La necesidad de plantear con toda claridad el asunto de la organización trotskista clandestina viene impuesta por toda su actuación de los últimos tiempos, que obliga al Partido y al Poder Soviético a mantener hacia los trotskistas una actitud en principio diferente de la que hacia ellos mantenía el Partido hasta el XV Congreso. La acción pública de los trotskistas en las calles el 7 de noviembre de 1927 fue el punto crucial en que la organización trotskista demostró que no sólo había roto con los principios del Partido, sino también con el régimen soviético. Precedieron a esta acción multitud de acciones antipartido y antisoviéticas: la ocupación violenta de un local del Estado (la Escuela Técnica Superior de Moscú) para celebrar una reunión, la organización de imprentas clandestinas, etc. Sin embargo, hasta el XV Congreso, el Partido tomaba aún con la organización trotskista medidas que evidenciaban el deseo de la dirección del Partido de conseguir que los trotskistas se corrigiesen, de conseguir que reconocieran sus errores, de conseguir que volvieran al camino del Partido. Durante varios años, comenzando por la discusión de 1923, el Partido aplicó pacientemente esa línea, la línea, principalmente, de la lucha ideológica.

E incluso en el XV Congreso del Partido se trató precisamente de medidas de ese tipo contra la organización trotskista, a pesar de que los trotskistas “habían pasado de las divergencias tácticas a las divergencias programáticas, revisando las concepciones de Lenin y deslizándose a las posiciones del menchevismo”. (Resolución del XV Congreso.) El año transcurrido desde el XV Congreso ha demostrado que la decisión de este Congreso de expulsar del Partido a los elementos trotskistas activos era acertada. Durante 1928, los trotskistas han consumado su conversión de grupo antipartido clandestino en organización antisoviética clandestina. Eso es lo nuevo que ha obligado en el transcurso de 1928 a los órganos del Poder Soviético a tomar medidas represivas contra los elementos activos de esa organización antisoviética clandestina. Los órganos de Poder de la dictadura proletaria no pueden tolerar que en el país de la dictadura del proletariado exista una organización antisoviética clandestina, que, si bien es insignificante por el número de sus componentes, tiene sus imprentas, sus comités, trata de organizar huelgas antisoviéticas y cae tan bajo que prepara a sus partidarios para una guerra civil contra los órganos de la dictadura proletaria.

Y es precisamente a eso a lo que han llegado los trotskistas, que fueron en un tiempo una fracción en el seno del Partido y son ahora una organización antisoviética clandestina. Es lógico que todo lo antisoviético y menchevique del país exprese su simpatía a los trotskistas y se agrupe ahora en torno a ellos. La lucha de los trotskistas contra el P.C.(b) de la U.R.S.S. ha tenido su lógica, y esa lógica ha llevado a los trotskistas al campo antisoviético. Trotski empezó aconsejando a sus correligionarios, en enero de 1928, que descargaran sus golpes contra la dirección del P.C.(b) de la U.R.S.S., sin contraponerse a la U.R.S.S. Sin embargo, la lógica de la lucha ha hecho que los golpes contra la dirección del P.C.(b) de la U.R.S.S., contra la fuerza dirigente de la dictadura proletaria, Trotski los descargase inevitablemente sobre la dictadura misma del proletariado, sobre la U.R.S.S., sobre toda nuestra sociedad soviética. Los trotskistas han tratado por todos los medios de desacreditar a los ojos de la clase obrera al Partido que dirige el país y a los órganos del Poder Soviético.

En su directiva del 21-X-1928, enviada al extranjero y publicada no sólo en el órgano de prensa, del renegado Maslow, sino también en los periódicos de los guardias blancos (“Rul” y otros), Trotski vierte la calumnia antisoviética de que el régimen existente en la U.R.S.S. es “un régimen a lo Kerenski vuelto del revés”, y llama a organizar huelgas, a frustrar la campaña de los contratos colectivos y prepara, en el fondo, a sus cuadros para la posibilidad de una nueva guerra civil. Otros trotskistas dicen claramente que no hay que “detenerse ante nada, ante ningunas normas escritas y no escritas”, en la preparación de la guerra civil. Las calumnias contra el Ejército Rojo y sus jefes, propaladas por los trotskistas en la prensa clandestina y de los renegados en el extranjero, y a través de ella en la prensa extranjera de los guardias blancos, evidencian que los trotskistas no se detienen ni ante el hecho de azuzar abiertamente a la burguesía internacional contra el Estado Soviético. En esos

documentos, el Ejército Rojo y su mando son presentados como el ejército de un futuro golpe de Estado bonapartista. La organización trotskista trata, de un lado, de escindir las secciones de la Internacional Comunista, de llevar la descomposición a las filas de la Internacional Comunista, creando en todas partes sus fracciones, y, de otro lado, azuzar contra la U.R.S.S. a los elementos ya de por sí hostiles al Estado Soviético. La palabrería revolucionaria de los escritos trotskistas ya no puede encubrir la esencia contrarrevolucionaria de sus llamamientos. En el X Congreso del Partido, Lenin, con motivo de la sublevación de Cronstadt, prevenía al Partido que hasta “los guardias blancos aspiran a disfrazarse y saben disfrazarse de comunistas y hasta de gente “más de izquierda”, con tal de minar y derribar el baluarte de la revolución proletaria en Rusia”. Lenin dio entonces ejemplos de cómo los mencheviques se aprovechaban de las divergencias en el seno del P.C.(b) de Rusia para, de hecho, estimular y apoyar a los facciosos de Cronstadt, a los eseristas y a los guardias blancos, presentándose, por si acaso fracasaba la sublevación, como partidarios del Poder Soviético, pero con algunas “pequeñas” enmiendas. La organización clandestina de los trotskistas ha demostrado plenamente que es una organización enmascarada de esa índole, que está concentrando hoy en torno suyo a todos los elementos hostiles a la dictadura proletaria. La organización trotskista desempeña hoy, de hecho, el mismo papel que, en tiempos, desempeñara en la U.R.S.S. el partido menchevique con su lucha contra el régimen soviético.

La labor subversiva de la organización trotskista exige de los órganos del Poder Soviético una lucha implacable contra esa organización antisoviética. A ello se deben las medidas que la O.G.P.U. ha tomado en los últimos tiempos para acabar con esa organización antisoviética (las detenciones y las deportaciones). Por lo visto, no todos los miembros del Partido, ni mucho menos, se dan clara cuenta de que entre la vieja oposición trotskista en el seno del P.C.(b) de la U.R.S.S. y la actual organización trotskista clandestina antisoviética fuera del P.C.(b) de la U.R.S.S. media ya un abismo infranqueable. Sin embargo, ya es hora de comprender y asimilar esa verdad evidente. Por ello es absolutamente intolerable la actitud “liberal” que a veces adoptan algunos miembros del Partido respecto a los dirigentes de la organización trotskista clandestina. Es necesario que todos los miembros del Partido comprendan esto. Es más, hay que explicar a todo el país, a las amplias capas de obreros y de campesinos, que la organización trotskista clandestina es una organización antisoviética, una organización hostil a la dictadura proletaria. Que los trotskistas que se hallan a mitad de camino reflexionen también acerca de esta nueva situación creada por sus líderes y por la actuación de la organización trotskista clandestina antisoviética. Una de dos: o se está con la organización trotskista clandestina antisoviética, contra el P.C.(b) de la U.R.S.S. y contra la dictadura proletaria en la U.R.S.S., o se rompe por completo con la organización clandestina antisoviética de los trotskistas y se renuncia en absoluto a prestar cualquier apoyo a esa organización.

Se publica por primera vez.