Camaradas. Habitualmente, nuestros oradores en las reuniones de discusión empiezan por la historia de la cuestión: cómo surgió el problema de la democracia interna del partido, quién dijo primero A, quién pronunció después B, etc. Considero que este método no nos conviene, porque introduce un elemento de rencilla y de acusaciones mutuas y no aporta nada sensato. Pienso que será mucho mejor si empezamos por la cuestión de cómo acogió el partido la resolución del Buró Político sobre la democracia[2], confirmada después por el Pleno del CC.

Debo dejar constancia de que esta resolución es, al parecer, la única en toda la historia de nuestro partido que, tras una encarnizada discusión sobre la cuestión de la democracia, ha encontrado la aprobación plena —diría yo: literalmente unánime— de todo el partido. Incluso las organizaciones y células opositoras, que en general estaban en contra de la mayoría del partido y contra el CC, incluso ellas, con todo su deseo de encontrar algún motivo de crítica, no hallaron ocasión ni fundamento para criticar, y por lo general en sus resoluciones estas organizaciones y células, reconociendo la justeza de las tesis fundamentales de la resolución del Buró Político sobre la democracia interna del partido, procuraban distinguirse en algo de las demás organizaciones, añadiéndole una especie de coletilla, digamos, algo así: sí, todo está bien entre vosotros, pero no ofendáis a Trotski; o también: todo es correcto entre vosotros, pero os habéis retrasado un poquito, habría estado bien hacer todo esto antes. No planteo aquí la cuestión de quién ofende a quién. Pienso que, si se examina a fondo, puede resultar que el conocido dicho sobre Tit Títych se ajusta bastante a Trotski: “¿Quién te va a ofender a ti, Tit Títych? Tú mismo ofenderás a cualquiera”. (Risas.) Pero he dicho que no voy a entrar en esta cuestión. Incluso admito que, en realidad, algunos ofenden a Trotski. Pero ¿acaso es esa la cuestión? ¿Qué hay de principio en la cuestión de la ofensa? Pues se trata precisamente del aspecto de principio de la resolución, y no de quién ofendió a quién. Con esto quiero decir que incluso las células y organizaciones marcada y groseramente opositoras, incluso ellas no se atrevieron a objetar nada por principio contra la resolución del Buró Político del CC y del Presídium de la CCC. Dejo constancia de esto como un hecho, para señalar una vez más que es difícil encontrar en toda la historia de nuestro partido otro hecho semejante, en que una resolución, pasada por el fuego y el agua de una encarnizada discusión, haya tenido una aprobación tan unánime no solo entre la mayoría, sino literalmente en todo el partido.

De esto saco dos conclusiones. La primera conclusión es que, por consiguiente, la resolución del Buró Político y de la Comisión Central de Control responde plenamente a las necesidades y exigencias del partido en el momento actual. Y la segunda conclusión es que, por consiguiente, el partido saldrá de esta discusión sobre la cuestión de la democracia interna del partido fortalecido y más cohesionado. Esta es una conclusión, por así decirlo, que da justo en el blanco a aquellos malintencionados nuestros en el extranjero, que desde hace tiempo se frotan las manos con motivo de nuestra discusión, pensando que nuestro partido se debilitará como resultado de la discusión y que el poder se descompondrá.

No me extenderé sobre la esencia de la democracia interna del partido. Las bases de esta democracia están expuestas en la resolución, la resolución ha sido discutida a fondo por todo el partido, ¿para qué voy a repetirme aquí? Diré solamente una cosa: que, evidentemente, no habrá una democracia desplegada, una democracia plena. Evidentemente, esta democracia será una democracia dentro de los marcos delineados por los X, XI y XII congresos. En qué consisten estos marcos, ustedes lo saben bien, y no voy a repetirlo aquí. Tampoco me extenderé sobre el hecho de que la garantía fundamental para que la democracia interna del partido entre en la carne y la sangre de nuestro partido es intensificar la actividad y la conciencia de las masas del partido. De esto también se ha hablado con suficiente detalle en nuestra resolución.

Paso a la cuestión de cómo algunos camaradas y algunas organizaciones entre nosotros fetichizan la cuestión de la democracia, considerándola como algo absoluto, fuera del tiempo y del espacio. Con esto quiero decir que la democracia no es algo dado para todos los tiempos y condiciones, pues hay momentos en que no hay posibilidad ni sentido de aplicarla. Para que ella, esta democracia interna del partido, sea posible, se necesitan dos condiciones o dos grupos de condiciones, internas y externas, sin las cuales es vano hablar de democracia.

Es necesario, en primer lugar, que la industria se desarrolle, que la situación material de la clase obrera no empeore, que la clase obrera crezca cuantitativamente, que el nivel cultural de la clase obrera se eleve y que la clase obrera crezca también cualitativamente. Es necesario que el partido, como vanguardia de la clase obrera, crezca también, ante todo, cualitativamente, y ante todo a expensas de los elementos proletarios del país. Estas condiciones de carácter interno son absolutamente necesarias para que se pueda plantear la cuestión de la realización real, y no sobre el papel, de la democracia interna del partido.

Pero estas condiciones por sí solas no son suficientes. Ya he dicho que existe un segundo grupo de condiciones, condiciones de carácter externo, sin cuya presencia la democracia dentro del partido es imposible. Me refiero a las conocidas condiciones internacionales que, en mayor o menor medida, garantizan la paz, el desarrollo pacífico, sin lo cual la democracia en el partido es impensable. Dicho de otro modo, si nos atacan y nos vemos obligados a defender el país con las armas en la mano, entonces de democracia no podrá hablarse, pues habrá que restringirla. El partido se movilizará, nosotros probablemente lo militarizaremos, y la cuestión de la democracia interna del partido desaparecerá por sí misma.

He aquí por qué pienso que la democracia debe ser examinada en dependencia de las condiciones, que no debe haber fetichismo en los problemas de la democracia interna del partido, pues la realización de la democracia interna del partido, como veis, depende de las condiciones concretas de tiempo y lugar en cada momento dado.

Para que no haya en adelante excesos innecesarios y acusaciones infundadas, debo recordar también los obstáculos que se alzan ante el partido en la labor de implantación de la democracia, obstáculos que dificultan la implantación de la democracia incluso existiendo las dos condiciones favorables fundamentales, internas y externas, antes señaladas. Camaradas, estos obstáculos existen, influyen profundamente en nuestro trabajo del partido, y no tengo derecho a silenciarlos. ¿En qué consisten estos obstáculos?

Estos obstáculos, camaradas, consisten, en primer lugar, en que en las mentes de una parte de nuestros trabajadores perviven aún las reminiscencias del viejo período de guerra, cuando nuestro partido estaba militarizado, reminiscencias que engendran ciertas concepciones no marxistas de que nuestro partido no es, supuestamente, un organismo con iniciativa propia, que vive una vida ideológica y práctica independiente, sino algo así como un sistema de instituciones, inferiores, medias y superiores. Esta concepción absolutamente no marxista, ciertamente, no ha adquirido aún en ninguna parte una forma acabada, no ha sido expresada de manera completa en ninguna parte, pero los elementos de esta concepción perviven en las mentes de una parte de nuestros trabajadores que desempeñan funciones partidarias, y les impiden aplicar consecuentemente la democracia interna del partido. He aquí por qué la lucha contra tales concepciones, la lucha contra las reminiscencias del período de guerra, tanto en el centro como en las localidades, es una tarea inmediata del partido.

El segundo obstáculo que se alza en el camino de la implantación de la democracia en el partido es la existencia de la presión del aparato estatal burocrático sobre el aparato del partido, sobre nuestros funcionarios del partido. La presión de este aparato abultado sobre nuestros funcionarios del partido no siempre se nota y no siempre salta a la vista, pero no cesa ni un solo segundo. Esta presión del abultado aparato estatal burocrático se manifiesta, en última instancia, en que toda una serie de nuestros funcionarios, tanto en el centro como en los lugares, a menudo contra su voluntad y de manera completamente inconsciente, se desvía de la democracia interna del partido, de la línea en cuya justeza creen, pero que a menudo no son capaces de llevar hasta el fin. Pueden ustedes imaginarse un aparato estatal burocrático que cuenta con no menos de un millón de empleados, compuesto por elementos en su mayor parte ajenos al partido, y nuestro aparato del partido, que tiene no más de 20-30 mil personas, llamadas a subordinar al partido el aparato estatal, llamadas a socializarlo. ¿Qué vale nuestro aparato estatal sin el apoyo del partido? Sin la ayuda, sin el apoyo de nuestro aparato del partido, desgraciadamente, vale poco. Y he aquí que cada vez que nuestro aparato del partido introduce sus tentáculos en todas las ramas de la administración estatal, a menudo tiene que igualar su trabajo del partido en estos órganos según la línea de los aparatos estatales. Concretamente: el partido debe llevar a cabo el trabajo de ilustración política de la clase obrera, de profundización de la conciencia de la clase obrera, y en ese momento se requiere recaudar el impuesto en especie, llevar a cabo tal o cual campaña, porque sin campaña, sin ayuda por parte del partido, los aparatos estatales no son capaces de cumplir su tarea. Y aquí nuestros funcionarios se encuentran entre dos fuegos, entre la necesidad de corregir la línea de trabajo de los aparatos estatales, que actúan a la antigua, y la necesidad de conservar los vínculos con los obreros. Y a menudo ellos mismos se burocratizan aquí.

Tal es el segundo obstáculo, que es difícil de superar, pero que es necesario superar a toda costa para facilitar la aplicación de la democracia interna del partido.

Por último, existe aún un tercer obstáculo que se alza en el camino de la realización de la democracia: el bajo nivel cultural de toda una serie de nuestras organizaciones, de nuestras células, especialmente en las regiones periféricas (dicho sea sin ánimo de ofenderlas), que impide a nuestras organizaciones del Partido llevar hasta el final la democracia interna del Partido. Ustedes saben que la democracia exige un cierto mínimo de cultura por parte de los miembros de la célula y de la organización en su conjunto, así como la existencia de un cierto mínimo de trabajadores activos a los que se pueda elegir y colocar en los puestos. Pero si en la organización no existe ese mínimo de trabajadores activos, si el nivel cultural de la propia organización es bajo, ¿qué hacer? Es natural que en este caso haya que apartarse de la democracia y recurrir a la designación de funcionarios, etc.

Tales son los obstáculos que se alzaban ante nosotros, que aún se alzarán y que debemos superar para aplicar honestamente y hasta el fin la democracia interna del partido.

Les he recordado estos obstáculos que tenemos ante nosotros y esas condiciones externas e internas sin las cuales la democracia se convierte en una frase demagógica vacía, porque algunos camaradas fetichizan, absolutizan la cuestión de la democracia, pensando que la democracia es posible siempre y en cualesquiera condiciones, y que "supuestamente solo la 'mala' voluntad de los 'aparatchiks' impide su realización". Precisamente contra esta concepción idealista, una concepción que no es nuestra, que no es marxista, que no es leninista, les he recordado, camaradas, las condiciones para la realización de la democracia y los obstáculos que en este momento tenemos ante nosotros.

Podría, camaradas, dar por terminado aquí mi informe, pero considero que estamos obligados a hacer un balance de la discusión y extraer de este balance algunas conclusiones que pueden tener para nosotros una importancia seria. Podría dividir toda nuestra lucha en el marco de la discusión, en torno a la cuestión de la democracia, en tres períodos.

Primer período, cuando la oposición atacó al CC y lo acusó de que, en los últimos dos años, durante el período de la NEP en general, toda la línea del CC era supuestamente incorrecta. Este fue el período anterior a la publicación de la resolución del Buró Político y del Presídium de la CCC. No abordaré aquí quién tenía razón y quién no. Los ataques fueron feroces y, como ustedes saben, no siempre fundamentados. Pero una cosa está clara: este período puede caracterizarse como el período de los mayores ataques al CC por parte de la oposición.

El segundo período comenzó desde el momento en que se publicó la resolución del Buró Político y de la Comisión Central de Control, cuando la oposición se vio en la necesidad de oponer a la resolución del CC algo íntegro, concreto, y cuando la oposición no tuvo nada ni íntegro ni concreto. Este fue el período de mayor acercamiento entre el CC y la oposición. El asunto, al parecer, terminaba, o podía terminar, en que se produjera cierta reconciliación de la oposición con la línea del CC. Recuerdo bien cómo en Moscú, en el centro de la lucha de discusiones, creo que el 12 de diciembre, en una reunión en la Sala de las Columnas, Preobrazhenski presentó una resolución que, por alguna razón, rechazaron, aunque poco se diferenciaba de la resolución del CC. En su base, esta resolución, incluso en algunos puntos secundarios, no discrepaba en absoluto de la resolución del CC. Y entonces me pareció que, en realidad, no había por qué seguir luchando: existe una resolución del CC, satisface a todos, al menos en nueve décimas partes, la propia oposición, al parecer, lo siente, va al encuentro, y nosotros, tal vez, con esto pondremos fin a las divergencias. Este fue el segundo período, el período conciliador.

Pero luego llegó el tercer período. Este período se inició con la intervención de Trotski, con su llamamiento a las circunscripciones, intervención que liquidó de inmediato las tendencias conciliadoras y puso todo patas arriba. Tras esta intervención de Trotski, comenzó un período de encarnizada lucha interna en el partido, una lucha que no habría tenido lugar si Trotski no hubiera presentado su carta al día siguiente de haber votado a favor de la resolución del Buró Político. Como saben, a la primera intervención de Trotski siguió una segunda, a la segunda una tercera, y la lucha en relación con esto se agudizó aún más.

Pienso, camaradas, que en estas intervenciones Trotski ha cometido por lo menos seis errores graves. Estos errores han conducido a la agudización de la lucha interna del partido. Paso al análisis de estos errores.

El primer error de Trotski se expresó en el hecho mismo de publicar un artículo al día siguiente de la publicación de la resolución del Buró Político del CC y de la CCC, un artículo que no puede ser calificado de otro modo que como una plataforma contrapuesta a la resolución del CC. Repito y subrayo que fue un artículo que no puede ser considerado de otra manera que como una nueva plataforma, contrapuesta a la resolución del CC, adoptada por unanimidad. Piensen nada más, camaradas: en tal fecha se reúnen el Buró Político y el Presídium de la CCC y se plantea la cuestión de una resolución sobre la democracia interna del partido, la resolución se adopta por unanimidad, y apenas un día después, independientemente del CC, al margen de la voluntad del CC, por encima del CC, se envía a los distritos un artículo de Trotski: una nueva plataforma que plantea de nuevo la cuestión del aparato y del partido, de los cuadros y de la juventud, de las fracciones y de la unidad del partido, etc., etc.; una plataforma que toda la oposición recoge y contrapone a la resolución del CC. Esto no puede ser considerado de otro modo que como un acto de contraponerse al Comité Central. Es una contraposición abierta y tajante de Trotski a todo el CC. Ante el partido se planteó la cuestión: ¿tenemos un CC como órgano dirigente, o ya no lo tenemos, existe un CC cuyas decisiones unánimes son respetadas por los miembros de ese CC, o existe únicamente un superhombre que está por encima del CC, un superhombre para quien las leyes no están escritas, que puede permitirse hoy votar a favor de una resolución del CC y mañana publicar y presentar una nueva plataforma contra esa resolución? Camaradas, no se puede exigir a los obreros que se sometan a la disciplina del partido si uno de los miembros del CC ignora abiertamente, a la vista de todos, al Comité Central y su decisión adoptada por unanimidad. No se pueden aplicar dos disciplinas: una para los obreros y otra para los dignatarios. La disciplina debe ser una sola.

El error de Trotski consiste precisamente en que se enfrentó al CC y se imaginó ser un superhombre, situado por encima del CC, por encima de sus leyes, por encima de sus decisiones, dando así motivo a una parte conocida del partido para orientar el trabajo hacia el socavamiento de la confianza en ese CC.

Algunos camaradas expresaron su descontento por el hecho de que este acto antipartido de Trotski fuera señalado en algunos artículos de "Pravda" y por parte de algunos miembros del CC. Camaradas, debo decir en respuesta a estos camaradas que ningún partido puede respetar a un CC que, en un momento tan difícil, no muestre la capacidad de defender la dignidad del partido, cuando un miembro del CC intenta situarse por encima de todo el CC. El CC se habría aniquilado moralmente si hubiera pasado por alto este intento de Trotski.

El segundo error cometido por Trotski consiste en que durante todo el período de la discusión, Trotski se comportó de manera equívoca, ignorando groseramente la voluntad del partido, que desea conocer su verdadera posición, y esquivando diplomáticamente la pregunta planteada sin rodeos por toda una serie de organizaciones: ¿a quién apoya Trotski, en definitiva, al CC o a la oposición? La discusión no se lleva a cabo para andar con evasivas, sino para exponer directa y honradamente toda la verdad ante el partido, como sabe hacerlo Ilich, como está obligado a hacerlo todo bolchevique. Dicen que Trotski está gravemente enfermo. Admitamos que está gravemente enfermo. Pero durante su enfermedad ha escrito tres artículos y cuatro nuevos capítulos de su folleto, que sale hoy. ¿Acaso no está claro que Trotski tiene plena posibilidad de escribir, para satisfacción de las organizaciones que se lo preguntan, dos líneas diciendo si está a favor de la oposición o en contra de la oposición? ¿Hace falta demostrar que este ignorar la voluntad de una serie de organizaciones no podía sino agudizar la lucha interna del partido?

El tercer error cometido por Trotski consiste en que en sus intervenciones contrapuso el aparato del partido al partido, lanzando la consigna de lucha contra los "aparatchiks". El bolchevismo no puede aceptar la contraposición del partido al aparato del partido. ¿De qué se compone en realidad nuestro aparato del partido? El aparato del partido es el CC, los comités regionales, los comités de gubernia, los comités de uezd. ¿Están subordinados al partido? Por supuesto que están subordinados, pues en un 90% son elegidos por el partido. No tienen razón quienes dicen que los comités de gubernia eran designados. No tienen razón. Ustedes saben, camaradas, que los comités de gubernia son elegidos entre nosotros, al igual que los comités de uezd, al igual que el CC. Están subordinados al partido. Pero después de ser elegidos, deben dirigir el trabajo, he ahí la cuestión. ¿Es concebible el trabajo del partido sin que, después de que el CC ha sido elegido por el congreso, después de que el comité de gubernia ha sido elegido por la conferencia de gubernia, el CC y los comités de gubernia no dirijan el trabajo? Pues sin esto el trabajo del partido es inconcebible entre nosotros. Esa es una concepción anarco-menchevique desenfrenada, que niega el principio mismo de la dirección del trabajo del partido. Temo que Trotski, a quien, por supuesto, no pienso poner al mismo nivel que los mencheviques, con semejante contraposición del aparato del partido al partido dé un impulso a ciertos elementos inexpertos de nuestro partido para adoptar el punto de vista de la desidia anarco-menchevique y de la relajación organizativa. Temo que este error de Trotski ponga bajo ataque a los miembros inexpertos del partido, a todo nuestro aparato del partido, aparato sin el cual el partido es inconcebible.

El cuarto error cometido por Trotski consiste en que él contrapuso la juventud a los cuadros de nuestro partido, en que lanzó una acusación infundada sobre la degeneración de nuestros cuadros. Trotski puso a nuestro partido en el mismo plano que el partido de los socialdemócratas en Alemania, se remitió a ejemplos de cómo algunos discípulos de Marx, viejos socialdemócratas, degeneraban, y de ello sacó la conclusión de que ante ese mismo peligro de degeneración se encuentran nuestros cuadros del partido. En rigor, habría que reírse de cómo uno de los miembros del CC, que ayer aún luchaba contra el bolchevismo codo a codo con los oportunistas y mencheviques, intenta ahora, en el séptimo año de existencia del poder soviético, aunque sea en forma hipotética, afirmar que los cuadros de nuestro partido, nacidos, crecidos y fortalecidos en la lucha contra el menchevismo y el oportunismo, que esos cuadros, dizque, se encuentran ante la degeneración. Habría que, repito, reírse de semejante intento. Pero como esta afirmación no ha sido expresada en un momento ordinario, sino durante una discusión, y como aquí tenemos que habérnoslas con cierta contraposición de los cuadros, que pueden degenerar, a la juventud, que supuestamente está libre de tal peligro o casi libre, esta suposición, ridícula y poco seria en su esencia, puede adquirir y ya ha adquirido cierta importancia práctica. He aquí por qué pienso que debemos detenernos en esta cuestión.

Se dice a veces que a los viejos hay que respetarlos, pues han vivido más que los jóvenes, saben más y orientan mejor. Yo, camaradas, debo decir que este punto de vista es completamente incorrecto. No a todo viejo hay que respetar, y no toda experiencia nos es valiosa. De qué experiencia se trata: he ahí la cuestión. En la socialdemocracia alemana hay cuadros propios, muy experimentados: Scheidemann, Noske, Wels y otros, cuadros en sumo grado experimentados, que se han comido el perro en la lucha... Pero ¿en la lucha contra qué? ¿Contra quién? De qué experiencia se trata: he ahí la cuestión. Allí los cuadros crecieron en la lucha contra el espíritu revolucionario, en la lucha no por la dictadura del proletariado, sino contra la dictadura del proletariado. Es una experiencia enorme, pero esa experiencia es una experiencia negativa. A esa experiencia, camaradas, la juventud está obligada a demolerla, a destruirla y a expulsar a tales viejos. Allí, en la socialdemocracia alemana, donde la juventud está libre de la experiencia de la lucha contra el espíritu revolucionario, esa juventud está más cerca del espíritu revolucionario o más cerca del marxismo que los viejos cuadros, que están cargados con la experiencia de la lucha contra el espíritu revolucionario del proletariado, que están cargados con la experiencia de la lucha por el oportunismo contra el revolucionarismo. A semejantes cuadros hay que demolerlos, y todas nuestras simpatías deben estar del lado de aquella juventud que, repito, está libre de esa experiencia de lucha contra el espíritu revolucionario y que, en vista de ello, asimila con tanta mayor facilidad los nuevos procedimientos y los nuevos métodos de lucha por la dictadura del proletariado contra el oportunismo. Allí, en Alemania, este planteamiento de la cuestión me es comprensible. Si Trotski hablara de la socialdemocracia de Alemania y de los cuadros de semejante partido, yo suscribiría con las dos manos su declaración. Pero entre nosotros se trata de otro partido: del partido comunista, del partido de los bolcheviques, cuyos cuadros nacieron en la lucha contra el oportunismo, que se templaron en la lucha contra el oportunismo, que crecieron, tomaron el poder en la lucha contra el imperialismo, en la lucha contra todos los lacayos oportunistas del imperialismo. ¿Acaso no está claro que tenemos aquí una diferencia de principio? ¿Cómo se puede poner en un mismo plano a los cuadros que crecieron en la lucha por el espíritu revolucionario, a los cuadros que libraron la lucha por el espíritu revolucionario, a los cuadros que llegaron al poder en combates contra el imperialismo, a los cuadros que sacuden los cimientos del imperialismo mundial? ¿Cómo se puede, hablando con conciencia, sin doblez, poner a estos cuadros en un mismo plano con cuadros como los de la socialdemocracia alemana, que antes se confabulaba con Guillermo contra la clase obrera y ahora se confabula con Seeckt, que se fortaleció y se formó en combates contra el espíritu revolucionario del proletariado? ¿Cómo se puede poner en un mismo plano a estos cuadros, de principios heterogéneos, cómo se puede confundirlos? ¿Acaso es difícil comprender que el abismo entre estos cuadros es infranqueable? ¿Acaso es difícil comprender que esta burda tergiversación, esta burda confusión, cometidas por Trotski, están calculadas para socavar la autoridad de nuestros cuadros revolucionarios, del núcleo de nuestro partido? ¿Acaso no está claro que esta tergiversación solo podía encender las pasiones y agudizar la lucha interna del partido?

El quinto error cometido por Trotski consiste en que en sus cartas dio pie y lanzó la consigna de igualarse según la juventud estudiantil, según ese "barómetro más fiel de nuestro partido". "La juventud es el barómetro más fiel del partido, reacciona con mayor agudeza ante el burocratismo partidario", dice en su primer artículo. Y para que no queden dudas sobre a qué juventud se refiere, Trotski añade en la segunda carta: "De manera especialmente aguda, como hemos visto, reacciona ante el burocratismo la juventud estudiantil". Si se parte de esta tesis, absolutamente incorrecta, teóricamente falsa, prácticamente perjudicial, entonces hay que ir más lejos, lanzando la consigna: "Más juventud estudiantil en nuestro partido, puertas más abiertas para la juventud estudiantil en nuestro partido".

Hasta ahora la situación era tal que nos orientábamos hacia el sector proletario de nuestro partido y decíamos: más amplias las puertas del partido para los elementos proletarios, que crezca nuestro partido a costa de la parte proletaria. Ahora, en Trotski, esta fórmula se pone patas arriba.

El problema de la intelectualidad y de los obreros en nuestro partido no es nuevo para nosotros. Se planteó ya en el II Congreso de nuestro partido, cuando se discutió la formulación del primer párrafo de los estatutos sobre la afiliación al partido. Es sabido que Mártov exigía entonces la ampliación de los límites del partido para los elementos no proletarios, en contra del camarada Lenin, que exigía una limitación decidida del acceso al partido de los elementos no proletarios. Posteriormente, en el III Congreso de nuestro partido, este problema se plantea de nuevo con renovada fuerza. Recuerdo cómo allí el camarada Lenin planteó con crudeza la cuestión de los obreros y los intelectuales en nuestro partido. He aquí lo que decía entonces el camarada Lenin:

Se señalaba que al frente de las escisiones se encontraban habitualmente los intelectuales. Esta indicación es muy importante, pero no resuelve la cuestión... Pienso que hay que mirar el asunto de manera más amplia. Incorporar obreros a los comités no es solo una tarea pedagógica, sino también política. Los obreros poseen un instinto de clase, y con una pequeña experiencia política se convierten bastante rápido en socialdemócratas firmes. Yo simpatizaría mucho con que en la composición de nuestros comités, por cada 2 intelectuales hubiera 8 obreros (véase t. VII, pág. 282).

Así se planteaba la cuestión ya en 1905. Desde entonces, esta indicación del camarada Lenin nos sirvió como idea rectora en la labor de construcción del partido. Y ahora Trotski nos propone, en esencia, romper con la línea organizativa del bolchevismo.

Y, por último, el sexto error de Trotski, expresado en la proclamación por él de la libertad de agrupaciones. ¡Sí, libertad de agrupaciones! Recuerdo cómo, todavía en la subcomisión que elaboraba el proyecto de resolución sobre la democracia, discutíamos con Trotski acerca de las agrupaciones y las fracciones. Trotski, sin oponerse a la prohibición de las fracciones, defendía resueltamente la idea de permitir agrupaciones dentro del partido. En esta misma posición se sitúa la oposición. Estas personas, al parecer, no comprenden que, al permitir la libertad de agrupaciones, abren una rendija para los elementos miásnikovistas, facilitándoles la posibilidad de engañar al partido y hacer pasar una fracción por una agrupación. Pues ¿qué diferencia hay entre una agrupación y una fracción? Solo externa. He aquí cómo define el camarada Lenin el fraccionalismo, subsumiéndolo bajo la agrupación:

"Aún antes de la discusión general del partido sobre los sindicatos, se manifestaron en el partido algunos indicios de fraccionalismo, es decir, la aparición de grupos con plataformas especiales y con la tendencia, hasta cierto punto, de aislarse y crear su propia disciplina de grupo" (véase el Informe taquigráfico del X Congreso del PCR(b), pág. 309).

Como ven, en esencia no hay diferencia entre una fracción y un grupo. Cuando aquí, en Moscú, la oposición creó una oficina especial, encabezada por Serebriakov, y cuando enviaba a sus oradores, obligándolos a intervenir en determinadas reuniones, a objetar de tal manera, y cuando los opositores, en el curso de la lucha, se veían obligados a retroceder y cambiaban sus resoluciones por orden, aquí había, por supuesto, tanto una agrupación como una disciplina de grupo. Esto, dicen, no es una fracción, pero qué es entonces una fracción, que lo explique Preobrazhenski. Las intervenciones de Trotski, sus cartas, sus artículos sobre la cuestión de las generaciones y las fracciones empujan al partido a tolerar en su seno las agrupaciones. Esto es un intento de legalizar las fracciones y, ante todo, la fracción de Trotski.

Trotsky afirma que las agrupaciones surgen gracias al régimen burocrático del Comité Central, que si no tuviéramos un régimen burocrático, no habría agrupaciones. Este es un enfoque no marxista, camaradas. Las agrupaciones surgen y surgirán en nuestro país porque tenemos la presencia de las más diversas formas de economía – desde las formas embrionarias del socialismo hasta el medioevo. Esto en primer lugar. Luego tenemos la NEP, es decir, permitimos el capitalismo, el renacimiento del capital privado y el renacimiento de las ideas correspondientes, que penetran en el partido. Esto en segundo lugar. Y, en tercer lugar, porque nuestro partido está compuesto por tres sectores: hay obreros, hay campesinos, hay intelectuales en el partido. He aquí las causas, si abordamos la cuestión de manera marxista, las causas que extraen del partido a ciertos elementos para crear agrupaciones, que a veces debemos cortar con medidas quirúrgicas, y a veces disolver por la vía ideológica mediante la discusión.

No es cuestión del régimen. Si tuviéramos un régimen lo más libre posible, habría muchas más agrupaciones. Así que no es el régimen el culpable, sino las condiciones en cuyo marco vivimos, las condiciones que tenemos en nuestro país, las condiciones de desarrollo del propio partido.

Si con semejante situación, con semejante complejidad, se permiten además las agrupaciones, arruinaremos al partido, lo transformaremos de organización monolítica y cohesionada en una unión de grupos y fracciones que pactan entre sí y organizan uniones y acuerdos temporales. Esto no será un partido, será la descomposición del partido. Jamás, ni por un solo minuto, los bolcheviques concibieron al partido de otra manera que como una organización monolítica, tallada de una sola pieza, con una sola voluntad y que unifica en su trabajo todos los matices de pensamiento en una sola corriente de acciones prácticas.

Lo que propone Trotski es profundamente erróneo, va en contra de los principios organizativos bolcheviques y conducirá inevitablemente a la descomposición del partido, a su aflojamiento, a su reblandecimiento, a la transformación del partido único en una federación de grupos. A nosotros, en nuestra situación de cerco capitalista, no solo nos hace falta un partido único, no solo un partido cohesionado, sino un auténtico partido de acero, capaz de resistir la embestida de los enemigos del proletariado, capaz de conducir a los obreros al combate decisivo.

¿Cuáles son los resultados?

El primer resultado consiste en que hemos dado una resolución concreta y determinada sobre los resultados de esta discusión, en que hemos dicho: no podemos tolerar grupúsculos ni fracciones, el partido debe ser único, monolítico, no se puede contraponer el partido al aparato, no se puede charlatanear sobre el peligro de degeneración de los cuadros, porque estos cuadros son revolucionarios, no se puede buscar fisuras entre estos cuadros revolucionarios y la juventud, que marcha al unísono con estos cuadros y marchará en el futuro al unísono.

También tenemos algunas conclusiones positivas. La primera y principal conclusión consiste en que, en adelante, el partido se oriente resueltamente y se iguale según el sector proletario de nuestro partido, en que se compriman, se reduzcan las entradas para los elementos no proletarios o se cierren por completo, abriendo más ampliamente las puertas a los elementos proletarios.

En lo que respecta a las agrupaciones y fracciones, creo que ha llegado el momento de hacer público el punto de la resolución sobre la unidad que, a propuesta del camarada Lenin, fue adoptado por el X Congreso de nuestro partido y que no estaba sujeto a divulgación. Los miembros del partido han olvidado este punto. Temo que no todos lo recuerden. Este punto, que hasta ahora ha permanecido en secreto, debe hacerse manifiesto y encontrar lugar en la resolución que adoptemos sobre la cuestión de los resultados de la discusión. Si me lo permiten, lo leeré. Dice así:

Para llevar a cabo una disciplina estricta dentro del partido y en todo el trabajo soviético y lograr la mayor unidad al eliminar todo fraccionalismo, el congreso otorga al CC facultades para aplicar, en caso o casos de infracción de la disciplina o de resurgimiento o tolerancia del fraccionalismo, todas las medidas de sanciones partidarias, incluida la expulsión del partido, y respecto a los miembros del CC, su pase a candidatos e incluso, como medida extrema, la expulsión del partido. La condición para aplicar (a los miembros del CC, candidatos al CC y miembros de la Comisión de Control) tal medida extrema debe ser la convocatoria de un pleno del CC con la invitación de todos los candidatos al CC y de todos los miembros de la Comisión de Control. Si dicha asamblea general de los dirigentes más responsables del partido, por dos tercios de votos, reconoce la necesidad del pase de un miembro del CC a candidato o de la expulsión del partido, tal medida deberá ser aplicada de inmediato.

Creo que debemos incluir este punto en la resolución sobre los resultados de la discusión y hacerlo público.

Finalmente, una cuestión que la oposición plantea todo el tiempo y a la que, al parecer, no siempre reciben una respuesta satisfactoria. ¿Los sentimientos de quién expresamos nosotros, la oposición? – preguntan con frecuencia. Pienso que la oposición expresa los sentimientos del sector no proletario de nuestro partido. Pienso que la oposición, quizás sin ser consciente de ello, involuntariamente, es un portador involuntario de los sentimientos del elemento no proletario de nuestro partido. Pienso que la oposición, con su desenfrenada agitación por la democracia, que a menudo absolutiza y fetichiza, desata la fuerza elemental pequeñoburguesa.

¿Está usted familiarizado con los estados de ánimo de camaradas como los estudiantes Martínov, Kazarián y otros? ¿Leyó usted el artículo satírico de Jodórovski en “Pravda”, donde transmitió citas de los discursos de estos camaradas? He aquí, por ejemplo, el discurso de Martínov (resulta que es miembro del partido): “nuestro asunto es decidir, y el asunto del CC es ejecutar y razonar lo menos posible”. Se trata aquí de la célula de una institución de enseñanza superior dependiente del Comisariado del Pueblo de Vías de Comunicación. Pero, camaradas, nosotros tenemos en el partido no menos de 50 mil células; si cada célula tratara así al CC, que el asunto de las células es decidir, y el asunto del CC no razonar, temo que jamás obtendremos ninguna decisión. ¿De dónde proviene este estado de ánimo en los Martínov? ¿Qué hay de proletario en esto? Y los Martínov están a favor de la oposición, ténganlo en cuenta. ¿Hay diferencia entre Martínov y Trotski? La diferencia está sólo en que Trotski abrió el ataque contra el aparato del partido, y Martínov lo remata.

He aquí otro estudiante universitario, Kazarián, que resulta que también es miembro del partido. “¿Qué tenemos nosotros —pregunta—, dictadura del proletariado o dictadura del partido comunista sobre el proletariado?”. Esto lo dice, camaradas, no el menchevique Mártov, sino el “comunista” Kazarián. La diferencia entre Trotski y Kazarián consiste en que, según Trotski, los cuadros degeneran, mientras que, según Kazarián, hay que echar a los cuadros, pues están, en su opinión, montados en el cuello del proletariado.

Pregunto: ¿los sentimientos de quién expresan los Martínov y los Kazarián? ¿Proletarios? Por supuesto que no. ¿De quién, entonces? Los sentimientos de los elementos no proletarios del partido y del país. ¿Es casual que estos portavoces de sentimientos no proletarios voten por la oposición? No, no es casual. (Aplausos.)

Decimotercera conferencia

Al Partido Comunista de Rusia (bolcheviques).

Boletín. M., 1924.