Discurso en la Comisión Yugoslava del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, 30 de marzo de 1925. Camaradas: Creo que Semic no ha comprendido del todo la esencia misma del planteamiento bolchevique de la cuestión nacional. Los bolcheviques no han separado nunca, ni antes ni después de Octubre, la cuestión nacional del problema general de la revolución. La esencia misma de la actitud bolchevique ante la cuestión nacional consiste en que los bolcheviques la han considerado siempre en conexión indisoluble con la perspectiva revolucionaria. Semic ha citado a Lenin, diciendo que éste era partidario de que se fijase en la Constitución una determinada solución de la cuestión nacional. Por lo visto, Semic quería decir con ello que Lenin consideraba la cuestión nacional un problema constitucional, es decir, no un problema de la revolución, sino un problema que debía ser resuelto con una reforma. Esto es completamente falso. Lenin no padeció nunca, ni podía padecer, ilusiones constitucionales. Basta examinar sus obras para convencerse de ello. Cuando Lenin hablaba de la Constitución, no se refería a que la cuestión nacional debiera ser resuelta por vía constitucional, sino por vía revolucionaria, es decir, estimaba la Constitución un resultado de la victoria de la revolución. En la U.R.S.S. también tenemos una Constitución, que refleja una determinada solución del problema nacional. Sin embargo, esta Constitución no ha nacido como fruto de un acuerdo con la burguesía, sino como fruto de la revolución triunfante. Semic se remite más adelante al conocido folleto de Stalin sobre la cuestión nacional, escrito en 1912, procurando hallar en él algo que confirme, aunque sea indirectamente, que él tiene razón. Pero esta referencia ha resultado estéril, puesto que no halló ni podía hallar, no ya citas, sino ni siquiera vagas alusiones que justificasen, por poco que fuese, su enfoque “constitucional” de la cuestión nacional. Para confirmar lo dicho, puedo recordar a Semic cierto pasaje del folleto de Stalin, en el que se opone al método austríaco (constitucional) de resolver la cuestión nacional el método de los marxistas rusos (revolucionario).

He aquí este pasaje: “Los austriacos piensan realizar la “libertad de las nacionalidades” mediante pequeñas reformas, a paso lento. Proponiendo la autonomía cultural- nacional como medida práctica, no cuentan para nada con cambios radicales, con un movimiento democrático de liberación, que ellos no tienen en perspectiva. En cambio, los marxistas rusos vinculan el problema de la “libertad de las nacionalidades” con probables cambios radicales, con un movimiento democrático de liberación, no teniendo razones para contar con reformas. Y eso hace cambiar esencialmente la cuestión, en lo que se refiere a los probables destinos de las naciones en Rusia”. Parece que está claro. Y éste no es el punto de vista personal de Stalin, sino el punto de vista general de los marxistas rusos, que abordaban y abordan la cuestión nacional en conexión indisoluble con el problema general de la revolución. Puede decirse muy bien que en la historia del marxismo ruso el planteamiento de la cuestión nacional ha pasado por dos etapas: la primera es la anterior a Octubre, y la segunda, la de Octubre.

En la primera etapa, la cuestión nacional era considerada como una parte del problema general de la revolución democrático-burguesa, es decir, como una parte del problema de la dictadura del proletariado y del campesinado. En la segunda etapa, cuando la cuestión nacional se amplió y pasó a ser el problema de las colonias, cuando se convirtió, de problema interno de uno u otro Estado, en un problema mundial, la cuestión nacional era considerada ya como una parte del problema general de la revolución proletaria, como una parte del problema de la dictadura del proletariado. Como veis, tanto en un caso como en otro, la actitud ante este problema era estrictamente revolucionaria. Creo que Semic no ha comprendido aún del todo lo arriba dicho. De aquí sus intentos de rebajar el problema nacional al terreno constitucional, es decir, de considerarlo un problema que debe ser resuelto con una reforma. De este error parte otro error suyo, consistente en que no quiere considerar la cuestión nacional un problema en esencia campesino. No agrario, sino campesino, pues lo uno y lo otro son cosas

diferentes. Es totalmente cierto que no se puede identificar la cuestión nacional con el problema campesino, pues la cuestión nacional comprende, además de los problemas campesinos, los problemas de la cultura nacional, del Estado nacional, etc. Pero es asimismo indudable que la base de la cuestión nacional, su esencia misma, la constituye, a pesar de todo, el problema campesino. A ello, precisamente, se debe que los campesinos sean el ejército básico del movimiento nacional; que sin este ejército campesino no haya ni pueda haber un movimiento nacional potente. Es esto, precisamente, lo que se tiene en cuenta cuando se dice que el problema nacional es, en esencia, un problema campesino. Creo que en la negativa de Semic a aceptar esta fórmula van implícitos el menosprecio de la fuerza interna del movimiento nacional y la incomprensión de su carácter profundamente popular y profundamente revolucionario. Esta incomprensión y este menosprecio constituyen un grave peligro, pues son, en la práctica, el menosprecio de la fuerza interna latente, pongamos por caso, en el movimiento de los croatas por su libertad nacional, menosprecio preñado de graves complicaciones para todo el Partido Comunista Yugoslavo. En eso consiste el segundo error de Semic.

Debe considerarse también un error indudable el intento de Semic de tratar la cuestión nacional en Yugoslavia al margen de la situación internacional y de las probables perspectivas en Europa. Partiendo del hecho de que en el momento presente no existe un serio movimiento popular por la independencia entre los croatas y los eslovenos, Semic llega a la conclusión de que el problema del derecho de las naciones a la separación es una cuestión académica y, en todo caso, no de actualidad. Naturalmente, eso es erróneo. Aun admitiendo que este problema no sea de actualidad en el momento presente, sin embargo, puede convertirse en un problema de mucha actualidad si comienza la guerra o cuando ésta comience, si la revolución se desencadena en Europa o cuando se desencadene. Y si tomamos en consideración la naturaleza y el desarrollo del imperialismo, no puede caber la menor duda de que la guerra debe comenzar inevitablemente y de que ellos se van a pelear allí sin falta. En 1912, cuando nosotros, los marxistas rusos, estábamos trazando el primer proyecto de programa nacional, todavía no teníamos en ninguna de las regiones periféricas del Imperio Ruso un movimiento importante en favor de la independencia. Sin embargo, consideramos preciso incluir en nuestro programa el punto referente al derecho de las naciones a la autodeterminación, es decir, al derecho de cada nacionalidad a separarse y a llevar una vida estatal independiente. ¿Por qué?

Porque no sólo partíamos de lo que existía ya plasmado a la sazón, sino de lo que se estaba desarrollando dentro del sistema general de las relaciones internacionales y se avecinaba; es decir, nosotros no teníamos sólo en cuenta en aquel entonces lo presente, sino también lo futuro. Y sabíamos que si cualquier nacionalidad exigía la separación, los marxistas rusos lucharían por conseguir que se le asegurase el derecho a la separación. En su discurso, Semic ha invocado reiteradas veces el folleto de Stalin sobre la cuestión nacional. Pero he aquí lo que este folleto de Stalin dice sobre la autodeterminación y la independencia: “El crecimiento del imperialismo en Europa no es un fenómeno casual. En Europa, el capital se va sintiendo estrecho y pugna por penetrar en países ajenos, buscando nuevos mercados, mano de obra barata, nuevos lugares de inversión. Pero esto conduce a complicaciones exteriores y a guerras... Cabe perfectamente dentro de lo posible que se dé una combinación de circunstancias interiores y exteriores en que una u otra nacionalidad de Rusia crea necesario plantear y resolver la cuestión de su independencia. Y, naturalmente, no es cosa de los marxistas poner obstáculos en tales casos”. Esto fue escrito en 1912. Como sabéis, esta tesis se ha visto plenamente confirmada más tarde, tanto durante la guerra como después de ella, sobre todo después del triunfo de la dictadura del proletariado en Rusia.

Con tanto mayor motivo deben ser tenidas en cuenta estas posibilidades en Europa en general, y en Yugoslavia en particular, sobre toda ahora, cuando se ha acentuado el movimiento revolucionario nacional en los países oprimidos y cuando la revolución ha triunfado en Rusia. También debe ser tomada en consideración la circunstancia de que Yugoslavia es un país no del todo independiente, que está ligado a determinados grupos imperialistas, y que, por lo tanto, no puede ponerse al margen del gran juego de fuerzas que se produce fuera de Yugoslavia. Y si trazáis el programa nacional para el Partido Yugoslavo -y en este caso se trata precisamente de eso-, es menester recordar que el programa no sólo debe basarse en lo que existe plasmado ya en el momento presente, sino también en lo que se halla en proceso de desarrollo y ha de suceder inevitablemente en virtud de las relaciones internacionales. Por eso estimo que el problema del derecho de las naciones a la autodeterminación debe considerarse como un problema de actualidad, como un problema palpitante. Ahora, acerca del programa nacional. El punto de partida del programa nacional debe ser la tesis relativa a la revolución soviética en Yugoslavia, la tesis de que, sin el derrocamiento de la burguesía y la victoria de la revolución, el problema nacional no puede ser resuelto de un modo más o menos satisfactorio. Naturalmente, puede haber excepciones. Una excepción de éstas se dio, por

ejemplo, antes de la guerra, cuando Noruega se separó de Suecia, cosa de la que Lenin habla detalladamente en uno de sus artículos. Pero esto sucedió antes de la guerra y con una coincidencia excepcional de circunstancias favorables. Después de la guerra, y sobre todo después del triunfo de la revolución soviética en Rusia, difícilmente pueden darse casos como ése. De todas formas, las probabilidades para ello son ahora tan pocas, que pueden considerarse nulas. Pero, si es así, está claro que no podemos trazar el programa basándolo en magnitudes de valor nulo. Por eso, la tesis de la revolución debe ser el punto de partida del programa nacional. Además, el programa nacional debe incluir sin falta un punto especial acerca del derecho de las naciones a la autodeterminación, llegando incluso a la separación para formar su propio Estado. Ya he indicado más arriba por qué en las actuales circunstancias interiores e internacionales no podemos prescindir de este punto. Por último, en el programa debe figurar asimismo un punto especial sobre la autonomía nacional territorial para las nacionalidades de Yugoslavia que no estimen necesario separarse. No tienen razón quienes piensan que tal combinación debe considerarse excluida.

Esto es erróneo. En determinadas condiciones, como resultado del triunfo de la revolución soviética en Yugoslavia, es bien posible que ciertas nacionalidades, como ha ocurrido aquí, en Rusia, no deseen separarse. Se comprende que, en previsión de tales casos, es preciso tener en el programa un punto referente a la autonomía, con vistas a la transformación del Estado yugoslavo en una federación de Estados nacionales autónomos, sobre la base del régimen soviético. Así, pues, derecho a la separación para las nacionalidades que quieran separarse y derecho a la autonomía para las nacionalidades que prefieran permanecer dentro del Estado yugoslavo. Para evitar equívocos, he de decir que el derecho a la separación no debe interpretarse como el deber, como la obligación de separarse. Una nación puede ejercer el derecho a la separación, pero puede también no ejercerlo, si lo desea así; eso es cosa suya y debe ser tomado en consideración. Algunos camaradas convierten el derecho a la separación en una obligación, exigiendo, por ejemplo, que los croatas se separen a toda costa. Esa posición es errónea y debe ser desechada. No se debe confundir un derecho con una obligación.

Publicado el 15 de abril de 1925 en el núm. 7 de la revista “Bolshevik”.