Los tres años de revolución y de guerra civil en Rusia han puesto de manifiesto que, sin el apoyo recíproco entre la Rusia central y sus regiones de la periferia, no es posible la victoria de la revolución, no es posible liberar a Rusia de las garras del imperialismo. La Rusia central, foco de la revolución mundial, no puede sostenerse largo tiempo sin la ayuda de las regiones de la periferia, que abundan en materias primas, combustible y productos alimenticios. Y, a su vez, las regiones de la periferia de Rusia están condenadas inexorablemente a la esclavitud imperialista, si no tienen la ayuda política, militar y organizativa de la Rusia central, más desarrollada. Si es cierta la afirmación de que el Occidente proletario, más desarrollado, no puede acabar con la burguesía mundial sin el apoyo del Oriente campesino, menos desarrollado, pero rico en materias primas y en combustible, no menos cierta es la afirmación de que la Rusia central, más desarrollada, no puede llevar a su término la revolución sin el apoyo de las regiones de la periferia de Rusia, menos desarrolladas, pero ricas en los recursos necesarios. Es indudable que esta circunstancia fue tenida en cuenta por la Entente desde que nació el Gobierno Soviético, cuando ella (la Entente) aplicó su plan de bloqueo económico de la Rusia central, separando de ésta las regiones periféricas más importantes.

Posteriormente, el plan de bloqueo económico de Rusia ha sido siempre la base de todas las campañas de la Entente contra Rusia, desde 1918 hasta 1920, sin excluir sus actuales maquinaciones en Ucrania, en el Azerbaidzhán y en el Turkestán. Por ello tiene tanto mayor interés el asegurar una sólida alianza entre el centro de Rusia y sus regiones periféricas. De aquí la necesidad de establecer entre el centro de Rusia y sus regiones periféricas determinadas relaciones, determinados vínculos, que aseguren una unión estrecha e indestructible entre ellos. ¿Qué relaciones deben ser ésas?, ¿qué formas, deben tomar? Dicho en otros términos: ¿en qué consiste la política del Poder Soviético respecto a la cuestión nacional en Rusia? La reivindicación de separar de Rusia las regiones periféricas debe ser excluida como forma de relaciones entre el centro y las regiones periféricas, no sólo porque está en contradicción con el planteamiento mismo del problema de establecer una unión entre uno y otras, sino, ante todo, porque está en contradicción radicar con los intereses de las masas populares, tanto del centro como de las regiones periféricas.

Sin hablar ya de que la separación de las regiones periféricas minaría la fuerza revolucionaria de la Rusia central, que estimula el movimiento de liberación de Occidente y Oriente, las regiones periféricas que se separasen serían inevitablemente esclavizadas por el imperialismo internacional. Basta mirar a Georgia, Armenia, Polonia, Finlandia, etc., que se han separado de Rusia y que sólo conservan un viso de independencia, pues, de hecho, se han convertido en vasallos incondicionales de la Entente; basta, por último, recordar lo que les ocurrió no hace mucho a Ucrania y al Azerbaidzhán, cuando una fue desvalijada por el capital alemán y el otro por la Entente, para comprender todo lo contrarrevolucionario de la exigencia de separación de las regiones periféricas en las actuales condiciones internacionales. Dada la situación de lucha a muerte entre la Rusia proletaria y la Entente imperialista, para las regiones periféricas de Rusia no hay más que dos salidas: o ir con Rusia, y entonces las masas trabajadoras de las regiones periféricas serán liberadas de la opresión imperialista; o ir con la Entente, y entonces el yugo imperialista será inevitable. No hay otra salida.

La llamada independencia de las llamadas independientes Georgia, Armenia, Polonia, Finlandia, etc., no es más que una apariencia engañosa, tras la cual se oculta la plena dependencia de esos, con perdón sea dicho, Estados respecto de un grupo u otro de imperialistas. Naturalmente, las regiones periféricas de Rusia, las naciones y los pueblos que habitan estas regiones, tienen, como cualquier otra nación, el derecho inalienable de separarse de Rusia, y si cualquiera de estas naciones decidiese por mayoría separarse de Rusia, como ocurrió con Finlandia en 1917, a Rusia, probablemente, no lo quedaría más que consignar el hecho y sancionar la separación. Pero aquí no se trata de los derechos de las naciones, que son indiscutibles, sino de los intereses de las masas populares, tanto del centro como de las regiones periféricas; se trata del carácter -determinado por estos intereses- de la agitación que está obligado a desplegar nuestro Partido, si no quiere renegar de sí mismo, sí quiero influir en determinado sentido sobre la voluntad de las masas trabajadoras de las nacionalidades. Y los intereses de las masas populares dicen que la exigencia de la separación de

las regiones periféricas es, en esta etapa de la revolución, algo profundamente contrarrevolucionario. Debe excluirse igualmente la llamada autonomía cultural-nacional como forma de unión entre el centro de Rusia y sus regiones periféricas. La experiencia de Austria-Hungría (patria de la autonomía cultural-nacional) en los últimos diez años ha puesto de manifiesto qué efímera y qué poco viable es la autonomía cultural-nacional como forma de unión entre las masas trabajadoras de las nacionalidades de un Estado multinacional. Springer y Bauer, los padres de la autonomía cultural- nacional, que se ven hoy, como la lechera del cuento, ante el roto cántaro de su artificioso programa nacional, son una prueba viviente de ello. Por último, el heraldo de la autonomía cultural-nacional en Rusia, el Bund, en tiempos famoso, se vio obligado a reconocer oficialmente, no hace mucho, lo superfluo de la autonomía cultural-nacional. El Bund ha declarado públicamente: “La reivindicación de la autonomía nacional- cultural, presentada dentro del marco del régimen capitalista, pierde su razón de ser en las condiciones de la revolución socialista” (v. “La XII Conferencia del Bund”, pág. 21, 1920). Resta, como única forma conveniente de unión entre el centro y las regiones periféricas, la autonomía regional de las tierras periféricas que se distingan por su particular modo de vida y por su composición nacional. Esta autonomía debe vincular las regiones periféricas de Rusia al centro con lazos federativos.

Es decir, ésa es la misma autonomía soviética que fue proclamada por el Poder Soviético a los pocos días de haber nacido y que está tornando actualmente cuerpo en las regiones periféricas, bajo la forma de comunas administrativas y de repúblicas soviéticas autónomas. La autonomía soviética no es algo fosilizado y dado de una vez para siempre, pues admite las formas más diversas y los más diversos grados de desarrollo. De la autonomía estrecha, administrativa (alemanes del Volga, chuvashes, carelios), pasa a una autonomía más amplia, a una autonomía política (bashkires, tártaros del Volga, kirguises); de esa autonomía amplia, política, a formas todavía más amplías (Ucrania, el Turkestán), y, por último, del tipo de autonomía ucraniana a la forma más elevada de autonomía, a la de relaciones contractuales (Azerbaidzhán). Esta elasticidad de la autonomía soviética es uno de sus más notables méritos, pues le permite abarcar toda la diversidad de las regiones periféricas de Rusia, que se encuentran en las más distintas fases de desarrollo cultural y económico. Tres años de política soviética en la cuestión nacional han puesto de relieve que, llevando a la práctica la autonomía soviética en sus diversas formas, el Poder Soviético sigue un derrotero acertado, pues sólo gracias a esta política ha podido abrirse paso hasta los rincones más apartados de las regiones periféricas de Rusia, elevar a la vida política a las masas más rezagadas de las más diversas nacionalidades y vincularlas al centro con los hilos más diversos.

Es ésta una tarea que no sólo no ha resuelto, sino que ni siquiera se ha planteado (¡temía planteársela!) ningún gobierno del mundo. La nueva división administrativa de Rusia según los principios de la autonomía soviética no está aún terminada; los caucasianos del Norte, los kalmukos, los cheremisos, los votiacos, los buriatos, etc., aguardan todavía la solución del problema; pero, cualquiera que sea el aspecto que tome el mapa administrativo de la futura Rusia y cualesquiera que puedan ser los errores que se cometan en este terreno -realmente, se han cometido algunos errores-, hay que reconocer que, procediendo a la nueva división administrativa según los principios de la autonomía regional, Rusia ha dado un enorme paso adelante hacia la agrupación de las regiones periféricas en torno al centro proletario, hacia el acercamiento del Poder a las grandes masas populares de las regiones periféricas. Pero la proclamación de tal o cual forma de autonomía soviética, la promulgación de los correspondientes decretos y disposiciones, y hasta la formación de gobiernos en las regiones periféricas bajo la forma de Consejos regionales de Comisarios del Pueblo de las repúblicas autónomas, no hasta, ni con mucho, para consolidar la unión entre las regiones periféricas y el centro.

Para consolidar esta unión es necesario, ante todo, poner fin al apartamiento y al retraimiento de las regiones periféricas, al patriarcalismo y a la incultura, a la desconfianza hacia el centro, esa herencia que ha dejado en las regiones periféricas la política bestial del zarismo. El zarismo cultivaba deliberadamente en las regiones periféricas la opresión patriarcal-feudal, con el fin de mantener a las masas en la esclavitud y en la ignorancia. El zarismo pobló deliberadamente de elementos colonizadores los mejores rincones de la periferia, con el fin de obligar a la población nativa a trasladarse a las zonas peores y acrecentar así la enemistad nacional. El zarismo limitaba, y a veces, sencillamente, suprimía, las escuelas, el teatro y las instituciones de instrucción locales, con el fin de mantener a las masas en la ignorancia. El zarismo cortaba toda iniciativa de los mejores hombres de la población local. Finalmente, el zarismo ahogaba toda actividad de las masas populares de las regiones periféricas. Con todo ello, el zarismo engendró entre la población nativa la más profunda desconfianza, que a veces se convertía en hostilidad a todo lo ruso. Para consolidar la unión entre la Rusia central y las regiones periféricas, hay que acabar con esta desconfianza, hay que crear una atmósfera de comprensión mutua y de confianza fraternal. Pero, para acabar con la desconfianza es necesario, ante todo, ayudar a las masas populares de las regiones periféricas a liberarse de las supervivencias del yugo

feudal-patriarcal; es necesario suprimir -suprimir en la práctica, y no solamente de palabra- todos y cada uno de los privilegios de los elementos colonizadores; es necesario crear las condiciones para que las masas populares puedan gozar de los beneficios materiales de la revolución. En pocas palabras: es necesario demostrar a las masas que la Rusia central proletaria defiendo los intereses de estas masas, y solamente sus intereses; y es necesario no sólo demostrarlo con medidas represivas contra los colonizadores y los nacionalistas burgueses, medidas que muchas veces son completamente incomprensibles para las masas, sino, ante todo, con una política económica consecuente y bien meditada. De todos es conocida la reivindicación de los liberales sobre la enseñanza general obligatoria. Los comunistas de las regiones periféricas no pueden ser más derechistas que los liberales y deben llevar allí a la práctica la enseñanza general, si quieren acabar con la ignorancia del pueblo, si quieren acercar espiritualmente el centro y las regiones periféricas de Rusia. Mas, para ello es necesario desarrollar la escuela nacional local, el teatro nacional, las instituciones nacionales de instrucción, elevar el nivel cultural de las masas populares de las regiones periféricas, pues huelga demostrar que la ignorancia y las tinieblas son los enemigos más peligrosos del Poder Soviético. No sabemos hasta qué punto avanza con éxito, en general, nuestra labor en este sentido, pero nos comunican que, en una de las regiones periféricas más importantes, el Comisariado del Pueblo de Instrucción Pública de la región sólo destina a la escuela local el 10% de sus créditos.

Si esto es cierto, hay que reconocer que en este terreno no nos hemos alejado mucho, por desgracia, del “viejo, régimen”. El Poder Soviético no es un Poder divorciado del pueblo; es, por el contrario, un Poder único en su género, un Poder salido de las masas populares rusas y querido por ellas, cercano a ellas. A eso se debe, en rigor, la fuerza y la elasticidad sin precedente que suelo manifestar el Poder Soviético en los momentos críticos. Es necesario que el Poder Soviético sea no menos querido y cercano para las masas populares de las regiones periféricas de Rusia. Pero, para hacerse querer de ellas, el Poder Soviético debe, ante todo, hacerse comprender. Por eso, es necesario que todos los organismos soviéticos de las regiones periféricas -los tribunales, la administración, los organismos de la economía, los organismos del Poder inmediato (y también los organismos del Partido)- estén integrados, en lo posible, por naturales del país, por hombres que conozcan el modo de vida, las costumbres, los hábitos y el idioma de la población local; que sean llevados a estas instituciones los mejores hombres de las masas populares locales; que se incorpore a las masas trabajadoras locales a todas las ramas de la administración del país, incluida la formación de unidades militares; que las masas vean que el Poder Soviético y sus organismos son obra de sus propios esfuerzos, encarnación de sus esperanzas.

Sólo así puede establecerse un nexo espiritual indestructible entre las masas y el Poder; sólo así puede hacerse que las masas trabajadoras de las regiones periféricas comprendan el Poder Soviético y lo estimen como cosa suya. Algunos camaradas consideran las repúblicas autónomas de Rusia, y en general, la autonomía soviética, como un mal pasajero, aunque necesario, que hay que tolerar debido a determinadas circunstancias, pero que debe ser combatido, para suprimirlo con el tiempo. Huelga demostrar que esta concepción es esencialmente errónea y no tiene, en todo caso, nada que ver con la política del Poder Soviético en el problema nacional. La autonomía soviética no es algo abstracto ni artificial, y aun menos se la debe concebir como una vacua promesa declarativa. La autonomía soviética es la forma más real y más concreta de unión de las regiones periféricas con la Rusia central. A nadie se le ocurrirá negar que Ucrania, el Azerbaidzhán, el Turkestán, Kirguizia, Bashkiría, Tartaria y demás regiones periféricas, que aspiran al progreso cultural y material de las masas populares, pueden arreglárselas sin escuelas en el idioma del país, sin tribunales, sin administración, sin organismos de Poder integrados preferentemente por elementos nativos.

Es más: la sovietización efectiva de estas regiones, su transformación en países íntimamente vinculados a la Rusia central en un todo estatal único, es inconcebible sin una amplia organización de escuelas locales, sin creación de tribunales, de una administración, de organismos de Poder, etc., con hombres que conozcan el modo de vida y el idioma de la población. Pero hacer que las escuelas, los tribunales, la administración, los organismos del Poder funcionen en la lengua del país, significa, precisamente, llevar a la práctica la autonomía soviética, pues la autonomía soviética no es sino la suma de todas esas instituciones que revisten formas ucranianas, turkestanas, kirguisas, etc. ¿Cómo es posible, después de esto, hablar seriamente del carácter efímero de la autonomía soviética, de la necesidad de luchar contra ella, etc.? Una de dos: o los idiomas ucraniano, azerbaidzhano, kirguís, uzbeko, bashkir, etc. son una realidad efectiva, y, por consiguiente, es de todo punto necesario desarrollar en estas regiones la escuela en el idioma del país e instituir tribunales, una administración, organismos de Poder, con elementos nativos, y, en este caso, la autonomía soviética deberá aplicarse en estas regiones con toda plenitud y sin reservas; o los idiomas ucraniano, azerbaidzhano, etc. son

mera invención, y, por consiguiente, no son necesarias escuelas ni otras instituciones en el idioma del país, y, en este caso, la autonomía soviética debe ser rechazada como un trasto inútil. Buscar otra salida sería resultado de un desconocimiento del problema o de una lamentable irreflexión. Uno de los grandes obstáculos a la realización de la autonomía soviética es la gran escasez de intelectuales de origen local en las regiones periféricas, la escasez de instructores en todas las ramas, sin excepción, de la labor de los Soviets y del Partido. Esta escasez no puede por menos de frenar tanto la labor educativa como la labor revolucionaria de organización en las regiones periféricas. Pero, precisamente por eso, sería insensato, nocivo para la causa, ahuyentar a estos grupos, de por sí ya bien reducidos, de intelectuales nativos, que tal vez querrían servir a las masas populares, pero que no pueden hacerlo porque, quizás, como no comunistas, se consideren rodeados de una atmósfera de desconfianza y teman posibles persecuciones. Respecto a esos grupos puede aplicarse con éxito la política de incorporarlos a la labor de los Soviets, la política de confiarles puestos en los organismos industriales, agrarios, de abastecimiento, etc., con el objeto de ir sovietizándolos poco a poco.

Pues difícilmente se podrá afirmar que estos grupos de intelectuales sean menos seguros que, por ejemplo, los especialistas militares contrarrevolucionarios incorporados al trabajo, pese a su carácter contrarrevolucionario, y sovietizados luego en puestos importantísimos. Ahora bien, la utilización de los grupos de intelectuales de las nacionalidades dista mucho de ser suficiente para satisfacer la necesidad que tenemos de instructores. Al mismo tiempo, es preciso desarrollar en las regiones periféricas una tupida red de cursos y escuelas para formar instructores locales en todas las ramas de la administración. Porque es evidente que, sin estos cuadros, la organización de escuelas, de tribunales, de organismos administrativos y de otras instituciones en el idioma del país, se verá dificultada en extremo. Un obstáculo no menos importante para la realización de la autonomía soviética es la precipitación -en muchos casos pasa a ser burda falta de tacto- que manifiestan algunos camaradas en la sovietización de las regiones periféricas. Cuando estos camaradas, en regiones que llevan todo un período histórico de retraso respecto a la Rusia central, en regiones donde el sistema medieval aun no ha sido totalmente suprimido, deciden hacer “esfuerzos heroicos” para implantar el “comunismo puro”, podemos afirmar con seguridad que de esas cargas de caballería, de ese “comunismo”, no saldrá nada bueno.

A estos camaradas quisiéramos recordarles el conocido punto de nuestro programa, según el cual: “El P.C.R. mantiene un punto de vista histórico y de clase, tomando en consideración la etapa del desarrollo histórico en que se encuentra la nación dada: si en el camino del medievo a la democracia burguesa o en el de la democracia burguesa a la democracia soviética o proletaria, etc.”. Y más adelante: “En todo caso, el proletariado de aquellas naciones que han sido naciones opresoras debe prestar un cuidado y una atención especiales a las supervivencias de los sentimientos nacionales en las masas trabajadoras de las naciones oprimidas o privados de la plenitud de sus derechos” (v. el “Programa del Partido Comunista de Rusia”). Esto quiere decir que si, por ejemplo, en el Azerbaidzhán, el camino directo de requisar el excedente de superficie habitable en las viviendas aparta de nosotros a las masas de ese país, que consideran la vivienda, el hogar doméstico como algo sagrado e inviolable, es indudable que debemos sustituir este camino directo por otro indirecto, que lleve a la misma meta. O que si, por ejemplo, las masas del Daguestán, fuertemente imbuidas de prejuicios religiosos, siguen a los comunistas “sobre la base del Shariá”, es evidente que el camino directo en la lucha contra los prejuicios religiosos, en este país, deberá ser sustituido por caminos indirectos y más cautelosos. Y así sucesivamente.

En pocas palabras: de las cargas de caballería encaminadas a la “inmediata comunistización” de las masas populares rezagadas, es necesario pasar a una política prudente y bien meditada de atracción gradual de estas masas al cauce general del desarrollo soviético. Tales son, en términos generales, las condiciones prácticas de la realización de la autonomía soviética, las cuales, al ser aplicadas, asegurarán el acercamiento espiritual y una sólida unión revolucionaria entre el centro y las regiones periféricas de Rusia. La Rusia Soviética está realizando el experimento, nunca visto en el mundo, de organizar la colaboración de muchas naciones y pueblos dentro del marco de un solo Estado proletario, sobre la base de la confianza mutua, sobre la base del libre y fraternal consentimiento. Tres años de revolución han puesto de manifiesto que hay todas las probabilidades de que este experimento tenga éxito. Pero este experimento sólo puede desembocar en un éxito absoluto si nuestra política práctica en cuanto a la cuestión nacional en las distintas regiones no discrepa de las reivindicaciones de la autonomía soviética ya proclamada, en sus diversos grados y formas; si cada uno de nuestros pasos prácticos en las distintas localidades contribuye a incorporar a las masas populares de las regiones periféricas a una elevada cultura proletaria espiritual y material, bajo formas que correspondan al modo de vida y a la

fisonomía nacional de estas masas. En esto reside la garantía de la consolidación de la unión revolucionaría entre la Rusia central y sus regiones periféricas, contra la que se estrellarán todas y cada una de las maquinaciones de la Entente.

Publicado con la firma de J. Stalin el 10 de octubre de 1920 en el núm. 266 de “Pravda”.