Informe ante el activo de la organización de Leningrado sobre las labores del Pleno del C.C. del P.C.(b) de la U.R.S.S.51, 13 de abril de 1926. Camaradas: Con vuestro permiso, voy a dar comienzo a mi informe. Cuatro puntos figuraban en el orden del día del Pleno de abril del C.C. de nuestro Partido. Primer punto: la situación económica de nuestro país y la política económica de nuestro Partido. Segundo punto: la reorganización de nuestros organismos de acopio de cereales con vistas a su simplificación y abaratamiento. Tercer punto: el plan de trabajo del Buró Político de nuestro C.C. y del pleno del C.C. para 1926 desde el punto de vista del estudio de las cuestiones nodulares fundamentales de nuestra edificación económica. Cuarto punto: la sustitución del Secretariado del C.C. Evdokímov por otro candidato, el camarada Shvérnik. Si prescindimos del último punto -la sustitución de un secretario por otro-, las demás cuestiones, que han constituido el eje principal de los debates en el Pleno del C.C., podrían ser reducidas a una fundamental, la situación económica de nuestro país y la política del Partido. Por eso me referiré en mi informe a una sola cuestión fundamental: la situación económica de nuestro país.

I. Dos periodos de la Nep. El hecho fundamentar que determina nuestra política consiste en que nuestro país, en su desarrollo económico, ha entrado en un nuevo período de la Nep, en un nuevo período de la nueva política económica, en el período de la industrialización directa. Han transcurrido cinco años desde que Vladímir Ilich proclamara la nueva política económica. La tarea fundamental que teníamos entonces ante nosotros, ante el Partido, consistía en echar los cimientos socialistas de nuestra economía nacional en las condiciones de la nueva política económica, en las condiciones del comercio en amplia escala. Esta tarea estratégica continúa siendo para nosotros la fundamental. Entonces, en el primer período de la Nep, a partir de 1921, abordamos esta tarea fundamental desde el punto de vista del desarrollo de la agricultura, ante todo. El camarada Lenin decía: nuestra tarea es echar los cimientos socialistas de la economía nacional; ahora bien, para echar tales cimientos, es necesario tener una industria desarrollada, pues la industria es la base, el principio y el fin del socialismo, de la edificación socialista, y para desarrollar la industria es preciso comenzar por la agricultura. ¿Por qué? Porque para desarrollar la industria en aquella situación de ruina económica por qué atravesábamos entonces, era necesario crear, ante todo, ciertas premisas para la industria en la esfera del mercado, de las materias primas y de los productos alimenticios.

No se puede desarrollar la industria a partir de la nada; no se puede desarrollar la industria si no hay materias primas en el país, si no hay productos alimenticios para los obreros y si no hay una agricultura un tanto desarrollada., que es el mercado fundamental para nuestra industria. En consecuencia, para desarrollar la industria debíamos tener, por lo menos, tres premisas: primero, un mercado interior, que en nuestro país es, por ahora, fundamentalmente campesino; segundo, debíamos tener una producción más o menos desarrollada de materias primas en la agricultura (remolacha, lino, algodón, etc.); y, tercero, era necesario que el campo pudiera destinar un mínimo de productos agrícolas para abastecer a la industria, para abastecer a los obreros. Por eso Lenin decía que, para echar los cimientos socialistas de nuestra economía, para edificar la industria, debíamos comenzar por la agricultura. Entonces eran muchos los que no creían en esto. Quien más objeciones hizo a este respecto en aquel entonces fue la llamada “oposición obrera”. ¿Cómo puede ser -decía- que nuestro Partido, que se llama partido obrero, comience por la agricultura el desarrollo de la economía? ¿Cómo se explica eso?, preguntaba. También objetaban entonces otros oposicionistas, quienes consideraban que se podía construir la industria en cualesquiera condiciones, incluso a partir de la nada, sin tener en cuenta las posibilidades reales. Pero la historia del desarrollo económico de nuestro país, durante ese período, ha demostrado palmariamente que el Partido llevaba razón, que para echar los cimientos socialistas de

nuestra economía, para desarrollar la industria, había que comenzar por la agricultura. Tal fue el primer período de la nueva política económica. Ahora hemos entrado en el segundo período de la Nep. Lo más importante y lo más característico del estado de nuestra economía consiste ahora en que el centro de gravedad se ha desplazado hacia la industria. Si entonces, en el primer período de la nueva política económica, necesitábamos comenzar por la agricultura, ya que su estado era un obstáculo para el desarrollo de toda la economía nacional, ahora, para continuar echando los cimientos socialistas de nuestra economía, para hacer avanzar la economía en su conjunto, es necesario concentrar la atención precisamente en la industria. Ahora, la agricultura misma ya no puede avanzar si no se le proporcionan a tiempo máquinas agrícolas, tractores, artículos industriales, etc. Por eso, si entonces, en el primer período de la nueva política económica, el desarrollo de la economía nacional en su conjunto tropezaba con el obstáculo que representaba el estado de la agricultura, ahora tropieza -ha tropezado ya- con la necesidad de desarrollar directamente la industria.

II. Rumbo a la industrialización. Tal es la esencia y el sentido fundamental de la consigna del rumbo a la industrialización del país, proclamada en el XIV Congreso del Partido y ahora en vías de realización. De esta consigna fundamental ha partido en su trabajo el Pleno del Comité Central de abril de este año. Por tanto, la tarea inmediata y básica consiste ahora en acrecentar el ritmo del desarrollo de nuestra industria, en hacer avanzar a todo tren nuestra industria, utilizando los recursos existentes, y acelerar así el desarrollo de toda la economía. Esta tarea adquiere precisamente ahora, en estos momentos, un carácter particularmente agudo, entre otras razones porque, debido al modo como se ha desarrollado nuestra economía, se ha producido cierta desproporción entre la demanda de artículos industriales en la ciudad y en el campo y la oferta de estos artículos por parte de la industria, porque la demanda de artículos industriales aumenta con más rapidez que la misma industria, porque el hambre de mercancías existente es, con todas las consecuencias derivadas de ella, expresión y resultado de esa desproporción. No creo que haya necesidad de demostrar que el rápido desarrollo de nuestra industria es el medio más seguro de eliminar esa desproporción y de poner fin al hambre de mercancías. Algunos camaradas creen que la industrialización es, en general, el desarrollo de cualquier industria. No faltan incluso extravagantes para quienes Iván el Terrible era ya un industrializador, porque en su época creó ciertos gérmenes de industria. Puestos en ese camino, tendríamos que llamar a Pedro el Grande el primer industrializador. Naturalmente, eso no es verdad. No todo desarrollo de la industria es industrialización.

El centro de la industrialización, su base, es el desarrollo de la industria pesada (combustible, metal, etc.), el desarrollo, en resumidas cuentas, de la producción de medios de producción, el desarrollo de la construcción de maquinaria, la industrialización no sólo se propone aumentar la parte de la industria en toda nuestra economía nacional, sino que, además, tiene por fin asegurar en ese desarrollo la independencia económica de nuestro país, que está rodeado de Estados capitalistas, y evitar que se vea convertido en un apéndice del capitalismo mundial. El país de la dictadura del proletariado, situado dentro del cerco capitalista, no puede conservar la independencia económica si él mismo no produce instrumentos y medios de producción, si se estanca, en su desarrollo, en un punto que le obligue a mantener su economía nacional atada a los países capitalistas desarrollados, productores y exportadores de instrumentos y medios de producción. Estancarse en ese punto significa someterse al capital mundial. Tomad, por ejemplo, la India. Todos saben que la India es una colonia. ¿Hay industria en la India? No cabe duda de que hay. ¿Se desarrolla? Sí, se desarrolla. Pero en la India se desarrollar una industria que no produce instrumentos ni medios de producción. Los instrumentos de producción los importa de Inglaterra. Por eso (aunque, naturalmente, no sólo por eso), la industria de la India está sometida enteramente a la industria inglesa. Es un método especial del imperialismo: consistente en desarrollar en las colonias la industria de modo que esté atada a la metrópoli, al imperialismo. Ahora bien, de esto se infiere que la industrialización de nuestro país no puede limitarse al desarrollo de cualquier industria, al desarrollo, pongamos por caso, de la industria ligera, aunque la industria ligera y su desarrollo sean, para nosotros absolutamente indispensables. De esto se infiere que la industrialización debe comprenderse, ante todo, como desarrollo, en nuestro país, de la industria pesada y, en particular, como desarrollo de nuestra propia construcción de maquinaria, centro neurálgico de la industria en general. De otra manera, no hay ni que hablar de asegurar la independencia económica de nuestro país.

III. Cuestiones de la acumulación socialista. Sin embargo, camaradas, para hacer avanzar la industrialización, es necesario renovar las viejas instalaciones de nuestras fábricas y construir fábricas nuevas. El período de desarrollo de nuestra industria en que nos encontramos ahora se caracteriza por el hecho de que utilizamos ya a plena capacidad las

viejas fábricas que nos dejaron los capitalistas del período zarista, y, actualmente, para seguir avanzando, hay que mejorar la maquinaria, hay que reequipar las viejas fábricas y construir otras nuevas. Sin estas medidas, hoy día es imposible avanzar. Ahora bien, para renovar nuestra industria sobre la base de nueva maquinaria, necesitamos capitales grandes, capitales muy grandes, camaradas. Y, como todos sabéis, tenemos pocos capitales. Este año conseguiremos dedicar algo más de ochocientos millones al problema fundamental de las inversiones básicas para la industria. Es poco, naturalmente. Pero, con todo, es algo. Es nuestra primera inversión seria en nuestra industria. Digo que es poco porque nuestra industria podría absorber fácilmente una suma varias veces mayor. Necesitamos hacer avanzar nuestra industria. Necesitamos ampliar nuestra industria al ritmo más rápido posible y duplicar, triplicar el número de obreros. Necesitamos convertir nuestro país, que es un país agrario, en un país industrial, y cuanto antes mejor. Ahora bien, para ello se requieren grandes capitales. Por eso, el problema de la acumulación para el desarrollo de la industria, el problema de la acumulación socialista, reviste ahora para nosotros primordial importancia.

¿Podemos asegurar a nuestra industria, estamos en condiciones de asegurar a nuestra industria la acumulación y las reservas necesarias para tomar el rumbo a la industrialización, para la victoria de la edificación socialista en nuestro país, teniendo que valemos de nuestros propios medios, sin empréstitos exteriores, sobre la base de las fuerzas interiores de nuestro país? El asunto es serio y hay que dedicarle particular atención. La historia conoce diversos métodos de industrialización. Inglaterra se industrializó por el procedimiento de expoliar a las colonias durante decenios y siglos enteros, acumulando en ellas capitales “complementarios”, colocándolos en su industria y acelerando así el ritmo de su industrialización. Este es uno de los métodos de industrialización. Alemania aceleró su industrialización como resultado de la guerra victoriosa contra Francia en los años del 70 del siglo pasado, cuando invirtió en su industria los cinco mil millones de francos que en concepto de contribución de guerra obligó a pagar a los franceses. Este es el segundo método de industrialización. Estos dos métodos nos están vedados, pues somos el País de los Soviets y la expoliación de las colonias y las anexiones militares con fines de saqueo son incompatibles con la naturaleza del Poder Soviético. Rusia, la vieja Rusia, otorgaba concesiones y recibía empréstitos en condiciones leoninas, esforzándose así por emprender gradualmente el camino de la industrialización.

Este es el tercer método. Pero ése era el camino del sojuzgamiento o del semisojuzgamiento, el camino de la transformación de Rusia en semicolonia. Este camino también está vedado para nosotros, pues no hemos sostenido una guerra civil de tres años, rechazando a los intervencionistas de toda laya, para luego, una vez vencidos los intervencionistas, aceptar voluntariamente el sojuzgamiento imperialista. Queda un cuarto camino de industrialización, el camino de los propios ahorros para las necesidades de la industria, el camino de la acumulación socialista, señalado reiteradamente por el camarada Lenin como el único camino de industrialización de nuestro país. Así, pues, ¿es posible la industrialización de nuestro país sobre la base de la acumulación socialista? ¿Tenemos suficientes fuentes de acumulación socialista para asegurar la industrialización? Sí, es posible. Sí, tenemos esas fuentes. Podría mencionar un hecho como la expropiación de los terratenientes y de los capitalistas en nuestro país a consecuencia de la Revolución de Octubre, la abolición de la propiedad privada de la tierra, de las fábricas, etc. y su paso a propiedad de todo el pueblo. No creo que haya necesidad de demostrar que este hecho ofrece una fuente de acumulación harto cuantiosa.

Podría mencionar, además, un hecho como la anulación de las deudas del zarismo, que ha liberado a nuestra economía nacional de deudas que sumaban miles de millones de rublos. No debe olvidarse que, de subsistir estas deudas, tendríamos que pagar anualmente, tan sólo de réditos; varios centenares de millones, en perjuicio de la industria y de toda nuestra economía nacional. Huelga decir que esta circunstancia ha supuesto un gran alivio para nuestra acumulación. Podría señalar nuestra industria nacionalizada, que se ha puesto en pie, que se desarrolla y que rinde cierto beneficio, necesario para proseguir el fomento de la industria. Esta es también una fuente de acumulación. Podría señalar nuestro comercio exterior nacionalizado, que rinde cierto beneficio y que constituye, por tanto, una fuente de acumulación. Se podría, citar nuestro comercio interior estatal, más o menos organizado, que también rinde cierto beneficio y que constituye, por tanto, una fuente de acumulación. Se podría señalar un resorte de acumulación como nuestro sistema bancario nacionalizado, que rinde cierto beneficio y que nutre, en la medida de sus fuerzas, a nuestra industria. Por último, tenemos un instrumento como el Poder del Estado, que dispone del presupuesto público y que reúne un poco de dinero para el

desarrollo de la economía nacional en general, y de nuestra industria en particular. Tales son, en lo fundamental, las fuentes principales de nuestra acumulación interior. Son interesantes en el sentido de que nos permiten crear las reservas necesarias, sin las cuales es imposible la industrialización de nuestro país. Pero la posibilidad no es todavía la realidad, camaradas. Una gestión inepta puede alejar considerablemente la posibilidad de la acumulación de la verdadera acumulación. Por eso, las posibilidades, por sí solas, no pueden ser motivo de tranquilidad. Debemos convertir la posibilidad de la acumulación socialista en una acumulación verdadera, si, en efecto, pensamos crear las necesarias reservas para nuestra industria. Por eso cabe preguntar: ¿cómo debemos realizar la acumulación a fin de que sea provechosa para la industria?, ¿en qué puntos modulares de la vida económica debemos hacer hincapié ante todo, para convertir la posibilidad de la acumulación en verdadera acumulación socialista? Existen diversos canales de acumulación, de los que convendría señalar, por lo menos, los principales. Primero. Es necesario que los excedentes de la acumulación en el país no se desperdiguen, sino que se concentren en nuestras instituciones de crédito - cooperativas y del Estado-, así como mediante empréstitos interiores, a fin de utilizarlos, ante todo, para las necesidades de la industria.

Está claro que los imponentes deben percibir ciertos réditos. No se puede decir que en esta esfera las cosas marchen más o menos satisfactoriamente. Pero es indudable que tenemos planteado, como problema inmediato, que debemos resolver a todo trance, el problema de mejorar nuestra red de crédito, de elevar ante los ojos de la población el prestigio de las instituciones de crédito, de organizar los empréstitos interiores. Segundo. Es necesario cerrar cuidadosamente todas las vías y rendijas por donde parte de los excedentes de la acumulación en el país se escapa para ir a parar a los bolsillos del capital privado, en detrimento de la acumulación socialista. Para ello es necesario practicar una política de precios que no origine desnivel entre los precios al por mayor y los precios al detall. Hay que adoptar todas las medidas precisas para rebajar los precios al detall de los artículos industriales y de los productos agrícolas, a fin de detener, por lo menos, reducir al mínimo el flujo de los excedentes de la acumulación al bolsillo del empresario privado. Esta es una de las cuestiones más importantes de nuestra política económica. De aquí arranca uno de los graves peligros, tanto para nuestra acumulación como para el chervonets. Tercero. Es necesario que en la misma industria, que en cada una de sus ramas se acumulen determinadas reservas para la amortización de las empresas, para su ampliación y para su desarrollo.

Este asunto es necesario, absolutamente necesario, y hay que impulsarlo a todo trance. Cuarto. Es preciso que en manos del Estado se acumulen determinadas reservas, necesarias para preservar al país de eventualidades de todo género (mala cosecha), para alimentar a la industria, para respaldar a la agricultura, para desarrollar la cultura, etc. Ahora no se puede vivir ni trabajar sin reservas. Ni siquiera el campesino, con su pequeña hacienda, puede prescindir ahora de determinadas reservas. Tanto menos puede prescindir de ellas el Estado de un gran país. Necesitamos, ante todo, tener reservas en el comercio exterior. Necesitamos organizar nuestra exportación y nuestra importación de modo que en manos del Estado quede cierta reserva, determinado saldo favorable en el comercio exterior. Esto es completamente necesario, y no sólo para estar a salvo de contingencias en los mercados exteriores, sino también como medio para respaldar nuestro chervonets, por ahora estable, pero que puede tambalearse si no conseguimos un balance activo en el comercio exterior. Nuestra tarea consiste en incrementar las exportaciones, en adaptar nuestra importación a las posibilidades exportadoras. Nosotros no podemos decir, como se decía en los viejos tiempos: “Pasaremos hambre, pero exportaremos”. No podemos decirlo, porque los obreros y los campesinos quieren alimentarse como seres humanos, y nosotros les apoyamos plenamente en este sentido.

Pero, con todo, podríamos, sin daño para el consumo popular, adoptar todas las medidas precisas para aumentar nuestra exportación y para dejar en manos del Estado determinada reserva de divisas. Si en 1923 supimos pasar del papel moneda soviético a la divisa estable fue, entre otras cosas, porque teníamos, gracias al balance activo de nuestro comercio exterior determinada reserva de divisas. Si queremos respaldar nuestro chervonets, debemos seguir practicando el comercio exterior de modo que nos queden reservas de divisas, como una de las bases para nuestro chervonets. Necesitamos, además, disponer de ciertas reservas en el terreno del comercio interior. Me refiero, principalmente, a la creación de reservas de cereales en manos del Estado, a fin de intervenir en el mercado de estos productos para luchar contra el kulak y demás elementos que especulan con cereales y, suben desmesuradamente los precios de los productos agrícolas. Necesitamos tener esas reservas, siquiera sea para prevenir el peligro de encarecimiento artificial de la vida en los centros industriales, cosa que lesionaría el salario de los obreros. Necesitamos, en fin, una política de impuestos que haga recaer las cargas fiscales sobre los sectores pudientes y cree, al mismo tiempo, determinada reserva en manos del Estado en el terreno del

presupuesto público. La marcha de la realización de nuestro presupuesto público de cuatro mil millones demuestra que podemos obtener un superávit de unos cien millones o más. Hay camaradas a los que esta cifra parece exorbitante. Pero, al parecer, estos camaradas tienen débil la vista, porque, si no, habrían advertido que una reserva de cien millones para un país como el nuestro es una gota en el mar. Algunos piensan que no necesitamos esta reserva para nada. Pero ¿qué haríamos si se nos presentara este año una mala cosecha o cualquier otra calamidad? ¿Con qué fondos operaríamos? Ya se sabe que no nos prestan ni nos prestarán ayuda gratis. Por tanto, hay que tener una reservilla propia. Y si este año no ocurre nada inesperado, entregaremos esta reserva al fomento de la economía nacional y, ante todo, de la industria. No hay por qué intranquilizarse, que no se perderán en vano estas reservas. Tales son, camaradas, en términos generales, los puntos nodulares de nuestra vida económica sobre lo que se debe hacer hincapié ante todo, a fin de que la posibilidad de la acumulación interior en nuestro país para su industrialización pueda ser convertida en verdadera acumulación socialista.

IV. El acertado empleo de la acumulación. El régimen de economías. Pero la cosa no se limita ni puede limitarse sólo a la acumulación. Además, hay que saber gastar con sensatez y económicamente las reservas que se acumulan, a fin de que no se pierda un solo kopek del patrimonio popular, a fin de que los recursos acumulados vayan, en su empleo, por el cauce principal de la satisfacción de las demandas más importantes de la industrialización de nuestro país. Sin estas condiciones, corremos el riesgo de ver de pronto cómo se malversan los recursos acumulados, cómo se dispersan en gastos de todo género, pequeños y grandes, que no tienen nada que ver ni con el desarrollo de la industria, ni con el fomento de la economía nacional en su conjunto. Saber gastar los recursos con sensatez y económicamente es un importantísimo arte, que no se adquiere de buenas a primeras. No se puede decir que nosotros, que nuestros organismos de los Soviets y de las cooperativas, nos distingamos en este sentido por nuestros grandes aciertos. Al contrario, todos los hechos indican que, en este sentido, las cosas distan mucho de ser satisfactorias.

Es duro reconocerlo, camaradas, pero es un hecho, que ninguna resolución podrá encubrir. Hay veces que nuestros organismos administrativos se encuentran en la situación de aquel campesino que hizo unos ahorrillos y, en lugar de reparar con ellos el arado y de renovar su hacienda, se compró un gramófono enorme y... se arruinó. No hablo ya de casos de franca malversación de las reservas acumuladas, de casos de voracidad de diversos organismos de nuestro aparato estatal, de casos de latrocinio, etc. Por eso, es necesario que adoptemos diversas medidas, capaces de poner los recursos acumulados a salvo de atomizaciones, de malversaciones, de dispersiones por cauces innecesarios, de desviaciones del cauce principal de la construcción de nuestra industria. Es necesario, en primer lugar, que nuestros planes industriales no sean elucubraciones burocráticas, sino que se elaboren en estrecha relación con el estado de nuestra economía nacional, teniendo en cuenta los recursos y las reservas de nuestro país. En la planificación de la construcción industrial no se puede ir a la zaga del desarrollo de la industria.

Pero tampoco hay que adelantarse, perdiendo el contacto con la agricultura y haciendo caso omiso del ritmo de la acumulación en nuestro país. La base del desarrollo de nuestra industria reside en las demandas de nuestro mercado interior y en la cuantía de nuestros recursos. Nuestra industria descansa en el mercado interior. En este sentido, el desarrollo económico de nuestro país recuerda al desarrollo de los Estados Unidos de Norteamérica, cuya industria se desarrolló sobre la base del mercado interior, a diferencia de Inglaterra, que basa su industria, ante todo, en los mercados exteriores. En Inglaterra hay diversas ramas industriales que trabajan en un 40 o un 50% para los mercados exteriores. Los Estados Unidos, por el contrario, todavía se basan en su mercado interior, exportando a los mercados exteriores no más de un 10 o un 12% de su producción. La industria de nuestro país se apoyará, en mayor grado todavía que la de los Estados Unidos, en el mercado interior, y ante todo en el mercado campesino. Esa es la base pe la ligazón entre la industria y la economía campesina. Lo mismo cabe decir del ritmo de nuestra acumulación, de las reservas de que disponemos para el desarrollo de nuestra industria. Hay a quienes, en ocasiones, les gusta erigir fantásticos planes industriales, sin tener en cuenta nuestros recursos. La gente se olvida, a veces, de que no se pueden erigir planes industriales ni empresas “amplias” y “universales” de cualquier índole sin determinado mínimo de recursos, sin determinado mínimo de reservas. Se olvidan de esto y se adelantan. ¿Y qué significa adelantarse en la planificación industrial? Significa construir por encima de las disponibilidades. Significa, pregonar grandes planes, llevar a la producción a nuevas decenas de millares de obreros, alborotar, y luego, cuando se pone en claro que los recursos son insuficientes, licenciar, despedir a los obreros, sufriendo en todo esto colosales pérdidas, sembrando el desengaño en la construcción y promoviendo un escándalo político. ¿Acaso necesitamos esto? No camaradas, no lo necesitamos. Lo que necesitamos es no rezagamos del desarrollo de la industria ni adelantarnos a él. Lo

que necesitamos es ir al compás del desarrollo, impulsar a la industria sin arrancarla de su base. Nuestra industria es el principio rector de todo el sistema de nuestra economía nacional; la industria remolca, lleva hacia adelante a nuestra economía nacional, incluida la agricultura. La industria reorganiza a su imagen y semejanza a toda nuestra economía nacional, conduce tras sí a la agricultura, atrayendo al campesinado, a través de la cooperación, al cauce de la edificación socialista. Pero nuestra industria sólo puede cumplir con honor este papel dirigente y transformador en el caso de que no se desconecte de la agricultura, de que no haga caso omiso del ritmo de nuestra acumulación, de los recursos y las reservas de que disponemos. Los cuadros de mando de un ejército que se desconecten del ejército y pierdan el enlace con él, no serán tales cuadros de mando. De igual modo, la industria que se desconecte de la economía nacional en su conjunto y pierda el enlace con ella, no podrá ser el principió rector de la economía nacional. Por eso, una planificación industrial acertada y sensata es una de las condiciones necesarias del empleo adecuado de la acumulación. Es necesario, en segundo lugar, reducir y simplificar, abaratar y sanear, de arriba abajo, nuestro aparato estatal y cooperativo, las instituciones de los Comisariados del Pueblo y las que funcionan basándose en el principio del cálculo económico.

La hipertrofia de las plantillas y la voracidad inaudita de nuestros organismos administrativos, han pasado a ser la comidilla del día. Por algo Lenin repitió decenas y decenas de veces que los obreros y los campesinos no soportarían que nuestro aparato estatal fuese voluminoso y caro, que era preciso reducirlo y abaratarlo a todo trance, por todos los cauces, por todos los medios. Hay que poner, al fin, manos a la obra, de verdad, como bolcheviques, e implantar un severísimo régimen de economías. (Aplausos.) Hay que poner, al fin, manos a la obra, si no queremos seguir tolerando la atomización de nuestra acumulación, en perjuicio de la industria. Tomemos un ejemplo de la vida. Se dice que la exportación de nuestro trigo no es ventajosa, no es rentable. ¿Y por qué no es ventajosa? Porque el aparato de acopios gasta más de lo que debe en el acopio de trigo. Todos nuestros organismos de planificación han establecido que para el acopio de un pud de trigo basta con ocho kopeks. En la práctica ha sucedido que, en vez de gastar ocho kopeks por pud, se han gastado trece, o sea, cinco kopeks más. ¿Y cómo ha podido ocurrir eso? Pues ha ocurrido porque cada funcionario de acopios más o menos independiente, comunista o sin-partido -lo mismo da- , antes de realizar el acopio de trigo juzga necesario aumentar la plantilla de sus empleados, se rodea de un ejército de taquígrafas y mecanógrafas, se agencia sin falta un automóvil, amontona una porción de gastos improductivos, y luego, hechos los cálculos, resulta que la exportación no es rentable.

Si se tiene en cuenta que acopiamos centenares de millones de puds de trigo y que por cada pud pagamos un excedente de cinco kopeks, resultarán decenas de millones de rublos gastados en balde. Ahí es adonde van a parar los recursos que acumulamos, y ahí seguirán yendo a parar si no adoptamos severísimas medidas contra la voracidad de nuestro aparato estatal. Yo no he citado sino un ejemplo. Pero ¿quién ignora que tenemos centenares, millares de ejemplos análogos? El Pleno del Comité Central de nuestro Partido ha resuelto simplificar y abaratar nuestro aparato de acopios. Seguramente habréis leído ya, pues ha sido publicada en la prensa, la resolución del Pleno a este respecto. Aplicaremos esta resolución con todo rigor. Pero, camaradas, esto no basta. Esto es sólo un pequeño aspecto de la mala organización y de los defectos de nuestro aparato estatal. Debemos ir más allá y adoptar las medidas necesarias para reducir y abaratar, de arriba abajo, todo el aparato estatal, el de los Comisariados del Pueblo y el de las empresas que funcionan basándose en el principio del cálculo económico, todo el aparato cooperativo y toda la red comercial. Necesitamos, en tercer lugar, sostener una lucha resuelta contra las superfluidades de todo género en nuestros organismos administrativos y en nuestra vida cotidiana; contra ese modo criminal de tratar el patrimonio del pueblo y las reservas del Estado que se observa últimamente.

Ahora reina el desenfreno, una bacanal de festejos de toda índole, de reuniones solemnes, de aniversarios, de inauguración de monumentos, etc. En estos “asuntos” se gastan bonitamente centenares de miles de rublos. Tenemos tal nube de homenajeados de todo género y de amigos de festejos, es tan sorprendente la disposición a celebrar el primer semestre, el primer aniversario, el segundo aniversario, etc., que, en verdad, hacen falta decenas de millones de rublos para cubrir la demanda. Camaradas, hay que poner fin a esta relajación, indigna de comunistas. Ya es hora de comprender que, teniendo a las espaldas las necesidades de nuestra industria y ante la vista hechos como la masa de trabajadores en paro forzoso y de niños abandonados, no podemos permitir ese desenfreno y esa bacanal de despilfarros, no tenemos derecho a permitirlo. Lo más significativo es que entre los sin-partido se observa a veces mayor cuidado con los fondos de nuestro Estado que entre los comunistas. El comunista obra, en tales casos, con más audacia y desenvoltura. No le cuesta ningún trabajo distribuir subsidios entre diversos empleados, llamándolos pluses, aunque la cosa no tenga nada que ver con los pluses. No le cuesta ningún trabajo saltarse la ley,

bordearla, infringirla. El sin-partido es más prudente y comedido a este respectó. Esto se debe, quizá, a que el comunista considera, a veces, las leyes, el Estado y otras cosas semejantes como un asunto familiar. (Risas.) Precisamente por eso hay comunistas a quienes, en ocasiones, no les cuesta gran trabajo meterse como un cerdo (perdonad la expresión, camaradas) en la huerta del Estado y arramblar con lo que pueden o hacer gala de su prodigalidad a costa del Estado. (Risas.) Hay que poner fin, camaradas, a este escándalo. Hay que declarar una lucha resuelta contra el desenfreno y el despilfarro en nuestros organismos administrativos y en nuestra vida cotidiana, si queremos preservar verdaderamente los recursos acumulados para las necesidades de nuestra industria. Necesitamos, en cuarto lugar, sostener una lucha sistemática contra el latrocinio, contra el llamado latrocinio “alegre”, en los organismos de nuestro Estado, en las cooperativas, en los sindicatos, etc. Hay un latrocinio vergonzante, oculto, y hay un latrocinio desenfadado, “alegre”, como se le llama en la prensa.

Hace poco he leído en “Komsomólskaia Pravda”, un suelto de Okunev sobre el latrocinio “alegre”. Resulta que había un lechuguino, un jovenzuelo bigotito, que robaba alegremente en una de nuestras instituciones; robaba de un modo sistemático, sin darse punto de reposo, y robaba siempre con suerte. En este caso, es digno de atención no tanto el ladrón en sí, como el hecho de que la gente que lo rodeaba, conociéndole, lejos de salirle al paso, estaba dispuesta, por el contrarío, a darle palmaditas en la espalda y a encomiar su destreza, por lo cual el ladrón pasó a ser una especie de héroe a los ojos de la gente. Eso es lo que merece atención y eso es lo más peligroso, camaradas. Cuando se atrapa a un espía o a un traidor, la indignación de la gente no tiene límites y el pueblo exige el fusilamiento. Pero cuando un ladrón opera a la vista de todos, apoderándose de los bienes del Estado, la gente que lo rodea se limita a risitas bondadosas y a darle palmaditas en la espalda. Sin embargo, está claro que el ladrón que se apodera del patrimonio popular y atenta contra los intereses de la economía nacional, es lo mismo que un espía y un traidor, si no algo peor.

Naturalmente, se acabó por detener al pájaro en cuestión, al lechuguino del bigotito. Pero ¿qué significa detener sólo a un ladrón “alegre”? Ladrones cómo ese los hay a millares. Y la G.P.U. no basta para acabar con todos. En este caso, es necesaria otra medida, más eficaz y más seria. Esa medida consiste en crear alrededor de esos ladronzuelos una atmósfera de boicot moral general y de odio por parte de la gente que los rodea. Esa medida consiste en emprender una campaña y crear una atmósfera moral entre los obreros y los campesinos que eliminen toda posibilidad de latrocinio, que hagan imposible la vida y la existencia a los ladrones, a los malversadores “alegres” y “tristes” del patrimonio popular. La tarea es luchar contra el latrocinio, como uno de los procedimientos para preservar de las malversaciones a nuestra acumulación. Necesitamos, por último, emprender una campaña para acabar con las faltas injustificadas de asistencia al trabajo en las fábricas, para elevar la productividad del trabajo, para fortalecer la disciplina de trabajo en nuestras empresas.

Por culpa de las faltas injustificadas al trabajo se pierden para la industria centenares de miles de jornadas de trabajo. Por culpa de esto se pierden millones de rublos, en detrimento de nuestra industria. No podremos llevar adelante nuestra industria, ni podremos aumentar los salarios si no se pone término a las faltas injustificadas al trabajo, si la productividad del trabajo se estanca en un punto. Hay que explicar a los obreros, sobre todo a los que han entrado en las fábricas hace poco, que si faltan injustificadamente al trabajo y no elevan la productividad del trabajo, obran en perjuicio de la causa común, en perjuicio de toda la clase obrera, en perjuicio de nuestra industria. La tarea es luchar contra las faltas injustificadas, luchar por la elevación de la productividad del trabajo en beneficio de nuestra industria, en beneficio de toda la clase obrera. Tales son las vías y los procedimientos necesarios para preservar nuestros recursos acumulados y nuestras reservas contra la dispersión y la malversación, para emplear estos recursos acumulados y estas reservas en las necesidades de la industrialización de nuestro país.

V. Hay que formar los cuadros de constructores de la industria. He hablado del rumbo a la industrialización. He hablado de las vías de acumulación de reservas para el desarrollo de la industrialización. He hablado, por último; de los procedimientos de empleo racional de los recursos acumulados en las necesidades de la industria. Pero todo esto no es aún suficiente, camaradas. Para aplicar la directiva del Partido sobre la industrialización de nuestro país, es necesario, aparte de todo lo demás, formar nuevos cuadros, cuadros de nuevos constructores de la industria. Sin hombres, sin nuevos hombres, sin cuadros de nuevos constructores es imposible llevar a cabo ninguna tarea, y, en especial, una tarea tan inmensa como la industrialización de nuestro país. Antes, en el período de la guerra civil, necesitábamos, sobre todo, cuadros de mando para la organización del ejército y la conducción de la guerra, jefes de regimiento, de brigada, de división, de cuerpo. Sin estos nuevos cuadros de mando, que salieron del pueblo y se elevaron gracias a sus aptitudes, no hubiéramos podido organizar el ejército, no hubiéramos podido vencer a nuestros múltiples enemigos. Fueron ellos, los nuevos cuadros de

mando, los que salvaron entonces a nuestro ejército y a nuestro país, claro está, con el apoyo general de los obreros y de los campesinos. Pero ahora nos hallamos en el período de la construcción de la industria. Ahora hemos pasado de los frentes de la guerra civil al frente de la industria. En atención a esto, ahora necesitamos nuevos cuadros de mando para la industria, buenos directores de fábricas, buenos trabajadores de los trusts, diligente personal para el comercio, planificadores sensatos para la construcción de la industria. Ahora necesitamos forjar nuevos jefes de regimiento, de brigada, de división y de cuerpo para la economía, para la industria. Sin estos hombres, no podemos avanzar ni un paso. Por eso, la tarea consiste en formar cuadros numerosos de constructores de la industria, salidos de las filas de la clase obrera y de la intelectualidad soviética, de esa intelectualidad soviética que ha ligado su destino al destino de la clase obrera y que construye con nosotros los cimientos socialistas de nuestra economía. La tarea consiste en formar estos cuadros y promoverlos a primer plano, prestándoles la máxima ayuda.

En el último tiempo se tiene por costumbre vapulear a los dirigentes de la economía, acusándolos de relajamiento, y con frecuencia se propende a hacer extensivos a todo este personal fenómenos aislados de carácter negativo. A todo lo que le viene en gana, se considera con derecho a dar una coz a los dirigentes de la economía, atribuyéndoles todos los pecados mortales. Hay que abandonar de una vez para siempre, camaradas, esa detestable costumbre. Se debe tener presente que no hay familia en la que falte un descarriado. Se debe comprender que la industrialización de nuestro país y la promoción de nuevos cuadros de constructores de la industria no exigen que se fustigue a los dirigentes de la economía, sino, al revés, que se les apoye por todos los medios en la construcción de nuestra industria. Las organizaciones de nuestro Partido deben trabajar ahora en el sentido de rodear a los dirigentes de la economía de una atmósfera de confianza y de apoyo, deben ayudarles a la formación de hombres nuevos, de constructores de la industria, deben hacer del cargo de constructor de la industria un puesto de honor de la edificación socialista.

VI. Hay que elevar la actividad de la clase obrera. Tales son las tareas inmediatas que tenemos ante nosotros con motivo del rumbo a la industrialización de nuestro país. ¿Se pueden llevar a cabo estas tareas sin la ayuda directa, sin el apoyo directo de la clase obrera? No, no se puede. Hacer avanzar nuestra industria, elevar su productividad, formar nuevos cuadros de constructores de la industria, realizar una acertada acumulación socialista, emplear razonablemente los recursos acumulados en las necesidades de la industria, implantar un severísimo régimen de economías, imponer la disciplina al aparato estatal, hacerlo barato y probo, limpiarlo de la escoria y de las inmundicias que se le pegaron en el período de nuestra construcción, sostener una lucha sistemática contra los malversadores, y dilapidadores de los bienes del Estado son tareas que ningún partido puede cumplir sin la ayuda directa y sistemática de las grandes masas de la clase obrera. Por eso, la tarea consiste en atraer a las masas de millones de obreros sin-partido a todo nuestro trabajo constructivo.

Es necesario que cada obrero y cada campesino honrado ayuden al Partido y al gobierno a aplicar el régimen de economías, a luchar contra la malversación y la dispersión de las reservas del Estado, a expulsar a los ladrones y a los bergantes, no importa la máscara con que se encubran, a sanar y a abaratar nuestro aparato estatal. En este sentido, las reuniones de producción podrían prestarnos un servicio inapreciable. Hubo un tiempo en que las reuniones de producción estaban muy en boga en nuestro país. Ahora no se dice nada de ellas, y eso es un gran error, camaradas. Hay que reanimar a todo trance las reuniones de producción. Hay que plantear en las reuniones de producción no sólo pequeñas cuestiones, como, por ejemplo, las condiciones sanitarias. El temario de las reuniones de producción tiene que ser más amplio y profundo. En las reuniones de producción hay que plantear las cuestiones fundamentales de la construcción industrial. Sólo de tal modo se podrá elevar la actividad de las grandes masas de la clase obrera y hacerlas conscientes participes de la construcción industrial.

VII. Hay que fortalecer la alianza entre los obreros y los campesinos. Pero cuando se habla de elevar la actividad de la clase obrera, no se puede olvidar al campesinado. Lenin nos enseñaba que la alianza de la clase obrera y el campesinado es el principio fundamental de la dictadura del proletariado. No lo debemos olvidar. El desarrollo de la industria, la acumulación socialista, el régimen de economías son problemas sin cuya solución no podemos vencer al capital privado ni liquidar las dificultades en nuestra vida económica. Pero ninguno de estos problemas puede ser resuelto sin la existencia del Poder Soviético, sin la dictadura del proletariado. Y la dictadura del proletariado se basa en la alianza de la clase obrera y el campesinado, Por eso, todas nuestras tareas pueden quedar en el aire, si socavamos o debilitamos la alianza de la clase obrera y el campesinado. En nuestro Partido hay hombres que consideran a las masas trabajadoras del campesinado un cuerpo extraño, un objeto de explotación para la industria,

algo así como una colonia para nuestra industria. Estos hombres, camaradas, son peligrosos. El campesinado no puede ser para la clase obrera ni objeto de explotación, ni colonia. La economía campesina es el mercado para la industria, como la industria es el mercado para la economía campesina. Ahora bien, para nosotros, el campesinado no es sólo un mercado. Es, además, el aliado de la clase obrera. Precisamente por eso, la premisa sin la cual no puede asegurarse a nuestra industria un desarrollo un tanto serio, consiste en elevar la economía campesina, en la cooperación masiva del campesinado, en el mejoramiento de su situación material. Y viceversa, la premisa sin la cual no puede hacerse avanzar a la agricultura, consiste en el desarrollo de la industria, en la producción de máquinas agrícolas y tractores, en el suministro masivo al campesinado de mercancías industriales. En esto radica una de las bases más importantes de la alianza de la clase obrera y el campesinado. Por eso, no podemos estar de acuerdo con los camaradas que continuamente exigen que se presione más y más al campesinado elevando excesivamente los impuestos, aumentando los precios de los artículos industriales, etc. No podemos estar de acuerdo con ellos, porque, sin darse cuenta, socavan la alianza de la clase obrera y el campesinado, resquebrajan la dictadura del proletariado. Pero nosotros no queremos socavar la alianza de la clase obrera y el campesinado, sino fortalecerla Ahora bien, nosotros no defendemos cualquier alianza de la clase obrera y el campesinado. Nosotros propugnamos una alianza donde el papel dirigente pertenezca a la clase obrera. ¿Por qué? Porque sin el papel dirigente de la clase obrera en el sistema de la alianza de los obreros y los campesinos, es imposible la victoria de las masas trabajadoras y explotadas sobre los terratenientes y los capitalistas.

Yo sé que algunos camaradas discrepan de esto. Esos camaradas dicen: la alianza es una cosa buena, pero ¿qué necesidad hay, además, de que la clase obrera ejerza la dirección? Esos camaradas se equivocan profundamente. Se equivocan, porque no comprenden que sólo puede vencer aquella alianza entre los obreros y los campesinos que esté dirigida por la clase más probada y más revolucionaria: la clase de los obreros. ¿Por qué fracasaron las insurrecciones campesinas en la época de Pugachov y Stepán Razin? ¿Por qué entonces los campesinos no pudieron conseguir la expulsión de los terratenientes? Porque entonces no tenían ni podían tener un dirigente revolucionario como la clase obrera. ¿Por qué la revolución francesa terminó en la victoria de la burguesía y el retorno de los terratenientes, que habían sido expulsados? Porque los campesinos franceses no tenían entonces ni podían tener un dirigente revolucionario como la clase obrera. El campesinado estaba dirigido entonces por los liberales burgueses. Nuestro país es el único país del mundo donde la alianza de los obreros y los campesinos ha vencido a los terratenientes y a los capitalistas. ¿Y a qué se debe esto? Se debe a que al frente del movimiento revolucionario de nuestro país ha marchado y continúa marchando la clase obrera, probada en la lucha. Bastaría quebrantar en nuestro país la idea de que a la clase obrera corresponde la dirección para que de la alianza de los obreros y los campesinos no quedase piedra sobre piedra y para que los capitalistas y los terratenientes retornaran a sus viejos cubiles. Por eso debemos mantener y vigorizar la alianza entre la clase obrera y el campesinado en nuestro país. Por eso debemos mantener y vigorizar la dirección de la clase obrera en el sistema de esta alianza.

VIII. Hay que practicar la democracia interna del partido. He hablado de elevar la actividad de la clase obrera, de incorporar a las grandes masas de la clase obrera a la edificación de nuestra economía, a la construcción de la industria. Ahora bien, elevar la actividad de la clase obrera es un asunto serio y grande. Para elevar la actividad de la clase obrera, hay que impulsar, ante todo, la actividad del propio Partido. Es necesario que el propio Partido comprenda firme y resueltamente la senda de la democracia interna, que nuestras organizaciones atraigan a las amplias masas del Partido, creadoras del destino de nuestro Partido, al examen de los problemas de nuestra edificación. De otra manera, es inútil que hablemos de elevar la actividad de la clase obrera. Lo subrayo especialmente, porque nuestra organización de Leningrado ha pasado hace poco por un período en el que ciertos dirigentes no querían hablar de la democracia interna del Partido sino en tono de burla. Me refiero al período anterior al Congreso, durante el Congreso e inmediatamente después del Congreso, cuando no se permitía a las organizaciones del Partido en Leningrado celebrar reuniones, cuando ciertos responsables de las organizaciones -perdonadme la franqueza- desempeñaban el papel de inspectores de policía respecto a las organizaciones y les prohibían reunirse. Fue precisamente aquí donde se estrelló la llamada “nueva oposición”, con Zinóviev a la cabeza. Si los miembros de nuestro. C.C., con la ayuda del activo de Leningrado, han conseguido en dos semanas desplazar y aislar a la oposición, que luchaba en vuestra organización contra las decisiones del XIV Congreso, es porque la campaña explicativa de las decisiones del Congreso ha coincidido con el

deseo de democracia, latente en la organización de Leningrado, con ese deseo que pugnaba por salir y que, por fin, se ha abierto paso. Yo quisiera, camaradas, que tuvieseis en cuenta esta reciente enseñanza. Yo quisiera que vosotros, teniendo en cuenta esta enseñanza, practicarais honrada y resueltamente la democracia interna del Partido, elevarais la actividad de las masas del Partido, las atrajerais al examen de las cuestiones fundamentales de la edificación socialista y las convencierais de lo acertado de las decisiones tomadas en el Pleno de abril del C.C. de nuestro Partido. Yo quisiera que vosotros, precisamente, convencieseis a las masas del Partido, ya que el método de la persuasión es el método fundamental de nuestro trabajo en las filas de la clase obrera.

IX. Hay que preservar la unidad del partido. Algunos camaradas creen que la democracia interna del Partido significa la libertad de grupos fraccionales. ¡Ah, no, camaradas, nada de eso! No es así como entendemos la democracia interna del Partido. Entre la democracia interna del Partido y la libertad de grupos fraccionales no hay ni puede haber nada de común. ¿Qué es la democracia interna del Partido? La democracia interna del Partido es la elevación de la actividad de las masas del Partido y la vigorización de la unidad del Partido, el fortalecimiento de la disciplina proletaria consciente en el Partido. ¿Qué es la libertad de grupos fraccionales? La libertad de grupos fraccionales es la descomposición de las filas del Partido, la desintegración del Partido en centros separados, el debilitamiento del Partido, el debilitamiento de la dictadura del proletariado. ¿Qué puede haber de común entre ellas? En el Partido tenemos hombres que hasta en sueños ven abrirse una discusión general en el Partido. Tenemos hombres que no conciben el Partido sin discusiones, hombres que pretenden al título de discutidores profesionales.

¡Mantengamos a distancia a estos discutidores profesionales! Lo que ahora necesitamos no es una discusión artificial ni convertir a nuestro Partido en un club de debates, sino intensificar nuestro trabajo constructivo en general, intensificar la construcción industrial en particular, fortalecer el Partido como Partido combativo y cohesionado, unido e indiviso, que dirija con mano firme y segura nuestro trabajo de construcción. El que busca las discusiones inacabables, el que busca la libertad de grupos fraccionales, socava la unidad del partido, mina la firmeza de nuestro Partido. ¿En qué radicó nuestra tuerza en el pasado y en qué radica nuestra fuerza ahora? En el acierto de nuestra política y en la unidad de nuestras filas. La política acertada nos la ha dado el XIV Congreso de nuestro Partido. Ahora, la tarea consiste en asegurar la unidad de nuestras filas, la unidad de nuestro Partido, dispuesto a llevar a cabo, por encima de todo, las decisiones de su Congreso. Tal es, en lo fundamental, el sentido de las decisiones del Pleno del C.C. de nuestro Partido.

X. Conclusiones. Permitidme que pase ahora a las conclusiones. En primer lugar, debemos hacer avanzar la industria de nuestro país, como base del socialismo y como fuerza rectora que impulsa a la economía nacional en su conjunto. En segundo lugar, debemos formar nuevos cuadros de constructores de la industria, como ejecutores directos e inmediatos del rumbo a la industrialización. En tercer lugar, debemos acelerar el ritmo de nuestra acumulación socialista y acumular reservas para cubrir las necesidades de nuestra industria. En cuarto lugar, es preciso organizar el empleo acertado de las reservas que se van acumulando e implantar un severísimo régimen de economías. En quinto lugar, es preciso elevar la actividad de la clase obrera y atraer a las masas de millones de obreros a la edificación del socialismo. En sexto lugar, es preciso fortalecer la alianza de la clase obrera y el campesinado y el papel dirigente de la clase obrera en esta alianza. En séptimo lugar, es preciso llevar la actividad de las masas del Partido y practicar la democracia interna del Partido. En octavo lugar, debemos preservar y vigorizar la unidad de nuestro Partido, la cohesión de nuestras filas.

¿Seremos capaces de llevar a cabo estas tareas? Sí, seremos capaces, si lo queremos hacer. Y que lo queremos es cosa que está a la vista de todos. Sí, seremos capaces, porque somos bolcheviques, porque no tememos las dificultades, porque las dificultades existen para luchar contra ellas y vencerlas. Sí, seremos capaces, porque nuestra política es acertada y sabemos a dónde vamos. E iremos adelante, con paso firme y seguro, hacia el objetivo, hacia la victoria de la edificación socialista. Camaradas: En febrero de 1917, hace nueve años, éramos en Leningrado un pequeño grupo. Los veteranos del Partido recuerdan que los bolcheviques constituíamos entonces una minoría insignificante en el Soviet de Leningrado. Los viejos bolcheviques deben recordar que los numerosos enemigos del bolchevismo se burlaban entonces de nosotros. Pero nosotros íbamos hacia adelante, tomábamos posición tras posición, porque nuestra política era acertada y luchábamos, en filas cerradas. Luego, esta pequeña fuerza se transformó en una gran fuerza. Derrotamos a la burguesía y derribamos a Kerenski. Organizamos el Poder de los Soviets. Derrotamos a Kolchak y a Denikin. Expulsamos de nuestro país a los verdugos

anglo-franceses y norteamericanos. Pusimos término a la ruina económica. En fin, restablecimos nuestra industria y nuestra agricultura. Ahora tenemos ante nosotros una nueva tarea: la tarea de la industrialización de nuestro país. Las dificultades mayores han quedado atrás. ¿Se puede dudar de que saldremos airosos de esta nueva tarea, de la tarea de la industrialización de nuestro país? Naturalmente, no se puede dudar. Al contrario, tenemos ahora todos los elementos necesarios para vencer las dificultades y llevar a cabo las nuevas tareas que nos ha planteado el XIV Congreso de nuestro Partido. Por eso creo, camaradas, que en el nuevo frente, en el frente de la industria, debemos vencer sin ningún género de dudas. (Clamorosos aplausos.)

Publicado el 18 de abril de 1926 en el núm. 89 de “Leningrádshaia Pravda”.