29 de marzo de 1927. Camaradas: Permitid que os salude en nombre del Comité Central de nuestro Partido. (Aplausos.) Permitid que os desee éxito en el difícil trabajo de organizar y educar políticamente a la juventud obrera y campesina de nuestro país. El Komsomol ha marchado siempre en las primeras filas de nuestros combatientes. Confiemos en que seguirá en ellas, llevando adelante, muy alta, la bandera del socialismo. (Aplausos.) Y ahora, después de saludaros, permitidme que pase a dos cuestiones, de las que ahora mismo hablaban conmigo algunos de vuestros camaradas komsomoles. La primera se refiere a nuestra política industrial. Se trata, por decirlo así, de nuestros asuntos interiores. La segunda se refiere a los sucesos de Nankín 46. Corresponde, pues, a los asuntos exteriores. Camaradas: La línea fundamental que debe seguir nuestra industria, la línea fundamental que debe determinar en adelante todos sus pasos, es la rebaja sistemática del coste de la producción industrial, la rebaja sistemática de los precios de fábrica de los artículos manufacturados. Ese es el camino real que debe seguir nuestra industria, si quiere desarrollarse, si quiere fortalecerse, si quiere llevar tras de sí a la agricultura, si quiere robustecer y ampliar los cimientos de nuestra economía socialista. ¿De dónde arranca esa línea? ¿Qué causas determinan la necesidad y la conveniencia de esa línea? Determinan esta línea, cuando menos, cuatro causas fundamentales. La primera causa es que una industria basada en precios altos no es ni puede ser industria verdadera, pues inevitablemente deberá degenerar en una planta de estufa, que no tiene ni puede tener viabilidad. Sólo una industria que rebaje sistemáticamente los precios de los artículos, sólo una industria que se base en la rebaja sistemática del coste de producción, sólo una industria que, por tanto, mejore continuamente su sistema de producción, su técnica y la organización del trabajo, los métodos y las formas de dirección, sólo una industria así es la que nosotros necesitamos, pues es la única capaz de avanzar, la única que puede dar al proletariado el triunfo completo.

La segunda causa es que nuestra industria se basa en el mercado interior. Nosotros no podemos hacer la competencia a los capitalistas en el mercado exterior, ni estamos en condiciones de ello. El mercado interior es el fundamental para nuestra industria. Pero de aquí se deduce que nuestra industria sólo puede desarrollarse y robustecerse en la medida en que se desarrolle y ensanche nuestro mercado interior, la capacidad de este mercado, la vasta demanda de artículos manufacturados. ¿Y qué determina la ampliación de nuestro mercado interior, el incremento de su capacidad? La determina, entre otras cosas, la rebaja sistemática de los precios de los artículos manufacturados, es decir, esa misma línea fundamental de desarrollo de nuestra industria de que hablaba antes. La tercera causa es que, sin la rebaja de los precios de los artículos manufacturados, sin un abaratamiento sistemático de los artículos manufacturados, es inconcebible el mantenimiento de las condiciones necesarias para seguir elevando los salarios de los obreros.

En primer término, los propios obreros son consumidores de artículos manufacturados, por lo que la rebaja de los precios de éstos no puede por menos de influir sensiblemente en el mantenimiento y la elevación del salario real. En segundo término, de la rebaja de los precios de los artículos manufacturados depende la estabilidad de los precios de los productos agrícolas, consumidos en las ciudades principalmente por los obreros, lo que tampoco puede por menos de tener gran importancia para el mantenimiento y la elevación del salario real de los obreros. ¿Puede nuestro Estado socialista no elevar sistemáticamente los salarios de los obreros? No, no puede. Pero de esto se deduce que la rebaja sistemática de los precios de los artículos manufacturados es una de las premisas más necesarias para la elevación progresiva del nivel de vida de la clase obrera. La cuarta causa, en fin, es que, sin rebajar los precios de los artículos manufacturados, no podemos conservar la ligazón entre el proletariado y el campesinado, entre la industria y la economía campesina, ligazón que es la base de la dictadura del proletariado en nuestro país. Vosotros sabéis que el

campesino paga muy caros los artículos manufacturados, las telas, las máquinas, etc. Sabéis que esta circunstancia despierta gran descontento entre los campesinos y dificulta el ascenso de la agricultura. ¿Y qué se desprende de ello? De ello se desprende únicamente que debemos aplicar la política de rebaja sistemática de los precios de los artículos manufacturados, si de veras queremos mantener la ligazón, mantener la alianza entre la clase obrera y el campesinado e impulsar a la agricultura. Ahora bien, ¿qué se requiere para que la política de rebaja del coste de la producción industrial y de los precios de fábrica de los artículos sea posible y completamente realizable? Para eso se requieren una mejora radical de la técnica de producción, una mejora radical de la organización del trabajo en las empresas, una mejora y una simplificación radicales de todo el aparato administrativo, una lucha decidida contra el burocratismo del aparato administrativo. Todo esto es lo que llamamos racionalización socialista de la producción y de la dirección de la economía. Nuestra industria ha entrado en una fase de desarrollo en la que el aumento considerable del rendimiento del trabajo y la rebaja sistemática del coste de la producción industrial resultan imposibles si no se emplean medios técnicos nuevos y mejores, si no se establece una organización del trabajo nueva y mejor, si no se simplifica y abarata nuestro aparato administrativo.

Necesitamos todo esto, no sólo para elevar el rendimiento del trabajo y rebajar los precios de los artículos manufacturados, sino también para invertir los recursos así ahorrados en un mayor desarrollo y una mayor ampliación de nuestra industria. Para eso es necesaria la racionalización socialista de la producción y de la dirección de la economía. Resulta, pues, una cadena: no podemos seguir desarrollando la industria sin rebajar sistemáticamente el coste de la producción industrial y los precios de fábrica de los artículos manufacturados; y la rebaja de precios de los artículos es imposible si no se emplean nuevos medios técnicos, nuevas formas de organización del trabajo, métodos nuevos y más simples de dirección de la economía. De ahí que la racionalización socialista de la producción y de la dirección de la economía sea uno de los problemas cardinales del momento. Por eso opino que la reciente disposición del C.C. de nuestro Partido acerca de la racionalización de la producción y de la dirección de la economía es una de las más importantes disposiciones de nuestro Partido, una disposición que determina nuestra política industrial para el período inmediato. Se dice que la racionalización exige ciertos sacrificios temporales de algunos grupos de obreros, entre ellos de los jóvenes.

Esto es cierto, camaradas. La historia de nuestra revolución evidencia que todos los pasos importantes nos han costado ciertos sacrificios de algunos grupos de la clase obrera en beneficio de toda la clase obrera de nuestro país. Tomemos, por ejemplo, la guerra civil, aunque los sacrificios actuales son insignificantes y no pueden siquiera compararse con los grandes sacrificios de aquel período. Vosotros estáis viendo que los sacrificios de entonces se ven ahora compensados con creces. No creo que sea necesario demostrar que los sacrificios actuales, insignificantes, se verán compensados, y bien compensados, en un próximo futuro. Por eso estimo que no debemos detenernos ante ciertos sacrificios insignificantes en beneficio de la clase obrera en su conjunto. El Komsomol ha marchado siempre en las primeras filas de nuestros combatientes. No conozco un caso en que quedase a la zaga de los acontecimientos de nuestra vida revolucionaria. No dudo de que también ahora, cuando se trata de aplicar la racionalización socialista, el Komsomol ocupará el puesto que le corresponde. (Aplausos.) Permitidme ahora que pase a la segunda cuestión, a los sucesos de Nankín. Opino que estos sucesos no deben ser para nosotros una sorpresa. El imperialismo no puede vivir sin violencias ni saqueos, sin sangre ni tiros. Por algo es imperialismo.

Y por eso los sucesos de Nankín no pueden ser una sorpresa para nosotros. ¿Qué evidencian los sucesos de Nankín? ¿Cuál es su sentido político? Los sucesos de Nankín evidencian que en la política del imperialismo se ha producido un viraje, el viraje de la paz armada a la guerra armada contra el pueblo chino. Antes de los sucesos de Nankín, el imperialismo trataba de encubrir sus propósitos con untuosos discursos acerca de la paz y la no intervención en los asuntos interiores de otros países, con la careta de la “civilización” y del “humanitarismo”, con la Sociedad de Naciones, etc. Después de los sucesos de Nankín, el imperialismo deja a un lado los discursos untuosos, la no intervención, la Sociedad de Naciones y toda clase de caretas. El mundo entero ve ahora ante sí al imperialismo en toda su desnudez, como franco carnicero y opresor. El pacifismo burgués ha sufrido otro golpe demoledor. ¿Qué pueden oponer, en realidad, fuera de sus embusteros discursos pacifistas, los bardos del pacifismo imperialista al estilo de los Boncour, los Breitscheid, etc., al hecho del cañoneo contra los habitantes de Nankín? La Sociedad de Naciones ha recibido otro bofetón. ¿Quién, aparte de los lacayos del imperialismo, puede calificar de “normal” el hecho de que un miembro de la Sociedad de Naciones cañonee a los habitantes de otro, mientras que la

Sociedad de Naciones se ve obligada a guardar silencio, creyendo que eso no tiene nada que ver con ella? Se ha probado que nuestro Partido tenía razón al ver en el envío de tropas de los países imperialistas a Shanghái el preludio de agresiones militares contra el pueblo chino. Nadie que no esté ciego puede dejar ahora de advertir que el imperialismo necesitaba tropas en Shanghái para pasar de las “palabras” a los “hechos”. Tal es el sentido de los sucesos de Nankín. ¿Qué propósitos podían abrigar los imperialistas al arriesgarse a la aventura de Nankín? Es posible que, al quitarse la careta y poner en Nankín los cañones a la orden del día, los imperialistas quisieran volver atrás la rueda de la historia, acabar con el creciente movimiento revolucionario en todos los países y emprender la lucha para recuperar la relativa estabilidad del capitalismo mundial existente antes de la guerra imperialista. Sabido es que el capitalismo salió de la guerra imperialista con heridas incurables. Sabido es que, hace unos diez años, los obreros y los campesinos de la U.R.S.S. rompieron el frente del capital y le causaron una herida incurable.

Sabido es que la guerra imperialista resquebrajó los cimientos del dominio imperialista en las colonias y en los países dependientes. Sabido es que, a los diez años de Octubre, los obreros y los campesinos chinos empezaron también a romper el frente del imperialismo, y no hay razón alguna para suponer que no lograrán romperlo. Pues bien; es posible que los imperialistas quisieran borrar todo esto de un golpe y empezar una “página nueva” de la historia. Si de veras lo querían, hay que reconocer que han errado de medio a medio, pues sólo gentes vueltas a la infancia pueden creer que las leyes de la artillería son más fuertes que las leyes de la historia, que los disparos de Nankín pueden volver atrás la rueda de la historia. Es posible que, con su cañoneo de Nankín, quisieran los imperialistas intimidar a los pueblos oprimidos de otros países, ansiosos de libertad, como si les advirtieran: el cuento de Nankín va con vosotros. No está excluido ni mucho menos esto, camaradas. La política de intimidación tiene sus “razones” en la historia del imperialismo.

Pero que esta política no sirve y no alcanza sus fines, es cosa que difícilmente puede ponerse en duda. El zarismo ruso la utilizó en tiempos “con éxito”. ¿Pero a dónde condujo? Sabéis que condujo al hundimiento completo del zarismo. Es posible, finalmente, que, con su cañoneo de Nankín, los imperialistas quisieran herir el corazón mismo de la revolución china e impedir, en primer lugar, el avance de las tropas chinas meridionales y la unificación del país y, en segundo lugar, el cumplimiento de las cláusulas estipuladas en Han- kao acerca de las concesiones. Eso es muy posible e incluso muy probable. Que los imperialistas no quieren una China unida y prefieren tener dos Chinas para “maniobrar mejor”, la prensa capitalista lo ha dejado escapar ya varias veces. Respecto de las concesiones de Shanghái y de otros lugares, difícilmente puede dudarse de que muchos imperialistas “no simpatizan” con las cláusulas discutidas y aprobadas en Han-kao. Y, con su cañoneo de Nankín, los imperialistas han querido decir, por lo visto, que en el futuro prefieren sostener negociaciones con el gobierno nacional bajo la presión y el acompañamiento de la artillería.

Tales son los gustos musicales de los imperialistas. No les inmuta, a lo que se ve, que esa extraña música se parezca mucho a la música de los caníbales... El futuro inmediato demostrará si van a conseguir sus objetivos. Es necesario, sin embargo, señalar que, por ahora, han logrado una sola cosa: aumentar el odio de los chinos al imperialismo, dar mayor cohesión a las fuerzas del Kuomintang e imprimir un nuevo impulso hacia la izquierda al movimiento revolucionario de China. No creo que pueda dudarse de que los resultados son, por ahora, diametralmente opuestos a los apetecidos. Resulta, pues, que, con su cañoneo de Nankín, los imperialistas buscaban una cosa y en la práctica han encontrado otra, algo diametralmente opuesto a lo que se proponían. Tales son el balance y las perspectivas de los sucesos de Nankín. Tal es la política de los sabios varones del campo conservador. Por algo se dice que Dios priva de la razón a quien quiere perder. (Clamorosos aplausos, que duran largo rato.)

Publicado el 31 de marzo de 1927 en el núm. 72 de “Pravda”.