Hay dos grupos de marxistas. Ambos actúan bajo la bandera del marxismo y se consideran marxistas “genuinos”. Sin embargo, distan mucho de ser idénticos. Es más: los separa un abismo, pues sus métodos de trabajo son diametralmente opuestos. El primer grupo se limita, por lo común, a reconocer verbalmente el marxismo en lo externo, a proclamarlo solemnemente. Por incapacidad o por falta de deseo de penetrar en la esencia del marxismo, por incapacidad o por falta de deseo de llevarlo a la práctica, este grupo convierte los vivos y revolucionarios principios del marxismo en fórmulas sin vida y que nada dicen. Este grupo no basa su actividad en la experiencia, en las enseñanzas del trabajo práctico, sino en citas de Marx. No saca sus instrucciones y directivas del análisis de la realidad viva, sino de analogías y de paralelos históricos. El divorcio entre las palabras y los hechos es el más grave mal de este grupo. De aquí sus desilusiones y su eterno descontento con la suerte, que los traiciona a cada paso y los deja “con un palmo de narices”. Este grupo lleva el nombre de menchevismo (en Rusia), de oportunismo (en Europa). El camarada Tyszka (Jogiches) caracterizó con bastante tino a este grupo en el Congreso de Londres, cuando dijo que no se mantenía en el punto de vista del marxismo, sino que yacía sobre él.

El segundo grupo, por el contrario, traslada el centro de gravedad del problema, del reconocimiento verbal del marxismo, a su aplicación, a su realización práctica. Este grupo concentra principalmente su atención en determinar las vías y los medios para la realización del marxismo que correspondan a la situación y en modificar esas vías y esos medios cuando la situación cambia. Este grupo no saca sus instrucciones y sus directivas de analogías y paralelos históricos, sino del estudio de las condiciones circundantes. Este grupo no basa su actividad en citas y máximas, sino en la experiencia práctica, comprobando cada paso suyo en la experiencia, aprendiendo de sus propios errores y enseñando a los demás a construir una nueva vida. Esto explica, en rigor, por qué no hay divorcio entre las palabras y los hechos en la actuación de este grupo y porque en ella la doctrina de Marx conserva toda su vital fuerza revolucionaria. Se pueden aplicar con toda razón a este grupo las palabras de Marx de que los marxistas no pueden contentarse con interpretar el mundo, sino que deben ir más lejos, para transformarlo. Este grupo lleva el nombre de bolchevismo, de comunismo. El organizador y el jefe de este grupo es V. I. Lenin.

I. Lenin como organizador del Partido Comunista de Rusia. La formación del partido proletario se operó en Rusia en condiciones especiales, distintas de las que existían en Occidente cuando se formó allí el partido obrero. Mientras que en Occidente, en Francia y en Alemania, el partido obrero nació de los sindicatos en una época en que éstos y los partidos eran legales, cuando la revolución burguesa ya se había realizado, cuando existía el parlamento burgués, cuando la burguesía, encaramada al Poder, se vio frente a frente con el proletariado, en Rusia, por el contrario, la formación del partido proletario, tuvo lugar bajo el más feroz absolutismo, cuando se esperaba la revolución democrático-burguesa; en una época en que, por una parte, las organizaciones del Partido se llenaban de “marxistas legales”, elementos burgueses que ansiaban aprovechar a la clase obrera para la revolución burguesa, y en que, por otra parte, la gendarmería zarista arrancaba de las filas del Partido a sus mejores dirigentes, mientras el desarrollo del movimiento revolucionario espontáneo reclamaba la existencia de un núcleo de revolucionarios combativo, firme, unido y lo bastante secreto, capaz de encauzar el movimiento hacia el derrocamiento del absolutismo.

La tarea consistía en apartar a las ovejas de los cabritos, en deslindarse de los elementos ajenos, en organizar en el plano local cuadros de revolucionarios expertos, en dotarles de un programa claro y de una táctica firme y, finalmente, en agrupar a esos cuadros en una sola organización combativa de revolucionarios profesionales, lo bastante secreta para resistir las embestidas de la gendarmería y, al mismo tiempo, lo bastante ligada con las masas para llevarlas a la batalla en el momento necesario. Los mencheviques, esos mismos que “yacen” sobre el punto de vista del marxismo, resolvieron la cuestión simplemente: puesto que el partido obrero ha surgido en Occidente de los sindicatos, organizaciones sin-partido que luchan por mejorar las condiciones económicas de la clase obrera, en Rusia hay que proceder, en lo posible, del mismo modo, es decir, limitarse por el momento a “la lucha económica de los obreros contra los patronos y contra el gobierno” en un plano local, sin crear una organización combativa para toda Rusia, y después... después, si para entonces no han surgido los sindicatos, convocar un congreso obrero sin-partido y proclamarlo partido.

Los mencheviques, y quizá muchos bolcheviques, no sospechaban entonces que este “plan” “marxista” de los mencheviques, utópico para las condiciones de Rusia, llevaba implícita, sin embargo, una amplia labor de agitación, encaminada a rebajar la propia idea del Partido, a destruir los cuadros del Partido, a dejar al proletariado sin un partido propio y a entregar la clase obrera a merced de los liberales. El gran mérito de Lenin ante el proletariado ruso y su Partido consiste en que descubrió todo el peligro que encerraba el “plan” menchevique de organización cuando ese “plan” hallábase apenas en embrión, cuando los propios autores del “plan” se imaginaban sus contornos con dificultad, y en que, después de haber descubierto ese “plan”, desencadenó un furioso ataque contra el relajamiento de los mencheviques en materia de organización y concentró en este problema toda la atención de los militantes dedicados al trabajo práctico. Estaba en juego la existencia del Partido, era aquella una cuestión de vida o muerte para el Partido. Fundar un periódico político para toda Rusia, como centro de reunión de las fuerzas del Partido, organizar en plano local cuadros firmes del Partido, como “unidades regulares” del Partido, agrupar a esos cuadros en una entidad única a través del periódico y unirlos en un partido combativo de toda Rusia, con límites bien definidos, con un programa claro, con una táctica firme y con una sola voluntad: tal era el plan que Lenin desarrolló en sus famosos libros “¿Qué hacer?” y “Un paso adelante, dos pasos atrás”. Esté plan tenía el mérito de corresponder plenamente a la realidad rusa y de sintetizar de modo magistral la experiencia de organización de los mejores militantes dedicados al trabajo práctico. En la lucha por este plan, la mayoría de los militantes dedicados al trabajo práctico en Rusia siguió resueltamente a Lenin, sin detenerse ante la escisión. La victoria de este plan sentó los cimientos de un Partido Comunista unido y templado, sin igual en el mundo.

Nuestros camaradas (¡no sólo los mencheviques!) acusaban con frecuencia a Lenin de sentir una inclinación excesiva por la polémica y la escisión, de ser intransigente en su lucha contra los conciliadores, etc., etc. En un tiempo, eso ocurría, ciertamente. Pero no es difícil comprender que nuestro partido no habría podido vencer la debilidad interior y la imprecisión, ni habría podido alcanzar el vigor y la fortaleza que le son propios, si no hubiera expulsado de su seno a los elementos no proletarios, a los elementos oportunistas. En la época de la dominación burguesa, un partido proletario sólo puede crecer y vigorizarse en tanto que combate a los elementos oportunistas, antirrevolucionarios y contrarios al partido en su propio medio y en el seno de la clase obrera. Lassalle tenía razón cuando dijo: “El Partido se fortalece depurándose”. Los acusadores invocaban habitualmente el partido alemán, en el cual la “unidad” prosperaba por aquel entonces.

Mas, en primer lugar, no toda unidad es señal de fuerza, y, en segundo lugar, basta con lanzar ahora una mirada al ex partido alemán, escindido en tres partidos, para comprender la falsedad y el carácter ficticio de la “unidad entre Scheidemann y Noske, de una parte, y Liebknecht y Luxemburgo, de la otra”. Y quién sabe si no habría sido mejor para el proletariado alemán que los elementos revolucionarios del partido alemán se hubieran separado de los elementos antirrevolucionarios a su debido tiempo... Sí, Lenin tenía mil veces razón al llevar al Partido por el camino de la lucha intransigente contra los elementos antirrevolucionarios y contrarios al Partido. Gracias, exclusivamente, a esa política de organización, pudo nuestro Partido forjar la unidad interna y la asombrosa cohesión que le permitieron salir indemne de la crisis de julio, en tiempos de Kerenski, llevar el peso de la insurrección de Octubre, pasar la crisis del período de Brest-Litovsk sin conmociones, organizar la victoria sobre la Entente y, por último, adquirir esa flexibilidad sin precedentes que le permite reagrupar sus filas en cualquier momento y concentrar centenares de miles de militantes en cualquier trabajo de envergadura, sin llevar la confusión a su seno.

II. Lenin como jefe del Partido Comunista de Rusia. Por los méritos del Partido Comunista de Rusia en el terreno de la organización no son más que un aspecto de la cuestión. El Partido no habría podido crecer ni fortalecerse tan rápidamente si el contenido político de su trabajo, si su programa y su táctica no hubieran respondido a las condiciones de la realidad rusa, si sus consignas no hubieran llenado de entusiasmo a las masas obreras e impulsado adelante el movimiento revolucionario. Pasemos a examinar este aspecto de la cuestión. La revolución democrático-burguesa rusa (1905) transcurrió en condiciones distintas a las que se dieren en el Occidente, en Francia y en Alemania, por ejemplo, cuando se produjeron allí las revoluciones. En el Occidente, la revolución tuvo lugar en las condiciones del período manufacturero del capitalismo y de una lucha de clases sin desarrollar, cuando el proletariado era débil, poco numeroso y no tenía un partido propio que formulara sus reivindicaciones, mientras que la burguesía era lo suficientemente revolucionaria para infundir confianza a los obreros y a los campesinos y para llevarlos a la lucha contra la aristocracia. En Rusia, por el contrario, la revolución comenzó (1905) en las condiciones del período de la industria mecanizada del capitalismo y de una lucha de clases desarrollada cuando el proletariado ruso, relativamente numeroso y unido por el capitalismo, había sostenido ya varios

combates contra la burguesía, tenía su propio partido, más unido que el de la burguesía, y planteaba sus propias reivindicaciones de clase, mientras que la burguesía rusa -que, por añadidura, vivía, de los pedidos del gobierno- tenía tanto miedo al espíritu revolucionario del proletariado, que buscaba una alianza con el gobierno y con los terratenientes contra los obreros y los campesinos. El hecho de que la revolución rusa estallase a consecuencia de los reveses militares sufridos en los campos de Manchuria, no hizo más que acelerar los acontecimientos, pero sin introducir ningún cambio en el fondo de la cuestión. La situación exigía que el proletariado se pusiese a la cabeza de la revolución, agrupase en torno suyo al campesinado revolucionario y llevase una lucha decidida y simultánea contra el zarismo y contra la burguesía, para la plena democratización del país y para asegurar sus propios intereses de clase. Pero los mencheviques, esa gente que “yace” sobre el punto de vista del marxismo, resolvieron el problema a su manera: como la revolución rusa es una revolución burguesa, y como las revoluciones burguesas las dirigen representantes de la burguesía (v. la “historia” de las revoluciones francesa y alemana), el proletariado no puede ejercer la hegemonía en la revolución rusa, la dirección debe ser abandonada a la burguesía rusa (a esa misma burguesía que traiciona a la revolución); los campesinos también deben ser puestos bajo la tutela de la burguesía, y el proletariado deberá continuar como oposición de extrema izquierda. ¡Y los mencheviques querían hacer pasar por la última palabra del marxismo “genuino” esta grosera repetición de cantinelas de medianejos liberales!... El gran mérito de Lenin ante la revolución rusa consiste en que descubrió hasta el fondo la futilidad de los paralelos históricos de los mencheviques y todo el peligro que encerraba su “esquema de la revolución”, que entregaba la causa obrera a merced de la burguesía.

La dictadura democrático- revolucionaria del proletariado y el campesinado, en lugar de la dictadura de la burguesía; el boicot de la Duma de Buliguin y la insurrección armada, en lugar de la participación en la Duma y de un trabajo orgánico en ella; la idea de un “bloque de izquierdas”, cuando, pese a todo, se reunió la Duma, y la utilización de la tribuna de la Duma para la lucha fuera de ella, en lugar de un gobierno demócrata constitucionalista y del reaccionario “guardar” la Duma; la lucha contra el partido demócrata constitucionalista como fuerza contrarrevolucionaria, en lugar de un bloque con él: tal es el plan táctico que desarrolló Lenin en sus famosos folletos “Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática” y “La victoria de los demócratas constitucionalistas y las tareas del Partido obrero”. El mérito de este plan consistía en que, formulando franca y resueltamente las reivindicaciones de clase del proletariado en la época de la revolución democrático-burguesa en Rusia, facilitaba el paso a la revolución socialista y llevaba en sí el germen de la idea de la dictadura del proletariado. La mayoría de los militantes rusos dedicados al trabajo práctico siguió resuelta e irrevocablemente a Lenin en la lucha por este plan táctico.

La victoria de este plan sentó los cimientos de la táctica revolucionaria que permite hoy a nuestro Partido sacudir los cimientos del imperialismo mundial. El sucesivo desarrollo de los acontecimientos: los cuatro años de guerra imperialista y el resquebrajamiento de toda la economía nacional, la revolución de febrero y la célebre dualidad de poderes, el Gobierno Provisional, como foco de la contrarrevolución burguesa, y el Soviet de Diputados de Petersburgo, como forma de la naciente dictadura del proletariado, la Revolución de Octubre y la disolución de la Constituyente, la liquidación del parlamentarismo burgués y la proclamación de la República de los Soviets, la transformación de la guerra imperialista en guerra civil y la ofensiva del imperialismo mundial, de consuno con los “marxistas” de boquilla, contra la revolución proletaria, y, finalmente, la lastimosa situación de los mencheviques, que se aferraron a la Constituyente y fueron lanzados por la borda por el proletariado y arrojados por las olas de la revolución a las costas del capitalismo: todo esto no ha hecho más que confirmar lo acertado de los fundamentos de la táctica revolucionaria formulada por Lenin en sus “Dos tácticas”. Un partido con tal herencia podía navegar audazmente, avanzando sin temor a los escollos.

En nuestros tiempos de revolución proletaria, cuando cada consigna del Partido y cada frase de los jefes es contrastada en la práctica, el proletariado exige de ellos cualidades especiales. La historia conoce jefes proletarios, jefes de épocas borrascosas, jefes prácticos, abnegados y audaces, pero débiles teóricamente. Las masas no olvidan fácilmente los nombres de esos jefes. Tales son por ejemplo, Lassalle, en Alemania, y Blanqui, en Francia. Pero el movimiento, en su conjunto, no puede vivir de remembranzas nada más: necesita una meta clara (un programa) y una línea firme (una táctica). Hay otro tipo de jefes, jefes de tiempos de paz, fuertes en teoría, pero débiles en la labor de organización y en el trabajo práctico. Tales jefes únicamente son populares entre las capas más altas del proletariado, y eso hasta cierto momento. Cuando llega la época revolucionaria, cuando se exige de los jefes consignas revolucionarias prácticas, los teóricos se retiran de la escena y dejan paso a hombres nuevos. Tales son, por ejemplo, Plejánov, en Rusia, y Kautsky, en Alemania. Para mantenerse en el puesto de jefe de la

revolución proletaria y del partido proletario, hay que reunir la fuerza de la teoría con la experiencia de organización y trabajo práctico del movimiento proletario. P. Axelrod, cuando era marxista, decía de Lenin: “reúne felizmente la experiencia de un buen revolucionario práctico, preparación teórica y amplios horizontes políticos” (v. el prefacio de P. Axelrod al folleto de Lenin “Las tareas de los socialdemócratas rusos”97). Lo que diría hoy de Lenin el señor Axelrod, ese ideólogo del capitalismo “civilizado”, no es difícil adivinarlo. Mas, para nosotros, que conocemos a Lenin de cerca y podemos juzgar objetivamente, es indudable que Lenin conserva integras esas viejas cualidades. Y esto explica, entre otras razones, que Lenin, él precisamente, sea hoy el jefe del partido proletario más fuerte y mejor templado del mundo.

Publicado con la firma de J. Stalin el 23 de abril de 1920 en el núm. 86 de “Pravda”.