Discurso en el Pleno del C.C. del P.C.(b) de la U.R.S.S.58, 19 de noviembre de 1928. Hablaré, camaradas, de las tres cuestiones fundamentales planteadas en las tesis del Buró Político. Hablaré de la industrialización del país y de que el factor dominante en ella es el desarrollo de la producción de medios de producción, al que se debe imprimir un ritmo lo más rápido posible. Después hablaré de que el ritmo del desarrollo de la agricultura en nuestro país va extraordinariamente retrasado del ritmo del desarrollo de la industria y de que, por ello, la cuestión más urgente hoy día en nuestra política interior es la de la agricultura y, en particular, el problema de los cereales, el problema de qué se debe hacer para elevar la agricultura y reconstruirla sobre la base de la técnica moderna. Y, por último, la tercera cuestión, la cuestión de las desviaciones respecto de la línea del Partido, de la lucha en dos frentes y de que el peligro principal en estos momentos es el peligro de derecha, la desviación de derecha.

I. La cuestión del ritmo del desarrollo de la industria. Nuestras tesis arrancan de que el rápido ritmo del desarrollo de la industria en general, y de la producción de medios de producción en particular es el principio fundamental y la clave de la industrialización del país, el principio fundamental y la clave de la transformación de toda nuestra economía nacional sobre la base del desarrollo socialista. Pero ¿qué significa un ritmo rápido del desarrollo de la industria? Significa más inversiones capitales en ella. Y esto hace que todos nuestros planes, tanto el presupuestario como el extrapresupuestario, sean muy duros. Y, en efecto, el rasgo característico de nuestras cifras control en los últimos tres años, en el período de la reconstrucción, consiste en que se fijan y cumplen bajo el signo de una gran tensión de fuerzas. Lo mismo si tomáis nuestras cifras control y examináis nuestros cálculos presupuestarios que si conversáis con nuestros camaradas de Partido -tanto con los que trabajan en las organizaciones del Partido como con los que dirigen nuestra edificación soviética, económica y cooperativa-, percibiréis siempre un rasgo característico: la dureza de nuestros planes. Surge la cuestión de si necesitamos en general que los planes sean tan duros. ¿No podríamos prescindir de esa dureza? ¿Acaso no se puede trabajar a un ritmo más lento, en un ambiente de mayor “tranquilidad”? ¿No se deberá el rápido ritmo de desarrollo de la industria a que los miembros del Buró Político y del Consejo de Comisarios del Pueblo son hombres demasiado inquietos? ¡Está claro que no!

En el Buró Político y en el Consejo de Comisarios del Pueblo, la gente es serena y tranquila. Hablando en abstracto, haciendo abstracción de la situación exterior e interior, podríamos, naturalmente, aminorar el ritmo. Pero lo que ocurre es que, en primer término, no podemos hacer abstracción de la situación exterior e interior y, en segundo término, si partimos de la situación circundante, no podemos por menos de reconocer que es precisamente esa situación la que nos impone un rápido ritmo de desarrollo de nuestra industria. Permitidme que pase a analizar esa situación, esas condiciones de índole exterior e interior que nos imponen un rápido ritmo de desarrollo de la industria. Condiciones exteriores. Nosotros hemos llegado al Poder en un país de técnica terriblemente atrasada. Al lado de escasas grandes empresas industriales dotadas, más o menos, de maquinaria moderna, tenemos miles de fábricas cuya maquinaria no resiste la menor crítica desde el punto de vista de los adelantos de nuestros días. Mientras tanto, nos rodean países capitalistas que poseen una técnica industrial mucho más desarrollada y más moderna que la de nuestro país. Fijaos en los países capitalistas y veréis que en ellos la técnica no sólo marcha, sino que corre adelante, sobrepasando a las viejas formas de la técnica industrial. Y resulta que en nuestro país tenemos, de una parte, el régimen más avanzado, el régimen soviético, y el Poder más avanzado del mundo, el Poder Soviético, y, de otra parte, una técnica industrial extraordinariamente atrasada, como base del socialismo y del Poder Soviético. ¿Creéis que puede lograrse la victoria definitiva del socialismo en nuestro país mientras

exista esa contradicción? ¿Qué hacer para eliminar esa contradicción? Para ello hay que alcanzar y sobrepasar la técnica avanzada de los países capitalistas desarrollados. Nosotros hemos alcanzado y sobrepasado a los países capitalistas adelantados en cuanto al establecimiento de un nuevo régimen político, del régimen soviético. Eso está bien. Pero no basta. Para lograr la victoria definitiva del socialismo en nuestro país es necesario, además, alcanzar y sobrepasar a esos países en el aspecto técnico-económico. O lo hacemos así o nos aplastarán. Eso no sólo es cierto desde el punto de vista de la edificación completa del socialismo. Lo es también desde el punto de vista de la garantía de la independencia de nuestro país en una situación de cerco capitalista. Es imposible garantizar la independencia de nuestro país si no se cuenta con una base industrial suficiente para la defensa. Es imposible crear esa base industrial si la industria no dispone de una técnica de primera clase. Para eso necesitamos, y eso es lo que nos lo impone, un rápido ritmo de desarrollo de la industria. El atraso técnico-económico de nuestro país no lo hemos inventado nosotros. Es un atraso secular, que hemos heredado de toda la historia de nuestro país. Ese atraso se dejaba sentir como un gran mal ya antes, en el período anterior a la revolución, y se deja sentir también después, en el período posterior a la revolución.

Lo que hacía Pedro el Grande cuando, al tener que vérselas con países del Occidente más adelantados, construía: febrilmente fábricas para abastecer al ejército y reforzar la defensa del país, era un intento sui generis de salir del atraso. Sin embargo, es bien comprensible que ninguna de las viejas clases, ni la aristocracia feudal, ni la burguesía, pudiera cumplir la tarea de sacar del atraso a nuestro país. Es más, esas clases no sólo no podían realizar esta tarea, sino que ni siquiera eran capaces de plantearla en forma más o menos satisfactoria. El atraso secular de nuestro país únicamente puede ser eliminado sobre la base de la edificación socialista victoriosa. Y eso sólo puede hacerlo el proletariado, que ha erigido su dictadura y tiene en sus manos la dirección del país. Sería necio consolarse pensando que, si el atraso de nuestro país no ha sido inventado por nosotros, sino que nos ha sido legado por toda su historia, no podemos y no debemos responder de él. Eso sería equivocado, camaradas. Si hemos llegado al Poder y nos hemos impuesto la tarea de transformar el país sobre principios socialistas, respondemos y tenemos que responder de todo, de lo malo y de lo bueno. Y precisamente porque respondemos de todo, debemos eliminar nuestro atraso técnico-económico. Debemos hacerlo obligatoriamente, si es que queremos de verdad alcanzar y sobrepasar a los países capitalistas adelantados.

Y eso podemos hacerlo sólo nosotros, los bolcheviques. Precisamente para cumplir esta tarea, debemos imprimir sistemáticamente un ritmo rápido al desarrollo de nuestra industria. Y que ya hemos dado un ritmo rápido al desarrollo de nuestra industria lo ve ahora todo el mundo. La cuestión de que es preciso alcanzar y sobrepasar a los países capitalistas adelantados en el aspecto técnico-económico no es para nosotros, los bolcheviques, nada nuevo ni inesperado. Esta cuestión surgió ya en 1917, en el período precedente a la Revolución de Octubre. La planteó Lenin ya en septiembre de 1917, en vísperas de la Revolución de Octubre, en el período de la guerra imperialista, en su folleto “La catástrofe que nos amenaza y cómo combatirla”. He aquí lo que decía Lenin al respecto: “La revolución hizo que en algunos meses Rusia alcanzase por su régimen político a los países adelantados. Pero esto no basta. La guerra es implacable y presenta la cuestión con despiadada agudeza: perecer o alcanzar y sobrepasar también económicamente a los países adelantados... Perecer o avanzar a todo vapor. Así plantea la historia la cuestión” (LXXI, pág. 191). Ya veis con qué crudeza planteaba Lenin la cuestión de eliminar nuestro atraso técnico- económico.

Lenin escribió todo eso en vísperas de la Revolución de Octubre, antes de la toma del Poder por el proletariado, cuando los bolcheviques no tenían aún ni el Poder, ni una industria socializada, ni una amplia red de cooperativas que abarcan a millones de campesinos, ni los koljoses, ni los sovjoses. Ahora, cuando ya poseemos algo esencial para eliminar de raíz nuestro atraso técnico- económico, podríamos parafrasear a Lenin más o menos como sigue: “Hemos alcanzado y sobrepasado a los países capitalistas adelantados en el sentido político, construyendo la dictadura del proletariado. Pero eso no basta. Debemos utilizar la dictadura del proletariado, nuestra industria socializada, el transporte, el sistema de crédito, etc., las cooperativas, los koljoses, los sovjoses, etc., para alcanzar y sobrepasar también económicamente a los países capitalistas adelantados”. La cuestión del rápido ritmo de desarrollo de la industria no se plantearía con tanto apremio como se plantea hoy si tuviéramos una industria y una técnica tan desarrolladas como, pongamos por caso, las de Alemania, si el peso relativo de la industria en toda la economía nacional fuese en nuestro país tan elevado como, pongamos por caso, en Alemania. De darse esas condiciones, podríamos desarrollar la industria a un ritmo menos rápido, sin el temor de quedar a la zaga de los países capitalistas y con la certidumbre de que podríamos aventajarles de un solo impulso. Pero entonces no padecería más el gran atraso

técnico-económico que padecemos hoy. El quid de la cuestión reside, precisamente, en que en este sentido estamos más atrasados que Alemania y muy lejos de haberla alcanzado en el aspecto técnico-económico. La cuestión del rápido desarrollo de la industria no se plantearía con tanto apremio si, en vez de ser el único país de dictadura del proletariado, fuésemos uno entre otros países de dictadura del proletariado, si hubiese dictadura proletaria no sólo en nuestro país, sino también en otros países más adelantados, como Alemania y Francia, pongamos por caso. De darse esas condiciones, el cerco capitalista no representaría para nosotros el grave peligro que representa hoy, el problema de la independencia económica de nuestro país quedaría, naturalmente, relegado a segundo plano, podríamos incluimos en el sistema de los Estados proletarios más desarrollados, podríamos recibir de ellos máquinas para fecundizar nuestra industria y nuestra agricultura, a cambio de materias primas y de víveres; podríamos, por tanto, desarrollar nuestra industria a un ritmo menos rápido. Pero vosotros sabéis bien que esas condiciones no se dan aún y que seguimos siendo, hoy por hoy, el único país de dictadura del proletariado, un país cercado de países capitalistas, muchos de los cuales nos llevan gran ventaja en el aspecto técnico-económico. Por eso Lenin planteaba el problema de alcanzar y sobrepasar económicamente a los países adelantados como una cuestión de vida o muerte para nuestro desarrollo.

Tales son las condiciones exteriores que nos imponen un ritmo rápido de desarrollo industrial. Condiciones interiores. Pero, además de las condiciones exteriores, hay condiciones interiores que nos imponen un rápido ritmo de desarrollo de nuestra industria, principio rector de toda nuestra economía nacional. Me refiero al extraordinario atraso de nuestra agricultura, de su técnica, de sus métodos de cultivo. Me refiero a que en nuestro país constituyen una mayoría aplastante los pequeños productores de mercancías, con su producción atomizada y de un atraso absoluto, en comparación con la cual nuestra gran industria socialista es como una isla en medio del mar, una isla cuya base se ensancha cada día, pero que no por ello deja de ser una isla en medio del mar. Suele decirse que la industria es el principio rector de toda la economía nacional, comprendida la agricultura, que la industria es la clave para reconstruir sobre la base del colectivismo la agricultura, atrasada y atomizada. Eso es absolutamente cierto. Y no debemos olvidarlo ni un solo instante. Pero hay que recordar también que, si bien la industria es el principio rector, la base de su desarrollo es la agricultura, lo mismo como mercado que absorbe su producción que como proveedora de materias primas y víveres y como fuente de las reservas de exportación necesarias para importar las instalaciones precisas a la economía nacional.

¿Se puede impulsar la industria dejando a la agricultura en un completo atraso técnico, sin asegurar a la industria su base agrícola, sin transformar la agricultura y adaptarla a la industria? No, no se puede. De aquí la tarea de proporcionar a la agricultura el máximo de instrumentos y medios de producción necesarios para acelerar e impulsar su reconstrucción sobre una nueva base técnica. Ahora bien, para ello es imprescindible que nuestra industria se desarrolle a un ritmo rápido. La transformación de la agricultura, atomizada y dispersa, es, claro está, incomparablemente más difícil que la transformación de la industria socialista, unida y centralizada. Pero esta tarea está aún por resolver y debemos cumplirla. Y la única forma de cumplirla es desarrollar la industria a un ritmo rápido. No es posible que el Poder Soviético y la edificación socialista descansen indefinidamente, es decir, durante un período demasiado largo, sobre dos bases distintas: la base de la industria socialista, la más grande y unificada, y la base de la economía campesina más atomizada y atrasada, de escasa producción mercantil. Hay que dar gradual, pero sistemática y tenazmente a la agricultura una nueva base técnica, la base de la gran producción, acercándola a la industria socialista.

O cumplimos esta tarea, en cuyo caso estará asegurada la victoria definitiva del socialismo en nuestro país, o, la abandonamos, no la cumplimos, en cuyo caso la regresión al capitalismo puede llegar a hacerse inevitable. He aquí lo que dice Lenin a este propósito: “Mientras vivamos en un país de pequeñas haciendas campesinas, el capitalismo tendrá en Rusia una base económica más sólida que el comunismo. Es necesario recordarlo. Todo el que observa atentamente la vida del campo, comparándola con la vida de la ciudad, sabe que no hemos extirpado las raíces del capitalismo, ni hemos eliminado el fundamento, la base del enemigo interior. Este se apoya en la pequeña hacienda, y para quebrantarlo no hay más que un medio: dar a la economía del país, comprendida la agricultura, una nueva base técnica, la base técnica de la gran producción moderna. Y esta base no puede ser más que una: la electricidad. El comunismo es el Poder Soviético más la electrificación de todo el país” (t. XXVI, pág. 46). Como veis, por electrificación del país no entiende Lenin la construcción de alguna que otra central eléctrica, sino el proceso gradual “de dar a la economía del país, comprendida la agricultura*, una nueva base técnica, la base técnica de la gran producción moderna”, ligada, de uno u otro modo, directa o indirectamente, con la electrificación.

* Subrayado por mí. J. St.

Este discurso lo pronunció Lenin en el VIII Congreso de los Soviets, en diciembre de 1920, en vísperas de la implantación de la Nep, cuando fundamentó el llamado plan de electrificación, conocido por plan Goelró. Algunos camaradas afirman, basándose en ello, que las tesis contenidas en esa cita no pueden aplicarse a la presente situación. ¿Por qué?, pregunto yo. Porque -dicen ellos- desde entonces ha llovido mucho. Naturalmente, es cierto que desde entonces ha llovido mucho. Ahora tenemos una industria socialista desarrollada, tenemos los koljoses, como fenómeno de masas, tenemos los viejos y los nuevos sovjoses, tenemos una amplia red de cooperativas desarrolladas, tenemos las estaciones de alquiler al servicio de las haciendas campesinas, practicamos el método de la contratación, como nueva forma de la ligazón, y podemos poner en juego todos estos y muchos otros resortes para dar gradualmente a la agricultura una nueva base técnica. Todo eso es cierto. Pero también lo es que, no obstante, seguimos siendo un país de pequeñas haciendas campesinas con predominio de la pequeña producción. Eso es lo fundamental.

Y en tanto ello sea así, conservará también su vigor la tesis de Lenin de que, “mientras vivamos en un país de pequeñas haciendas campesinas, el capitalismo tendrá en Rusia una base económica más sólida que el comunismo”, de que, por consiguiente, el peligro de restauración del capitalismo no es una frase vacía. Lo mismo dice Lenin, pero en forma más tajante, en su plan del folleto “Sobre el impuesto en especie”, escrito ya después de la implantación de la Nep (marzo-abril de 1921): “Si llevamos a cabo la electrificación dentro de 10 ó 20 años, no pueden causamos ni sombra de temor el individualismo del pequeño agricultor ni su comercio libre en escala local. Si no llevamos a cabo la electrificación, de todas maneras será inevitable la vuelta al capitalismo”. Más adelante dice: “10 ó 20 años de relaciones acertadas con los campesinos, y estará asegurada la victoria en escala mundial (aunque se retrasen las revoluciones proletarias, que maduran); de otro modo, 20 ó 40 años de sufrimientos bajo el terror blanco” (t. XXVI, pág. 313). Ahí tenéis lo terminantemente que plantea Lenin el problema: o electrificación, es decir, “dar a la economía del país, comprendida la agricultura, una nueva base técnica, la base técnica de la gran producción moderna”, o la vuelta al capitalismo.

Ahí tenéis cómo entiende Lenin el problema de las “relaciones acertadas con el campesinado”. No se trata de hacer mimos al campesino como forma de crear relaciones acertadas con él, pues con los mimos no se puede ir muy lejos; de lo que se trata es de ayudar al campesino a dar a su hacienda “una nueva base técnica, la base técnica de la gran producción moderna”, ya que ésa es la vía principal para liberar al campesinado de la miseria. Pero es imposible dar a la economía del país una nueva base técnica sin desarrollar a un rápido ritmo nuestra industria y, ante todo, la producción de medios de producción. Esto es lo que puede decirse de las condiciones interiores que nos imponen un ritmo rápido de desarrollo industrial. He ahí las condiciones de orden exterior e interior determinantes de que las cifras control de nuestra economía nacional requieran una gran tensión para su cumplimiento. Esa es la causa de que nuestros planes económicos, tanto el presupuestario como el extrapresupuestario, exijan para su cumplimiento una gran tensión de fuerzas y grandes inversiones en obras básicas a fin de mantener el rápido ritmo de desarrollo de nuestra industria.

Puede preguntarse dónde se habla de eso en las tesis, en qué lugar se dice. (Una voz: “Sí, ¿dónde se dice?”.) De ello habla en las tesis la suma de las inversiones capitales en la industria para 1928-1929. Las tesis se denominan tesis sobre las cifras control. ¿No es así, camaradas? (Una voz: “Así es”.) Pues bien, en esas tesis se dice que en 1928-1929 invertimos en obras básicas para la industria 1.650 millones de rublos. Con otras palabras: invertimos este año en la industria 330 millones de rublos más que el año pasado. Resulta, pues, que no sólo mantenemos el ritmo del desarrollo de la industria, sino que damos un paso más, invirtiendo en la industria más que el año pasado, es decir, aumentando absoluta y relativamente las obras básicas en la industria. Ese es el quid de las tesis sobre las cifras control de la economía nacional. Pero algunos camaradas no han advertido el elefante. Han criticado por todos los lados las tesis sobre las cifras control, fijándose en pequeñeces, pero no han visto lo principal.

II. El problema de los cereales. He hablado hasta ahora de la primera cuestión fundamental de las tesis, del ritmo del desarrollo de la industria. Pasemos ahora a la segunda cuestión fundamental, al problema de los cereales. Lo característico de las tesis es que hacen hincapié en el problema del desarrollo de la agricultura en general, y de la economía cerealista en particular. ¿Es acertada esta orientación de las tesis? Yo creo que lo es. Ya en el Pleno de julio se decía que el punto más débil del desarrollo de nuestra economía nacional es el extraordinario atraso de la agricultura en general, y de la economía cerealista en particular. Cuando la gente habla de que nuestra agricultura va a la zaga de la industria y se lamenta de ello, no procede, naturalmente, con seriedad. La agricultura

siempre ha ido e irá a la zaga de la industria. Eso es más cierto aún en nuestras condiciones, pues la industria está concentrada al máximo y la agricultura al máximo atomizada. Es lógico que una industria, unificada, se desarrolle con más rapidez que una agricultura atomizada. De aquí, dicho sea de paso, dimana el papel rector de la industria respecto de la agricultura. Por eso el atraso habitual de la agricultura respecto de la industria no da todavía motivo para plantear el problema de los cereales. El problema de la agricultura, y en particular el de la economía cerealista, surge únicamente cuando el atraso habitual de la agricultura respecto de la industria se convierte en un atraso extraordinario del ritmo de su desarrollo. Lo característico del estado presente de la economía nacional consiste en que observamos un extraordinario atraso en el ritmo del desarrollo de la economía cerealista respecto del ritmo del desarrollo de la industria, cuando en las ciudades y los centros industriales en crecimiento se da un colosal aumento de la demanda de grano mercantil. En estas condiciones, la tarea no consiste en disminuir el ritmo del desarrollo de la industria hasta el nivel del desarrollo de la economía cerealista (esto lo embrollaría todo y haría retroceder el desarrollo), sino en acercar el desarrollo de la economía cerealista al ritmo del desarrollo de la industria y elevar el ritmo del desarrollo de la economía cerealista a un nivel que asegure el rápido avance de toda la economía nacional, tanto de la industria como de la agricultura.

O realizamos esta tarea, zanjando así el problema de los cereales, o no la realizamos, en cuyo caso será inevitable la ruptura entre la ciudad socialista y el agro de los pequeños campesinos. Así está planteada la cuestión, camaradas. Esa es la esencia del problema de los cereales. ¿No significará eso que estamos ante un “estancamiento” en el desarrollo de la economía cerealista o, incluso, ante su “decadencia”? Así precisamente plantea Frumkin la cuestión en su segunda carta, que, a petición suya, hemos distribuido hoy a los miembros del C.C. y de la C.C.C. Frumkin dice sin ambages en esa carta que hay “estancamiento” en la agricultura. “No podemos ni debemos -afirma- hablar en la prensa de decadencia, pero en el sello del Partido no debemos ocultar que ese atraso equivale a la decadencia”. ¿Es cierta esta afirmación de Frumkin? ¡Claro está que no es cierta! Nosotros, los miembros del Buró Político, estamos en completo desacuerdo con tal aserto, y las tesis del Buró Político divergen en absoluto de semejante enfoque del estado de la economía cerealista. En efecto, ¿qué es la decadencia y cómo debería manifestarse en la agricultura? Debería manifestarse, evidentemente, en un retroceso de la agricultura, en su descenso, en el abandono de las nuevas formas de cultivo y la vuelta a las viejas formas, a las formas medievales.

Debería manifestarse en el paso de los campesinos del sistema de tres hojas al sistema de barbechera, del arado moderno y de las máquinas al arado primitivo, de las semillas sin mezcla y limpias a semillas impuras y de mala calidad, de los métodos modernos de cultivo a métodos inferiores, etc. Pero ¿acaso observamos ahora semejantes hechos? ¿Acaso no saben todos y cada uno que los campesinos, centenares de miles de hogares, pasan cada año del sistema de tres hojas al de cuatro hojas y a la rotación múltiple de cultivos, de las semillas de mala calidad a las de buena calidad, del arado primitivo al moderno y a las máquinas, de los métodos inferiores de cultivo a métodos superiores? ¿Qué decadencia es ésa? En general, a Frumkin le gusta funda mentar su punto de vista echando mano de lo que pueda haber dicho uno u otro miembro del Buró Político. Es muy posible que también en este caso eche mano de lo que haya dicho Bujarin para demostrar que éste afirma “lo mismo” en su artículo “Notas de un economista”. Pero Bujarin no dice “lo mismo”, ni mucho menos. Bujarin ha planteado en su artículo la cuestión abstracta, teórica, de la posibilidad o del peligro de decadencia. Hablando en abstracto, ese planteamiento del problema es bien posible y lógico. ¿Pero qué hace Frumkin? Convierte la cuestión abstracta sobre la posibilidad de la decadencia de la agricultura en un hecho.

¡Y eso lo denomina análisis del estado de la economía cerealista! ¿No os parece ridículo, camaradas? ¡Bueno sería el Poder Soviético, si, a los diez años de existencia, hubiese llevado la agricultura a la decadencia! A un Poder así habría que derrocarlo, en vez de apoyarlo. Y los obreros hace ya mucho que hubieran derrocado a semejante Poder si hubiese llevado la agricultura a la decadencia. La cantinela de la decadencia nos la entonan los especialistas burgueses de toda laya, que arden en deseos de que la agricultura se vea en un estado de decadencia. La cantinela de la decadencia nos la entonó en tiempos Trotski. No me esperaba que Frumkin emprendiera tan dudoso camino. ¿En qué basa Frumkin su aserto relativo a la decadencia? Ante todo, en el hecho de que este año las sementeras de cereales son menores que el año pasado. ¿A qué se debe esto? ¿Quizás a la política del Poder Soviético? Claro que no. Se debe a la pérdida de los cereales de otoño en la zona esteparia de Ucrania y en parte del Cáucaso del Norte y a la sequía de este verano en la misma zona de Ucrania. De no haber sido por estas condiciones climatológicas adversas, de las que depende, entera y plenamente la agricultura, tendríamos este año una superficie de siembra de cereales superior, por lo menos en un millón de desiatinas, a la del año pasado. Frumkin basa, además, su afirmación en el hecho

de que este año la producción global de grano es muy poco superior a la del año pasado (70 millones de puds más), y la de trigo y centeno, inferior en unos 200 millones de puds. ¿A qué se debe todo esto? A las mismas causas: a la sequía y a la pérdida de los cereales de otoño por causa de las heladas. De no haber sido por estas condiciones climatológicas adversas, hubiéramos tenido este año una producción global de grano superior a la del año pasado en unos 300 millones de puds. ¿Cómo puede hacerse abstracción de factores como la sequía, las heladas, etc., etc., que tienen una importancia decisiva para la cosecha en esta o aquella zona? Ahora planteamos la tarea de extender la superficie de siembra en un 7%, elevar las cosechas por hectárea en un 3% y aumentar la producción global de cereales, si no recuerdo mal, en un 10%. No cabe duda de que tomaremos todas las medidas necesarias para cumplir esas tareas. Pero no está excluido que, a pesar de nuestras medidas, de nuevo nos encontremos con una mala cosecha parcial, con heladas o sequías en una u otra zona, y es posible que estas circunstancias originen determinada baja de la producción global de cereales en comparación con nuestros planes e incluso en comparación con la producción global de este año. ¿Significaría eso que la agricultura “decae”, que de esa “decadencia” tiene la culpa la política del Poder Soviético, que “hemos privado” al campesino de estímulo económico, que le hemos “quitado” las perspectivas económicas?

Hace unos años, Trotski incurría en ese mismo error, afirmando que “el agüita de la lluvia” no tenía importancia para la agricultura. Rykov refutó su afirmación, apoyado por la inmensa mayoría de los miembros del C.C. Ahora Frumkin comete el mismo error, haciendo abstracción de las condiciones climatológicas, que tienen una importancia decisiva para la agricultura, y tratando de cargar la culpa de todo a la política de nuestro Partido. ¿Cuáles son las vías y los medios para elevar el ritmo del desarrollo de la agricultura en general, y de la economía cerealista en particular? Esas vías o canales son tres: a) elevar las cosechas por hectárea y ampliar las sementeras de las haciendas individuales de los campesinos pobres y medios; b) seguir organizando koljoses; c) ampliar los viejos sovjoses y organizar nuevos. De ello hablaba ya la resolución del Pleno de julio. Las tesis repiten lo dicho en el Pleno de julio, pero plantean la cuestión más concretamente, expresándola en las cifras de las inversiones en esa obra. También aquí ha encontrado Frumkin pretexto para pesar el humo. Cree que si se coloca en primer lugar la hacienda individual y en segundo y en tercer lugar los koljoses y sovjoses, es porque ha triunfado su punto de vista. Eso es ridículo, camaradas.

Se comprende que si se enfoca el asunto desde el punto de vista del peso relativo de estas o aquellas formas de agricultura, en primer lugar hay que poner la hacienda individual, pues da casi seis veces más grano mercantil que los koljoses y los sovjoses. Pero si se enfoca el asunto desde el punto de vista del tipo de economía, desde el punto de vista de cuál de las formas de economía es la más afín a nosotros, hay que poner en primer lugar los koljoses y los sovjoses, que son un tipo superior de agricultura en comparación con la hacienda campesina individual. ¿Será posible que haya aún necesidad de demostrar que ambos puntos de vista son igualmente aceptables para nosotros? ¿Qué se requiere para que nuestro trabajo por estos tres canales marche, para conseguir prácticamente la elevación del ritmo del desarrollo de la agricultura y, ante todo, de la economía cerealista? Para ello es necesario, en primer término, fijar la atención de los cuadros del Partido en la agricultura y centrarla en las cuestiones concretas del problema de los cereales. Hay que dejarse de lugares comunes y de palabrería en torno a la agricultura en general y pasar, por fin, a elaborar las medidas prácticas necesarias para elevar la economía cerealista de acuerdo con las condiciones de las distintas zonas.

Es hora de pasar de las palabras a los hechos y ocuparse, de una vez, de la cuestión concreta de cómo elevar las cosechas por hectárea y ampliar las sementeras de las haciendas individuales de los campesinos pobres y medios, cómo mejorar los koljoses y los sovjoses existentes y seguir organizando nuevos, cómo organizar la ayuda de los koljoses y los sovjoses a los campesinos para abastecerlos con mejores semillas y mejores razas de ganado, cómo organizar la ayuda a los campesinos facilitándoles máquinas y otros instrumentos de producción a través de las estaciones de alquiler, cómo ampliar y mejorar la contratación y, en general, la cooperación agrícola, etc., etc. (Una voz: “Eso es practicismo”.) Ese practicismo nos es absolutamente imprescindible, porque de otro modo corremos el riesgo de hundir una cuestión tan importante como la de dar solución al problema cerealista en huera palabrería en torno a la agricultura en general. El C.C. se ha planteado la tarea de organizar en el Consejo de los Comisarios del Pueblo y en el Buró Político informes concretos de nuestros dirigentes principales de las zonas cerealistas más importantes sobre el desarrollo de la agricultura. En este Pleno escucharéis un informe del camarada Andréiev sobre las vías para dar solución al problema de los cereales en el Cáucaso del Norte. Creo que más adelante deberíamos escuchar informes análogos de Ucrania, de la zona Central de Tierras Negras, de la región del Volga, de Siberia, etc., etc. Ello es absolutamente necesario para fijar la atención de nuestro Partido en el problema de los cereales y encarrilar, por fin, los cuadros del Partido al planteamiento concreto de las

cuestiones ligadas con el problema cerealista. Es necesario, en segundo lugar, que nuestros funcionarios del Partido en el campo hagan rigurosa diferencia, en su trabajo práctico, entre los campesinos medios y los kulaks, que no los metan en un mismo saco y que no golpeen al campesino medio cuando hay que pegar al kulak. Ya es hora, por fin, de acabar con estos errores, con perdón sea dicho. Tomemos, por ejemplo, la cuestión de las cargas fiscales individuales. Tenemos la disposición del Buró Político y la ley correspondiente estableciendo que las cargas fiscales individuales se impongan únicamente al 2 ó 3% de los hogares, es decir, a los kulaks más ricos. Pero ¿qué ocurre en la práctica? Hay toda una serie de zonas en las que las cargas fiscales se imponen al 10, al 12% y, a veces, a más hogares, lesionando, de tal manera, los intereses de los campesinos medios. ¿No es hora de poner fin a este crimen? Pues bien, en lugar de trazar medidas concretas para terminar con estos abusos y otros análogos, nuestros estimables “críticos” se ejercitan en juegos verbales, proponiendo sustituir las palabras “los kulaks más ricos” por las palabras “los kulaks más poderosos” o “la elite kulakista”. ¡Como si no fuera lo mismo! Está demostrado que hay en el país cerca de un 5% de kulaks. Está demostrado que la ley impone las cargas fiscales individuales sólo a un 2 ó 3% de los hogares, es decir, a los kulaks más ricos. Está demostrado que esa ley se infringe prácticamente en toda una serie de zonas.

Pero los “críticos”, en vez de trazar las medidas concretas necesarias para poner fin a estas anomalías, se entregan a una crítica infundada, sin desear comprender que, de ese modo, la cosa no cambia ni un ápice. ¡Talmudistas! (Una voz: “Proponen que se impongan las cargas fiscales individuales a todos los kulaks”.) Entonces, hay que exigir la abolición de la ley que establece la imposición de esas cargas fiscales al 2 ó 3% de los hogares campesinos. Sin embargo, no he oído que nadie haya exigido la abolición de dicha ley. Dicen que la ampliación arbitraria de las cargas fiscales individuales persigue el fin de engrosar el presupuesto local. Pero no se puede engrosar el presupuesto local infringiendo la ley, infringiendo las directivas del Partido. El Partido existe, el Partido no ha sido eliminado todavía. El Poder Soviético existe, el Poder Soviético no ha sido eliminado todavía. Y si no bastan los fondos para el presupuesto local, hay que plantear la cuestión, pero no infringir las leyes, no abolir las indicaciones del Partido. Es, necesario, además, seguir estimulando las haciendas individuales de los campesinos pobres y medios. Es indudable que la elevación de los precios de los cereales, ya efectuada, la aplicación práctica de las leyes revolucionarias, la ayuda práctica a las haciendas de los campesinos pobres y medios a través de la contratación, etc., reforzarán considerablemente el estímulo económico del campesino.

Frumkin cree que nosotros hemos matado o casi matado ese estímulo, al dejar al campesino sin perspectivas económicas. Eso es una tontería, claro está. Si fuera cierto, no se comprendería en qué, hablando en rigor, se basa la ligazón, la alianza de la clase obrera y las masas fundamentales del campesinado. No debe suponerse que esa alianza sea una alianza moral. Hay que comprender, por fin, que la alianza de la clase obrera con el campesinado es una alianza por cálculo, una alianza de intereses de dos clases, una alianza clasista de los obreros con las masas fundamentales del campesinado, orientada a obtener mutuas ventajas. Es lógico que si hubiéramos matado o casi matado el estímulo económico del campesino, privándole de perspectivas económicas, no tendríamos ligazón, no habría alianza de la clase obrera y el campesinado. Es evidente que no se trata en este caso de “crear” o de “dar rienda suelta” al estímulo económico de las masas de campesinos pobres y medios, sino de reforzar este estímulo y desarrollarlo más todavía para ventaja mutua de la clase obrera y las masas fundamentales del campesinado. De ello, precisamente, hablan las tesis sobre las cifras control de la economía nacional. Es necesario, finalmente, abastecer mejor al campo de mercancías.

Me refiero tanto a los artículos de consumo como, principalmente, a los artículos relacionados con la producción (máquinas, abonos, etc.), que pueden elevar la producción de la agricultura. No se puede decir que en este aspecto todo marche bien. Sabed que no han sido eliminados, ni mucho menos, los fenómenos de hambre de mercancías y que, posiblemente, no lo serán pronto. Algunos círculos de nuestro Partido acarician la ilusión de que podemos calmar el hambre de mercancías ahora mismo. Eso, por desgracia, no es así. Hay que tener presente que los fenómenos de hambre de mercancías están ligados, en primer lugar, al mayor bienestar de los obreros y de los campesinos y al colosal aumento de la demanda solvente de mercancías cuya producción crece cada año, pero que no puede satisfacer toda la demanda, y, en segundo lugar, al presente período de reconstrucción de la industria. Reconstruir la industria significa desplazar recursos de la esfera de la producción de artículos de uso y consumo a la esfera de la producción de medios de producción. De otro modo no hay ni puede haber una reconstrucción a fondo de la industria, sobre todo, en nuestras condiciones, en las condiciones soviéticas. Pero ¿qué quiere decir eso? Quiere decir que se invierten fondos en la construcción de nuevas empresas, que crece el número de las ciudades y el de los consumidores, mientras que las nuevas empresas sólo podrán dar

una nueva masa de mercancías al cabo de 3 ó 4 años. No es difícil comprender que esta circunstancia no puede propiciar la supresión del hambre de mercancías. ¿Significa esto que debamos cruzamos de brazos y confesar que somos impotentes ante los fenómenos de hambre de mercancías? No, no significa eso. Lo que ocurre es que podemos y debemos tomar medidas concretas para debilitar, para atenuar el hambre de mercancías. Eso puede hacerse, y debemos hacerlo ahora mismo. Para ello hay que desarrollar más intensamente las ramas de la industria que están ligadas directamente con la elevación de la producción agrícola (la fábrica de tractores de Stalingrado, la fábrica de máquinas agrícolas de Rostov, la fábrica de triadoras de Vorónezh, etc., etc.). Para ello es necesario, además, reforzar en la medida de lo posible las ramas de la industria que están ligadas con el aumento de la masa de mercancías deficitarias (paños, vidrio, clavos, etc.). Y etc., etc. ... Kubiak ha dicho que, según las cifras control de la economía nacional, este año se facilita a la hacienda campesina individual menos medios que el año pasado. Creo que eso no es cierto. Por lo visto, Kubiak no tiene en cuenta que, mediante la contratación, otorgamos este año a los campesinos cerca de 300 millones de rublos de créditos (casi 100 millones más que el año pasado). Si tomamos en consideración esta circunstancia -y no podemos menos de hacerlo-, resulta que este año asignamos más que en el pasado para el desarrollo de la hacienda campesina individual. En cuanto a los viejos y nuevos sovjoses y koljoses, este año invertimos en ellos cerca de 300 millones de rublos (unos 150 millones de rublos más que el año pasado). Se debe prestar particular atención a los koljoses, a los sovjoses y al método de la contratación.

No se les puede considerar sólo como un medio de aumentar nuestros recursos de grano mercantil. También constituyen una nueva forma de ligazón de la clase obrera y las masas fundamentales del campesinado. Del método de la contratación ya hemos hablado bastante y no voy a extenderme sobre él. Todo el mundo comprende que el método de la contratación masiva propicia la unificación de los esfuerzos de las haciendas campesinas individuales, aporta un elemento de constancia a las relaciones entre el Estado y los campesinos y fortalece, de tal modo, la ligazón entre la ciudad y el campo. Quisiera fijar vuestra atención en los koljoses y, particularmente, en los sovjoses como palancas que facilitan la transformación de la agricultura sobre la base de la nueva técnica, promueven una revolución en las cabezas de los campesinos y les ayudan a desprenderse de la inercia, de la rutina. La aparición de tractores, de grandes máquinas agrícolas y de columnas de tractores en nuestras zonas cerealistas no puede dejar de influir en las haciendas de los campesinos de esos lugares. La ayuda a los campesinos de dichas zonas con semillas, máquinas y tractores será apreciada, indudablemente, por el campesinado y estimada como un indicio de la fuerza y el poderío del Estado Soviético, que trata de llevar al campesinado al anchuroso camino de un gran ascenso de la agricultura. Esta circunstancia no la teníamos en cuenta hasta ahora y, quizá, no la tenemos en cuenta todavía bastante. Pero yo creo que es lo más importante de lo que dan y podrían dar en el presente los koljoses y los sovjoses en cuanto a la solución del problema de los cereales y al fortalecimiento de la ligazón en sus nuevas formas. Tales son, en líneas generales, las vías y los procedimientos a que debemos atenernos en nuestro trabajo para solucionar el problema cerealista.

III. La lucha contra las desviaciones y contra la transigencia con ellas. Pasemos ahora al tercer problema fundamental de nuestras tesis, al problema de las desviaciones respecto de la línea leninista. El predominio de la pequeña producción en nuestro país, el hecho de que la pequeña producción engendra elementos capitalistas, el hecho de que nuestro Partido esté cercado de ideas y aspiraciones pequeño-burguesas y, por último, el hecho de que esas ideas y aspiraciones contagien a cierta parte de los eslabones del Partido, todo eso constituye la base social de las desviaciones. Esa es, en lo fundamental, la base social de las desviaciones. Todas esas desviaciones son de carácter pequeñoburgués. ¿A qué se reduce la desviación de derecha, que es de la que, principalmente, hablamos aquí? ¿Hacia dónde propende? Propende a la adaptación a la ideología burguesa, a la adaptación de nuestra política a los gustos y las necesidades de la burguesía “soviética”. ¿Qué peligro encerraría para nosotros el triunfo de la desviación de derecha en nuestro Partido? Sería la derrota ideológica de nuestro Partido, el desenfreno de los elementos capitalistas, el aumento de las probabilidades de restauración del capitalismo o, como decía Lenin, de “la vuelta al capitalismo”. ¿Dónde anidan, principalmente, las tendencias a la desviación de derecha? En el aparato de los Soviets y de las organizaciones administrativas, cooperativas y sindicales, así como en el aparato del Partido, sobre todo en sus eslabones de base en el campo. ¿Hay entre los miembros del Partido portadores de la desviación de derecha? Sin duda alguna, los hay. Rykov ha mencionado a Shatunovski, que se pronunció contra la construcción de la central

eléctrica del Dniéper. No cabe duda de que Shatunovski sufría una desviación derechista, una desviación hacia el oportunismo manifiesto. Mas, pese a ello, yo creo que Shatunovski no es el tipo característico de la desviación de derecha, de su fisonomía. Creo que, en eso, la palma se la lleva Frumkin. (Risas.) Me refiero a su primera carta (junio de 1928) y, también, a su segunda carta, distribuida aquí a los miembros del C.C. y de la C.C.C. (noviembre de 1928). Analicemos esas dos cartas. Tomemos las “tesis fundamentales” de la primera. 1) “El campo, excepción hecha de una pequeña parte de los campesinos pobres, está contra nosotros”. ¿Es eso cierto? Está claro que es falso. Si fuera cierto, de la ligazón no quedaría ni el recuerdo. Pues bien, desde junio (la carta fue escrita entonces) han pasado casi seis meses, y todo el que no está ciego ve que la ligazón de la clase obrera con las masas fundamentales del campesinado sigue en pie y se fortalece. ¿Para qué escribe Frumkin esa necedad? Para asustar al Partido y lograr que éste haga concesiones a la desviación de derecha. 2) “La orientación tomada en los últimos tiempos ha llevado a que las masas fundamentales de los campesinos medios pierdan toda esperanza, toda perspectiva”. ¿Es eso cierto? Es completamente falso. Está claro que si en la primavera de este año las masas fundamentales de los campesinos medios hubieran perdido toda esperanza y toda perspectiva económica, el campesino medio no habría extendido las sementeras de cereales de primavera en las principales zonas cerealistas.

La siembra de cereales de primavera se efectúa en abril y mayo. Pues bien, la carta de Frumkin fue escrita en junio. ¿Quién es, bajo el Poder Soviético, el principal acopiador de cereales? El Estado y las cooperativas, a él ligadas. Está claro que si las masas de campesinos medios hubiesen perdido toda perspectiva económica, si se hallaran en un estado de “desunión” con el Poder Soviético, no habrían extendido las sementeras de cereales de primavera en beneficio del Estado, principal acopiador de cereales. Frumkin dice una necedad palmaria. También en este caso quiere asustar al Partido con los “horrores” de la falta de perspectivas, para lograr que el Partido haga concesiones al punto de vista de Frumkin. 3) “Hay que volver a los Congresos XIV y XV”. No cabe duda alguna de que el XV Congreso ha sido traído a colación sin venir a cuento. El quid de la cuestión no está en el XV Congreso, sino en la consigna: atrás, al XIV Congreso. ¿Y qué significa eso? Significa renunciar a la «intensificación de la ofensiva contra el kulak” (v. resolución del XV Congreso). No digo eso para desacreditar al XIV Congreso. Lo digo porque, con su llamamiento a volver al XIV Congreso, Frumkin niega el paso adelante que ha dado el Partido desde el XIV al XV Congreso y, al negar ese paso tira del Partido hacia atrás.

El Pleno de julio del C.C. emitió su juicio al respecto. Declaró categóricamente en su resolución que quienes tratan de eludir la decisión del XV Congreso –“seguir desarrollando la ofensiva contra los kulaks”- “expresan las tendencias burguesas en nuestro país”. Le diré sin rebozo a Frumkin que cuando el Buró Político formuló este punto de la resolución del Pleno de julio se refería a Frumkin y a su primera carta. 4) “Ayuda máxima a los campesinos pobres que acuden a las haciendas colectivas”. Siempre hemos prestado la máxima ayuda, en la medida de nuestras fuerzas y posibilidades, a los campesinos pobres que acuden a las haciendas colectivas e incluso a los que no acuden a ellas. En ello no hay nada de nuevo. Lo nuevo en las decisiones del XV Congreso en comparación con el XIV no consiste en eso, sino en que el XV Congreso planteó como una de las tareas más importantes de la actualidad la de desarrollar al máximo el movimiento koljosiano. Al hablar de máxima ayuda a los campesinos pobres que acuden a las haciendas colectivas, Frumkin, en el fondo, se desentiende, con sus palabras, con sus escritos, de la tarea del Partido de desarrollar al máximo el movimiento koljosiano, planteada por el XV Congreso. En el fondo, Frumkin está en contra de que se despliegue un trabajo de fortalecimiento del sector socialista en el campo a través de los koljoses. 5) “No extender los sovjoses al ritmo de una tarea de choque y de ultrachoque”.

Frumkin no puede ignorar que apenas si empezamos a trabajar en serio para extender los viejos sovjoses y organizar sovjoses nuevos. Frumkin no puede ignorar que destinamos a ello muchos menos recursos de los que deberíamos asignar si tuviéramos para el caso algunas reservas. Las palabras “al ritmo de una tarea de choque y de ultrachoque” han sido traídas a cuento para infundir “espanto” y encubrir la falta de deseo de ampliar en medida más o menos considerable los sovjoses. En el fondo, Frumkin se manifiesta aquí contra el fortalecimiento del sector socialista en el campo a través de los sovjoses. Reunid ahora todas estas tesis de Frumkin y obtendréis un manojo que caracteriza a la desviación de derecha. Pasemos a la segunda carta de Frumkin. ¿En qué se distingue de la primera? En que ahonda los errores expuestos en ésta. En la primera se hablaba de la falta de perspectivas de la hacienda del campesino medio. Y en la segunda se habla de “decadencia” de la agricultura. En la primera carta se hablaba de volver al XIV Congreso, en el sentido de debilitar la ofensiva contra el kulak. En la segunda carta se habla de que “nosotros no debemos obstaculizar la producción en las haciendas de los kulaks”. En la primera carta no se decía nada de la industria. En la segunda carta, el autor desarrolla la “nueva” teoría de

asignar menos fondos para la edificación de la industria. Por cierto, hay dos puntos en los que coinciden ambas cartas -los puntos referentes a los koljoses y los sovjoses-, pues en una y otra se pronuncia Frumkin en contra de que se organicen nuevos koljoses y sovjoses. Está claro que la segunda carta agrava los errores de la primera. De la teoría de la “decadencia” he hablado ya. No cabe duda de que esa teoría es un infundió de los especialistas burgueses, dispuestos a proclamar el hundimiento del Poder Soviético. Frumkin se ha dejado asustar por los especialistas burgueses emboscados en torno del Comisariado del Pueblo de Finanzas, y ahora él mismo trata de asustar al Partido, para lograr que éste haga concesiones a la desviación de derecha. De los koljoses y los sovjoses también se ha hablado bastante. Por eso no vale la pena de que repita lo dicho ya. Examinaremos los dos puntos restantes: el de las haciendas de los kulaks y el de las inversiones para obras básicas en la industria. Sobre las haciendas de los kulaks. Frumkin dice que “nosotros no debemos obstaculizar la producción en las haciendas de los kulaks”. ¿Qué significa eso? Significa que no se debe impedir al kulak que desarrolle su hacienda, basada en la explotación. Pero ¿qué quiere decir no impedir al kulak que desarrolle su hacienda, basada en la explotación? Quiere decir que hay que dar rienda suelta al capitalismo en el agro, dejarle campar por sus respetos, darle libertad.

Resulta la vieja consigna de los liberales franceses: “Laissez faire, laissez passer”, es decir, no impidáis que la burguesía haga su labor, no impidáis que la burguesía maniobre libremente. Esa consigna la lanzaron los viejos liberales franceses durante la revolución burguesa en Francia, durante la lucha contra el Poder feudal, que era una traba para la burguesía y no la dejaba desarrollarse. Resulta que nosotros debemos pasar ahora de la consigna socialista de «restricciones crecientes en relación con los elementos capitalistas” (v. las tesis sobre las cifras control) a la consigna liberal burguesa de no impedir el desarrollo del capitalismo en el campo En fin, ¿es que pensamos convertirnos de bolcheviques en liberales burgueses? ¿Qué puede haber de común entre esa consigna liberal burguesa de Frumkin y la línea del Partido? (Frumkin: “Camarada Stalin, lea también los otros puntos”.) Leo todo el punto: “Nosotros tampoco debemos obstaculizar la producción en las haciendas de los kulaks, si bien hemos de luchar al mismo tiempo contra su explotación avasalladora”. Pues bien, estimado Frumkin, ¿piensa usted, acaso, que la segunda parte de la frase mejora la cosa en lugar de empeorada? ¿Qué significa luchar contra la explotación avasalladora? La consigna de lucha contra la explotación avasalladora es la consigna de la revolución burguesa contra los métodos feudales o semifeudales de explotación.

Nosotros lanzamos efectivamente esa consigna cuando íbamos a la revolución burguesa, haciendo diferencia entre la forma avasalladora de explotación, que queríamos suprimir, y la forma no avasalladora, la llamada forma “progresista” de explotación, que entonces no podíamos limitar ni abolir por cuanto el orden de cosas burgués quedaba en pie. Pero entonces íbamos a la república democrático-burguesa. Y ahora, si no me equivoco, tenemos en el país la revolución socialista, que pone rumbo, y no puede menos de ser así, a la abolición de todas las formas de explotación, comprendidas las “progresistas”. ¿Cómo quiere usted que de la revolución socialista, que estamos desarrollando e impulsando, viremos hacia atrás y volvamos a las consignas de la revolución burguesa? ¿Cómo puede llegarse a decir tales necedades? Prosigamos. ¿Qué quiere decir que no se ponga obstáculos a las haciendas de los kulaks? Quiere decir que se debe dar libertad al kulak. ¿Y qué significa darle libertad? Significa darle el Poder. Cuando los burgueses liberales de Francia pedían al Poder feudal que no impidiera que la burguesía se desarrollase, lo expresaban en las reivindicaciones concretas de que se cediese el Poder a la burguesía. Y no les faltaba razón. Para desarrollarse como es debido, la burguesía necesita el Poder. Por tanto, si se es consecuente, hay que decir: dad al kulak acceso al Poder.

Pues hay que comprender que no se puede por menos de impedir el desarrollo de las haciendas de los kulaks cuando se quita a éstos el Poder, concentrándolo en manos de la clase obrera. Esas son las conclusiones que se imponen al leer la segunda carta de Frumkin. Sobre la construcción de obras básicas en la industria. Al discutir las cifras control, teníamos tres cifras: El Consejo Supremo de la Economía Nacional pedía 825 millones de rublos, la Comisión Estatal de Planificación daba 750, y el Comisariado del Pueblo de Finanzas sólo accedía a facilitar 650 millones. ¿Qué decisión tomó en este problema el C.C. de nuestro Partido? Fijó la suma en 800 millones, es decir, en 150 millones, exactamente, más de lo que ofrecía el Comisariado del Pueblo de Finanzas. El hecho de que el Comisariado del Pueblo de Finanzas diera menos no tiene, naturalmente, nada de particular: todo el mundo conoce la tacañería del Comisariado del Pueblo de Finanzas, que no puede ser de otro modo. Pero ahora no se trata de eso. Se trata de que Frumkin defiende la cifra de 650 millones no por tacañería, sino porque arranca de la teoría, recientemente aparecida, de “las posibilidades” afirmando en su segunda carta y en un artículo especial, publicado en el órgano del Comisariado del Pueblo de Finanzas, que empeoraremos de seguro la situación de nuestra economía si otorgamos al Consejo Supremo de la

Economía Nacional más de 660 millones de rublos para obras básicas. ¿Y qué quiere decir eso? Quiere decir que Frumkin está en contra de que se mantenga el actual ritmo del desarrollo de la industria, sin comprender, por lo visto, que disminuir ese ritmo empeoraría efectivamente la situación de toda nuestra economía nacional. Ahora, sumad estos dos puntos de la segunda carta de Frumkin -el punto sobre las haciendas de los kulaks y el punto sobre la construcción de obras básicas en la industria-, agregad a ellos la teoría de la “decadencia” y tendréis la fisonomía de la desviación de derecha. ¿Queréis saber lo que es la desviación de derecha y qué aspecto tiene? Leed ambas cartas de Frumkin, estudiadlas y comprenderéis. Eso es lo que puede decirse de la fisonomía de la desviación de derecha. Pero las tesis no sólo hablan de la desviación de derecha. Hablan también de la llamada desviación de “izquierda”. ¿Qué es la desviación de “izquierda”? ¿Existe efectivamente en el Partido la llamada desviación de “izquierda”? ¿Hay en el Partido tendencias contrarias al campesino medio, como se dice en nuestras tesis, tendencias superindustrialistas, etc.? Sí, las hay. ¿En qué consisten? Consisten en una desviación hacia el trotskismo. El Pleno de julio habló ya de ello.

Me refiero a la conocida resolución del Pleno de julio sobre la política de los acopios de cereales, donde se habla de la lucha en dos frentes: contra los que tiran hacia atrás del XV Congreso, es decir, los derechistas, y contra los que quieren convertir las medidas extraordinarias en política constante del Partido, es decir, los “izquierdistas”, la tendencia al trotskismo. Está claro que en el seno de nuestro Partido hay elementos de trotskismo y una tendencia a la ideología trotskista. Si no recuerdo mal, unas cuatro mil personas votaron contra nuestra plataforma en la discusión que precedió al XV Congreso del Partido. (Una voz: “Diez mil”.) Creo que, si hubo diez mil que votaron en contra, debía de haber unos veinte mil miembros del Partido simpatizantes con el trotskismo que no votaron en absoluto, pues no acudieron a las reuniones. Son esos mismos elementos trotskistas que permanecen en el Partido y que -es de suponer- no se han despojado aún de la ideología trotskista. Además, creo que parte de los trotskistas que se separaron después de su organización y se reintegraron al Partido no se ha desprendido aún de la ideología trotskista y, seguramente, también se siente inclinada a propagar sus puntos de vista entre los miembros del Partido. Finalmente, tenemos cierto renacimiento de la ideología trotskista en algunas organizaciones del Partido. Sumad todo eso y obtendréis los elementos necesarios para que en el Partido haya una desviación hacia el trotskismo.

La cosa se comprende: no puede ocurrir que, dadas la existencia del elemento pequeñoburgués y la presión del mismo sobre nuestro Partido, no haya en éste tendencias trotskistas. Una cosa es detener o expulsar del Partido a los cuadros trotskistas. Otra cosa es acabar con la ideología del trotskismo. Eso será más difícil. Y nosotros decimos: allí donde hay desviación de derecha, debe haber también desviación de “izquierda”. La desviación de “izquierda” es la sombra de la desviación de derecha. Lenin decía, refiriéndose a los otsovistas, que los “izquierdistas” no eran otra cosa que mencheviques vueltos del revés. Eso es completamente exacto. Lo mismo hay que decir de los “izquierdistas” de hoy. Los que se desvían hacia el trotskismo no son, de hecho, más que derechistas vueltos del revés, derechistas que se encubren con frases de “izquierda”. De aquí la lucha en dos frentes: contra la desviación de derecha y contra la desviación de “izquierda”. Cabe preguntarse: si la desviación de “izquierda” no es, en el fondo, otra cosa que la desviación de derecha, que la desviación oportunista, ¿qué diferencia hay entre ellas y dónde están, hablando en rigor, los dos frentes? En efecto, si la victoria de los derechistas significa el aumento de las probabilidades de restauración del capitalismo, y la victoria de los “izquierdistas” lleva a los mismos resultados, ¿qué diferencia hay entre ellos y por qué se llama a los unos derechistas y a los otros “izquierdistas”?

Y si hay diferencia entre ellos, ¿en qué consiste? ¿Acaso no es cierto que ambas desviaciones tienen una misma raíz social, que ambas son desviaciones pequeñoburguesas? ¿Acaso no es cierto que, en caso de vencer, ambas desviaciones llevarían a los mismos resultados? ¿En qué consiste, pues, la diferencia entre ellas? La diferencia consiste en que sus plataformas son distintas, sus reivindicaciones, distintas, su enfoque de los problemas y sus procedimientos, distintos. Si, por ejemplo, los derechistas dicen: “No hacía falta construir la central del Dniéper”, y los “izquierdistas”, por el contrario, objetan: “¿Qué es para nosotros una central del Dniéper? Dadnos una central como ésa cada año” (risas), debe reconocerse que, evidentemente, hay diferencia. Si los derechistas dicen: “No toquéis a los kulaks, dejad que se desarrollen libremente”, y los “izquierdistas”, por el contrario, objetan: “No golpeéis sólo al kulak, sino también al campesino medio, porque es un propietario privado lo mismo que el kulak”, debe reconocerse que, evidentemente, hay diferencia. Si los derechistas dicen: “Han surgido dificultades, ¿no es hora de retroceder?”, y los “izquierdistas”, por el contrario, objetan: “¿Qué son para nosotros las dificultades? nos importan un comino vuestras dificultades. Adelante a todo vapor”

(risas), debe reconocerse que, evidentemente, hay diferencia. Ahí tenéis lo que son la plataforma específica y los procedimientos específicos de los “izquierdistas”. A ello, precisamente, se debe el que, a veces, los “izquierdistas” logren ganarse a parte de los obreros con estrepitosas frases de “izquierda” y aparezcan como los enemigos más acérrimos de los derechistas, aunque todo el mundo sabe que las raíces sociales de los “izquierdistas” son las mismas que las de los derechistas y que con frecuencia conciertan acuerdos y bloques con los derechistas para luchar contra la línea leninista. Por eso, para nosotros, los leninistas, es obligatoria la lucha en dos frentes, tanto contra la desviación de derecha como contra la desviación de “izquierda”. Pero si la tendencia trotskista es la desviación “izquierdista”, ¿no querrá eso decir que los “izquierdistas” se hallan más a la izquierda que el leninismo? No, no quiere decir eso. El leninismo es la tendencia más de izquierda (sin comillas) en el movimiento obrero mundial. Nosotros, los leninistas, éramos en el seno de la II Internacional, hasta el período en que comenzó la guerra imperialista, la fracción socialdemócrata de extrema izquierda.

Nosotros no permanecimos en la II Internacional y predicábamos la escisión en ella porque, precisamente, como la fracción de extrema izquierda, no queríamos convivir en un mismo Partido con los traidores pequeñoburgueses al marxismo, con los socialpacifistas y los socialchovinistas. Esta táctica y esta ideología sirvieron posteriormente de base a los partidos bolcheviques de todo el mundo. En nuestro Partido, los leninistas somos los únicos izquierdistas sin comillas. Por eso los leninistas no somos ni “izquierdistas” ni derechistas en nuestro propio Partido. Somos un Partido de marxistas leninistas. Y luchamos en nuestro Partido, no sólo contra los que llamamos desviacionistas francamente oportunistas, sino también contra quienes pretenden ser más “izquierdistas” que el marxismo, más “izquierdistas” que el leninismo, encubriendo con estrepitosas frases de “izquierda” su naturaleza derechista, oportunista. Todo el mundo comprenderá que cuando se llama “izquierdistas” a hombres que no han logrado todavía desprenderse de las tendencias trotskistas, hay que tomar la palabra en un sentido irónico. Lenin llamaba a los “comunistas de izquierda” izquierdistas, unas veces con comillas y otras sin ellas. Pero todo el mundo comprenderá que Lenin los llamaba izquierdistas irónicamente, subrayando de este modo que eran izquierdistas sólo de palabra, en apariencia, constituyendo, en el fondo, tendencias derechistas pequeño-burguesas.

¿De qué izquierdismo (sin comillas) de los elementos trotskistas puede hablarse, si todavía ayer formaban un bloque único antileninista con los elementos francamente oportunistas, ligándose pública y directamente con las capas antisoviéticas del país? ¿Acaso no es un hecho que todavía ayer existía un bloque manifiesto de los “izquierdistas” y los derechistas contra el Partido leninista y que ese bloque era apoyado, sin dejar lugar a dudas, por los elementos burgueses? ¿Y acaso eso no nos dice que ellos, los “izquierdistas” y los derechistas, no hubieran podido formar un bloque único si no tuvieran raíces sociales comunes, si no tuvieran una naturaleza oportunista común? El bloque de los trotskistas se disgregó hace un año. Parte de los derechistas, como Shatunovski, se desgajó del bloque. Por consiguiente, los bloquistas de derecha actuarán desde ahora precisamente como derechistas, y los “izquierdistas” encubrirán su derechismo con frases de “izquierda”. Pero ¿qué garantía hay de que los “izquierdistas” y los derechistas no vuelvan a encontrarse? (Risas.) Está claro que no hay ni puede haber garantía alguna. Mas si somos partidarios de la consigna de la lucha en dos frentes ¿no significa eso que, de tal modo, proclamamos la necesidad del centrismo en nuestro Partido? ¿Qué quiere decir lucha en dos frentes? ¿No es eso centrismo?

Vosotros sabéis que los trotskistas presentan así las cosas: hay “izquierdistas”, es decir, “nosotros”, los trotskistas, los “verdaderos leninistas”; hay también “derechistas”, lo son todos los demás; hay, finalmente, “centristas”, que vacilan entre los “izquierdistas” y los derechistas. ¿Puede considerarse acertada tal idea de nuestro Partido? Está claro que no. Así únicamente puede hablar gente que ha confundido todas las nociones y que ha roto hace ya mucho con el marxismo. Así únicamente puede hablar gente que no ve ni comprende la diferencia de principio entre el partido socialdemócrata del periodo anterior a la guerra, que era el partido de un bloque de intereses proletarios y pequeñoburgueses, y el Partido Comunista, que es el partido monolítico del proletariado revolucionario. El centrismo no puede considerarse como un concepto espacial: en un sitio están, pongamos por caso, los derechistas, en otro sitio, los “izquierdistas”, y en medio, los centristas. El centrismo es un concepto político. Su ideología es la ideología de la adaptación, la ideología de la supeditación de los intereses proletarios a los intereses de la pequeña burguesía dentro de un partido común. Esa ideología es extraña y hostil al leninismo. El centrismo es un fenómeno lógico en la II Internacional del período anterior a la guerra. Allí había derechistas (la mayoría), había izquierdistas (sin comillas) y había centristas, cuya política toda consistía en velar con frases de izquierda el oportunismo de los derechistas y subordinar los

izquierdistas a los derechistas. ¿En qué consistía entonces la política de los izquierdistas, cuyo núcleo lo integraban los bolcheviques? En la lucha decidida contra los centristas, en la lucha por la escisión con los derechistas (particularmente después del comienzo de la guerra imperialista) y en la organización de una nueva Internacional revolucionaria formada por elementos auténticamente izquierdistas, auténticamente proletarios. ¿Por qué pudo surgir entonces tal disposición de las fuerzas en el seno de la II Internacional y tal política de los bolcheviques en ella? Porque la II Internacional era entonces el partido de un bloque de intereses proletarios y pequeñoburgueses para complacer a los social pacifistas pequeñoburgueses, a los socialchovinistas. Porque los bolcheviques no podían entonces por menos de concentrar el fuego sobre los centristas, que trataban de subordinar los elementos proletarios a los intereses de la pequeña burguesía. Porque los bolcheviques estaban entonces obligados a predicar la idea de la escisión, pues de otro modo los proletarios no podían organizar su propio y monolítico partido marxista revolucionario. ¿Puede afirmarse que en nuestro Partido Comunista se da una disposición de fuerzas idéntica y que en él debe seguirse la misma política que seguían los bolcheviques en los partidos de la II Internacional del período anterior a la guerra? Está claro que no se puede.

Y no se puede porque ello significaría no comprender la diferencia de principio entre la socialdemocracia, como partido de un bloque de elementos proletarios y pequeñoburgueses, y el monolítico Partido Comunista del proletariado revolucionario. La socialdemocracia tenía un fondo de clase. El Partido Comunista tiene un fondo de clase completamente distinto. En la socialdemocracia, el centrismo era un fenómeno lógico, pues en el partido que es un bloque de intereses heterogéneos no pueden faltar los centristas, y los bolcheviques estaban obligados a propugnar la escisión. En el Partido Comunista, el centrismo no tiene sentido y es incompatible con el principio leninista del Partido, pues el Partido Comunista es el partido monolítico del proletariado, y no el partido de un bloque de elementos de clase heterogéneos. Y como la fuerza dominante en nuestro Partido es la tendencia más izquierdista del movimiento obrero mundial (los leninistas), la política de escisión en nuestro Partido no tiene ni puede tener justificación alguna desde el punto de vista del leninismo. (Una voz: “¿Es o no posible la escisión en nuestro Partido?”.) No se trata de la posibilidad de escisión, sino de que la política de escisión en nuestro Partido leninista monolítico no puede tener justificación desde el punto de vista del leninismo. Quien no comprende esta diferencia de principio, va contra el leninismo, rompe con el leninismo.

Por ello creo que sólo personas que no están en su sano juicio y han perdido los últimos restos de marxismo pueden afirmar en serio que la política de nuestro Partido, la política de la lucha en dos frentes, es una política centrista. Lenin siempre luchó en dos frentes en el seno del Partido, tanto contra las desviaciones “izquierdistas” como contra las francamente mencheviques. Tomad el folleto de Lenin “La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo”, repasad la historia de nuestro Partido, y comprenderéis que éste se ha desarrollado y fortalecido en lucha contra ambas desviaciones, la de derecha y la de “izquierda”. La lucha contra los otsovistas y los comunistas de “izquierda”, de una parte, y, de otra, la lucha contra la desviación francamente oportunista antes de la Revolución de Octubre, durante la Revolución de Octubre y después de la Revolución de Octubre: ésas son las fases por las que ha pasado nuestro Partido en su desarrollo. Todo el mundo conoce las palabras de Lenin de que debemos luchar tanto contra el oportunismo franco como contra los doctrinarios de “izquierda”. ¿Quiere decir esto que Lenin era centrista, que aplicaba una política centrista? Está claro que no quiere decir eso. ¿Qué son, en tal caso, nuestros desviacionistas de derecha y de “izquierda”? En lo que se refiere a la desviación de derecha, no es, claro está, lo que el oportunismo de los socialdemócratas del período anterior a la guerra.

La desviación hacia el oportunismo no es todavía oportunismo. Sabemos que Lenin explicó a su debido tiempo el concepto desviación. La desviación hacia la derecha es algo que no se ha transformado todavía en oportunismo y que puede ser corregido. Por eso no puede identificarse la desviación hacia la derecha con el oportunismo consumado. En lo que se refiere a la desviación de “izquierda”, es algo diametralmente opuesto a lo que era la extrema izquierda, es decir, los bolcheviques, en la II Internacional del período anterior a la guerra. Los desviacionistas de “izquierda” no sólo no pueden ser conceptuados como izquierdistas sin comillas, sino que, en el fondo, son iguales que los desviacionistas de derecha, con la sola diferencia de que encubren inconscientemente su auténtica naturaleza con frases “izquierdistas”. Sería un crimen contra el Partido, no ver lo profunda que es la diferencia entre los desviacionistas de “izquierda” y los verdaderos leninistas, los únicos izquierdistas (sin comillas) en nuestro Partido. (Una voz: “¿Y la legalización de las desviaciones?”.) Si la lucha franca contra las desviaciones es legalización, debemos reconocer que Lenin las “legalizó” hace mucho. Los desviacionistas, los de derecha y los de “izquierda”, se reclutan entre los más diversos elementos de las capas no proletarias, entre los

elementos que reflejan la presión de las ideas y las aspiraciones pequeñoburguesas sobre el Partido y la descomposición de algún que otro eslabón del Partido. Alguna gente que procede de otros partidos; la gente con tendencias trotskistas en el seno del Partido; los restos de las viejas fracciones en el Partido; los miembros del Partido que se están burocratizando (y que se han burocratizado) en el aparato estatal, administrativo, cooperativo, sindical y que se ligan con los elementos francamente burgueses de esos aparatos; la gente acomodada que milita en las células rurales del Partido y que se está ligando con los kulaks, etc., etc.: ése es el medio que nutre las desviaciones respecto de la línea leninista. Está claro que esos elementos no pueden asimilar nada auténticamente izquierdista y leninista. Únicamente pueden nutrir una desviación francamente oportunista o la llamada desviación de “izquierda”, que encubre su oportunismo con frases izquierdistas. Por ésa la lucha en dos frentes es la única política acertada del Partido. Prosigamos. ¿Están en lo cierto las tesis al decir que el método fundamental de lucha contra la desviación de derecha debe ser el de una amplia lucha ideológica? Yo creo que sí. No vendría mal recordar aquí la experiencia de la lucha contra el trotskismo. ¿Cómo empezamos la lucha contra él? ¿Con medidas de organización? ¡Claro que no!

El comienzo fue la lucha ideológica. Esta se prolongó de 1918 a 1925. Ya en 1924, nuestro Partido y el V Congreso de la Internacional Comunista adoptaron una resolución sobre el trotskismo, calificándolo de desviación pequeñoburguesa. Sin embargo, Trotski formaba parte de nuestro C.C. y de nuestro Buró Político. ¿Es eso un hecho o no lo es? Es un hecho. Por tanto, “tolerábamos” a Trotski y a los trotskistas en el C.C. ¿Por qué consentíamos su permanencia en los organismos dirigentes del Partido? Porque entonces los trotskistas, pese a sus divergencias con el Partido, se sometían a las decisiones del C.C. y eran leales. ¿Cuándo empezamos a emplear en escala más o menos amplia las medidas de organización? Únicamente después de que los trotskistas se organizaron en fracción, crearon su centro fraccional, convirtieron su fracción en un nuevo partido y empezaron a invitar a la gente a organizar manifestaciones antisoviéticas. Creo que en la lucha contra la desviación de derecha debemos seguir el mismo camino. Por el momento no puede considerarse la desviación de derecha como algo que haya tomado formas orgánicas y cristalizado, aunque vaya cobrando fuerza en el Partido. Está sólo en proceso de formación y cristalización. ¿Constituyen una fracción los desviacionistas de derecha? Yo creo que no. ¿Puede decirse que no se someten a las decisiones de nuestro Partido?

Creo que no tenemos aún fundamento para acusarlos de ello. ¿Puede afirmarse que los desviacionistas de derecha organizarán obligatoriamente una fracción? Yo lo dudo. De aquí la conclusión: el método fundamental de lucha contra la desviación derechista en nuestro Partido debe ser, en la presente etapa el de una amplia lucha ideológica. Ello es tanto más acertado por cuanto entre algunos miembros de nuestro Partido existe la tendencia inversa: comenzar la lucha contra la desviación de derecha por las medidas de organización, y no por la lucha ideológica. Dicen claramente: dadnos unos diez o veinte derechistas, los destrozaremos en un dos por tres y, de esa manera, habremos terminado con la desviación de derecha. Creo, camaradas, que esa manera de pensar es errónea y peligrosa. Precisamente para no dejarse arrastrar por esa manera de pensar y encarrilar debidamente la lucha contra la desviación de derecha, es necesario decir, con toda claridad y energía, que el método principal de nuestra lucha contra la desviación de derecha es, en la presente etapa, la lucha ideológica. ¿Quiere decir esto que consideramos excluida toda medida de organización? No, no quiere decir eso. Pero quiere decir, sin duda alguna, que las medidas de organización deben desempeñar aquí un papel secundario y que, si los desviacionistas de derecha no infringen las decisiones del Partido, no debemos echarlos de estas o aquellas organizaciones e instituciones dirigentes. (Una voz: “¿Y lo que se ha hecho en Moscú?”.)

Creo que entre los camaradas dirigentes de Moscú no había derechistas. Allí se seguía una actitud errónea hacia las tendencias derechistas. Podemos decir que, más que otra cosa, allí había cierta inclinación a la transigencia. Pero yo no puedo decir que en el Comité de Moscú hubiera una desviación derechista. (Una voz: “Y lucha con medidas de organización, ¿no hubo?”.) Hubo lucha con medidas de organización, pero esta lucha ocupaba un lugar secundario. La hubo porque en Moscú se celebran nuevas elecciones sobre la base de la autocrítica, y los activos de los distritos tienen derecho a destituir a los secretarios. (Risas.) (Una voz: “¿Acaso las nuevas elecciones de secretarios han sido anunciadas?”.) Nadie ha prohibido las nuevas elecciones de secretarios. Tenemos el llamamiento de junio del C.C., en el que se dice claramente que el desarrollo de la autocrítica puede convertirse en una frase vacía si no se asegura a las organizaciones de base el derecho a destituir a cualquier secretario, a cualquier comité. ¿Qué podéis objetar contra este llamamiento? (Una voz: “¿Antes de la Conferencia del Partido?”.) Sí, aunque sea antes de la Conferencia del Partido. Veo la sonrisa de los augures en el rostro de algunos camaradas. Eso no está bien, camaradas. Veo que algunos de vosotros ardéis en irrefrenables

deseos de echar cuanto antes de sus puestos a estos o aquellos portavoces de la desviación de derecha. Pero eso no soluciona la cuestión, queridos camaradas. Naturalmente, quitar a la gente de sus puestos es más fácil que desplegar una amplia y meditada campaña de esclarecimiento acerca de la desviación de derecha, del peligro de derecha y de la lucha contra él. Pero no se puede considerar que lo más fácil sea lo mejor. Tomaos el trabajo de organizar una amplia campaña de esclarecimiento contra el peligro de derecha, no escatiméis el tiempo dedicado a ella y veréis que, cuanto más amplia y más profunda sea esa campaña, tanto peor irán las cosas para la desviación de derecha. Por eso creo que el eje de nuestra lucha contra la desviación de derecha debe ser la lucha ideológica. En lo que se refiere al Comité de Moscú, no sé qué podría añadirse a lo dicho por Uglánov en su resumen en el Pleno del Comité de Moscú y de la Comisión de Control de Moscú del P.C.(b) de la U.R.S.S. Uglánov declaró sin rebozo: “Si recordamos un poco la historia, si recordamos cómo en 1921 luché yo en Leningrado contra Zinóviev, la “sarracina” fue entonces algo mayor. Entonces salimos vencedores porque teníamos razón. Ahora nos han batido porque estábamos equivocados. Eso nos será de provecho”. Resulta que Uglánov ha luchado ahora como luchó en tiempos contra Zinóviev. Entonces, ¿contra quién, propiamente, ha luchado Uglánov en los últimos tiempos? Por lo visto, contra la política del C.C. ¿Contra quién, si no? ¿Sobre qué base ha podido desplegarse esa lucha? Evidentemente, sobre la base de la transigencia con la desviación de derecha. Por eso las tesis subrayan muy acertadamente la necesidad de luchar contra la transigencia con las desviaciones respecto de la línea leninista, particularmente contra la transigencia con la desviación de derecha, como una de las tareas inmediatas de nuestro Partido. Finalmente, la última cuestión. En las tesis se dice que debemos subrayar particularmente en esta etapa la necesidad de luchar contra la desviación de derecha.

¿Qué significa eso? Significa que en el momento presente el peligro de derecha es el principal en nuestro Partido. La lucha contra las tendencias trotskistas, lucha muy concentrada, venimos desplegándola desde hace unos diez años. El resultado de esa lucha ha sido la derrota de los cuadros fundamentales del trotskismo. No puede decirse que la lucha contra la desviación francamente oportunista se haya desarrollado en los últimos tiempos con la misma intensidad. Y no se ha desarrollado con particular intensidad porque la desviación de derecha se encuentra todavía en período de formación y cristalización, robusteciéndose y madurando debido al fortalecimiento de las ideas y aspiraciones pequeñoburguesas en relación con nuestras dificultades en los acopios de cereales. Por eso, el golpe principal debe dirigirse contra la desviación de derecha. Para terminar, camaradas, quisiera señalar otro hecho, del que aquí no se ha hablado y que, a mi parecer, tiene bastante importancia. Los miembros del Buró Político os hemos presentado las tesis sobre las cifras control. En mi discurso yo he defendido esas tesis como absolutamente acertadas. No hablo de las enmiendas que puedan ser introducidas en ellas. Pero no puede caber ninguna duda de que en lo fundamental las tesis son acertadas y nos garantizan una aplicación justa de la línea leninista. Pues bien, debo declararos que las tesis han sido aprobadas en el Buró Político por unanimidad. Creo que este hecho tiene cierta importancia, en vista de los rumores que propalan a cada paso en nuestras filas los malintencionados de todo género, los adversarios y los enemigos de nuestro Partido. Me refiero a los rumores de que en el Buró Político hay desviación de derecha, desviación de “izquierda”, transigencia y el demonio sabe cuántas cosas más. Sean estas tesis una prueba más, la cien o la ciento una, de que en el Buró Político hay unanimidad. Yo quisiera que el presente Pleno a probara en principio estas tesis con la misma unanimidad. (Aplausos.)

Publicado el 24 de noviembre de 1928 en el núm. 273 de “Pravda”.