Respuesta a los camaradas Meshkov, Kovalchuk y otros. He recibido vuestras cartas. Son análogas a muchas más, sobre el mismo tema, que otros camaradas me han enviado en estos últimos meses. Sin embargo, he resuelto contestaros precisamente a vosotros porque planteáis las cuestiones más descarnadamente y, con ello, ayudáis a ponerlas en claro. Cierto, en vuestras cartas dais una solución errónea a las cuestiones planteadas, pero eso es otro asunto, del que hablaremos más abajo. Vamos al grano.

1. El concepto “nación”. Los marxistas rusos tienen desde hace ya tiempo su teoría de la nación. Según esta teoría, nación es una comunidad humana estable, históricamente formada y surgida sobre la base de la comunidad de cuatro rasgos principales, a saber: la comunidad de idioma, de territorio, de vida económica y de psicología, manifestada ésta en la comunidad de peculiaridades específicas de la cultura nacional. Como es sabido, esta teoría ha sido admitida unánimemente en nuestro Partido. De vuestras cartas se desprende que consideráis incompleta esta teoría. Por ello proponéis añadir a los cuatro rasgos de la nación uno más, a saber: la existencia de un Estado nacional propio e independiente. Vosotros estimáis que, si no existe este quinto rasgo, no hay ni puede haber nación. Me parece que el esquema que proponéis, con su quinto rasgo del concepto “nación”, es profundamente erróneo y no puede ser justificado ni desde el punto de vista de la teoría ni desde el punto de vista de la práctica de la política. De aceptar vuestro esquema, sólo podríamos reconocer como naciones a las que tienen su propio Estado, independiente de los demás, y todas las naciones oprimidas, privadas de independencia estatal, deberían ser excluidas de la categoría de naciones; además, la lucha de las naciones oprimidas contra la opresión nacional y la lucha de los pueblos de las colonias contra el imperialismo deberían ser excluidas de los conceptos “movimiento nacional” y “movimiento de liberación nacional”.

Es más, de aceptar vuestro esquema, deberíamos afirmar que a) los irlandeses no se convirtieron en nación hasta después de haber formado el “Estado Libre de Irlanda”, no constituyendo hasta entonces una nación; b) los noruegos no fueron una nación mientras Noruega no se separó de Suecia, y únicamente se convirtieron en nación después de haberse separado; c) los ucranianos no constituían una nación cuando Ucrania formaba parte de la Rusia zarista, y únicamente se convirtieron en nación cuando se separaron de la Rusia Soviética, bajo la Rada Central y el hetman Skoropadski, pero luego de nuevo dejaron de ser una nación, al unir su República Soviética de Ucrania con las demás Repúblicas Soviéticas en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Podría citar un sinfín de ejemplos análogos. Es evidente que no puede estimarse científico un esquema que conduce a tan absurdas deducciones. Prácticamente, políticamente, vuestro esquema lleva de manera inevitable a justificar la opresión nacional, la opresión imperialista, cuyos portadores se niegan en redondo a reconocer como naciones efectivas a las naciones oprimidas y a las que no gozan de plenitud de derechos, que no tienen su propio Estado nacional, y consideran que esta circunstancia les autoriza para oprimir a esas naciones. No hablo ya de que vuestro esquema lleva a la justificación de los nacionalistas burgueses de nuestras Repúblicas Soviéticas, pues ellos afirman que las naciones soviéticas han dejado de ser naciones desde que han unido sus Repúblicas Soviéticas nacionales en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Eso es lo que puede decirse de la cuestión de “completar” y “enmendar” la teoría marxista rusa de la nación. No hay más remedio que reconocer la teoría marxista rusa de la nación como la única acertada.

2. El surgimiento y el desarrollo de las naciones. Uno de vuestros errores más graves es el de meter en un mismo saco a todas las naciones hoy existentes, sin ver entre ellas ninguna diferencia de principio.

En el mundo hay naciones y naciones. Hay naciones que se desarrollaron en la época del capitalismo ascensional, cuando la burguesía, destruyendo el feudalismo y el fraccionamiento feudal, unía la nación en un todo y la cimentaba. Esas son las llamadas naciones “modernas”. Vosotros afirmáis que las naciones surgieron y existían ya antes del capitalismo. Pero ¿cómo pudieron las naciones surgir y existir antes del capitalismo, en el período del feudalismo, si los países estaban fragmentados en principados independientes, que, además de no estar ligados por ningún nexo nacional, negaban terminantemente la necesidad de dichos nexos? A despecho de vuestros erróneos asertos, no hubo ni pudo haber naciones en el período precapitalista, ya que aun no había mercados nacionales, no había centros nacionales económicos ni culturales, no existían, por consiguiente, los factores que eliminan la fragmentación económica de un pueblo y unen las partes de dicho pueblo, hasta ese momento dispersas, en un todo nacional único. Naturalmente, los elementos de la nación -el idioma, el territorio, la comunidad de cultura, etc.- no cayeron del cielo, sino que fueron creándose ya, poco a poco, en el período precapitalista. Pero estos elementos se hallaban en estado embrionario y, en el mejor de los casos, constituían una posibilidad potencial de formación de la nación en el futuro, si, concurrían determinadas circunstancias propicias.

Esta posibilidad potencial no fue una realidad hasta el período del capitalismo en ascenso, con su mercado nacional, con sus centros económicos y culturales. En relación con lo expuesto, deben ser citadas las magníficas palabras que acerca del surgimiento de las naciones dice Lenin en su folleto “¿Quiénes son los “amigos del pueblo” y cómo luchan contra los socialdemócratas?” Polemizando con el populista Mijailovski, que deducía el surgimiento de los lazos nacionales y de la unidad nacional del desarrollo de los lazos gentilicios, Lenin comentó: “¡De modo que los lazos nacionales constituyen la continuación y la generalización de los lazos gentilicios! El señor Mijailovski extrae, evidentemente, sus conceptos sobre la historia de la sociedad de la misma fábula infantil que se enseña a los escolares. La historia de la sociedad - pregona esta doctrina de lugares comunes- consiste en que en el comienzo existía la familia, este núcleo de toda sociedad..., luego la familia creció hasta formar toda una tribu, y ésta, hasta formar un Estado. Si el señor Mijailovski repite este absurdo infantil con aire grave, sólo demuestra -aparte de todo lo demás- que no tiene la menor idea ni siquiera de la marcha de la historia rusa.

Si se puede hablar de la vida gentilicia de la Rus antigua, no cabe duda de que en la Edad Media, en la época del reino moscovita, no existían ya lazos gentilicios, es decir, el Estado no se basaba en uniones gentilicias, sino en uniones locales: los terratenientes y los monasterios aceptaban a campesinos de diversos lugares, y las comunidades formadas de este modo constituían uniones puramente territoriales. Pero apenas si cabía hablar entonces de lazos nacionales en el sentido propio de la palabra: el Estado se dividía en varios territorios, algunos de los cuales eran incluso principados, que conservaban huellas vivas de su anterior autonomía, particularidades de administración y, a veces, tropas propias (los boyardos locales iban a la guerra con sus propias mesandas), barreras aduaneras propias, etc. Sólo el período moderno de la historia rusa (aproximadamente desde el siglo XVII) se caracteriza por la fusión realmente efectiva de todas estas regiones, territorios y principados en un todo. Pero no motivaron esta fusión los lazos gentilicios, estimadísimo señor Mijailovski, y ni siquiera su continuación y su generalización, sino el haberse intensificado el intercambio entre las regiones, el haber aumentado gradualmente la circulación de mercancías, el haberse concentrado los pequeños mercados locales en un solo mercado general para toda Rusia.

Y como los dirigentes y amos de este proceso fueron los capitalistas comerciantes, la formación de estos lazos nacionales no podía ser otra cosa que la formación de los lazos burgueses” (v. t. 1, págs. 72-7372). Eso es lo que puede decirse del surgimiento de las llamadas naciones “modernas”. La burguesía y sus partidos nacionalistas fueron y continúan siendo en este período la principal fuerza dirigente de las naciones de ese tipo. Paz entre las clases en el interior de la nación en aras de la “unidad nacional”; extensión del territorio de su nación mediante la anexión de territorios nacionales ajenos; desconfianza y odio hacia otras naciones; represión de las minorías nacionales; frente único con el imperialismo: tal es el bagaje ideológico, social y político de esas naciones. Estas naciones deben ser calificadas de naciones burguesas. Así son, por ejemplo, la nación francesa, la inglesa, la italiana, la norteamericana y otras naciones semejantes. Idénticas naciones burguesas fueron la rusa, la ucraniana, la tártara, la armenia, la georgiana y otras naciones de Rusia hasta el establecimiento de la dictadura del proletariado y del régimen soviético en nuestro país. Es lógico que la suerte de esas naciones esté vinculada a la suerte del capitalismo, que esas naciones deban abandonar la escena al caer el capitalismo. Precisamente a esas naciones burguesas se refiere

el folleto de Stalin “El marxismo y la cuestión nacional”, cuando dice que “la nación no es simplemente una categoría histórica, sino una categoría histórica de una determinada época, de la época del capitalismo ascensional”; que “los destinos del movimiento nacional, que es en sustancia un movimiento burgués, están naturalmente vinculados a los destinos de la burguesía”; que “la caída definitiva del movimiento nacional sólo es posible con la caída de la burguesía”; que “sólo cuando reine el socialismo se podrá instaurar la paz completa”. Eso es lo que puede decirse de las naciones burguesas. Pero en el mundo hay también otras naciones. Se trata de las naciones nuevas, de las naciones soviéticas, que se han desarrollado y constituido sobre la base de las naciones viejas, burguesas, después del derrocamiento del capitalismo en Rusia, después de la liquidación de la burguesía y de sus partidos nacionalistas, después del establecimiento del régimen soviético. La clase obrera y su partido internacionalista constituyen la fuerza que cimenta estas nuevas naciones y las dirige. Alianza de la clase obrera y el campesinado trabajador en el interior de la nación, para eliminar los restos del capitalismo en aras de la edificación socialista triunfante; exterminio de los restos de la opresión nacional en aras de la igualdad de derechos y del libre desarrollo de las naciones y de las minorías nacionales; destrucción de los restos del nacionalismo en aras de la instauración de la amistad entre los pueblos y del triunfo del internacionalismo; frente único con todas las naciones oprimidas y las que no gozan de plenitud de derechos, en la lucha contra la política de anexión y las guerras anexionistas, en la lucha contra el imperialismo: tal es la fisonomía moral, social y política de estas naciones. Estas naciones deben ser calificadas de naciones socialistas. Estas naciones nuevas han surgido y se han desarrollado sobre la base de las naciones viejas, burguesas, como resultado de la destrucción del capitalismo, transformándose radicalmente en el espíritu del socialismo.

Nadie puede negar que las actuales naciones socialistas de la Unión Soviética - la rusa, la ucraniana, la bielorrusa, la tártara, la bashkira, la uzbeka, la kazaja, la azerbaidzhana, la georgiana, la armenia y demás- se distinguen de raíz de las correspondientes naciones viejas, burguesas, de la antigua Rusia, tanto por su composición de clase y su fisonomía moral como por sus aspiraciones e intereses sociales y políticos. Tales son los dos tipos de naciones que conoce la historia. Vosotros no estáis de acuerdo en ligar el destino de las naciones -en este caso el destino de las naciones viejas, burguesas- al destino del capitalismo. No estáis de acuerdo con la tesis de que, al ser suprimido el capitalismo, lo serán también las naciones viejas, burguesas. Pero ¿a qué otra cosa, hablando en rigor, se podría ligar el destino de esas naciones, de no ser al destino del capitalismo? ¿Acaso es difícil comprender que con la desaparición del capitalismo deben desaparecer las naciones burguesas que él engendró? ¿Pensáis que las viejas naciones, que las naciones burguesas, pueden existir y desarrollarse en el régimen soviético, en la dictadura del proletariado?

No faltaría más que eso... Teméis que la supresión de las naciones existentes bajo el capitalismo equivalga a suprimir las naciones en general, a suprimir toda nación. ¿Por qué, con qué fundamento? ¿Será posible que no sepáis que, además de las naciones burguesas, existen otras naciones, las naciones socialistas, mucho más unidas y con mayor vitalidad que cualquier nación burguesa? Vuestro error consiste precisamente en que no veis otras naciones que no sean las burguesas; por consiguiente, no habéis percibido toda una época de formación de naciones socialistas, surgidas en la Unión Soviética sobre las ruinas de las naciones viejas, burguesas. El hecho es, precisamente, que la supresión de las naciones burguesas no supone la supresión de las naciones en general, sino, tan sólo, de las naciones burguesas. Sobre las ruinas de las naciones viejas, burguesas, surgen y se desarrollan naciones nuevas, socialistas, mucho más monolíticas que cualquier nación burguesa, por estar libres de las irreconciliables contradicciones de clase que corroen las naciones burguesas y ser mucho más populares que cualquiera de ellas.

3. El futuro de las naciones y de los idiomas nacionales. Cometéis un grave error al poner un signo de igualdad entre el período de la victoria del socialismo en un solo país y el período de la victoria del socialismo en escala mundial y al afirmar que no solamente en el caso de victoria del socialismo en escala mundial, sino también en el caso de la victoria del socialismo en un solo país, es posible y necesaria la desaparición de las diferencias nacionales y de los idiomas nacionales, la fusión de las naciones y la formación de un idioma común único. Además, confundís cosas completamente distintas: “la destrucción de la opresión nacional”, con “la eliminación de las diferencias nacionales”; “la destrucción de las barreras estatales entre las naciones”, con “la extinción de las naciones”, con “la fusión de las naciones”. No se puede dejar de señalar que la confusión de estos conceptos heterogéneos es absolutamente inadmisible en los marxistas. En nuestro país, la opresión nacional ha sido destruida hace tiempo, pero

de ello no se desprende, ni mucho menos, que las diferencias nacionales hayan desaparecido ni que en nuestro país hayan sido suprimidas las naciones. En nuestro país han sido destruidas hace ya tiempo las barreras estatales entre las naciones, con sus guardafronteras, con sus aduanas, pero de ello no se desprende, ni mucho menos, que las naciones se hayan fundido ya, ni que los idiomas nacionales hayan desaparecido, ni que estos idiomas hayan sido sustituidos por un idioma común para todas nuestras naciones. No os satisface mi discurso en la Universidad Comunista de los Pueblos del Oriente (1925), en el que niego que sea acertada la tesis de que con el triunfo del socialismo en un solo país, en el nuestro, por ejemplo, los idiomas nacionales han de morir, las naciones han de fundirse y en lugar de los idiomas nacionales ha de aparecer un idioma común. Consideráis que esta tesis mía contradice la conocida tesis de Lenin, según la cual la finalidad del socialismo consiste no sólo en acabar con el fraccionamiento de la humanidad en pequeños Estados y con todo aislamiento de las naciones, no sólo en el acercamiento de las naciones, sino en su fusión. Consideráis, además, que esa tesis mía contradice también otra tesis de Lenin, según la cual, con la victoria del socialismo en escala mundial empezarán a extinguirse las diferencias y los idiomas nacionales, y después de dicha victoria, los idiomas nacionales empezarán a ser sustituidos por un idioma común.

Eso es completamente falso, camaradas. Eso es un profundo error. He dicho ya, más arriba, que para un marxista es inadmisible confundir y meter en un mismo saco fenómenos tan heterogéneos como “la victoria del socialismo en un solo país” y “la victoria del socialismo en escala mundial”. No debe olvidarse que estos fenómenos heterogéneos reflejan dos épocas enteramente diferentes, a las que separa no sólo el tiempo (cosa muy importante), sino también su propia esencia. La desconfianza nacional, el aislamiento nacional, la hostilidad nacional, los choques entre las naciones, no son estimulados y apoyados, naturalmente, por un sentimiento “innato” de fobia nacional, sino por la tendencia del imperialismo a avasallar naciones ajenas y por el temor de éstas al peligro de esclavización nacional. Es indudable que mientras exista el imperialismo mundial persistirán esa tendencia y ese temor; por consiguiente, en la inmensa mayoría de los países persistirán la desconfianza nacional, el aislamiento nacional, la hostilidad nacional y los choques entre las naciones. ¿Se puede afirmar que la victoria del socialismo y la destrucción del imperialismo en un solo país signifiquen la destrucción del imperialismo y de la opresión nacional en la mayoría de los países?

Es evidente que no se puede hacer tal afirmación. Pero de ello se desprende que la victoria del socialismo en un solo país, a pesar de que debilita seriamente al imperialismo mundial, no crea, ni puede crear, las condiciones necesarias para la fusión de las naciones y de los idiomas nacionales del mundo en un todo común. El período de la victoria del socialismo en escala mundial se distingue ante todo del período de la victoria del socialismo en un solo país en que suprime el imperialismo en todos los países, destruye tanto la tendencia al sojuzgamiento de naciones ajenas como el temor al peligro de avasallamiento nacional, mina de raíz la desconfianza y la hostilidad entre las naciones, une a éstas en un solo sistema mundial de economía socialista y crea, con ello, las condiciones reales necesarias para fundir gradualmente a todas las naciones en un todo único. Tal es la diferencia esencial entre estos dos períodos. Pero de aquí se desprende que confundir estos dos períodos diferentes y meterlos en un mismo saco, significa cometer un error imperdonable. Tomemos mi discurso en la Universidad Comunista de los Trabajadores del Oriente. En él se dice: “Algunos hablan (Kautsky, por ejemplo) de la creación de un idioma universal único, con la extinción de todos los demás idiomas en el período del socialismo. Yo no creo mucho en esta teoría del idioma universal único.

En todo caso, la experiencia no habla en pro, sino en contra de dicha teoría. Hasta ahora, las cosas han ocurrido de tal modo, que la revolución socialista no ha reducido, sino que ha aumentado el número de idiomas, ya que la revolución, sacudiendo las capas bajas más profundas de la humanidad y haciéndolas salir a la escena política, despierta a una nueva vida a toda una serie de nacionalidades nuevas, antes desconocidas o poco conocidas. ¿Quién podía pensar que en la vieja Rusia zarista existían, por lo menos, 50 naciones y grupos nacionales? Sin embargo, al romper las viejas cadenas y al sacar a escena a toda una serie de pueblos y nacionalidades olvidados, la Revolución de Octubre les dio una vida nueva y un nuevo desarrollo”. Esta cita evidencia que me manifesté contra la gente del tipo de Kautsky, quien siempre fue y sigue siendo un diletante en la cuestión nacional. Kautsky no comprende el mecanismo del desarrollo de las naciones y no tiene idea de la fuerza colosal de la estabilidad de las naciones, considera posible la fusión de las naciones mucho antes de la victoria del socialismo, todavía bajo el régimen democrático- burgués, y al ensalzar adulonamente la “labor” de asimilación realizada por los alemanes en Bohemia, afirma con toda ligereza que los checos están casi germanizados, que los checos, como nación, no

tienen futuro. Esta cita evidencia, además, que en mi discurso no me refería yo al período de la victoria del socialismo en escala mundial, sino, únicamente, al período de la victoria del socialismo en un solo país. Afirmé entonces (y continúo afirmándolo) que el período de la victoria del socialismo en un solo país no crea las condiciones necesarias para la fusión de las naciones y de los idiomas nacionales; afirmé que este período, por el contrario, crea una situación favorable para el renacimiento y la prosperidad de las naciones antes oprimidas por el imperialismo zarista y hoy liberadas de la opresión nacional gracias a la revolución soviética. Esta cita evidencia, por último, que no habéis advertido la diferencia colosal entre dos períodos históricos distintos, que no habéis comprendido, por ello, el sentido del discurso de Stalin y, como consecuencia de todo eso, os habéis perdido en el laberinto de vuestros propios errores. Pasemos a las tesis de Lenin acerca de la extinción y la fusión de las naciones después de la victoria del socialismo en escala mundial. He aquí una de las tesis de Lenin, tomada de su artículo «La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación”, publicado en 1916 y que -vosotros sabréis los motivos- no citáis entera en vuestras cartas: “La finalidad del socialismo consiste no sólo en acabar con el fraccionamiento de la humanidad en pequeños Estados y con todo aislamiento de las naciones, no sólo en el acercamiento de las naciones, sino en su fusión...

Lo mismo que la humanidad únicamente puede llegar a la liquidación de las clases pasando por un período de transición, por el período de la dictadura de la clase oprimida, del mismo modo únicamente podrá llegar a la fusión inevitable de las naciones pasando por un período de transición, por un período de plena liberación de todas las naciones oprimidas, es decir, por el período de su libertad de separación” (v. t. XIX, pág. 4076). Y aquí tenéis otra tesis de Lenin que tampoco citáis entera: “Mientras subsistan diferencias nacionales y estatales entre los pueblos y los países -y estas diferencias subsistirán incluso mucho tiempo después de la instauración universal de la dictadura del proletariado-, la unidad de la táctica internacional del movimiento obrero comunista de todos los países exigirá, no la supresión de la variedad, no la supresión de las particularidades nacionales (lo cual es, en la actualidad, un sueño absurdo), sino una aplicación de los principios fundamentales del comunismo (Poder Soviético y dictadura del proletariado) que modifique acertadamente estos principios en sus detalles, que los adapte, que los aplique acertadamente a las particularidades nacionales y nacional- estatales” (v. t.

XXV, pág. 227). Debe señalarse que esta cita ha sido tomada del folleto de Lenin “La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo”, publicado en 1920, es decir, después de la victoria de la revolución socialista en un solo país, después de la victoria del socialismo en nuestro país. Estas citas prueban que Lenin no sitúa el proceso de extinción de las diferencias nacionales y de fusión de las naciones en el período de la victoria del socialismo en un solo país, sino, exclusivamente, en el período posterior a la instauración de la dictadura del proletariado en escala mundial, es decir, en el período de la victoria del socialismo en todos los países, cuando se habrán echado ya los cimientos de la economía socialista mundial. Estas citas evidencian, además, que la tentativa de situar el proceso de extinción de las diferencias nacionales en el período de la victoria del socialismo en un solo país, en nuestro país, la califica Lenin de “sueño absurdo”. Estas citas evidencian, también, que Stalin tenía toda la razón al negar en su discurso en la Universidad Comunista de los Trabajadores del Oriente la posibilidad de la extinción de las diferencias nacionales y de los idiomas nacionales en el período de la victoria del socialismo en un solo país, en nuestro país, y que vosotros no teníais ninguna razón al defender una cosa diametralmente opuesta a la tesis de Stalin.

Estas citas evidencian, por último, que al confundir dos períodos distintos de la victoria del socialismo no habéis comprendido a Lenin, habéis tergiversado la línea de Lenin en la cuestión nacional y, en consecuencia, marcháis ya, aun sin proponéroslo, hacia la ruptura con el leninismo. Sería erróneo pensar que la destrucción de las diferencias nacionales y la extinción de los idiomas nacionales se producirán inmediatamente después de la derrota del imperialismo mundial, de un solo golpe, en virtud de un decreto promulgado desde arriba, por decirlo así. No puede haber nada más erróneo que semejante concepción. Tratar de proceder a la fusión de las naciones por medio de un decreto promulgado desde arriba, por medio de la coerción, significaría hacer el juego a los imperialistas, desbaratar la obra de la liberación de las naciones, echar por tierra todo el trabajo realizado para organizar la colaboración y la confraternidad de las naciones. Esa política equivaldría a la política de asimilación. Sabéis, naturalmente, que en el arsenal del marxismo-leninismo no hay sitio en absoluto para la política de asimilación, por ser una política antipopular, por ser una política contrarrevolucionaria, una política funesta. Además, es sabido que las naciones y los idiomas

nacionales se distinguen por una estabilidad extraordinaria y por una colosal fuerza de resistencia a la política de asimilación. Los asimiladores turcos - los más crueles de todos los asimiladores- estuvieron torturando y desmembrando durante siglos a las naciones balcánicas, pero, lejos de conseguir destruirlas, se vieron obligados a capitular. Los rusificadores zaristas y los germanizadores prusianos, que por su crueldad cedían bien poco a los asimiladores turcos, estuvieron más de cien años despedazando y torturando a la nación polaca, lo mismo que los asimiladores persas y turcos estuvieron durante siglos despedazando, torturando y exterminando a las naciones armenia y georgiana; pero, lejos de conseguir la destrucción de esas naciones, se vieron también obligados a capitular. Hay que tener en cuenta todas estas circunstancias para prever acertadamente el probable desarrollo de los acontecimientos desde el punto de vista del desenvolvimiento de la nación inmediatamente después de la derrota del imperialismo mundial. Sería erróneo pensar que la primera etapa del período de la dictadura mundial del proletariado será el comienzo de la extinción de las naciones y de los idiomas nacionales, el comienzo de la formación de un idioma único común. La primera etapa, en la que se liquidará definitivamente la opresión nacional, será, por el contrario, una etapa de desarrollo y florecimiento de las naciones antes oprimidas y de los idiomas nacionales, una etapa de instauración de la igualdad de los derechos de las naciones, una etapa de eliminación de la desconfianza entre las naciones, una etapa de establecimiento y consolidación de lazos internacionales entre ellas.

Sólo en la segunda etapa del período de la dictadura mundial del proletariado, a medida que se vaya formando la economía socialista mundial única –en lugar de una economía capitalista mundial-, sólo en esa etapa empezará a formarse algo parecido a un idioma común, porque únicamente en ella sentirán las naciones la necesidad de tener, además de sus idiomas nacionales, un idioma internacional común, para facilitar las relaciones y la colaboración económica, cultural y política. Por lo tanto, en esa etapa los idiomas nacionales y el idioma internacional común existirán paralelamente. Es posible que en un principio no se establezca un solo centro económico mundial común para todas las naciones, con un idioma común, sino varios centros económicos zonales, para distintos grupos de naciones, con un idioma común distinto para cada grupo de naciones, y sólo posteriormente esos centros se unirán en un solo centro mundial común de la economía socialista, con un idioma común para todas las naciones. En la siguiente etapa del período de la dictadura mundial del proletariado, cuando el sistema socialista mundial de economía se fortalezca en la medida suficiente y el socialismo sea consubstancial con la vida de los pueblos, cuando las naciones se convenzan prácticamente de las ventajas de un idioma común sobre los idiomas nacionales, las diferencias y los idiomas nacionales empezarán a extinguirse, cediendo lugar a un idioma mundial común para todos. Tal es, a mi parecer, el panorama aproximado del porvenir de las naciones, el panorama del desarrollo de las naciones en el camino hacia su fusión en el futuro.

4. La política del partido en la cuestión nacional. Uno de vuestros errores consiste en que no examináis la cuestión nacional como una parte de la cuestión general del desarrollo social y político de la sociedad, como una parte subordinada a esta cuestión general, sino como algo independiente y constante, que, en lo fundamental, no varía de dirección ni de carácter en el transcurso de la historia. Por eso no veis lo que ve todo marxista, a saber: que la cuestión nacional no tiene siempre el mismo carácter, que el carácter y las tareas del movimiento nacional cambian según los diferentes períodos del desarrollo de la revolución. Lógicamente, es eso, hablando en rigor, lo que explica el hecho lamentable de que confundáis con tanta facilidad y metáis en un mismo saco períodos heterogéneos del desarrollo de la revolución, sin comprender que el cambio del carácter y de las tareas de la revolución en las distintas etapas de su desarrollo origina los cambios correspondientes en el carácter de la cuestión nacional y en las tareas con ella relacionadas, que, en correspondencia con ello, cambia también la política del Partido en la cuestión nacional; que, por lo tanto, la política del Partido en la cuestión nacional, ligada a un determinado período del desarrollo de la revolución, no puede ser separada por la fuerza de dicho período y aplicada arbitrariamente a otro período.

Los marxistas rusos siempre partimos de la tesis de que la cuestión nacional es una parte del problema general del desarrollo de la revolución; de que en las distintas etapas de la revolución, la cuestión nacional plantea diferentes tareas, en correspondencia con el carácter de la revolución en cada momento histórico determinado; de que, de acuerdo con ello, cambia también la política del Partido en la cuestión nacional. En el período precedente a la primera guerra mundial, cuando la historia planteó la revolución democrático-burguesa en Rusia como tarea del momento, los marxistas rusos asociaban la solución del problema nacional a la suerte de la revolución democrática en Rusia. Nuestro Partido consideraba que el derrocamiento del zarismo, la liquidación de los restos del feudalismo y la plena democratización

del país eran, dentro del marco del capitalismo, la mejor solución posible del problema nacional. Tal es la política del Partido en ese período. Por entonces escribió Lenin sus conocidos artículos relativos a la cuestión nacional, entre ellos el artículo “Notas críticas sobre la cuestión nacional”, en el que dice: “...afirmo que sólo hay una solución del problema nacional -en la medida en que es posible, en general, una solución de este problema en el mundo del capitalismo-, y que esta solución es la democracia consecuente. Como confirmación a mis palabras me remito al ejemplo de Suiza, entre otros países” (v. t. XVII, pág. 15077). A este mismo período pertenece el folleto de Stalin “El marxismo y la cuestión nacional”, donde se dice, entre otras cosas: “La caída definitiva del movimiento nacional sólo es posible con la caída de la burguesía. Sólo cuando reine el socialismo se podrá instaurar la paz completa. Lo que sí se puede, incluso dentro del marco del capitalismo, es reducir al mínimo la lucha nacional, minada en su raíz, hacerla lo más inofensiva posible para el proletariado. Así lo atestiguan aunque sólo sean los ejemplos de Suiza y Norteamérica. Para ello es necesario democratizar el país y dar, a las naciones la posibilidad de desarrollarse libremente”.

En el período siguiente, en el período de la primera guerra mundial, cuando el prolongado conflicto bélico entre las dos coaliciones imperialistas quebrantó el poderío del imperialismo mundial, cuando la crisis del sistema mundial del capitalismo llegó al punto culminante, cuando, al lado de la clase obrera de las “metrópolis”, se incorporaron también al movimiento de liberación las colonias y los países dependientes, cuando la cuestión nacional se transformó en cuestión nacional y colonial, cuando el frente único de la clase obrera de los países capitalistas avanzados y de los pueblos oprimidos de las colonias y los países dependientes comenzó a transformarse en una fuerza real, cuando, en consecuencia, la revolución socialista pasó a ser la cuestión del momento, no podía satisfacer ya a los marxistas rusos la política del período anterior, y éstos consideraron necesario ligar la solución del problema nacional y colonial a la suerte de la revolución socialista. El Partido consideró que la mejor solución del problema nacional y colonial en dichas circunstancias era derrocar el Poder del capital y organizar la dictadura del proletariado, expulsar a las tropas imperialistas de las colonias y de los países dependientes y garantizar a estos países el derecho a la separación y a la organización de sus Estados nacionales, acabar con la hostilidad nacional y el nacionalismo y fortalecer los lazos internacionales entre los pueblos, organizar una economía socialista única y, sobre esta base, la colaboración fraternal de los pueblos.

Tal es la política del Partido en ese período. Dicho período dista mucho de haber cobrado todo su vigor, porque acaba de iniciarse, pero, indudablemente, todavía ha de decir su última palabra... Ocupa un lugar especial la cuestión del actual período del desarrollo de la revolución en nuestro país y la actual política del Partido. Debe señalarse que nuestro país ha sido hasta ahora el único capaz de derrocar el capitalismo. Y, en efecto, lo ha derrocado, ha organizado la dictadura del proletariado. Así, pues, por el momento estamos todavía lejos de la instauración de la dictadura del proletariado en escala mundial y, más aún, de la victoria del socialismo en todos los países. Debe señalarse, además, que, al poner fin al Poder de la burguesía -que hace tiempo abandonó ya sus viejas tradiciones democráticas-, nosotros resolvimos de paso la tarea de la “democratización plena del país”, liquidamos el sistema de la opresión nacional y llevamos a la práctica la igualdad de derechos de las naciones en nuestro país. Como es sabido, estas medidas resultaron ser el mejor procedimiento para acabar con el nacionalismo y la enemistad nacional, para establecer la confianza entre los pueblos.

Debe señalarse, por última, que la destrucción del yugo nacional ha conducido al renacimiento nacional de las naciones antes oprimidas de nuestro país, al desarrollo de su cultura nacional, al fortalecimiento de los lazos internacionales de amistad entre los pueblos de nuestro país y a su colaboración en la edificación socialista. Debe recordarse que estas naciones renacidas no son ya las naciones viejas, burguesas, dirigidas por la burguesía, sino naciones nuevas, socialistas, que han surgido sobre las ruinas de las viejas naciones y están dirigidas por el Partido internacionalista de las masas trabajadoras. Con este motivo, el Partido ha creído necesario ayudar a las naciones renacidas de nuestro país a ponerse en pie, a erguirse en toda su estatura, a reanimar y desarrollar su cultura nacional, a fundar escuelas, teatros y otras instituciones culturales en la lengua materna, a nacionalizar, es decir, a hacer nacional, por su composición, el aparato del Partido, el de los sindicatos, el de las cooperativas, el del Estado y el administrativo, a formar sus propios cuadros nacionales para el Partido y los Soviets y a atar corto a todos los elementos -por cierto, poco numerosos- que intentan poner obstáculos a esa política del Partido. Eso significa que el Partido apoya y apoyará el desarrollo y el florecimiento de las culturas

nacionales de los pueblos de nuestro país; que fomentará el fortalecímiento de nuestras naciones, naciones nuevas, socialistas; que se encarga de salvaguardar y proteger esta obra contra los elementos antileninistas de toda laya. De vuestras cartas se desprende que no aprobáis esa política de nuestro Partido. Eso ocurre porque, en primer lugar, confundís las nuevas naciones, las naciones socialistas, con las naciones viejas, burguesas, y no comprendéis que las culturas nacionales de nuestras naciones nuevas, soviéticas, son, por su contenido, culturas socialistas. Eso ocurre porque, en segundo lugar -y perdonad me la aspereza-, cojeáis seriamente en las cuestiones del leninismo y os orientáis pésimamente en la cuestión nacional. Fijaos, aunque nada más sea, en una cuestión tan elemental como la que sigue. Todos hablamos de la necesidad de la revolución cultural en nuestro país. Si se aborda este problema seriamente, y no charlando sin ton ni son, hay que dar, por lo menos, el primer paso en esta dirección: hacer, ante todo, obligatoria la enseñanza primaria -y después la secundaria- para todos los ciudadanos del país, sin diferencia de nacionalidades. Es evidente que, de otro modo, resulta imposible todo desarrollo cultural de nuestro país, sin hablar ya de la llamada revolución cultural. Es más, si no hacemos eso, no se operará un verdadero auge en la industria yen la agricultura ni dispondremos de una buena defensa de nuestro país.

Pero ¿cómo podemos cumplir ésa tarea cuando el porcentaje de analfabetos es aún muy grande en el país, cuando en muchas naciones de nuestro país los analfabetos constituyen el 80 ó 90% de la población? Para eso es preciso cubrir el país de una tupida red de escuelas en la lengua materna, dotándolas de personal docente que conozca bien dicha lengua. Para eso hay que nacionalizar, es decir, hacer nacionales, por su composición, todos los aparatos de dirección, empezando por el del Partido y el de los sindicatos y acabando por el del Estado y el administrativo. Para eso hay que fomentar el desarrollo de la prensa, del teatro, del cine y de otras instituciones culturales en la lengua materna. ¿Por qué -preguntan algunos- en la lengua materna? Porque los millones de hombres del pueblo, las masas, únicamente pueden progresar desde el punto de vista cultural, político y económico en su lengua materna, en su lengua nacional. Después de todo lo dicho, me parece que no es tan difícil comprender que si los leninistas no quieren dejar de serlo, no pueden aplicar en la cuestión nacional ninguna política que no sea la que se sigue hoy en nuestro país. ¿No es así? Bien, hagamos aquí punto final. Creo que he dado respuesta a todas vuestras preguntas y he aclarado todas vuestras dudas. Con saludos comunistas, J. Stalin. 18 de marzo de 1929.

Se publica por primera vez.