23 de abril de 1920 Después de los discursos y de las remembranzas que hemos escuchado, queda muy poco por decir. Quisiera señalar únicamente una cualidad del camarada Lenin, de la que todavía no ha hablado nadie. Me refiero a su modestia y a su valentía para reconocer los errores. Recuerdo dos ocasiones en que Lenin, este gigante, reconoció que se había equivocado. El primer episodio se refiere a la decisión de boicotear la Duma de Witte, adoptada en la Conferencia bolchevique de toda Rusia, en Tammerfors (Finlandia), en diciembre de 1905. Al plantearse este problema, siete camaradas estrechamente vinculados al camarada Lenin, y a los que nosotros, los delegados de provincias, dirigíamos toda clase de epítetos, nos aseguraron que Ilich estaba en contra del boicot a la Duma y en favor de la participación en las elecciones. Posteriormente se comprobó que así era en realidad. Pero empezaron los debates, y los boicoteadores de provincias, los de Petersburgo y de Moscú, Siberia y el Cáucaso, se lanzaron al ataque, y cuál no sería nuestra sorpresa cuando, después de haber hablado nosotros, Lenin tomó la palabra y declaró que había sido partidario de participar en las elecciones, pero que veía que había estado equivocado y se solidarizaba con los delegados de provincias. Quedamos atónitos. Aquello produjo el efecto de una descarga eléctrica. Y le tributamos una ovación. He aquí otro episodio parecido. En septiembre de 1917, bajo Kerenski, cuando fue convocada la Conferencia Democrática, y los mencheviques y los eseristas organizaban una nueva institución, el anteparlamento, que debía allanar el terreno para el tránsito de los Soviets a la Constituyente, en aquel momento resolvimos en el Comité Central, en Petrogrado, que no se debía disolver la Conferencia Democrática, que se debía seguir consolidando los Soviets; convocar un Congreso de los Soviets, ir a la insurrección y proclamar al Congreso de los Soviets órgano del Poder del Estado.

Ilich, que por entonces se encontraba en la clandestinidad, fuera de Petrogrado, no estaba de acuerdo con el C.C. y escribía que a aquella canalla (a los de la Conferencia Democrática) había que dispersarla y detenerla inmediatamente. A nosotros nos parecía que la cosa no era tan sencilla, pues sabíamos que la mitad o, por lo menos, la tercera parte de la Conferencia Democrática estaba compuesta de delegados del frente y que, disolviendo la Conferencia y deteniendo a los participantes, sólo lograríamos estropear las cosas y empeorar nuestras relaciones con el frente. Considerábamos que nosotros, los militantes dedicados al trabajo práctico, veíamos más claramente todas las quebradas, los hoyos y los baches en nuestro camino. Pero Ilich es un gran hombre, y no teme los baches, ni los hoyos, ni las quebradas, no teme el peligro y dice: “¡En pie y derecho al objetivo!”. Nosotros, los prácticos, estimábamos que entonces no convenía actuar así, que debíamos sortear esos obstáculos para, después, coger al toro por los cuernos. A pesar de que Lenin insistía con tesón, no le escuchamos, seguimos fortaleciendo los Soviets y llevamos las cosas hasta el Congreso de los Soviets, del 25 de octubre, hasta la insurrección victoriosa. Ilich se encontraba ya en Petrogrado. Sonriendo y mirándonos con cierta malicia, dijo: “Sí, parece que teníais razón”. Y de nuevo nos dejó atónitos. Al Camarada Lenin no le daba miedo reconocer sus errores. Esa modestia y esa valentía nos cautivaban, singularmente. (Aplausos.)

Publicado por primera vez en la recopilación: “El cincuenta aniversario del nacimiento de Vladimir llich Ulíanov-Lenin”, Moscú, 1920.