La fuerza de la Revolución de Octubre consiste, entre otras cosas, en que, a diferencia de las revoluciones del Occidente, agrupó en torno al proletariado ruso a los millones y millones de elementos de la pequeña burguesía, y, ante todo, a sus sectores más potentes y numerosos: al campesinado. De esta manera, la burguesía rusa quedó aislada y sin ejército, mientras el proletariado ruso se convirtió en el árbitro de los destinos del país. Sin esto, los obreros rusos no habrían podido conservar el Poder. La paz, la revolución agraria y la libertad de las nacionalidades son los tres factores esenciales que agruparon en torno a la bandera roja del proletariado ruso a los campesinos de más de veinte nacionalidades de la inmensa Rusia. No es necesario hablar aquí de los dos primeros factores, pues ya han sido suficientemente expuestos en la literatura y, además, son elocuentes por sí mismos. Por lo que respecta al tercer factor, a la política nacional de los comunistas rusos, su importancia todavía no ha sido, al parecer, plenamente comprendida. Por eso, no estará de más decir algunas palabras sobre él.

Comencemos por señalar que de los 140 millones de habitantes de la R.S.F.S.R. (se excluyen Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania y Polonia), los grandes rusos no son más que 75 millones; los 65 millones restantes están constituidos por otras naciones. Además, esas naciones pueblan, en lo fundamental, las regiones de la periferia, los puntos más vulnerables en el aspecto militar; por otro lado, estas regiones abundan en materias primas, combustible y productos alimenticios. En fin, las regiones de la periferia están menos desarrolladas que la Rusia central en los aspectos industrial y militar (o no están desarrolladas en absoluto), por cuya razón no pueden defender su existencia independiente sin la ayuda militar y económica de la Rusia central, así como la Rusia central no está en condiciones de conservar su potencia militar y económica sin la ayuda de las regiones periféricas en combustible, materias primas y víveres. Estas circunstancias, sumadas a los conocidos principios del programa nacional del comunismo, han determinado el carácter de la política nacional de los comunistas rusos.

La esencia de esta política puede resumirse en unas pocas palabras: renuncia a toda “pretensión” y a todo “derecho” a regiones habitadas por naciones no rusas; reconocimiento (no de palabra, sino de hecho) del derecho de estas naciones a la existencia estatal independiente; libre unión militar y económica de estas naciones con la Rusia central; ayuda al desarrollo cultural y económico de las naciones atrasadas, en defecto de lo cual la llamada “igualdad de derechos de las naciones” se convierte en una frase vacía; todo esto sobre la base de la plena emancipación de los campesinos y de la concentración de todo el Poder en manos de los elementos trabajadores de las naciones periféricas: tal es la política nacional de los comunistas rusos. Ni que decir tiene que los obreros rusos en el poder no se habrían granjeado la simpatía y la confianza de sus camaradas de las otras nacionalidades y, ante todo, de las masas oprimidas de las naciones que no gozaban de la plenitud de derechos, si no hubiesen demostrado en la práctica su disposición a aplicar esta política nacional, si no hubieran renunciado al “derecho” a Finlandia, si no hubieran retirado sus tropas del Norte de Persia, si no hubieran liquidado las pretensiones de los imperialistas rusos a ciertas zonas de Mongolia y de China, si no hubieran ayudado a las naciones atrasadas del antiguo Imperio Ruso a desarrollar su cultura y su organización estatal en su lengua materna.

Únicamente sobre la base de esta confianza ha podido surgir esa unión indestructible de los pueblos de la R.S.F.S.R., contra la cual han sido impotentes todas las astucias “diplomáticas” y todos los “bloqueos” meticulosamente sostenidos. Más aún. Los obreros rusos no habrían podido vencer a Kolchak, a Denikin y a Wrángel si no hubiesen contado con esa simpatía y esa confianza de las masas oprimidas de las regiones periféricas de la antigua Rusia. No hay que olvidar que la zona de actividad de estos generales facciosos se circunscribía a las regiones periféricas, habitadas predominantemente por naciones no rusas, y que éstas no podían por menos de odiar a Kolchak, a Denikin y a Wrángel por su política imperialista y rusificadora. La Entente, que se mezcló en la cuestión y que sostenía a estos generales, solamente podía apoyarse en los elementos rusificadores de las regiones periféricas. Con ello, no hizo sino exacerbar el odio de la población de las regiones periféricas a los generales facciosos y aumentó su simpatía por el Poder Soviético. Esta circunstancia determinó la debilidad interna de las retaguardias de Kolchak, de Denikin y de Wrángel y, por consiguiente, la debilidad de sus frentes, es decir, en fin de cuentas, su derrota.

Pero los buenos resultados de la política nacional de los comunistas rusos no se manifiestan sólo dentro de los límites de la R.S.F.S.R. y de las repúblicas soviéticas ligadas con ella. Se revelan también, indirectamente, cierto es, en la actitud de los países vecinos respecto a la R.S.F.S.R. La mejoría radical de la actitud de Turquía, Persia, Afganistán, la India y demás países orientales respecto a Rusia, antes considerada como el espanto de estos países, constituye un hecho, que ahora no se atreve a poner en tela de juicio ni siquiera un político tan arriesgado como lord Curzon. No creo que sea necesario demostrar que, si durante los cuatro años de existencia del Poder Soviético no se hubiese aplicado sistemáticamente en el interior de la R.S.F.S.R. la política esbozada más arriba, habría sido inconcebible el mencionado cambio radical en la actitud de los países vecinos con respecto a Rusia. Tales son, en líneas generales, los resultados de la política nacional de los comunistas rusos. Estos resultados aparecen con particular claridad precisamente ahora, en el cuarto aniversario del Poder Soviético, cuando la penosa guerra ha terminado, cuando se ha iniciado una vasta labor constructiva y cuando se contempla instintivamente el camino recorrido, para abarcarlo de una sola ojeada.

Publicado con la firma de J. Stalin en el núm. 251 de “Pravda”, correspondiente a los días 6 y 7 de noviembre de 1921.