Informe pronunciado en la Conferencia territorial de las organizaciones comunistas del Don y del Cáucaso, en la ciudad de Vladikavkaz el 27 de octubre de 1920. Camaradas: Hasta la Revolución de Octubre, en ciertos círculos socialistas de la Europa Occidental existía el convencimiento de que la revolución socialista podía desencadenarse y verse coronada por el éxito, antes que en cualquier otro sitio, en un país donde el capitalismo estuviese desarrollado; unos conjeturaban que ese país sería Inglaterra, otros, que sería Bélgica, etc. Pero casi todos afirmaban que en los países atrasados en su desarrollo capitalista, donde el proletariado era poco numeroso y no tenía la organización suficiente, como ocurría, por ejemplo, en Rusia, no podía comenzar la revolución socialista. La Revolución de Octubre refutó esa opinión, pues la revolución socialista comenzó precisamente en un país atrasado en su desarrollo capitalista, es decir, en Rusia. Además, algunos de los que participaron en la Revolución de Octubre estaban convencidos de que la revolución socialista en Rusia podría verse coronada por el éxito y que este éxito sería duradero sólo en el caso de que inmediatamente después de la revolución en Rusia comenzara en la Europa Occidental un estallido revolucionario, más profundo y más serio, que apoyara e impulsara a la revolución en Rusia.

Y consideraban que ese estallido se produciría necesariamente. Esta opinión también fue refutada por los acontecimientos, ya que la Rusia socialista, sin un apoyo revolucionario directo del proletariado occidental y rodeada de Estados enemigos, existe y se desarrolla con éxito desde hace tres años. Ha resultado que la revolución socialista no sólo puede comenzar en un país atrasado en su desarrollo capitalista, sino también verse coronada por el éxito y progresar, sirviendo de ejemplo a los países adelantados en su desarrollo capitalista. Así, pues, la cuestión acerca de la situación actual de Rusia, cuestión que figura en el orden del día de la Conferencia, hay qué formularla así: ¿puede Rusia - más o menos abandonada a sí misma y constituyendo, como si dijéramos, un oasis del socialismo, rodeado de Estados capitalistas enemigos- seguir manteniéndose, batiendo y aplastando a sus enemigos como lo ha hecho hasta el presente? Para responder a esta pregunta, hay que esclarecer, ante todo, las condiciones que garantizan y pueden garantizar en adelante la existencia y los éxitos de la Rusia Soviética.

Estas condiciones son de dos clases: permanentes, independientes de nosotros, y transitorias, dependientes de los hombres. Entre las primeras condiciones, debemos incluir, en primer término, la circunstancia de que Rusia sea un país inabarcable, inmenso, en cuyo territorio es posible mantenerse largo tiempo, retrocediendo hacia el interior, en caso de reveses, para, después de haber acumulado fuerzas, pasar nuevamente a la ofensiva. Si Rusia fuera un país pequeño, como Hungría, en el que una embestida fuerte del enemigo decide rápidamente la suerte del país, donde es difícil maniobrar y no hay a dónde retroceder, si Rusia fuera un país tan pequeño, difícilmente subsistiría tanto tiempo como país socialista. Además, hay otra condición, también permanente, que favorece el desarrollo de la Rusia socialista. Me refiero a la circunstancia de que Rusia sea uno de los pocos países del mundo que tienen en abundancia toda clase de combustible, materias primas y víveres, es decir, un país independiente del extranjero en cuanto al combustible, los víveres, etc., un país que, en lo que a esto respecta, puede prescindir de los países extranjeros.

Es indudable que si Rusia viviese a expensas del trigo y del combustible de fuera, como, por ejemplo, Italia, se hubiera visto en situación crítica al día siguiente de la revolución, púes habría bastado someterla al bloqueo para que se quedase sin pan y sin combustible. Sin embargo, el bloqueo de Rusia por la Entente no ha lesionado sólo los intereses de Rusia, sino también los de la Entente misma, ya que esta última se ha visto privada de las materias primas rusas. Pero, además de las condiciones permanentes, hay condiciones transitorias, tan necesarias como las primeras para la existencia, y el desarrollo de la Rusia Soviética. ¿Qué condiciones son ésas? Son las condiciones que aseguran reservas a Rusia. El caso es que en la encarnizada guerra entre Rusia y la Entente, guerra que dura ya tres años y puede prolongarse aún tres más, la cuestión de las reservas militares es una cuestión decisiva. ¿Cuáles son las reservas de la Entente? ¿Cuáles son nuestras reservas? Reservas de la Entente son, ante todo, las tropas de Wrángel y los jóvenes ejércitos de los jóvenes Estados burgueses (Polonia, Rumania, Armenia, Georgia y otros), aun no contaminados del “veneno de las contradicciones de clase”. El punto flaco de la Entente, en este sentido, es que no tiene su propio ejército contrarrevolucionario. Debido al movimiento revolucionario en el Occidente, no puede lanzar

contra Rusia sus tropas, es decir, las tropas inglesas, francesas, etc., por lo cual se ve obligada a valerse de ejércitos ajenos, a los que financia, pero de los que no puede disponer a su antojo, como podría hacerlo con sus propios ejércitos. El que esos ejércitos actúen según directivas de la Entente, no elimina, ni mucho menos, la existencia de los rozamientos que se producen y se producirán entre la Entente y los intereses nacionales de los Estados de cuyos ejércitos ella se vale. La paz con Polonia, firmada a despecho de las instigaciones de la Entente, confirma una vez más que tales rozamientos existen. Y esa circunstancia no puede por menos de minar la fuerza interna de las reservas militares de la Entente. Reservas de la Entente son, en segundo lugar, las fuerzas contrarrevolucionarias que operan en la retaguardia de nuestros ejércitos, organizando toda clase de acciones guerrilleras y de otro tipo. Finalmente, hay aún reservas de la Entente que operan en las colonias y en las semicolonias esclavizadas por ella, con el fin de estrangular el naciente movimiento revolucionario de estos países. No hablamos ya de las reservas de la Entente en la propia Europa, de todos esos escorpiones, incluida la II Internacional, que persiguen el fin de estrangular la revolución socialista en el Occidente. Reservas de Rusia son, ante todo, las fuerzas del Ejército Rojo, ejército formado de obreros y campesinos.

Este ejército se distingue de los ejércitos alquilados y sobornados por la Entente en que lucha por la libertad y la independencia de su propio país, en que sus intereses se funden con los intereses del país por el que derrama la sangre y con los intereses del gobierno por instrucciones del cual combate. En esto reside la fuerza inagotable que encierran las reservas principales de la Rusia Soviética. Reservas de Rusia son, en segundo lugar, los movimientos revolucionarios en el Occidente, que, al desarrollarse, se van transformando en revolución socialista. No cabe duda de que si no existiese ese movimiento revolucionario en el Occidente, la Entente tendría sus propios ejércitos contrarrevolucionarios y se arriesgaría a una intervención armada directa en los asuntos de Rusia. Finalmente, es reserva de Rusia la efervescencia cada vez mayor en el Oriente y en las colonias y semicolonias de la Entente, que, al transformarse en franco movimiento revolucionario por liberar del yugo del imperialismo a los países del Oriente, pone a la Entente en peligro de quedarse sin fuentes de materias primas y de combustible. Debe tenerse presente que las colonias son el talón de Aquiles del imperialismo, y que golpear ese talón es poner a la Entente en una situación crítica. No cabe duda de que el movimiento revolucionario en el Oriente crea en torno a la Entente una atmósfera de incertidumbre y de desmoronamiento. Tales son nuestras reservas.

¿Cuál es el desarrollo histórico de estos factores? En 1918, la Rusia Soviética era la Rusia interior, cortada de las fuentes de materias primas, de víveres y de combustible (Ucrania, el Cáucaso, Siberia, el Turkestán), sin un fuerte ejército y sin el apoyo del proletariado de la Europa Occidental. La Entente podía entonces hablar de una intervención armada directa en los asuntos de Rusia, y así lo hacía. Dos años más tarde, Rusia ofrece un cuadro completamente distinto. Siberia, Ucrania, el Cáucaso y el Turkestán han sido ya liberados. Yudénich, Kolchak y Denikin han sido batidos. Parte de los jóvenes Estados burgueses (Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia) han sido neutralizados. Los restos del ejército de Denikin (el ejército de Wrángel) se hallan en el umbral de la derrota. El movimiento revolucionario en los países del Occidente va en ascenso, fortaleciendo la III Internacional, su organismo de combate, y la Entente no se atreve ya a soñar con una intervención armada directa en los asuntos de Rusia. En el Oriente, el movimiento revolucionario contra la Entente crece, formando su núcleo, la Turquía revolucionaria, y creando su organismo de combate, el Comité de Acción y Propaganda. En pocas palabras: las reservas de la Entente disminuyen de día en día, y las reservas de la Rusia Soviética aumentan. Es evidente que hoy, en 1920, las probabilidades de derrotar a Rusia son menos, incomparablemente menos, que hace dos años.

Es evidente que si Rusia resistió hace dos años la embestida de la Entente, mejor podrá resistirla ahora que sus reservas crecen en todos los terrenos de la lucha. ¿Quiere decir esto que la guerra contra la Entente toca a su fin, que podemos dejar a un lado las armas, disolver las tropas y emprender el trabajo pacífico? No, no quiere decir eso. La Entente, que se ha resignado, bien a su pesar, a la firma de la paz con los polacos, no está dispuesta, por todo lo que sabemos, a dejar a un lado las armas y, por lo visto, piensa desplazar el teatro de las operaciones militares al Sur, a la Transcaucasia, y es muy posible que Georgia, cumpliendo sus obligaciones de entretenida de la Entente, no se niegue a prestarle un servicio. Por lo visto, a juicio de la Entente, el mundo es pequeño para ella y Rusia, y una de las dos debe perecer para que se instaure la paz en el mundo. Si la cuestión se plantea así, si la Entente la plantea así -y la realidad es que sólo así la plantea-, está claro que Rusia no puede dejar a un lado las armas. Por el contrario, debemos dedicar todas nuestras energías a poner en movimiento todas las fuerzas del país para rechazar un nuevo golpe. El robustecimiento y la consolidación del Ejército Rojo, defensor de la libertad y de la independencia de nuestro país; el apoyo por todos los medios a la revolución socialista en el Occidente; el apoyo con todas nuestras fuerzas

y todos nuestros medios a los países del Oriente que luchan contra la Entente por su liberación: tales son nuestros deberes inmediatos, que estamos obligados a cumplir sin falta, con toda energía, si queremos vencer. Y venceremos, sin duda alguna, si cumplimos honradamente estos deberes. Al terminar mi discurso, quisiera mencionar una condición, sin la cual la victoria de la revolución en el Occidente se vería en extremo dificultada. Me refiero a la creación de un fondo de víveres para la revolución en el Occidente. El caso es que los Estados del Occidente (Alemania, Italia y otros) dependen por completo de América, que abastece de trigo a Europa. La victoria de la revolución en esos países enfrentaría al proletariado con una crisis de subsistencias al día siguiente de la revolución, en el caso de que la América burguesa se negara a abastecerlos de trigo, cosa bien probable. Rusia no tiene grandes reservas de víveres, pero, a pesar de ello, podría reunir algunas, y, en vista de la posibilidad y la probabilidad de la perspectiva a que me he referido en cuanto a las subsistencias, deberíamos plantear ahora mismo la cuestión de crear en Rusia un fondo de víveres para nuestros camaradas del Occidente. Algunos camaradas no prestan la atención debida a este problema, que, como veis, puede tener una importancia extraordinaria para el desarrollo y el desenlace de la revolución en el Occidente.

Publicado el 30 de octubre de 1920 en el núm. 172 de “Kommunist” (Vladikavkaz).