Discurso en el Pleno del C.C. del P.C.(b) de Rusia 26 de octubre de 1924. Camaradas: Como los que me han precedido en el uso de la palabra han hablado con bastante detalle del trabajo en el campo, me limitaré a algunas observaciones sobre las particularidades del momento actual. ¿En qué consisten las particularidades del momento actual desde el punto de vista de la situación de los campesinos? La primera particularidad consiste en que, el viejo capital, el capital moral adquirido por nosotros en la lucha por liberar a los campesinos del terrateniente, empieza ya a agotarse. Algunos camaradas dicen: “¿Por qué se alborota en torno al trabajo entre el campesinado? Ya hemos hablado del campesinado reiteradas veces, jamás nos hemos olvidado de los campesinos, ¿a qué viene, pues, todo ese alboroto en torno a ellos?”. Por lo visto, esos camaradas no comprenden que el viejo capital moral de nuestro Partido, acumulado en el período de Octubre y de la abolición del sistema de la contingentación ya se está agotando. No comprenden que ahora necesitamos un nuevo capital. Necesitamos adquirir para el Partido un nuevo capital en las condiciones de la nueva lucha. Debemos conquistar de nuevo al campesinado. Ese es el problema.

Los campesinos se han olvidado ya de que nosotros ayudamos al mujik a sacudirse de encima al terrateniente y a recibir la tierra, de que pusimos fin a la guerra, de que ya no hay zar y de que, con él, fueron barridos todos los escorpiones zaristas. Este viejo capital no dará para seguir viviendo mucho tiempo. Quien no haya comprendido esto, no habrá comprendido nada de la nueva situación, de las nuevas condiciones creadas por la Nep. Nosotros estamos conquistando de nuevo al campesinado, y ésta es la primera particularidad de nuestra situación interior. Ahora bien, de aquí se infiere que no está de más que volvamos a hablar del campesinado, que, incluso, hubiéramos debido hacerlo un poco antes. La segunda particularidad consiste en que en este período han cambiado nuestras clases fundamentales –los obreros y los campesino-, que estas clases no son lo que eran. Antes, el proletariado estaba desclasado, disperso, y en los campesinos vivía el deseo de conservar la tierra arrebatada a los terratenientes y de ganar la guerra contra éstos. Así era antes. Ahora, las cosas han cambiado. Ya no hay guerra. La industria se desarrolla. La agricultura también. El proletariado de hoy no es ya una clase obrera desclasada, sino un proletariado pletórico, cuya cultura y cuyas demandas aumentan de día en día.

En cuanto al campesinado, ya no es el viejo campesinado oprimido, lleno de temor a perder la tierra y dispuesto a todos los sacrificios para librarse del terrateniente. Es una clase nueva, libre y activa, que ya se ha olvidado del terrateniente y que ahora piensa en adquirir mercancías baratas y en vender su trigo al mejor precio posible. Se caracteriza por su creciente actividad política. Ahora ya no se puede decir que “el Partido lo pondrá todo en claro”, que “el Partido se encargará de arreglarlo todo”. Hoy, esas palabras no las comprenderían los campesinos ni, mucho menos, los obreros. Ahora hay que penetrar más profundamente en las masas, hay que esclarecer, explicar y persuadir más que antes. Ahora hay que conquistar de nuevo la confianza de millones de sin-partido y consolidar esa confianza con medidas de organización, ante todo a través de los Soviets. Así lo exige la creciente actividad política de las masas. Pero no sólo han cambiado las clases. Ha cambiado también el campo de la lucha, pues hoy es otro, completamente otro. ¿Por qué se luchaba antes? ¿Necesitábamos la contingentación o no la necesitábamos? Aun antes se preguntaba si necesitábamos al terrateniente o no.

Ahora, esas preguntas han perdido su razón de ser, porque ya no hay ni terratenientes ni sistema de contingentación. Ahora no se trata ni del terrateniente ni de la contingentación, sino de los precios del trigo. Este es un campo de lucha completamente nuevo, un campo espacioso y muy complejo, que exige un estudio profundo y una intensa lucha. Ahora no se trata siquiera de los impuestos, pues el mujik pagaría el impuesto si los precios del trigo fuesen “lo bastante altos” y si se rebajaran, “lo bastante” los precios de los tejidos y de los otros artículos que produce la ciudad. Ahora, la cuestión fundamental la constituyen el mercado y los precios de los artículos de la ciudad y de los productos agrícolas. He aquí lo que escribe al C.C. el secretario de Comité Provincial de Gómel: “En tres subdistritos se han negado en masa a aceptar las cédulas del impuesto. El ritmo a que se efectúan los pagos es tres veces inferior de lo que debería ser. Las conferencias sin-partido celebradas en los subdistritos han sido tan agitadas, que algunas ha habido que suspenderlas y en otras se ha adoptado la enmienda de pedir a los organismos centrales que reduzcan el impuesto y aumenten los precios del trigo. No sé cuál será la situación en las otras provincias, pero en la nuestra no coincide con las

conclusiones que usted (es decir, yo) hace en la última carta reservada. La moral de los funcionarios de nuestras organizaciones locales no es muy buena. El campo es como un avispero alborotado: todos hablan del impuesto y de los precios del trigo”. El C.C. tiene noticias análogas de Siberia, del Sudeste, de las provincias de Kursk, de Tula, de Nizhni-Nóvgorod, de Uliánovsk y de otras. Todas esas noticias evidencian que nuestra política de precios aprieta demasiado al mujik y éste quisiera aflojar o, incluso, quitarse de encima los resortes de esta política de precios, resortes sin los que nuestra industria no podría avanzar ni un solo paso. El campesino parece decirnos: “teméis rebajar al máximo los precios de los artículos de la ciudad, teméis la afluencia de mercancías extranjeras y, por ello, habéis levantado toda suerte de barreras arancelarias, que protegen de la competencia a nuestra joven industria; pero a mí me tiene sin cuidado vuestra industria; yo exijo mercancías baratas, vengan de donde vengan”. O bien: “no queréis elevar los precios del trigo por miedo a quebrantar los salarios, y, por eso, habéis ideado toda suerte de organismos de acopios, habéis instituido el monopolio del comercio exterior, etc., etc.; pero a mí me tienen sin cuidado vuestras barreras y vuestros resortes; yo exijo precios altos para el trigo”. Este es el sentido de la lucha en la política de precios.

Es particularmente significativa, a este respecto, la última insurrección en Georgia. Esta insurrección fue, naturalmente, algo bambalinesco, pero en ciertos distritos, sobre todo, en el de Guria, tuvo, indudablemente, un carácter de masas. ¿Qué querían los campesinos de Guria? Mercancías baratas y precios altos para el maíz. Guria se encuentra en la frontera con el Occidente; ve lo baratas que son las mercancías extranjeras, en comparación con nuestras mercancías soviéticas, y quisiera que los precios de nuestras mercancías fueran rebajados, por lo menos, hasta el nivel de los precios extranjeros o que los precios del maíz fuesen elevados en medida suficiente para hacer ventajosa la compra de mercancías soviéticas. Esta es la razón económica de la insurrección de Guria, en Georgia. Precisamente por ello, esta insurrección es típica para las nuevas condiciones en que se desarrolla la lucha en todo el País Soviético. Por eso, la insurrección de Georgia no puede ser equiparada a la insurrección de Tambov, donde no se trataba de los precios de los artículos industriales y de los productos agrícolas, sino de que fuera abolido el sistema de la contingentación. Los inspiradores de esta nueva lucha en el mercado y en el campo contra la política soviética de precios son los kulaks, los especuladores y demás elementos antisoviéticos. Estos elementos quieren apartar de la clase obrera a la masa de millones de campesinos y socavar, de este modo, la dictadura del proletariado.

Por ello, nuestra tarea consiste en aislar a los kulaks y a los especuladores, en apartar de ellos a los campesinos trabajadores e incorporar a éstos a la labor soviética de edificación, dando así una salida a su actividad política. Podemos hacerlo y lo estamos haciendo ya, pues las masas trabajadoras del campo, y particularmente los campesinos pobres, están interesados en la alianza con los obreros, en el mantenimiento de la dictadura del proletariado y, por tanto, en el mantenimiento de los resortes económicos en que se apoya la dictadura. ¿Qué se necesita para ella? Ante todo, esforzarse por crear en el campo un numeroso activo de campesinos sin-partido que, agrupados en torno al partido, puedan vincularlo a millones de campesinos. De otro modo, ni hablar se puede de apartar a los campesinos de los kulak, y de los especuladores, ni hablar se puede de conquistar para el Partido a millones y millones de campesinos ni de afianzar esta conquista. Eso, naturalmente, es difícil. Pero las dificultades no son para nosotros barreras insuperables. Hay que enviar al campo, para que ayuden a nuestras células, a centenares y, quizá, a millares de funcionarios expertos y buenos conocedores del campo (lo esencial aquí no es el número), capaces de poner en pie y de forjar un activo de campesinos sin-partido. Debe tenerse en cuenta, al proceder a esta labor, la natural desconfianza de los campesinos hacia la gente de la ciudad, desconfianza que subsiste aún en el campo y que, seguramente, tardará aún en desvanecerse.

Vosotros sabéis cómo acogen los campesinos a la gente llegada de la ciudad, sobre todo si es demasiada joven. “Ahí ha llegado. -piensan- otro cantamañanas de la ciudad. Seguramente, viene a engañarnos”. Se debe esto a que el campesino cree ante todo a la gente que tiene hacienda y entiende, más a menos, cómo hay que gobernarla. Por ello, me parece que el punto central de nuestro trabajo en el campo debe ser la creación de un activo de campesinos, del que pueda el Partido extraer nuevas fuerzas. Pero ¿cómo realizar esta tarea? Creo que lo primero que debe hacerse para ello es vivificar los Soviets. Es necesario hacer participar en el trabajo de los Soviets a todo lo que hay de vivo y honrado, a todos los hombres con iniciativa y conciencia política, sobre todo a los ex combatientes del Ejército Rojo, que son, entre los campesinos, quienes tienen más conciencia y más iniciativa. Y ¿por qué es necesaria hacerles participar precisamente en el trabajo de los Soviets? En primer lugar, porque los Soviets son órganos del Poder, y la incorporación de los campesinos trabajadores a la gobernación del país es una tarea inmediata del Partido. En segunda lugar, porque las Soviets son órganos de la alianza de los obreros y los campesinos, órganos de dirección de los campesinos por los obreros, y la dirección de los

campesinos por los obreros es hoy más necesaria que nunca. En tercer lugar, porque en los Soviets se confeccionan las presupuestos locales, y los presupuestos son una cuestión palpitante para el campesinado. Finalmente, porque los Soviets son el más fiel barómetro del estado de ánimo del campesinado, y debemos inexcusablemente prestar oído a la voz del campesinado. En el campo hay también otras organizaciones sin-partido de gran importancia, como los comités campesinos de ayuda mutua, las Cooperativas, los organismos del Komsomol. Pero existe el peligro de que, en determinadas circunstancias, estas organizaciones se conviertan en organizaciones puramente campesinas, expuestas a apartarse de los obreros. Para que ella no suceda, hay que coordinar el trabajo de estas organizaciones en los Soviets, cuya estructura misma asegura la dirección de los campesinos por los obreros. Por eso, vivificar los Soviets en el momento presente, cuando las organizaciones de los campesinos brotan como los hongos después de la lluvia, es una tarea de importancia primordial. Hace poco, en la conferencia de células rurales, invité a los camaradas a que criticaran implacablemente los defectos de nuestro trabajo de Partido en el campo*. Ello suscitó cierto descontento. Resulta que hay comunistas que temen la crítica y no quieren poner al desnudo los defectos de nuestro trabajo. Esto es peligroso, camaradas. Diré más: el temor a la autocrítica o a la crítica de los sin-partido es hoy la enfermedad más peligrosa. Porque, una de dos: o nosotros mismos criticamos nuestro trabajo y ofrecemos a los sin-partido la posibilidad de criticarlo, en cuyo caso podemos confiar en que nuestro trabajo en el campo avanzará; o no toleramos esa crítica, en cuyo caso nos criticarán acontecimientos como la insurrección de Cronstadt, la de Tambov y la de Georgia. Creo que esa primera crítica es preferible a la segunda. Por eso, no debemos temer la crítica de los militantes del Partido ni, menos aún, la de los sin-partido.

Publicado por primera vez en el libro: J. Stalin, “La cuestión campesina”, Moscú-Leningrado, 1925.

* Véase el presente tomo. (5. de la Red.)