Discurso en la Conferencia de especialistas agrarios marxistas 27 de diciembre de 1929. Camaradas: El hecho principal de nuestra vida económica y social en el momento presente, y que a todos llama la atención, es el gigantesco desarrollo del movimiento koljósiano. El rasgo distintivo del actual movimiento koljósiano estriba en que a los koljóses no afluyen sólo grupos sueltos de campesinos pobres, como ocurría hasta ahora, sino también las masas de campesinos medios. Esto quiere decir que el movimiento koljósiano, que antes abarcaba únicamente algunos grupos y capas de trabajadores campesinos, se ha convertido en un movimiento de millones y millones de campesinos, de las masas fundamentales campesinas. Eso, entre otras cosas, es lo que explica el hecho extraordinariamente importante de que el movimiento koljósiano, transformado en creciente y poderoso alud contra los kulaks, barra a su paso la resistencia del kulak, acabe con el kulakismo y abra el camino para una amplia obra de edificación socialista en el campo. Pero, si tenemos razones para enorgullecernos de los éxitos prácticos logrados en la edificación socialista, no podemos decir lo mismo en cuanto a los éxitos de nuestra labor teórica por lo que se refiere a la economía en general, y a la agricultura en particular. Lejos de ello, hay que reconocer que nuestra teoría va retrasada de nuestros éxitos prácticos, que existe cierta disparidad entre los éxitos prácticos y el desarrollo de la teoría. Y, sin embargo, es necesario que la labor teórica no sólo no se quede atrás de la práctica, sino que se adelante a ella, pertrechando a nuestros trabajadores prácticos en su lucha por el triunfo del socialismo. No voy a detenerme a demostrar la importancia de la teoría. Vosotros la conocéis de sobra. Es sabido que la teoría, cuando lo es de veras, da a los trabajadores prácticos capacidad de orientación, claridad de perspectivas, seguridad en el trabajo, fe en el triunfo de nuestra causa. Y todo ello tiene -y no puede ser de otra manera- una importancia formidable para nuestra obra de edificación socialista.

Lo malo es que empezamos a flaquear precisamente en este terreno, en el estudio teórico de las cuestiones de nuestra economía. ¿Cómo, si no, se explica que en nuestro país, en nuestra vida política y social, sigan circulando aún diversas teorías burguesas y pequeñoburguesas en torno a las cuestiones de nuestra economía? ¿Cómo se explica que estas teorías de mayor o menor vuelo no hayan encontrado hasta ahora la réplica adecuada? ¿Cómo se explica que comiencen a ser relegadas al olvido, que no se popularicen en nuestra prensa, que no se destaquen a primer plano, no se sabe por qué, algunas tesis fundamentales de la economía política marxista-leninista, que son el antídoto más eficaz contra esas teorías burguesas y pequeñoburguesas? ¿Acaso es difícil comprender que, sin una lucha implacable contra las teorías burguesas, sostenida sobre la base de la teoría marxista-leninista, es imposible el triunfo completo sobre los enemigos de clase? La nueva experiencia práctica suscita un nuevo modo de abordar los problemas de la economía del período de transición. De un modo nuevo se plantean ahora las cuestiones de la Nep, de las clases, del ritmo de la edificación, de la ligazón de los obreros y los campesinos, de la política del Partido. Y para no quedarse atrás de la experiencia práctica, hay que preocuparse ahora mismo de estudiar todos estos problemas desde el punto de vista de la nueva situación. De otra manera será imposible acabar con esas teorías burguesas, que ofuscan a nuestros trabajadores prácticos. De otra manera será imposible extirpar esas teorías, que adquieren la solidez de prejuicios, pues sólo luchando contra los prejuicios burgueses en el terreno de la teoría podremos fortalecer las posiciones del marxismo-leninismo. Permitidme que pase a examinar los rasgos característicos siquiera sea de algunos de esos prejuicios burgueses que ostentan el nombre de teorías, y demostrar su inconsistencia al tiempo que esclarecemos algunos de los problemas cardinales de nuestra edificación.

I. La teoría del “equilibrio”. Sabréis, sin duda alguna, que a estas alturas todavía circula entre los comunistas la llamada teoría del “equilibrio” de los sectores de nuestra economía nacional. Esta teoría no tiene, naturalmente, nada de común con el marxismo. Sin embargo, la propagan algunos individuos del campo de los desviacionistas de derecha.

Según esa teoría, tenemos ante todo un sector socialista, que forma una especie de compartimiento, y, además, un sector no socialista, capitalista si queréis, que forma otro compartimiento diferente. Ambos compartimientos se deslizan por carriles distintos y avanzan tranquilamente, sin rozarse siquiera. La geometría nos dice que dos líneas paralelas no se encuentran nunca. Pero los autores de esta magnífica teoría entienden que esos sectores paralelos llegarán a reunirse un día, y que el día en que se reúnan advendrá en nuestro país el socialismo. Esa teoría no tiene en cuenta que detrás de tales “compartimientos” están las clases, y que los “compartimientos” en cuestión avanzan en medio de una furiosa lucha de clases, de una lucha a vida o muerte, de una lucha bajo el signo de “quién vencerá a quién”. No es difícil comprender que esa teoría no tiene nada de común con el leninismo. No es difícil comprender que, objetivamente, esa teoría se marca la finalidad de defender las posiciones de la hacienda campesina individual, de proporcionar a los elementos kulaks una “nueva” arma teórica en su lucha contra los koljóses y de desacreditar las posiciones de los koljóses.

Y, sin embargo, esa teoría sigue hasta hoy circulando en nuestra prensa. Y no se puede decir que nuestros teóricos la hayan combatido en serio, ni mucho menos que le hayan asestado golpes demoledores. ¿Cómo se explica esta incongruencia, si no es por el atraso de nuestra teoría? Bastaría, sin embargo, con sacar del arsenal del marxismo la teoría de la reproducción y contraponerla a esa teoría del equilibrio de los sectores, para que no quedase de esta última piedra sobre piedra. En efecto, la teoría marxista de la reproducción nos enseña que la sociedad moderna no puede desarrollarse sin acumular año tras año, y para poder acumular no hay más camino que la reproducción ampliada de año en año. Esto es claro y comprensible. Nuestra gran industria socialista centralizada se desarrolla según la teoría marxista de la reproducción ampliada, pues su volumen crece todos los años, tiene sus acumulaciones y avanza a pasos de siete leguas. Pero nuestra gran industria no es toda la economía nacional. Al contrario: en nuestra economía nacional sigue predominando aún la pequeña hacienda campesina. ¿Se puede afirmar que nuestra pequeña hacienda campesina se rige, en su desarrollo, por el principio de la reproducción ampliada?

No, no puede afirmarse. Nuestra pequeña hacienda campesina, lejos de ajustarse, en su conjunto, a la reproducción ampliada de año en año, experimenta lo contrario, pues es muy raro que pueda incluso llegar a la reproducción simple. ¿Se puede impulsar con ritmo acelerado nuestra industria socializada, teniendo una base agrícola como la pequeña hacienda campesina, incapaz de la reproducción ampliada y que, por si fuera poco, es la fuerza predominante de nuestra economía nacional? No, no es posible. ¿Se podría, durante un período más o menos largo, asentar el Poder Soviético y la edificación socialista sobre esas dos bases distintas: sobre la base de la industria socialista, la más grande y concentrada, y sobre la base de la pequeña economía mercantil campesina, la más dispersa y atrasada? No, esto no sería posible. Tarde o temprano conduciría necesariamente a un total derrumbamiento de toda la economía nacional. ¿Dónde está, pues, la solución? La solución está en ampliar las haciendas agrícolas, en hacer la agricultura apta para la acumulación, para la reproducción ampliada, transformando de este modo la base agrícola de la economía nacional. Pero ¿cómo conseguirlo? Para ello hay dos caminos.

Existe el camino capitalista, que consiste en ampliar mediante su fusión las haciendas agrícolas implantando en ellas el capitalismo, lo cual implica el empobrecimiento del campesino y el desarrollo de empresas capitalistas en la agricultura. Nosotros rechazamos ese método como incompatible con la economía soviética. Pero hay otro camino, el camino socialista, el cual consiste en organizar en la agricultura los koljóses y sovjoses y que conduce a la agrupación de las pequeñas haciendas campesinas en grandes haciendas colectivas, equipadas con los elementos de la técnica y la ciencia y capaces de seguir progresando, puesto que pueden ejercer la reproducción ampliada. Por tanto, la cuestión está planteada así: o un camino, u otro; o marchamos hacia atrás, hacia el capitalismo, o hacia adelante, hacia el socialismo. No hay ni puede haber un tercer camino. La teoría del “equilibrio” es el intento de trazar un tercer camino. Precisamente por eso, porque basa sus cálculos en ese inexistente tercer camino, es una teoría utópica y antimarxista. Como veis, bastaba contraponer la teoría de Marx sobre la reproducción a la teoría del “equilibrio” de los sectores, para que no quedase de esta última piedra sobre piedra.

¿Por qué no lo hacen nuestros especialistas agrarios marxistas? ¿A quién puede beneficiar que esa ridícula teoría del “equilibrio” siga circulando en nuestra prensa y, en cambio, permanezca archivada la teoría marxista de la reproducción?

II. La teoría de la “espontaneidad” en la edificación socialista. Pasemos a examinar el segundo prejuicio arraigado en la economía política, la segunda teoría de tipo burgués. Me refiero a la teoría de la “espontaneidad” en la edificación socialista, teoría que nada tiene que ver con el marxismo y que, sin embargo, propagan celosamente nuestros camaradas

del campo derechista. Los autores de esta teoría afirman, sobre poco más o menos, lo siguiente: en nuestro país existía el capitalismo, la industria se desarrollaba sobre una base capitalista, y el campo marchaba detrás de la ciudad capitalista de un modo espontáneo, de por sí, transformándose a imagen y semejanza de la ciudad capitalista. Pues bien, si bajo el capitalismo ocurría así, ¿por qué no ha de ocurrir lo mismo con la economía soviética? ¿Por qué el campo, la pequeña hacienda campesina, no puede marchar espontáneamente tras de la ciudad socialista, transformándose también espontáneamente a imagen y semejanza de ella? Los autores de esta teoría afirman, apoyándose en este argumento, que el campo puede marchar tras de la ciudad socialista de un modo espontáneo. De ahí la pregunta: ¿merece la pena preocuparse tanto de la creación de sovjoses y koljóses?, ¿merece la pena que rompamos lanzas por ello, si el campo puede, sin necesidad de más, marchar tras de la ciudad socialista? Ahí tenéis otra teoría que, objetivamente, se propone colocar en manos de los elementos capitalistas del campo una nueva arma para su lucha contra los koljóses. El fondo antimarxista de esa teoría no deja lugar a dudas. ¿No es extraño que nuestros teóricos no hayan encontrado aún, a estas alturas, tiempo para demoler tan peregrina teoría, que ofusca a nuestros trabajadores prácticos del movimiento koljósiano?

El papel dirigente de la ciudad socialista respecto al campo individualista, en el que prevalece la pequeña hacienda campesina, es, sin duda, grande e inestimable. En ello, precisamente, se basa el papel transformador de la industria con relación a la agricultura. Pero ¿acaso basta eso para que el campo, con su pequeña hacienda campesina, marche por propio impulso tras de la ciudad por el cauce de la edificación socialista? No, no basta. Bajo el capitalismo, el campo seguía espontáneamente a la ciudad, porque la economía capitalista de la ciudad y la pequeña economía mercantil del campesino individual son, en el fondo, un solo tipo de economía. Naturalmente, la pequeña economía mercantil del campesino no es aún una economía capitalista. Pero, en el fondo, es el mismo tipo de economía que el capitalismo, puesto que se apoya en la propiedad privada sobre los medios de producción. Lenin tiene mil veces razón cuando, en sus notas relativas al folleto “La economía del período de transición” de Bujarin, habla de la “tendencia mercantil-capitalista de los campesinos” en contraste con la “tendencia socialista del proletariado”*17. Eso, precisamente, explica por qué “la pequeña producción engendra capitalismo y burguesía constantemente, cada día, cada hora,

* Subrayado por mí. J. St. espontáneamente y en masa” (Lenin). ¿Puede afirmarse que la pequeña economía mercantil campesina sea también, en esencia, un mismo tipo de economía que la producción socialista de la ciudad? Es evidente que no puede afirmarse tal cosa sin romper con el marxismo. De otro modo, Lenin no diría que “mientras vivamos en un país de pequeñas haciendas campesinas, el capitalismo tendrá en Rusia una base económica más sólida que el comunismo”. Por tanto, la teoría de la “espontaneidad” en la edificación socialista es una teoría podrida, antileninista. Por tanto, para que el campo, con sus pequeñas haciendas campesinas, siga a la ciudad socialista, hace falta, aparte de todo lo demás, una cosa: implantar en el campo grandes haciendas socialistas, bajo la forma de sovjoses y koljóses, como base del socialismo, capaces de arrastrar consigo, con la ciudad socialista a la cabeza, a las grandes masas campesinas. Por tanto, la teoría de la “espontaneidad” en la edificación socialista es una teoría antimarxista. La ciudad socialista sólo puede arrastrar consigo al campo, con sus pequeñas haciendas campesinas, implantando koljóses y sovjoses en el campo y transformando la aldea de un modo nuevo, al modo socialista. Es extraño que esta teoría antimarxista de la “espontaneidad” en la edificación socialista no haya encontrado hasta hoy la merecida réplica por parte de nuestros teóricos agrarios.

III. La teoría de la “estabilidad” de la pequeña hacienda campesina. Pasemos a examinar el tercer prejuicio arraigado en la economía política: la teoría de la “estabilidad” de la pequeña hacienda campesina. Nadie ignora las objeciones de la economía política burguesa a la conocida tesis del marxismo, que afirma las ventajas de las grandes explotaciones sobre las pequeñas, tesis que, según sus impugnadores, sólo rige para la industria, pero que es inaplicable a la agricultura. Los teóricos socialdemócratas del tipo de David y de Hertz, que propugnan esta teoría, intentan “apoyarse” en el hecho de que el pequeño campesino es paciente y sufrido, que está dispuesto a afrontar todas las privaciones con tal de defender su puñado de tierra, por cuya razón la pequeña hacienda campesina da muestras de estabilidad en la lucha contra la gran hacienda agrícola. No es difícil comprender que semejante “estabilidad” es peor que cualquier inestabilidad. No es difícil comprender que el móvil de esta teoría antimarxista no es otro que ensalzar y afianzar el régimen capitalista, ruinoso para las masas de millones de pequeños campesinos. Precisamente por eso, porque persigue ese móvil, es por lo que a los

marxistas les ha sido tan fácil destruir esta teoría. Pero ahora no se trata de eso. De lo que se trata es de que nuestra experiencia práctica, la realidad de nuestro país aporta nuevos argumentos contra esa teoría, y nuestros teóricos, inexplicablemente, no quieren o no saben utilizar esta nueva arma contra los enemigos de la clase obrera. Me refiero a la experiencia práctica de la supresión de la propiedad privada sobre la tierra, a la experiencia práctica de la nacionalización de la tierra en nuestro país, que emancipa al pequeño campesino del apego servil a su puñado de tierra, facilitando con ello el paso de la pequeña hacienda campesina a la gran hacienda colectiva. En efecto, ¿qué es lo que inspiraba, lo que inspira y lo que todavía seguirá inspirando al pequeño campesino de la Europa Occidental ese apego por su pequeña hacienda mercantil? Ante todo y sobre todo, el puñado de tierra de su propiedad, la propiedad privada sobre la tierra. Se pasaba años enteros ahorrando para comprar unos terrones y, cuando lograba adquirirlos, era natural que no quisiera perderlos, qué prefiriera pasar por toda clase de privaciones, que prefiriera vivir en el salvajismo y en la miseria, antes que perder ese puñado de tierra, base de su hacienda individual. ¿Puede afirmarse que ese factor sigue existiendo en la misma forma en nuestro país, dentro de las condiciones del régimen soviético? No, no puede afirmarse.

No puede afirmarse, porque en nuestro país no hay propiedad privada sobre la tierra. Y precisamente por ello, porque en nuestro país no hay propiedad privada sobre la tierra, nuestros campesinos no tienen ese apego servil por la tierra que sienten los campesinos del Occidente. Y esta circunstancia no puede por menos de facilitar el paso de la pequeña hacienda campesina al cauce de los koljóses. Tal es una de las causas de que a las grandes haciendas agrícolas, a los koljóses, les sea tan fácil, en nuestro país, bajo las condiciones creadas por la nacionalización de la tierra, demostrar sus ventajas sobre la pequeña hacienda campesina. Ahí reside la gran importancia revolucionaria de las leyes agrarias soviéticas, que suprimieron la renta absoluta del suelo, abolieron la propiedad privada sobre la tierra y decretaron su nacionalización. Y esto nos brinda, por tanto, un nuevo argumento contra los economistas burgueses, que proclaman la estabilidad de la pequeña hacienda campesina en la lucha de ésta contra la hacienda grande. ¿Por qué nuestros teóricos agrarios no utilizan a fondo este nuevo argumento en su lucha contra toda suerte de teorías burguesas? Al proceder a la nacionalización, de la tierra, partimos, entre otras cosas, de las premisas teóricas que contienen el tercer tomo de “El Capital”, la conocida obra de Marx “Teorías de la plusvalía” y los trabajos agrarios de Lenin, que son un riquísimo venero de pensamientos teóricos.

Al decir esto, me refiero a la teoría de la renta del suelo en general, y a la teoría de la renta absoluta del suelo en particular. Hoy es evidente que las tesis teóricas contenidas en estas obras han sido brillantemente confirmadas por la experiencia práctica de nuestra edificación socialista en la ciudad y en el campo. Lo único que no se comprende es por qué las teorías anticientíficas de los economistas “soviéticos” tipo Chaiánov pueden circular libremente en nuestra prensa y los geniales trabajos de Marx, Engels y Lenin sobre la teoría de la renta del suelo y de la renta absoluta del suelo, lejos de ser popularizados y destacados a un primer plano, deben permanecer arrumbados. Recordaréis, sin duda, el conocido folleto de Engels “El problema campesino”. Recordaréis, sin duda, con qué prudencia aborda Engels el problema del paso de los pequeños campesinos a la senda de la economía cooperativa, a la senda de la economía colectiva. Permitidme que cite el pasaje del folleto de Engels que trata de esto: “Nosotros estamos resueltamente de parte del pequeño campesino; haremos todo cuanto sea admisible para hacer más llevadera su suerte, para hacerle más fácil el paso al régimen cooperativo, caso de que se decida a él, e incluso para facilitarle un largo plazo de tiempo para que lo piense en su parcela, si no se decide a tomar todavía esta determinación”*20.

Veis con qué prudencia aborda Engels la cuestión del paso de la hacienda campesina individual a la vía del colectivismo. ¿Cómo se explica esa prudencia de Engels, que a primera vista podría parecer exagerada? ¿De qué premisa parte al razonar así? Indudablemente, parte de la existencia de la propiedad privada sobre la tierra, del hecho de que el campesino posee “su parcela”, de la cual le costará trabajo desprenderse. Tal es el campesino del Occidente. Tal es el campesino de los países capitalistas, en los que existe la propiedad privada sobre la tierra. Se comprende que en este caso se requiera gran prudencia. ¿Puede afirmarse que en nuestro país, en la U.R.S.S., exista la misma situación? No, no puede afirmarse. Y no puede afirmarse, porque en la U.R.S.S. no existe propiedad privada sobre la tierra, que es lo que infunde al campesino el apego a su hacienda individual. No puede afirmarse, porque en la U.R.S.S. la tierra está nacionalizada, y ello facilita el paso del campesino individual al cauce del colectivismo. He ahí una de las causas de la facilidad y la rapidez relativas con que en nuestro país se desarrolla últimamente el movimiento koljósiano. Es lamentable que nuestros teóricos agrarios no

* Subrayado por mí. J. St.

hayan intentado aún poner de relieve con la debida claridad esta diferencia entre la situación del campesino en la U.R.S.S. y en el Occidente. Esta labor tendría, sin embargo, una importancia formidable no sólo para nosotros, para los militantes soviéticos, sino también para los comunistas de todos los países; pues para la revolución proletaria en los países capitalistas no es lo mismo que al día siguiente de la toma del Poder por el proletariado haya que edificar el socialismo sobre la base de la nacionalización de la tierra o sin esta base. En un artículo publicado hace poco en la prensa (“El año del gran viraje”*), exponía yo los conocidos argumentos en pro de la superioridad de la gran hacienda agrícola sobre la pequeña, refiriéndome a los grandes sovjoses. Huelga demostrar que todos esos argumentos son íntegra y completamente aplicables a los koljóses, que también son grandes unidades agrícolas. Y al decir esto, no me refiero solamente a los koljóses más desarrollados, que poseen una base de máquinas y tractores, sino también a los koljóses de tipo primario, que representan, por decirlo así, el período manufacturero del desarrollo de los koljóses y que se valen de los aperos de los campesinos. Me refiero a esos koljóses de tipo primario que se crean actualmente en las zonas de colectivización total y que se basan en la simple reunión de los instrumentos de producción de los campesinos.

Tomemos, por ejemplo, los koljóses de la zona del Jopior, en la antigua región del Don. A primera vista, si tomamos en consideración los elementos técnicos, estos koljóses no parecen diferenciarse en nada de la pequeña hacienda campesina (pocas máquinas, pocos tractores). Sin embargo, la simple reunión de los instrumentos campesinos en los koljóses produce un efecto con el que ni siquiera habían soñado nuestros trabajadores prácticos. ¿Cómo se concreta este efecto? El paso de los campesinos a los koljóses se ha traducido en un aumento del 30, del 40 y del 50% del área de cultivo. ¿Cómo explicarse este efecto “vertiginoso”? Por el hecho de que los campesinos, impotentes bajo el régimen del trabajo individual, se han convertido en una fuerza poderosísima al reunir sus instrumentos de trabajo y agruparse en los koljóses. Por el hecho de que los campesinos se han puesto en condiciones de explotar las tierras baldías y vírgenes, que bajo el régimen de trabajo individual eran difícilmente cultivables. Por el hecho de que los campesinos se han colocado en condiciones de tomar las tierras vírgenes en sus manos, de poner en cultivo los yermos, los pegujales, los linderos, etc. El cultivo de las tierras baldías y vírgenes es de importancia capital para nuestra agricultura. Como sabéis, la cuestión agraria fue en tiempos pasados el eje del movimiento revolucionario en Rusia. Sabéis

* Véase el presente tomo. (*. de la Red.) que el movimiento agrario se proponía, entre otras cosas, acabar con la escasez de tierras. Había por aquel entonces muchos que pensaban que la escasez de tierras era absoluta; es decir, que en Rusia no había ya tierras libres aptas para el cultivo. ¿Y qué ha demostrado la realidad? Hoy es de una evidencia absoluta que en la U.R.S.S. había y hay decenas de millones de hectáreas de tierras incultas; pero el campesino, con sus pobres instrumentos de trabajo, no tenía la menor posibilidad de cultivarlas. Precisamente por eso, porque se veía imposibilitado de cultivar las tierras vírgenes y baldías, se sentía atraído por las “tierras fáciles”, por las tierras de propiedad de los terratenientes, por las tierras que el campesino podía cultivar con sus aperos y su trabajo individual. Este era el origen de la “escasez de tierras”. No es, pues, extraño que nuestro “Trust de los cereales”, dotado de tractores, esté hoy en condiciones de poner en explotación unos veinte millones de hectáreas de tierras incultas, no ocupadas por los campesinos y que habría sido imposible cultivar bajo el sistema del trabajo individual y con los aperos de la pequeña hacienda campesina. La importancia del movimiento koljósiano en todas sus fases -tanto en su fase primaria como en su fase más avanzada, en que ya está dotado de tractores- estriba, entre otras cosas, en que los campesinos pueden poner ahora en cultivo las tierras baldías y vírgenes. Ese es el secreto del formidable aumento de la superficie de siembra, tan pronto como los campesinos pasan al sistema del trabajo colectivo. Ahí reside una de las causas de la superioridad de los koljóses respecto a la hacienda campesina individual. Huelga decir que la superioridad de los koljóses respecto a la hacienda campesina individual será todavía más innegable cuando esos koljóses de tipo primario de las zonas de colectivización total cuenten con la ayuda de nuestras estaciones y columnas de máquinas y tractores, cuando los koljóses mismos puedan concentrar en sus manos los tractores y las segadoras-trilladoras.

IV. La ciudad y el campo. Hay un prejuicio, cultivado por los economistas burgueses, el de las llamadas “tijeras”, al que se debe declarar una guerra implacable, como a todas las demás teorías burguesas extendidas, por desgracia, en la prensa soviética. Me refiero a la teoría de que la Revolución de Octubre ha dado a los campesinos menos que la revolución de febrero, de que, hablando en propiedad, la Revolución de Octubre no ha dado nada a los campesinos. Este prejuicio lo mantuvo algún tiempo en circulación en nuestra prensa un economista “soviético”. Cierto que ese economista “soviético” se desdijo más tarde de su teoría. (Una voz: “¿Quién era?”.) Era Groman. Pero la oposición trotskista- zinovievista la recogió y la utilizó contra el Partido.

Y no hay razón alguna para afirmar que en la actualidad no siga circulando entre los medios “soviéticos”. Es un problema muy importante, camaradas. Es algo que afecta a las relaciones entre la ciudad y el campo, a la supresión de la oposición entre la ciudad y el campo; afecta al candente problema de las “tijeras”. Por eso creo que merece la pena que nos ocupemos de esta peregrina teoría. ¿Es cierto que la Revolución de Octubre no ha dado nada a los campesinos? Acudamos a los hechos. Tengo aquí el conocido resumen del conocido especialista en estadística camarada Nemchínov, publicado en mi artículo “En el frente de los cereales”. De este resumen se desprende que, antes de la revolución, los terratenientes “producían” un mínimo de 600 millones de puds de cereales. Es decir, que los terratenientes disponían entonces de unos 600 millones de puds de cereales. Según ese resumen, los kulaks “producían” en aquella época 1.900 millones de puds. Era una fuerza muy considerable la que los kulaks poseían entonces. Los campesinos pobres y medios producían, a su vez, según el mismo resumen, 2.500 millones de puds. Tal era la situación en la vieja aldea, en la aldea de antes de la Revolución de Octubre. ¿Qué cambios se han operado en el campo después de Octubre? Tomaré las cifras del citado resumen estadístico. Fijémonos, por ejemplo, en 1927.

¿Cuánto produjeron ese año los terratenientes? Es lógico que no produjeron ni podían producir nada, ya que los terratenientes fueron suprimidos por la Revolución de Octubre. Y es bien comprensible que esto debía ser un gran alivio para los campesinos, que de tal modo se libraron del yugo de los terratenientes. Esto ha sido, indudablemente, un gran beneficio para los campesinos, beneficio que deben a la Revolución de Octubre. ¿Cuánto produjeron los kulaks en 1927? 600 millones de puds, en vez de 1.900 millones. Es decir, que el período posterior a la Revolución de Octubre redujo la fuerza de los kulaks a menos de un tercio. Es bien comprensible que esto debía ser por fuerza un alivio en la situación de los campesinos pobres y medios. ¿Y cuánto produjeron en 1927 los campesinos pobres y medios? 4.000 millones de puds, en vez de 2.500 millones. Es decir, que, después de la Revolución de Octubre, los campesinos pobres y medios han llegado a producir 1.500 millones de puds de cereales más que antes de la revolución. Tales son los hechos, demostrativos de que los campesinos pobres y medios han obtenido de la Revolución de Octubre ventajas colosales. He ahí lo que la Revolución de Octubre ha dado a los campesinos pobres y medios. ¿Cómo, después de esto, se puede afirmar que la Revolución de Octubre no ha dado nada a los campesinos?

Pero esto no es todo, camaradas. La Revolución de Octubre suprimió la propiedad privada sobre la tierra, acabó con el régimen de compraventa de la tierra, implantó la nacionalización del suelo. ¿Qué significa eso? Significa que ahora, para producir cereales, el campesino no necesita ya comprar la tierra. Antes, se pasaba años y años ahorrando lo necesario para adquirir tierra, se hundía en un mar de deudas, se dejaba explotar, todo para adquirir tierra. Y el dinero invertido en comprar la tierra recargaba, naturalmente, el coste de la producción de los cereales. Hoy, el campesino no necesita hacer eso. Hoy puede producir cereales sin necesidad de comprar la tierra. Por consiguiente, los cientos de millones de rublos que los campesinos gastaban antes en la compra de tierra se quedan ahora en sus bolsillos. ¿Representa esto o no un alivio para el campesino? Claro está que sí. Prosigamos. Hasta hace poco, el campesino veíase obligado a arañar la tierra con sus viejos aperos y sus solas manos. Todo el mundo sabe que el trabajo individual, con los viejos instrumentos de producción ya hoy inadecuados, no da el rendimiento indispensable para una vida llevadera, para elevar de un modo sistemático el nivel material del campesino, para desarrollar su cultura y llevarlo al ancho camino de la edificación socialista.

Hoy, después del desarrollo intensivo del movimiento koljósiano, el campesino puede asociar su trabajo al trabajo de sus vecinos, agruparse con ellos en el koljós, roturar las tierras vírgenes y aprovechar las tierras baldías, obtener máquinas y tractores, duplicando y hasta triplicando con ello la productividad de su trabajo. ¿Y qué significa esto? Significa que hoy los campesinos, gracias a su reunión en koljóses, pueden producir mucho más que antes con el mismo esfuerzo. Significa, por tanto, que la producción de cereales resulta ahora mucho más barata que hasta últimamente. Significa, finalmente, que, con el carácter estable de los precios, el campesino puede sacar de los cereales mucho más de lo que sacaba antes. ¿Cómo, después de todo esto, se puede afirmar que la Revolución de Octubre no ha dado ventaja alguna a los campesinos? ¿No es evidente, acaso, que quienes propalan esas patrañas calumnian a las claras al Partido y al Poder Soviético? Pero ¿qué se desprende de todo ello? Se desprende que la cuestión de las “tijeras”, la cuestión de acabar con este fenómeno, debe plantearse hoy de un modo nuevo. Se desprende que, si el movimiento koljósiano sigue avanzando con el ritmo actual, las “tijeras” serán suprimidas en un futuro próximo. Se desprende que el problema de las relaciones entre la ciudad y el campo se plantea sobre

una base nueva, que la oposición entre la ciudad y el campo irá borrándose con ritmo acelerado. Esta circunstancia, camaradas, es de una importancia formidable para toda nuestra obra de edificación. Esto hace cambiar la psicología del campesino y le orienta hacia la ciudad. Esto crea un terreno favorable para acabar con la oposición entre la ciudad y el campo. Esto da base para que la consigna del Partido, “de cara al campo”, se complemente con la consigna de los campesinos koljósianos, “de cara a la ciudad”. Y ello no tiene nada de particular, pues el campesino recibe ahora de la ciudad máquinas, tractores, agrónomos, organizadores y, finalmente, ayuda directa para combatir y vencer a los kulaks. El campesino de tipo antiguo, con su desconfianza zoológica hacia la ciudad, en la que veía un expoliador va pasando a segundo plano. Lo sustituye un campesino nuevo, el campesino koljósiano, que mira a la ciudad con la esperanza de obtener de ella una ayuda real para la producción. El campesino de tipo antiguo, temeroso de caer en campesino pobre y que sólo furtivamente escalaba el puesto de kulak (¡podían despojarle del derecho electoral!), se ve sustituido por un nuevo tipo de campesino, ante el cual se abre una nueva perspectiva: la de entrar en el koljós y salir de la miseria y la ignorancia para marchar por el ancho camino del progreso económico y cultural. Tal es el giro que toman las cosas, camaradas. Por eso resulta tanto más lamentable, camaradas, que nuestros teóricos agrarios no hayan tomado todas las medidas necesarias para demoler y extirpar las teorías burguesas de toda laya, que tratan de desacreditar las conquistas de la Revolución de Octubre y el creciente movimiento koljósiano.

V. La naturaleza de los koljóses. Los koljóses, como tipo de economía, son una de las formas de la economía socialista. Acerca de ello no puede caber ninguna duda. Uno de los oradores ha hablado aquí para desacreditar los koljóses. Ha afirmado que los koljóses, como entidades económicas, no presentan ninguna afinidad con la forma socialista de economía. Debo manifestar, camaradas, que esta calificación de los koljóses es absolutamente falsa. Y no puede haber la menor duda de que no tiene nada que ver con la realidad. ¿Qué es lo que define un tipo de economía? Son, evidentemente, las relaciones que se establecen entre los hombres en el proceso de producción. ¿Qué otra cosa, si no, podría definir un tipo de economía? ¿Y acaso en el koljós hay una clase de personas, que poseen los medios de producción y otra clase de personas carentes de estos medios? ¿Acaso en el koljós hay clase de explotadores y clase de explotados? ¿Acaso el koljós no representa la socialización de los instrumentos fundamentales de producción sobre la tierra perteneciente al Estado? ¿Qué motivos hay para afirmar que los koljóses, como tipo de economía, no son una de las formas de la economía socialista? Es indudable que en el seno de los koljóses hay contradicciones. Es indudable que en el seno de los koljóses hay supervivencias individualistas y hasta kulakistas, que aun no han desaparecido, pero que desaparecerán forzosamente con el tiempo, a medida que los koljóses se fortalezcan, a medida que se les dote de maquinaria. Pero ¿acaso se puede negar que, tomados en conjunto, con todas sus contradicciones y sus defectos, los koljóses, como hecho económico, representan, en lo fundamental, una nueva trayectoria de desarrollo del campo, la trayectoria de desarrollo socialista del campo, en oposición a la trayectoria kulakista, capitalista, de desarrollo?

¿Acaso se puede negar que los koljóses (hablo de los koljóses, y no de los seudokoljóses) son, atendidas las condiciones de nuestro país, la base y el foco de la edificación socialista en el campo, que se han formado en rabiosa pugna con los elementos capitalistas? ¿No es evidente que carecen de toda base los intentos de algunos camaradas de desacreditar a los koljóses y presentarlos como una forma burguesa de economía? En 1923 no había aún en nuestro país un movimiento koljósiano de masas. En su folleto “Sobre la cooperación”, Lenin tuvo presentes todos los tipos de cooperación, tanto los inferiores (las cooperativas de consumo y de venta) como los superiores (la forma koljósiana). ¿Y qué decía entonces Lenin acerca de la cooperación y de las empresas cooperativas? Escuchad un pasaje de este folleto: “Bajo nuestro régimen actual, las empresas cooperativas se diferencian de las empresas capitalistas privadas por ser empresas colectivas, pero no se diferencian* de las empresas socialistas, siempre y cuando que se basen en la tierra y empleen medios de producción pertenecientes al Estado, es decir, a la clase obrera” (t. XXVII, pág. 396). Como veis, Lenin no toma las cooperativas como empresas aisladas, sino en relación con nuestro régimen existente, ligándolas al hecho de que funcionan en tierra perteneciente al Estado, en un país en que los medios de producción pertenecen al Estado; y al examinarlas de este modo, Lenin afirma que las empresas cooperativas no se distinguen de las empresas socialistas. Así se expresa Lenin, hablando de las empresas cooperativas en general. ¿No es evidente que lo mismo puede decirse, y con mayor razón aún, de los koljóses del período presente?

* Subrayado por mí. J. St.

Eso explica también, entre otras razones, que Lenin considere que “el simple desarrollo de la cooperación”, bajo las condiciones de nuestro país, se identifica con el desarrollo del socialismo”. Veis, pues, que, al desacreditar a los koljóses, el orador a que antes me refería ha cometido un error gravísimo contra el leninismo. Y de ahí se desprende otro error que ha cometido el mismo orador y que se refiere a la lucha de clases en los koljóses. Describía este orador tan a lo vivo la lucha de clases en los koljóses, que parece como si no se distinguiese de la lucha de clases fuera de ellos. Más aún: se podría creer que en los koljóses se hace todavía más encarnizada. Por cierto que no ha sido ese orador el único en incurrir en este defecto. Las habladurías acerca de la lucha de clases, los gritos, la chillería en torno a esa lucha de clases dentro de los koljóses son hoy algo típico de todos nuestros charlatanes “izquierdistas”. Y lo más cómico de los gritos es que esos alborotadores “ven” lucha de clases donde no la hay o casi no la hay y, en cambio, no la ven donde existe y se desborda. ¿Hay elementos de lucha de clases en los koljóses? Sí, los hay.

No puede por menos de haber elementos de lucha de clases en los koljóses, existiendo en ellos, como todavía existen, vestigios de la psicología individualista, e incluso de la psicología del kulak; existiendo todavía en ellos, como existe, cierta desigualdad en la situación económica. Pero ¿puede afirmarse que la lucha de clases que se desarrolla dentro de los koljóses tiene el mismo carácter que la que se desarrolla fuera de ellos? No, no se puede. Ahí reside, precisamente, el error de nuestros charlatanes “izquierdistas”, en que no ven esta diferencia. ¿Qué representa la lucha de clases fuera de los koljóses antes de crearse éstos? Representa la lucha contra los kulaks, que poseen los instrumentos y medios de producción, y mediante los cuales sojuzgan a los campesinos pobres. Representa una lucha a vida o muerte. ¿Y qué significa la lucha de clases sobre la base de los koljóses? Significa, ante todo, que el kulak ha sido derrotado y desposeído de los instrumentos y medios de producción. Significa, en segundo lugar, que los campesinos pobres y medios se han agrupado en koljóses, socializando en ellos los instrumentos y medios fundamentales de producción.

Significa, en fin, que la lucha dentro de ellos se ventila entre los koljósianos que no se han emancipado aún de las supervivencias individualistas y kulakistas, y que intentan aprovecharse de esa desigualdad relativa que aún subsiste en los koljóses, y los koljósianos que anhelan desterrar de los koljóses esas supervivencias y esas desigualdades. ¿No es evidente que sólo a los ciegos se les puede escapar la diferencia entre la lucha de clases que se libra sobre la base de los koljóses y la que se desarrolla fuera de ellos? Sería un error pensar que, si hay koljóses, tenemos ya todo lo necesario para edificar el socialismo. Y todavía sería un error de más bulto pensar que los koljósianos se han convertido ya en socialistas. No, costará aún muchos esfuerzos transformar al campesino koljósiano, corregir su psicología individualista y hacer de él un auténtico trabajador de la sociedad socialista. Y este proceso avanzará más de prisa, conforme proporcionemos máquinas y tractores a los koljóses. Pero esto no afecta en lo más mínimo a la trascendental importancia de los koljóses como palancas de la transformación socialista del campo.

La gran importancia de los koljóses consiste, precisamente, en que son la base fundamental para el empleo de máquinas y tractores en la agricultura, en que son la base fundamental para la transformación del campesino, para cambiar su psicología en el espíritu del socialismo. Lenin tiene razón cuando dice: “La labor de rehacer al pequeño agricultor, la labor de rehacer toda su psicología y todos sus hábitos es obra de varias generaciones. Resolver este problema en relación con el pequeño agricultor, sanear, por decirlo así, toda su psicología, únicamente puede hacerlo la base material, la maquinaria, el empleo en gran escala de tractores y otras máquinas en la agricultura, la electrificación en escala masiva” (t. XXVI, pág. 239). ¿Quién puede negar que los koljóses son, precisamente, la única forma de economía socialista mediante la cual pueden los millones y millones de pequeños campesinos individuales ser incorporados a la gran hacienda con sus máquinas y tractores como palancas del auge económico, como palancas del desarrollo socialista de la agricultura? Nuestros charlatanes “izquierdistas” han olvidado todo esto. Y también lo ha olvidado nuestro orador.

VI. Los cambios en las relaciones de clase y el viraje en la política del partido. Finalmente, el problema de los cambios en las relaciones de clase dentro del país y de la ofensiva del socialismo contra los elementos capitalistas del campo. Lo característico en el trabajo de nuestro Partido durante el año último consiste en que nosotros, como Partido y como Poder Soviético, a) hemos desplegado la ofensiva en todo el frente contra los elementos capitalistas del campo, b) en que esta ofensiva ha dado y sigue dando, como es sabido, resultados positivos muy tangibles. ¿Qué significa esto? Significa que hemos pasado de la política de restricción de las tendencias explotadoras de los kulaks a la política de liquidación de los kulaks como clase. Significa que hemos dado y seguimos dando un viraje decisivo en toda nuestra

política. Hasta hace poco, el Partido propugnaba restringir las tendencias explotadoras de los kulaks. Como es sabido, esta política fue proclamada ya en el VIII Congreso del Partido. Esta misma política fue proclamada otra vez al implantarse la Nep y en el XI Congreso de nuestro Partido. Todos recordaréis la célebre carta de Lenin sobre las tesis de Preobrazhenski (de 1922), en la que de nuevo insistía en la necesidad de aplicar precisamente esta política. Finalmente, la ratificó el XV Congreso de nuestro Partido. Es la política que hemos venido aplicando hasta últimamente. ¿Era acertada esta política? Sí, entonces lo era indudablemente. ¿Podíamos hace cinco años o incluso hace tres emprender semejante ofensiva contra los kulaks? ¿Podíamos en aquel tiempo confiar en que la ofensiva tuviese éxito? No, no podíamos. Esto hubiera sido un aventurerismo muy arriesgado. Esto hubiera sido jugar de un modo peligrosísimo a la ofensiva, pues hubiéramos fracasado de seguro, afianzando con ello las posiciones de los kulaks. ¿Por qué? Porque no disponíamos aún de esos puntos de apoyo en el campo que constituyen hoy la extensa red de sovjoses y koljóses y en los cuales pudiéramos basar una ofensiva resuelta contra los kulaks. Porque por aquel entonces no estábamos aún en condiciones de sustituir la producción capitalista del kulak por la producción socialista de los koljóses y sovjoses.

En 1926-1927, la oposición zinovievista-trotskista se esforzó por imponer al Partido la política de ofensiva inmediata contra los kulaks. El Partido no se lanzó a esta peligrosa aventura, pues sabía que no es de gentes serias jugar a la ofensiva. La ofensiva contra los kulaks es una cosa seria, que no hay que confundir con las frases declamatorias contra los kulaks. Ni hay que confundirla tampoco con la política de escaramuzas con los kulaks, que la oposición zinovievista-trotskista se empeñaba en imponer al Partido. Lanzarse a la ofensiva contra los kulaks significa aplastarlos y liquidarlos como clase. Si no se persigue este objetivo, la ofensiva no es más que un tema discursivo, una escaramuza, vacua charlatanería, cualquier cosa menos una verdadera ofensiva bolchevique. Lanzarse a la ofensiva contra los kulaks significa prepararse para ello y asestarles un golpe serio, tan serio, que no puedan volver a levantar cabeza. Esto es lo que nosotros, los bolcheviques, llamamos una verdadera ofensiva. ¿Podíamos emprender esta ofensiva, con perspectivas de éxito, hace cinco o incluso hace tres años? No, no podíamos. En efecto, el kulak producía, en 1927, más de 600 millones de puds de cereales, de los cuales vendía fuera del campo, por vía de intercambio, unos 130 millones de puds.

Era una fuerza bastante seria, que forzosamente debía tomarse en consideración. ¿Cuánto producían por aquel entonces nuestros koljóses y sovjoses? Unos 80 millones de puds, de los que lanzaban al mercado (grano mercantil) unos 35 millones. Juzgad vosotros mismos si, en estas condiciones, podíamos entonces sustituir la producción y el grano mercantil de los kulaks por la producción y el grano mercantil de nuestros koljóses y sovjoses. Es evidente que no podíamos. ¿Qué hubiera significado, en estas condiciones, emprender una ofensiva resuelta contra los kulaks? Hubiera significado un fracaso seguro, afianzar las posiciones de los kulaks y quedarse sin pan. Por eso no podíamos ni debíamos acometer entonces una ofensiva decisiva contra los kulaks, a despecho de las aventureras tiradas declamatorias de la oposición zinovievista-trotskista. ¿Y ahora? ¿Cuál es ahora la situación? Ahora contamos ya con una base material suficientemente fuerte para asestar golpes a los kulaks, para vencer su resistencia, para liquidarlos como clase y sustituir su producción por la producción de los koljóses y sovjoses. Como es sabido, en 1929, la producción de cereales de los koljóses y sovjoses no ha bajado de 400 millones de puds (200 millones de puds menos que la producción global de los kulaks en 1927).

Sabido es asimismo que, en 1929, los koljóses y sovjoses han lanzado al mercado más de 130 millones de puds (es decir, más que los kulaks en 1927). Y es sabido, finalmente, que, en 1930, la producción global de cereales de los koljóses y sovjoses no bajará de 900 millones de puds (es decir, que excederá a la producción global de los kulaks en 1927), de los cuales irán al mercado 400 millones de puds, por lo menos (o sea, una cantidad incomparablemente superior a la de los kulaks en 1927). Así se plantea actualmente la situación, camaradas. Ese es el desplazamiento producido en la economía de nuestro país. Hoy contamos, pues, como veis, con la base material necesaria para sustituir la producción de los kulaks por la producción de los koljóses y sovjoses. Por eso, precisamente, nuestra ofensiva decisiva contra los kulaks logra hoy éxitos indudables. Así es como hay que lanzarse a la ofensiva contra los kulaks, si es que queremos una ofensiva verdadera y decisiva, y no nos limitamos a vacuas declamaciones contra ellos. Por eso hemos pasado últimamente de la política de restricción de las tendencias explotadoras de los kulaks a la política de liquidación de los kulaks como clase. ¿Y la política de deskulakización? ¿Es posible admitir la deskulakización en las zonas de colectivización total?, preguntan de distintos sitios. ¡La pregunta es ridícula! La deskulakización era inadmisible mientras nos ateníamos al criterio de la

restricción de las tendencias explotadoras de los kulaks, mientras no podíamos pasar a la ofensiva resuelta contra los kulaks, mientras no podíamos sustituir su producción por la producción de los koljóses y sovjoses. La política de no permitir la deskulakización era entonces necesaria y acertada. ¿Y ahora? Ahora, la cosa ha cambiado. Ahora podemos ya emprender una ofensiva resuelta contra los kulaks, vencer su resistencia, liquidarlos como clase y sustituir su producción por la producción de los koljóses y sovjoses. La deskulakización la efectúan ahora las propias masas de campesinos pobres y medios que realizan la colectivización total. La deskulakización en las zonas de colectivización total ya no es ahora una simple medida administrativa, sino que constituye parte integrante de la creación y desarrollo de los koljóses. Por eso es ridículo y poco serio extenderse ahora sobre la deskulakización. Cortada la cabeza, no se llora el pelo perdido. No menos ridícula es la pregunta de si se puede admitir a los kulaks en los koljóses. Claro que no se les puede admitir. No se les puede admitir, porque son enemigos acérrimos del movimiento koljósiano.

VII. Conclusiones. He ahí, camaradas, seis problemas cardinales que no puede pasar por alto la investigación teórica de nuestros especialistas agrarios marxistas. La importancia de estos problemas estriba, ante todo, en que su estudio marxista permite extirpar toda clase de teorías burguesas, difundidas a veces - para vergüenza nuestra- por nuestros camaradas comunistas y que ofuscan a nuestros trabajadores prácticos. Hace ya mucho tiempo que todas esas teorías deberían haber sido extirpadas y rechazadas, pues sólo combatiendo sin cuartel esas teorías y otras por el estilo puede desarrollarse y fortalecerse la base teórica de los especialistas agrarios marxistas. La importancia de estos problemas estriba, finalmente, en que dan una nueva fisonomía a los viejos problemas de la economía del período de transición. Hoy se plantea de un modo nuevo lo relativo a la Nep, a las clases, a los koljóses y a la economía del período de transición. Hay que poner al descubierto el error de quienes conciben la Nep como un repliegue y solamente como un repliegue. La realidad es que, ya al implantar la nueva política económica, Lenin decía de ella que no se reducía a un repliegue, sino que, al mismo tiempo, era la preparación para una nueva ofensiva decisiva contra los elementos capitalistas de la ciudad y del campo.

Hay que poner al descubierto el error de quienes piensan que la Nep sólo sirve para mantener los vínculos entre la ciudad y el campo. Los vínculos que nosotros necesitamos entre la ciudad y el campo no pueden ser de cualquier clase, sino vínculos que aseguren el triunfo del socialismo. Si mantenemos la Nep, es porque sirve a la causa del socialismo. Y cuando deje de cumplir esta misión, la mandaremos al diablo. Lenin dijo que la Nep se había implantado en serio y para mucho tiempo. Pero jamás dijo que se implantase para siempre. Hay que poner también sobre el tapete la necesidad de popularizar la teoría marxista de la reproducción. Es preciso estudiar el esquema del balance de nuestra economía nacional. Lo que la Dirección Central de Estadística publicó en 1926 como balance de la economía nacional, no es un balance, sino un juego de cifras. Tampoco sirve el modo como Bazárov y Groman tratan el problema del balance de la economía nacional. El esquema del balance de la economía nacional de la U.R.S.S. deben elaborarlo los marxistas revolucionarios, si es que quieren investigar los problemas de la economía del período de transición. Sería deseable que nuestros economistas marxistas dedicasen un grupo especial para estudiar los problemas de la economía del período de transición, tal como se plantean de un modo nuevo en la actual etapa de desarrollo.

Publicado el 29 de diciembre de 1929 en el núm. 309 de “Pravda”.