Querido Demián: Le escribo con gran retraso. Tiene usted derecho a reñirme. Pero debe tomar en consideración que, en lo que toca a las cartas y a la correspondencia en general, soy terriblemente perezoso. Por puntos. 1. Me alegra que esté usted “de buen humor”. La filosofía del “dolor universal” no es nuestra filosofía. Que penen los que se marchan y caducan. Nuestra filosofía la definió con bastante acierto el americano Whitman: “Estamos vivos, hierve nuestra roja sangre con el fuego de fuerzas inagotables”. Así es, Demián. 2. “Temo que la gente se moleste, y, a la vez, necesito curarme”, escribe usted. Ahí va mi consejo: es preferible que se molesten dos o tres visitantes, a que deje usted de curarse con todas las de la ley. Cúrese usted, cúrese, cúrese sin falta. Procurar que no se molesten los visitantes es un interés del momento. Dejar que se molesten ligeramente en nombre de una seria curación es un interés ya más duradero. Los oportunistas se distinguen precisamente de sus antípodas porque anteponen los intereses del primer tipo a los del segundo. Huelga decir que no va usted a imitar a los oportunistas. 3. “Las notas de amnistía en su informe a los secretarios de los comités de distrito* no carecen de malicia”, escribe usted.

Sería más exacto decir que lo que hay ahí es política, y la política, hablando en general, no excluye cierta dosis de malicia. Creo que después de haber hecho trizas a los líderes de la oposición, nosotros, es decir, el Partido, estamos obligados a suavizar el tono en relación con los oposicionistas de base y los oposicionistas medios, para que les sea más fácil apartarse de los líderes de la oposición. Dejar a los generales sin ejército, ésa es la música. La oposición tiene unos cuarenta o cincuenta mil hombres en el Partido; la mayoría de ellos quisiera abandonar a sus líderes, pero se lo impide su amor propio o la aspereza, la altanería de algunos partidarios del C.C., que con sus alfilerazos tienen fritos a los oposicionistas de base y, por ello, frenan su paso a nuestro lado. El “tono” de mi informe está enfilado contra esos partidarios del C.C. Así, y sólo así, se puede destruir a la oposición, después de que sus líderes han quedado cubiertos de oprobio ante todo el mundo. 4. “¿No nos fallará la cosecha?”, pregunta usted. Ya nos ha fallado un poco. Si el año pasado recogimos (en total) 2.700 millones y pico de puds, este año se espera recoger unos 200 millones menos.

* Véase el presente tomo. (5. de la Red.) Naturalmente, eso es un golpe a la exportación. Verdad es que este año las haciendas con mala cosecha son cinco veces menos que en 1921, y sin grandes esfuerzos lograremos remediar este mal con nuestras propias fuerzas. Puede no dudar de ello. Con todo, un golpe es un golpe. Pero no hay mal que por bien no venga. Hemos resuelto aprovechar la acusada disposición del campesinado a hacer todo lo posible para ponerse a salvo, en el futuro, de toda eventualidad de sequía, y nos esforzaremos para sacar el máximo provecho de esta disposición, con el fin de tomar (conjuntamente con los campesinos) medidas enérgicas de mejoramiento del terreno, de la agricultura, etc. Pensamos empezar formando un área mínima necesaria de mejoramiento en la zona Samara-Sarátov-Tsaritsin-Astrajan-Stávropol. Reservamos para ello de quince a veinte millones. El año que viene pasaremos a las provincias del Sur. Esto será el comienzo de una revolución en nuestra agricultura. La gente de allí dice que los campesinos prestarán gran apoyo. El mujik no se santigua hasta que no oye el trueno. Resulta que el azote de la sequía es necesario para elevar a un nuevo peldaño la agricultura y poner a salvo al país, definitivamente, de los caprichos del tiempo.

Kolchak nos enseñó a crear a la infantería, Denikin a crear la caballería, y la sequía nos enseña a crear la agricultura. Tales son los derroteros de la historia. y en ello no hay nada de antinatural. 5. “Venga”, escribe usted. Desgraciadamente, no puedo. No puedo porque no tengo tiempo. Le aconsejo que se las arregle para “dar un paseo hasta Bakú”; eso es imprescindible. Tiflis no es tan interesante, aunque por su aspecto exterior sea más atrayente que Bakú. Si no ha visto usted aún los bosques de torres extractoras de petróleo, “no ha visto usted nada”. Estoy seguro de que Bakú le proporcionará abundantísimo material para joyas como “Tracción”. Aquí, en Moscú, aun no ha terminado la racha de Congresos. Los discursos y los debates en el V Congreso son, naturalmente, buena cosa; pero, hablando propiamente, no constituyen más que la decoración. Mucho más interesantes son las amistosas conversaciones que todos nosotros hemos sostenido aquí con los delegados del Occidente (y también del Oriente). He tenido una larga conversación con obreros alemanes, franceses y polacos. ¡Magnífico “material” revolucionario! A juzgar por todo, allí, en el Occidente, crece el odio, un verdadero odio revolucionario al orden de cosas burgués. He escuchado con alegría, las palabras

sencillas, pero vigorosas, de esos obreros, expresando el deseo de “hacer la revolución a la rusa” en sus países. Son obreros nuevos. Nunca había habido gente como ellos en nuestros Congresos. Hasta la revolución, naturalmente, falta aún bastante, pero las cosas marchan hacia ella; de eso no cabe duda. Me ha impresionado otro rasgo de estos obreros: su cálido y fuerte amor, casi maternal, hacia nuestro país y su enorme y casi infinita confianza en la razón, la capacidad y la fuerza de nuestro Partido. Del escepticismo de hace poco no queda ni el rastro. Eso tampoco es casual. Eso constituye también un síntoma de la revolución que madura. Así es, Demián. En fin, acabo; hasta otra. Un fuerte apretón de manos. Suyo, J. Stalin. 15-VII-1924.

Se publica por primera vez.