Apuntes de la conversación con el señor Campbell. 28 de enero de 1929. Después de un intercambio de frases de introducción, el señor Campbell explicó su deseo de visitar al camarada Stalin indicando que, si bien hallábase en la U.R.S.S. en calidad de particular, antes de salir de los EE.UU. se había entrevistado con Coolidge y con el nuevo presidente Hoover, quienes habían estado absolutamente de acuerdo con su viaje a Rusia. Su estancia aquí le había mostrado la asombrosa actividad de una nación que es un enigma para el mundo. Le habían complacido, sobre todo, los proyectos de desarrollo de la agricultura. Conocía la existencia de muchas ideas erróneas acerca de Rusia, pero había estado en persona, por ejemplo, en el Kremlin, viendo el trabajo que se realiza en la esfera de la conservación de monumentos y, en general, para elevar el nivel cultural. Le ha sorprendido profundamente la solicitud por los obreros y las obreras. Le parece una interesante coincidencia el hecho de que antes de salir de los EE.UU. fuera invitado a visitar al presidente y viera al hijo y a la señora de Coolidge, y que el día anterior a esta conversación se hubiese entrevistado con el presidente de la U.R.S.S., Kalinin, quien le produjo una honda impresión. El camarada Stalin: En cuanto a los planes de fomento agrícola e industrial, así como a nuestro interés por el desarrollo de la vida cultural, nos encontramos todavía al principio mismo de nuestro trabajo. En la edificación de la industria hemos hecho

aún muy poco. Menos se ha hecho en la realización de los planes de reestructuración de la agricultura. No debemos olvidar que el nuestro era un país excepcionalmente atrasado y que ese atraso sigue siendo un gran obstáculo. La diferencia entre los antiguos y los nuevos dirigentes de Rusia consiste, aparte de otras cosas, en que los antiguos dirigentes juzgaban el atraso del país como un rasgo positivo, viendo en ello una “peculiaridad nacional”, un motivo de “orgullo nacional”, en tanto que los hombres nuevos, los soviéticos, luchan contra ese atraso, considerándole un mal que debe ser extirpado. En esto reside la garantía de nuestro éxito. Nosotros sabemos que no estamos exentos de errores. Pero no tememos la crítica, no tememos mirar las dificultades cara a cara ni reconocer nuestros errores. Aceptamos la crítica, cuando es justa, y la aplaudimos. Observamos a los EE.UU., porque descuellan en el sentido científico y técnico. Nosotros quisiéramos que los científicos y los técnicos de Norteamérica fueran nuestros maestros en la esfera de la técnica, y nosotros fuésemos sus discípulos. Cada período de desarrollo nacional tiene su idea inspiradora. En Rusia la construcción es hoy la idea inspiradora. Tal es en la actualidad su rasgo predominante. A eso se debe que vivamos ahora una fiebre constructora, que recuerda el período vivido por los EE.UU. después de la guerra civil.

Esta es la base y la posibilidad de la cooperación técnica, industrial y comercial con los EE.UU. Ignoro lo que es preciso hacer todavía para asegurar el contacto con la industria norteamericana. ¿No puede usted explicar qué obstaculiza ahora esa aproximación, una vez establecido que este contacto sería ventajoso tanto para la U.R.S.S. como para los EE.UU.? El señor Campbell: Estoy seguro de que nos hallamos ante una asombrosa semejanza entre los EE.UU. y Rusia por su magnitud, sus recursos y su independencia. Es acertada la invocación del señor Stalin a la guerra civil. Después de la guerra civil pudo observarse un excepcional crecimiento. El pueblo de los EE.UU. se interesa por Rusia, Estoy seguro de que Rusia es un país demasiado grande para no ser un gran factor en las relaciones internacionales. Los hombres que encabezan el gobierno ruso tienen a su disposición inmensas posibilidades para realizar ingentes obras. Para ello sólo es necesario tener claridad de apreciación y ser siempre justos. Yo veo lo ventajoso de un acertado contacto práctico, y mantengo estrechos vínculos con el gobierno, aunque soy un ciudadano particular. Converso a título privado. Toda vez que se me pregunta qué impide el contacto entre los EE.UU. y Rusia, quiero responder con la mayor franqueza, valientemente, con el debido respeto al señor Stalin y sin ánimo de agraviar.

El señor Stalin es un hombre que piensa con mucha objetividad, y esto me permite mantener la conversación en los términos en que un hombre debe hablar con otro para bien de sus países respectivos y de modo estrictamente confidencial. Si pudiéramos tener un reconocimiento oficial, cada cual procuraría venir aquí para hacer negocios sobre la base del crédito o sobre otra base, como se hacen los negocios en todas partes. La razón de que las casas norteamericanas vacilen en negociar y abrir un crédito a largo plazo consiste en que nuestro gobierno de Washington no tiene reconocido al gobierno de ustedes. Sin embargo, la razón principal no es simplemente la falta de reconocimiento. Suponemos que la razón principal (y esto puede ser cierto) consiste en que los representantes de su gobierno en nuestro país procuran constantemente sembrar el descontento y propagar las ideas del Poder Soviético. En nuestro país tenemos lo que se llama la “doctrina de Monroe”, lo cual significa que no queremos inmiscuirnos en los asuntos de ningún país del mundo, que nos ocupamos exclusivamente de nuestros propios asuntos. Por eso no queremos que ningún país, sea cual fuere -la Gran Bretaña, Francia, Alemania, Rusia u otro-, se inmiscuya en nuestros asuntos privados. Rusia es un país tan inmenso que puede realizar por sí solo todo lo que su pueblo se proponga.

Rusia tiene recursos propios de todo género, y al fin los rusos podrán desarrollarlos por sí mismos, aunque esto habrá de exigir más tiempo. Nos es grato ver que en muchos aspectos somos el ideal del pueblo ruso, y creo que podemos serle muy útiles, especialmente para economizar tiempo. Por cuanto nosotros hemos resuelto muchos problemas económicos, y nuestros métodos son copiados por muchos países, además de Rusia, empresas como la construcción de sovjóses significan la intensificación de las relaciones comerciales, y, a la postre, después de las relaciones comerciales vendrá también el reconocimiento diplomático sobre una base justa. El único camino para las naciones, como para los individuos, es hablar francamente, sin agravios, y entonces sobrevendrá muy pronto el tiempo para un acuerdo u otro. Conforme somos más cultos, mejor nos persuadimos de que podremos conseguir más con la razón que por otros medios. Los grandes pueblos pueden discrepar sin agravar las relaciones, y los grandes hombres se ponen de acuerdo en los grandes problemas. Habitualmente éstos terminan las negociaciones con un acuerdo determinado, partiendo la diferencia, por lejos que al principio estuviesen sus puntos de vista iniciales. El camarada Stalin: Comprendo que en este momento el reconocimiento diplomático tiene dificultades para los EE.UU. La prensa de Norteamérica ha atacado tanto y tan a menudo a los

representantes del Gobierno Soviético, que resulta difícil un viraje en redondo. Personalmente, no considero decisivo en la actualidad el reconocimiento diplomático. Lo que importa es el desarrollo de las relaciones comerciales en pie de conveniencia mutua. Las relaciones comerciales necesitan ser normalizadas, y si se crea para ello una determinada base jurídica, será el primer paso y el más importante para el reconocimiento diplomático. El problema del reconocimiento diplomático se resolverá por sí solo cuando ambas partes comprendan que las relaciones diplomáticas son ventajosas. La base principal son las relaciones comerciales y su normalización, lo que conduciría a crear determinadas normas jurídicas. Desde luego, los recursos naturales de nuestro país son abundantes y diversos. Más de lo que oficialmente se sabe; y nuestras expediciones de prospección encuentran sin cesar nuevos recursos en nuestro vasto país. Pero esto es sólo un aspecto de nuestras posibilidades. Otro aspecto consiste en que ahora nuestros campesinos y nuestros obreros han sido liberados de la antigua carga de los terratenientes y capitalistas. Los terratenientes y los capitalistas despilfarraban antes improductivamente lo que ahora se queda en el país y eleva en el interior el poder adquisitivo. El incremento de la demanda es tal que nuestra industria no da abasto, a pesar de su rápido desarrollo.

La demanda es inmensa, tanto para el consumo personal como para el productivo. Este es el segundo aspecto de nuestras ilimitadas posibilidades. Lo uno y lo otro crean una seria base para el contacto comercial e industrial, tanto con los EE.UU. como con los demás países desarrollados. Entre los Estados se libra una complicada lucha en torno a cuál de ellos ha de aplicar sus fuerzas en estos recursos y en las posibilidades de nuestro país. Por desgracia, los EE.UU. se hallan todavía lejos de esta lucha. Los alemanes pregonan a voz en grito que la situación del Poder Soviético es insegura y que, por eso, no se deben conceder créditos de importancia a las organizaciones económicas soviéticas. Al propio tiempo, mediante la concesión de créditos a la U.R.S.S., intentan monopolizar las relaciones comerciales con ella. Un grupo de hombres de negocios ingleses también sostiene, como es sabido, una furiosa campaña antisoviética. Al propio tiempo, este mismo grupo, así como el de McKenna, intenta organizar créditos para la U.R.S.S. Por la prensa se sabe ya que en febrero llegará a la U.R.S.S. una delegación de industriales y banqueros ingleses, que se proponen ofrecer un vasto proyecto de relaciones comerciales y un empréstito al Gobierno Soviético. ¿A qué se debe esta dualidad de los hombres de negocios alemanes e ingleses? Se debe a que quieren monopolizar las relaciones comerciales con la U.R.S.S. atemorizando y apartando a los EE.UU.

Entretanto, para mí está claro que los EE.UU. tienen más fundamento para mantener amplias relaciones comerciales con la U.R.S.S. que cualquier otro país. Y esto no sólo porque sean ricos en técnica y en capitales, sino porque en ningún país nuestros representantes comerciales son recibidos tan grata y hospitalariamente como en los EE.UU. En cuanto a la propaganda, debo declarar del modo más categórico que ningún representante del Gobierno Soviético tiene derecho a inmiscuirse en los asuntos internos del país donde se encuentre, ni directa ni indirectamente. En este sentido, han sido cursadas las indicaciones más firmes y rigurosas a todo nuestro personal de las instituciones soviéticas en los EE.UU. Estoy seguro de que Bron y sus colaboradores no tienen ni la más remota relación con la propaganda en ninguna de sus formas. Si alguno de nuestros funcionarios infringiera las severas directrices respecto a la no ingerencia, sería retirado inmediatamente y castigado. Por supuesto, no podemos responder de actos cometidos por personas desconocidas y no subordinadas a nosotros. Pero respecto a los funcionarios de nuestras instituciones en el extranjero, podemos responder de ellos y dar las máximas garantías de su no ingerencia. El señor Campbell: ¿Puedo transmitir estas palabras al señor Hoover? El camarada Stalin: Naturalmente.

El señor Campbell: No sabemos quiénes son los que siembran el descontento. Pero existen. La policía los encuentra y halla su propaganda escrita. Yo conozco a Bron y estoy seguro de que es un señor honrado, franco, que actúa con honestidad. Pero alguien anda metido de por medio. El camarada Stalin: Posiblemente, la propaganda en favor de los Soviets la efectúen en los EE.UU. los miembros del Partido Comunista de Norteamérica. Pero este partido es legal en los EE.UU., participa legalmente en las elecciones presidenciales, presenta sus candidatos a presidente, y es del todo comprensible que tampoco en este caso podamos inmiscuirnos en los asuntos interiores de ustedes. El señor Campbell: Por mi parte, no tengo más preguntas. Aunque sí que tengo. Cuando regrese a los EE.UU., los hombres de negocios me preguntarán si los negocios con la U.R.S.S. son seguros. En particular, las compañías de construcción de maquinaria estarán interesadas en la posibilidad de conceder créditos a largo plazo. ¿Puedo contestar afirmativamente? ¿Se me pueden facilitar datos sobre las medidas que adopta ahora el Gobierno Soviético para garantizar las operaciones de crédito?, ¿existe un impuesto especial u otra fuente determinada reservada a este fin? El camarada Stalin: Yo no querría elogiar a mi país. Sin embargo, puesto que usted pregunta, debo decir lo siguiente. Ni en un solo caso, el Gobierno o

las instituciones económicas soviéticas han dejado de efectuar los pagos de los créditos exacta y puntualmente, tanto de los créditos a corto como a largo plazo. Se podrían pedir informes en Alemania de cómo pagamos a los alemanes el crédito de trescientos millones. ¿De dónde obtenemos los fondos para los pagos? El señor Campbell sabe que el dinero no cae del cielo. Nuestra agricultura, nuestra industria, nuestro comercio, la madera, el petróleo, el oro, el platino, etc. son la fuente de los pagos. Esta es también su garantía. No quiero que el señor Campbell me crea bajo palabra. Puede comprobar mis afirmaciones, por ejemplo, en Alemania. No verá ni un solo caso de pago diferido, aunque a veces hubimos de pagar prácticamente intereses tan inusitados como el 15 y el 20%. En cuanto a garantías especiales, yo creo que no hay necesidad de hablar en serio de ellas tratándose de la U.R.S.S. El señor Campbell: Naturalmente, no hay necesidad. El camarada Stalin: Quizá no estaría de más que le hablase, en un terreno rigurosamente confidencial, de un empréstito -no de un crédito, sino de un empréstito- ofrecido por un grupo de banqueros ingleses: el grupo Balfour, Kingsley.

El señor Campbell: ¿Puedo comunicárselo a Hoover? El camarada Stalin: Por supuesto, pero no debe transmitirse a la prensa. Este grupo de banqueros ofrece lo siguiente: Calculan en unos cuatrocientos millones de libras esterlinas nuestra deuda a la Gran Bretaña. Proponen consolidarla en un 25%. Es decir, cien millones de libras esterlinas en lugar de cuatrocientos. Al propio tiempo, se ofrece un empréstito de cien millones de libras esterlinas. De este modo, nuestra deuda sería de doscientos millones de libras esterlinas, a pagar a plazos durante varias decenas de años. A cambio, debemos dar preferencia a la construcción de maquinaria británica. Esto no quiere decir que hayamos de hacer pedidos exclusivamente a la Gran Bretaña, sino que debemos darle preferencia. El señor Campbell: Da las gracias por la interviú y dice que el camarada Stalin, le ha producido la impresión de un hombre justo, bien informado y sincero. Le ha sido muy grato tener oportunidad de hablar con el camarada Stalin y considera histórica esta entrevista. El camarada Stalin: Da las gracias al señor Campbell por la conversación.

Publicado el 30 de noviembre de 1932 en el núm. 22 de “Bolshevik”.