Informe pronunciado en la reunión solemne celebrada por el Soviet de Bakú el 6 de noviembre de 1920. Camaradas: Antes de comenzar este informe, quisiera saludar al Soviet de Diputados Obreros de Bakú, en nombre del Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda Rusia, y al Comité Revolucionario del Azerbaidzhán y a su dirigente, el camarada Narimánov, en nombre del Consejo de Comisarios del Pueblo. De parte del Consejo Militar Revolucionario de la República, saludo calurosamente al XI Ejército Rojo, que ha liberado al Azerbaidzhán y defiende con toda abnegación su libertad. (Aplausos.) - - - Es indudable que el problema fundamental en la vida de Rusia, durante los tres años de actuación del Poder Soviético, es la situación internacional del país. Hubo un tiempo en que no se hacía caso de la Rusia Soviética, no se la tenía en cuenta, no se la reconocía. Fue éste el primer período, desde la instauración del Poder Soviético en Rusia hasta la derrota del imperialismo alemán. En este período, los imperialistas del Occidente -ambas coaliciones, la inglesa y la alemana- estaban enzarzados y no hacían caso de la Rusia Soviética, no estaban, por decirlo así, en condiciones de ocuparse de ella. El segundo período se extiende desde la derrota del imperialismo alemán y el comienzo de la revolución en Alemania hasta el momento en que Denikin desarrolla su amplia ofensiva contra Rusia y llega a las puertas de Tula. Lo que distingue a este período desde el punto de vista de la situación internacional de Rusia, es que la Entente -la coalición anglo-francesa-norteamericana-, después de derrotar a Alemania, lanzo todas sus fuerzas disponibles contra la Rusia Soviética. Fue éste el período en que nos amenazaban con la alianza -que posteriormente resultó un mito- de catorce Estados. El tercer período es el que vivimos ahora, en el que no sólo hacen caso de nosotros, como potencia socialista, en el que no sólo nos reconocen de hecho, sino hasta nos tienen cierto miedo.

Primer periodo. Hace tres años, el 25 de octubre (7 de noviembre, según el nuevo cómputo) de 1917, se reunía un puñado de bolcheviques, dirigentes del Soviet de Petrogrado, y acordaban cercar el Palacio de Kerenski, hacer prisioneras a sus tropas, ya desmoralizadas, y poner el Poder en manos del II Congreso de los Soviets de Diputados Obreros, Campesinos y Soldados, a la sazón reunido. En aquel momento, muchos nos consideraban, en el mejor de los casos, unos extravagantes, y en el peor, "agentes del imperialismo alemán". Desde el punto de vista de la situación internacional este período podría definirse como período de aislamiento absoluto de la Rusia Soviética. No eran sólo los Estados burgueses que nos rodeaban los que mantenían una actitud hostil a Rusia; hasta nuestros "camaradas" socialistas del Occidente nos miraban con desconfianza. Y si entonces la Rusia Soviética pudo mantenerse, pese a todo, como Estado, fue tan sólo porque los imperialistas del Occidente estaban entregados a una cruenta guerra entre sí. Además, mantenían una actitud irónica hacia el experimento de los bolcheviques en Rusia, pues esperaban que éstos morirían de muerte natural. Desde el punto de vista de la situación interior, este período puede definirse como período de la destrucción del viejo mundo en Rusia, como período de la demolición de todo el aparato del viejo Poder burgués.

Teóricamente, sabíamos que el proletariado no puede limitarse a tomar la vieja máquina del Estado y ponerla en funcionamiento. Esta tesis teórica nuestra, enunciada por Marx, fue confirmada plenamente por los hechos, cuando nos enfrentamos con toda una fase de sabotaje de los funcionarios zaristas, de los empleados y de parte de la aristocracia proletaria, con una fase de completa desorganización del Poder del Estado. El primer y principal aparato del Estado burgués, el viejo ejército y su generalato, fue entregado al desguace. Eso nos costó muy caro. A consecuencia de ello, tuvimos que pasar algún tiempo sin ejército y firmar la paz de Brest-Litovsk. Pero no había otra salida, la historia no nos ofrecía ningún otro camino para la liberación del proletariado. Luego, fue deshecho, fue entregado al desguace, otro aparato, no menos importante en manos de la burguesía: el aparato burocrático, el aparato de la administración burguesa. En el terreno de la administración económica del país, lo más característico fue que arrancamos a la burguesía el nervio central de su vida económica: los Bancos. Los Bancos fueron arrebatados a la burguesía, y ésta quedó, por decirlo así, sin alma. Siguió el trabajo de demolición de los viejos aparatos de la vida económica y la expropiación de la burguesía: se quitaron a ésta las fábricas, para

ponerlas en manos de la clase obrera. Finalmente, demolimos los viejos organismos de abastos e intentamos formar organismos nuevos, capaces de recoger el trigo y de distribuirlo entre la población. Por último, liquidamos la Constituyente. Estas son, más o menos, las medidas que la Rusia Soviética hubo de tomar en este período para demoler el aparato de Estado burgués.

Segundo periodo. El segundo periodo comienza cuando la coalición anglo-franco-norteamericana, después de haber derrotado al imperialismo alemán, intentó acabar con la Rusia Soviética. Desde el punto de vista de la situación internacional, este periodo puede definirse como periodo de guerra franca entre las fuerzas de la Entente y las de la Rusia Soviética. Si en el primer período no hacían caso de nuestra presencia, se reían y se mofaban de nosotros, en este período, por el contrario, todas las fuerzas negras, alarmadas, se pusieron en pie para acabar con la llamada "anarquía" en Rusia, que amenazaba con descomponer todo el mundo capitalista. Desde el punto de vista de las relaciones interiores, debe definirse este período como periodo de construcción, como el periodo en que termina, en lo fundamental, la demolición de los viejos organismos del Estado burgués y empieza una nueva fase de construcción; en que se comienza a organizar el trabajo en las fábricas arrebatadas a los patronos, se organiza un control efectivamente obrero y, después, el proletariado pasa del control a la administración directa; en que, en sustitución del demolido aparato de abastos, se organiza otro, en sustitución del demolido aparato del transporte ferroviario, se constituyen nuevos organismos en el centro y en provincias y, en sustitución del viejo ejército, se forma un ejército nuevo. Hay que reconocer que, en este periodo, la construcción ranqueaba en general, ya que la mayor parte de la energía creadora -las nueve décimas partes de esa energía- se invirtió en la formación del Ejército Rojo, pues en la lucha a muerte que se libraba contra las fuerzas de la Entente estaba en juego la existencia misma de la Rusia Soviética, existencia que únicamente podía ser defendida entonces por un poderoso Ejército Rojo.

Y debemos decir que nuestros esfuerzos no fueron vanos, pues el Ejército Rojo, al vencer a Yudénich y a Kolchak, demostró ya en aquel período toda su fuerza. Desde el punto de vista de la situación internacional de Rusia, el segundo periodo puede definirse como período de la liquidación paulatina de la soledad de Rusia, de su aislamiento. Empiezan a aparecer los primeros aliados de Rusia. La revolución en Alemania destaca unidos cuadros obreros, cuadros comunistas, sentando, con el grupo de Liebknecht, los cimientos de un nuevo Partido Comunista. En Francia, un pequeño grupo que antes pasaba desapercibido, el grupo de Loriot, se convierte en un gran grupo del movimiento comunista. En Italia, la corriente comunista, débil al principio, abarca a casi todo el Partido Socialista Italiano, a su mayoría. En el Oriente, debido a los éxitos del Ejército Rojo, se inicia una efervescencia que se transforma, por ejemplo, en Turquía, en guerra directa contra la Entente y sus aliados. Los propios Estados burgueses no constituyen ya en este período la masa compacta, hostil a Rusia, que constituían en el primer periodo, sin hablar ya de las discrepancias en la Entente misma en cuanto al reconocimiento de la Rusia Soviética, discrepancias que se van agravando con el transcurso del tiempo. Empiezan a sonar voces pidiendo negociaciones con Rusia, un acuerdo con ella. Este es el caso, por ejemplo, de Estonia, de Letonia y de Finlandia. Finalmente, la consigna de "¡Fuera las manos de Rusia!", popular entre los obreros anglo-franceses, hace imposible una intervención armada directa de la Entente en los asuntos de Rusia. La Entente se ve obligada a renunciar al envió de soldados anglo- franceses contra Rusia. La Entente se ve obligada a limitarse a utilizar contra Rusia ejércitos ajenos, de los que, sin embargó, no puede disponer a su antojo.

Tercer periodo. El tercer período es el que estamos viviendo hoy. Este período se puede llamar de transición. Su primera mitad se distingue por que Rusia, después de derrotar a Denikin, su enemigo principal, y previendo el fin de la guerra, se ha propuesto llevar los organismos del Estado, adaptados a los fines de la guerra, a un nuevo cauce, al cauce de la construcción económica. Si antes se decía: "todo para la guerra", "todo para el Ejército Rojo", "todo para la victoria sobre el enemigo exterior", ahora se dice: "todo para fortalecer la vida económica". Sin embargo, esta fase del tercer periodo, fase que comenzó después de la derrota de Denikin y de su expulsión de Ucrania, vióse interrumpida por la agresión de Polonia a Rusia. La Entente se proponía impedir con esto que la Rusia Soviética se fortaleciese económicamente y se convirtiera en el país más poderoso del mundo. La Entente temía eso y azuzó a Polonia contra Rusia. Hubo que reajustar de nuevo los organismos del Estado, adaptados ya a la construcción económica; hubo que, poner otra vez en pie de guerra los Ejércitos del Trabajo formados en Ucrania, en los Urales y en el Don, para que sirvieran de núcleo a nuevas unidades de línea, y lanzarlos contra Polonia. Este período termina con la neutralización de Polonia, y ahora no tenemos, por el momento, nuevos enemigos exteriores. El único enemigo directo lo constituyen los restos del ejército de Deníkin, las fuerzas de Wrángel, a las que hoy está machacando nuestro camarada Budionny. Ahora hay razones fundadas para suponer que, al

menos por un breve período, la Rusia Soviética obtendrá una tregua de considerable duración y podrá dedicar toda la energía de sus infatigables trabajadores -que casi en un solo día formaron, como de la nada, el Ejército Rojo- a la construcción económica, a poner en pie las fábricas, la agricultura, los organismos de abastos. Desde el punto de vista de las relaciones exteriores, de las relaciones internacionales, lo que caracteriza al tercer período no es sólo el que hayan dejado de hacer caso omiso de Rusia, ni sólo el que se hayan puesto a luchar contra ella, empujando con todas las fuerzas a la escena hasta a esos catorce Estados míticos con que Churchill amenazaba a Rusia, sino, además, el que, después de haber sido batidos reiteradas veces, hayan empezado a temer a Rusia, intuyendo que en ella crece una gran potencia popular socialista, que no se dejará pisar el terreno. Desde el punto de vista de las relaciones interiores, lo que distingue a este período es que Rusia, después de la derrota de Wrángel, queda con las manos libres, y dedica todas sus fuerzas a la construcción interior. Y hoy ya se observa que nuestros organismos económicos trabajan mucho mejor, con mucha mayor perfección que en el segundo período.

En el verano de 1918, los obreros de Moscú recibían cada dos días un octavo de libra de pan con orujo. Este penoso y difícil período ha quedado atrás. Hoy, los obreros de Moscú, lo mismo que los de Petrogrado, reciben diariamente libra y medía de pan. Eso significa que nuestros organismos de abastos, han empezado a funcionar como es debido, han mejorado, han aprendido a acumular trigo. En cuanto a nuestra política para con los enemigos, interiores, ésta debe seguir y sigue siendo la misma que en los tres períodos, es decir, una política de aplastamiento de todos los enemigos del proletariado. Naturalmente, ésta no puede ser considerada como una política de "libertad general", pues en la época de la dictadura del proletariado no puede haber en nuestro país ninguna libertad general, es decir, ninguna libertad de palabra, ninguna libertad de imprenta, etc. para la burguesía. Nuestra política interior se reduce a conceder a las capas proletarias de la ciudad y del campo la máxima libertad, para que los restos de la clase burguesa no tengan ni la libertad más mínima. Esta es la esencia de nuestra política, que se apoya en la dictadura del proletariado.

Perspectivas. Naturalmente, nuestra labor de construcción en estos tres años no ha sido tan fructífera como hubiésemos deseado; pero hay que tomar en consideración las difíciles, las imposibles condiciones de trabajo, de las que no podemos desentendemos y contra las que no podemos discutir, pero que debemos vencer. En primer lugar, hemos tenido que edificar bajo el fuego. Imaginaos a un albañil que construye con una mano y con la otra defiende la casa que está levantando. En segundo lugar, no construimos una economía burguesa, en la que cada cual, persiguiendo sus intereses particulares, no se preocupa del Estado como de un todo único y no se plantea el problema de conseguir una organización planificada de la economía en escala nacional. No, lo que nosotros construimos es una sociedad socialista. Eso quiero decir que debemos tomar en consideración las necesidades de toda la sociedad en su conjunto, que la organización de la economía debe ser planificada, consciente y llevada a cabo en escala nacional. No cabe duda de que esta tarea es incomparablemente más compleja y difícil. Por eso nuestra labor de construcción no ha podido dar los máximos resultados. En tal situación, nuestras perspectivas son claras: nos encontramos en vísperas de la liquidación de nuestros enemigos exteriores, en vísperas de que todos nuestros organismos del Estado pasen del cauce militar, al cauce económico. Estamos por la paz en la política exterior, no somos partidarios de la guerra.

Pero si nos imponen la guerra -y ciertos datos demuestran que la Entente trata de desplazar el teatro de las operaciones militares al Sur, a la Transcaucasia-, si la Entente, batida por nosotros en reiteradas ocasiones, vuelve a imponemos la guerra, de por sí se comprende que no soltaremos las armas ni disolveremos nuestros ejércitos. Lo mismo que antes, aplicaremos todos nuestros esfuerzos a que el Ejército Rojo prospere y se encuentre siempre dispuesto al combate, para que pueda defender de sus enemigos a la Rusia Soviética con la misma audacia y la misma valentía con que la ha defendido hasta ahora. Al lanzar una mirada al pasado del Poder Soviético, resurge en mi mente la noche del 25 de octubre de 1917, hace de ello tres años, cuando, encabezado por el camarada Lenin, un puñado de bolcheviques, que tenía en sus manos el Soviet de Petrogrado (entonces bolchevique), una insignificante Guardia Roja y, en total, un pequeño Partido Comunista de 200.000 a 250.000 militantes, no muy organizado todavía, después de arrojar del Poder a los representantes de la burguesía, pusimos el Poder en manos del II Congreso de los Soviets de Diputados Obreros, Campesinos y Soldados. Desde entonces han transcurrido tres años. Pues bien, en este periodo, Rusia, pasando a través del fuego y de la tempestad, se ha forjado, convirtiéndose en la gran potencia socialista del mundo. Si entonces sólo teníamos en nuestras manos el Soviet de Petrogrado, ahora, tres años después, se

agrupan en tomo nuestro todos los Soviets de Rusia. En lugar de la Asamblea Constituyente, para la que se preparaban nuestros enemigos, tenemos ahora el Comité Ejecutivo Central de los Soviets de toda Rusia, nacido del Soviet de Petrogrado. Si entonces teníamos una pequeña guardia, formada de obreros de Petrogrado, que supieron ajustar las cuentas a los cadetes sublevados en Petrogrado, pero que no sabían luchar contra el enemigo exterior porque eran débiles, hoy tenemos un glorioso Ejército Rojo con millones de hombres, un ejército que machaca a los enemigos de la Rusia Soviética, un ejército que ha vencido a Kolchak y a Denikin y que ahora, al mando del camarada Budionny, probado jefe de nuestra caballería, aplasta a los últimos restos del ejército de Wrángel. Si entonces, hace tres años, teníamos en nuestras manos un Partido Comunista pequeño y no del todo organizado -en total, de unos 200.000 a unos 250.000 militantes-, ahora, después de tres años, después de la tempestad y del fuego por qué ha pasado la Rusia Soviética, tenemos un partido de 700.000 militantes, un partido de acero, un partido cuyos miembros pueden ser reagrupados en cualquier momento y concentrados, por centenares de miles, en cualquier trabajo del partido; un partido, que, sin temer la confusión en sus filas puede, a la primera indicación del Comité Central, reorganizar sus filas y lanzarse sobre el enemigo. Si entonces, hace tres años, en el Occidente sólo teníamos pequeños grupos de simpatizantes -el de Loriot, en Francia, el de McLean en Inglaterra y el de Liebknecht, asesinado por la canalla capitalista, en Alemania-, hoy, al cabo de tres años, vemos alzarse ante nosotros la gran organización del movimiento revolucionario internacional, la III Internacional, la Internacional Comunista, que ha conquistado a los partidos principales de Europa: el alemán, el francés y el italiano.

Ahora tenemos, en la Internacional Comunista, el núcleo principal del movimiento socialista en el mundo, que ha derrotado a la II Internacional. No es casual que el señor Kautsky, jefe de la II Internacional, se haya visto arrojado de Alemania por la revolución y obligado a refugiarse en el atrasado Tiflis, al amparo de los social-taberneros georgianos. Finalmente, si hace tres años en los países del oprimido Oriente sólo hallábamos indiferencia hacia la revolución, hoy el Oriente se ha agitado y vemos allí varios movimientos de liberación enfilados contra la Entente, contra el imperialismo. Tenemos un núcleo revolucionario, que agrupa en tomo suyo a las demás colonias y semicolonias, el gobierno de Kemal, gobierno burgués-revolucionario, pero que, no obstante, lucha contra la Entente con las armas en la mano. Si hace tres años ni siquiera podíamos soñar con que el Oriente se movería, ahora no sólo tenemos el núcleo revolucionario del Oriente, la Turquía burguesa revolucionaria, sino que tenemos también en nuestras manos el organismo socialista del Oriente: "El Comité de Acción y Propaganda". Todos estos hechos, que evidencian lo pobres que éramos hace tres años en el sentido revolucionario y lo ricos que somos ahora, todos estos hechos nos permiten afirmar que la Rusia Soviética vivirá, que se desarrollará y vencerá a sus enemigos. No cabe duda de que nuestro camino no es fácil; pero tampoco cabe duda de que las dificultades no nos asustan. Parafraseando las célebres palabras de Lutero, Rusia podría decir: "Me encuentro aquí, en la divisoria entre el viejo mundo capitalista y el nuevo mundo socialista, y aquí, en esta divisoria, uno los esfuerzos de los proletarios del Occidente con los esfuerzos del campesinado del Oriente, para aplastar al viejo mundo. Sea conmigo el dios de la historia".

Publicado el 7 y el 11 de noviembre de 1920 en los núms. 157 y 160 de “Kommunist” (Bakú)