Creo que, para caracterizar la situación internacional de hoy día, no es necesario tomar en consideración todos los factores, por poco importantes que sean, todas las particularidades, sin excepción, de la realidad internacional del momento. Para ello basta con tener en cuenta los hechos principales y decisivos de la actualidad. En el presente, esos factores son, a mi parecer, tres: a) la llegada de una “era” de “pacifismo” democrático-burgués; b) la injerencia de Norteamérica en los asuntos de Europa y el acuerdo de la Entente en Londres sobre las reparaciones; c) el fortalecimiento de los elementos de izquierda en el movimiento obrero de Europa y la elevación del peso internacional de la Unión Soviética. Examinemos estos factores fundamentales.

1. La fase del “pacifismo” democrático- burgués. La Entente ha sido incapaz de digerir los resultados de sus victorias militares. Logró plenamente vencer a Alemania y cercar a la Unión Soviética. También logró confeccionar el plan de saqueo de Europa. Eso lo evidencian las innumerables conferencias y acuerdos de los Estados de la Entente. Pero ha resultado impotente para cumplir el plan de saqueo. ¿Por qué? Porque las contradicciones entre los Estados de la Entente son demasiado grandes. Porque no han conseguido ni conseguirán ponerse de acuerdo en el reparto de lo robado. Porque la resistencia de los países que deben ser saqueados es cada vez más empeñada. Porque el cumplimiento del plan de saqueo está preñado de choques militares, y las masas no quieren la guerra. Ahora está claro para “todos” que el ataque frontal de los imperialistas al Ruhr, con vistas a destruir Alemania, sería peligroso para el propio imperialismo. Está también claro que la política de ultimátums con vistas a aislar a la Unión Soviética, política descaradamente imperialista, sólo da resultados opuestos a los apetecidos. La situación creada era tal, que Poincaré y Curzon, aunque servían en cuerpo y alma al imperialismo, agudizaron con su “labor” la creciente crisis en Europa, provocaron la resistencia de las masas al imperialismo, empujaron a las masas hacia la revolución. De aquí que la burguesía no haya tenido más remedio que pasar de la política de ataque frontal a la política de compromisos, del imperialismo franco al imperialismo solapado, de Poincaré y Curzon a MacDonald y Herriot. Saquear al mundo sin una pantalla es hoy peligroso. El partido laborista de Inglaterra y el bloque de izquierdas de Francia deben cubrir las vergüenzas del imperialismo. Este es el origen del “pacifismo” y de la “democracia”. Algunos piensan que la burguesía no ha llegado al “pacifismo” y a la “democracia” por necesidad, sino de buen grado, por libre decisión, como si dijéramos. Además, suponen que la burguesía, después de haber derrotado a la clase obrera en combates decisivos (Italia, Alemania), se siente vencedora y ahora puede permitirse la “democracia”.

Con otras palabras: mientras se libraban combates decisivos, la burguesía necesitaba de una organización de choque, del fascismo, pero ahora que el proletariado ha sido derrotado, la burguesía no necesita ya del fascismo y puede sustituirlo por la “democracia”, como mejor método para consolidar su victoria. De aquí se saca la conclusión de que el Poder de la burguesía se ha afianzado, de que la “era de pacifismo” será larga y de que la revolución en Europa ha quedado aplazada por tiempo indefinido. Esta suposición es completamente errónea. Es erróneo, en primer lugar, suponer que el fascismo es tan sólo una organización de choque de la burguesía El fascismo no es sólo una categoría militar-técnica. El fascismo es una organización de choque de la burguesía y que cuenta con el apoyo activo de la socialdemocracia. La socialdemocracia es, objetivamente, el ala moderada del fascismo. No hay razones para suponer que la organización de choque de la burguesía pueda obtener éxitos decisivos en los combates o en la gobernación del país sin el apoyo activo de la socialdemocracia. Tampoco hay razones para suponer que la socialdemocracia pueda obtener éxitos decisivos en los combates o en la gobernación del país sin el apoyo activo de la organización de choque de la burguesía. Estas organizaciones no se excluyen, sino que se complementan. No son antípodas, sino gemelas. El fascismo es el bloque político tácito de estas dos organizaciones fundamentales, surgido en la situación creada por la crisis del imperialismo en la postguerra para luchar contra la revolución proletaria. Sin ese bloque, la burguesía no puede mantenerse en el Poder. Por eso sería erróneo pensar que el “pacifismo” significa la liquidación del fascismo. En la situación actual, el “pacifismo” es la afirmación del fascismo, poniendo en primer plano a su ala moderada, a su ala socialdemócrata. En segundo lugar, es erróneo suponer que los combates decisivos se han librado ya, que el proletariado ha sido derrotado en estos combates y

que, por ello, se ha consolidado el Poder burgués. No ha habido aún combates decisivos, aunque sólo sea porque no había partidos de masas verdaderamente bolcheviques, capaces de llevar al proletariado a la dictadura. Sin esos partidos no puede haber combates decisivos por la dictadura en la época del imperialismo. Los combates decisivos en el Occidente están aún por venir. Lo único que ha habido han sido los primeros ataques serios, rechazados por la burguesía, la primera prueba seria de fuerzas, que ha demostrado que el proletariado no puede aun derrocar a la burguesía y que la burguesía no puede ya dejar de tomar en consideración al proletariado. Y precisamente porque la burguesía ya no puede poner de rodillas a la clase obrera, se ha visto obligada a desistir del ataque frontal, a dar rodeos, a buscar compromisos, a recurrir al “pacifismo democrático”. Finalmente, también es erróneo suponer que el “pacifismo” sea síntoma de fuerza, y no de debilidad, de la burguesía; que el “pacifismo” deba producir el fortalecimiento del Poder de la burguesía y el aplazamiento de la revolución por tiempo indefinido. El pacifismo actual significa la llegada directa o indirecta de los partidos de la II Internacional al Poder. Pero ¿qué significa la subida de los partidos de la II Internacional al Poder?

Significa que ellos mismos se desenmascararán inevitablemente como lacayos del imperialismo, como traidores al proletariado, pues la práctica gubernamental de estos partidos sólo puede tener un resultado: su bancarrota política, el incremento de las contradicciones en el seno de estos partidos, su descomposición, su desintegración. Pero la descomposición de estos partidos conduce a la descomposición inevitable del Poder de la burguesía, porque los partidos de la II Internacional son un puntal del imperialismo. ¿Se hubiera arriesgado la burguesía a hacer este peligroso experimento con el pacifismo sin particular necesidad, de buen grado? Naturalmente que no. Desde que terminó la guerra imperialista, la burguesía hace por segunda vez este experimento con el pacifismo: la primera vez fue inmediatamente después de la guerra, cuando parecía que la revolución llamaba a la puerta; y la segunda vez ahora, después de los arriesgados experimentos de Poincaré y Curzon. ¿Quién se atreverá a negar que este agitado ir y venir de la burguesía del pacifismo al imperialismo descarado y viceversa no puede menos de traer consecuencias para el imperialismo; que saca del habitual carril de la indiferencia política a millones y millones de obreros; que arrastra a la órbita de la política a las capas más atrasadas del proletariado y facilita su revolucionarización? Naturalmente, el “pacifismo democrático” no es aun una kerenskiada, porque una kerenskiada presupone dualidad de poderes, el hundimiento del Poder burgués y el nacimiento de las bases del Poder proletario.

Pero apenas si puede dudarse que el pacifismo es un factor inmenso para sacar de la inercia a las masas populares y arrastrarlas a la órbita de la política; de que el pacifismo hace estremecerse los cimientos del poder de la burguesía y abona el terreno para sacudidas revolucionarias. Y, precisamente por ello, el pacifismo no debe fortalecer, sino debilitar el Poder burgués, no debe aplazar la revolución por tiempo indefinido, sino acelerarla. De esto no se desprende, naturalmente, que el pacifismo no sea un peligro grave para la revolución. El pacifismo mina los cimientos del Poder burgués, prepara condiciones favorables para la revolución. Pero el pacifismo únicamente puede dar estos resultados contra la voluntad de los propios “pacifistas” y “demócratas”, y sólo en el caso de que los Partidos Comunistas desplieguen una enérgica labor desenmascarando el carácter imperialista y contrarrevolucionario del Poder demo-pacifista de Herriot-MacDonald.

En cuanto a la voluntad de los propios pacifistas y demócratas, en cuanto a la política de los propios imperialistas, éstos, al orientarse hacia el pacifismo, persiguen un solo fin: engañar a las masas con altisonantes frases acerca de la paz, para preparar una nueva guerra; deslumbrarlas con el brillo de la “democracia”, para afianzar la dictadura de la burguesía; adormecer a las masas alborotando acerca de los derechos “soberanos” de las naciones y de los Estados, para preparar mejor la intervención en China, las matanzas en el Afganistán y en el Sudán y el desmembramiento de Persia; embaucar a las masas con su rimbombante charlatanería acerca de sus relaciones “amistosas” con la Unión Soviética, de tales o cuales “tratados” con el Poder Soviético, para ligarse más estrechamente a los conspiradores contrarrevolucionarios expulsados de Rusia y realizar actos de bandidismo en Bielorrusia, en Ucrania, en Georgia. La burguesía necesita el pacifismo para camuflarse. Este camuflaje es lo que hace más peligroso al pacifismo. ¿Conseguirá la burguesía su propósito de engañar al pueblo? Eso depende de lo enérgica que sea la labor de desenmascaramiento desplegada por los Partidos Comunistas del Occidente y del Oriente, de su habilidad para arrancar la careta a los imperialistas con toga pacifista. Es indudable que, a este respecto, los acontecimientos, la vida toda, trabajarán en favor de los comunistas, abriendo brecha entre las palabras pacifistas y los hechos imperialistas de los lacayos democráticos del capital. El deber de los comunistas es no quedar a la zaga de los acontecimientos y desenmascarar implacablemente cada paso, cada acto de los partidos de la II Internacional en su política de servilismo al imperialismo y de traición al proletariado.

2. La injerencia de -orteamérica en los asuntos de Europa y el acuerdo de la entente en Londres

sobre las reparaciones. La Conferencia de la Entente en Londres es el exponente más cabal del mentiroso y falaz pacifismo democrático-burgués. Si la llegada de MacDonald- Herriot al Poder y el alboroto sobre el “establecimiento de relaciones normales” con la Unión Soviética debían encubrir y camuflar la encarnizada lucha de clases en Europa y la enemiga mortal de los Estados burgueses a la Unión Soviética, el acuerdo de la Entente en Londres debe encubrir y camuflar la lucha desesperada entre Inglaterra y Francia por la hegemonía en Europa, las crecientes contradicciones entre Inglaterra y Norteamérica en la pugna por dominar en el mercado mundial, la lucha sobrehumana del pueblo alemán contra el yugo de la Entente. Ya no hay guerra entre las clases ha llegado el fin a la revolución, ahora se puede coronar todo con la colaboración de clases, vociferan los MacDonald y los Renaudel. Ha terminado la lucha entre Francia e Inglaterra, entre Norteamérica e Inglaterra, entre Alemania y la Entente; ha terminado la guerra, ahora se puede coronar todo con una paz general regida por Norteamérica, les corean sus amigos del acuerdo de Londres y sus hermanos en la traición a la causa de la clase obrera, los héroes socialdemócratas del pacifismo. Sin embargo, ¿qué es lo que ha ocurrido en la Conferencia de la Entente en Londres?

Antes de la Conferencia de Londres, Francia resolvía ella misma el problema de las reparaciones, lo resolvía más o menos independientemente de los “aliados”, porque Francia tenía asegurada la mayoría en la Comisión de reparaciones. La ocupación del Ruhr era un medio de desorganización económica de Alemania y la garantía de que Francia obtendría de Alemania el pago de las reparaciones, hulla y carbón de coque para la metalurgia francesa, productos químicos y colorantes para la industria francesa de productos químicos y la entrada franca de los artículos textiles de Alsacia en Alemania. El plan perseguía el fin de sentar una base material que permitiera establecer la hegemonía militar y económica de Francia en Europa. Pero este plan, como es sabido, fracasó. El método de la ocupación únicamente dio resultados opuestos a los apetecidos. Francia no obtuvo ni el pago de las reparaciones ni envíos en especie en proporciones que pudieran satisfacerla más o menos. Por fin, Poincaré, el propio autor de la ocupación, se vio arrojado por la borda a causa de su política descaradamente imperialista, preñada de una nueva guerra y de revolución. En cuanto a la hegemonía de Francia en Europa, quedó frustrada no sólo porque el método de ocupación y de saqueo descarado excluía la posibilidad de ligar económicamente la industria francesa y la alemana, sino porque Inglaterra estaba decididamente en contra de esa ligazón, pues Inglaterra no podía ignorar que la unión de la hulla alemana y del metal francés debía socavar forzosamente la metalurgia inglesa.

¿Qué ha dado, en lugar de todo eso, la Conferencia de la Entente en Londres? En primer lugar, la Conferencia se opuso a que Francia resolviera ella sola la cuestión de las reparaciones, declarando que las cuestiones litigiosas debía resolverlas, en definitiva, una comisión de arbitraje de representantes, de la Entente, presidida por representantes de Norteamérica. En segundo lugar, la Conferencia rechazó la ocupación del Ruhr y reconoció la necesidad de la evacuación económica (inmediatamente) y militar (al cabo de un año o antes). Motivos: en el momento actual, la ocupación del Ruhr es peligrosa, teniendo en cuenta la situación política de Europa, e inconveniente desde el punto de vista del saqueo organizado y sistemático de Alemania. Y de que la Entente se dispone a saquear a Alemania a fondo y de modo sistemático, de eso difícilmente puede abrigarse duda alguna.

En tercer lugar, la Conferencia ha rechazado la intervención armada y ha aprobado por entero la intervención financiero-económica, declarando: a) la necesidad de fundar un Banco de Emisiones en Alemania, controlado por un comisario especial extranjero; b) el paso a manos particulares de los ferrocarriles del Estado, dirigidos bajo el control de un comisario especial extranjero: c) la creación de un “Comité de Transferencias”, formado por representantes de los aliados, que concentre en sus manos todos los pagos de las reparaciones en moneda alemana, financie con ellos los envíos en especie de Alemania, esté facultado para invertir parte de los pagos de las reparaciones (en caso de que no sea conveniente transferirlas a Francia) en la industria alemana y tenga, por tanto, plena posibilidad de dominar el mercado monetario de Alemania. No creo que sea necesario demostrar que eso es convertir a Alemania en una colonia de la Entente. En cuarto lugar, la Conferencia ha reconocido a Francia el derecho de obligar a Alemania a entregarle hulla y productos químicos durante cierto tiempo, pero, a renglón seguido, ha hecho la reserva de que Alemania tiene el derecho de apelar a la comisión de arbitraje pidiendo la reducción e incluso la suspensión de estos pagos obligatorios en especie. De esta manera, ha reducido a cero, o casi a cero, los derechos de Francia. Si a todo esto añadimos el empréstito a Alemania de 800 millones de marcos, cubierto por los banqueros ingleses y, principalmente, por los norteamericanos, si tomamos en consideración, además, que en la Conferencia mandaban los banqueros, ante todo los norteamericanos, tendremos el panorama completo: de la hegemonía francesa no

ha quedado ni el rastro; en lugar de la hegemonía de Francia, nos encontramos con la hegemonía de Norteamérica. Tales son los resultados de la Conferencia de la Entente en Londres. Hay quien piensa, basándose en ello, que desde ahora las contradicciones en Europa menguarán ante la hegemonía de Norteamérica; que Norteamérica, interesada en exportar capitales a Europa, sabrá poner a ración a los países europeos y los obligará a estarse quietecitos en aras del enriquecimiento de los banqueros norteamericanos; que la paz en Europa, aunque forzosa, puede considerarse, en vista de ello, más o menos asegurada por un período más o menos prolongado. Esta suposición es completamente errónea. En primer lugar, la Conferencia ha resuelto el problema de Alemania sin contar con el amo, sin contar con el pueblo alemán. Naturalmente, puede “planearse” la conversión de Alemania en una auténtica colonia. Pero tratar de convertir realmente en colonia a un país como Alemania, ahora, cuando incluso cuesta esfuerzo mantener sumisas a las colonias atrasadas, significa colocar una mina debajo de Europa. En segundo lugar, la Conferencia ha empujado un tanto hacia atrás a Francia, que se había adelantado demasiado, y ello ha originado, naturalmente, la supremacía efectiva de Inglaterra en Europa. Pero pensar que Francia puede resignarse a la supremacía de Inglaterra, significa no tornar en consideración los hechos, no tomar en consideración la lógica de las cosas, que, por lo general, resulta más fuerte que cualquier otra lógica. En tercer lugar, la Conferencia ha reconocido la hegemonía de Norteamérica. Pero el capital norteamericano está interesado en financiar la industria franco-alemana, en utilizarla del modo más racional, por ejemplo: combinando la metalurgia francesa con la industria hullera alemana.

Difícilmente puede dudarse que el capital norteamericano deje de aprovechar sus ventajas en este terreno, que es el más beneficioso para él. Pero suponer que Inglaterra se resignará a tal situación, significa no conocer a Inglaterra, no conocer hasta qué punto aprecia Inglaterra los intereses de su industria metalúrgica. Por último, Europa no es un país aislado, está vinculada a sus colonias, vive de los jugos de esas colonias. Pensar que la Conferencia puede cambiar algo, es decir, “mejorar” las relaciones entre Europa y las colonias, que puede detener o frenar el desarrollo de las contradicciones entre una y otras, significa creer en milagros. ¿Qué conclusión se saca de todo eso? La única conclusión es que la Conferencia de Londres no ha resuelto ninguna de las viejas contradicciones en Europa, en cambio, ha añadido a ellas nuevas contradicciones: las contradicciones entre Norteamérica e Inglaterra. Es indudable que Inglaterra seguirá, como antaño, ahondando el antagonismo entre Francia y Alemania para asegurarse el predominio político en el continente. Es indudable que Norteamérica ahondará, a su vez, el antagonismo entre Inglaterra y Francia para asegurarse la hegemonía en el mercado mundial. No hablamos ya del profundísimo antagonismo entre Alemania y la Entente. Los acontecimientos mundiales serán determinados por estos antagonismos, y no por los discursos “pacifistas” de Hughes, a quien tan de menos echa la horca, y del ampuloso Herriot. La ley del desarrollo desigual de los países imperialistas sigue, más que nunca, en vigor. La Conferencia de Londres únicamente camufla estos antagonismos, para crear nuevas premisas de una agudización sin precedente de los mismos.

3. El fortalecimiento de los elementos revolucionarios en el movimiento obrero de Europa. El aumento de la popularidad internacional de la Unión Soviética. Uno de los síntomas más inequívocos de la inestabilidad del “régimen demo-pacifista”, uno de los síntomas más indudables de que ese “régimen” es espuma en la superficie, producida por hondos procesos revolucionarios que se operan en las entrañas de la clase obrera, debe considerarse la rotunda victoria del ala revolucionaria en los Partidos Comunistas de Alemania, Francia y Rusia, la mayor actividad del ala izquierda del movimiento obrero inglés y, finalmente, el aumento de la popularidad de la Unión Soviética entre las masas trabajadoras del Occidente y del Oriente. En el Occidente, los Partidos Comunistas se desarrollan en condiciones peculiares. En primer lugar, su composición es heterogénea, pues están formados de antiguos socialdemócratas que han pasado la vieja escuela y jóvenes militantes que no tienen aún el suficiente temple revolucionario. En segundo lugar, los cuadros no son allí puramente bolcheviques, porque en puestos de responsabilidad hay gente que procede de otros partidos y que aun no ha podido romper del todo con las supervivencias socialdemócratas. En tercer lugar, tienen enfrente a un enemigo tan experimentado como la socialdemocracia, que ha pasado por todo lo que se puede pasar y es aún una fuerza política enorme en las filas de la clase obrera. Finalmente, tienen en contra un enemigo tan poderoso como la burguesía europea, con su avezado aparato estatal y su prensa omnipotente. Pensar que esos Partidos Comunistas pueden derrocar “de un día para otro” el régimen burgués europeo, es engañarse profundamente. Por eso, la tarea inmediata consiste en hacer que los Partidos Comunistas del Occidente sean verdaderamente bolcheviques, en forjar en ellos auténticos cuadros revolucionarios, capaces de

reorganizar todo el trabajo práctico del Partido para la educación revolucionaria de las masas, para preparar la revolución. Tal era la situación en los Partidos Comunistas del Occidente en un pasado aun no lejano. Pero, en los seis meses últimos, las cosas han empezado a cambiar, a mejorar. Los seis meses últimos son notables porque en ellos se ha producido un viraje radical en la vida de los Partidos Comunistas del Occidente, en los que se liquidan las supervivencias socialdemócratas, se bolchevizan los cuadros y se aísla a los elementos oportunistas. El peligro que pueden encerrar para la revolución las supervivencias socialdemócratas en los Partidos Comunistas, lo demostró evidentemente la triste experiencia del gobierno obrero de Sajonia, en el que los líderes oportunistas trataron de convertir la idea del frente único, ese medio de movilización revolucionaria y de organización de las masas, en un método de combinaciones parlamentarias socialdemócratas. Eso ha sido un punto crucial que ha abierto los ojos a las masas de los Partidos Comunistas y las ha levantado contra los jefes oportunistas. La segunda cuestión que ha minado el prestigio de los líderes derechistas y ha destacado a jefes nuevos, a jefes revolucionarios, ha sido la llamada cuestión “rusa”, es decir, la discusión en el P.C.(b) de Rusia.

Es sabido que el grupo de Brandler, en Alemania, y el grupo de Souvarine, en Francia, apoyaron resueltamente a la oposición oportunista en el P.C.(b) de Rusia contra los cuadros fundamentales del Partido, contra su mayoría revolucionaria. Fue un reto a las masas obreras revolucionarias del Occidente, que simpatizan a las claras con el Poder Soviético y con su dirigente, el P.C.(b) de Rusia. Fue un reto a las masas de los Partidos Comunistas del Occidente y al ala revolucionaria de estos Partidos. No tiene nada de extraño que este reto haya terminado con la derrota absoluta de los grupos de Brandler y de Souvarine. No tiene nada de extraño que eso haya repercutido en todos los demás Partidos Comunistas del Occidente. Si añadimos a ello el aislamiento total de la tendencia oportunista en el P.C.(b) de Rusia, tendremos el cuadro completo. El V Congreso de la Internacional Comunista no ha hecho más que consolidar la victoria del ala revolucionaria en las principales secciones de la I.C. Es indudable que los errores de los jefes oportunistas han desempeñado un papel considerable, acelerando la bolchevización de los Partidos Comunistas del Occidente. Pero es asimismo indudable que ha habido en ello otras causas, más profundas: el éxito de la defensiva del capital en los últimos años, el empeoramiento de las condiciones de vida de la clase obrera, la existencia de un enorme ejército de parados, la inestabilidad económica general del capitalismo el incremento de la indignación revolucionaria entre las amplias masas obreras.

Los obreros marchan hacia la revolución y quieren tener jefes revolucionarios. Balance. El proceso de formación definitiva de auténticos partidos bolcheviques en el Occidente, puntales de la futura revolución en Europa, ha comenzado. Tal es el balance del último semestre. ----- Aun son más difíciles y peculiares las condiciones del desarrollo de los sindicatos en el Occidente. En primer lugar, son estrechos por su “probada” práctica gremial y hostiles al socialismo porque, como surgieron antes que los partidos socialistas y se desarrollaron sin su ayuda, están acostumbrados a alardear de su “independencia” ponen los intereses gremiales por encima de los intereses de clase y, aparte de su “lucha por el kopek de hoy”, no quieren saber nada. En segundo lugar, son conservadores por espíritu y hostiles a toda iniciativa revolucionaria, porque tienen al frente a la vieja burocracia sindical, venal, cebada por la burguesía y siempre dispuesta a poner los sindicatos al servicio del imperialismo. Finalmente, estos sindicatos, agrupados en torno a los reformistas de Ámsterdam constituyen el inmenso ejército del reformismo, en el que se apoya el régimen capitalista moderno. Naturalmente, además de los sindicatos reaccionarios de Ámsterdam, existen sindicatos revolucionarios, adheridos a la Internacional Sindical Roja.

Pero, en primer lugar, parte considerable de los sindicatos revolucionarios, en su deseo de no escindir el movimiento sindical, continúa en la organización de Ámsterdam, sometiéndose a su disciplina; en segundo lugar, en los países principales de Europa (Inglaterra, Francia y Alemania), los de Ámsterdam representan aún a la mayoría de los obreros. No hay que olvidar que Ámsterdam agrupa, por lo menos, a catorce millones de obreros sindicados. Suponer que se puede lograr en Europa la dictadura del proletariado contra la voluntad de estos millones de obreros, es engañarse profundamente, salirse de los principios del leninismo y condenarse a una derrota inevitable. Por eso, la tarea consiste en ganar a esos millones y millones de obreros para la revolución y el comunismo, librarlos de la influencia de la reaccionaria burocracia sindical o, por lo menos, lograr que ocupen una posición de neutralidad benevolente hacia el comunismo. Así estaban las cosas hasta hace bien poco. Pero, en los últimos años, el panorama empieza a tomar mejor aspecto. La patria de los sindicatos cerrados y reaccionarios es Inglaterra, que en tiempos tenía la hegemonía industrial capitalista en el mercado mundial. El fin de este monopolio está ligado al desarrollo del capital financiero que se caracteriza por la lucha de varios grandes países por el monopolio colonial. La fase imperialista del

capitalismo amplía el campo de acción de los estrechos sindicatos reaccionarios, pero, al mismo tiempo, reduce su base material, porque los superbeneficios imperialistas son el objetivo por el que luchan varios países, y las colonias están cada vez menos dispuestas a seguir desempeñando el papel de tales. Tampoco hay que olvidar que la guerra ha quebrantado considerablemente la producción de Europa. Es sabido que la producción global de Europa no pasa del 70% de la de anteguerra. De aquí la reducción de la producción y el éxito de la ofensiva del capital contra la clase obrera. De aquí la reducción de los salarios, la abolición, de hecho, de la jornada de ocho horas y el fracaso de varias huelgas defensivas, que han demostrado una vez más la traición de la burocracia sindical a la clase obrera. De aquí las proporciones exorbitantes del paro y el descontento creciente de los obreros contra los sindicatos reaccionarios. De aquí la idea del frente único en el terreno de la lucha económica de la clase obrera y el plan de fusión de las dos Internacionales sindicales en una sola Internacional, capaz de organizar la resistencia al capital. Los discursos de los reformistas en el Congreso de Viena de la Internacional de Ámsterdam (junio de 1924) sobre las conversaciones con los sindicatos “rusos” y el llamamiento a la unidad de los sindicatos, lanzado por los sindicatos ingleses en el Congreso de las Tradeuniones (comienzos de septiembre de 1924), no son más que un reflejo de la creciente presión de las masas sobre la reaccionaria burocracia sindical.

Debe considerarse el hecho más notable de todos estos, el que hayan sido precisamente los sindicatos ingleses, nido de conservadurismo y núcleo principal de Ámsterdam, los que han tomado la iniciativa de la unión de los sindicatos reaccionarios y los sindicatos revolucionarios. La aparición de elementos de izquierda en el movimiento obrero inglés es el más fiel síntoma de que “ente ellos”, en Ámsterdam, no todo marcha bien. Algunos piensan que la campaña de unificación de los sindicatos es necesaria precisamente ahora, porque en Ámsterdam han aparecido elementos de izquierda, a los que, indudablemente, hay que apoyar con todas las fuerzas y por todos los medios. Esto no es cierto o, mejor dicho, sólo es cierto en parte. Lo que ocurre es que los Partidos Comunistas del Occidente se están convirtiendo en organizaciones de masas, se están convirtiendo en partidos auténticamente bolcheviques, se desarrollan y marchan hacia el Poder a medida que aumenta el descontento de las amplias masas obreras; y, por lo tanto, las cosas marchan hacia la revolución proletaria. Pero no se puede derrocar a la burguesía sin privarla del puntal que tiene en la reaccionaria Ámsterdam; no se puede conquistar la dictadura sin conquistar para la revolución la ciudadela burguesa de Ámsterdam.

Pero hacer eso trabajando unilateralmente, sólo desde fuera, es imposible. En el momento actual, este fin sólo puede conseguirse mediante una labor combinada desde dentro y desde fuera, con vistas a asegurar la unidad del movimiento sindical. Por eso, el problema de la unificación de los sindicatos y del ingreso en las organizaciones sindicales internacionales se está convirtiendo en una cuestión de palpitante actualidad. Naturalmente, se debe apoyar e impulsar a los elementos de izquierda. Pero sólo se podrá apoyar de una manera efectiva a estos elementos siempre que la bandera de los sindicatos revolucionarios no sea plegada siempre que se flagele a los líderes reaccionarios de Ámsterdam por su traición y su actividad escisionista, siempre que se critique a los líderes de izquierda por su política de medias tintas y su indecisión en la lucha contra los líderes reaccionarios. Sólo tal política puede preparar la unificación efectiva de los sindicatos. En el caso contrario, puede resultar algo parecido a lo que vimos en octubre del año pasado en Alemania, cuando la reaccionaria socialdemocracia de derechas supo aprovechar con éxito el grupo de izquierda de Levi para cercar a los obreros revolucionarios alemanes. ----- Finalmente, sobre el aumento de la popularidad de la Unión Soviética entre los pueblos de los países burgueses.

Quizás el más fiel síntoma de la inconsistencia del “régimen demo-pacifista” sea el hecho indudable de que la influencia y el prestigio de la Unión Soviética entre las masas trabajadoras de Occidente y del Oriente, lejos de debilitarse, crezcan de año en año, de mes en mes. No se trata de que la Unión Soviética sea “reconocida” por varios Estados burgueses. De por sí, este “reconocimiento” no tiene nada de particular, porque lo imponen, en primer término, las exigencias de la competencia capitalista de los países burgueses, que quieren ocupar “su puesto” en el mercado de la Unión Soviética, y, en segundo término, el “programa” del pacifismo, que exige el establecimiento de “relaciones normales” con el País Soviético y la firma de algún “tratado”, sea el que sea, con la Unión Soviética. Lo que ocurre es que los actuales “demócratas” y “pacifistas” han derrotado a sus competidores burgueses en las elecciones parlamentarias gracias a la plataforma de “reconocimiento” de la Unión Soviética; que los MacDonald y los Herriot han llegado al Poder y pueden mantenerse en él gracias, entre otras cosas, a que le dan a la lengua hablando de “amistad con Rusia”; que el prestigio de estos “demócratas” y “pacifistas” es un reflejo del prestigio del Poder Soviético entre las masas populares. Es significativo que incluso un “demócrata” tan notorio como Mussolini estime necesario alardear frecuentemente ante los obreros de su “amistad” con el Poder Soviético. No menos significativo es que hasta amigos de lo ajeno universalmente conocidos, como

los actuales gobernantes del Japón, no quieren prescindir de la “amistad” con la Unión Soviética. No hablamos ya del inmenso prestigio del Poder Soviético entre las masas populares de Turquía, Persia, China y la India. ¿A qué se debe este inusitado prestigio y esta extraordinaria popularidad entre las vastas masas de otros países de un Poder “dictatorial” y revolucionario como el Poder Soviético? En primer lugar, se debe al odio de la clase obrera al capitalismo y a su afán de librarse de él. Los obreros de los países burgueses simpatizan con el Poder Soviético, ante todo, por tratarse de un Poder que ha derrocado al capitalismo. El célebre Bromley, representante de los ferroviarios de Inglaterra, dijo hace poco en el Congreso de las Tradeuniones: “Los capitalistas saben que los obreros de todo el mundo tienen la vista puesta en Rusia y que, si la revolución rusa vence, los obreros conscientes de los demás países se preguntarán: ¿por qué nosotros no podemos también destruir el capitalismo?”. Naturalmente, Bromley no es un bolchevique. Pero lo que ha dicho expresa los deseos y los pensamientos de los obreros de Europa. En efecto, ¿por qué no derrocar al capitalismo europeo, si los “rusos” llevan ya siete años, con gran provecho, viviendo sin capitalistas? De ahí dimana la inmensa popularidad del Poder Soviético entre las amplias masas de la clase obrera. Por eso, el incremento de la popularidad internacional de la Unión Soviética significa el aumento del odio de la clase obrera de todos los países al capitalismo. En segundo lugar, se debe al odio de las masas populares a la guerra y a su afán de aplastar las empresas belicistas de la burguesía. Las masas populares saben que el Poder Soviético fue el primero en lanzarse al ataque contra la guerra imperialista y que, al iniciar el ataque, quebrantó la guerra. Las masas populares ven que la Unión Soviética es el único país que lucha contra una nueva guerra.

Simpatizan con el Poder Soviético porque éste es el abanderado de la paz entre los pueblos y el seguro baluarte contra la guerra. Por eso, el incremento de la popularidad internacional del Poder Soviético evidencia el aumento del odio de las masas populares de todo el mundo a la guerra imperialista y a sus organizadores. En tercer lugar, se debe al odio de las masas oprimidas de los países dependientes y de las colonias al yugo imperialista y a su deseo de abatirlo. El Poder Soviético es el único Poder que ha roto las cadenas del imperialismo “patrio”. La Unión Soviética es el único país que construye su vida sobre la base de la igualdad y la colaboración de las naciones. El Gobierno Soviético es el único gobierno del mundo que defiende consecuentemente la unidad y la independencia, la libertad y la soberanía de Turquía y de Persia, del Afganistán y de China, de las colonias y de los países dependientes de todo el mundo. Las masas oprimidas simpatizan con la Unión Soviética porque ven en ella un aliado un su lucha por emanciparse del imperialismo Por eso, el aumento de la popularidad internacional del Poder Soviético significa el aumento del odio de los pueblos oprimidos de todo el mundo al imperialismo. Tales son los hechos. Difícilmente puede dudarse que estos tres odios no contribuirán al fortalecimiento del “régimen demo-pacifista” del imperialismo contemporáneo. Hace unos días, el “pacifista” y kolchakista Hughes, secretario de Estado de Norteamérica, publicó una declaración cien-negrista contra la Unión Soviética. Es indudable que los laureles de Poincaré quitan el sueño a Hughes. Pero difícilmente puede dudarse que la declaración pacifista cien-negrista de Hughes contribuirá únicamente a fortalecer aun más la influencia y el prestigio de la Unión Soviética entre las masas trabajadoras de todo el mundo. Tales son los factores principales que caracterizan la presente situación internacional.

Publicado con la firma de J. Stalin el 20 de septiembre de 1924 en el núm. 11 de “Bolshevik”.