Discurso en la Universidad Sverdlov, 9 de junio de 1925. Camaradas: Voy a responder a las preguntas que me habéis hecho por escrito, tomándolas en el mismo orden en que figuran en vuestra nota. Las preguntas, como vosotros sabéis, son diez. Empezaremos por la primera.

1. ¿Qué medidas y qué condiciones deben contribuir a fortalecer la ligazón de la clase obrera con el campesinado en la dictadura del proletariado, si la Unión Soviética no tiene en los próximos 10 ó 15 años el apoyo de la revolución social del proletariado del Occidente? A mi entender, ésta engloba todas las demás preguntas que me habéis hecho por escrito. Por eso, mi respuesta tendrá un carácter general y, en virtud de ello, distará mucho de ser exhaustiva. En el caso contrario, no quedaría nada que responder a las demás preguntas. Me parece que las decisiones de la XIV Conferencia del Partido dan una respuesta exhaustiva a esta pregunta. Esas decisiones dicen que la garantía principal para el fortalecimiento de la ligazón es una política acertada respecto al campesinado. Pero ¿qué es una política acertada respecto al campesinado? Esa política únicamente puede constar de diversas medidas de tipo económico, político-administrativo y cultural y educativo que aseguren el fortalecimiento de la ligazón. Empecemos por el terreno económico. Es necesario, ante todo, eliminar las supervivencias del comunismo de guerra en el campo. Es necesaria, además, una acertada política de precios de los artículos industriales y los productos agrícolas, que asegure el rápido ascenso de la industria y de la agricultura y la liquidación de las “tijeras”. Es necesario, luego, reducir el importe global del impuesto agrícola y su paso paulatino del presupuesto estatal a los presupuestos locales. Es necesario atraer a la cooperación a los millones y millones de campesinos, ante todo a través de las cooperativas agrícolas y de crédito, medio para incorporar la economía campesina al sistema general de la edificación socialista. Es necesario proporcionar al campo el máximo de tractores, medio para llevar a cabo una revolución técnica en la agricultura y vía para crear centros de progreso cultural y técnico en el campo. Es necesario, en fin, cumplir el plan de electrificación, medio para aproximar el campo a la ciudad y suprimir la oposición entre ellos.

Tal es la vía que debe seguir el Partido, si quiere asegurar la ligazón económica de la ciudad y el campo. Quisiera fijar vuestra atención en el problema del paso del impuesto agrícola del presupuesto estatal a los presupuestos locales. Esto podrá pareceros extraño. Sin embargo, es un hecho que el impuesto agrícola adopta y seguirá adoptando, más y más, el carácter de impuesto local. Sabido es, por ejemplo, que antes, hace un par de años, el impuesto agrícola constituía la partida fundamental, o casi fundamental, de ingresos de nuestro presupuesto estatal. ¿Y ahora? Ahora constituye una parte insignificante de él. El presupuesto estatal asciende ahora a 2.500 millones de rublos, mientras que el impuesto agrícola da, puede dar este año un máximo de 250 a 260 millones, 100 millones menos que el año pasado. Como veis, no es mucho. Y cuanto mayor sea el presupuesto estatal, tanto menor será en él la parte correspondiente a este impuesto. En segundo lugar, 100 millones de los 260 que corresponden al impuesto agrícola ingresan en los presupuestos locales. Dicha suma es más de un tercio de todo el impuesto. ¿A qué obedece eso? A que, de todos los impuestos existentes, el agrícola es el que más se aproxima a las condiciones locales, el más adaptado para su inversión en las necesidades locales. Difícilmente puede dudarse, de que los presupuestos locales irán, en general, creciendo. Pero es también indudable que crecerán, ante todo, a cuenta del impuesto agrícola, que exige la adaptación máxima a las condiciones locales. Esto es tanto más probable por cuanto el centro de gravedad de los ingresos estatales se ha desplazado ya y seguirá desplazándose a ingresos de otro género, a los ingresos precedentes de las empresas del Estado, a los impuestos indirectos, etc. Por eso, el paso del impuesto agrícola del presupuesto estatal a los presupuestos locales puede ser, con el tiempo, probable y muy conveniente desde el punto de vista del reforzamiento de la ligazón.

Pasemos a las medidas que aseguran la ligazón en el terreno político-administrativo. La implantación de la democracia soviética en la ciudad y en el campo y la vivificación de los Soviets con objeto de simplificar, abaratar y sanear moralmente el aparato estatal, con objeto de depurarlo de elementos de burocratismo y de descomposición burguesa, con objeto de aproximar enteramente el aparato estatal a las más amplias masas: tal es la vía que debe seguir el Partido, si quiere fortalecer la ligazón en el terreno de la edificación político-administrativa. La dictadura del proletariado no es un fin en sí. La dictadura, es un medio, el camino del socialismo. ¿Y qué es el socialismo? El socialismo es el paso de la sociedad con dictadura del proletariado a la sociedad sin Estado. Mas, para realizar ese paso, es necesario preparar la transformación del aparato estatal en tal sentido y de tal manera, que en la práctica pueda garantizarse la transformación de la sociedad con dictadura en sociedad comunista. Ese objetivo persigue la consigna de vivificación de los Soviets, la consigna de implantación de la democracia soviética en la ciudad y en el campo, la consigna de incorporación de los mejores elementos de la clase obrera y del campesinado a la gobernación misma del país. Corregir los defectos del aparato estatal, reformarlo de veras, depurarlo de los elementos de burocratismo y descomposición, hacerlo afín y entrañable para las amplias masas, son cosas imposibles sin la ayuda constante y enérgica de las propias masas al aparato estatal.

Pero la ayuda enérgica y permanente de las masas es, a su vez, imposible sin incorporar a los mejores elementos obreros y campesinos a los organismos de gobierno, sin establecer lazos directos y apretados entre el aparato estatal y las “capas bajas” más profundas de las masas trabajadoras. ¿En qué se distingue el aparato estatal soviético del aparato de Estado burgués? Ante todo, en que el aparato estatal burgués está por encima de las masas, en virtud de lo cual lo separa de la población una barrera infranqueable, y, por su propio espíritu, es ajeno a las masas populares. El aparato estatal soviético, por el contrario, se funde con las masas, pues no puede y no debe estar por encima de las masas si quiere mantenerse como aparato estatal soviético; pues no puede ser ajeno a estas masas si de veras quiere abarcar a las masas de millones de trabajadores. Esa es una de las diferencias de principio entre el aparato estatal soviético y el aparato de Estado burgués. Lenin dijo cierta vez, en su folleto “¿Se sostendrán los bolcheviques en el Poder?”, que los 240.000 miembros del Partido Bolchevique podrían indudablemente gobernar el país en beneficio de los pobres y contra los ricos, pues no eran en nada peores que los 130.000 terratenientes que gobernaban el país en beneficio de los ricos y contra de los pobres.

Basándose en ello, ciertos comunistas piensan que el aparato estatal puedo reducirse a varios cientos de miles de miembros del Partido y que eso basta por completo para gobernar nuestro enorme país. Pensando así, a veces, muestran la tendencia a identificar el Partido con el Estado. Eso es erróneo, camaradas. Eso es tergiversar la idea de Lenin. Al referirse a los 240.000 miembros del Partido Bolchevique, Lenin no quería decir, ni mucho menos, que eso fuese o pudiera ser el tope de la composición numérica y del volumen total del aparato del Estado soviético. Al contrario, en el aparato estatal incluía, además de los miembros del Partido, el millón de votos emitidos entonces, en vísperas de Octubre, en favor de los bolcheviques, manifestando que había un recurso para decuplicar de un golpe nuestro aparato estatal, es decir, para elavarlo, por lo menos, a 10 millones, mediante la incorporación de los trabajadores a la labor cotidiana de gobernación del Estado. “Estos 210.000 hombres -dice Lenin- tienen ya ahora en favor suyo un millón, por lo menos, de votos de adultos, pues ésa es precisamente la proporción entre el número de afiliados al Partido y el de los sufragios que se emiten en su favor según la experiencia de Europa y la experiencia de Rusia, siquiera sea, por ejemplo, la experiencia de las elecciones de agosto a la Duma de Petrogrado.

Ahí tenemos ya un “aparato estatal” de un millón de personas fieles al Estado socialista por sus ideas, y no porque el 20 de cada mes vayan a cobrar un buen sueldecillo. Es más, tenemos un “recurso maravilloso” para decuplicar inmediatamente, de un golpe, nuestro aparato estatal, un recurso del que nunca ha dispuesto ni puede disponer ningún Estado capitalista. Este recurso maravilloso es la incorporación de los trabajadores, la incorporación de los pobres a la labor cotidiana de gobernación del Estado” (v. t. XXI, págs. 261- 265). Pero ¿cómo se produce “la incorporación de los trabajadores, la incorporación de los pobres a la labor cotidiana de gobernación del Estado”? Se produce a través de las organizaciones basadas en la iniciativa de las masas, a través de todo género de comisiones y comités, de conferencias y de asambleas de delegados, que se forman alrededor de los Soviets, de los organismos económicos, de los comités de fábrica, de las instituciones culturales, de las organizaciones del Partido, de las organizaciones de la Unión de la Juventud, de toda clase de sociedades cooperativas, etc., etc. Nuestros camaradas no advierten a veces que en torno a nuestras organizaciones de base del Partido, de los Soviets, culturales, sindicales, educativas, del Komsomol, del ejército, de las secciones femeninas y

de toda otra clase se mueven auténticos hormigueros de organizaciones, comisiones y conferencias surgidas por iniciativa de las masas y que agrupan a millones de obreros y campesinos sin-partido, hormigueros que, con su labor cotidiana, imperceptible, paciente y silenciosa, crean la base y la vida de los Soviets, el manantial de las fuerzas del Estado Soviético. Sin esas organizaciones que circundan a nuestros organismos de los Soviets y del Partido y agrupan a millones de personas, serían absolutamente inconcebibles la existencia y el desarrollo del Poder Soviético, la dirección y el gobierno de nuestro extenso país. El aparato estatal soviético no lo forman únicamente los Soviets. El aparato estatal soviético, en el sentido profundo de la palabra, lo forman los Soviets más todas esas organizaciones comunistas y sin-partido, que agrupan a millones de personas, ligan los Soviets con las más profundas “capas bajas”, funden el aparato estatal con las masas, con millones y millones de personas; y destruyen, paso a paso, toda sombra de barrera entre el aparato estatal y la población. Así es como debemos tratar de “decuplicar” nuestro aparato estatal, haciéndolo afín y entrañable a las masas de millones de trabajadores, eliminando de él los vestigios del burocratismo, fundiéndolo con las masas y preparando de ese modo la transición de la sociedad con dictadura del proletariado a la sociedad comunista.

Tal es el sentido y la importancia de la consigna de vivificación de los Soviets y de implantación de la democracia soviética. Tales son las medidas principales que hay que tomar, para fortalecer la ligazón, en el terreno de la labor político-administrativa del Partido. En cuanto a las medidas para asegurar la ligazón en el terreno de la labor cultural y educativa, poco es lo que hay que decir, pues dichas medidas son claras, todos las conocen y, por ello, no requieren explicaciones. Únicamente desearía señalar la línea fundamental del trabajo en esta esfera para el período próximo. Esa línea fundamental consiste en preparar las condiciones necesarias para aplicar la enseñanza primaria general obligatoria en todo el país, de toda la Unión. Esta, camaradas, es una reforma importantísima. Su aplicación supondrá una victoria señaladísima, y no sólo en el frente cultural, sino también en el político y el económico. Esa reforma deberá servir de base para un poderoso ascenso del país. Pero costará cientos de millones de rublos. Basta observar que, para llevarla a la práctica, se necesitará todo un ejército, casi medio millón de maestros y maestras. No obstante, debemos asegurar a toda costa la realización de esta reforma en el período próximo, si es que de veras pensamos en elevar el país al grado superior de la cultura. Y lo haremos, camaradas. De ello no puede dudarse. Tal es la respuesta a vuestra primera pregunta. Pasemos ahora a la segunda.

2. ¿Qué peligros de degeneración hay para nuestro Partido, dada la estabilización del capitalismo, si esa estabilización dura mucho? ¿Existen en realidad esos peligros? Indudablemente existen, como algo posible e incluso como algo real. Existen independientemente de la estabilización. Esta únicamente los hace más palpables. Si tomamos los principales, yo creo que esos peligros son tres: a) el peligro de perder la perspectiva socialista en la edificación de nuestro país y el liquidacionismo que de ello se deriva; b) el peligro de perder la perspectiva revolucionaria internacional y el nacionalismo que de ello se deriva; c) el peligro de que decaiga el papel rector del Partido y, a consecuencia de ello, la posibilidad de que el Partido se convierta en un apéndice del aparato estatal. Empezaremos por el primer peligro. El rasgo distintivo de este peligro es la falta de fe en las fuerzas internas de nuestra revolución; la falta de fe en la alianza de los obreros y campesinos; la falta de fe en el papel dirigente de la clase obrera dentro de esa alianza; la falla de fe en la conversión de la “Rusia de la Nep” en la “Rusia socialista” la falta de fe en la victoria de la edificación socialista en nuestro país.

Esa es la vía del liquidacionismo y la degeneración, pues lleva a la liquidación de las bases y los objetivos de la Revolución de Octubre, a la degeneración del Estado proletario en Estado democrático-burgués. El origen de esa “concepción”, el terreno para su aparición en el Partido es el incremento de la influencia burguesa sobre el Partido en las condiciones de la nueva política económica, en las condiciones de lucha desesperada entre los elementos capitalistas y los elementos socialistas dentro de nuestra economía nacional. Los elementos capitalistas no sostienen la lucha únicamente en el terreno de la economía. Tratan de trasladarla a la esfera de la ideología del proletariado, procurando contaminar a los destacamentos menos firmes del Partido la falta de fe en la causa de la edificación socialista, el escepticismo respecto a las perspectivas socialistas de nuestra labor de edificación; y no podemos decir que esos esfuerzos sean absolutamente estériles. “¿Cómo vamos nosotros, un país atrasado, a edificar la sociedad socialista completa? -dicen algunos de esos “comunistas” contaminados-; el estado de las fuerzas productivas de nuestro país no nos permite plantearnos tales objetivos utópicos; Dios quiera que nos sostengamos; no estamos para socialismo; edifiquemos de una manera u otra, y allá

veremos...”. “Nuestra misión revolucionaria la cumplimos ya al hacer la Revolución de Octubre -dicen otros-; ahora todo depende de la revolución internacional, pues sin la victoria previa del proletariado del Occidente no podemos edificar el socialismo, y en Rusia, hablando en rigor, los revolucionarios no tienen ya nada que hacer”... Se sabe que en 1923, en vísperas de la revolución alemana, parte de nuestros estudiantes estaba dispuesta a abandonar los libros y a marchar a Alemania, diciendo que “en Rusia, los revolucionarios no tienen nada que hacer, hay que abandonar los libros e ir a Alemania a hacer la revolución”. Como veis, ambos grupos de “comunistas”, lo mismo el primero que el segundo, niegan las posibilidades socialistas de nuestra edificación, se sitúan en el terreno del liquidacionismo. La diferencia entre ellos estriba en que los primeros encubren su liquidacionismo con la “científica” “teoría de las fuerzas productivas” (no en vano los alababa hace unos días Miliukov en “Posliédnie Nóvosti”, calificándolos de “marxistas serios”), mientras que los segundos lo encubren con frases izquierdistas y “terriblemente revolucionarias” acerca de la revolución mundial. En efecto.

Supongamos que los revolucionarios no tienen nada que hacer en Rusia; supongamos que es inconcebible, imposible, edificar el socialismo en nuestro país antes de su victoria en otros países; supongamos que la victoria del socialismo en los países avanzados se retrasa todavía unos 10 ó 20 años; ¿podemos, en esas condiciones, admitir que los elementos capitalistas de nuestra economía, que actúan en las condiciones de cerco capitalista de nuestro país, accederán a poner fin a la lucha a muerte contra los elementos socialistas de esta economía y esperarán cruzados de brazos la victoria de la revolución mundial? Basta con hacerse esta pregunta para comprender lo absurda que es tal hipótesis. Y, si esa hipótesis se excluye, ¿qué les queda por hacer a nuestros “marxistas serios” y a nuestros “terribles revolucionarios”? Evidentemente, no les queda más que dar vueltas a una noria vacía, abandonarse a merced de los elementos y degenerar poco a poco en adocenados demócratas burgueses. Una de dos:, o vemos en nuestro País una base de la revolución proletaria y tenemos, como dice Lenin, todo lo imprescindible para edificar la sociedad socialista completa, y entonces podemos y debemos edificarla, con vistas a la victoria completa sobre los elementos capitalistas de nuestra economía nacional; o no vemos en nuestro país una base de la revolución, no tenemos lo imprescindible para edificar el socialismo, no podemos edificar la sociedad socialista, y entonces, si se retrasa la victoria del socialismo en otros países, debemos conformarnos con que prevalezcan los elementos capitalistas de nuestra economía nacional, se descomponga el Poder Soviético y degenere el Partido.

O lo uno, o lo otro. Por eso, la falta de fe en las posibilidades socialistas de nuestra edificación lleva al liquidacionismo y a la degeneración. Por eso, la lucha contra el peligro de liquidacionismo es una tarea inmediata de nuestro Partido, particularmente ahora, particularmente en las condiciones de estabilización temporal del capitalismo. Pasemos al segundo peligro. Rasgo distintivo de este peligro es la falta de fe en la revolución proletaria internacional; la falta de fe en su victoria; el escepticismo respecto al movimiento de liberación nacional de las colonias y los países dependientes; la incomprensión de que, sin el apoyo del movimiento revolucionario de los otros países, nuestro país no podría mantenerse contra el imperialismo mundial; la incomprensión de que la victoria del socialismo en un solo país no puede ser definitiva, pues no puede estar a salvo de la intervención mientras la revolución no haya vencido en varios países, por lo menos; la incomprensión de ese requisito elemental del internacionalismo, en virtud del cual la victoria del socialismo en un solo país no es un fin en sí, sino un medio para desarrollar y apoyar la revolución en los otros países.

Esa es la vía del nacionalismo y la degeneración, una vía que conduce a la liquidación completa de la política internacionalista del proletariado, pues la gente atacada de esa enfermedad no ve en nuestro país una parte del todo que se llama movimiento revolucionario mundial, sino el principio y el fin de ese movimiento, considerando que los intereses de todos los demás países deben ser sacrificados a los intereses de nuestro país. ¿Apoyar el movimiento de liberación de China? ¿Para qué? ¿No será arriesgado? ¿No nos enemistará eso con otros países? ¿No será mejor establecer nuestras “esferas de influencia” en China conjuntamente con las otras potencias “avanzadas” y sacar algo de China en provecho propio? Eso sería ventajoso y no encerraría ningún peligro... ¿Apoyar el movimiento de liberación de Alemania? ¿Merece la pena arriesgarse? ¿No será mejor llegar a un acuerdo con la Entente acerca del tratado de Versalles y sacar algo a título de compensación?.. ¿Mantener la amistad con Persia, Turquía, Afganistán? ¿Merece la pena el juego? ¿No será mejor restablecer las “esferas de influencia” con alguna de las grandes potencias? Etc., etc. Tal es la “concepción” nacionalista de nuevo tipo, que trata de eliminar la política exterior de la Revolución de Octubre y que fomenta los elementos de degeneración. Si el origen del primer peligro, del peligro de

liquidacionismo, es el fortalecimiento de la influencia burguesa sobre el Partido por el cauce de la política interior, por el cauce de la lucha entre los elementos capitalistas y los elementos socialistas de nuestra economía nacional, el origen del segundo peligro, del peligro de nacionalismo, debe verse en el fortalecimiento de la influencia burguesa sobre el Partido por el cauce de la política exterior, por el cauce de la lucha de los Estados capitalistas contra el Estado de la dictadura del proletariado. Difícilmente puede dudarse de que la presión de los Estados capitalistas sobre nuestro Estado es enorme, de que los hombres que trabajan en el dominio de nuestra política exterior no siempre consiguen resistir esa presión, de que el peligro de complicaciones hace sugestiva a veces la vía de la menor resistencia, la vía del nacionalismo. Por otra parte, está claro que sólo sobre la base del internacionalismo consecuente, sólo sobre la base de la política exterior de la Revolución de Octubre, puede el primer país triunfante seguir desempeñando el papel de abanderado del movimiento revolucionario mundial; que la vía de la menor resistencia y del nacionalismo en la política exterior es la vía del aislamiento y la descomposición del primer país triunfante. Por eso, la pérdida de la perspectiva revolucionaria internacional lleva al peligro del nacionalismo y la degeneración.

Por eso, la lucha contra el peligro del nacionalismo en la política exterior es una tarea inmediata del Partido. Finalmente, sobre el tercer peligro. El rasgo distintivo de este peligro es la falta de fe en las fuerzas internas del Partido; la falta de fe en la dirección que ejerce el Partido; la tendencia del aparato del Estado a debilitar la dirección del Partido, a desembarazarse de ella; la incomprensión de que sin dirección del Partido no puede haber dictadura del proletariado. Este peligro viene de tres lados. Primero. Han cambiado las clases a dirigir. Los obreros y los campesinos no son ahora los del período del comunismo de guerra. Antes, la clase obrera estaba desclasada y dispersa, al campesinado lo dominaba el miedo a que, en caso de derrota en la guerra civil, volvieran los terratenientes, mientras que el Partido era en aquel período la única fuerza concentrada, que dirigía el país a la manera militar. Ahora, la situación es otra. No hay guerra. No existe, por consiguiente, el peligro militar, que agrupaba a las masas trabajadoras en torno al Partido. El proletariado se ha recuperado y elevado, tanto en el aspecto cultural como en el material. También se han elevado y desarrollado los campesinos. La actividad política de ambas clases crece y seguirá creciendo. Ahora ya no se puede dirigir a la manera militar. Es necesaria, en primer lugar, la máxima flexibilidad en la dirección.

Es necesaria, en segundo lugar, una extraordinaria sensibilidad en cuanto a las demandas y las necesidades de los obreros y los campesinos. Es necesaria, en tercer lugar, la capacidad de nutrir las filas del Partido con los mejores obreros y campesinos que se hayan destacado gracias al desarrollo de la actividad política de estas clases. Pero estas condiciones y estas virtudes, como es sabido, no se dan de golpe. De ahí la falta de correspondencia entre lo que se pide al Partido y las posibilidades que éste tiene en el momento dado. De ahí el peligro de que se debilite el papel rector del Partido, el peligro de que el Partido pierda dicho papel. Segundo. Durante el último período, durante el período de desarrollo económico, se ha desarrollado y se ha robustecido considerablemente el aparato de las organizaciones estatales y sociales. Los trusts, los establecimientos de comercio y de crédito, las organizaciones político-administrativas y de tipo cultural y educativo y, finalmente, las cooperativas de toda clase han crecido y se han ampliado considerablemente hasta abarcar a centenares de miles de personas que antes no pertenecían a ellas y la mayoría de las cuales no militan en el Partido. Pero este aparato no crece sólo numéricamente. Crecen, también su fuerza y su peso específico. Y cuanto mayor es su importancia, más sensible se hace su presión sobre el Partido, con tanta más insistencia trata de debilitar el papel dirigente del Partido; tanto más vigorosa es su resistencia al Partido.

Hay que efectuar dentro de ese aparato una reagrupación de fuerzas y una distribución del personal dirigente que puedan asegurar la dirección del Partido en la nueva situación. Pero sabido es que conseguir todo eso de un golpe resulta imposible. De ahí el peligro de que el aparato de Estado se distancie del Partido. Tercero. Se ha complicado y diferenciado el trabajo mismo. Me refiero a la actual labor de edificación. Se han formado y desarrollado ramas enteras y subrayas de dicha labor, tanto en el campo como en la ciudad. En consonancia con ello, la dirección se ha hecho más concreta. Antes era cosa admitida hablar de dirección “en general”. Ahora, la dirección “en general” es una frase vacía, pues no contiene dirección alguna. Ahora se requiere una dirección concreta, específica. El período anterior dio el tipo de funcionario sabelotodo, dispuesto a dar respuesta a todas las cuestiones de la teoría y la práctica. Ahora, ese viejo tipo de funcionario debe dejar el puesto a un tipo nuevo de funcionario, que se esfuerza por dominar una rama determinada del trabajo. Para dirigir como es debido, hay que conocer el trabajo, hay que estudiarlo concienzudamente, con paciencia, con tesón. No se puede dirigir en el campo sin conocer la agricultura, sin conocer la cooperación, sin estar al tanto de la política de precios, sin haber estudiado las leyes relacionadas

directamente con el campo. No se puede dirigir en la ciudad sin conocer la industria, sin estudiar la vida de los obreros, sin tomar en consideración las demandas y las necesidades de los obreros, sin conocer la cooperación, sin conocer los sindicatos, sin saber cómo deben funcionar los clubs. Pero ¿puede conseguirse todo esto de un solo golpe? Lamentablemente, no. Para elevar el papel dirigente del Partido a la altura debida, hay que elevar, ante todo, la calificación de sus funcionarios. Ahora, la calidad del funcionario debe considerarse lo principal. Pero no es cosa fácil elevarla de un solo golpe. Todavía subsisten en las organizaciones del Partido los viejos hábitos de ordenancismo atropellado, que han suplantado, por desgracia, el buen conocimiento del trabajo. A ello, propiamente, se debe que el llamado papel dirigente del Partido degenere a veces en un ridículo amontonamiento de disposiciones absolutamente innecesarias, en una “dirección” vacía y verbal, que no influye en nadie ni en nada. Ahí reside uno de los mayores peligros de debilitamiento y descenso del papel dirigente del Partido. Tales son, en líneas generales, los motivos de que el peligro de pérdida del papel dirigente del Partido conduzca a la descomposición y la degeneración del Partido. Por eso, la lucha enérgica contra este peligro es una tarea inmediata de nuestro Partido. Tal es la respuesta a vuestra segunda pregunta. Pasemos a la tercera.

3. ¿Cómo combatir al kulak sin atizar la lucha de clases? Creo que la pregunta es confusa y que, por eso, está mal planteada. ¿De qué lucha de clases se trata? Si se trata de la lucha de clases en el campo, en general, el proletariado no la mantiene sólo contra los kulaks. Y las contradicciones entre el proletariado y el campesinado en su conjunto, ¿no son acaso lucha de clases, aunque se manifieste en una forma bastante desusada? ¿No es, acaso, cierto que el proletariado y el campesinado constituyen actualmente las dos clases fundamentales de nuestra sociedad y que entre estas dos clases existen contradicciones -cierto que solubles y, en fin de cuentas, superables, pero contradicciones, con todo- que originan la lucha entre estas dos clases? Creo que la lucha de clases en nuestro país, si nos referimos a las relaciones entre la ciudad y el campo, entre el proletariado y el campesinado, tiene tres frentes principales: a) el frente de lucha entre el proletariado en su conjunto (representado por el Estado) y los campesinos en lo referente al establecimiento de precios tope para los artículos industriales y los productos agrícolas, a la normalización de los impuestos, etc. b) el frente de lucha entre el proletariado en su conjunto (representado por el Estado) y los kulaks en lo referente a la supresión de los precios especulativos de los productos agrícolas, al paso de la carga fundamental de los impuestos a los kulaks, etc.; c) el frente de lucha entre los pobres del campo, en primer término los braceros, y los kulaks. Ya veis que estos tres frentes no pueden ser idénticos ni por su peso específico ni por el carácter de la lucha que en ellos se desarrolla. Por eso también debe ser distinta, diferente, nuestra actitud hacia las formas de la lucha de clases en esos frentes. Examinemos la cosa más de cerca. Primer frente.

El proletariado (representado por el Estado), considerando la debilidad de nuestra industria y la imposibilidad de obtener empréstitos para ella, ha tomado varias medidas cardinales, capaces de protegerla de la competencia a la industria extranjera y de acelerar su desarrollo en beneficio de toda nuestra economía nacional, comprendida a agricultura. Estas medidas son: el monopolio del comercio exterior, el impuesto agrícola, las formas estatales de acopio de productos agrícolas y el principio de la planificación en el desarrollo de la economía nacional en su conjunto. Todo ello se basa en la nacionalización de las ramas fundamentales de la industria, del transporte y del crédito, como sabéis, estas medidas llevaron a donde tenían que llevar, es decir, pusieron fin a la desenfrenada baja de los precios de los artículos industriales y a la desenfrenada subida de los precios de los productos agrícolas. Por otra parte, está claro que el campesinado en su conjunto, como comprador de artículos de la industria y vendedor en el mercado de los productos de su hacienda, prefiere adquirir dichos artículos lo más barato posible y colocar sus productos lo más caro posible. De la misma manera, el campesinado desearía que no hubiese ningún impuesto agrícola o que, por lo menos, éste fuera reducido al mínimo. Ahí tenéis el terreno para la lucha entre el proletariado y el campesinado. ¿Puede el Estado prescindir de las medidas cardinales antes señaladas? No, no puede, pues en este momento ello conduciría al aplastamiento de nuestra industria, al aplastamiento del proletariado como clase, a la conversión de nuestro país en una colonia agraria de los países capitalistas de industria desarrollada, al fracaso de toda nuestra revolución. ¿Tiene interés el campesinado en su conjunto en la supresión de esas medidas cardinales de nuestro Estado? No, no lo tiene, pues en este momento ello significaría el triunfo de la vía capitalista de desarrollo, que es el desarrollo a través de la pauperización de la mayoría del campesinado en aras del enriquecimiento de un puñado de ricachones, de un puñado de capitalistas. ¿Quién se atreverá a

afirmar que el campesinado tiene interés en su propia pauperización, tiene interés en ver a nuestro país convertido en una colonia y que no tiene el interés mas hondo en el triunfo de la vía socialista de desarrollo de nuestra economía nacional? Ahí tenéis el terreno para la alianza entre el proletariado y el campesinado. ¿Significa eso que nuestros organismos industriales puedan, apoyándose en el monopolio, subir artificialmente los precios de los artículos de la industria con perjuicio para la masa fundamental del campesinado y para la misma industria? No, no significa eso. Tal política dañaría, ante todo, a la misma industria, imposibilitando su transformación, de la débil planta de invernadero que era ayer, en la industria fuerte y poderosa que debe ser mañana. De ahí nuestra campaña por rebajar los precios de los artículos industriales y por elevar el rendimiento del trabajo. Vosotros sabéis que esta campaña tiene un éxito bastante grande. ¿Significa eso, además, que nuestros organismos de acopio puedan, apoyándose en el monopolio, hacer bajar los precios de los productos agrícolas hasta que lleguen a ser ruinosos para el campesinado, con perjuicio para toda nuestra economía nacional? No, no significa eso. Tal política sería nefasta, ante todo, para la industria pues, en primer término, dificultaría el abastecimiento de los obreros por lo que a productos agrícolas se refiere y, en segundo término, descompondría enteramente y desorganizaría el mercado interior de nuestra industria.

De ahí nuestra campaña contra las llamadas “tijeras”. Vosotros sabéis que esta campaña ha dado ya buenos resultados. ¿Significa eso, por último, que nuestros organismos locales o centrales puedan, apoyándose en la ley del impuesto agrícola y ejerciendo su derecho a recaudar los impuestos, ver en esta ley algo inapelable; que puedan llegar en su actividad práctica a desmontar los graneros y a quitar los tejados de las casas de los contribuyentes pobres, como ha ocurrido en algunos distritos de la provincia de Tambov? No, no significa eso. Tal política quebrantaría toda confianza de los campesinos en el proletariado, en el Estado. De ahí las últimas medidas del Partido para reducir el impuesto agrícola, para dar él ese impuesto un carácter más o menos local, para formalizar toda nuestra política fiscal, para acabar con los abusos que se producían en algunos lugares con motivo de la recaudación de los impuestos. Vosotros sabéis que estas medidas han dado ya el resultado apetecido. Tenemos, pues, en primer lugar, la comunidad de intereses del proletariado y el campesinado en las cuestiones fundamentales, su interés común en el triunfo de la vía socialista de desarrollo de la economía nacional. De ahí la alianza de la clase obrera y el campesinado.

Tenemos, en segundo lugar, las contradicciones de los intereses de la clase obrera y del campesinado en cuestiones del momento. De ahí la lucha dentro de esta alianza, lucha que, atendido su peso específico, se ve compensada con creces por la comunidad de intereses y que debe desaparecer en el futuro, cuando los obreros y los campesinos dejen de ser clases, cuando se conviertan en trabajadores de la sociedad sin clases. Tenemos, en tercer lugar, los medios y las vías para resolver estas contradicciones entre la clase obrera y el campesinado, conservando y fortaleciendo la alianza de los obreros y los campesinos, en interés de ambos aliados. Y no sólo tenemos a nuestra disposición estas vías y estos medios, sino que ya los aplicamos con éxito en la compleja situación de la Nep y de la estabilización temporal del capitalismo. ¿Se deduce de ello que nosotros debamos atizar la lucha de clases en este frente? No, no se deduce eso. Al contrario. De ello se deduce únicamente que debemos atenuarla por todos los medios, regulándola mediante acuerdos y concesiones mutuas, y no llevándola de ningún modo a formas agudas, a choques. Y así lo hacemos. Porque contamos con todas las posibilidades para ello. Porque la comunidad de intereses es aquí más vigorosa y más profunda que la contradicción de intereses. Como veis, la consigna de atizar la lucha de clases es completamente inadecuada para las condiciones de la lucha en este frente.

Segundo frente. Los personajes en acción son aquí el proletariado (representado por el Estado Soviético) y los kulaks. Las formas de la lucha de clases son en él tan peculiares como en las condiciones de la lucha en el primer frente. Deseoso de dar al impuesto agrícola un acusado carácter de impuesto sobre los ingresos, el Estado carga sobre los kulaks el peso principal de este gravamen. En respuesta a ello, los kulaks tratan de escabullirse “con buenas y malas artes” y utilizan toda su fuerza y toda su influencia en el campo para cargar sobre los campesinos medios y pobres el peso del impuesto. En su lucha contra la carestía de la vida y en sus esfuerzos por mantener la estabilidad de los salarios, el Estado procura adoptar medidas de carácter económico encaminadas a establecer precios tope equitativos para los productos agrícolas, precios que respondan plenamente a los intereses de la economía campesina. En respuesta a ello, los kulaks compran los productos a los campesinos pobres y medios y hacen grandes reservas, que retienen en sus graneros y no lanzan al mercado, para subir artificialmente los precios, hacerlos llegar al nivel de precios de especulación y únicamente entonces poner dichas reservas a la venta, con objeto de lograr, especulando, ganancias fabulosas. Debéis de saber que, en ciertas provincias de nuestro país, los kulaks han conseguido este año elevar extremadamente los precios de los cereales.

De ahí la lucha de clases en este frente, con sus formas peculiares y más o menos veladas. Podría parecer que la consigna de atizar la lucha de clases es plenamente aplicable a las condiciones de la lucha en este frente. Pero no es cierto. Tampoco en este caso tenemos interés en atizar la lucha de clases, pues podemos perfectamente y debemos evitar ese encono de la lucha y las complicaciones que de ella se derivan. Podemos y debemos vivificar los Soviets, conquistar al campesino medio y organizar a los campesinos pobres dentro de los Soviets, para conseguir un alivio de la carga fiscal que gravita sobre la masa fundamental del campesinado, haciendo recaer de hecho sobre los kulaks el peso principal de los impuestos. Vosotros sabéis que se toman medidas en este sentido y que esas medidas dan ya buenos resultados. Nosotros podemos y debemos hacer que el Estado disponga de suficientes reservas de productos alimenticios, para presionar sobre el mercado de comestibles, intervenir cuando sea preciso, mantener los precios a un nivel aceptable para las masas trabajadoras y desbaratar, de este modo, las maquinaciones especulativas de los kulaks. Vosotros sabéis que en eso hemos invertido este año varias decenas de millones de puds de grano. Debéis conocer que, en este terreno, hemos obtenido resultados verdaderamente buenos, pues, además de haber logrado mantener a bajo nivel los precios de los cereales en zonas como Leningrado, Moscú, cuenca del Donetz, Ivánovo-Vosnesensk, etc., hemos obligado al kulak a capitular en bastantes zonas, haciéndole lanzar al mercado, a precios bastante bajos, las viejas reservas de cereales. En este terreno, las cosas, naturalmente, no dependen sólo de nosotros. Es muy posible que, en ciertos casos, los propios kulaks se pongan a atizar la lucha de clases, que traten de llevarla al punto de ebullición y de darle la forma de actos de bandidaje o de sublevaciones.

Pero entonces la consigna de atizar la lucha de clases no será nuestra, sino de los kulaks, y, por consiguiente, será una consigna contrarrevolucionaria. Es indudable, además, que los kulaks tendrán que sufrir entonces, en su propia carne, todos los inconvenientes de esa consigna dirigida contra el Estado Soviético. Como veis, la consigna de atizar la lucha de clases en el segundo frente no es una consigna nuestra. Tercer frente. Los personajes en acción son aquí dos fuerzas: los campesinos pobres y, en primer término, los braceros, de una parte, y los kulaks, de otra. Formalmente, el Estado se mantiene al margen. Este frente, ya lo veis, no es tan amplio como los anteriores. Por otro lado, la lucha de clases se desarrolla en él de manera completamente clara y abierta, mientras que en los frentes anteriores se desarrolla en forma oculta, más o menos enmascarada. Se trata, en este caso, de la explotación directa de trabajadores asalariados o semiasalariados por los patronos kulaks. Por eso, el Partido no puede seguir en este frente la política de atenuar, de mitigar la lucha. Iuestra tarea consiste, en este caso, en organizar y dirigir la lucha de los campesinos pobres contra los kulaks. ¿Significa eso que nos disponemos a atizar la lucha de clases? No, no significa eso. Atizar la lucha de clases no es limitarse a organizar y dirigir la lucha. Es también exacerbar artificialmente y avivar de manera premeditada la lucha de clases. ¿Hay necesidad de esas medidas artificiales ahora, cuando tenemos la dictadura del proletariado y cuando las organizaciones del Partido y de los sindicatos actúan en nuestro país con libertad absoluta? Naturalmente que no. Por eso, la consigna de atizar la lucha de clases es también inadecuada en este tercer frente. Eso es lo que puede responderse a la tercera pregunta. Ya veis que el problema de la lucha de clases en el campo no es tan sencillo como pudiera parecer a primera vista. Pasemos a la cuarta pregunta.

4. ¿Gobierno obrero y campesino de hecho o como consigna de agitación? La pregunta, tal como ha sido formulada, me parece un tanto absurda. ¿Qué significa eso de gobierno obrero y campesino de hecho o como consigna de agitación? Resulta que el Partido puede dar consignas que no correspondan a la realidad y sirvan únicamente para cierta astuta maniobra a la que se da aquí, no sé por qué, el nombre de “agitación”. Resulta que el Partido puede lanzar consignas que no tienen ni pueden tener una base científica. ¿Es cierto eso? Naturalmente que no. Si el Partido fuera así, merecería desaparecer después de una existencia efímera, como una pompa de jabón. Nuestro Partido no sería entonces el Partido del proletariado, un partido que aplica una política basada en la ciencia, sino simple espuma en la superficie de los acontecimientos políticos. Por su carácter, por su programa y su táctica, nuestro gobierno es un gobierno obrero, proletario, comunista. En este sentido no debe haber ni equívocos ni dudas. Nuestro gobierno no puede tener simultáneamente dos programas, uno proletario y otro de un tipo diferente. Su programa y su trabajo práctico son proletarios, comunistas, y en este sentido nuestro gobierno es, sin duda, proletario, comunista. ¿Significa eso que nuestro gobierno no sea al mismo tiempo un gobierno obrero y campesino? No, no significa eso. Nuestro gobierno, que es proletario por su programa y por su labor, es al mismo tiempo

un gobierno obrero y campesino. ¿Por qué? Porque, en nuestras condiciones, los intereses cardinales de la masa fundamental del campesinado coinciden plena e íntegramente con los intereses del proletariado. Porque, en virtud de ello, los intereses del campesinado encuentran expresión completa en el programa del proletariado, en el programa del Gobierno Soviético. Porque el Gobierno Soviético se apoya en la alianza de los obreros y los campesinos, fundada sobre la comunidad de los intereses cardinales de estas clases. Porque, finalmente, en los organismos del gobierno, en los Soviets, además de los obreros, figuran los campesinos que luchan contra el enemigo común y construyen la nueva vida juntamente con los obreros y bajo la dirección de los obreros. Por eso, la consigna de “gobierno obrero y campesino” no es una huera consigna de “agitación”, sino una consigna revolucionaria del proletariado socialista, fundamentada científicamente en el programa del comunismo. Eso es lo que puede responderse a la cuarta pregunta. Pasemos a la quinta.

5. Ciertos camaradas interpretan nuestra política con relación al campesinado como una ampliación de la democracia para este último y un cambio del carácter del Poder en el país. ¿Es acertada esa interpretación? ¿Ampliamos de hecho la democracia en el campo? Sí, la ampliamos. ¿Es esto una concesión al campesinado? Sin duda que lo es. ¿Es grande esa concesión?, ¿se ajusta al marco de la Constitución de nuestro país? Me parece que esa concesión no es muy grande y no cambia ni un ápice de nuestra Constitución. ¿Qué cambiamos, pues, en este caso, y a qué se concreta propiamente la concesión? Cambiamos el modo de trabajar en el campo, pues en las nuevas condiciones de desarrollo es completamente insatisfactorio. Cambiamos el orden de cosas establecido en el campo, porque frena el establecimiento de la ligazón y desbarata el trabajo que el Partido despliega para agrupar a los campesinos en torno del proletariado. Hasta ahora ocurría que en numerosos distritos las aldeas las gobernaban pequeños grupos de personas, más ligadas con la administración de los distritos y de las provincias que con la población rural. Esta circunstancia llevaba a que las autoridades rurales mirasen más hacia arriba, hacia el distrito, y menos hacia abajo hacia la población rural; a que no se sintieran responsables ante la aldea, ante los electores, sino ante la administración del distrito y de la provincia, sin comprender evidentemente que “arriba” y “abajo” no forman sino una misma cadena y que, si la cadena se rompe, por abajo, toda ella se desploma. Resultado de esto era de una parte, la falta de control, la arbitrariedad de los dirigentes, y, de otra parte, el descontento y las protestas sordas en el campo. Ahora se pone fin de manera enérgica y definitiva a esa situación en el campo. Hasta ahora ocurría que, en numerosos distritos, las elecciones a los Soviets en el campo no eran en realidad elecciones, sino un simple trámite oficinesco para sacar “diputados” mediante numerosas artimañas y la presión de un reducido grupo de dirigentes temerosos de perder el poder.

Resultado de ello era que los Soviets, organismos afines y entrañables a las masas, corrían el riesgo de convertirse en organismos ajenos a las masas, y la dirección del campesinado por parte de los obreros - base y fortaleza de la dictadura del proletariado- corría el riesgo de quedar colgando en el vacío. Vosotros sabéis que, en vista de ello, el Partido se vio obligado a hacer que se celebrasen nuevas elecciones de los Soviets; por cierto, estas elecciones han mostrado que el viejo procedimiento de celebrar las consultas electorales en numerosas zonas es una supervivencia del comunismo de guerra, supervivencia que debe ser suprimida como algo nocivo y podrido hasta la médula. Ahora se pone fin a ese procedimiento de celebrar las elecciones en el campo. Ahí reside la base de la concesión, la base de la ampliación de la democracia en el campo. Esta concesión no es sólo necesaria para el campesinado. El proletariado la necesita en grado no menor, pues lo fortalece, eleva su prestigio en el campo, aumenta la confianza que los campesinos depositan en él. El objetivo principal de las concesiones y los compromisos es, en general, como se sabe, fortalecer y robustecer en fin de cuentas al proletariado. ¿Cuáles son los límites de esas concesiones en el momento dado? Los límites de esas concesiones han sido fijados por la XIV Conferencia del P.C.(b) de Rusia y por el III Congreso de los Soviets de la U.R.S.S.35. Ya sabéis que no son muy amplios y que se reducen al marco de que acabo de hablar. Pero eso no significa que sean algo inmutable para siempre. Al contrario, se ensancharán, sin duda, a medida que se desarrolle nuestra economía nacional, a medida que se fortalezca el poderío económico y político del proletariado, a medida que se desarrolle el movimiento revolucionario en el Occidente y el Oriente, a medida que se refuercen las posiciones internacionales del Estado Soviético. Lenin habló, en 1918, de la necesidad de “extender la Constitución

soviética, a medida que vaya decreciendo la resistencia de los explotadores, a toda la población” (v. t. XXII, pág. 372). Aquí se trata, como podéis ver, de extender la Constitución a toda la población, comprendida la burguesía. Eso fue dicho en marzo de 1918. De entonces a la muerte de Lenin pasaron más de cinco años, pero Lenin no dijo en todo ese período nada acerca de la conveniencia de llevar a la práctica esta tesis. ¿Por qué? Porque no había llegado todavía el momento de esa extensión. Pero de que llegará alguna vez, cuando la posición interior e internacional del Estado Soviético se fortalezca definitivamente, de eso no puede caber duda. Por ello nosotros, aun previendo una mayor ampliación de la democracia en el futuro, consideramos necesario restringir en el momento dado las concesiones en cuanto a la democracia se refiere, al marco fijado por la XIV Conferencia del P.C.(b) de Rusia y por el III Congreso de los Soviets de la U.R.S.S. ¿Cambian esas concesiones el carácter del Poder en el país? No, no lo cambian. ¿Introducen modificaciones en el sistema de la dictadura del proletariado en el sentido de debilitarla? Ninguna en absoluto, ni la más mínima. La dictadura del proletariado, lejos de debilitarse, se fortalece si se vivifican los Soviets y si se incorpora a ellos a los mejores elementos del campesinado. La dirección de los campesinos por el proletariado no sólo se conserva gracias a la ampliación de la democracia, sino que, además, adquiere nueva fuerza, creando una atmósfera de confianza en torno al proletariado. y esto es lo principal en la dictadura del proletariado, cuando se trata de las relaciones entre el proletariado y el campesinado en el sistema de la dictadura. No tienen razón los camaradas que afirman que el concepto de dictadura del proletariado encierra únicamente la idea de la violencia. La dictadura del proletariado no es sólo violencia; también es dirección de las masas trabajadoras de las clases no proletarias y edificación de la economía socialista, de tipo superior a la economía capitalista y con un mayor rendimiento del trabajo.

La dictadura del proletariado es: 1) violencia, no limitada por la ley, con relación a los capitalistas y los terratenientes, 2) dirección del proletariado con relación al campesinado, 3) edificación del socialismo con relación a toda la sociedad. No puede prescindirse de ninguno de estos tres aspectos de la dictadura sin correr el riesgo de adulterar la idea de la dictadura del proletariado. Sólo estos tres aspectos, juntos, nos dan una idea completa y acabada de la dictadura del proletariado. La nueva orientación del Partido en cuanto a la democracia soviética, ¿empeora en algo el sistema de la dictadura del proletariado? No, no lo empeora. ¡Todo lo contrario! La nueva orientación no hace sino mejorar las cosas, fortaleciendo el sistema de la dictadura del proletariado. Si se trata del elemento de violencia en el sistema de la dictadura, y expresión de la violencia es el Ejército Rojo, no creo que sea necesario demostrar que la implantación de la democracia soviética en el campo no puede sino mejorar el estado del Ejército Rojo, agrupándolo en torno del Poder Soviético, pues nuestro ejército se compone principalmente de campesinos. Si se trata del elemento de dirección en el sistema de la dictadura, apenas si cabe duda de que la consigna de vivificación de los Soviets no puede sino facilitar al proletariado esa dirección, fortaleciendo la confianza de los campesinos en la clase obrera. Si se trata del elemento de edificación en el sistema de la dictadura, no creo que sea necesario demostrar que la nueva orientación del Partido no puede sino facilitar la edificación del socialismo, pues ha sido emprendida para fortalecer la ligazón, y, sin la ligazón, la edificación del socialismo es imposible. La conclusión es una: las concesiones al campesinado refuerzan, en la situación actual, al proletariado y consolidan su dictadura, sin cambiar ni en un ápice el carácter del Poder en el país. Eso es lo que puede responderse a la quinta pregunta. Pasemos a la sexta.

6. ¿Hace nuestro Partido concesiones a la desviación de derecha en la Internacional Comunista con motivo de la estabilización del capitalismo? Y en caso afirmativo, ¿es ello una maniobra táctica verdaderamente necesaria? Se trata, al parecer, del Partido Comunista Checoslovaco y del acuerdo con el grupo de los camaradas Smeral y Zapotocky contra los elementos derechistas de este Partido. Creo que nuestro Partido no ha hecho ninguna clase de concesiones a la desviación de derecha en la Internacional Comunista. Al contrario, todo el Pleno ampliado del Comité Ejecutivo de la I.C.36 ha transcurrido bajo el signo del aislamiento de los elementos derechistas de la Internacional Comunista. Leed la resolución de la I.C. acerca del Partido Comunista Checoslovaco, leed la resolución sobre la bolchevización y comprenderéis sin esfuerzo que el blanco principal de la I.C. eran los elementos derechistas en el comunismo. Por eso, no se puede hablar de concesiones de nuestro Partido a la desviación de derecha en la I.C. En rigor, los camaradas Smeral y Zapotocky no son derechistas, no comparten la plataforma de la derecha, la plataforma de la gente de Brünn. Más bien vacilan entre los leninistas y los derechistas, inclinándose hacia los derechistas. La particularidad

de su conducta en el Pleno ampliado del Comité Ejecutivo de la I.C. consiste en que, presionados por nuestra crítica, de una parte, y, de otra parte, ante la amenaza de la perspectiva de escisión, amenaza creada por los derechistas, se han inclinado esta vez hacia nosotros, hacia los leninistas, comprometiéndose a mantener la alianza con los leninistas contra los derechistas. Eso les honra. Pero ¿creen los camaradas que no debimos acercarnos a los vacilantes cuando éstos se inclinaban hacia los leninistas, cuando hacían concesiones a los leninistas contra los derechistas? Sería peregrino y lamentable que entre nosotros hubiese gente incapaz de comprender los axiomas elementales de la táctica bolchevique. ¿Acaso la realidad de los hechos no ha demostrado ya que la política de la I.C. en el caso del Partido Comunista Checoslovaco es la única política acertada? Acaso los camaradas Smeral y Zapotocky no siguen combatiendo a los derechistas en las mismas filas que los leninistas? ¿Acaso no han sido aislados ya los de Brünn en el Partido checoslovaco? Podrá preguntarse: ¿Por mucho tiempo? Yo, naturalmente, no sé si será por mucho tiempo; yo no me atrevo a hacer profecías. En todo caso, es indudable que, mientras los smeralianos luchen contra los derechistas, habrá acuerdo con ellos; y en cuanto cambie su posición actual, perderá vigor ese acuerdo.

Pero ahora no se trata, en absoluto, de eso. Ahora se trata de que el presente acuerdo contra los derechistas fortalece a los leninistas, les da una posibilidad nueva de llevar tras de sí a los vacilantes. Eso es ahora lo principal y no las vacilaciones que puedan tener todavía los camaradas Smeral y Zapotocky. Hay quienes piensan que los leninistas están obligados a apoyar a cualquier vocinglero y neurasténico izquierdista, que los leninistas son siempre y en todo izquierdistas acérrimos entre los comunistas. Eso no es cierto, camaradas. Nosotros somos la izquierda respecto de los partidos no comunistas de la clase obrera. Pero nunca nos hemos comprometido a ser “más izquierdistas que nadie”, como pedía en tiempos el difunto Parvus, cosa que entonces mismo le valió una reprimenda de Lenin. Entre los comunistas no somos ni izquierdistas ni derechistas; somos, simplemente, leninistas. Lenin sabía lo que hacía al luchar en los dos frentes, contra la desviación de izquierda en el comunismo y contra la desviación de derecha. Por algo uno de los mejores folletos de Lenin está dedicado a “La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo”. Creo que los camaradas no me habrían hecho la sexta pregunta si se hubieran fijado a tiempo en esta última circunstancia. Eso es lo que puede responderse a la sexta pregunta. Pasemos a la séptima.

7. ¿Io existirá el peligro de que cobre forma ideológica definida la agitación antisoviética en el campo con motivo de la nueva orientación y dada la debilidad de las organizaciones rurales del Partido? Sí, ese peligro existe. Difícilmente puede ponerse en duda que las elecciones a los Soviets bajo la consigna de vivificación de los Soviets significan la libertad de propaganda electoral en las localidades. Huelga decir que los elementos antisoviéticos no dejarán escapar ocasión tan propicia para deslizarse por la rendija abierta y para cometer alguna nueva vileza contra el Poder Soviético. De ahí el peligro de que aumente y cobre formas definidas la agitación antisoviética en el campo. Lo ocurrido durante las últimas elecciones en el Kubán, en Siberia y en Ucrania lo evidencia elocuentemente. Es indudable que la debilidad de nuestras organizaciones rurales en muchas zonas acentúa este peligro. Es indudable también que los apetitos intervencionistas de las potencias imperialistas son, a su vez, un impulso para incrementarlo. ¿De qué se nutre ese peligro?, ¿dónde están sus fuentes? Sus fuentes son, por lo menos, dos. En primer lugar, los elementos antisoviéticos perciben que en la aldea se ha operado últimamente cierto desplazamiento en favor del kulak, que en varias zonas el campesino medio ha virado hacia el kulak. Esto podía suponerse antes de las elecciones.

Después de las elecciones, la suposición se ha convertido en hecho indiscutible. Ese es el motivo primero y principal del peligro de que cobre forma ideológica definida la agitación antisoviética en el campo. En segundo lugar, nuestras concesiones al campesinado han sido vistas, en muchas zonas como un indicio de debilidad nuestra. De ello podía dudarse antes de las elecciones. Después de las elecciones, no puede caber duda alguna. De ahí el grito de los elementos antisoviéticos de la aldea: “¡sigamos apretando!”. Ese es el motivo segundo, aunque no tan importante, del peligro de acentuación de la agitación antisoviética en el campo. Los comunistas deben comprender, ante todo, que el período actual en el campo es un período de lucha por el campesino medio; que ganar al campesino medio para el proletariado es la más importante tarea del Partido en el campo; que si no se cumple esta tarea, aumentará el peligro de que la agitación antisoviética cobre forma definida, y la nueva orientación del Partido únicamente podrá redundar en provecho de los elementos antisoviéticos. Los comunistas deben comprender, en segundo término, que la conquista del campesino medio sólo es posible ahora sobre la base de la nueva política del Partido en cuanto a los Soviets, a las cooperativas, al crédito, al impuesto agrícola, al presupuesto local, etc.; que las medidas de presión administrativa

únicamente pueden estropear el asunto y desbaratarlo todo; que al campesino medio hay que convencerlo de lo acertado de nuestra política con medidas de carácter económico y político; que al campesino medio sólo se le puede “cautivar” con ejemplos, con hechos concretos. Los comunistas deben comprender, además, que la nueva orientación no se ha adoptado para vivificar a los elementos antisoviéticos, sino para vivificar los Soviets y atraerse a la masa fundamental del campesinado; que la nueva orientación no excluye, sino que presupone la lucha enérgica contra los elementos antisoviéticos; que si los elementos antisoviéticos dicen “sigamos apretando”, viendo en las concesiones al campesinado un indicio de debilidad nuestra y utilizándolas con fines contrarrevolucionarios, hay que demostrarles, obligatoriamente, que el Poder Soviético es fuerte, hay que recordarles la cárcel, que hace tiempo los está echando de menos. Creo que, si se comprenden y se cumplen estas tareas nuestras, el peligro de que la agitación antisoviética en el campo tome formas ideológicas definidas y se acentúe será, sin duda, cortado de raíz. Eso es lo que puede responderse a la séptima pregunta. Pasemos a la octava.

8. El incremento de la influencia de los sin- partido, ¿no originará el peligro de que se formen fracciones suyas en los Soviets? De este peligro sólo puede hablarse en condicional. No tiene nada de peligroso que la influencia de los sin-partido, más o menos organizados, crezca donde todavía no ha penetrado la influencia de los comunistas. Así ocurre, por ejemplo, en los sindicatos en la ciudad y en las asociaciones sin-partido, más o menos soviéticas, en el campo. El peligro empieza cuando la asociación de sin-partido comienza a pensar en suplantar al Partido. ¿De dónde procede este peligro? No deja de ser significativo que en nuestra clase obrera ese peligro no se observe o casi no se observe. ¿A qué obedece esto? Obedece a que en la clase obrera tenemos en torno del Partido un activo numeroso de obreros sin-partido, que rodean al Partido de una atmósfera de confianza y que lo ligan con las grandes masas de la clase obrera. No resulta menos significativo que ese peligro sea particularmente agudo entre el campesinado. ¿Por qué? Porque el Partido es débil entre los campesinos, el Partido no cuenta todavía con un activo numeroso de campesinos sin-partido, capaz de ligarlo con los millones y millones de campesinos. Y, sin embargo, parece que en ningún sitio se percibe tanta necesidad de un activo de sin-partido como entre el campesinado. La conclusión es una: para eliminar el peligro de que las masas campesinas sin-partido se separen y alejen del Partido, es necesario crear alrededor de éste un numeroso activo de campesinos sin-partido. Pero ese activo no puede crearse de un golpe o en un par de meses. Puede crearse y destacarse del resto de la masa campesina sólo con el tiempo, en el curso del trabajo, en el curso de la vivificación de los Soviets, en el curso de la organización de cooperativas. Para eso es necesario cambiar la actitud misma del comunista hacia el sin-partido.

Para eso es preciso que el comunista trate al sin-partido de igual a igual. Para eso es preciso que el comunista aprenda a tratar al sin-partido con confianza, como a un hermano. No puede pedirse al sin-partido confianza cuando se le paga con desconfianza. Lenin decía que entre los afiliados al Partido y los sin-partido debe haber relaciones de “confianza mutua”. No hay que olvidar estas palabras de Lenin. Lo primero que se necesita para preparar condiciones que permitan formar un numeroso activo de campesinos sin- partido en torno del Partido, es crear un ambiente de confianza mutua entre los comunistas y los sin- partido. Pero ¿cómo se crea esa confianza mutua? Naturalmente, no se logra en un instante ni por decreto. Sólo puede crearse, como dice Lenin, mediante la “comprobación mutua” de los miembros del Partido y de los sin-partido, mediante la comprobación mutua en el trabajo práctico cotidiano. En el período de la primera depuración del Partido, los comunistas fueron comprobados a través de los sin-partido, y esto dio buenos resultados para el Partido, creando en torno suyo una atmósfera de confianza extraordinaria. Lenin dijo ya entonces a este respecto que las enseñanzas de la primera depuración, en lo que se refiere a la comprobación mutua de los comunistas y los sin-partido, debían extenderse a todas las ramas del trabajo. Creo que es hora de recordar este consejo de Lenin y de tomar medidas para llevarlo a la práctica. Así, pues, crítica mutua y comprobación mutua de los comunistas y los sin-partido en el curso del trabajo práctico cotidiano, como medio para crear una atmósfera de confianza mutua entre ellos: tal es la vía por la que debe ir el Partido, si quiere eliminar el peligro de ver distanciados de él a millones de sin- partido, si quiere crear en torno de sus organizaciones del campo un numeroso activo de campesinos sin-partido. Eso es lo que puede responderse a la octava pregunta. Pasemos a la novena.

9. ¿Podremos en realidad reequipar y ampliar considerablemente el capital fijo de la gran industria sin ayuda extranjera? La pregunta puede entenderse de dos maneras. O bien se refiere a una ayuda inmediata al Estado

Soviético por los Estados capitalistas en forma de créditos, como condición ineludible para el desarrollo de la industria soviética, y entonces podría responderse de acuerdo con este planteamiento de la cuestión. O bien se refiere a la ayuda al Estado Soviético por el proletariado del Occidente en el porvenir, después de su victoria, como condición ineludible para llevar a cabo la edificación de la economía socialista, y entonces habría que dar otra respuesta. Para no dejar descontento a nadie, trataré de responder a ambas posibles interpretaciones de la pregunta. Empecemos por la primera interpretación. ¿Es posible el desarrollo de la gran industria soviética, en las condiciones del cerco capitalista, sin créditos del exterior? Sí, es posible. La empresa irá acompañada de grandes dificultades, habrá que pasar por duras pruebas, pero, con todo, pese a todas las dificultades, podemos industrializar nuestro país sin créditos del exterior. La historia conocía hasta ahora tres vías de formación y desarrollo de poderosos Estados industriales. La primera es la vía de la conquista y el saqueo de las colonias. Así se desarrolló, por ejemplo, Inglaterra, que se apoderó de colonias en todas las partes del mundo, extrajo de ellas “capital complementario” para fortalecer su industria en el transcurso de dos siglos y se convirtió, finalmente, en el “taller del mundo”.

Como sabéis, esta vía de desarrollo es inaceptable para nosotros, pues la conquista y el saqueo de colonias son incompatibles con la naturaleza del régimen soviético. La segunda es la vía de la derrota militar de un país por otro y de las contribuciones que se imponen al vencido. Así hizo, por ejemplo, Alemania, que, después de derrotar a Francia en la guerra franco- prusiana y de sacarle una contribución de 5.000 millones, vertió esa suma en los canales de su industria. Como sabéis, esta vía de desarrollo es también incompatible con la naturaleza del régimen soviético, pues en el fondo no se diferencia en nada de la primera. La tercera es la vía de las concesiones gravosas y de los empréstitos en condiciones leoninas que los países atrasados en el sentido capitalista conciertan con los países adelantados en este aspecto. Este es el caso, por ejemplo, de la Rusia zarista, que otorgaba concesiones gravosas y tomaba empréstitos en condiciones leoninas de las potencias occidentales, unciéndose de ese modo al yugo de una existencia semicolonial; eso no excluía, sin embargo, que en el futuro hubiera podido, en fin de cuentas, salir a la vía del desarrollo industrial independiente, claro que no sin ayuda de guerras más o menos, “afortunadas” y, naturalmente, no sin saquear a los países vecinos.

No creo que sea necesario demostrar que esa vía resulta también inaceptable para el País Soviético: no vertimos nuestra sangre en tres años de combates contra los imperialistas de todos los países para, al día siguiente de la terminación victoriosa de la guerra civil, dejarnos esclavizar por el imperialismo. Sería equivocado suponer que cada una de estas vías de desarrollo se encuentra en la vida real siempre en forma pura y siempre aislada de las otras vías. En realidad, en la historia de los distintos Estados, estas vías se han entrelazado y complementado con frecuencia, dando modelos de ese entrelazamiento. Un ejemplo en este sentido lo tenemos, pongamos por caso, en la historia del desarrollo de los Estados Unidos del Norte de América. Esta circunstancia se debe a que las diferentes vías de desarrollo, con todos sus rasgos distintivos, tienen ciertos rasgos comunes, que las aproximan y hacen posible su entrelazamiento: en primer lugar, todas ellas conducen a la formación de Estados industriales capitalistas; en segundo lugar, todas ellas presuponen la afluencia de “capitales complementarios” del exterior, obtenidos de una u otra forma, como condición indispensable para la formación de esos Estados.

Pero sería todavía más equivocado, basándose en ello, confundirlas y meterlas en un mismo saco, sin comprender que, a pesar de todo, las tres vías de desarrollo presuponen tres métodos distintos de formación de Estados capitalistas industriales; que cada una de esas vías imprime su sello especial en la fisonomía de dichos Estados. ¿Qué le resta por hacer al Estado Soviético si las viejas vías de industrialización del país son para él inaceptables y sigue aún excluida la afluencia de nuevos capitales en condiciones que no sean leoninas? Queda una vía nueva de desarrollo, una vía no recorrida aún enteramente por otros países, la vía del desarrollo de la gran industria sin créditos del exterior, la vía de la industrialización del país sin la afluencia obligatoria de capital extranjero: la vía que trazó Lenin en el artículo “Más vale poco y bueno”. “Debemos tratar de construir un Estado -dice Lenin- en el que los obreros conserven su dirección sobre los campesinos, en el que conserven la confianza de éstos y en el que aplicando el más severo régimen de economías, eliminen de sus relaciones sociales hasta el menor indicio de gastos superfluos. Debemos reducir nuestro aparato estatal, economizando hasta el máximo... Si conservamos la dirección de la clase obrera sobre los campesinos, obtendremos la posibilidad, mediante un régimen de economías llevado al grado superlativo en nuestro país, de lograr que todo ahorro, por nimio que sea; se conserve para el desarrollo de nuestra gran industria mecanizada,

para el desarrollo de la electrificación... Sólo entonces -sigue Lenin- estaremos en condiciones, hablando en sentido figurado, de apearse de un caballo para montar otro, es decir, de desmontar el mísero caballo campesino, el caballo del mujik, el caballo del régimen de economías calculado para un país campesino arruinado, para montar un caballo que el proletariado busca y no puede dejar de buscar para sí: el caballo de la gran industria mecanizada, de la electrificación, de la central hidroeléctrica del Vóljov, etc.” (v, t. XXVII, pág. 417). Tal es la vía por la que nuestro país ha entrado ya y que debe recorrer para desarrollar su gran industria y convertirse en un poderoso Estado industrial del proletariado. Esa vía, como señalaba yo antes, no la han experimentado los Estados burgueses. Pero eso no significa, ni mucho menos, que sea imposible para el Estado proletario. Lo que en este caso es imposible o casi imposible para los Estados burgueses, es completamente hacedero para el Estado proletario. Ello es así, porque el Estado proletario posee en este sentido ventajas que los Estados burgueses no pueden ni podrán, quizás, tener. La tierra nacionalizada, la industria nacionalizada, el transporte y el crédito nacionalizados, el comercio exterior monopolizado, el comercio interior regulado por el Estado: todo ello son fuentes nuevas de “capitales complementarios” que pueden ser utilizados para el desarrollo de la industria de nuestro país y que nunca tuvo ningún Estado burgués.

Vosotros sabéis que el Poder proletario utiliza ya estas nuevas fuentes y otras semejantes para el desarrollo de nuestra industria. Vosotros sabéis que, siguiendo esta vía, hemos conseguido ya ciertos éxitos de bastante importancia. Por eso, esta vía de desarrollo, imposible para los Estados burgueses, es perfectamente posible para el Estado proletario, a pesar de todas las dificultades y pruebas por que atraviesa. Debemos señalar, además, que el hecho de que hoy no afluyan de fuera capitales en condiciones no leoninas no puede ser algo eterno y absoluto. Vosotros sabéis que ha empezado ya cierta afluencia de capital de fuera a nuestro país. Difícilmente puede dudarse de que esa afluencia irá en aumento a medida que crezca y se vigorice nuestra economía nacional. Eso es lo que puede responderse a la primera interpretación de la pregunta. Pasemos a la segunda interpretación. ¿Es posible la edificación de la economía socialista en nuestro país sin la victoria previa del socialismo en los principales países de Europa, sin la ayuda directa, en maquinaria y otro utillaje, por parte del proletariado europeo victorioso? Antes de pasar a esta pregunta, a la que, dicho sea de paso, he contestado ya al principio del discurso, querría disipar una confusión muy extendida, ligada con el problema que nos ocupa.

La confusión es que ciertos camaradas propenden a identificar el problema de “reequipar y ampliar el capital fijo de la gran industria” con el de la edificación de la economía socialista en nuestro país. ¿Podemos aceptar esa identificación? No, no podemos. ¿Por qué? Porque el primer problema es de un volumen más reducido que el segundo. Porque el primer problema, la ampliación del capital fijo de la industria, no abarca sino a parte de la economía nacional, a la industria, mientras que el problema de la edificación de la economía socialista abarca a toda la economía nacional, es decir, tanto a la industria como a la agricultura. Porque el problema de la edificación del socialismo es un problema de organización de la economía nacional en su conjunto, un problema de combinación acertada de la industria y la agricultura, mientras que, hablando en rigor, la ampliación del capital fijo de la industria no toca siquiera este problema. Podemos imaginarnos que el capital fijo de la industria ya se reequipa y amplía, pero eso no significa, ni mucho menos, que, por ello, se haya resuelto el problema de la edificación de la economía socialista. La sociedad socialista es una cooperativa de producción y consumo de los trabajadores de la industria y de la agricultura.

Si en esa cooperativa la industria no está ligada con la agricultura, que proporciona materias primas y productos alimenticios y absorbe artículos industriales, si la industria y la agricultura no forman, de este modo, un todo económico único, en ese caso no tendremos ningún socialismo. Por eso, las relaciones entre la industria y la agricultura, las relaciones entre el proletariado y el campesinado constituyen el problema principal de la edificación de la economía socialista. Por eso, no se pueden identificar el problema del reequipamiento y la ampliación del capital fijo de la gran industria con la edificación de la economía socialista. Así, pues, ¿es posible la edificación de la economía socialista en nuestro país sin la victoria previa del socialismo en otros países, sin la ayuda directa, en maquinaria y otro utillaje, por parte del proletariado occidental victorioso? Sí, es posible. Y no sólo es posible, sino que es necesaria e inevitable. Ello es así porque edificamos ya el socialismo desarrollando la industria nacionalizada y ligándola con la agricultura, fomentando en la aldea la cooperación e incorporando la economía campesina al sistema general del desarrollo soviético, vivificando los Soviets y fundiendo el aparato estatal con masas de millones de seres, construyendo la nueva cultura y creando una nueva vida social. No cabe duda de que en este camino hay infinidad de dificultades, de que

habremos de sufrir muchas pruebas. No cabe duda de que esta empresa sería extraordinariamente más fácil si viniese a tiempo en ayuda la victoria del socialismo en el Occidente. Pero, en primer lugar, la victoria del socialismo en el Occidente no “se hace” tan rápidamente, como nosotros querríamos y, en segundo lugar, las dificultades de que hablo, pueden vencerse y ya las estamos venciendo, como es notorio. A todo esto me he referido ya al comienzo de mi discurso. Antes lo había hecho en mi informe ante el activo de Moscú*. Y todavía con anterioridad hablé de ello en mi “Prefacio” al libro “Camino de Octubre”. Decía yo que la negación de las posibilidades socialistas de nuestro país es liquidacionismo conducente a la degeneración del Partido. No merece la pena repetir ahora lo que ya se ha dicho varias veces. Por eso os remito a las obras de Lenin, donde encontraréis suficientes datos y afirmaciones al particular. Únicamente querría decir unas palabras acerca de la historia del asunto y de su importancia para el Partido en el momento actual. Si se prescinde de la discusión: de 1905-1906, el problema de la edificación del socialismo en un solo país fue planteado por vez primera en el Partido, durante la guerra imperialista, en 1915. Se sabe que Lenin formuló entonces por primera vez la tesis acerca de que “es posible que la victoria del socialismo” empiece “por un solo país capitalista” (v. t.

XVIII, pág. 232). Era aquél el período de viraje, de la revolución democrático-burguesa, a la revolución socialista. Se sabe que Trotski puso ya entonces en tela de juicio esta tesis de Lenin, manifestando: “no hay ningún fundamento para suponer... que la Rusia revolucionaria, por ejemplo, podría sostenerse frente a la Europa conservadora”. (v. obras de Trotski, t. III, parte I, pág. 90). En 1921, después de la Revolución de Octubre y de la guerra civil, cuando las cuestiones de la edificación pasaban al orden del día, la cuestión de la posibilidad de edificar el socialismo surgió de nuevo en el Partido. Fue el período en que el viraje hacia la “nueva política económica” era tenido por ciertos camaradas como renuncia a las tareas socialistas, como renuncia a la edificación socialista. Es sabido que Lenin, en su folleto “Sobre el impuesto en especie”, definió entonces el viraje hacia la “nueva política económica” como una condición necesaria para ligar la industria con la economía campesina, como una condición para sentar los cimientos de la economía socialista, como una ruta a seguir para la feliz edificación del socialismo. Eso fue en abril de 1921. Como respondiendo a ello, Trotski expuso en enero de 1922, en el prefacio a su libro “1905”, una tesis diametralmente opuesta sobre la edificación socialista en nuestro país, manifestando que “las

* Véase el presente tomo. (N. de la Red.) contradicciones en la situación del gobierno obrero en un país atrasado, en el que la mayoría aplastante de la población está compuesta de campesinos, podrán ser solucionadas sólo en el plano internacional, en la palestra de la revolución mundial del proletariado”. Un año más tarde (en 1922), de nuevo se contraponen la afirmación de Lenin, en el Pleno del Soviet de Moscú, acerca de que “de la Rusia de la Nep saldrá la Rusia socialista”, y la afirmación de Trotski, en el epílogo a “El programa de la paz”, de que “el verdadero auge de la economía socialista en Rusia no será posible más que después de la victoria del proletariado en los países más importantes de Europa”. Finalmente, al cabo de otro año, poco antes de su fallecimiento, Lenin vuelve de nuevo a este tema en el artículo “Sobre la cooperación” (mayo de 1923), manifestando que en nuestro país, en la Unión Soviética, hay “todo lo imprescindible para edificar la sociedad socialista completa”. Tal es, en resumen, la historia de la cuestión. Esta breve reseña histórica evidencia ya que el problema de la edificación del socialismo en nuestro país es uno de los problemas más importantes en la labor práctica de nuestro Partido. No será necesario demostrar que Lenin no habría vuelto repetidas veces sobre él, de no considerarlo uno de los más importantes de nuestra labor práctica.

Posteriormente, el desarrollo de nuestra economía, la agudización en ella de la lucha entre los elementos del socialismo y los del capitalismo, y en particular la estabilización temporal del capitalismo, no han hecho sino acentuar y elevar la importancia de la cuestión de la posibilidad de edificar el socialismo en nuestro país. ¿En qué reside la importancia de este problema desde el punto de vista de la labor práctica del Partido? En que afecta a la perspectiva de nuestra edificación, sus tareas y sus fines. No es posible edificar de veras si no se sabe para qué se edifica. No es posible avanzar ni un paso sin saber la dirección en que uno ha de moverse. El problema de la perspectiva es importantísimo para nuestro Partido, acostumbrado a tener ante sí un objetivo claro y concreto. Uno de los problemas cardinales de hoy día es el de si edificamos para llegar al socialismo, confiando en la victoria de la edificación del socialismo, o edificamos al azar, a ciegas para, “en espera de la revolución socialista en todo el mundo”, abonar el terreno a la democracia burguesa. No es posible trabajar ni edificar de veras sin tener una clara respuesta a esta clara pregunta. Cientos y miles de funcionarios del Partido, de funcionarios de los sindicatos y de las cooperativas, de dirigentes de la economía y de la labor cultural, de militares y de komsomoles se vuelven hacia nosotros, nos

preguntan, le preguntan a nuestro Partido: ¿cuál es el objetivo de nuestro trabajo?, ¿para qué edificamos? Y ¡ay de los dirigentes que no sepan o no quieran dar a esta pregunta una respuesta clara y concreta, que empiecen a salirse por la tangente y a mandar a la gente de Herodes a Pilatos, hundiendo en un escepticismo intelectualoide las perspectivas socialistas de nuestra edificación! La gran importancia del leninismo reside, entre otras cosas, en que no admite la edificación al azar, en que no concibe la edificación sin perspectiva, en que, tocante a la perspectiva de nuestro trabajo, da una respuesta clara y precisa, diciendo que tenemos todo lo necesario para edificar la economía socialista en nuestro país, que podemos y debemos edificar la sociedad socialista completa. Eso es lo que hay en cuanto a la posibilidad de la edificación de la economía socialista. Otra cuestión es la de si lograremos infaliblemente edificar la economía socialista. Eso no depende sólo de nosotros. Depende también de la fuerza y la debilidad de nuestros enemigos y nuestros amigos de fuera del país. La edificaremos si nos dejan hacerlo, si conseguimos prolongar el período de “tregua”, si no hay una intervención de importancia, si la intervención no sale victoriosa, si la fuerza y el poderío del movimiento revolucionario internacional, de una parte, y la fuerza y el poderío de nuestro propio país, de otra, son lo suficientemente grandes, como para hacer imposible un intento serio de intervención. Y, al contrario, no la edificaremos si nos aplastan con una intervención victoriosa. Eso es lo que puede responderse a la novena pregunta. Pasemos a la última.

10. Señale las mayores dificultades con que tropezará la labor de edificación que realizan el Partido y los Soviets, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones entre el Partido y la clase obrera y la clase obrera y el campesinado, con motivo de la estabilización y dado el retraso de la revolución mundial. Esas dificultades, si tomamos en consideración las principales, son, para mí, cinco. El papel de la estabilización del capitalismo consiste en que las acentúa un tanto. Primera dificultad. Es la derivada del peligro de intervención armada extranjera. Eso no significa que nos encontremos ante el peligro inmediato de intervención, que los imperialistas estén ya dispuestos y completamente preparados para invadir sin dilación nuestro país. Para ello, el imperialismo debería ser, por lo menos, tan poderoso como era, por ejemplo, antes de la guerra, lo que no ocurre en la realidad, como es notorio. La actual guerra de Marruecos y la intervención en China, ensayos de futuras guerras e intervenciones, son prueba evidente de que las espaldas del imperialismo son hoy débiles. No se trata, pues, de una intervención inmediata, sino de que, mientras exista él cerco capitalista, existirá el peligro de intervención en general, y mientras exista el peligro de intervención, nos veremos obligados a mantener, con fines de defensa, un ejército y una marina que consumen anualmente cientos de millones de rublos. ¿Y qué significa la inversión anual de cientos de millones de rublos en el ejército y la marina? Significa la reducción correspondiente de los gastos destinados a la labor de edificación cultural y económica. Huelga decir que, si no existiese el peligro de intervención, podríamos dedicar esa suma, o por lo menos gran parte de ella, a fortalecer la industria, a mejorar la agricultura, a implantar, por ejemplo, la enseñanza primaria general obligatoria, etc.

De ahí las dificultades que en la esfera del trabajo constructivo se desprenden del peligro de intervención. El rasgo característico de esta dificultad, a diferencia de todas las demás, es que vencerla no depende sólo de nosotros; que únicamente puede ser vencida con los esfuerzos conjuntos de nuestro país y del movimiento revolucionario de todos los países restantes. Segunda dificultad. Es la ligada a las contradicciones entre el proletariado y el campesinado. Ya me he referido a ellas al examinar el punto de la lucha de clases en el campo. No hay necesidad alguna de repetir lo dicho. Esas contradicciones se manifiestan en la política de precios de los productos agrícolas y de los artículos industriales, en el impuesto agrícola, en la administración del campo, etc. Tenemos aquí el peligro de que se desbarate la ligazón entre el proletariado y el campesinado y de que se desacredite la idea de la dirección de este último por el primero. De ahí la dificultad ligada con este peligro. El rasgo característico de esta dificultad, a diferencia de la anterior, es que puede ser vencida con nuestras fuerzas interiores. La nueva orientación en el campo: tal es la vía necesaria para vencerla. Tercera dificultad. Es la ligada a las contradicciones nacionales dentro de nuestra Unión, a las contradicciones entre el “centro” y las “regiones periféricas”. Esas contradicciones provienen de la desigualdad de las condiciones económicas y culturales de desarrollo del “centro” y de las “regiones periféricas”, provienen del atraso de las últimas con relación al primero. Si las contradicciones políticas en este terreno pueden considerarse ya eliminadas, las contradicciones culturales y, particularmente, las económicas no hacen más que cristalizar y tomar forma ahora, por lo que todavía hay que eliminarlas. A este particular, el peligro es doble: por un lado, el peligro de una altivez de nación dominante y de arbitrariedad

burocrática de las instituciones centrales de la Unión que no quieran o no sepan manifestar la necesaria sensibilidad en cuanto a las demandas de las repúblicas nacionales, y, por otro lado, el peligro de desconfianza nacional y de aislamiento nacional de las repúblicas y las regiones respecto del “centro”. Luchar contra esos peligros, particularmente contra el primero de ellos: tal es la vía para vencer las dificultades en la esfera de la cuestión nacional. El rasgo característico de esta dificultad es que, como la segunda, puede ser vencida con las fuerzas interiores de la Unión. Cuarta dificultad. Es la ligada al peligro de que el aparato estatal se distancie del Partido, al peligro de que se debilite la dirección del aparato estatal por el Partido. He hablado ya de esto al examinar los peligros de degeneración del Partido. No creo que haga falta repetir lo dicho. Este peligro lo fomentan los elementos burocráticos y burgueses que hay en el aparato estatal. Lo incrementa y agudiza el crecimiento de este aparato y la elevación de su peso específico. La tarea reside en reducir todo lo posible el aparato estatal, en depurarlo sistemáticamente de elementos de burocratismo y de descomposición burguesa, en distribuir las fuerzas dirigentes del Partido, en los puntos fundamentales del aparato estatal y asegurar de tal modo en éste el papel dirigente del Partido.

El rasgo característico de esta dificultad es que, como la tercera, puede ser vencida con nuestras propias fuerzas. Quinta dificultad. Consiste en el peligro de que las organizaciones del Partido y los sindicatos se distancien, en parte de las grandes masas de la clase obrera, de las necesidades y las demandas de estas masas. Surge y aumenta este peligro a causa de la preponderancia de elementos burocráticos en numerosos organismos del Partido y de los sindicatos, sin exceptuar las células y los comités sindicales de empresa. Este peligro se ha incrementado últimamente con motivo de la consigna “de cara al campo”, que ha desplazado de la ciudad a la aldea, del proletariado al campesinado, la atención de nuestras organizaciones, siendo de advertir que muchos camaradas no han comprendido que, al volverse de cara al campo, no se debe dar la espalda al proletariado; que la consigna “de cara al campo” puede únicamente realizarse a través del proletariado y por el proletariado; que la falta de atención a las demandas de la clase obrera no puede sino ahondar el peligro de que las organizaciones del Partido y de los sindicatos se distancien de las masas obreras.

¿Cuáles son los síntomas de ese peligro? En primer lugar, la pérdida de sensibilidad y la poca atención de nuestras organizaciones del Partido y de los sindicatos en cuanto a las demandas y las necesidades de las grandes masas de la clase obrera; en segundo lugar, la incomprensión de que en los obreros se ha elevado el sentimiento de su propia dignidad y la conciencia de que son la clase dominante; de que los obreros no comprenderán una actitud burocrática, oficinesca, de las organizaciones del Partido y de los sindicatos y no transigirán con ella; en tercer lugar, la incomprensión de que no se puede acudir a los obreros con disposiciones precipitadas, de que el centro de gravedad no está ahora en esas “medidas”, sino en conquistar para el Partido la confianza de toda la clase obrera; en cuarto lugar, la incomprensión de que no se puede aplicar medidas más o menos amplias (por ejemplo, atender tres máquinas en la zona de la industria textil) , que afecten a las masas obreras, sin una campaña previa entre los obreros, sin celebrar amplias reuniones de producción.

Resultado de todo ello es que algunas organizaciones del Partido y de los sindicatos se alejan de las grandes masas de la clase obrera y que surgen conflictos en las empresas. Como se sabe, los recientes conflictos registrados en la zona de la industria textil han puesto de relieve todas esas lacras en muchas organizaciones del Partido y de los sindicatos. Tales son los rasgos característicos de la quinta dificultad en la ruta de nuestra edificación. Para vencer esas dificultades, es necesario, ante todo, limpiar nuestras organizaciones del Partido y de los sindicatos de elementos patentemente burocráticos, iniciar la renovación de los comités sindicales de empresa, vivificar sin falta las reuniones de producción, desplazar el centro de gravedad de la labor del Partido a las grandes células de producción y enviar a ellas a los mejores funcionarios del Partido. Más atención y comprensión cuando se trata de las demandas y necesidades de la clase obrera, menos formalismo burocrático en la labor práctica de nuestras organizaciones del Partido y de los sindicatos, más sensibilidad y más atención hacia el sentimiento de dignidad de clase de los obreros: tal es ahora la tarea. Eso es lo que puede responderse a la décima pregunta.

Publicado el 21, el 24, el 25 y el 28 de junio de 1925 en los núms. 139, 141, 142 y 145 de “Pravda”.