Informe ante el activo de la organización de Moscú del P.C.(b) de la U.R.S.S. 13 de abril de 1928*. Camaradas: El Pleno conjunto del C.C. y de la C.C.C.8 que acaba de terminar tiene una particularidad que lo destaca entre los demás plenos celebrados estos dos últimos años. La particularidad consiste en que ha sido un Pleno esencialmente práctico, un Pleno sin peleas dentro del Partido, un Pleno sin exacerbación de los ánimos dentro del Partido. En el orden del día figuraban las cuestiones más candentes: los acopios de cereales, el asunto de Shajti y, finalmente, el plan de trabajo del Buró Político y del Pleno del C.C. Las cuestiones, como veis, eran bastante importantes. Y sin embargo, a pesar de ello, los debates del Pleno han tenido un carácter puramente práctico y las resoluciones han sido aprobadas por unanimidad. Esto obedece a que en el Pleno no ha habido grupos de oposición. Obedece a que la gente ha afrontado los problemas con un criterio estrictamente práctico, sin intemperancias fraccionalistas, sin demagogia fraccionalista. Obedece a que sólo después del XV Congreso, sólo después de haber sido liquidada la oposición, ha adquirido el Partido la posibilidad de dedicarse en serio y de lleno a los problemas prácticos. En esto reside el aspecto positivo y, si queréis, la inestimable ventaja del período de desarrollo en que entramos después del XV Congreso de nuestro Partido, después de acabar con la oposición.

I. Sobre la autocritica. Rasgo característico de las labores del Pleno, de los debates del Pleno y de sus resoluciones, es que todo él, del principio al fin, ha transcurrido bajo el signo de la más implacable autocrítica. Más aún, en ningún problema de los examinados en el Pleno, en ninguna intervención faltó la crítica de los defectos de nuestro trabajo, la autocrítica de nuestras organizaciones. Crítica de nuestros defectos, una autocrítica honrada y bolchevique de las organizaciones del Partido, de los Soviets y de las entidades económicas: tal ha sido la tónica general de

* Se incluyen algunos párrafos que en su tiempo no publicó la prensa. (<. de la Red.) las labores del Pleno. Sé que en las filas del Partido hay gentes a quienes no les gustan la crítica en general y la autocrítica en particular. Estas gentes, a quienes podría llamar comunistas “barnizados” (risas), se pasan la vida refunfuñando y eludiendo la autocrítica: otra vez, dicen, esta maldita autocrítica, otra vez a darle vueltas a nuestros defectos, ¿es que no se nos puede dejar vivir tranquilos? Está claro que estos comunistas “barnizados” no tienen nada de común con el espíritu de nuestro Partido, con el espíritu del bolchevismo. Por eso, considerando esta manera de pensar de gentes que están muy lejos de sentir por la autocrítica ningún entusiasmo, es oportuna la pregunta: ¿es necesaria la autocrítica, de dónde nos ha venido, qué ventajas nos trae? Creo, camaradas, que la autocrítica nos es tan necesaria como el aire, como el agua. Creo que sin autocrítica, nuestro Partido no podría avanzar, no podría poner al descubierto nuestras lacras, no podría acabar con nuestros defectos. Y los defectos son muchos. Esto hay que reconocerlo sincera y honradamente.

La consigna de la autocrítica no debe tomarse como algo nuevo. Es la base misma del Partido Bolchevique. Es la base del régimen de la dictadura del proletariado. Si nuestro país es un país de dictadura del proletariado y la dictadura la dirige un solo partido, el Partido Comunista, que no comparte ni puede compartir el Poder con otros partidos, ¿no está claro, acaso, que nosotros mismos debemos sacar a la luz y corregir nuestros errores, si es que queremos avanzar, no está claro que fuera de nosotros no hay nadie que vaya a hacerlo? ¿No está claro, camaradas, que la autocrítica debe ser una de las fuerzas más importantes que impulsan nuestro progreso? La consigna de la autocrítica ha adquirido un desarrollo particularmente vigoroso después del XV Congreso de nuestro Partido. ¿Por qué? Porque después del XV Congreso, que puso fin a la oposición, se creó en el Partido una situación nueva, que no podemos por menos de tener en cuenta. ¿Qué hay de nuevo en la situación? Que ya no tenemos o casi no tenemos oposición, que, en vista de la fácil victoria sobre la oposición, victoria que de por sí es un éxito importantísimo del Partido, puede

aparecer en el Partido el peligro de que nos durmamos en los laureles, el peligro de la molicie, el peligro de que cerremos los ojos a los defectos de nuestro trabajo. La fácil victoria sobre la oposición es un éxito inmenso para nuestro Partido. Pero tiene su lado negativo, consistente en que el Partido puede penetrarse de un espíritu de engreimiento, de suficiencia, y dormirse en los laureles. ¿Y qué significa dormirse en los laureles? Significa poner cruz y raya a nuestro avance. Y para que esto no suceda, necesitamos la autocrítica. No la crítica malintencionada y en el fondo contrarrevolucionaria, que la oposición practicaba, sino una crítica honrada y abierta, una autocrítica bolchevique. El XV Congreso de nuestro Partido tuvo en cuenta esta circunstancia y lanzó la consigna de la autocrítica. A partir de entonces, la autocrítica crece y ha impreso también su sello a las labores del Pleno de abril del C.C. y de la C.C.C. Sería peregrino temer que nuestros enemigos, igual los de dentro que los de fuera, vayan a aprovecharse de la crítica de nuestros defectos y a ponerse a alborotar: ¡hola, no todo les va bien a los bolcheviques! Sería peregrino que nosotros, los bolcheviques, temiésemos nada de eso. La fuerza del bolchevismo reside, precisamente, en que no teme reconocer sus errores.

Que el Partido, que los bolcheviques, que todos los obreros y elementos trabajadores honrados de nuestro país pongan al desnudo los defectos de nuestro trabajo, los defectos de nuestra edificación; que señalen los métodos para subsanar nuestros defectos, a fin de que nuestro trabajo y nuestra edificación no sean un pantano, no haya en ellos estancamiento, putrefacción, a fin de que nuestro trabajo todo, toda nuestra edificación mejoren de día en día y marchen de éxito en éxito. Eso es ahora lo principal. Y que nuestros enemigos alboroten en torno a nuestros defectos: esas pequeñeces no pueden, no deben inmutar a los bolcheviques. Hay, finalmente, otra circunstancia que nos empuja a la autocrítica. Me refiero a la cuestión de las masas y los jefes. Últimamente han empezado a crearse unas relaciones un tanto especiales entre los jefes y las masas. De una parte, se ha destacado, se ha formado históricamente un grupo de dirigentes, cuyo prestigio se eleva más y más, y que se hace casi inaccesible para las masas. De otra parte, las masas de la clase obrera, en primer término, y las masas trabajadoras, en general, se elevan con extraordinaria lentitud, empiezan a mirar a los jefes de abajo arriba, entornando los ojos, y a menudo temen criticar a sus jefes. Naturalmente, el que se haya formado un grupo de dirigentes que se han elevado a extraordinaria altura y que gozan de gran prestigio, es un hecho que de por sí constituye una importante conquista de nuestro Partido.

Está claro que sin ese prestigioso grupo de dirigentes es imposible gobernar un país grande. Pero el que los jefes, en su marcha ascendente, se alejen de las masas y éstas empiecen a mirarlos de abajo arriba y no se atrevan a criticarlos, es algo que no puede por menos de crear cierto peligro de que los jefes se aparten de las masas y de que las masas se alejen de los jefes. Este peligro puede conducir a que los jefes se envanezcan y lleguen a creerse infalibles. ¿Y qué puede haber de bueno en que las altas esferas dirigentes se envanezcan y empiecen a mirar a las masas de arriba abajo? Está claro que de ello no puede resultar sino una catástrofe para el Partido. Ahora bien, nosotros queremos avanzar y mejorar nuestro trabajo, y no hundir el Partido. Y precisamente para avanzar y mejorar las relaciones entre las masas y los jefes se debe tener siempre abierta la válvula de la autocrítica, se debe dar a los soviéticos la posibilidad de “meterse” con sus jefes, de criticarles los errores, para que los jefes no se endiosen y las masas no se alejen de ellos. A veces se confunde el problema de las masas y los jefes con el problema de la promoción. Esto es un error, camaradas. No se trata de la promoción de nuevos jefes, aunque esto es un asunto que merece la más seria atención del Partido. Se trata de conservar los jefes ya destacados y muy prestigiosos, organizando un contacto permanente e indestructible entre ellos y las masas.

Se trata de organizar, mediante la autocrítica y la crítica de nuestros defectos, un amplio estado de opinión dentro del Partido, un amplio estado de opinión en la clase obrera como control moral, vivo y vigilante, a cuya voz deben prestar oído atento los jefes más prestigiosos, si es que quieren conservar la confianza del Partido, la confianza de la clase obrera. En este sentido, la significación de la prensa, de nuestra prensa del Partido y de los Soviets, es verdaderamente inestimable. En este sentido no puede por menos de aplaudirse la iniciativa de “Pravda” de publicar la “Hoja de la Inspección Obrera y Campesina”, que ejerce una crítica sistemática de los defectos de nuestro trabajo. Únicamente debe procurarse que la crítica sea seria y profunda, que no resbale por la superficie de los problemas. En este sentido debe aplaudirse también la iniciativa de “Komsomólskaia Pravda”, que ataca con ímpetu y calor los defectos de nuestro trabajo. A veces se censura a los críticos la imperfección de su crítica, que esta crítica no siempre es justa en el 100%. A veces se pide que la crítica sea justa en todos sus puntos, y cuando no es así, empiezan a denigrarla y a denostar contra ella. Eso no está bien, camaradas. Se trata de una equivocación peligrosa. Probad a poner ese requisito y cerraréis la boca a miles de obreros, de corresponsales obreros y rurales deseosos de corregir

nuestros defectos, pero que a veces no saben expresar correctamente sus ideas. Esto sería convertir la autocrítica en una tumba. Debéis de saber que los obreros tienen a veces cierto reparo a decir la verdad acerca de los defectos de nuestro trabajo. No sólo por temor a ganarse una “reprimenda”, sino porque alguien puede “burlarse” de lo imperfecto de su crítica. ¿Cómo va un sencillo obrero o un sencillo campesino, que siente en sus propias carnes los defectos de nuestro trabajo y de nuestra planificación, cómo va a fundamentar su crítica según todas las reglas del arte? Si les pedís una crítica correcta al 100%, haréis imposible toda crítica desde abajo, haréis imposible toda autocrítica. Por eso opino que si la crítica contiene siquiera un 5 o un 10% de verdad, hay que aplaudirla, escucharla atentamente y tomar en consideración lo que tenga de sano. En caso contrario, lo repito., cerraríais la boca a miles de hombres fieles a la causa de los Soviets, a hombres que no son todavía bastante hábiles en su labor critica, pero por cuya boca habla la verdad misma. Y justamente para no ahogar la autocrítica, sino para impulsarla, justamente para ello es necesario prestar oído atento a toda crítica de los soviéticos, incluso aunque a veces no sea justa por completo y en todas sus partes.

Sólo con estas condiciones pueden tener las masas la seguridad de que no les caerá una “reprimenda” por una crítica con algunos defectos y de que nadie se “burlará” si la crítica contiene algunos errores. Sólo con estas condiciones puede adquirir la autocrítica un carácter verdaderamente de masas y tener un eco verdaderamente de masas. Se sobrentiende que no se trata de “cualquier” crítica. El contrarrevolucionario hace también crítica, pero lo que se propone es desacreditar al Poder Soviético, quebrantar nuestra industria, desorganizar nuestro trabajo de partido. Está claro que no nos referimos a esa crítica. No hablo de ella, sino de la crítica que parte de los soviéticos, de la crítica que se propone el mejoramiento de los organismos del Poder Soviético, el mejoramiento de nuestra industria, el mejoramiento de nuestro trabajo de partido y sindical. Necesitamos la crítica para fortalecer el Poder Soviético, y no para debilitado. Y justamente para fortalecer y mejorar nuestra obra, proclama el Partido la consigna de la crítica y la autocrítica. ¿Qué esperamos, ante todo, de la consigna de la autocrítica, qué frutos puede darnos si se aplica correcta y honradamente? Debe dar, por lo menos, dos resultados. En primer término, elevar la vigilancia de la clase obrera, aguzar su atención hacia nuestros defectos, facilitar la corrección de esos defectos y hacer imposible toda clase de “sorpresas” en nuestro trabajo de edificación.

En segundo término, elevar la cultura política de la clase obrera, cultivar en ella el sentimiento de que es dueña del país y facilitar la empresa de enseñarle a dirigir el país. ¿Os habéis fijado en que no sólo el asunto de Shajti, sino la crisis de acopios de enero de 1928 han sido “sorpresas” para muchos de nosotros? En este sentido es particularmente significativo el asunto de Shajti. Cinco años ha estado trabajando el grupo contrarrevolucionario de especialistas burgueses, recibiendo instrucciones de las organizaciones antisoviéticas del capital internacional. Cinco años han estado nuestras organizaciones escribiendo y distribuyendo toda clase de resoluciones y disposiciones. La industria hullera, claro está, iba sin embargo adelante, pues el sistema soviético de economía es hasta tal punto vital y poderoso, que, a pesar de todo, vencía, a pesar de nuestra torpeza y de nuestros errores, a pesar de la labor subversiva de los especialistas. En el transcurso de cinco años, este grupo contrarrevolucionario de especialistas ha venido saboteando nuestra industria, haciendo explotar calderas, destrozando turbinas, etc. Mientras, nosotros estábamos como si tal cosa. Y “de repente”, como la nieve en verano, el asunto de Shajti. ¿Es esto normal, camaradas? Me parece que es más que anormal. Empuñar el timón y mirar sin ver nada hasta tanto las circunstancias no nos dan de narices con cualquier calamidad, no significa, ni mucho menos, dirigir.

El bolchevismo no entiende así la dirección. Para dirigir hay que prever. Y prever, camaradas, no siempre es fácil. Una cosa es cuando una veintena de camaradas, dirigentes mira y advierte los defectos de nuestro trabajo mientras que las masas obreras no quieren o no pueden ni mirar ni advertir los defectos. Todas las probabilidades son de que se dejará escapar algo, pues es imposible advertirlo todo. Otra cosa es cuando, con esa veintena de camaradas dirigentes, miran y advierten los defectos de nuestro trabajo millones de obreros, poniendo al desnudo nuestros errores, sumándose a la causa común de la edificación y trazando la vía para mejorar los asuntos. Habrá más garantías de que no tropezaremos con sorpresas, de que los fenómenos negativos serán observados a tiempo y se tomarán a tiempo las medidas para eliminarlos. Necesitamos organizar las cosas de tal manera, que la vigilancia de la clase obrera se desarrolle en lugar de embotarse, que millones de obreros se sumen a la causa común de la edificación socialista, que millones de obreros y campesinos, y no sólo una docena de dirigentes, sigan atentos la marcha de nuestra edificación, adviertan nuestros errores y los saquen a la luz. Sólo así nos veremos libres de “sorpresas”. Mas, para conseguirlo, necesitamos desarrollar la crítica de nuestros defectos desde abajo, necesitamos hacer que la crítica sea masiva,

necesitamos asimilar y aplicar la consigna de autocrítica. Finalmente, sobre la elevación de las fuerzas culturales de la clase obrera, sobre la necesidad de cultivar en ella los hábitos de dirección del país con motivo de la aplicación de la consigna de autocrítica. Lenin decía: “Lo principal que nos falta es cultura, la capacidad de dirigir... Económica y políticamente, la NEP nos asegura por completo la posibilidad de construir los cimientos de la economía socialista. La cosa depende “sólo” de las fuerzas culturales del proletariado y de su vanguardia”. ¿Qué significa esto? Esto significa que una de las tareas fundamentales de nuestra edificación consiste en cultivar en la clase obrera los hábitos y la capacidad de dirigir el país, de dirigir la economía, de dirigir la industria. ¿Se pueden cultivar en la clase obrera estos hábitos y esta capacidad sin dar rienda suelta a las fuerzas ya la capacidad de los obreros, a las fuerzas y a la capacidad de los mejores hombres de la clase obrera para criticar nuestros errores, para señalar nuestros defectos y llevar adelante nuestro trabajo? Claro que no. ¿Y qué se requiere para dar rienda suelta a las fuerzas y a la capacidad de la clase obrera y de los trabajadores en general y permitirles adquirir hábitos de dirección del país? Para ello se requiere, ante todo, una aplicación honrada y bolchevique de la consigna de autocrítica, una aplicación honrada y bolchevique de la consigna de crítica desde abajo de los defectos y errores de nuestra labor. Si los obreros utilizan la posibilidad de criticar abierta y francamente los defectos del trabajo, de mejorar nuestro trabajo y de impulsado adelante, ¿qué significará esto? Significará que los obreros colaboran activamente en la dirección del país, de la economía y de la industria. Y eso no puede por menos de elevar en ellos el sentimiento de que son los dueños del país, de elevar su actividad, su vigilancia y su nivel cultural. El problema de las fuerzas culturales de la clase obrera es uno de los decisivos. ¿Por qué?

Porque de todas las clases dominantes que han existido hasta ahora, la clase obrera, como clase dominante, ocupa en la historia una situación un tanto especial y no del todo ventajosa. Todas las clases que dominaron hasta ahora -los esclavistas, los terratenientes y los capitalistas- eran al mismo tiempo clases ricas, sus hijos tenían la posibilidad de estudiar y adquirir los conocimientos y los hábitos necesarios para el gobierno. La clase obrera se diferencia de ellas, entre otras cosas, porque no es rica, porque sus hijos no tenían la posibilidad de estudiar y adquirir los conocimientos y los hábitos necesarios para el gobierno y sólo han obtenido la posibilidad de a prender ahora, después de subir ella al Poder. En esto, entre otras cosas, estriba, precisamente, la agudeza del problema de la revolución cultural en nuestro país. Cierto, en los diez años que lleva de dominación, la clase obrera de la U.R.S.S. ha hecho en este aspecto mucho más que los terratenientes y los capitalistas en cientos de años. Pero la situación internacional y la interior son tales, que lo conseguido está muy lejos de ser suficiente. Por ello debemos aprovechar a fondo todo medio capaz de elevar el nivel de desarrollo de las fuerzas culturales de la clase obrera, cualquier medio capaz de ayudarnos a cultivar en la clase obrera los hábitos y la capacidad de dirigir el país, la industria. Ahora bien: de lo dicho se desprende que la consigna de autocrítica es uno de los medios más importantes para el desarrollo de las fuerzas culturales del proletariado, para educar en la clase obrera los hábitos de gobierno. De ahí se desprende otro argumento en favor de que la aplicación de la consigna de autocrítica es para nosotros algo vital. Tales son, en su conjunto, los motivos que nos dictan la consigna de la autocrítica como consigna del día. No puede asombrar, por ello, que las labores del Pleno de abril del C.C. y de la C.C.C. hayan transcurrido bajo el signo de la autocrítica. Pasemos ahora al problema de los acopios de cereales.

II. El problema de los acopios de cereales. Ante todo, unas palabras acerca del fondo de la crisis que en los acopios de cereales atravesamos en enero de este año. En esencia, lo que ha ocurrido es que, a partir de octubre del año pasado, empezaron a disminuir los acopios, en diciembre llegaron a su punto más bajo y en enero de este año teníamos un déficit de 130.000.000 de puds de grano. La cosecha de este año no fue mucho peor que la del anterior, puede que bajase un poco. Este año eran mayores que el pasado las reservas de cosechas anteriores y se tenía la impresión de que en el país había más grano para la venta que en el año anterior. De acuerdo con ello, se trazó el plan de acopios para el año, un tanto superior al del pasado. Sin embargo, a pesar de todo, los acopios empezaron a disminuir, y a principios de enero de 1928 teníamos un déficit de 130.000.000 de puds. Se produjo una situación “original”: en el país había mucho grano, pero los acopios bajaban, con la consiguiente amenaza de hambre para las ciudades y el Ejército Rojo. ¿Cómo se explica esta “original” situación? ¿No será todo fruto de la casualidad? Muchos se inclinan a pensar que nos descuidamos, que, ocupados con la oposición, nos dejamos escapar algo. Descuido lo hubo, esto, naturalmente, es cierto. Pero cargarlo todo a la cuenta del descuido significaría incurrir en un craso error. Mucho menos puede atribuirse a una

casualidad la crisis de los acopios. Esas cosas no se producen casualmente. Esta sería una explicación demasiado barata. ¿Cuáles fueron, pues, en este caso, las condiciones que determinaron la crisis de acopios? Creo que esas condiciones fueron, por lo menos, tres. Primera. Las dificultades de nuestra edificación socialista, atendida nuestra situación internacional e interior. Me refiero, ante todo, a las dificultades del desarrollo de la industria urbana. Sería necesario lanzar al campo gran cantidad de mercancías de toda clase, de modo que se pudiera extraer de él el máximo de productos agrícolas. Para eso se requiere que nuestra industria se desarrolle más rápidamente que hasta ahora. Pero, para infundir un mayor impulso a la industria, es necesario un ritmo más acelerado de acumulación socialista. Y conseguir ese ritmo de acumulación no es tan fácil, camaradas. De ahí la escasez de mercancías con destino al campo. Me refiero también a las dificultades de nuestra edificación en el campo. La agricultura progresa despacio, camaradas. Sería necesario que la agricultura avanzase con botas de siete leguas, que se abaratase el trigo, que aumentasen las cosechas, que se empleasen al máximo los abonos, que la producción mecanizada de cereales se desarrollase intensamente. Pero nada de eso tenemos, y tardaremos en tenerlo, camaradas. ¿Por qué?

Porque nuestra agricultura se basa en la pequeña hacienda campesina, en la que es difícil introducir mejoramientos de importancia. La estadística dice que antes de la guerra había unos 16.000.000 de haciendas campesinas individuales en todo el país. Ahora hay unos 25.000.000 de haciendas campesinas individuales. Esto significa que somos un país típico de pequeñas haciendas campesinas. ¿Y qué es la pequeña hacienda campesina? Es la hacienda que peor cubre sus necesidades, la más primitiva, la menos desarrollada y la que da menos producción mercantil. Ahí está el quid de todo, camaradas. Abonos, máquinas, conocimientos agronómicos y demás adelantos son cosas que se pueden emplear con éxito en las haciendas grandes, pero que no tienen o casi no tienen aplicación en la pequeña hacienda campesina. Ahí reside la debilidad de la pequeña hacienda y por eso no resiste la competencia de las grandes haciendas de los kulaks. ¿Tenemos en el campo haciendas grandes, que empleen máquinas, abonos, conocimientos agronómicos, etc.? Sí, las hay. En primer lugar, los koljoses y sovjoses. Pero su número es pequeño, camaradas. En segundo lugar, las grandes haciendas (capitalistas) de los kulaks. Estas no son tan pocas y continúan desempeñando un papel considerable en la agricultura. ¿Podemos nosotros estimular las grandes haciendas capitalistas privadas en el campo? Está claro que no.

De ahí la conclusión: hay que apretar todo lo posible en el desarrollo de grandes haciendas en el campo, del tipo de los koljoses y sovjoses, procurando convertirlas en fábricas de cereales para el país, organizadas sobre la base de la ciencia moderna. A ello se debe, en realidad, que el XV Congreso de nuestro Partido lanzara la consigna de impulsar por todos los medios la organización de koljoses y sovjoses. Sería erróneo pensar que los koljoses deben formarse sólo con las capas de campesinos pobres. Eso no es cierto, camaradas. Nuestros koljoses deben ser de campesinos pobres y medios, y no abarcar a unos cuantos grupos y grupitos, sino aldeas enteras. Hay que darle al campesino medio una perspectiva y señalarle que como mejor y más rápidamente puede desarrollar la hacienda es a través de los koljoses. Si el campesino medio no puede elevarse hasta el grupo de los kulaks, y descender sería absurdo, hay que darle la perspectiva de que podría mejorar la hacienda a través del koljós. Pero hasta ahora son pocos los koljoses y sovjoses que tenemos, tan pocos que es una vergüenza. De ahí las dificultades de nuestra edificación en el campo. De ahí la insuficiente producción de cereales. Segunda. De ello se deduce que las dificultades de nuestra edificación en la ciudad y en el campo son la base sobre la que puede producirse una crisis de acopios.

Pero esto no significa toda vía que dicha crisis debiera producirse este año precisamente. Sabido es que estas dificultades no son sólo cosa del momento, también existían el año pasado. ¿Por qué, pues, sobrevino precisamente este año la crisis de acopios? ¿En qué consiste el secreto? El secreto consiste en que el kulak tuvo este año la oportunidad de aprovecharse de esas dificultades para elevar artificialmente los precios de los cereales, emprender un ataque contra la política soviética de precios y frenar así nuestro trabajo de acopios. Y consiguió aprovecharse de esas dificultades cuando menos por dos razones: primero, porque tres años de buena cosecha no pasaron en balde, el kulak se robusteció en este tiempo, aumentaron las reservas de grano en el campo, en general, y entre los kulaks, en particular, y éstos vieron una ocasión de imponer los precios; segundo, porque el kulak tenía el apoyo de los especuladores de la ciudad, que juzgan al alza de los precios del grano y que por eso los hacen subir. Esto no significa, naturalmente, que el kulak sea el principal poseedor del grano. La masa más importante y fundamental, que tiene en sus manos la mayor parte del grano, la forman los campesinos medios. Pero el kulak cuenta en el campo con cierta autoridad en cuestiones económicas, y en el problema de los precios puede arrastrar a veces al campesino medio. De ahí que los elementos kulaks

del campo puedan valerse de las dificultades de nuestra edificación para aumentar con fines especulativos los precios de los cereales. Pero ¿qué significa aumentar los precios de los cereales, supongamos, en un 40 o un 50%, como lo hacían, por ejemplo, los especuladores kulaks? Significa, lo primero de todo, un quebranto del salario real de los obreros. Supongamos que entonces elevásemos los salarios. Pero en tal caso habría que elevar los precios de los artículos manufacturados, asestando un golpe a la situación económica de la clase obrera y a la de los campesinos pobres y medios. ¿Y qué significaría esto? Significaría un verdadero e indudable quebranto para toda nuestra política económica. Mas la cosa no para ahí. Supongamos que hubiéramos subido los precios del grano en un 40 o un 50% en enero o esta primavera, en vísperas de la siembra. ¿A qué habría conducido esto? Entonces habríamos desorganizado la base de materias primas de nuestra industria. Los cultivadores de algodón hubieran dejado de plantarlo, para dedicarse a los cereales, lo que les sería más ventajoso. Los cultivadores de lino habrían dejado esta planta y pasado también al trigo. Los cultivadores de remolacha hubiesen hecho lo mismo. Y así sucesivamente. Resumiendo: a causa de los apetitos especuladores de los elementos capitalistas del campo, hubiéramos quebrantado la base de materias primas de nuestra industria.

Pero tampoco esto es todo. De elevar los precios del grano ésta primavera, por ejemplo, habríamos puesto de seguro la soga al cuello a los campesinos pobres, que en esa época del año compran trigo tanto para su manutención como para la siembra. Ellos y las capas inferiores de los campesinos medios habrían tenido pleno derecho a decimos: nos habéis engañado, pues os vendimos nuestro trigo a bajo precio en otoño del año pasado y ahora nos obligáis a comprarlo a precios altos; a quién defendéis, señores soviéticos, ¿a los necesitados o a los kulaks? Por eso, al golpe de especulación de los kulaks, que trataron de subir los precios de los cereales, el Partido debió contestar con un contragolpe que quitase a los kulaks y a los especuladores las ganas de amenazar con el hambre a la clase obrera y a nuestro Ejército Rojo. Tercera. Indudablemente, los elementos capitalistas del campo no habrían podido aprovechar las dificultades de nuestra edificación en la medida que lo hicieron, y la crisis de acopios no habría adquirido un carácter tan amenazador, si no les hubiera ayudado otra circunstancia. ¿De qué circunstancia se trata? Me refiero a la relajación de nuestros organismos de acopios, a la carencia de un frente único entre ellos, a la competencia que se hacían, a la falta de deseos de mantener una lucha enérgica contra el juego al alza de los precios del grano.

Me refiero, finalmente, a la inercia de nuestras organizaciones del Partido en las zonas de los acopios de cereales, a su falta de deseos de intervenir debidamente en la campaña de acopios de cereales, a su falta de deseos de intervenir en el asunto y poner fin a la relajación general del frente de los acopios. Embriagadas por los éxitos de la anterior campaña de acopios y creídas de que este año los asuntos marcharían de por sí, nuestras organizaciones de acopios y del Partido lo dejaron todo “a la buena de dios”, cediendo el terreno a los kulaks especuladores. Eso, precisamente, era lo que los kulaks esperaban. No creo que pueda dudarse de que, sin esta circunstancia, la crisis de acopios no hubiera podido adquirir un carácter tan amenazador. No se debe olvidar que nosotros, es decir, nuestras organizaciones, tanto las de acopios como las restantes, tenemos en nuestras manos casi el 80% del abastecimiento de artículos manufacturados al campo y casi el 90% de todos los acopios en el campo. Huelga decir que esta circunstancia nos permite dictar condiciones al kulak en el campo, siempre que nuestras organizaciones sepan utilizar esta situación ventajosa. Pero, en vez de utilizarla, dejamos que las cosas siguieran su curso, facilitando así -claro que sin desearlo- la lucha de los elementos capitalistas del campo contra el poder Soviético.

Tales son, camaradas, las condiciones determinantes de la crisis de acopios de fines del año pasado. Veis, pues, que esta crisis no se puede considerar casual. Veis que la crisis de acopios representa, dentro de las condiciones de la Nep, el primer acto importante de los elementos capitalistas del campo contra el Poder Soviético en una de las cuestiones más importantes de nuestra edificación, en la cuestión de los acopios de cereales. Tal es, camaradas, el fondo de clase de la crisis de acopios de cereales. Ya sabéis que para acabar con la crisis de acopios y refrenar los apetitos especuladores de los kulaks, el Partido y el Poder Soviético hubieron de recurrir a diversas medidas prácticas. De ellas se ha hablado suficientemente en nuestra prensa. De ellas se habla con bastante detalle en la resolución del Pleno conjunto del C.C. y de la C.C.C. Por eso opino que no hay necesidad de repetirlas ahora. Únicamente desearía hablar de ciertas medidas excepcionales, adoptadas por lo excepcional de las circunstancias y cuya necesidad, naturalmente, desaparecerá si no se vuelven a dar estas circunstancias excepcionales. Me refiero a la aplicación del artículo 107 de la ley contra la especulación. Este artículo lo aprobó el C.E.C. en 1926, pero no recurrimos a él en el año pasado. ¿Por qué? Porque los acopios de cereales marchaban

normalmente, como suele decirse, y no hubo motivo para aplicarlo. El artículo en cuestión fue recordado sólo este año, a principios de 1928. Y se acudió a él porque tropezamos con algunas circunstancias excepcionales creadas por las maquinaciones especulativas de los kulaks, lo cual amenazaba con el hambre. Está claro que si en la campaña del año próximo no se dan circunstancias excepcionales y los acopios marchan normalmente, el artículo 107 no será aplicado. Y al contrario, si se producen circunstancias excepcionales y los elementos capitalistas empiezan de nuevo a “tontear”, el artículo 107 reaparecerá en escena. Sería estúpido basarse en ello para hablar de “abolición” de la Nep, de “vuelta” al sistema de contingentación, etc. Únicamente los enemigos del Poder Soviético pueden pensar ahora en abolir la Nep. Para nadie es tan ventajosa ahora la nueva política económica como para el Poder Soviético. Pero hay quien piensa que la Nep no significa el fortalecimiento de la lucha contra los elementos capitalistas, comprendidos los kulaks, con objeto de vencerlos, sino el cese de la lucha contra los kulaks y demás elementos capitalistas. Huelga decir que esas gentes no guardan ninguna relación con el leninismo, y no tienen ni pueden tener cabida en nuestro Partido. Conocéis también los resultados de las medidas tomadas por el Partido y el Poder Soviético a fin de acabar con la crisis de víveres. En pocas palabras, consisten en lo siguiente.

Primero, hemos recuperado lo perdido y acopiado grano, alcanzando, e incluso sobrepasando en algunos sitios, el ritmo de los acopios del año pasado. Se sabe que en tres meses, de enero a marzo, hemos podido acopiar más de 270.000.000 de puds de cereales. Esto, claro está, no es todo lo que necesitamos. Debemos reunir todavía más de 100.000.000 de puds. Pero, sin embargo, ha sido la conquista necesaria para liquidar la crisis de los acopios. Ahora podemos decir con toda razón que el Partido y el Poder Soviético han logrado en este frente éxitos importantísimos. Segundo, hemos saneado, en mayor o menor medida, nuestras organizaciones locales de acopios y del Partido, comprobando en la práctica su capacidad de lucha y limpiándolas de elementos a todas luces descompuestos, que no reconocen la existencia de diferentes clases en el campo y no desean “enemistarse” con el kulak. Tercero, hemos mejorado el trabajo en el campo, hemos acercado más a nosotros a los campesinos pobres y nos hemos ganado a la inmensa mayoría de los campesinos medios, aislando a los kulaks y disgustando algo a la capa alta acomodada de los campesinos medios. De este modo, hemos llevado a la práctica nuestra vieja consigna bolchevique, que Lenin lanzara ya en el VIII Congreso de nuestro Partido: apoyarse en los campesinos pobres, saber establecer una alianza sólida con el campesino medio y no cejar ni un instante en la lucha contra los kulaks.

Sé que ciertos camaradas no aceptan de muy buen grado esta consigna. Sería peregrino suponer que la alianza de los obreros y campesinos, cuando la dictadura del proletariado se ha fortalecido, significa la alianza de los obreros con todos los campesinos, comprendidos los kulaks. No, camaradas, no propugnamos esa alianza ni podemos hacerlo. En las condiciones de la dictadura del proletariado, cuando se ha consolidado el Poder de la clase obrera, la alianza de ésta con el campesinado significa apoyarse en los campesinos pobres, mantener la alianza con los campesinos medios y combatir al kulak. Quien se imagine que, en nuestras condiciones, la alianza con el campesinado significa la alianza con los kulaks, no tiene nada que ver con el leninismo. Quien imagine mantener en la aldea una política del gusto de todos, tanto de los ricos como de los pobres, no es un marxista, sino un imbécil, pues tal política no existe bajo la capa del cielo, camaradas. (Risas, aplausos.) Nuestra política es una política de clase. Tales son en conjunto los resultados de nuestras medidas para el incremento de los acopios. Es indudable que la aplicación de estas medidas ha ido acompañada de numerosas exageraciones y deformaciones de la línea del Partido. Nadie ignora que ha habido bastantes casos de deformación de nuestra política, en los que, por torpeza nuestra, salieron perjudicados, ante todo, campesinos pobres y medios, casos de injusta aplicación del artículo 107, etc.

Castigamos y castigaremos con toda severidad a los culpables de estas deformaciones. Pero sería extraño no ver, tras ellas, los resultados buenos y verdaderamente importantes de las medidas adoptadas por el Partido, sin las cuales no hubiera más podido salir de la crisis de acopios. No ver esto significaría cerrar los ojos a lo principal, colocar en primer plano lo particular y lo accidental. No ver esto significaría ahogar los importantísimos éxitos de la campaña de acopios en el vaso de agua de algunos casos de deformación de nuestra línea, casos que no obedecen en absoluto a las medidas adoptadas por el Partido. ¿Hubo circunstancias favorables para nuestros éxitos en los acopios y para nuestra lucha contra la ofensiva de los elementos capitalistas del campo? Sí que las hubo. Podríamos señalar, por lo menos, dos circunstancias de esa clase. La primera es que emprendimos la intervención del Partido en la campaña de acopios y asestamos el golpe contra los elementos kulaks especuladores después del XV Congreso de nuestro Partido, después de haber acabado con la oposición, después de que el Partido consiguió la unidad máxima, al derrotar a les enemigos que tenía dentro de sus filas. La lucha contra los kulaks no se puede considerar cosa fácil. Para destrozar las maquinaciones de los

kulaks especuladores, sin la menor complicación dentro del país, hacía falta un partido absolutamente unido, una retaguardia muy sólida y un Poder de una fortaleza absoluta. Es indudable que la existencia de estos factores contribuyó en buena medida a que los kulaks se vieran obligados a retroceder al momento. La segunda es que logramos ligar nuestras medidas prácticas, destinadas a poner coto a los kulaks especuladores, con los intereses vitales de la clase obrera, del Ejército Rojo y de la mayoría de las capas necesitadas del campo. Los kulaks especuladores agitaron ante las masas trabajadoras de la ciudad y del campo el espectro del hambre, incumpliendo por añadidura las leyes del Poder Soviético (el artículo 107), y esta circunstancia no pudo por menos de hacer que en la lucha contra los elementos capitalistas del campo tuviéramos con nosotros a la mayoría de la población rural. El kulak especulaba desvergonzadamente con los cereales, creaba de este modo dificultades gravísimas, lo mismo en la ciudad que en el campo, y violaba, además, las leyes del Poder Soviético, es decir, la voluntad del Comité Ejecutivo Central de los Soviets de Diputados Obreros, Campesinos y Soldados Rojos, ¿no está claro, acaso, que esta circunstancia debía facilitar el aislamiento de los kulaks?

Ha resultado en cierto modo la misma combinación (claro que con las salvedades oportunas) que en 1921, cuando el Partido, con Lenin a la cabeza, teniendo en cuenta el hambre reinante en el país, planteó la necesidad de requisar los objetos de valor de las iglesias con el fin de adquirir cereales con destino a las zonas afectadas por el hambre y aprovechó esta circunstancia para emprender una amplísima campaña antirreligiosa; cuando los popes, aferrándose a esos objetos de valor, se pusieron de hecho frente a las masas hambrientas, con lo cual se ganaron la enemiga de las masas contra la iglesia en general, contra los prejuicios religiosos en particular y especialmente contra los popes y sus jerarcas. Hubo entonces en nuestro Partido extravagantes creídos de que Lenin únicamente había comprendido la necesidad de luchar contra la iglesia en 1921 (Risas) y que hasta entonces no se había percatado de ella. Esto, claro, es una estupidez, camaradas. Lenin, naturalmente, comprendía antes de 1921 la necesidad de luchar contra la iglesia. Pero no es ése el problema. De lo que se trataba era de ligar la amplia campaña antirreligiosa de masas con la lucha por los intereses vitales de las masas populares y sostener dicha campaña de manera que fuera comprensible para las masas, que fuera apoyada por las masas. Lo mismo debe decirse de la maniobra emprendida por el Partido a principios de año, con motivo de la campaña de acopio de cereales. Hay quienes piensan que sólo ahora ha comprendido el Partido la necesidad de combatir el peligro kulakista.

Esto, claro, es una estupidez, camaradas. El Partido ha comprendido siempre la necesidad de esa lucha y la ha sostenido no de palabra, sino de hecho. La particularidad de la maniobra emprendida a principios de año consiste en que el Partido tuvo entonces la ocasión de ligar la lucha enérgica contra los kulaks especuladores a la lucha por intereses vitales de las amplias masas trabajadoras y, al hacerlo, logró conducir tras de sí a la mayoría de las masas trabajadoras del campo y aislar al kulak. El arte de la política bolchevique no consiste, ni mucho menos, en disparar sin orden ni concierto con todos los cañones y en todos los frentes, sin consideraciones de tiempo y lugar, sin tener en cuenta si las masas están dispuestas a apoyar estas o las otras medidas de la dirección. El arte de la política bolchevique consiste en saber elegir el momento y el lugar y tomar en consideración todas las circunstancias para concentrar el fuego sobre el frente donde antes se puedan conseguir los máximos resultados. En efecto, ¿qué resultados habríamos obtenido si hubiésemos asestado un golpe fortísimo al kulak hace tres años, cuando no nos habíamos ganado a los campesinos medios, cuando el campesino medio estaba irritado y arremetía contra nuestros presidentes de comité ejecutivo de subdistrito, cuando los campesinos pobres estaban aturdidos por los resultados de la Nep, cuando no teníamos más que un 75% del área de siembra anterior a la guerra, cuando se nos planteaba el problema fundamental de ampliar la producción de víveres y materias primas agrícolas, cuando todavía no contábamos con una base importante de víveres y materias primas para la industria?

No dudo de que entonces habríamos perdido el combate, no habríamos podido ampliar el área de siembra al nivel en que ahora se encuentra, habríamos perdido la posibilidad de crear una base de víveres y materias primas para la industria, habríamos facilitado el reforzamiento de los kulaks, habríamos alejado de nosotros a los campesinos medios, y, posiblemente, tropezaríamos ahora con muy serias complicaciones políticas en el país. ¿Qué teníamos en el campo a principios de año? El área de siembra ampliada hasta el nivel de anteguerra, una fuerte base de víveres y materias primas para la industria, la mayoría de los campesinos medios ganados para el Poder Soviético, los campesinos pobres más o menos organizados, las organizaciones del Partido y de los Soviets en el campo mejoradas y robustecidas. ¿No está claro, acaso, que sólo en estas condiciones se podía esperar un éxito importante del golpe contra los kulaks especuladores? ¿No está claro, acaso, que hace falta estar loco para no comprender toda la diferencia entre estas dos situaciones, por lo que se refiere a la organización de una amplia lucha de las masas contra los elementos capitalistas del campo?

Ahí tenéis un ejemplo de la insensatez que supone disparar sin orden ni concierto con todos los cañones y en todos los frentes, sin consideraciones de tiempo ni lugar, sin tener en cuenta la correlación de las fuerzas en pugna. Así están las cosas, camaradas, por lo que se refiere a los acopios de cereales. Pasemos ahora al asunto de Shajti.

III. El asunto de Shajti. ¿Cuál es el contenido de clase del asunto de Shajti, dónde se ocultan las raíces del asunto de Shajti y sobre qué base clasista pudo surgir esta contrarrevolución económica? Algunos camaradas consideran que el asunto de Shajti es una cosa fortuita. Esos camaradas suelen decir: nos descuidamos bastante, no nos dimos cuenta, pero, a no ser por el descuido, no se habría producido ningún asunto de Shajti. Que hubo descuido, y descuido de bulto, es cosa que de ningún modo se puede poner en duda. Pero atribuirlo todo a un descuido, significa no comprender el fondo de la cuestión. ¿Qué nos dicen los hechos, los materiales del asunto de Shajti? Los hechos nos dicen que el asunto de Shajti es contrarrevolución económica, emprendida por algunos especialistas burgueses que antes eran dueños de la industria hullera. Los hechos nos dicen también que estos especialistas, organizados en un grupo secreto, recibían para el sabotaje dinero de los antiguos propietarios, que ahora están emigrados, y de las organizaciones capitalistas antisoviéticas contrarrevolucionarias de Occidente. Los hechos nos dicen, en fin, que este grupo de especialistas burgueses actuaba y destruía nuestra industria siguiendo las órdenes de las organizaciones capitalistas de Occidente. ¿Qué nos dice todo esto? Que aquí nos encontramos con la intervención económica de las organizaciones capitalistas antisoviéticas de Europa Occidental en los asuntos de nuestra industria. Hubo en tiempos intervención político-militar, a la que conseguimos poner fin con la victoria en la guerra civil. Ahora tenemos una intentona de intervención económica, para acabar con la cual no necesitaremos recurrir a una guerra civil, pero con la que, sin embargo, debemos acabar y acabaremos poniendo en juego todos los recursos a nuestro alcance. Sería estúpido suponer que el capital internacional nos iba a dejar tranquilos. No, camaradas, eso no es cierto. Las clases existen, el capital internacional existe y no puede contemplar tranquilo el desarrollo del país que construye el socialismo. Antes, el capital internacional pensó en derrocar el Poder Soviético mediante la intervención militar directa. La tentativa no tuvo éxito.

Ahora trata, y tratará en adelante, de debilitar nuestro poderío económico mediante la intervención en este terreno, una intervención solapada, no siempre perceptible, pero de bastante envergadura, organizando actos de sabotaje, preparando toda clase de “crisis” en unas u otras ramas de la industria y facilitando así la posibilidad de una intervención militar en el futuro. Todo confluye al nudo de la lucha de clase del capital internacional contra el Poder Soviético, y no hay casualidad que valga. Una de dos: o bien seguimos en adelante la política revolucionaria, agrupando en torno de la clase obrera de la U.R.S.S. a los proletarios y oprimidos de todos los países, y entonces el capital internacional pondrá toda clase de obstáculos a nuestro avance; o bien renunciamos a nuestra política revolucionaria, hacemos varias concesiones de principio al capital internacional, y entonces éste quizá no se muestre contrario a “ayudarnos” a que nuestro país socialista degenero en una “buena” república burguesa. Hay quienes piensan que podemos seguir una política exterior de liberación y, al propio tiempo, ganarnos las alabanzas de los capitalistas de Europa y América. No voy a tratar de demostrar que estos ingenuos no tienen ni pueden tener nada de común con nuestro Partido.

Inglaterra, por ejemplo, nos exige que establezcamos con ella usurpadoras esferas de influencia en cualquier sitio, pongamos por caso en Persia, en Afganistán o en Turquía, asegurándonos que está dispuesta a tener “amistad” con nosotros si hacemos esa concesión. Y bien, camaradas, ¿tal vez valga la pena de hacer esa concesión? Exclamación general. ¡No! Stalin. Norteamérica nos exige que renunciemos en principio a la política de apoyar el movimiento de liberación de la clase obrera de otros países, afirmando que todo iría bien si hiciéramos esa concesión. Y bien, camaradas, ¿tal vez valga la pena de hacer esa concesión? Exclamación general. ¡No! Stalin. Podríamos establecer relaciones “amistosas” con el Japón si transigiéramos en repartirnos con él Manchuria. ¿Podemos hacer esa concesión? Exclamación general. ¡No! Stalin. O, por ejemplo, se nos exige que “suavicemos” el monopolio del comercio exterior y consintamos en pagar todas las deudas, las de la guerra y las de antes de la guerra. ¿Tal vez valga la pena de hacerlo, camaradas? Exclamación general. ¡No!. Stalin. Ahora bien, justamente porque no podemos hacer estas concesiones, ni otras semejantes, sin renunciar a ser lo que somos,

justamente por ello debemos esperar que el capital internacional siga en adelante cometiendo con nosotros toda clase de vilezas, bien un segundo Shajti o bien algo por el estilo. Ahí residen las raíces de clase del asunto de Shajti. ¿Por qué el capital internacional pudo emprender la intervención militar contra nosotros? Porque en nuestro país existían grupos enteros de especialistas militares, de generales y oficiales, hijos de burgueses y terratenientes, que siempre estaban dispuestos a socavar los cimientos mismos del Poder Soviético. ¿Hubieran podido estos generales y oficiales organizar una guerra importante contra el Poder Soviético sin el apoyo financiero, militar, etc. del capital internacional? Claro que no. ¿Hubiera podido el capital internacional organizar una intervención importante sin la ayuda de este grupo de oficiales y generales blancos? Me parece que no hubiera podido. Había entonces intervención militar camaradas convencidos de que la era cosa del azar, de que si no hubiéramos excarcelado a Krasnov, Mámontov, etc., no habría habido intervención. Eso, claro, no es cierto. No puede haber duda de que la excarcelación de Mámontov, Krasnov y otros generales blancos influyó en el desarrollo de la guerra civil.

Pero tampoco puede haber duda alguna de que las raíces de la intervención militar no estaban ahí, sino en las contradicciones de clase entre el Poder Soviético, por una parte, y el capital internacional con sus secuaces, los generales rusos, por otra parte. ¿Habrían podido organizar el asunto de Shajti unos cuantos especialistas burgueses, antiguos propietarios de minas, sin el apoyo financiero y moral del capital internacional, sin la perspectiva de que el capital internacional podría ayudarles a derrocar el Poder Soviético? Claro que no. ¿Habría podido el capital internacional organizar en nuestro país una intervención económica al estilo del asunto de Shajti si entre nosotros no quedara burguesía, comprendido cierto grupo de especialistas burgueses dispuestos a ahogar el Poder Soviético en un vaso de agua? Claro que no. ¿Hay en nuestro país, hablando en general, grupos de especialistas burgueses dispuestos a la intervención económica, a quebrantar el Poder Soviético? Yo creo que sí. No me parece que puedan ser muchos, pero es indudable que en el país existen ciertos grupos insignificantes de especialistas burgueses contrarrevolucionarios, mucho más reducidos de los que había cuando la intervención militar. La unión de esas dos fuerzas es lo que ofrece base para la intervención económica en la U.R.S.S. Ese es precisamente el fondo de clase del asunto de Shajti. Pasemos ahora a las conclusiones prácticas que se desprenden del asunto de Shajti.

Desearía detenerme en las cuatro conclusiones prácticas que nos sugiere este asunto. Lenin decía que el problema de la selección de los cuadros es uno de los más importantes de la edificación del socialismo. El asunto de Shajti muestra que nosotros seleccionábamos mal nuestros cuadros administrativos y que, además de seleccionarlos mal, los colocábamos en unas condiciones que dificultaban su adiestramiento. Se habla de la orden Nº 33 y particularmente del “Reglamento tipo” que la acompaña. La peculiaridad de este reglamento tipo es que concede al director técnico casi las máximas atribuciones, reservando al director principal el derecho a solucionar conflictos, a ostentar la “representación” y a tocar la balalaika. Está claro que en estas condiciones nuestros cuadros administrativos no podían desarrollarse en grado suficiente. Esa orden fue, en tiempos, de una necesidad absoluta, pues se dictó en un momento en que carecíamos por completo de cuadros administrativos propios, no sabíamos dirigir la industria y nos veíamos obligados a conceder las máximas atribuciones al director técnico. Pero ahora esta orden se ha convertido en una traba. Ahora disponemos de nuestros cuadros administrativos, que poseen experiencia y pueden convertirse en auténticos dirigentes de nuestra industria. Y precisamente por ello es hora de derogar el reglamento tipo, ya caduco, y sustituirlo por otro nuevo.

Se dice que los comunistas, particularmente los obreros comunistas que ocupan puestos administrativos, no podrán dominar las fórmulas químicas y los conocimientos técnicos en general. Eso no es cierto, camaradas. No hay en el mundo fortalezas que los trabajadores, que los bolcheviques no puedan tomar. (Aplausos.) Fortalezas más difíciles hemos tomado en nuestra lucha contra la burguesía. Todo se reduce a querer dominar los conocimientos técnicos y a armarse de tenacidad y de paciencia bolcheviques. Mas, para modificar las condiciones de trabajo de nuestros cuadros administrativos y ayudarles a desempeñar con toda plenitud y con todo derecho sus funciones, hace falta derogar el viejo reglamento tipo, sustituirlo por otro nuevo. En caso contrario, corremos el riesgo de estropear a nuestros hombres. ¿Acaso algunos de nuestros cuadros administrativos de los que rodaron por la pendiente eran peores que cualquiera de nosotros? ¿Cómo se explica que tales camaradas y otros como ellos empezasen a rodar por la pendiente y a degenerar, confundiéndose en su vida diaria con los especialistas burgueses? Eso lo explican nuestra desacertada labor práctica en la economía, las condiciones de selección y de trabajo de nuestros cuadros administrativos, que son un estorbo para su progreso, que los convierten en un apéndice de los especialistas burgueses. Hay que acabar con esto,

camaradas. La segunda conclusión que nos sugiere el asunto de Shajti es que instruimos mal a los cuadros en nuestros establecimientos de enseñanza técnica superior, que capacitamos mal a nuestros especialistas rojos. Esta es una conclusión que no podemos eludir de ninguna manera. ¿Por qué, por ejemplo, muchos de nuestros jóvenes especialistas no valen, resultan inútiles para la industria? Porque han estudiado sólo en los libros, son especialistas librescos, carecen de experiencia práctica, están aislados de la producción y, como es lógico, fracasan. ¿Y acaso nos hacen falta tales especialistas? No, tales especialistas no nos hacen falta, aunque sean tres veces jóvenes. Necesitamos unos especialistas, sean comunistas o no lo sean, fuertes no sólo en el sentido teórico, sino también por su experiencia práctica, por sus vínculos con la producción. El joven especialista que no ha visto una mina y no quiere bajar a una galería, el joven especialista que no ha visto una fábrica y no quiere ensuciarse en ella, no aventajará nunca a los viejos especialistas curtidos por la experiencia práctica, pero hostiles a nuestra causa. Por eso se explica fácilmente que no sólo los viejos especialistas y no sólo nuestros cuadros administrativos, sino también los obreros reciban a menudo de uñas a esos jóvenes especialistas.

Mas, para evitar tales eventualidades con los especialistas jóvenes, es necesario modificar su enseñanza, y modificarla de tal modo que desde los primeros años de estudios en las escuelas superiores técnicas estén indisolublemente ligados a la producción, a la fábrica, a la mina, etc. La tercera conclusión se refiere a la incorporación de las amplias masas obreras a la dirección de la industria. ¿Cómo están las cosas en este sentido, según datos de los materiales del asunto de Shajti? Muy mal. Tan mal, que es una vergüenza, camaradas. Se ha probado el incumplimiento del Código de las leyes del trabajo, no siempre se observa la jornada de 6 horas en los trabajos subterráneos, se infringen las leyes de protección del trabajo. Y los obreros aguantan. Y los sindicatos callan. Y las organizaciones del Partido no toman medidas para acabar con esa vergüenza. Un camarada estuvo hace poco en la cuenca del Donetz, se metió por las minas y preguntó a los obreros acerca de las condiciones de su trabajo. Es de destacar que ningún minero consideró necesario quejarse de esas condiciones. “¿Cómo vivís, camaradas?”, preguntaba este camarada. “No vivimos mal”, le respondían los mineros. “Voy a ir a Moscú, decidme qué tengo que plantear allí”, seguía él. “Diga que no vivimos mal”, respondían los mineros. “Escuchad, camaradas, no soy ningún extranjero, soy ruso y he venido aquí para saber de vosotros la verdad”, les decía el camarada en cuestión. “Nos es lo mismo, camarada, nosotros decimos sólo la verdad, a los extranjeros y a los nuestros”, contestaban los mineros.

Así son nuestros mineros. No son obreros simplemente, son héroes. Esa es, justamente, la gran riqueza del capital moral que hemos acumulado en el corazón de los obreros. ¡Y pensar que dilapidamos este inapreciable capital moral de manera tan imperdonable, tan criminal, como herederos malos e inútiles de la grandiosa herencia de la Revolución de Octubre! Pero no se puede, camaradas, vivir mucho tiempo a costa del viejo capital moral y malgastarlo tan insensatamente. Ya es hora de terminar con esto. ¡"Hace mucho que lo es! Por último, la cuarta conclusión, que se refiere al control de la ejecución práctica. El asunto de Shajti ha mostrado que esta cuestión está peor que mal en todas las esferas de la dirección, lo mismo del Partido, que de la industria y de los sindicatos. Se escriben resoluciones, se envían directivas, pero nadie quiere tomarse el trabajo de preguntarse: ¿y qué hay del cumplimiento de estas resoluciones y directivas, se cumplen en la práctica o son metidas bajo el tapete? Ilich decía que una de las cuestiones más serias, por lo que se refiere a la dirección del país, es el control de la ejecución práctica. Y precisamente en este sentido nos van las cosas peor que mal. Dirigir no significa sólo escribir resoluciones y enviar directivas.

Dirigir significa comprobar el cumplimiento de las directivas, y no sólo esto, sino fijarse en las propias directivas, ver si son acertadas o erróneas desde el punto de vista del trabajo práctico vivo. Sería ridículo pensar que todas nuestras directivas son acertadas en el cien por cien. Esto no sucede ni puede suceder, camaradas. El control de la ejecución práctica reside precisamente en que nuestros hombres contrasten en el fuego de la experiencia práctica no sólo el cumplimiento de nuestras directivas, sino el acierto de las directivas mismas. Por eso, las faltas en este terreno significan fallas en toda nuestra dirección. Tomemos, por ejemplo, el control de la ejecución práctica dentro exclusivamente del Partido. Por lo general llamamos a los secretarios de los comités comarcales y provinciales a informar ante el C.C., comprobando así el cumplimiento de las directivas del C.C. Los secretarios informan, reconocen los defectos de su labor. El C.C. los inculpa y dicta resoluciones estereotipadas con las indicaciones de profundizar y ampliar el trabajo, de subrayar esto y lo otro, de prestar una atención especial a esto y a lo de más allá, etc. Los secretarios vuelven a sus organizaciones con estas resoluciones. Después los llamamos de nuevo, y se repite lo mismo acerca de la profundización, de la ampliación, etc., etc. Yo no digo que todo este trabajo sea infructuoso. No, camaradas, esto tiene sus lados buenos en el sentido

de que se educa y se hace trabajar mejor a las organizaciones. Pero es preciso reconocer que este método de control de la ejecución práctica es ya insuficiente. Es preciso reconocer que este método debe ir acompañado de otro, del método de enviar a trabajar a distintas organizaciones a los miembros dirigentes del Partido y de los Soviets. (Una voz: “¡Esa es una buena idea!”.) Me refiero al envío de nuestros camaradas dirigentes, por algún tiempo, a las organizaciones, no en plan de jefes, sino como trabajadores corrientes, puestos a disposición de las organizaciones locales. Opino que esto tiene grandes perspectivas y puede mejorar el control de la ejecución práctica si se lleva a cabo con honradez y a conciencia. Si los miembros del C.C., los miembros del Presídium de la C.C.C., los comisarios y vicecomisarios del pueblo, los miembros del Presídium del Consejo Central de los Sindicatos Soviéticos y los miembros de los presídiums de los C.C. de cada sindicato acuden sistemáticamente a diversos lugares y trabajan allí para darse cuenta de las condiciones, para estudiar todas las dificultades, todos los pros y los contras, yo os aseguro que esto será el control más real y eficaz de la ejecución práctica. Será el medio mejor de enriquecer la experiencia de nuestros estimados dirigentes. Y si se convirtiera en sistema -y así debe ser forzosamente-, os aseguro que las leyes que escribimos aquí y las directivas que trazamos tendrían mucha más vida y serían mucho más acertadas de lo que ahora ocurre. Así están las cosas, camaradas, por lo que se refiere al asunto de Shajti.

IV. Conclusión general. Tenemos enemigos interiores. Tenemos enemigos exteriores. Eso no se debe olvidar, camaradas, ni un solo instante. Hemos sufrido una crisis de acopios que esta ya liquidada. La crisis de acopios ha sido, dentro de la Nep, el primer acto importante de los elementos capitalistas del campo contra el Poder Soviético. Tenemos el asunto de Shajti, que está siendo liquidado y que lo será sin duda. El asunto de Shajti es una nueva acción de importancia del capital internacional y sus agentes dentro de nuestro país contra el Poder Soviético. Es la intervención económica en nuestros asuntos interiores. Huelga decir que estos ataques y otros semejantes, lo mismo por la línea interior que por la exterior, pueden repetirse, y lo más probable es que se repitan. Nuestra tarea es desplegar la vigilancia máxima y estar alerta. Y si permanecemos vigilantes, camaradas, batiremos de seguro a nuestros enemigos en el porvenir lo mismo que los estamos batiendo en el presente y los batimos en el pasado. (Clamorosos y prolongados aplausos.)

Publicado el 18 de abril de 1928 en el núm. 90 de “Pravda”.