No cabe duda de que la campaña de la Polonia, de los “panis” contra la Rusia obrera y campesina es, en el fondo, una campaña de la Entente. El quid de la cuestión no estriba sólo en que la Sociedad de Naciones, dirigida por la Entente y de la que Polonia es miembro, haya aprobado, a lo que se ve, la campaña de Polonia contra Rusia. El quid de la cuestión estriba, ante todo, en que, sin el apoyo de la Entente, Polonia no habría podido organizar una agresión a Rusia; en que Francia, en primer lugar, y luego Inglaterra y Norteamérica hacen todo lo posible para apoyar la ofensiva de Polonia con armas, equipos, dinero e instructores. Las divergencias en el seno de la Entente acerca de la cuestión polaca no cambian las cosas, pues únicamente se refieren a las formas de apoyar a Polonia, y no al apoyo en sí. Tampoco cambian nada la correspondencia diplomática entre Curzon y el camarada Chicherin y los rimbombantes artículos anti-intervencionistas de la prensa inglesa, pues todo ese alboroto persigue exclusivamente un fin: echar tierra a los ojos de los políticos ingenuos y encubrir con frases acerca de la paz con Rusia la negra realidad de la intervención armada que ha organizado la Entente.

I. La situación general. Esta campaña de la Entente es la tercera. La primera campaña inicióse en la primavera de 1919. Aquélla fue una campaña combinada, porque presuponía un ataque conjunto de Kolchak, Denikin, Polonia, Yudénich y destacamentos mixtos anglo- rusos en el Turkestán y en Arjánguelsk. La zona de Kolchak era el centro de gravedad de la campaña. En aquel período, la Entente, unida y fuerte, era partidaria de la intervención abierta. La debilidad del movimiento obrero en Occidente, la profusión de los enemigos de la Rusia Soviética y la confianza absoluta en la victoria sobre ella permitían a los capitostes de la Entente seguir una insolente política de intervención descarada. En aquel período, Rusia vivía momentos críticos, porque estaba cortada de las regiones cerealistas (Siberia, Ucrania, Cáucaso del Norte) y de sus fuentes de combustible (la cuenca del Donetz, Grozni, Bakú) y se veía obligada a luchar en seis frentes. La Entente lo veía y saboreaba de antemano la victoria. “The Times” echaba ya las campanas al vuelo. Sin embargo, Rusia venció esta crisis, y su enemigo más fuerte, Kolchak, fue puesto fuera de combate. El hecho es que la retaguardia de Rusia y, por lo tanto, su ejército demostraron ser más firmes y flexibles que la retaguardia y los ejércitos de sus enemigos. La segunda campaña de la Entente comenzó en otoño de 1919. Esta fue también una campaña combinada, porque presuponía un ataque conjunto de Denikin, Polonia y Yudénich (Kolchak ya no entraba en la cuenta). Esta vez el centro de gravedad de las operaciones es el Sur, la zona de Denikin. En este período, la Entente empieza a experimentar por primera vez disidencias interiores, empieza a moderar por primera vez su tono insolente, hace intentos de manifestarse contra la intervención abierta, proclama la admisibilidad de negociaciones con Rusia y procede a retirar sus tropas del Norte.

Es evidente que el desarrollo del movimiento revolucionario en Occidente y la derrota de Kolchak hicieron peligrosa para la Entente su anterior política de intervención abierta. La Entente ya no se atreve a hablar públicamente de intervención abierta. En este período, Rusia vive otra vez momentos críticos, a pesar de que ha vencido a Kolchak y recuperado una de las regiones cerealistas (Siberia), pues su enemigo principal, Denikin, se encuentra a las puertas de Tula, la principal fuente de cartuchos, fusiles y ametralladoras para nuestro ejército. Sin embargo, Rusia vuelve a salir incólume de la crisis. La causa es la misma: la mayor firmeza y la mayor flexibilidad de nuestra retaguardia y, por lo tanto, de nuestro ejército. La tercera campaña de la Entente empieza en una situación completamente distinta. Para comenzar, señalaré que, a diferencia de las anteriores, no se puede decir que ésta sea una campaña combinada, pues no sólo han desaparecido los viejos aliados de la Entente (Kolchak, Denikin, Yudénich), sino que los nuevos aliados (en el caso de que los haya) aun no se han sumado a la campaña, de no contar a ese ridículo de Petliura con “sus” ridículas “tropas”. Por el momento, Polonia se encuentra frente a Rusia sola, sin ningún aliado militar serio. Además, el cacareado bloqueo no ha sido roto sólo moral y prácticamente, sino también desde el punto de vista formal. La Entente se ha visto obligada a resignarse a la necesidad de mantener relaciones diplomáticas con Rusia y a tolerar la presencia de los representantes oficiales rusos en Occidente. El movimiento revolucionario de masas en los países europeos, movimiento que hace suyas las consignas de la III Internacional, y los nuevos éxitos de las tropas soviéticas en el Este, ahondan la división en el seno de la Entente, elevan el prestigio

de Rusia en los países neutrales y limítrofes y convierten en una utopía la política de la Entente encaminada a aislar a Rusia. Estlandia, aliada “natural” de Polonia, ha sido neutralizada. Letonia y Lituania, ayer aliadas de Polonia en la lucha, sostienen hoy negociaciones de paz con Rusia. Lo mismo puede decirse de Finlandia. Finalmente, debemos considerar que la situación interior de Rusia al empezar la tercera campaña de la Entente ha mejorado radicalmente. Rusia no sólo ha abierto el camino que conduce a las regiones cerealistas y ricas en combustibles (Siberia, Ucrania, Cáucaso del Norte, cuenca del Donetz, Grozni, Bakú), sino que ha reducido, de seis a dos, los frentes, lo que le permite concentrar sus tropas en el Oeste. Hay que añadir a lo dicho la importantísima circunstancia de que Polonia es la parte atacante, que ha rechazado las propuestas de paz hechas por Rusia, y Rusia es la parte que se defiende, lo que constituye para ella una inmensa e inapreciable ventaja moral. Todos estos factores crean una nueva situación, nuevas probabilidades de victoria para Rusia, que no existían en los períodos precedentes, cuando tuvieron lugar la primera y la segunda campañas de la Entente contra ella. Eso, principalmente, explica el tono alicaído y escéptico de la prensa imperialista de Occidente al enjuiciar los éxitos de las tropas polacas.

II. La retaguardia. La zona del golpe. Ningún ejército del mundo puede vencer (hablamos, claro está, de una victoria firme y duradera) sin una retaguardia firme. La retaguardia es para el frente lo principal, pues de ella, y únicamente de ella, saca el frente, no sólo toda clase de suministros, sino también combatientes, moral e ideas. Una retaguardia poco firme y más aún, una retaguardia hostil hacen necesariamente del ejército mejor y más unido una masa poco firme y deleznable. La debilidad de Kolchak y de Denikin se debía a que no tenían una retaguardia “propia”, a que, imbuidos de aspiraciones “rusas puras” de Gran Potencia, se vieron obligados a formar su frente, a abastecerlo y a completarlo en grado considerable a cuenta de elementos no rusos, hostiles a esas aspiraciones; a que se vieron obligados a actuar en regiones manifiestamente extrañas a sus tropas. Como es natural, unas tropas sin cohesión interna nacional, y menos aún de clase, y rodeadas por un ambiente hostil, habían de derrumbarse al primer golpe fuerte de las tropas soviéticas.

En este sentido, la retaguardia de las tropas polacas se diferencia notablemente de la retaguardia de Kolchak y de Denikin, en favor de Polonia. A diferencia de la retaguardia de Kolchak y de Denikin, la retaguardia de las tropas polacas es homogénea y tiene cohesión nacional. De aquí su unidad y su firmeza. El sentimiento que en ella predomina -el “sentido de la patria”- se transmite por numerosos conductos al frente polaco, dando a sus unidades cohesión nacional y consistencia. De aquí la firmeza de las tropas polacas. Claro está que la retaguardia de Polonia no es homogénea (¡no puede serlo!) desde el punto de vista de clase, pero los conflictos de clase no han alcanzado aún suficiente fuerza para abrir brecha en el sentimiento de unidad nacional y contagiar de antagonismos a un frente heterogéneo desde el punto de vista de clase. Si las tropas polacas operaran en territorio genuinamente polaco, sería difícil, sin duda alguna, luchar contra ellas. Pero Polonia no quiere contentarse con su propio territorio y lanza sus ejércitos adelante, subyugando a Lituania y a Bielorrusia, internándose en Rusia y en Ucrania.

Esta circunstancia cambia la situación esencialmente, con gran detrimento para la solidez de las tropas polacas. Al salir de Polonia y adentrarse en las regiones adyacentes, las tropas polacas se alejan de su retaguardia nacional, debilitan su contacto con ella y se ven en un medio nacional extraño y, en su mayor parte, hostil. Peor aún: esa hostilidad es agravada por el hecho de que la inmensa mayoría de la población de las regiones adyacentes a Polonia (Bielorrusia, Lituania, Rusia y Ucrania) la componen campesinos no polacos, que sufren la opresión de los terratenientes polacos, y porque esos campesinos consideran la ofensiva de las tropas polacas como una guerra por el Poder de los “panis” polacos, como una guerra contra los oprimidos campesinos no polacos. Esto explica, en rigor, que la consigna de las tropas soviéticas de “¡Abajo los “panis” polacos!” encuentre tan poderoso eco entre la mayoría de la población de las citadas regiones; que los campesinos de esas regiones acojan a las tropas soviéticas como a sus liberadoras del yugo de los terratenientes; que, en espera de las tropas soviéticas, los campesinos se insurreccionen a la menor posibilidad y ataquen por la retaguardia a las tropas polacas. Eso explica también el incomparable entusiasmo de las tropas soviéticas, señalado por todos nuestros trabajadores militares y políticos. Todo eso no puede por menos de crear una atmósfera de inseguridad e incertidumbre en el ejército polaco, no puede por menos de minar su moral, su fe en la justicia de su causa, su fe en la victoria; no puede por menos de convertir la cohesión nacional de las tropas polacas, de factor positivo, en factor negativo. Y cuanto más avancen (si es que avanzan), con mayor fuerza se manifestarán estos aspectos negativos de la campaña polaca. ¿Puede desarrollar Polonia, en tales condiciones, una ofensiva fuerte y poderosa, que prometa éxitos duraderos? ¿No se verán las tropas polacas, dadas esas circunstancias, en una situación similar a la de las tropas alemanas en Ucrania en 1918, cuando

perdieron el contacto con su retaguardia? Y aquí abordamos la cuestión de la zona del golpe. En la guerra, en general, y en la guerra civil, en particular, el éxito, la victoria decisiva, depende con frecuencia de la elección acertada de la zona del golpe, de la elección acertada de la zona desde la que se piensa descargar sobre el enemigo y desarrollar el golpe principal. Una de las grandes equivocaciones de Denikin fue que eligió como zona del golpe principal la franja cuenca del Donetz-Járkov- Vorónezh-Kursk, es decir, una zona a todas luces insegura para Denikin, una zona hostil a Denikin y en la que éste no podía crear una retaguardia firme ni condiciones favorables para el avance de sus tropas. Los éxitos de las tropas soviéticas en el frente contra Denikin se debieron, entre otras cosas, a que el mando soviético resolvió oportunamente no descargar su golpe principal en la zona de Tsaritsin (zona desfavorable), sino trasladarlo a la cuenca de Donetz (zona muy favorable), donde la población acogía con entusiasmo a las tropas soviéticas y desde donde era más fácil abrir brecha en el frente de Denikin, cortarlo en dos partes y seguir avanzando, hasta Rostov.

Este factor, con frecuencia olvidado por los viejos especialistas militares, tiene a menudo en la guerra civil una importancia decisiva. Es de señalar que a este respecto -en cuanto a la zona del golpe principal-, Polonia no puede encontrarse en peor situación. El hecho es que, por las causas arriba expuestas, ninguna de las regiones adyacentes a Polonia puede ser considerada como favorable para que las tropas polacas puedan asestar desde ella y desarrollar el golpe principal. Por dondequiera qué avancen, las tropas polacas tropezarán con la resistencia del mujik ucraniano, ruso y bielorruso, que espera ser liberado de los terratenientes polacos por el ejército soviético. En este sentido, la situación de las tropas soviéticas es, por el contrario, enteramente favorable: para ellas, todas las regiones son, por así decirlo, “buenas”, pues las tropas soviéticas, al avanzar, no fortalecen, sino que derrocan el Poder de los “panis” polacos y liberan a los campesinos de la servidumbre.

III. Perspectivas. Por el momento, Polonia lucha sola contra Rusia. Pero sería ingenuo pensar que está sola. No nos referimos únicamente al pleno apoyo que, sin duda, presta a Polonia la Entente, sino también a los aliados militares, que la Entente le ha encontrado ya en parte (por ejemplo, los restos de las tropas de Denikin) y que en parte le encontrará probablemente, para mayor gloria de la “civilización” europea. No es un azar que la ofensiva polaca haya coincidido con la Conferencia de San Remo, a la que no han sido admitidos los representantes de Rusia. Tampoco es un azar que Rumania haya echado tierra a la cuestión de las negociaciones de paz con Rusia. También es muy posible que la ofensiva polaca, que a primera vista puede parecer una aventura, sea, en realidad, parte del plan, ampliamente concebido, de una campaña combinada que se realiza gradualmente. De todos modos, hay que decir que, si la Entente pensaba en vencer a Rusia al organizar su tercera campaña contra ella, se ha equivocado, pues en 1920 las probabilidades de derrotar a Rusia son menos, muchas menos que en 1919. Ya hemos hablado más arriba de las probabilidades que tiene Rusia de vencer y hemos dicho que esas probabilidades aumentan y seguirán aumentando; pero ello no significa, naturalmente, que ya tengamos la victoria en la mano. Las probabilidades de victoria de que hemos hablado, sólo pueden tener un valor real si se dan las demás condiciones, es decir, si ponemos en tensión nuestras fuerzas, como lo hicimos antes, durante la ofensiva de Denikin; si nuestras tropas son abastecidas y completadas con puntualidad y regularmente; si nuestros propagandistas redoblan sus esfuerzos por ilustrar a los soldados rojos y a la población que los rodea; si limpiamos nuestra retaguardia de basura y la fortalecemos con todas nuestras energías y con todos los medios. Sólo en el caso de que se cumplan esas condiciones, podremos considerar que la victoria está asegurada.

Publicado con la firma de J. Stalin el 25 y el 26 de mayo de 1920 en los núms. 11 y 12 de “Pravda”.