El mundo se ha dividido resuelta e irrevocablemente en dos campos: el campo del imperialismo y el campo del socialismo. Allí, en su campo, están los Estados Unidos e Inglaterra, Francia y el Japón, con sus capitales, con su armamento, con sus avezados agentes y expertos administradores. Aquí, en nuestro campo, está la Rusia Soviética con las jóvenes repúblicas soviéticas, con la revolución proletaria ascendente en los países de Europa, mas sin capitales, sin agentes avezados ni administradores expertos, pero, en cambio, con agitadores expertos, que saben encender el corazón de los trabajadores con la llama de la liberación. La lucha de estos dos campos constituye el eje de toda la vida contemporánea y determina todo el contenido de la actual política interior y exterior de los hombres públicos del viejo y del nuevo mundo. Estlandia y Lituania, Ucrania y Crimea, el Turkestán y Liberia, Polonia y el Cáucaso, y, en fin, la propia Rusia, no son objetivos en sí, sino sólo palestras de lucha, de una lucha a muerte entre dos fuerzas, entre el imperialismo, que trata de consolidar el yugo de la esclavitud, y el socialismo, que lucha por acabar con la esclavitud. La fuerza del imperialismo reside en la ignorancia de las masas populares, que enriquecen a sus amos y forjan las cadenas de su propia opresión.

Pero la ignorancia de las masas es cosa transitoria, que tiende inevitablemente a desvanecerse con el tiempo, al crecer el descontento de las masas y propagarse el movimiento revolucionario. Los capitales de los imperialistas... pero ¿quién ignora que los capitales son impotentes ante lo inevitable? Precisamente por eso el dominio del imperialismo no es firme ni duradero. La debilidad del imperialismo reside en su impotencia para poner fin a la guerra sin provocar una catástrofe, sin acrecentar la desocupación en masa, sin seguir expoliando a sus propios obreros y campesinos, sin nuevas anexiones de territorios ajenos. El problema no reside en la terminación de la guerra, y ni siquiera en la victoria sobre Alemania, sino en quién va a cargar con los gastos de miles de millones ocasionados por la guerra. Rusia ha salido renovada de la guerra imperialista, porque ha puesto fin a la guerra a costa de los imperialistas interiores y extranjeros, porque ha cargado los gastos de la contienda sobre los culpables directos de ella expropiándolos. Los imperialistas no pueden actuar así, no pueden expropiarse a sí mismos, pues, de lo contrario, no serían imperialistas.

Para poner fin a la guerra al modo imperialista, se ven “obligados” a condenar a los obreros al hambre (desempleo en masa a causa del cierre de las empresas “desventajosas”, nuevos impuestos indirectos y aumento desenfrenado de los precios de los víveres), se ven “obligados” a desvalijar a Alemania, Austria- Hungría, Rumania, Bulgaria, Ucrania, el Cáucaso, el Turkestán, Siberia. ¿Hará falta decir que todo esto amplía la base de la revolución, hace vacilar los cimientos del imperialismo y acelera la catástrofe inevitable? Hace tres meses, el imperialismo, embriagado con la victoria, blandía las armas, amenazando invadir Rusia con sus hordas armadas. ¿Podrá, acaso, mantenerse la “mísera” y “salvaje” Rusia Soviética frente al “disciplinado” ejército anglo-francés, que ha vencido “hasta” a los alemanes, a pesar de su famoso armamento? Así pensaban ellos. Mas pasaron por alto una “pequeñez”: no tuvieron en cuenta, que la paz, aunque sea una paz “indecente”, quebrantará, sin que nadie pueda evitarlo, la “disciplina” del ejército, levantándolo contra la nueva guerra, mientras que el desempleo y la carestía de la vida reforzarán inevitablemente el movimiento revolucionario de los obreros contra sus imperialistas. ¿Y qué pasó?

El ejército “disciplinado” resultó inservible para la intervención y contrajo una dolencia inevitable: la desmoralización. La tan cacareada “paz civil” y el “orden” se transformaron en su antítesis, en guerra civil. Los “gobiernos” burgueses fabricados de prisa y corriendo en las regiones de la periferia de Rusia resultaron ser pompas de jabón, inservibles para enmascarar la intervención, que persigue, naturalmente (¡naturalmente!), los objetivos del “humanitarismo” y de la “civilización”. En cuanto a la Rusia Soviética, lejos de ser “pan comido” para ellos, hubieron de considerar prudente replegarse un poquito, invitándola a la “conferencia” del Archipiélago de las Príncipes, pues los éxitos del Ejército Rojo, el surgimiento de nuevas repúblicas soviéticas nacionales, que contaminan con el espíritu de la revolución a los países colindantes, el ascenso de la revolución en el Occidente y la aparición de Soviets de Obreros y Soldados en los países de la Entente no podían dejar de influir de un modo más que convincente. Es más: las cosas han llegado hasta el punto de que el “intransigente” Clemenceau, que todavía ayer negaba los pasaportes para asistir a la Conferencia de Berna y se preparaba a engullirse a la Rusia “anárquica”, ahora, algo chafado por la revolución, no desdeña los servicios de un honesto

intermediario “marxista”, el viejo Kautsky, enviándole a Rusia para entablar negociaciones... o sea, para “investigar”. Verdaderamente: “¿Qué se hizo del lenguaje majestuoso, De la orgullosa fuerza y del valor real?...” Esta transformación se ha producido en unos tres meses. Tenemos razones muy fundadas para afirmar que, en lo sucesivo, los acontecimientos seguirán la misma dirección, pues hay que reconocer que, en el momento actual de “tormentas y adversidades”, Rusia es el único país donde la vida económica y social transcurre “normalmente”, sin huelgas ni manifestaciones de hostilidad hacia el Gobierno; que el Gobierno Soviético es hoy el más firme de todos los que existen en Europa, y que la fuerza y el prestigio de la Rusia Soviética crecen de día en día, tanto dentro como fuera del país, en proporción directa al decaimiento de la fuerza y del prestigio de los gobiernos imperialistas. El mundo se ha dividido en dos campos irreconciliables: el campo del imperialismo y el campo del socialismo. El imperialismo agonizante se agarra al último recurso, a la “Sociedad de Naciones”, en un intento de salvar la situación coligando a los expoliadores de todos los países en una alianza única. Pero son vanos sus esfuerzos, pues la situación y el tiempo actúan contra él y en favor del socialismo. Las oleadas de la revolución socialista crecen con ímpetu arrollador, cercando las fortalezas del imperialismo. Su estruendo resuena en los países del Oriente oprimido. El suelo empieza a arder bajo los pies del imperialismo. El imperialismo está fatalmente condenado a perecer.

Publicado con la firma de J. Stalin el 22 de febrero de 1919 en el núm. 41 de “Izvestia”.