quedar a la zaga de los austro-alemanes, siguieron el mismo camino. Los enemigos del Partido de los bolcheviques achacaban, naturalmente, (¡naturalmente!), la culpa de la desintegración al Poder Soviético. Pero no es difícil comprender, que el Poder Soviético no podía - y, además, no quería- oponerse al inevitable proceso de desintegración temporal. El Poder Soviético comprendía que la unidad de Rusia, mantenida por la fuerza y apoyada en las bayonetas imperialistas, tendría que deshacerse fatalmente con la caída del imperialismo ruso. El Poder Soviético no podía, sin hacer traición a su naturaleza, mantener la unidad con los métodos del imperialismo ruso. El Poder Soviético se daba cuenta de que el socialismo no necesita una unidad cualquiera, sino una unidad fraternal; de que a esa unidad se llega por la unión voluntaria de las clases trabajadoras de las nacionalidades de Rusia, o no se llega nunca... La derrota del imperialismo austro-alemán cambió el panorama. Por un lado, en las regiones de la periferia, víctimas de todos los horrores de la ocupación, surgía una potentísima fuerza de atracción hacia el proletariado ruso y hacia sus formas de edificación del Estado, una fuerza de atracción ante la que flaquean los intentos separatistas de los gobiernos de la periferia.

Por otro lado, ha desaparecido aquella fuerza armada exterior (el imperialismo austro-alemán) que impedía a las masas trabajadoras de las zonas ocupadas mostrar su propia fisonomía política. El potente ascenso revolucionario, iniciado después en las regiones ocupadas, y la formación de varias repúblicas nacionales obreras y campesinas no dejaban lugar a dudas respecto a las aspiraciones políticas de las regiones ocupadas. A la petición de reconocimiento hecha por los gobiernos soviéticos nacionales, el Gobierno Soviético de Rusia respondió reconociendo incondicionalmente la plena independencia de las repúblicas soviéticas constituidas. Al proceder así, el Poder Soviético ha seguido su vieja y probada política, que niega toda violencia con las nacionalidades, que exige la completa libertad de desarrollo de las masas trabajadoras de las nacionalidades. El Poder Soviético comprendía que sólo sobre la base de la confianza mutua puede surgir la mutua comprensión, que sólo sobre la base de la mutua comprensión puede forjarse una unión sólida e inquebrantable de los pueblos. Los enemigos del Poder Soviético no dejaron de acusarle una vez más de hacer un “nuevo intento” de desmembrar a Rusia.

Los más reaccionarios de ellos, percibiendo la atracción de las regiones de la periferia por el centro, proclamaron la “nueva” consigna de restablecer la “Rusia Grande” por el fuego y la espada, naturalmente, mediante el derrocamiento del Poder Soviético. Los Krasnov y los Denikin, los Kolchak y los Chaikovski, que todavía ayer trataban de despedazar a Rusia en varios focos contrarrevolucionarios independientes, de buenas a primeras aparecen hoy compenetrados con la “idea” de un “Estado panruso”. Los agentes del capital anglo-francés, cuyo olfato político no se puede negar, y que ayer mismo hacían sus puestas a la desintegración de Rusia, hoy han cambiado hasta tal punto su juego que han llegado a formar de golpe sendos gobiernos “panrusos” (en Siberia y en el Sur). Todo esto prueba, sin duda, la atracción invencible de las regiones de la periferia por el centro, atracción que tratan de utilizar en la actualidad los contrarrevolucionarios nacionales y extranjeros. Huelga decir que las ambiciones contrarrevolucionarias de los restauradores de la “vieja Rusia” (naturalmente, con el viejo régimen), después de año y medio de labor revolucionaria de

las masas trabajadoras de las nacionalidades de Rusia, están condenadas a la bancarrota. Pero cuanto más utópicos son los planes de nuestros contrarrevolucionarios, tanto más real aparece la política del Poder Soviético, enteramente basada en la mutua confianza fraternal de los pueblos de Rusia. Es más: en la actual situación internacional, esa política es la única política real y efectiva, la única política revolucionaria. Testimonio elocuente de ello es, por ejemplo, la última declaración del Congreso de los Soviets de la República Bielorrusa sobre el establecimiento de lazos federativos con la República Soviética de Rusia. El hecho es que la República Soviética Bielorrusa, hace poco reconocida como independiente, ha proclamado ahora, en el Congreso de sus Soviets, su unión voluntaria con la República de Rusia. El Congreso de los Soviets de Bielorrusia ha manifestado, en su declaración del 3 de febrero, “que sólo la unión voluntaria y libre de los trabajadores de todas las repúblicas soviéticas hoy independientes asegurará el triunfo de los obreros y campesinos en su lucha contra el mundo capitalista”. “Unión voluntaria de los trabajadores de todas las repúblicas soviéticas independientes”...

Ese es, precisamente, el camino de la unión de los pueblos propugnado constantemente por el Poder Soviético y que da ahora sus felices resultados. El Congreso de los Soviets de Bielorrusia ha decidido, además, unirse con la República Lituana y ha reconocido la necesidad de establecer lazos federativos entre ambas repúblicas y la República Soviética de Rusia. El telégrafo ha traído la noticia de que el Gobierno Soviético de Lituania mantiene el mismo punto de vista; además, resulta que la Conferencia del Partido de los comunistas lituanos - el más influyente de todos los partidos de Lituania- confirma la posición del Gobierno Soviético de Lituania. Hay razones muy fundadas para esperar que el Congreso de los Soviets de Lituania, que se va a celebrar ahora, siga el mismo camino. Esa es una confirmación más del acierta de la política del Poder Soviético en la cuestión nacional. Así, pues, de la desintegración de la vieja unidad imperialista, a través de las repúblicas soviéticas independientes, los pueblos de Rusia llegan a la nueva unidad natural y voluntaria. Este camino no es, sin duda, de los más fáciles; pero es el único que conduce a la unión socialista, sólida e inquebrantable, de las masas trabajadoras de las nacionalidades de Rusia.

Publicado con la firma de J. Stalin el 9 de febrero de 1919 en el núm. 30 de “Izvestia”.