La discusión. Por lo visto, la discusión sobre la situación interna del Partido, iniciada hace varias semanas, toca a su fin, por lo que respecta a Moscú y Petrogrado. Petrogrado, como es notorio, se ha pronunciado a favor de la línea del Partido. Los principales distritos de Moscú también se han pronunciado a favor de la línea del C.C. La asamblea general de funcionarios activos de la organización de Moscú, celebrada el 11 de diciembre, ha aprobado íntegramente la línea política y de organización del C.C. del Partido. No hay motivos para dudar de que la próxima conferencia del Partido de la organización de Moscú siga los pasos de sus distritos. La oposición, que representa un bloque de una parte de los comunistas “de izquierda” (Preobrazhenski, Stúkov, Piatakov y otros) con los llamados centralistas democráticos (Rafaíl, Saprónov y otros), ha sido aplastada. Es interesante el curso de la discusión y las transformaciones que ha sufrido la oposición durante este período. La oposición comenzó pronunciándose ni más ni menos que por la revisión de la línea fundamental del Partido en la edificación interna del Partido y en la política interna del Partido durante los dos últimos años, durante todo el período de la Nep.

Al mismo tiempo que exigía el cumplimiento íntegro de la resolución del X Congreso sobre la democracia interna del Partido, la oposición insistía en que fueran revocadas las restricciones aprobadas por los Congresos X, XI y XII del Partido (prohibición de la formación de grupos, antigüedad en el Partido, etc.). Pero la oposición no se ha conformado con esto. Afirmando que el Partido se había convertido, en esencia, en una organización de tipo militar y la disciplina del Partido en disciplina militar, la oposición exigía que se renovase el aparato del Partido de arriba abajo, que se apartase de sus cargos a los funcionarios principales, etc. Naturalmente, no escasearon las palabras duras y los insultos al C.C. “Pravda” ha estado abarrotada de artículos y articulejos, en los que se acusaba al C.C. de todos los pecados mortales. Lo único que ha faltado es que le acusaran del terremoto en el Japón. El C.C. en su conjunto no intervino durante este período en la discusión en las páginas de “Pravda”, concediendo a los militantes del Partido completa libertad de crítica. Ni siquiera consideró necesario desmentir las estúpidas acusaciones que hacían con frecuencia los críticos, considerando que los militantes del Partido eran bastante conscientes para resolver por su cuenta las cuestiones en debate.

Ese ha sido, por decirlo así, el primer período de la discusión. Más tarde, cuando la gente se hastió de palabras duras, cuando los insultos dejaron de surtir efecto y los militantes del Partido exigieron un examen serio del problema, comenzó el segundo período de la discusión, que se inició con la publicación de la resolución del Comité Central y de la Comisión Central de Control sobre la edificación del Partido. Basándose en el acuerdo del Pleno de octubre del C.C.83; que aprobó la orientación hacia la democracia interna del Partido, el Buró Político del C.C. y el Presídium de la C.C.C. elaboraron la conocida resolución que señaló las condiciones para aplicar la democracia interna del Partido. Este acto marcó un viraje en el curso de la discusión. Ya no era posible limitarse a la crítica en general. El plan concreto, presentado por el C.C. y la C.C.C., exigía de la oposición que lo aceptara o que presentara otro plan paralelo, igualmente concreto, de aplicación de la democracia interna del Partido. Y entonces resultó que la oposición era incapaz de oponer al plan del C.C. su propio plan, que pudiera satisfacer las exigencias de las organizaciones del Partido. La oposición comenzó a batirse en retirada.

Desapareció del arsenal de la oposición la exigencia de revocar la línea fundamental seguida durante los dos últimos años en la edificación interna del Partido. Palideció y se mustió la exigencia de la oposición de anular las restricciones a la democracia aprobadas por los Congresos X, XI y XII del Partido. Relegaron a segundo plano y suavizaron la exigencia de renovar el aparato de arriba abajo. La oposición consideró necesario sustituir todas estas exigencias por proposiciones sobre la necesidad de “formular exactamente la cuestión de las fracciones”, “celebrar elecciones en todos los organismos del Partido designados con anterioridad”, “acabar con la designación como sistema”, etc. Es sintomático que incluso estas proposiciones de la oposición, muy suavizadas, fuesen rechazadas por las organizaciones de Krásnaia Presnia y Zamoskvorechie, que aprobaron por inmensa mayoría de votos la resolución del C.C. y de la C.C.C. Este ha sido, por decirlo así, el segundo período de la discusión. Ahora hemos entrado en el tercer período. El rasgo característico de este período consiste en que continúa la retirada -yo diría la desbandada- de la oposición. Hasta las exigencias mustias y muy suavizadas de la oposición han desaparecido esta vez de su resolución. La última resolución de Preobrazhenski (parece que es la tercera), presentada a la asamblea de funcionarios activos de la organización de Moscú (más de 1.000 personas), dice: “Sólo la rápida, unánime y sincera aplicación de las resoluciones del Buró Político, en particular la renovación del aparato interno del Partido mediante nuevas elecciones, puede garantizar a nuestro Partido el paso a la nueva orientación sin conmociones ni luchas internas y reforzar la verdadera cohesión y unidad de sus filas”. No se puede considerar un hecho fortuito que la asamblea rechazara incluso esta propuesta, absolutamente inofensiva, de la oposición. Tampoco es casual que la asamblea adoptara por inmensa mayoría de votos una resolución “aprobando la línea política y de organización del C.C.”.

Rafaíl. Creo que Rafaíl es el representante más consecuente y cabal de la actual oposición, o, para ser más exacto, del actual bloque de oposición. En una de las asambleas de discusión, Rafaíl declaró que nuestro Partido se ha convertido, en esencia, en una organización militar, que su disciplina es militar y que por eso hay que renovar todo el aparato del Partido, de arriba abajo, por inservible y extraño al verdadero espíritu del Partido. Me parece que este u otros pensamientos semejantes rondan en la cabeza de los actuales oposicionistas, pero no se atreven a manifestarlos por distintas consideraciones. Hay que reconocer que Rafaíl ha sido, en este aspecto, más audaz que sus colegas de oposición. Y sin embargo, Rafaíl no tiene ninguna razón. No tiene razón no sólo por la forma, sino, ante todo, en esencia. Si en realidad nuestro Partido se hubiera convertido o hubiese comenzado a convertirse en organización militar, ¿no está claro que no tendríamos entonces Partido, en la verdadera acepción de esta palabra, ni dictadura del proletariado ni revolución? ¿Qué es un ejército? Un ejército es una organización cerrada, que se construye desde arriba.

La esencia del ejército presupone a su frente un Estado Mayor, designado desde arriba y que forma al ejército sobre la base de la obligatoriedad. El Estado Mayor no sólo forma al ejército; también lo aprovisiona, lo viste, lo calza, etc. La dependencia material de todos los efectivos del ejército respecto del Estado Mayor es absoluta. Sobre esta base, entre otras cosas, descansa la disciplina militar, cuya trasgresión acarrea una forma específica de pena máxima: el fusilamiento. A esto mismo se debe que el Estado Mayor pueda mover el ejército hacia donde quiera y cuando quiera, rigiéndose exclusivamente por sus propios planes estratégicos. ¿Qué es el Partido? El Partido es el destacamento de vanguardia del proletariado, que se construye desde abajo, sobre la base de la voluntariedad. El Partido también tiene su Estado Mayor, pero éste no es nombrado desde arriba, sino elegido desde abajo por todo el Partido. No es el Estado Mayor el que forma al Partido, sino, al revés, es el Partido el que forma a su Estado Mayor. El Partido se forma él mismo sobre la base de la voluntariedad.

Aquí no existe tampoco esa dependencia material de que he hablado antes, refiriéndome al ejército, entre el Estado Mayor del Partido y el Partido en su conjunto. El Estado Mayor del Partido no abastece al Partido, no lo alimenta ni lo viste. A esto, entre otras cosas, se debe que el Estado Mayor del Partido no pueda mover las filas del Partido a su antojo hacia donde quiera y cuando quiera; a esto se debe que el Estado Mayor del Partido pueda dirigir el Partido en su conjunto únicamente de acuerdo con los intereses económicos y políticos de la clase de la cual el propio Partido es una partícula. De ahí el carácter especial de la disciplina del Partido, que se basa, en lo fundamental, en el método de la persuasión, a diferencia de la disciplina militar, basada esencialmente en el método de la coerción. De ahí la diferencia fundamental entre la máxima pena de castigo en el Partido (la expulsión) y la máxima pena de castigo en el ejército (el fusilamiento). Basta comparar estas dos definiciones para comprender toda la monstruosidad del error de Rafaíl. El Partido se ha transformado -dice- en una organización militar.

Pero ¿cómo se puede transformar el Partido en una organización militar, si no depende, en el aspecto material, de su Estado Mayor, si se construye desde abajo sobre la base de la voluntariedad, si él mismo forma a su Estado Mayor? ¿Cómo se explica, en tal caso, que los obreros vengan al Partido, que aumente la influencia de éste entre las masas sin-partido y su popularidad entre las masas trabajadoras del mundo entero? Una de dos: O el Partido es absolutamente pasivo y mudo, y en tal caso, ¿cómo se explica que este Partido pasivo y mudo logre que le siga el proletariado más revolucionario del mundo y gobierne desde hace ya varios años el país más revolucionario del mundo? O el Partido es activo y tiene espíritu de iniciativa, y en tal caso no se comprende por qué un Partido tan activo y con tal espíritu de iniciativa no ha acabado durante este tiempo con el régimen militar en el Partido, si es que realmente existe ese régimen dentro del Partido. ¿Acaso no está claro que nuestro Partido, que ha hecho tres revoluciones, que derrotó a Kolchak y a Denikin y sacude hoy los cimientos del imperialismo mundial, acaso no está claro que este Partido no toleraría ni una semana el régimen militar y el

sistema de ordeno y mando, de que habla tan a la ligera y con tanto desenfado Rafaíl; acaso no está claro que el Partido destrozaría ese régimen y ese sistema en un abrir y cerrar de ojos y establecería un nuevo régimen sin aguardar las apelaciones de Rafaíl? Mas, aunque el sueño es horrible, Dios es misericordioso. El caso es que, en primer lugar, Rafaíl ha confundido al Partido con el ejército y al ejército con el Partido, pues, evidentemente, no conoce el Partido ni el ejército; en segundo lugar, Rafaíl no cree, por lo visto, en su propio descubrimiento y necesita recurrir a las “terribles” palabras de sistema de ordeno y mando en el Partido para fundamentar las principales consignas de la actual oposición: a) libertad de grupos fraccionarios y b) destitución de los elementos dirigentes del Partido, de arriba abajo. Rafaíl presiente, por lo visto, que sin palabras “terribles” no han de pasar estas consignas. Ese es el quid de la cuestión.

El artículo de Preobrazhenski. Preobrazhenski considera que la causa fundamental de las deficiencias en la vida interna del Partido reside en que la línea fundamental seguida en la edificación del Partido es desacertada. Preobrazhenski afirma que “el Partido sigue, desde hace ya dos años, una línea esencialmente desacertada en la política interna del Partido”, que “la línea fundamental en la edificación interna del Partido y en la política interna del Partido durante el período de la Nep” ha resultado errónea. ¿Cuál es la línea fundamental del Partido durante el período de la Nep? El Partido aprobó en su X Congreso una resolución sobre la democracia obrera. ¿Obró acertadamente el Partido al aprobar esta resolución'? Preobrazhenski piensa que sí. El Partido aprobó también en el X Congreso una limitación muy seria de la democracia, prohibiendo los grupos. ¿Obró acertadamente el Partido al aprobar esta limitación? Preobrazhenski piensa que no, que el Partido obró desacertadamente, pues esa limitación constriñe, a su juicio, la independencia de pensamiento en el Partido. El Partido aprobó en el XI Congreso nuevas limitaciones a la democracia, estableciendo la necesidad de determinada antigüedad en el Partido, etc. El XII Congreso del Partido ha confirmado estas limitaciones. ¿Obró acertadamente el Partido al aprobar estas limitaciones como garantía contra las tendencias pequeñoburguesas en las condiciones de la Nep? Preobrazhensrki piensa que no, que el Partido obró desacertadamente, pues estas limitaciones han constreñido, a su juicio, la iniciativa de las organizaciones del Partido. La conclusión es evidente: Preobrazhenski propone revocar en este terreno la línea fundamental del Partido aprobada por el X y el XI Congresos del Partido en la situación creada por la Nep. Pero el X y el XI Congresos del Partido se celebraron bajo la dirección inmediata del camarada Lenin. La resolución que prohíbe los grupos (la resolución sobre la unidad) fue presentada y defendida en el X Congreso por el camarada Lenin. Las posteriores limitaciones de la democracia, consistentes en la necesidad de poseer determinada antigüedad en el Partido, etc., fueron aprobadas por el XI Congreso con la directa participación del camarada Lenin.

¿No se da cuenta Preobrazhenski de que, en el fondo, propone revocar la línea del Partido en las condiciones de la Nep, una línea vinculada orgánicamente al leninismo? ¿No comienza a comprender Preobrazhenski que su propuesta de revocar la línea fundamental seguida en la edificación del Partido en las condiciones de la Nep es, en esencia, una segunda edición de ciertas proposiciones de la famosa “plataforma anónima”, que exigía la revisión del leninismo? Basta plantear estas cuestiones para comprender que el Partido no seguirá a Preobrazhenski. ¿Qué propone, pues, Preobrazhenski? Propone ni más ni menos que retornar a la vida del Partido “de los años 1917 y 1918”. ¿Qué distingue en este aspecto los años 1917 y 1918? Lo que los distingue es que entonces existían en nuestro Partido grupos y fracciones, que entonces existía la lucha franca de grupos, que el Partido vivía entonces un momento crítico de vida o muerte para él. Preobrazhenski exige que sea restablecido en el Partido, por lo menos “en parte”, ese régimen abolido por el X Congreso. ¿Puede seguir el Partido este camino?

No, no puede, porque, en primer lugar, el retorno a la vida del Partido de los años 1917 y 1918, cuando no existía la Nep, no responde ni puede responder a las necesidades del Partido en las condiciones de 1923, cuando existe la Nep; porque, en segundo lugar, el restablecimiento del régimen pasado de lucha fraccional socavaría inevitablemente la unidad del Partido, sobre todo ahora, en ausencia del camarada Lenin. Preobrazhenski tiende a presentar las condiciones de la vida interna del Partido en los años de 1917 y 1918 como algo deseable e ideal. Pero nosotros conocemos infinidad de aspectos negativos de ese período de la vida interna del Partido, que le costaron conmociones muy hondas. Me parece que la lucha entre los bolcheviques dentro del Partido no llegó jamás a un encarnizamiento como en aquel período, el período de la paz de Brest-Litovsk. Por ejemplo, es notorio que los comunistas “de izquierda”, que constituían entonces una fracción aparte, llegaron a tales extremos que hablaban en serio de sustituir el Consejo de Comisarios del Pueblo de entonces por otro. Consejo de Comisarios del Pueblo, formado por personas nuevas, pertenecientes a la fracción de los comunistas “de izquierda”. Algunos de los actuales oposicionistas -Preobrazhenski, Piatakov, Stúkov y otros- figuraban entonces entre los miembros de la fracción de los comunistas “de izquierda”. ¿Piensa Preobrazhenski hacer “retornar” a nuestro Partido a ese antiguo régimen “ideal”? Está claro, en todo caso; que el Partido no aceptará ese “retorno”.

El artículo de Saprónov. Saprónov considera que la causa fundamental de las deficiencias en la vida interna del Partido estriba en que en sus organismos existen “pedantes” y “damas catequistas” que se dedican a “educar a los militantes del Partido” según “el método escolar” y que, de esta manera, obstaculizan la verdadera educación de los militantes del Partido en el curso de la lucha. Cuando Saprónov convierte de este modo a los funcionarios de nuestro aparato del Partido en “damas catequistas”, no se le ocurre siquiera preguntar: ¿de dónde han surgido estos hombres y cómo ha podido ocurrir que los “pedantes” predominen en la labor de nuestro Partido'? Al esgrimir como verdad demostrada una tesis más que aventurada y demagógica, Saprónov ha olvidado que un marxista no puede contentarse con simples sentencias, que debe comprender, ante todo, el fenómeno, si realmente existe, y explicarlo, para trazar luego medidas eficaces de mejoramiento. Pero, por lo visto, a Saprónov le tiene sin cuidado el marxismo. Necesita difamar a toda costa el aparato del Partido; todo lo demás vendrá por sí solo. A juicio de Saprónov, la causa de las deficiencias en la vida interior de nuestro Partido es la mala voluntad de los “pedantes del Partido”.

¡Vaya una explicación! Pero entonces no se comprende: 1) ¿Cómo han podido esas “damas catequistas” y esos “pedantes del Partido” conservar la dirección del proletariado más revolucionario del mundo? 2) ¿Cómo han podido los “escolares de nuestro Partido”, entregados a esas “damas catequistas” para que los eduquen, conservar la dirección del país más revolucionario del mundo? En todo caso, está claro que hablar por los codos de “pedantes del Partido” es más fácil que comprender y apreciar las grandes virtudes del aparato de nuestro Partido. ¿Cómo piensa Saprónov subsanar las deficiencias de la vida interna de nuestro Partido? Su remedio es tan sencillo como el diagnóstico. “Revisar nuestra oficialidad”, apartar de los cargos a los actuales funcionarios: ése es el remedio de Saprónov como garantía fundamental de que en el Partido rija la democracia. Estoy lejos de negar la importancia de las nuevas elecciones desde el punto de vista de la democracia para mejorar la vida interna de nuestro Partido. Pero considerarlas como la garantía fundamental significa no comprender la vida interna del Partido ni sus deficiencias.

En las filas de la oposición existen hombres como Beloboródov, de cuya “democracia” no se han olvidado aún los obreros de Rostov; como Rosengoltz, cuya “democracia” tanto daño hizo a nuestros trabajadores del transporte fluvial y a nuestros ferroviarios; como Piatakov, cuya “democracia” no sólo levantaba protestas, sino tenía en un grito a toda la cuenca del Donetz; como Alski, cuya “democracia” es bien conocida de todos; como Bik, cuya “democracia” tiene hasta ahora en un grito a Joresm. ¿Cree Saprónov que, si los “respetables camaradas” que he mencionado sustituyen a los actuales “pedantes del Partido”, triunfará la democracia en el seno del Partido? Permítaseme que dude un poco de ello. Por lo visto, existen dos clases de democracia: la democracia de las masas del Partido, ansiosas de manifestar su iniciativa y de participar activamente en la dirección del Partido, y la “democracia” de los grandes señores del Partido, que, descontentos, ven la esencia de la democracia en el cambio de unas personas por otras. El Partido se atendrá a la democracia del primer tipo y la aplicará con mano férrea. Pero el Partido desechará la “democracia” de los grandes señores del Partido descontentos, que no tiene nada de común con la verdadera democracia obrera en el seno del Partido.

Para asegurar la democracia interna del Partido, es necesario, ante todo, acabar con las reminiscencias y los hábitos del período de guerra, que perduran en la mentalidad de algunos de nuestros funcionarios y les hacen considerar el Partido, no como un organismo con iniciativa propia, sino como un sistema de instituciones. Pero no se pueden vencer estas reminiscencias en un plazo muy breve. Para asegurar la democracia interna del Partido, es necesario, en segundo lugar, vencer la presión que ejerce nuestro aparato estatal burocrático, con cerca de un millón de empleados, sobre el aparato del Partido, que no cuenta con más de 20.000 ó 30.000 funcionarios. Pero es inconcebible vencer en un plazo muy breve la presión de esta enorme máquina y supeditarla a nuestra voluntad. Para asegura la democracia interna del Partido, es necesario, en tercer lugar, elevar el nivel cultural de nuestras células atrasadas y distribuir con acierto a los funcionarios activos por todo el territorio de la Unión, cosa que tampoco se puede conseguir en un plazo muy breve. Como veis, asegurar la plena democracia no es tan sencillo como se imagina Saprónov, siempre y cuando, naturalmente, no entendamos por democracia la vacua democracia formal de Saprónov, sino la verdadera y auténtica democracia obrera. Evidentemente, es necesario poner en tensión la voluntad de todo el Partido, de abajo arriba, para asegurar y poner en práctica la verdadera democracia interna del Partido.

La carta de Trotski. La resolución del C.C. y de la C.C.C. sobre la democracia interna del Partido, publicada el 7 de

diciembre, fue aprobada por unanimidad. Trotski votó por esta resolución. Por eso cabía suponer que los miembros del C.C., incluyendo a Trotski, actuarían en frente único, invitando a los militantes del Partido a apoyar unidos al C.C. y su resolución. Sin embargo, esta suposición no se ha visto confirmada. Hace unos días, Trotski ha enviado una carta a las conferencias del Partido, que no puede ser interpretada más que como una tentativa de debilitar el deseo de unidad de los miembros del Partido en el apoyo al C.C. y a su posición. Juzguen ustedes mismos. Después de aludir al burocratismo del aparato del Partido y al peligro de degeneración de la vieja guardia, es decir, de los leninistas, núcleo fundamental de nuestro Partido, Trotski escribe: “En la historia se ha observado más de una vez la degeneración de la “vieja guardia”. Tomemos el ejemplo histórico más reciente y descollante: los jefes y los partidos de la II Internacional. Sabemos que Guillermo Liebknecht, Bebel, Singer, Víctor Adler, Kautsky, Bernstein, Lafargue, Guesde, y otros fueron discípulos directos e inmediatos de Marx y Engels.

Sabemos, sin embargo, qué todos estos jefes -unos en parte y otros por entero- degeneraron en el oportunismo”... “Debemos decir -precisamente nosotros, los “viejos”- que nuestra generación, que desempeña, como es lógico, el papel dirigente en el Partido, no ofrece, sin embargo, por sí misma, ninguna garantía contra el debilitamiento paulatino e imperceptible del espíritu proletario y revolucionario, si se permite que en la política del Partido vayan aumentando y afianzándose los métodos burocráticos del aparato, que hacen de la joven generación material pasivo para la educación y establecen inevitablemente el divorcio entre el aparato y la masa, entre los viejos y los jóvenes”... “La juventud -el más fiel barómetro del Partido- es la que reacciona con más sensibilidad ante la burocracia en el Partido”. “Es necesario que la juventud tome en combate las fórmulas revolucionarias...” En primer lugar, debo deshacer un posible malentendido. Trotski, como se ve por su carta, se incluye en la vieja guardia bolchevique, manifestándose dispuesto a cargar con las posibles acusaciones que puedan recaer sobre la cabeza de la vieja guardia, si en realidad ésta entra en vías de degeneración. Hay que reconocer que esta disposición a sacrificarse es, indudablemente, un rasgo de nobleza. Pero yo debo defender a Trotski de Trotski, pues, por causas comprensibles, no puede y no debe asumir la responsabilidad por la posible degeneración de los cuadros fundamentales de la vieja guardia bolchevique. El sacrificio, naturalmente, está bien, pero ¿lo necesitan los viejos bolcheviques? Yo creo que no lo necesitan.

En segundo lugar, no se comprende cómo puede colocarse en un mismo plano a oportunistas y mencheviques cómo Bernstein, Adier, Kautsky, Guesde y otros y a la vieja guardia bolchevique, que en todo momento ha luchado, y yo espero que seguirá luchando dignamente, contra el oportunismo, contra los mencheviques, contra la II Internacional. ¿A qué se debe ese embrollo y esa confusión, para qué hacen falta, si se tienen en cuenta los intereses del Partido, y no ciertas consideraciones de otra naturaleza cuya finalidad no es en modo alguno defender a la vieja guardia? ¿Cómo interpretar estas alusiones al oportunismo en relación con los viejos bolcheviques, que se han forjado en la lucha contra el oportunismo? En tercer lugar, no creo de ningún modo que los viejos bolcheviques estén totalmente a salvo del peligro de degenerar, como tampoco tengo razones para afirmar que estemos totalmente a salvo, por ejemplo, de un terremoto. Se puede y se debe admitir ese peligro como posible. ¿Pero significa, esto que el peligro sea real, que exista? Yo creo que no. Además, el propio, Trotski no ha citado ningún dato que evidencie el peligro de degeneración como un peligro real. Y sin embargo, en el seno del Partido hay elementos que pueden originar un verdadero peligro de degeneración de ciertas filas de nuestro Partido. Me refiero a una parte de los mencheviques, que se vieron obligados a ingresar en nuestro Partido y que no se han desembarazado aún de los viejos hábitos oportunistas.

He aquí lo que decía el camarada Lenin en el período de la depuración de nuestro Partido, refiriéndose a estos mencheviques y a este peligro: “Todo oportunista se distingue por su capacidad de adaptación... y los mencheviques, como oportunistas, se adaptan “por principio”, valga la expresión, a la corriente que predomine entre los obreros, recurren al mimetismo, lo mismo que la liebre se hace blanca por el invierno. Hay que conocer y tener en cuenta esta peculiaridad de los mencheviques. Y tenerla en cuenta significa depurar al Partido del noventa y nueve por ciento, aproximadamente, de los mencheviques admitidos al P.C. de Rusia después de 1918, es decir, cuando la victoria de los bolcheviques comenzó a ser primero probable y después indudable” (v. tomo XXVII, pág. 13). ¿Cómo ha podido ocurrir que Trotski, perdiendo de vista este peligro y otros semejantes, que en realidad existen, haya destacado en primer plano un peligro posible, el peligro de la degeneración de la vieja guardia bolchevique? ¿Cómo se puede cerrar los ojos ante un peligro real, poniendo en primer plano un peligro que, hablando en propiedad, no es real, es solamente posible; cómo se puede proceder así, si se tienen en cuenta los intereses del Partido y no se pretende socavar el prestigio de la mayoría del C.C., núcleo dirigente de la vieja guardia bolchevique? ¿Acaso no está claro que tal manera de “enfocar” las cosas sólo puede llevar el agua al molino de la oposición? En cuarto lugar, ¿de dónde ha sacado Trotski esa contraposición de los “viejos”, que pueden degenerar, a la “juventud”, que es “el más fiel barómetro” del Partido, y de la “vieja guardia”, que puede burocratizarse, a la “joven guardia”, que debe “tomar en combate las fórmulas revolucionarias”? ¿De dónde se ha sacado esta contraposición, qué falta hacía? ¿Acaso la juventud y la vieja guardia no han marchado siempre en frente único contra los enemigos interiores y exteriores? ¡Acaso la unidad de los “viejos” y los “jóvenes” no constituye la fuerza principal de nuestra revolución? ¿De dónde ha salido esa tentativa de difamar a la vieja guardia y de halagar demagógicamente a la juventud para abrir -y ampliar- una fisura entre los destacamentos fundamentales de nuestro Partido? ¿Quién necesita todo esto, si se piensa en los intereses del Partido, en su unidad y cohesión, y no en quebrantar esta unidad para beneficiar a la oposición? ¿Acaso se defiende así al C.C. y su resolución sobre la democracia interna del Partido, que, además, fue aprobada unánimemente? Por cierto que Trotski, como es evidente, no se planteaba esa tarea al dirigir la carta a las conferencias del Partido. Por lo visto, era otra la intención, a saber: apoyar diplomáticamente a la oposición en su lucha contra el C.C. del Partido encubriéndose con la defensa de la resolución del C.C. Así se explica, en realidad, ese sello de doblez que lleva impreso la carta de Trotski. Trotski forma bloque con los centralistas democráticos y con una parte de los comunistas “de izquierda”: ése es el sentido político de la carta de Trotski.

Publicado con la firma de J. Stalin el 16 de diciembre de 1923 en el núm. 286 de “Pravda”.